miércoles, 9 de septiembre de 2026

Esfinge sin secreto

 

Eduardo Jordá
Número cero
Bob Dylan: retrato de un hombre invisible
Libros del Asteroide. Sevilla, 2026.

Una buena idea de la editorial Libros del Asteroide el encargo a escritores de prestigio un libro sobre figuras muy conocidas de la cultura popular. El primero estuvo dedicado a Julio Iglesias y fue un acierto solicitárselo a Ignacio Peyró, el mejor representante de un conservadurismo elegante, irónico y tolerante cada vez menos presente en la vida española. Julio Iglesias le sirvió como pretexto para retratar, con humor inteligente, una época y una clase social, la de la guapa gente de derechas. Una adecuada campaña de promoción ayudó a que el libro tuviera un éxito creciente, cortado de pronto por ciertas feas denuncias contra el personaje, denuncias que no extrañaron a nadie y que no llegaron a mayores gracias a un eficaz equipo de abogados y a su autoexilio en la República Dominicana.

            La indagación biográfica y sociológica de Peyró sobre Julio Iglesias interesa incluso a quienes no tienen ningún interés por el melódico cantante; el libro de Eduardo Jordá sobre Bob Dylan, sorprendentemente titulado Número cero, limita su atractivo a los muy cafeteros, a los que veneran todo lo que tenga que ver son su ídolo.

            Al contrario de lo que ocurre en el caso de Julio Iglesias, la vida de Bob Dylan –o lo que nos cuenta de su vida Eduardo Jordá-- no resulta demasiado novelera. Es la de una esfinge sin secreto, un hombre sin misterio, o sin más misterio que su talento para componer sus canciones e interpretarlas sin aparente fatiga, primero por los escenarios de su país y luego por los del resto del mundo, durante más de medio siglo.

            Al éxito inicial, le sucedió un cierto hastío en los años ochenta, un paso por el purgatorio del que salió para convertirse en alguien por encima del bien y del mal, un fetiche al que se venera y no solo un cantante de proteico e inagotable repertorio.

Eduardo Jordá le aplica las consideraciones, tan poco románticas, que el romántico John Keats dedicó a la figura del poeta: “El poeta no es nada en sí mismo: no tiene yo, es el todo y la nada, no tiene carácter, goza de la luz y la oscuridad”. Formula luego una paradoja que todavía sigue sorprendiendo al lector común: “El poeta es la más antipoética de todas las criaturas”.

            Una variante de esa teoría se la aplica Jordá a Dylan ya en el primer capítulo, a propósito de unas palabras que le dijo a Leonard Cohen: “Por lo que a mí respecta, tú eres el número uno. Yo soy el número cero”. Pero Jordá no resulta tan convincente como Keats cuando nos explica ese aparente ejercicio de modestia. Bob Dylan sería “alguien que estaba fuera de toda comparación, como el número cero, el número más enigmático de todos porque sirve para designar la nada y el infinito, el vacío y el universo entero, lo que no existe y lo que siempre existirá. El número cero –Dylan lo sabía muy bien-- es el comienzo de todo y también el final de todo. Es el Génesis y al Apocalipsis”. Una peculiar interpretación de la teoría del Big Bang y de la Biblia la que hace Eduardo Jordá. ¿El cero designa al infinito? No es una afirmación que resulte evidente.

            “El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”, afirmaba Hölderlin. Y Jordá resulta mejor cuando cuenta que cuando especula. Y cuenta poco en este libro, desafortunadamente, y en alguno de los mejores casos –como en el capítulo final dedicado a los amish-- incluso lo que cuenta no parece venir muy a cuento.

            Tampoco entendemos muy bien la razón de ciertos pasajes, pero no importa (son los que recordamos al cerrar el libro), como cuando habla de una interpretación de la Octava Sinfonía de Bruckner dirigida por Sergiu Celibidache (y disponible en YouTube, según nos indica): “Es como si consiguiera levantar sobre sus hombros una montaña de sonido  --ingrávida como una nube, pesada como una cordillera-- y, a través de su batuta de mago, la fuera sosteniendo en el aire, cada vez más alta, cada vez más arriba, hasta que toda aquella montaña –una montaña tan grande como el mundo--, se iba deshaciendo en volutas y acababa convirtiéndose en pura luz y puro silencio”.                                                     

            Poner en palabras las impresiones que proporciona la música es un empeño condenado al fracaso, igual que el de los místicos cuando intentan hacernos comprender sus experiencias inefables. Pero Dylan no es solo intérprete y compositor, es también autor de las letras que canta, que para algunos le sitúan entre los principales poetas de lengua inglesa y que le han llevado a obtener el más prestigioso de los galardones literarios, el premio Nobel. Para el lector de este libro, esa es una cuestión de fe: ninguno de los fragmentos que se citan justifican los elogios y las rebuscadas exégesis que les dedica Jordá. Bobby Zimmerman (su verdadero nombre) “ya era Bob Dylan cuando acababa de cumplir diez años”, afirma Jordá y lo hace basándose en el poema que escribe con motivo del Día del Padre. “Este regalo es solo para mi padre”, comienza, y termina, cuatro versos después, con este otro: “Sé que mi padre es el mejor del mundo”. Si ese final caracteriza a un genio, como afirma Jordá, hay pocos niños que no lo sean.

            “¿Qué diablos quiere decir esto?”, se pregunta Jordá tras citar unos versos de la canción “I and I” (“Yo y yo./ Uno le dice al otro: ningún hombre puede sobrevivir si contempla mi rostro”), y luego trata de explicárnoslo, advirtiéndonos antes que “Dylan siempre complica las cosas en lugar de simplificarlas”, relacionándola con un pasaje del Éxodo y señalando que el cantante se atribuye el papel de Jehová y el de Moisés, “e incluso el de la columna de fuego que anuncia la presencia de Dios: esa columna serían sus canciones”.

No sale muy bien parado Jordá de estas rebuscadas exégesis, Acierta más cuando comenta Wigwam, “una de las canciones más hermosas y más felices –la felicidad es belleza, la belleza felicidad-- que Dylan ha compuesto jamás a lo largo de su vida”. En ella, Dylan “se limita a tararear un estribillo, feliz como un niño que se deja arrastrar por la corriente en un arroyo helado de montaña”. La letra de esa canción, la única que Jordá cita completa, dice así: “Da-da-da-da-da-da / La-da-da-di / Ta-da-da-da-da.”

            “No hay nada más. Eso es todo”, concluye Jordá. Y si hubiéramos de juzgar solo por las muestras que de las letras de Dylan nos ofrece, deberíamos darle la razón.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

La vergüenza nacional


Carlos Enrique Bayo Falcón
El rey golfo
Akal. Madrid, 2026.

Muchos años de investigación sobre la inverosímil historia del anterior jefe del Estado español se resumen en este libro. No incluye demasiadas novedades, casi todo lo que nos cuenta ha sido anteriormente aireado, aunque poco, por la prensa tenida por seria y respetable, pero causa impresión irlo leyendo capítulo tras capítulo, cada uno superando al anterior. Imposible no preguntarse cómo fue posible.

El título no hace honor al contenido. El rey golfo nos lleva a imaginarnos a un simpático tarambana de opereta, pero la historia que nos cuenta es la de alguien que siempre se consideró por encima de la ley. Bajo su reinado se votó una constitución democrática que todavía, medio siglo después, sigue vigente; él, sin embargo, nunca se sintió sometido a ella. Cuando se cansó de Adolfo Suárez, el primer jefe de Gobierno elegido democráticamente tras la dictadura, impulsó un “golpe de timón” para sustituirlo por alguien más de su gusto, el general Armada. Mucho se ha especulado sobre el 23-F, pero desde el principio, para quien quiso verlo, las cosas estuvieron claras: parte del ejército se sublevó en nombre del rey y el rey, que podía haber desautorizado a los golpistas desde el primer momento, esperó a que fracasara la “solución Armada” para hacerlo. Y si fracasó fue, paradójicamente, a causa de quien había dado, y nunca mejor dicho, el pistoletazo de salida del golpe: el coronel Tejero, que no quiso aceptar el gobierno de concentración nacional, consensuado con la oposición, que el presunto “elefante blanco” traía bajo el brazo. El relato posterior, que convirtió al instigador de la trama, en el salvador de la democracia es una obra maestra de la manipulación informativa.

            De la Constitución, el único punto que parecía interesarle al anterior jefe del Estado fue el referido a su “inviolabilidad”, que él entendió que le daba licencia absoluta para hacer negocios al margen de las leyes, cuando solo se refiere a sus actividades políticas, que deben contar con la supervisión del gobierno y de las que son responsables los miembros del gobierno que las autorizan. De la vida privada del jefe del Estado, la Constitución no dice nada y se sobreentiende que está sometida, como la de cualquier ciudadano, al Código Civil.

            Ya antes de ser rey, desde su época de príncipe de España, Juan Carlos de Borbón cobró comisiones de dudosa legalidad. Y asentado en el trono participó en lucrativos negocios que llevaron a la cárcel a varios de sus colaboradores, pero que ni siquiera mancharon su buena fama --había quien decía que no era monárquico, sino juancarlista--, porque el rey no solo era inviolable, sino intocable.

            Acumuló una inmensa fortuna en dinero negro, pero durante sus años de reinado parece no tocó ni un euro de ese capital, como reservándolo por si las cosas venían mal dadas (tenía en la memoria a su bisabuela, “la de los tristes destinos”, Isabel II y a su abuelo, Alfonso XIII, otro rey aficionado a los negocios raros, y a su padre, el rey que nunca reinó porque su propio hijo se le adelantó en la cola). Toda su dispendiosa vida privada corrió a cargo del erario público. Con dinero público, se pagó a sus amantes, en edificios públicos se las alojó algunas veces y con dinero público se trataron de acallar los chantajes de alguna de ellas, como Bárbara Rey. Los regalos que recibía por parte de quienes querían conseguir sus favores, coches de alta gama, yates de lujo (la única excepción eran los maletines llenos de dinero), los traspasaba de inmediato al Patrimonio Nacional para no pagar impuestos y para que los gastos de mantenimiento y personal no corrieran a cuenta suya). Incluso el dinero que ganaba legalmente –el que le correspondía de la dotación de la Casa Real-- pasaba a engrosar sus ahorros para los malos tiempos.

            Naturalmente, nada de eso pudo hacerse sin la complicidad de los sucesivos gobiernos de la democracia y sin el mirar para otro lado de las instancias judiciales, tan propicias en otros casos a iniciar una investigación a partir de un bulo recogido por cualquier medio informativo. La Constitución era la capa que lo tapaba todo, pero sobre el alcance de la inviolabilidad del jefe del Estado, sobre si afecta solo a sus actividades como jefe del Estado (que es la interpretación más plausible si el artículo correspondiente se cita en su integridad y no recortado, como suele hacerse) o también a su vida privada aún no se ha pronunciado –que yo sepa-- el Tribunal Constitucional y no parece que nadie con capacidad para interponer el correspondiente recurso esté interesado en que lo haga.

            La corrupción es el mal endémico de la democracia española, se dice. Y para atajarlo y ejemplificar, el Tribunal Supremo condena a un exministro a veinticuatro años de cárcel, sin posibilidad de apelación, por haber dejado que un empresario pagara el alquiler del piso de su amante durante un tiempo, porque otro haya pretendido regalarle un chalet (al final no se lo regaló) y algunas triquiñuelas más. Peccata minuta si se compara con los del gran patrón.

Una manzana podrida hace un cesto. La democracia española parece que se restauró sobre una manzana podrida, muy podrida, heredada de un dictador que, en su vida privada, y comparado con su sucesor, era un santo varón.

            Hasta 1993, en que despidió a Sabino Fernández Campos, el anterior jefe del Estado, al que se le permitió seguir utilizando el título de rey “a título honorífico” (qué ironía), trató de guardar las formas; luego, ya más seguro de sí mismo, o librado de su severo tutor, ni siquiera se preocupó de ello: su amante y socia de los mejores negocios, la princesa Corinna Larsen le acompañaba en los viajes oficiales.  

            A partir de 2012, tras ser pillado en falta en una cacería patrocinada por un traficante de armas, la porquería que atufaba la jefatura del Estado ya no se pudo ocultar más. Desde 2014, Juan Carlos de Borbón es un aforado más, pero lo que sabemos de sus desmanes se debe a la justicia suiza, que la española sigue prefiriendo mirar hacia otro lado.

            Solo cuando el actual jefe del Estado (de comportamiento ejemplar en esta complicada situación), le retiró sus ingresos como miembro de la Casa Real y le prohibió seguir utilizando residencias oficiales, tuvo que comenzar a gastar la fortuna acumulada. No podía hacerlo directamente, sino a través de testaferros y “generosos” amigos siempre dispuestos a ayudar a la majestad caída. Vive en un lujoso exilio en Abu Davi, pero no es un exiliado sino un prófugo fiscal. Si tuviera su residencia en España, tendría que hacer aquí la declaración de la renta y, sin ingresos conocidos, le resultaría difícil justificar su nivel de vida sin que saliera a la luz la fortuna mal adquirida que guarda en paraísos fiscales.

            Solo un reparo, pero un reparo importante, se le puede poner a esta investigación: su tratamiento de la figura de Sabino Fernández Campos. Es cierto que, irritado por los malos modos con que le apartaron de su puesto, fue contándole a unos y a otros anécdotas poco ejemplares del comportamiento de Juan Carlos de Borbón, pero solo pueden ser fiables si se ponen en boca de quien las oyó (José Bono, por citar un caso, cuenta alguna en sus memorias). Atribuírselas a un informante anónimo, como hace el autor de este libro, es dar pábulo a cualquier bulo, como que Fernández Campos se encontrara a Juan Carlos de Borbón brindando con champán nada más enterarse de que Tejero había entrado en el Congreso o que le pidiera, para comprar su silencio, un palacete frente al Campoamor. Y el rey le concedió ese capricho, según Bayo Falcón, que si se hubiera dado una vuelta por Oviedo antes de publicar su libro se podría haber dado cuenta de que, en el entorno del teatro Campoamor, no hay ningún palacete. En casos como este, conviene ser en extremo riguroso para no devaluar una investigación cuyos resultados deberían avergonzar a todas las autoridades del Estado español que permitieron un comportamiento semejante en quien juró “cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes”. Una Constitución, por cierto, que también contiene un artículo, equivalente al impeachment norteamericano, que permite apartar al jefe del Estado por incapacidad material o moral para el desempeño de su cargo.