miércoles, 12 de agosto de 2026

Cartas con historia

 


Varios Autores
Mi muy querido amigo Azaña
Prólogo de Luis García Montero
Nota al margen, Madrid, 2026.

Una docena escasa de cartas a Manuel Azaña, escritas entre 1918, cuando solo era conocido como activo ateneísta, y 1939, cuando ya se había convertido en un exiliado mal visto por unos y por otros después de haberlo sido todo en la política española, pueden servirnos, adecuadamente comentadas, para ofrecernos una sintética semblanza del personaje y de un puñado de nombres conocidos que se relacionaron con él.

            Adecuadamente comentadas, digo, como están la mayoría de las reunidas en este colectivo homenaje, pero no todas. Disuena especialmente el primer capítulo. No lo escribe un historiador, sino un ensayista y diplomático, José María Ridao, que, aunque se ha ocupado anteriormente de Azaña, no parece estar muy al tanto de lo que habla. Comenta una carta de Unamuno, fechada en diciembre de 1918, que empieza hablando de cuestiones sin demasiado interés –la fecha en que ha de dar una conferencia-- y luego, muy en su estilo, disparata sobre cuestiones políticas: “En tiempos de Felipe IV se perdió Portugal conservando Cataluña, en tiempo de nuestro Habsburgo de hoy, Alfonso XIII, siendo su canciller Canalejas, se pensó en conquistar Portugal y del triunfo, descontado en el Palacio de Oriente, de Alemania se esperaba la anexión de Portugal y la formación del Imperio Ibérico, bulgarizándose España; justo es, pues, que al ser esta derrotada con Alemania –la neutralidad neutral que dijo Romanones (el político que ve más claro y obra más turbio) era una alianza clandestina con aquel al que se creía vencedor futuro--, justo es, que España pierda ahora Cataluña. Y la perderá, no me cabe duda que la perderá”.

            Contagiado Ridao por este estilo de razonar, no le va a la zaga. “La reciente edición en Buenos Aires de un volumen en el que se recoge una amplia selección de artículos de Unamuno no compilados con anterioridad permite intuir, mejor que los textos acabados, las razones por las que fue un personaje incómodo, por imprevisible, para sus contemporáneos”, escribe. Pero ¿hacía alguna falta la edición de artículos desconocidos de Unamuno para saber por qué fue “un personaje incómodo”?

Le haría falta a Ridao, pero no a los estudiosos o simples lectores de Unamuno. De ese libro revelador, por cierto, se le olvida indicarnos el título (su colaboración, al contrario que otras, no lleva notas). Generaliza luego un tanto abusivamente: desde finales del XIX, “la relevancia pública de los hombres de letras” dependería más “de esta actividad marginal [la colaboración periodística] que de sus trabajos de mayor envergadura, desarrollados a lo largo de meses y años”. Habría, sin embargo, alguna excepción: “En ocasiones, un talento excepcional como el de Benito Pérez Galdós consiguió acoplar dentro del folletín periodístico una obra maestra, como Fortunata y Jacinta”.

La obra maestra de Galdós, como es bien sabido, se publicó en cuatro tomos en 1887 y no tuvo ningún anticipo en la prensa. A ese error, le sigue una sorprendente afirmación: la proyección social que daban los periódicos “sirvió para que un autor se labrara una imagen de gran pensador, como en el caso de Ortega y Gasset”. Y apoyándose en “uno de los más lúcidos observadores de España y su literatura”, Gerald Brenan, llega a afirmar que Ortega no es en realidad un filósofo, sino un periodista que trata de ideas y las divulga. Unamuno, en cambio, sí sería un verdadero filósofo, aunque esa labor resultara oscurecida por lo que publica en la prensa “para ganar el sustento de una familia numerosa, según confiesa en uno de los artículos recogidos en el volumen reeditado en Buenos Aires” (no se nos dice el título de ese artículo y sigue sin mencionarse el del libro en que aparece). Y por eso, porque escribe para ganar el sustento, “su técnica consiste, siempre según sus palabras, en empezar a escribir sin saber qué va a decir”. Por eso, a Ridao le cuesta creer que Azaña “tuviera algún aprecio por ese ponerse a escribir a lo que salga, practicado por Unamuno”. El artículo termina afirmando que Millán Astray era “hijo intelectual” suyo.

            La frivolidad de las observaciones histórico-políticas de Unamuno y las no menos frívolas de Ridao en su comentario, contrastan con la carta de Indalecio Prieto –quizá la de mayor interés del volumen—y con la glosa que le dedica Bruno Vargas. No se ha valorado adecuadamente la figura de Indalecio Prieto como intelectual y como escritor (los “socialistas de cátedra”, y el resto de los políticos de la época le miraba un poco por encima del hombro dada su falta de formación académica). Sus escritos memorialisticos no desmerecen frente a los de los grandes nombres de su generación y la lucidez de sus reflexiones políticas no es menor que la de Azaña. La carta que se comenta está escrita en abril de 1935 cuando se está fraguando la unidad de la izquierda que llevará al triunfo en las elecciones a comienzos del año siguiente. Frente a las reticencias de algunos, y su poca simpatía por los comunistas, explica las razones para contar con ellos: “en materia electoral los grupos políticos tienen dos medidas, la del apoyo y la del estorbo, y frecuentemente esta última es mucho más extensa que la primera”, y cuando se trata de agrupaciones próximas, la resta es siempre mucho mayor que la suma “porque al dividirse, y siendo siempre grande el encono entre los afines, se estorban encarnizadamente”.

            Excelentes son los trabajos de Alfonso Alegre Heitzmann (sobre Juan Ramón Jiménez) o de Amelia de Paz (sobre Juan José Domenchina), por citar solo dos ejemplos que añaden datos de interés, no solo sobre Azaña, también sobre ambos escritores. Destaca igualmente el de Manuela Aroca Mohedano sobre el general Saravia, compañero fiel hasta el último momento. Disuena, en cambio, por el enfoque dado, el capítulo final de José Luis Gallero. Convierte su comentario a una carta de Casares Quiroga en una carta a Casares Quiroga, en el “Cementerio de Montparnasse, París”, en la que le cuenta cosas que el político sabe de sobra y otras que preferiría no saber como que Ángel Ossorio le consideraba “un inepto”. Sobra ese artificio literario, semejante al que Luis García Montero emplea en el prólogo.

           

           

           

 

 

 

 

 



miércoles, 5 de agosto de 2026

Increíble, pero cierto

 

Stefano Bartezzaghi
Pier Mauro Tamburini
Pruebas sin corregir
Traducción de Germán Veritens
Seix Barral. Barcelona, 2026

El mayor enigma que plantea Pruebas sin corregir no es el que se propone a lo largo de sus páginas, sino la traducción de un libro como este y su inclusión en una prestigiosa colección de narrativa, Biblioteca Formentor, de Seix Barral, que contribuyó a renovar la literatura española desde los años sesenta y que, incluso tras su incorporación al grupo Planeta, ha tratado de mantener la calidad literaria por encima de la comercialidad a toda costa.

            Un enigma difícil de solucionar porque esta “novela negra que es también un juego y un ejercicio que invita al lector a resolver un asesinato”, según se indica en una de las notas promocionales, escrita sin duda –como suele ser habitual-- por alguien que no ha leído el libro, no parece que pretenda ser un éxito de ventas. Ni en una colección de sudokus, crucigramas y otros pasatiempos encontraría muchos compradores que no lo devolvieran si habían caído en la trampa de adquirirlo. La única situación que yo puedo imaginar en que alguien entretendría su tiempo buscando y anotando las mil y una erratas que contiene con el fin de encontrar entre las soluciones diez palabras con las que componer un mensaje que le indique algo que no le interesa lo más mínimo, es que esté encerrado en una celda, sin nada más a mano, y condenado a cadena perpetua.

            Si yo he sido capaz de leer de la primera a la última página este libro tediosamente inverosímil–y sin que nadie me obligara a ello--, fue porque no acababa de creerme lo que parecía ser, esperaba en algún momento una vuelta de tuerca que hiciera verdad lo que se indica en otra de las engañosas notas promocionales, que constituye “una reflexión sobre el valor del error, sobre la función del corrector y sobre el rigor lingüístico”.

            No hay nada de eso, pero sospecho seré el único en desmentirlo. Es una muestra más de que un grupo editorial de los que dominan el mercado puede publicar cualquier cosa y contar con la complicidad de los suplementos culturales más leídos, que encargarán una elogiosa reseña al turiferario de turno. Solo con el premio Planeta, como saben muy bien Jordi Gracia y Sonsoles Ónega, se abre la veda, no solo a una lectura mínimamente crítica, sino incluso al escarnio.

            Pruebas sin corregir en la cubierta y contracubierta aparece firmado solo por Stefano Bartezzaghi, un “enigmista, periodista y semiólogo”, al parecer famoso en su país. Únicamente su foto y biografía encontramos en la solapa, pero en la portada interior, junto a su nombre aparece el de Pier Mauro Tamburini, también crucigramista y guionista y autor de libro juegos, que es quien firma con él la edición italiana.

            ¿Otra errata a añadir a las deliberadas de la presunta novela? La primera de las “cinco reglas básicas del juego” que aparecen en la página 22 dice así: “Si la correctora de pruebas ha trabajado bien, cada uno de los cien capítulos de este libro contiene exactamente nueve errores”. Tenemos que llegar casi al final del libro para averiguar que esa es una errata más, que los errores totales no son novecientos sino mil y que, por lo tanto, cada capitulillo no contiene nueve, sino diez

            Esos errores son de todo tipo: erratas convencionales y lo que parecen bromas del autor porque no resulta creíble que se den en ningún libro (salvo en este, donde todo disparate tiene su asiento). Un ejemplo: el personaje principal “se lanzó al vacío completamente borracho desde la ventana del salón en el quinto piso de su sótano”. Otro: el mismo personaje, el escritor Niccolò Erranta, firmó un contrato como “Don Quijote” y el narrador se pregunta. “¿Por qué firmó aquella página usando como pseudónimo el nombre del caballo de Cervantes?”

            ¿Un rasgo de humor? Es posible, aunque no se trate de un libro de humor (pudiera, eso sí, tratarse de una broma pesada). El narrador, escritor frustrado que trabaja como corrector de pruebas, comienza citando a Gianni Rodari, un nombre bien conocido por quienes se ocupan de la literatura infantil: “Las erratas son tan útiles y necesarias como el pan, y a menudo incluso hasta bonitas”. No está muy de acuerdo con esa afirmación el narrador, quien afirma haber dedicado “los mejores años de su vida a corregir errores de escritores malísimos mucho mejor pagados que él” (no se le ocurre pensar que esos pagos dependen de las ventas y no de un sueldo fijo) y termina el primer capítulo con esta frase: “¿Sabéis cuál es el único error que un corrector de pruebas nunca sabe cómo enmendar? El trabajo que ha elegido”.

            Dejando aparte que a menudo se trata de un trabajo ocasional y que la mayoría de los correctores lo alternan con otras labores editoriales, no resulta muy verosímil que quien se pasa la vida corrigiendo erratas, algo que odia, tras realizar una sumaria investigación para averiguar si un admirado amigo escritor se suicidó o fue asesinado, lo cuente en un libro lleno de deliberadas erratas que esconden no sabemos qué mensaje ni por qué ni para qué. ¿Un sádico que olvida que nadie tiene la obligación de leerle?

            Pruebas sin corregir consta de cien breves capítulos que ocupan 149 páginas; el resto, medio centenar, lo ocupan unas planillas para que el lector anote las erratas que vaya encontrando y para ofrecernos las soluciones. Pero de esos cien capítulos bastante menos de la mitad se dedican a la endeble trama narrativa. La mayoría están constituidos por fragmentos de libros que el narrador ha corregido o está corrigiendo y que reproduce para que señalemos las erratas. Apasionante, ¿no?

Otros capítulos nos indican las algo confusas reglas del juego. El autor (o los autores) es “enigmista”, no lingüista, y por eso escribe párrafos como el siguiente: “Las lenguas latinas tienen una flexibilidad increíble que les permite mudar lo bastante deprisa para dar cobijo a nuevas formas y vocablos. Precisamente por esto, en el caso de que conseguís –por “consigáis”, es una de las deliberadas erratas-- localizar los mil errores (¡mucha suerte!) y dar con las soluciones, es posible que no estéis de acuerdo con alguna. Pues bien, os pido que seáis clementes a nombre de la naturaleza maravillosamente mutante de estos idiomas”.

Mención aparte merece el traductor, Germán Veritens, que ha tenido el dudoso honor de ser el primer traductor de erratas del mundo.

“Además de una novela negra es también un juego y un ejercicio que invita al lector a resolver un asesinato”, se nos dice a propósito de Pruebas sin corregir en la frase promocional ya citada. Pero no hay ningún asesinato: lo que parece un suicidio es un suicidio, según nos indica el narrador al final de su investigación. ¿Y entonces qué nos dice el mensaje que tan laboriosamente el autor o autores se han esforzado en esconder en las mil y una erratas? Ni lo sabemos ni nos importa. Una nota fina afirma que “el autor recomienda leer dos veces la novela para encontrar todas las soluciones”.

Sospecho que quienes tomaron la decisión de encargar la traducción de esta presunta novela y publicarla no la leyeron ni una sola vez. E hicieron bien (en no leerla no en publicarla).