jueves, 27 de enero de 2011

Diana Cullell: Académicos disparates


Diana Cullell
La poesía de la experiencia española de finales del siglo XX al XXI
Devenir, Madrid, 2010

A Eugenio d’Ors le bastaba leer un artículo de periódico para conocer de inmediato si quien lo había escrito era o no bachiller. Y solo con hojear un volumen de crítica podía discernir “si allí se ha empleado talento universitario o de autodidacta”. En su opinión, a quien ha pasado, siquiera distraídamente, por las aulas universitarias “le quedan ciertas sospechas –un saber que no se sabe lo que no se sabe—, una actitud más cauta en lo deficiente; menos propensa, por tanto, al ridículo”.
Eran otros tiempos. Hoy pocos estudios más propensos al ridículo, más ayunos de rigor conceptual, menos útiles para el lector interesado que buena parte de los estudios académicos que se dedican al análisis de la literatura contemporánea.
El ejemplo más reciente lo firma Diana Cullell, doctora en Literatura Española por la Universidad de Manchester, y actualmente profesora en la de Liverpool. Se dedica al análisis –así dice el título— de La poesía de la experiencia española de finales del siglo XX al XXI. Alguien podría pensar que mi opinión no es imparcial, ya que soy juez y parte: acá y allá se citan algunos trabajos míos y la autora incluso tiene la amabilidad de clasificarme como poeta de la experiencia (probablemente sin haber leído ninguno de mis poemas, como no necesita leer a ningún otro poeta para decidir si es o no poeta de la experiencia: debería patentar el procedimiento). Nada me gustaría más que escuchar una razonada opinión distinta. Pero para darla hay que leer el libro, no hojearlo distraídamente, y eso no se si algún otro crítico se decidirá a hacerlo (y no seré yo quien se lo reproche).
No me detendré en que analizar –como se hace en la segunda parte del estudio—junto a la de Cernuda, Gil de Biedma y García Montero, la poesía de María Antonia Ortega, Esther Zarraluki y Almudena Guzmán no es la mejor manera de reivindicar la poesía femenina. Me limitaré a subrayar que parece un método cuanto menos discutible afirmar que María Antonia Ortega es poeta de la experiencia, aunque no lo parezca y milite en el campo de “la diferencia”, porque comparte con la obra de Lorenzo Oliván el presentar la sensualidad “de manera penetrante en la reconstrucción que hace la mente a partir de varios elementos tanto de fondo como de forma dentro del poema”.
Diana Cullell no da muestras de haber leído a los poetas que tan precisamente clasifica y califica. Se basa para ello en lo que se ha dicho de ellos, en literatura secundaria: estudios, antologías, artículos periodísticos. Y todo lo coloca al mismo nivel: no distingue entre un documentado estudio y cualquier pintoresca polémica, ni tampoco entre lo publicado en una fecha o en otra. Un ejemplo que me concierne: “Mientras José Luis García Martín parece guardar objetividad en La generación del 99 (1999), con 12 experienciales entre los 28 antologados, y en Selección nacional (1998), con 7 de 15, la antología La generación de los ochenta (1988) toma un giro inesperado e incluye a 13 poetas de la estética dominante entre un total de tan solo 15”.
Difícilmente puede tomar un giro inesperado una antología de 1988 en relación con otra publicada diez años después. Esas antologías que cita tienen distinto campo de selección: los poetas surgidos en la década de los ochenta, los surgidos en la de los noventa. Si hubiera hecho un análisis de los antologados (o si siquiera los hubiera leído) y hubiera definido ese flatus vocis en que se ha convertido el sintagma “poesía de la experiencia”, Diana Cullell podía simplemente pensar que la “estética dominante” entre los nuevos poetas de los ochenta ya no era tan “dominante” en los nuevos poetas de los noventa. Pero pedir rigor a una estudiosa capaz de calificar (en nota de la página 187) a la antología El sindicato del crimen, del apócrifo Eligio Rabanera, como “obra maestra del grupo”, es pedir peras al olmo. Ser juez y parte tiene sus ventajas: puedo contar cómo se hizo esa antología. No pretendía defender ninguna estética, sino reírse de los ataques que ciertos resentidos poetas (principalmente andaluces) hacían a otros poetas (también principalmente andaluces) que les arrebataban los premios y el prestigio que ellos creían merecer mejor. Se envió una amplia circular y para participar hubo que pagar cinco mil pesetas, porque el libro –que presuntamente reunía a los poetas que manejaban el cotarro— fue una autoedición. Pero para quienes enseñan en universidades extranjeras (y no solo) esa azarosa broma es una obra maestra del rigor antológico y quien se incluye en ella –Jose Carlos Llop, Antoni Marí, entre otros— queda marcado al parecer para siempre, al menos entre los desatentos profesores de literatura, como “poeta de la experiencia”.
Diana Cullell, según señala en el prólogo, concibe su libro “como un estudio y una re-evaluación de una línea primordial que recorre la literatura peninsular española del último medio siglo. En dicha línea, el trabajo anhela verificar su continuidad y existencia dentro del ámbito literario de los últimos años poniendo de manifiesto ciertas deficiencia y desacertadas interpretaciones que han arrojado a la sombra a importantes autores y obras claves en ella”.
Para ello, decía, utiliza solo literatura secundaria: un poeta es poeta de la experiencia porque en tal o cual información periodística se le calificó de tal, o porque se le incluye en esta o en otra antología. Pero esa literatura secundaria tampoco parece haberla leído con demasiada atención. En la página 64 escribe: “La antología Fin de siglo (El sesgo clásico en la última poesía española) (Villena, 1992a, 31-32), pese a su programa estético, coincide con De lo imposible a lo verdadero: poesía española 1965-2000 (Garrido Moraga, 2000) en la inclusión de Antonio Rodríguez Jiménez, quien fue uno de los organizadores, junto a María Antonia Ortega y Pedro Rodríguez Pacheco, de las lecturas que dieron lugar a la ‘poesía de la Diferencia’, facción contraria a la que le relaciona Villena”.
Pero no hay tal coincidencia en la inclusión: Villena se limita a mencionar en el prólogo a varios poetas no incluidos que participan de la misma estética, entre ellos Rodríguez Jiménez y su libro Un verano en los ochenta. Y es que Rodríguez Jiménez podrá ser un adalid de la llamada “poesía de la Diferencia” (que no nombra una estética, sino un nutrido grupo de agraviados), pero su manera de entender la poesía, salvo en la calidad, en nada se diferencia de la de los poetas realistas de principios de los ochenta: “Entro distante —como casi siempre— / y la interrogo sin mirarla a los ojos: / ¿Hay colonia de mujer? Sonríe, / y en su mirada observo distraído un lado de humedades”.
Diana Cullell no se limita a mal resumir “riñas literarias” –así titula uno de los subcapítulos de su libro—, también toma de la obra de Bourdieu el concepto de “habitus” (“situación o condición típica o habitual de una entidad, particularmente del cuerpo”, según lo define) y lo aplica reiteradamente al análisis de los poetas. El resultado oscila entre lo banal, lo ininteligible y lo risible.

jueves, 20 de enero de 2011

Historias del tren

Vicente Molina Foix
La ciudad dormitorio
Felipe Benítez Reyes
Ciudades del sueño
Fundación de Ferrocarriles Españoles, Madrid, 2010



El tren y la literatura hacen buena pareja. Casi la misma buena pareja que Luis García Montero y Jesús García Sánchez (Chus Visor, para los amigos), encargados de coordinar buena parte de los premios literarios españoles, y entre ellos el de relato y poesía que organiza la Fundación de Ferrocarriles Españoles. Acaba de aparecer el volumen dedicado a los premios del 2010, que encabezan Vicente Molina Foix y, naturalmente, Felipe Benítez Reyes (Felipe Benítez Reyes, como Benjamín Prado, no puede faltar en ningún galardón con el que algo tengan que ver García Montero y García Sánchez).
Hasta hace poco tiempo había dos clases de premios literarios: unos daban dinero y otros, prestigio (aunque también solían ir acompañados de dinero). A los segundos, por lo general, no era necesario presentarse. Y es que, en ese tiempo, un poeta ya reconocido no solía enviar sus libros a concurso. José Hierro, Ángel González, Francisco Brines, como tantos otros, se daban a conocer mediante un premio literario, pero luego ya solo recibían el Premio de la Crítica, el Nacional, el reina Sofía… Quienes seguían presentándose a concursos una vez que dejaban de ser jóvenes e inéditos entraban en otro escalafón: el de los Carlos Murciano, los Joaquín Márquez o los Manuel Terrín Benavides.
Hoy las cosas han cambiado y poetas que ya forman parte, o creen formar parte, de la historia de la literatura, como Guillermo Carnero, Luis Antonio de Villena o Jaime Siles no tienen reparo en competir por el Loewe, el Ciudad de Torrevieja o cualquier otro más o menos amañado y siempre sustancioso galardón.
¿Vale la pena leer el volumen que reúne los Premios del Tren en su edición del 2010? La pregunta no es ociosa. Todo buen lector, y cualquier librero, sabe que no suele haber mejor indicación de que un libro resulta prescindible que el que lleve la indicación de que es premio Tal o Cual (salvo, claro, si llega acompañado de más o menos planetaria alharaca publicitaria). Generalmente los únicos que se aventuran en esos volúmenes son los concursantes profesionales para tratar de averiguar los gustos de los distintos jurados.
“La ciudad dormitorio”, de Vicente Molina Foix, es un relato costumbrista y ágil; no se lee con desagrado, pero resulta enteramente olvidable. ¿Es el mejor entre los cientos y cientos de relatos presentados al concurso? Eso es imposible de determinar. Entre los cinco finalistas que lo acompañan hay uno que acredita a un excelente narrador, “La sirena varada”, de Félix J. Palma, y otros dos que cumplen una función exactamente contraria, “Boulette d’Avesnes o el gran reto de don Raimundo”, de Cristina Mejías, una acartonada e involuntaria parodia de Agatha Christie, y “Trayecto inaugural”, de Andrés Barba, narrador y ensayista de cierto prestigio que hará bien en esconder este volumen. Marta Sanz y Abilio Estévez demuestran conocer el oficio.
“Ciudades del sueño (y sombreros)”, de Felipe Benítez Reyes, es un poema muy suyo, muy virtuosamente manierista. Tiene poco que ver con el tema del concurso, pero menciona la palabra “tren” y eso parece suficiente para cumplir con las bases: “la irresolución de la madrugada / que cruzan unos trenes nigrománticos”. Con sus gotas de humor y onirismo, con su sabia retórica, da la impresión de que está escrito siguiendo una fórmula, la habitual receta de la casa.
Otra fórmula muy distinta emplea Enrique Baltanás, que no publica un poema, sino una serie que habla de trenes reales y de trenes metafóricos, como el de la muerte, al que al final del soneto “La vida retirada” se pide que llegue con retraso. Enrique Baltanás escribe en un lenguaje claro, respetando la métrica tradicional, no desdeñando la anécdota ni las emociones consabidas. Se le lee siempre con gusto, pero quizá abunda en poemas predecibles desde el primer verso: “Los años van pasando como trenes veloces…”
Habilidoso resulta Josep M. Rodríguez en “Nocturno y tren”, un ejercicio de concisión e ingenio, tanto más efectivo –algo frecuente en cierta poesía− cuanto con menos atención se lee.
Más interés que la mayor parte de los textos premiados presenta la primera parte del prólogo –la segunda nos cuenta los muchos galardones que han recibido anteriormente los galardonados−, esbozo costumbrista sobre los antiguos viajes en tren y apunte para una historia de las relaciones entre el tren y la poesía, con el regalo de un espléndido poema de Juan Ramón Jiménez.
Por una vez, y sin que sirva de precedente, he tenido la curiosidad de leer uno de esos volúmenes colectivos en que se amontonan los cuentos y poemas premiados en algún concurso. No es experiencia que aconseje a nadie, salvo como curiosidad.
En literatura, como en cualquier otra actividad, todo lo que no es necesario estorba. La Fundación de los Ferrocarriles Españoles, si quiere ayudar a los escritores, podría sortear anualmente, entre todos los que viajan en ferrocarril, un primer premio de quince mil euros, un segundo de cinco mil y cuatro accésits de quinientos. Cumpliría la misma función de mecenazgo y nos ahorraríamos una heterogénea miscelánea anual y el mal ejemplo que para los jóvenes ambiciosos y para cualquier escritor menesteroso supone leer algunos de los textos premiados.

jueves, 13 de enero de 2011

Pablo Anadón: El humo de los días


Pablo Anadón
Estudios de la luz

Pre-Textos. Valencia, 2010.


Se fuma mucho en el último libro de Pablo Anadón, un poeta argentino que ha querido reaccionar contra el informalismo y el experimentalismo de la poesía contemporánea. En el poema que sirve de epílogo, “En este bar escribo”, poesía y humo se identifican: “miro el humo / de la pipa que es casi todo el lujo / necesario, lo mismo que los versos, / para irisar mis días de azulada / ilusión verdadera: a uno y otros / los extraigo del fondo de mi pecho / y algo tienen de afuera, algo de adentro, / y en el ritmo pausado del aliento / asumen formas raras, imprevistas, / según el soplo, el ánimo y el viento”. En el poema inicial “paladea el tabaco de la pipa” mientras a medianoche, y en su sillón de siempre, intenta traducir a Robert Frost.
La poesía moderna –o buena parte de ella− rechaza la anécdota, el argumento, o gongorinamente disimula el núcleo de experiencia que le sirve de punto de partida. No ocurre así en Pablo Anadón, un poeta muy a contracorriente de las tendencias de su país (no tanto de cierta poesía española), cuyos poemas pueden convertirse fácilmente en apuntes de un cuaderno autobiográfico. Comienza el libro en un interior doméstico, “jugando al juego de la poesía” (propia o traducida, que para él es lo mismo); en el poema siguiente lo vemos preparándose un café en la cafetera “plateada y negra, hecha en Ferrara” que servirá de pretexto para los versos. Otros poemas nos hablan del ruido de la segadora que se interrumpe de pronto y permite escuchar “el latido silencioso del campo”; del perro que se queda mirando “un pájaro que pasa / por el aire lejano de la tarde”; de la taza de café que le trae uno de sus hijos, de la leña que corta junto a otro; de una cría de pingüino encontrada muerta en una playa; de una pipa usada…
Las anécdotas que dan origen a los poemas de Pablo Anadón pertenecen casi siempre a la cotidianidad familiar. El lector español pensará sin duda en Miguel de Unamuno y en los poetas de ahora mismo que siguen la estela de Miguel d’Ors. Pero en Anadón no encontramos confesionalismo religioso, aunque sí temor y temblor ante el misterio de vivir.
¿No hay un riesgo de banalidad en esta poesía del amor conyugal y paternal, de la vida estudiosa y provinciana, en esta poesía clara y llena de buenas intenciones? Lo hay ciertamente, y Pablo Anadón trata de sortearlo de varios modos. En primer lugar conviene señalar que la dicha doméstica que se canta es un paraíso perdido. “Yo he tenido una casa”, comienza el poema titulado precisamente “La casa”, y esa casa “donde pasar las noches del invierno junto al fuego”, donde fue feliz “como puede serlo un hombre / que ha vivido asomado siempre al vidrio / de su desasosiego”, esa casa sigue ahí, pero él desde fuera mira sus ventanas y la puerta que “dividió su vida en dos mitades”. Este libro lleno de anécdotas hurta la banal y melodramática anécdota que le sirve de punto de partida.
¿Qué recursos utiliza Pablo Anadón para evitar la trivialidad y la falacia patética? El primero, el más evidente, es el rescate de la métrica tradicional. Más o menos la mitad de los poemas del libro son sonetos: “Felicidad hecha de casi nada, / de sol sobre los árboles, de vana / sombra de humo de pipa y azulada / serranía que enmarca la ventana…”. El tono intimista y personal no evita, de vez en cuando, algún eco de Borges: “Yo soy aquí el de siempre, poca cosa / que transfigura a veces la poesía. / Soy el que mira transcurrir la prosa / de su desasosiego noche y día / y un alba observa por el vidrio el rosa / que tiñe el mundo, y llora de alegría”.
El espacio cerrado del soneto, su juego de simetrías y correspondencias, ayuda a impedir que los versos se queden en mero desahogo o en álbum de instantes y fotografías familiares. Pero Pablo Anadón –lo mismo le pasaba a Unamuno− no escribe sonetos con demasiada facilidad (y quizá por eso no suele incurrir en el consabido sonsonete). En el soneto “Por la ventana”, que anteriormente hemos citado casi completo, sobra, por ejemplo, el primer cuarteto, y en el muy postmodernista “Conversación”, casi letra de bolero (“Hoy nos vimos de nuevo, amor perdido, / en el café de siempre y conversamos / de los hijos, la casa, los reclamos / del pasado que vuelve y no se ha ido”), disuena un dudoso endecasílabo: “pero sé que todo eso es lo que ha sido”. No me resisto a ponerle un signo de interrogación al final de otro soneto, al que ya he aludido, “El ruido de la segadora”: “Sentado en el sillón / de mimbre viejo en el umbral de casa / he traído de nuevo al corazón / tanta cosa querida, y en la escasa / luz del día he rezado una oración / por vos, por mí, por lo que fue y ya pasa”. El riesgo de la poesía clara, de la que está más allá y no más acá de la buena prosa, es que en ella no se puede decir, como en cierta poesía más o menos surrealista y autosuficiente, cualquier cosa que se nos ocurra: no podemos decir que “lo que fue, ya pasa” porque “lo que fue”, ya ha pasado.
Arriesga mucho Pablo Anadón en este libro, al contrario que tantos poetas innovadores y experimentales. Cuanto tropieza y cae, no hay lector que no lo note. Pero cuando acierta –y lo hace más a menudo de lo que quizá estoy dando a entender− consigue una poesía “hecha de casi nada”, pero que nos permite, como ninguna otra, entrever en la luz de cada día lo que está más allá de la luz y de los días.

jueves, 6 de enero de 2011

Giovanni Papini: Ingeniosa, virulenta diatriba


Giovanni Papini
Gog
Rey Lear,. Madrid, 2010
Traducción de Paloma Alonso Alberti



Cuanto más conocido es un autor, más desconocido se vuelve. En los años cuarenta y cincuenta, cuando su crédito en Italia descendía, se multiplicaban las ediciones de Giovanni Papini en España, y buena prueba de ello es que es uno de los autores todavía más presentes en las librerías de viejo. El furibundo ateo de los comienzos se había convertido al catolicismo y se había aproximado al fascismo. Por eso era un apestado en la Italia de posguerra y tan querido en la España franquista.
¿Repercutió ese cambio ideológico en el interés y en la calidad de su obra? Es posible que sí, porque las páginas suyas que mejor han resistido el paso del tiempo –los relatos fantásticos de El piloto ciego, por ejemplo- pertenecen a la primera época. Pero su libro más universal –y que no ha perdido nada de su capacidad de fascinación- lo escribió después de la aparatosa conversión al catolicismo. Se trata de Gog, publicado en 1931, editado por primera vez en español en 1933, traducido por Mario Verdaguer, y reeditado infinidad de veces desde entonces. Ahora aparece en una nueva versión y lo leemos como si de una obra nueva se tratase.
Ensayo, fabulación y sátira se entremezclan en este libro que retrata, como ningún otro, la crisis de los años veinte, cuando un mundo –una idea del mundo- parece haberse hundido definitivamente con los cañonazos de la Gran Guerra y las multitudes y los intelectuales se entretienen, antes de la catástrofe final, frívolamente con cualquier disparate.
El propósito de Papini con Gog no era muy distinto del que pocos años antes, en 1926, había inspirado la novela de Baroja El gran torbellino del mundo, primera entrega de la trilogía “Agonías de nuestro tiempo”. Baroja, como Papini, quiere poner en cuestión el desbarajuste intelectual que ha traído la guerra y lo hace con una leve trama novelesca y con unos personajes que se trasladan de un lugar a otro por la Europa en ruinas. No faltaba en Baroja, como no faltará en Papini, el componente antisemita que no tardaría en servir de coartada para el genonicidio.
Gog, el protagonista de Papini, representa la brutalidad del capitalismo americano, el trastrocamiento de jerarquías intelectuales surgido tras la guerra. Ha viajado por el mundo, se ha entrevistado con los grandes hombres del momento, y ha dejado constancia de lo que ha visto en un diario sin fechas.
Pero Gog es también algo más: representa al hombre viejo, negador y destructor, que Papini cree haber dejado atrás con su conversión al catolicismo. Afortunadamente se le ha quedado dentro y es a él a quien se debe que esta obra, que podía no haber pasado de un sermón contra la modernidad, haya envejecido tan poco.
El pretexto argumental –un manuscrito encontrado en un manicomio- es solo eso, un pretexto que se olvida pronto. Los capítulos pueden ser leídos con independencia unos de otros, y olvidando incluso que se trata de las memorias de un tal Gog.
La entrevista con Freud (que aún vivía cuando se publica el libro) contiene la reflexión más certera que se haya escrito sobre el psicoanálisis: “Literato por instinto y médico por la fuerza, concebí la idea de transformar una idea de la medicina –la psiquiatría- en literatura. Fui y soy poeta y novelista bajo la figura de hombre de ciencia. El psicoanálisis no es otra cosa que la transformación de una vocación literaria en términos de psicología y de patología”.
Todas las falsas entrevistas –con Henry Ford, Ghandi, Lenin, Einstein—encierran una paradójica verdad, juegan a darle la vuelta a las ideas consabidas. A ratos lo que hay de sofístico en ellas queda demasiado a la vista, pero nunca dejan de ofrecernos un motivo de asombro, una intuición feliz.
No es extraño que Borges fuera un admirador de Papini. En este libro, que apareció antes de que Borges se convirtiera en narrador, están en germen muchos de sus cuentos. La mezcla de erudición y ficción es la misma, y también el gusto por la paradoja.
Borgiano es el breve ensayo –podría ser incluido en El hacedor- titulado “El papel”: “La materia prima de la vida moderna no es el hierro, ni el petróleo, ni el carbón, ni el caucho: es el papel. Cada día caen bosques enteros bajo el hacha para proporcionar una cantidad enorme de una sustancia que no tiene la duración ni la dureza de la madera. Si las fábricas de papel se cerrasen, la civilización quedaría paralizada”. Todavía sigue siendo verdad, aunque cada vez sea menos verdad.
Unos capítulos se inclinan más hacia la ficción, otros hacia el ensayo, pero no hay ninguno que no encierre una inquietante fantasmagoría, una muestra de amargo humor.
El enloquecido mundo en ebullición de los años veinte ya no es nuestro mundo, pero de algún modo lo sigue siendo. Y la fórmula de Papini –que bebe en Jonathan Swift y en Voltaire- sigue conservando su vigencia.
A quienes se atraganten con El cementerio de Praga, esa indigesta mezcla de erudición y folletín, esa muestra de que, si a veces dormita Homero, lo que había en Umberto Eco de narrador lleva tiempo durmiendo la siesta, yo les aconsejaría que lean –o relean- Gog, ingeniosa, virulenta diatriba contra los disparates intelectuales de mundo que ya no es el nuestro y sigue siendo el nuestro.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Para niños de cualquier edad


Jesús Cotta, José María Jurado y Javier Sánchez Menéndez
Poesía para niños de 4 a 120 años
Antología de autores contemporáneos
La isla de Siltolá, Sevilla, 2010



La mejor poesía para niños no ha sido escrita expresamente para niños. Partiendo de ese presupuesto, Jesús Cotta, José María Jurado y Javier Sánchez Menéndez –los tres poetas, los tres autoantologados— han preparado una selección de poesía contemporánea para lectores de todas las edades.
“Nunca se es lo bastante grande para dejar de ser niño”, afirman al comienzo de un prólogo en que no faltan las frases brillantes y donde quizá sobra el voluntarismo optimista: “La poesía es un teléfono móvil que se recarga con los buenos sentimientos; en su agenda solo hay bellas impresiones y números mágicos para hablar, aquí y ahora, con el más allá del hombre y con el más acá del niño”.
La selección comienza con Pablo García Baena y termina con Tomás Rodríguez Reyes, un poeta que aún no ha cumplido treinta años. Los nombres conocidos alternan con los desconocidos, pero los poemas memorables los firman casi siempre los primeros. Para el lector habitual de poesía no hay, por lo tanto, descubrimientos, pero el que no frecuenta las antologías de poesía contemporánea puede encontrarse con más de un deslumbramiento.
Aquilino Duque, con sentido del ritmo y brillante palabra, evoca antiguos veranos y sabe encontrar la concisión emocional de la poesía popular: “Ojos que no son tus ojos / dime para qué los quiero”.
Del “Pozo oscuro de los sueños” nos habla Antonio Colinas con imaginería que viene de los cuentos tradicionales: “Amable duendecillo de los bosques, / remoto brujo, pájaro agorero, / hadas, amigos de mis horas dulces, / llevad lejos de mí este desamparo, / venid con vuestras pócimas y ungüentos, / cegad con varas mágicas el sol”.
De Miguel d’Ors se selecciona un clásico, su “Pequeño testamento”, una enumeración de maravillas cotidianas (con técnica próxima a la greguería: “los flamencos como claves de sol de la corriente, / las avispas, esos tigres condensados…) que concluye con la ironía final: “Todo para vosotros, hijos míos. / Suerte de haber tenido un padre rico”. También otros dos poemas familiares que trata de eludir el tópico y dejar intacta la emoción: “Los abuelos” y “Respuesta a mi hija Laura”.
Fernando Ortiz recrea viejos romances en “El colegio” y parafrasea a Antonio Machado: “En la calle hay una casa, / la casa tiene un balcón / y al balcón se asoma un niño / entre geranios en flor”.
Eloy Sánchez Rosillo se entretiene mirando las cambiantes nubes: “Ahora, mano entreabierta me pareces, / y ahora un hombre que abraza a una mujer. / Pero sigo observándote / y eres, de pronto, un perro, / un caballo que salta, / rosa, barco en la niebla, una paloma, / mapa de dónde, rostro / medio oculto de quién”.
Los tres poemas de Luis Alberto de Cuenca nos muestran su aspecto menos frívolo y se acercan a la oración y al himno: “Álzate, corazón, consumido de penas, / levántate, que sopla un viento de esperanza / por el mundo, llevándose con él tus inquietudes / y la costra de angustia que apaga tus latidos”.
Javier Salvago, que tuvo su momento en los ochenta y hoy está un tanto olvidado, constituirá una sorpresa para muchos. Pocas veces la maestría técnica está más cargada de emoción, más ajena al mero virtuosismo. Su sonetillo trisílabo “Evocación y elegía” puede competir sin riesgo con el justamente célebre en que Manuel Machado define al verano.
De los barcos “que llegan sigilosos al muelle” y que tienen “algo de símbolo y de fácil metáfora” nos habla Felipe Benítez Reyes, un poeta brillante siempre y casi siempre convincente.
Amalia Bautista sueña la casa de su infancia y acaricia los pies de sus hijas, en un poema al borde del fácil ternurismo: “Los tienen a estrenar. Y me conmueve / pensar en cada paso que aún no han dado”.
De los tres villancicos de José Mateos, destaca el primero: “Qué buen televisor / es mi ventana. / Me tiene aquí plantado / esta mañana”.
Juan Bonilla firma el más breve de estos poemas, casi un cuento con moraleja: “Un muñeco de nieve / está tomando el sol. / Ya se arrepentirá”.
“La cabalgata de Reyes”, con sus pequeños detalles exactos y su toque costumbrista, le sirve a José Luis Piquero para hablarnos del desconcierto de vivir: “¿Será esa sensación de que están todos / perdidos menos yo, de que van todos / en dirección contraria, lo que siente / también un niño al dejar de creer?”. Muy otro es el tono de “Figuras de madera en la clase de matemáticas”, un poema conceptual y plástico, uno de los más destacados de la antología.
La selección de Enrique García-Máiquez no le hace demasiada justicia, aunque se agradece el ingenio y el arte deliberadamente menor de “Mayo”.
No es enteramente una antología esta antología. Algo tiene de acumulativo centón. Y de confundir la poesía para niños con poemas sobre niños o sobre animales. Al niño de la poesía, tanto o más que la letra, le gusta la música. Y en la letra le gustan los coloristas disparates, los absurdos, los sustos. Nada menos de su gusto que las algodonosas nostalgias adultas de los días de infancia.
En Poesía para niños de 4 a 120 años hay efectivamente poesía para niños de todas las edades. Pero hay que encontrarla. Los complacientes antólogos –si se incluyen a sí mismos a qué amigo iban a dejar fuera— no nos facilitan demasiado el trabajo.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Isabel Escudero: De todos y de nadie


Isabel Escudero
Nunca se sabe
Pre-Textos, Valencia, 2010


La poesía popular ha inspirado mucha gran poesía: recordemos, por citar solo un ejemplo, a los hermanos Machado, hijos de uno de los primeros folcloristas españoles, Antonio Machado y Álvarez. Los poemas de Isabel Escudero –los de su último libro, los de todos sus libros—s indica la nota preliminar, “en los juegos de sabias polimetrías, asonancias y otros trucos que de la poesía anónima nos han quedado”. Siguiendo a su maestro y mentor, Agustín García Calvo, considera que el pueblo, “al no ser nadie, es el solo dueño de la lengua viva”.
Lo que Isabel Escudero considera “el pueblo” –término ambiguo y confuso donde los haya— es la sociedad rural extremeña en que vivió su infancia. Las coplas, los cantes y los dichos que oyó entonces resuenan continuamente en sus versos. El uso y abuso del diminutivo remite quizá a lo que de infancia recuperada hay en estos poemas: “Niñez lejana: / de chiquita que era / hoy me llena la casa”.
Pero no solo hay neopopularismo (a ratos un tanto artificioso) en Nunca se sabe. Una de las secciones del libro se titula “Farolillos y candiles” y la breve nota que lo explica sirve para aclarar tres de las cuatro direcciones en que se mueve el libro: “Los farolillos son coplas breves con cierto carácter oriental que recuerdan en tono y tema a los haikus, pero en variantes acopladas de rimas generalmente asonante y las medidas de nuestras coplas tradicionales. Los candiles, coplas breves de corte andaluz que recuerdan a las de los varios palos del flamenco; y otras veces a coplas y sentencias castellanas al estilo de Dom Sem Tob”.
Ejemplos de “farolillos”: “Pradera blanca: / la vaca con su aliento / deslíe la escarcha”, “Calentura del ocaso ardiendo / entre las ramas / del saúco enfermo”. Ejemplares resultan las versiones propias de haikus clásicos, como los de Issa Kobayasi: “Viejo y soltero: / por el roto de mi manta / se cuela febrero”, “Con el deshielo / un río de niños / inundó un pueblo”. Isabel Escudero, como antes hicieron los poetas de los años veinte, adapta el haiku a la tradición española, sin tratar de mimetizar unas fórmulas métricas y expresivas. No es extraño por eso que algún presunto haiku de Issa remita más bien a García Lorca. “El jilguerillo / para herir al sol / trina amarillo”, escribe Isabel Escudero; y Lorca: “Escucha el débil trino / amarillo / del canario”.
No faltan las adivinanzas en esta, a veces solo presunta, recreación de la poesía popular: “Dos cosas tengo yo / que no costaron un céntimo: / una es negra y va por fuera, / otra blanca y está dentro: / una la perderé un día / y con ella yo me pierdo, / y entonces será la otra / la sola cosa que os dejo”. La solución viene indicada al final: se trata de la sombra y el esqueleto. Algunas de estas adivinanzas, concisamente memorables, merecían hacerse populares: “Ni sale / ni entra; / se mueve / y está quieta”, “¿Cómo se llama este juego / que solo por jugar / ya pierdo?”.
Dos secciones del libro interrumpen esta sucesión, a ratos un tanto monótona, de formas breves: “Flor de vejez” y “De las mujeres”. La primera comienza con una recreación de “Anímula vágula, blándula…”, el famoso poema atribuido al emperador Adriano: “Seas tú, almita mía, / como flor del azafrán, / tan poca cosa, que apenas / a ras de tierra naces, / en manos de mujeres / te deshaces. / No sepas tú cuánto sabor / deja tu huella / donde quiera que desmenuzándote / te me mueras”. No es el único caso en que se recrea un poema ajeno. “Los ojos de las rosas” ofrece una versión, menos afortunada que el original, del cernudiano “Los espinos”: “Verdor nuevo los espinos / tienen ya por la colina, / toda de púrpura y nieve / en el aire estremecida. / Cuántos ciclos florecidos / les has visto; aunque a la cita / ellos serán siempre fieles, / tú no lo serás un día”. El poema de Isabel Escudero, deliberadamente menos rotundo, como deshilachado, dice así: “Mira otra vez el rosal florido, / abiertos ya los ojos de las rosas / que te miran ahí pasmada. / Habrá un día en que faltes a la cita, / y ellos ahí seguirán abriéndose / sin ti, los ojos de las rosas”. Al Antonio Machado de Soledades se remite –a veces con la explicita inclusión de algún verso: “¿Y ha de morir conmigo…?”— en otros casos. De fantasmas y de muertos familiares y de la muerte que acecha hablan estos poemas doloridos y en voz bajan que en ocasiones no dudan en bordear la falacia patética ni desdeñan el toque costumbrista.
“De las mujeres” comienza con un homenaje a Safo (“Safó” escribe ella siguiendo la pedantería de su maestro) y, aparte de bien humoradas muestras de poesía erótica (“Le alzó las faldas / para tocar el misterio, / pero el misterio / dejó unas plumitas / y alzó el vuelo”), incluye una “Guirnalda de flores y frutas” que no habría desdeñado firmar alguno de los poetas de la Antología palatina.
Como un centón inagotable este Nunca se sabe de Isabel Escudero, que no escasea en trivialidades, excesivas familiaridades y algún ternurismo prescindible, pero que casi en cada página nos ofrece un hallazgo memorable, una punzante, dolorida maravilla. ¿Habría sido mejor que la autora filtrara críticamente las “coplas, versos, proverbios, acertijos o canciones que se le escapan a rachas al menor tropiezo”? Tal vez sí. Pero corríamos el riesgo de dejar fuera, entre las piedrecillas, algún diamante. Nunca se sabe.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Charles Simic: Las calles y los libros


Charles Simic
Una mosca en la sopa
Vaso Roto Ediciones, Madrid-México, 2010
Traducción de Jaime Blasco



En una ciudad en guerra transcurre la infancia de Charles Simic. Su primer recuerdo coincide precisamente con un bombardeo: “El 6 de abril de 1941, cuando tenía tres años, cayó una bomba en el edificio de enfrente a las cinco de la mañana y provocó un incendio. Belgrado, mi ciudad natal, tiene el dudoso privilegio de haber sido bombardeada por los nazis en 1941, por los aliados en 1944 y por la OTAN en 1999”.
Como para los poetas españoles del cincuenta, para Simic una infancia vivida durante la guerra, incluso durante la más cruel de las guerras, puede no ser la peor de las infancias: “Era completamente feliz. Mis amigos y yo teníamos muchas cosas que hacer durante el día y tiempo de sobra para hacerlas. No había colegio y nuestros padres estaban ocupados o sencillamente no estaban. Vagábamos por el barrio, trepábamos por las ruinas y supervisábamos el trabajo de los rusos y de nuestros partisanos. Todavía quedaba algún francotirador alemán aquí y allá. Cuando oíamos disparos echábamos a correr. Había equipamiento militar por todas partes. Las pistolas habían desaparecido, pero quedaban otras cosas. Me hice con un casco alemán. Llevaba cartucheras vacías. Tenía una bayoneta”.
Charles Simic cuenta cómo se hizo poeta y cómo se hizo americano (“una patria se elige”) con humor y sin patetismo alguno, aunque no falten en su vida los episodios patéticos. El título que da a sus memorias, Una mosca en la sopa, tan poco convencional, ejemplifica bien una concepción de la literatura que no quiere condescender demasiado con lo que habitualmente se entiende por literatura. El editor de una de las revistas a las que enviaba sus primeros poemas, se los rechazó con una nota en la que decía: “Querido señor Simic, es obvio que es usted un joven inteligente. ¿Por qué pierde el tiempo escribiendo sobre cerdos y cucarachas?”.
Sobre cerdos y cucarachas, y sobre muchas otras cosas, escribe Simic en estas memorias, donde los sueños tienen tanta importancia como lo que convencionalmente se entiende por realidad.
Acierta al ensayar distintas técnicas, al no pretender darle unidad formal a la obra. Tras un primer capítulo reflexivo, el segundo toma como pretexto una fotografía, que se reproduce, de su padre “vestido de esmoquin con un lechón debajo del brazo”. Lo que sigue es un relato de apenas dos páginas en el que se entrelazan costumbrismo y surrealismo. Se nota que el autor ha sentido la tentación de redondear la anécdota, de hacer ficción a partir de pequeños detalles exactos. No es lo más frecuente. A menudo los capítulos se fragmentan en anécdotas, sueños, encuentros con personajes curiosos, y el lector adivina que podrían ser el germen de una historia y que el autor renuncia a desarrollarlos porque no quiere que sus memorias se conviertan en una novela de autoficción (aunque algo de eso tienen).
Uno de los capítulos reproduce el diario que llevó durante su estancia como policía militar, a principio de los años sesenta, en una pequeña localidad francesa. También escribió poemas entonces, nos dice, pero de los poemas se deshizo “hace mucho tiempo”. No tiene nada de extraño: la poesía, si no es gran poesía, envejece peor que la prosa sin demasiadas pretensiones; algo semejante ocurre con la fotografía artística y la meramente documental.
“La tristeza y la buena comida son incompatibles”, comienza otro de los capítulos, donde hace un recuento de algunos de los momentos felices que tuvieron que ver con la comida: “La mejor conversación es la que se celebra en torno a una mesa. La poesía y la sabiduría son meros acompañamientos. Las auténticas musas son los cocineros”.
De literatura, de religión, de política se habla en este libro. También de presentimientos y de sueños. Y se hace con sensatez, sin generalizaciones abusivas, sin acentuar un anticomunismo que no necesita ser subrayado. A algunos lectores les interesará conocer las lecturas que llevaron a Simic a ser el poeta que es (curiosamente el libro decisivo en su formación fue una antología de poetas latinoamericanos), pero para la mayoría los pasajes más interesantes son aquellos en los que aparecen los personajes de su familia, comenzando por el padre, un culto y seductor tarambana.
Muy precisos resultan los retratos del París en que su familia se refugió antes de lograr llegar a Estados Unidos, o de Chicago, “el mercadillo de todas las contradicciones que América podía ofrecer”.
“Mis mejores maestros, tanto en arte como en literatura, fueron las calles por las que vagué”, afirma. Las calles y los libros: “No sería demasiado exagerado afirmar que no soltaba los libros ni para mear. Leía hasta quedarme dormido y seguí leyendo cuando me despertaba. Leía en el trabajo, con el libro escondido entre los papeles de la mesa o en un cajón entreabierto. Leía de todo, desde Platón a Mickey Spillane. Creo que me enterrarán con un libro en la mano. Puede que el más apropiado sea El libro tibetano de los muertos, pero preferiría cualquier manual de sexualidad o los poemas de Emily Dickinson”.
“A estas alturas del siglo la historia de mi vida no parece tener nada de particular”, comienza. Si quiere decir que hubo quienes lo pasaron peor y no tuvieron un final feliz, tiene toda la razón. Pero pocas vidas tan particulares como la suya y tan divertida, disparatada e inteligentemente contadas.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Agustín de Foxá: Pirotecnia, fascismo y magia


Agustín de Foxá
Nostalgia, intimidad y aristocracia
Fundación Banco Santander, Madrid, 2010
Introducción y selección de Jordi Amat



Alrededor de la obra de Agustín de Foxá corren algunas leyendas. La principal, que sus ideas políticas le han condenado al olvido y a la marginación. Pero Foxá, que conoció el éxito en vida y luego el habitual período de purgatorio, siempre ha contado con defensores y los más apasionados no han solido encontrarse entre sus compañeros de ideología. Cierto que nunca nadie le ha colocado a la altura de Valle-Inclán o de Lorca, pero es que él no era Valle-Inclán ni Lorca, sin que eso suponga restarle mérito alguno.
La fama le llegó cuando puso toda la pirotecnia fastuosa de su estilo al servicio de la causa franquista, con la que tras la victoria mantendría ciertas distancias. Fue todo un personaje: las anécdotas que se cuentan de él, ciertas o apócrifas, llenarían un volumen. No falta quien piense que, como Oscar Wilde, puso el talento en su obra y el genio en su vida.
Madrid de corte a checa, su título más famoso, no es una gran novela, aunque sí una buena novela, espléndida en la primera parte, lastrada por el maniqueísmo cuando se convierte en un arma más de los sublevados contra la República.
Sus poemas, siempre de espléndida retórica neomodernista, a veces dan la sensación de haber nacido viejos, pero nunca pierden su encanto, especialmente cuando se llenan de enfermiza nostalgia por un tiempo pasado que quizá no ha existido nunca.
A mediados de los años cuarenta –cuando el escritor está a punto de cumplir cuarenta años— de los varios Foxá que había en Foxá solo parece quedar vivo el articulista. “Si algo he hecho literariamente, creo que ha consistido en llevar la poesía al periodismo”, declaró alguna vez. Y no hay artículo suyo, por mucho que discrepemos de las ideas que manifiesta, que no nos admire, que no sea una pequeña obra maestra.
El conservador Foxá, el defensor de los valores tradicionales, fue un personaje que nada tenía de convencional. Su amigo Curzio Malaparte lo reflejó de magistral manera en Kaputt: ahí le vemos gozoso, hedonista, ingenioso y maledicente, tan a gusto en medio de la Rusia arrasada por los nazis como si estuviera en una fiesta mundana. “Desayunamos en el antiguo Centro Judío –nos dice en uno de sus artículos—. Y aún queda algo de la tristeza errante de Israel por estas salas desnudas”. No podía ignorar Foxá, que había escrito bellas páginas sobre los sefarditas, donde estaban en aquel momento los judíos que antes poblaban aquellas salas, pero eso no le impedía beber y reír con quienes los estaban exterminando.
En los últimos años de su vida –como escribe Marino Gómez Santos— “la tristeza romántica se había tornado en amargura, tomaba una actitud radical debido a la vida sentimental que no le fue propicia y se desahogaba escribiendo poesía satírica, anónima, como un libelista quevedesco”.
Algo –bastante— de escritor frustrado hay en Foxá. “¿Qué ha quedado de su curiosidad selectiva para lo abultado, abigarrado, terrible, inefable o grotesco en su obra literaria?”, se preguntaba Dionisio Ridruejo, que lo trató casi cotidianamente en los días de la guerra. Y se responde: “Yo diría que poco: algún trasunto casi venal, más efectista que revelador. Lo más de todo aquello quedó en el cuaderno secreto y en las conversaciones de sobremesa. Quedó en anotación bruta o en anécdota impresionante”.
Jordi Amat, con muy buen criterio, ha decidido en Nostalgia, intimidad y aristocracia seleccionar parte de la obra menos conocida de Foxá. Comienza con una artificiosa, seductora maravilla, Cui-Ping-Sing, teatro en verso que se lee como una antología de la poesía clásica china. Qué extraño debió resultar, en la España en guerra, escuchar sobre el escenario a personajes que se expresan de la siguiente manera: “Al ojo de las garzas / sube la niebla espesa del otoño. / Escucha / qué desgarrado el grito / de los faisanes / entre hojas amarillas y el vaho de los corzos. / La luz anaranjada / sobre las verdes tejas de las torres. / ¡Qué cansado el crepúsculo / del mes del viento y del dragón! / Cómo envejece el alma… / Estoy triste, Hoang-Ti, como el otoño”.
Tras ese regalo para nostálgicos, viene una sección que Jordi Amat titula “Papeles personales” y que constituirá una sorpresa para muchos lectores. Entremezcla en ella –con discutible criterio— cartas familiares y apuntes de diario. A veces da la impresión de que Jordi Amat –siguiendo quizá el ejemplo de Jordi Gracia, en esta misma colección, a propósito de Ridruejo— pretende crear un libro propio barajando los escritos de Foxá: en el capítulo “Muerte de Alfonso XIII en Roma (1941)” (el título, como todos, aunque no se indique, es de Amat) a continuación de varias cartas se añaden, sin clara separación, unas notas de diario. Más respetuoso, y de mayor interés para los lectores, habría sido publicar los diarios completos, que a ratos parecen meras anotaciones de agenda, pero que contienen miniaturas prodigiosas, algunos de los momentos más secretamente felices de la prosa de Foxá.
Las cartas a los padres y hermanos tienen poco que ver con las habituales cartas familiares; algunas de ellas parecen incluso el borrador de futuros artículos, pero a veces el borrador, en su inmediatez, le gana en eficacia al más repeinado artículo.
La breve sección de “Otras prosas”, que concluye el volumen, se justifica por la inclusión de “Viaje al frente del Ladoga”, que Foxá no quiso rescatar cuando reunió sus artículos en Un mundo sin melodía (1949). La razón parece clara: por esa fecha ya se había publicado en español el libro de Curzio Malaparte en el que Foxá aparecía diciendo cosas no demasiado agradables sobre la España franquista (la versión española había eliminado bastantes de esas inconveniencias). A Foxá no le convenía publicar unos artículos que recordaban que aquel libro, que se vendía como novela, era sobre todo un gran reportaje y que lo que de él contaban sus páginas tenía poco de ficción. “Me he ido a pasar la Pascua con Curzio Malaparte al frente de Leningrado”, comienzan unos artículos que sorprenden por su precisión esteticista: para Foxá la guerra, antes que nada, parecía ser un fascinante espectáculo.
El prólogo de Jordi Amat –bien documentado, con datos inéditos— añade valor a un volumen que reúne piezas dispersas de un escritor genial y amoral, que si a ratos nos indigna, siempre nos fascina.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Alejandro Bekes: Traducir, educar, mal editar


Alejandro Bekes
Lo intraducible. Ensayos sobre poesía y traducción
Pre-Textos,Valencia, 2010



Como una “silva de varia lección” que no excluye “el retozo humorístico, la discreta emoción, la poesía y la fábula”, define su último libro Alejandro Bekes. Pero también la “silva”, la miscelánea, la reunión de textos dispersos, tiene sus reglas y quien no las tiene en cuenta se arriesga a que el conjunto se le atragante al lector. Es lo que ocurre –me temo— con Lo intraducible, cuyo autor, sin embargo, es uno de los más destacados poetas argentinos contemporáneos, que además traduce con igual acierto a Virgilio o a Horacio que a Baudelaire o a Auden.
Un libro es como una conversación: ha de modularse de acuerdo con el oyente. Lo intraducible comienza con largos ensayos que quizá provienen de una conferencia o comunicación académica. Se leen como quien asiste a una tediosa clase y solo se salvan por los ejemplos, casi siempre admirables muestras poéticas, como el epitafio de Claudia, citado “en su arcaico latín, cuya ortografía milenaria parece dejarnos ver una lápida recién desenterrada, cubierta de musgo, en un costado de la Via Apia”, y traducido luego del más certero modo: “Huésped, poco te digo; detente y lee atento. / Ves la no hermosa tumba de una hermosa mujer. / Con el nombre de Claudia la nombraron sus padres. / De todo corazón a su marido ha amado. / Dio la vida a dos hijos. De ellos, a uno deja / sobre la tierra, al otro bajo la tierra lleva. / Era su sangre alegre y gracioso su andar. / Cuidó la casa. Hiló la lana. He dicho. Vete”.
Otro ejemplo: en los autos del proceso a Fray Luis de León encuentra una curiosa petición del poeta. Además de unos libros de devoción que se le encarguen a cierta monja y se le entreguen “unos polvos que ella solía hacer y enviarle para sus melancolías y pasiones del corazón”. Añade “que ella sola los sabe hacer”. Y el lector se queda con ganas de saber la fórmula de esos mágicos polvos.
El tono del libro cambia a partir del capítulo “Idea de poesía y poesía de ideas”. El profesor, el aplicado divulgador, es sustituido por el escritor que deja de lado las muletas académicas para apoyarse en el humor y en la poesía. Dialoga en el texto con un traductor de Horacio, el padre Tornes, quien señala en la introducción a sus versiones que “las profundas o grandes teorías que se atribuyen a ciertos, ¿son, en realidad, algo más que simples verdades mal concebidas?”. Ese diálogo –platónico por el fondo y por la forma— ya se dirige al lector culto, no al estudiante que ha de desarrollar un tema.
El resto del libro es también, muy a menudo, una fiesta de la inteligencia. Hay tres secciones de textos breves —“El error del otro”, “Inmortales mortales”, “Aula abierta”— donde demuestra haber aprendido la lección del machadiano Juan de Mairena y también la de Borges, sobre quien se vuelve una y otra vez.
Los “Esbozos para el epílogo de un libro imposible” reúnen una serie de aforismos: “No podrás escribir nada cierto hasta que todo lo que viviste se haya convertido en leyenda. Hasta que toda tu vida se te aparezca, como a través de la niebla, imposible y real”.
Los aforismos de Alejandro Bekes no condescienden con el ingenio ni con la greguería. En “Aphorismata pavca” —otra serie de ellos— leemos: “Todo aprendizaje es siempre el mismo aprendizaje: aprender que no sabemos lo que creíamos saber”.
En algún capítulo la crítica literaria se hace autobiografía. Memorables resultan las páginas dedicadas a La amada inmóvil, de Amado Nervo, un tiempo tan aplaudido y leído. El juicio acaba siendo demoledor: “versos modernistas, que acusan un despreocupado influjo francés, pero sin el supremo rigor artesanal de un Lugones y sin la certera conquista expresiva de un Darío; versos, en inquietante proporción, y para decirlo de una vez por todas, bastante malos”. Hay, sin embargo, un temblor y una inquietud humana –demasiado humana— que salvan el libro, y una lectura temprana que lo convierten en carne de nuestra propia carne. La literatura tiene esos misterios.
No solo de literatura se habla en este libro que se oculta tras un primer centenar de páginas fatigosamente prescindibles. “El contacto intelectual” trata de la grandeza y de las miserias de la educación en el mundo contemporáneo. El ensayo adopta la forma de un diálogo entre amigos. “El contrato pedagógico está roto –afirma Alejandro Bekes, que deja de ser el autor para convertirse en personaje—. Los alumnos parecen tener poco interés en aprender y menos en estudiar. Es raro advertir en alguno el goce de entender y la pasión de descubrir”. Siguen todos los tópicos que hemos escuchado tantas veces: “Antes, cualquiera sentía vergüenza de no haber leído a Sartre o de no saber en que año tuvo lugar el combate de San Lorenzo; ahora la gente, aleccionada por los modelos televisivos, se jacta de la propia ignorancia”.
Pero uno de los interlocutores, acierta a darle una vuelta al tópico: no es que los alumnos no tengan ningún interés en aprender, sino que buena parte de lo que se les enseña –en lengua, en literatura, y no solo— carece, si bien se mira, del menor interés. Como buena parte de lo que se publica. Conviene no dar por sentado que aquello de lo que hablamos o sobre lo que escribimos es de interés universal.
Las divagaciones teóricas sobre la posibilidad o imposibilidad de la traducción tienen tan escaso interés como las elucubraciones más o menos metafísicas sobre si Aquiles alcanzará o no a la tortuga. Sabemos que la alcanzará, sabemos que traducir es posible, aunque no fácil: pasemos a otra cosa, dejemos de marear la perdiz o la tortuga.
Alejandro Bekes tarda más de la cuenta en cambiar de tono. Y por eso la mayoría de los lectores hedónicos, de los aficionados a la literatura y el pensamiento, dejarán de lado este libro, que merece una reedición corregida y disminuida a cargo de un buen editor (no me refiero al editor comercial). Sin la labor del editor, tan invisible y desdeñada como imprescindible, un libro no es un verdadero libro, sino un conjunto de páginas diversas y dispersas encuadernadas en forma de libro.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Martín López-Vega: Amor, viajes y literatura


Martín López-Vega
Adulto extranjero
DVD Ediciones, Barcelona, 2010.



Decía Juan Ramón Jiménez que los poemas de Cernuda parecían traducidos del inglés. “Lo malo es que él no sabe inglés”, añadía. Los poemas de Martín López-Vega no parecen traducidos del inglés, sino del polaco o del esloveno, pero ese alejamiento de la música tradicional del verso español no responde a una limitación, sino que responde a su concepción de la poesía.
“Vas de ciudad en ciudad, / de idioma en idioma, / de amor verdadero en amor verdadero”, escribe en el poema que da título a su último libro. Poesía de la errabundia física y sentimental la suya, poesía en la que alternan humor y patetismo, notas experienciales y elucubraciones más o menos metafísicas.
El humor es asunto delicado, en poesía como en la vida; las elucubraciones trascendentales no lo son menos. “Expongo mis ideas sobre el fin del mundo” titula López-Vega uno de sus poemas. Un grupo de amigos, reunidos en un jardín, beben y filosofan sobre la existencia humana. “Después de la tercera caipirinha” a alguien se le ocurre la siguiente idea genial: “¿Y si encontrásemos / la forma de esterilizar a todos los hombres del planeta, / eliminando así la posibilidad de generaciones futuras, / liberándonos de ese modo de la responsabilidad / de salvaguardar o mejorar para ellos cultura, / tradiciones, medioambiente, etc, / y nos entregásemos a la decadencia definitiva / del Imperio Romano, a gozar sin ninguna clase / de remordimiento? Loca, falo, clítoris, / cacoesis, heces, feto, útero. ¡Rimbaud!”. Pero si dejan de nacer niños, si dejamos de preocuparnos por las generaciones futuras (por el calentamiento global del planeta, etc.), no por eso desaparecerían los remordimientos y así podríamos entregarnos a una orgía perpetua (menuda orgía aquella en que los más jóvenes tienen sesenta años y no pueden ni siquiera pensar en la jubilación sino en atender a los que han cumplido más de ochenta años). Esa etílica idea de acabar el mundo por el suicidio lento de la especie no posibilita convertir la vida en una continua fiesta, sino en todo lo contrario.
No faltará quien diga que no es esta manera de leer un poema, que pretende ser eso, un poema y no un ensayo. Es posible que tenga razón. Como tampoco faltará a quien le parecerá un acierto incluir en un poema de amor versos como los siguientes: “Hay ciudades compartidas y rincones / solo de los dos, pocos, es cierto, pero ahí están, / y luego está tu forma de darle vuelta a todas las cosas, / sin olvidar tu manera de chupármela / como una muñequita manga / ni tu comprensión de todas mis incomprensiones”.
Julián Rodríguez, en la nota de contraportada, escribe que Martín López-Vega es “un doble poeta” que ha ido haciendo su poesía “por dos senderos paralelos”. Como si se avergonzara de su inicial poesía que hablaba de los ritos y los mitos de la infancia, de las melancolías y asombros ante la gozosa variedad del mundo, ha pretendido ser un poeta borrosamente rupturista, ingenuamente metafísico, esforzadamente ajeno a endecasílabos y cernudismos. Uno de sus libros en esa dirección, Extracción de la piedra de la cordura, constituye para Julián Rodríguez –excelente editor y narrador profusamente minimalista— no solo “uno de los mejores libros de su generación”, sino “uno de los poemarios fundamentales del cambio de siglo”. Respetable opinión, que no rebatiré. Me limito a hojear de nuevo ese libro y luego a meditar con escepticismo sobre lo difícil que resulta formular un juicio estético con alguna probabilidad de acierto.
Que Martín López-Vega sigue siendo el poeta verdadero que admiramos desde sus iniciales Travesías lo demuestran media docena de poemas de este libro (exactamente media docena). A “Última lección”, que esquiva con elegancia cualquier incursión en la falacia patética (pero que muchos no podrán leer sin lágrimas), resulta fácil profetizarle una perpetua permanencia en las antologías y en la memoria de los lectores. De las muchas “albadas” –se titulen o no se titulen así— que hay en Adulto extranjero, yo me quedaría con “Piazza della Scala”, uno de los poemas incluidos en “SPQR”, suite amorosa ambientada en escenarios romanos. De la misma serie, también destacaría el poema inicial, “Torre Stefaneschi”.
Martín López-Vega acierta cuando se olvida de que tiene que ser un poeta chocante y distinto, representante de una generación que va más allá de la poesía de la experiencia o de cualquiera de esos tópicos periodísticos o didácticos que algunos confunden con la crítica literaria. Un sobrio y exacto retrato urbano encontramos en “D. F.”, sobre la ciudad de México. Al juanramoniano apunte lírico de “Varnatt i Hagen” –“el último rayo de sol / bebiendo a escondidas en un charco, / como un ciervo dorado, / intocable, / creíble promesa de eternidad”— le sobran quizá el título y el último verso.
Muchos de los poemas más característicos de López-Vega parecen apuntes de diario, parten de una anécdota que muy bien podría ser contada en prosa, mencionan amigos y circunstancias concretas (a veces aclaradas en la nota final). En Adulto extranjero ejemplifican ese tipo de textos “Contra el sentido” (mientras se baña de madrugada con una amiga en un playa de Barcelona les roban la ropa y han de andar desnudos por las calles de la ciudad en busca de una cabina telefónica) o “Mediodía de Ferrara” (visita con un amigo a esa ciudad italiana en la que se siente “por fin en casa, / como si fuese este el puerto que esperábamos / para empezar la vida que querríamos…”). No siempre se consigue convertir la anécdota en categoría (tal vez ni siquiera se pretende), pero siempre se leen con agrado esos versos llenos de pequeños detalles exactos.
Da la impresión de que a Martín López-Vega su intuición poética le lleva por un lado y sus ideas sobre la poesía por otro. Aparte de mayores o menores aciertos, en su poesía hay texturas diferentes. Por eso resulta difícil, si no imposible, aceptar Adulto extranjero en su totalidad. Unos lectores eliminarían la mitad de los textos, otros la otra mitad. Yo me quedo con seis poemas que podrían añadirse a cualquier antología de la poesía española. No es poca cosecha.

jueves, 18 de noviembre de 2010

José García-Vela: Un hilo blanco de melancolía


José García-Vela
Hogares humildes (Obra poética)
Renacimiento, Sevilla, 2010
Edición y prólogo de Manuel Neila


El poeta asturiano José García-Vela era, hasta la fecha, poco más que un nombre en el índice de algunas antologías, una minúscula nota a pie de página en la historia del modernismo. Había publicado un único libro en 1909; el reconocimiento comienza a llegarle cuando la revista Mundial Magazine, que dirigía Rubén Darío en París premia un relato suyo, pero él no pudo conocer la noticia porque había muerto unos días antes, el 9 de junio de 1913. Tenía veintisiete años.
Solo ahora, gracias a la labor ejemplar de Manuel Neila, podemos conocer su poesía completa: Hogares humildes, aquel inencontrable libro de 1909, y Las huellas de los muertos, una obra inédita de la que se tenía noticia, pero que hasta el momento nadie –salvo quizá José María Martínez Cachero, que más de una vez se refirió a ella— había tenido ocasión de leer.
Manuel Neila resume en el prólogo las escasas noticias biográficas que de José García-Vela (hermano de Fernando Vela, el secretario de la Revista de Occidente) podemos disponer; sitúa su obra en el tiempo (reacción contra el exotismo y el decorativismo modernistas); compendia sus características, y nos ofrece limpiamente los poemas, sin notas a pie de páginas, sin pretender una edición crítica, que a menudo es la peor de las ediciones: la que continuamente nos interrumpe la lectura del texto para señalarnos antiguas erratas y torpes borradores.
Cumplido su trabajo, el editor se retira y nos deja ante los versos de García-Vela, elegantemente dispuestos en la página. La primera impresión –conviene reconocerlo para no engañar a los lectores— es que no han envejecido bien, que valen para el estudioso de la literatura pero no para el borgiano lector hedónico. Las flores del bien tituló José María Pemán uno de sus libros y podía titularse la obra completa de García-Vela. Pero las flores del bien suelen funcionar peor que baudelaireanas flores del mal.
El mismo año que García-Vela publica sus Hogares humildes aparece la primera edición de El mal poema, de Manuel Machado. En ambos casos hay una incursión en el prosaísmo, un volver la espalda a las princesas y los cisnes del primer Darío. Pero la reacción es totalmente distinta: Machado habla de prostitutas y de madrugadas etílicas, de bohemia y marginalidad; García-Vela comienza su libro con estos versos: “Esposa, dulce esposa, amante y buena, / Dios te bendiga como te bendigo: / eres casera y santa como el trigo, / como el casero aroma de la cena”.
En una primera impresión podríamos pensar que a García-Vela, como poeta, le sobró humildad (el adjetivo “humilde” lo repite hasta la saciedad: “en la blancura de la humilde mesa”, “como la sombra de la humilde estancia”) y le faltó audacia imaginativa y expresiva. Simpatizamos de inmediato con el personaje, pero los versos resultan en exceso bien intencionados y grises.
Ciertamente, la bondad no es un fácil condimento literario. Una buena persona, honesta y trabajadora, puede ser un excelente vecino, pero un aburrido protagonista de novela.
Pero si seguimos leyendo, si no nos echan atrás los adjetivos gastados, el constante recurso al patetismo, pronto nos ganará el encanto de estos versos que nos hablan de la felicidad del hogar, del regreso a la casa de la infancia tras la aventura americana (García-Vela emigró a Chile, donde había nacido su madre, en 1905), de su ciudad provinciana (a la que llama Vetusta, como homenaje a Clarín): “Surgió la luna en el azul del cielo. / Hubo luces de lago y de cristal. / Un ave negra dirigió su vuelo / hacia la torre de la Catedral. / Era el misterio en la ciudad. Caía / desde la blanca luna, gota a gota, / un hilo blanco de melancolía…”
José García-Vela era un poeta de verdad, no un versificador epigonal, ciertamente, pero no tuvo tiempo de ser un gran poeta. Incluso el precoz Juan Ramón Jiménez no pasaría de figura secundaria del modernismo si hubiera muerto a su edad (y Pedro Salinas o Jorge Guillén ni siquiera habrían publicado libro).
¿Significa eso que ha sido un trabajo benemérito e inútil rescatarlo del olvido? En absoluto. No solo las figuras mayores hacen una literatura; son necesarios además los buenos secundarios, que le den fondo y consistencia.
Abundan los versos de heridora melancolía en la obra de García-Vela: “¿No habéis sentido nunca la tristeza infinita / de estas humildes casas donde no suena un ruido?”. Uno de los poemas suyos que yo prefiero se titula “Azul”, como el libro de Darío, y nos habla de un viaje y de un puerto desconocido: “Amanece un azul, un extranjero día. / Acaba de llegar el barco a esta bahía / dormida, y silenciosa, y muda, que parece / un lago muerto, un lago ignorado. Amanece”. Entre gastados ecos neorrománticos, se atisba el poeta distinto y nuevo que pudo llegar a ser: “Estoy sintiendo un alma que no es mía”. Pero no pudo ser.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Curzio Malaparte: En el vientre de la bestia


Curzio Malaparte
Kaputt
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2010
Traducción de David Paradela López


A Curzio Malaparte tendemos a asociarlo con Giovanni Papini, con Somerset Maugham, con otros escritores de éxito en la España de los años cuarenta y que hoy pueblan las librerías de viejo. Pero releemos Kaputt, en una nueva y excelente traducción (discutible, sin embargo, la decisión de no traducir a pie de página los abundantes diálogos en francés), y comprobamos que es algo más que un escandaloso escritor de otro tiempo.
No ha perdido nada de su capacidad de espanto y seducción esta obra que apareció por primera vez en el Nápoles bombardeado de 1944. La primera edición española es de 1947 y estuvo a cargo de José Janés. “La historia de este libro –se nos dice en la solapa— bastaría para formar el argumento de una novela de aventuras o de un film truculento. Esparcidas sus cuartillas por toda Europa a medida que los acontecimientos las iban convirtiendo en materia peligrosa, fue menester una enorme paciencia para reunirlas de nuevo una vez pasada la tempestad bajo cuyo fragor fueron escritas. Porque mientras Europa estuvo dominada por el Eje, tener cuartillas de Kaputt equivalía a tener un cartucho de dinamita, a ocultar un arma secreta con la que echar abajo la fachada de embustes con que se revestía el edificio del llamado Orden Nuevo”.
Pero la “Historia de un manuscrito” que encontramos al comienzo de la nueva versión española ha perdido muchos de los elementos novelescos presentes en la primera. “Retomé la redacción de Kaputt durante mi estancia en Polonia y en el frente de Smolensk, en 1942. Terminé el libro, a excepción del último capítulo, durante los dos años que pasé en Finlandia. Antes de volver a Italia dividí el manuscrito en tres partes…”, leemos ahora. Antes se daban más detalles: “Cuando abandoné Polonia para trasladarme a Finlandia, llevé conmigo, escondidos bajo el forro de mi capote de piel de cabra, las páginas del manuscrito. Terminé el libro, a excepción del último capítulo, durante los dos años transcurridos en Finlandia. En el otoño de 1942 volvía a Italia con licencia de convaleciente, tras soportar una grave dolencia contraída en el frente de Petsamo (Laponia). Por cierto que en el campo de aviación de Tempelhof, próximo a Berlín, todos los pasajeros del avión fuimos registrados por la Gestapo. Por fortuna, no llevaba encima ni una sola página de Kaputt, pues antes de abandonar Finlandia dividí el manuscrito en tres partes…”
Pero el valor de este libro no se debe a las difíciles condiciones de su escritura ni a su temprana denuncia –y desde dentro— de la barbarie nazi. Hoy, cuando conocemos esa barbarie más de lo que se podía siquiera sospechar, nos sigue conmoviendo y admirando porque, antes que nada, es literatura, espléndida literatura.
El primer acierto de Curzio Malaparte es no tratar de escribir una novela con sus experiencias como corresponsal de guerra en el Frente del Este; tampoco reúne los artículos –visados por la censura— que fue publicando en un periódico italiano. Hace literatura con lo que vio y vivió en aquellos años. No inventa, pero selecciona, dispone y contrapone, recrea atmósferas (con proustiana minuciosidad, con precisión de poeta), huye de cualquier registro notarial.
Sabe que acumular barbarie tras barbarie lleva a la insensibilidad del lector, por eso enmarca cada una de las secciones del libro en un ambiente lujoso, de aristócratas, jerarcas y diplomáticos. Porque durante la guerra no a todos les fue mal, a algunos les fue muy bien. A Agustín de Foxá, por ejemplo, embajador en Finlandia durante los dos años que allí vivió Malaparte. El 15 de abril de 1942, escribe a su familia desde Helsinki: “Vengo de hacer un viaje fabulosamente interesante, que leeréis literariamente contado en mis crónicas del Abc. Con Curzio Malaparte, el genial escritor italiano, autor de La técnica del golpe de Estado, me he ido a pasar la Pascua a los frentes del Ladoga y de Leningrado”. Más de una vez lo que Foxá cuenta en unas pocas líneas, lo desarrollará luego Malaparte: “Os hablaba en mi anterior carta de mi viaje al frente del Ladoga. De allí, en coches militares, nos trasladamos al frente de Leningrado. El general que manda esta región nos recibió en una casa con muebles rusos, ofreciéndonos una espléndida comida. En ella descorchamos las botellas de champagne que llevé. El general nos contó anécdotas terribles; el caso de esos paracaidistas soviéticos que, perdidos en el bosque, se atacan obsesionados por el hambre. Uno devoró al otro; me enseñan las fotografías del cadáver comido. También el caso del prisionero de Turku, que pidió un pope para instruirse en la Fe. El pope salió con los ojos arrasados de lágrimas al ver su piedad. Dos días después los centinelas oyeron un gran ruido en la celda del prisionero. Entraron, el pope agonizaba ensangrentado en el suelo. El prisionero, con salvaje alegría, exhibía el puñal que le había clavado mientras fingía abrazarle”. Ilustrativo resulta comparar esas apresuradas líneas con el desarrollo que de la historia del prisionero de Turku hace Malaparte en las páginas 294-295.
Agustín de Foxá, con su epicureísmo y su ingenio, es uno de los personajes más destacados de Kaputt. Con él tienen que ver buena parte de las diferencias que encontramos entre esta nueva traducción y la anterior. “Que fuera el representante de la España de Franco en Finlandia (Hubert Guérin, ministro de la Francia de Pétain, llamaba a Foxá ‘el ministro de la España de Vichy’) no le impedía reírse con desprecio de Franco y su revolución”, escribe Malaparte, y el traductor español de 1947 tiene buen cuidado de eliminar esas líneas. Pero Foxá, que contribuyó a salvar el manuscrito de Kaputt no le pidió a su autor que las suprimiera, y eso dice mucho de su valentía y de su doble moral (“Traigamos el fascismo a España y vayámonos a vivir al extranjero”, es una de las frases que se le atribuyen).
Tienen una intensidad onírica muchas de las páginas de Kaputt, como el que nos habla del espectáculo “horrendo y maravilloso” de los caballos que quedan apresados en un lago que se hiela súbitamente (“un inmensa plancha de mármol blanco sobre la cual había colocados cientos y cientos de cabezas de caballos”), o la visita al gueto de Varsovia acompañado de un joven de “rostro bellísimo y una frente alta y pura sobre la que el casco de acero arrojaba una sombra secreta”, un miembro de la Guardia Negra que “caminaba entre los judíos como un ángel del dios de Israel”. Hay también humor negro: el encuentro en el ascensor con un desconocido que resulta ser Himmler o la visita a la sauna, donde el jefe de la Gestapo disfruta siendo azotado por sus subordinados.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Philipp Blom: Tiempos de confusión



Philipp Blom
Años de vértigo.

Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914
Anagrama, Barcelona, 2010



La nostalgia mitifica y falsifica. Tras la catástrofe de la Gran Guerra, de la Primera Guerra Mundial que aún no se sabía que era la primera, los años iniciales del siglo XX fueron vistos como una época feliz, como una continua danza al borde del abismo. Pere Gimferrer, en uno de los poemas de Arde el mar, expresó hermosamente esa idea generalizada: “Eran sin duda tiempos / —belle époque— más festivos, con la vivacidad burbujeante / de quien se sabe efímero”.
En Años de vértigo, fascinante máquina de viajar en el tiempo, Philipp Blom nos presenta un mundo bien distinto, más parecido al nuestro –a pesar del siglo que nos separa— que a las caricaturas que tenemos de él: “Entonces como ahora, en las conversaciones y en los artículos periodísticos se hablaba sobre todo del veloz avance de la técnica, de globalización, de los progresos en el ámbito de la comunicación y de los cambios que afectaban al entramado social; entonces como ahora, dejaba su sello la cultura del consumo de masas; entonces como ahora, la sensación de vivir en un mundo en imparable aceleración, de estar lanzándose a lo desconocido, era arrolladora”.
El pasado, antes de ser pasado, fue presente, esto es, confusión y cambio, desconocimiento de lo que había de venir. Para analizar los años que transcurren entre la inauguración de la Exposición Universal de París, en 1900, y el verano de 1914, Philipp Blom prescinde de todo lo que ocurriría después, trata de contárnoslo como lo vivieron quienes no podían ni imaginarse la locura asesina que muy pronto arrasaría las naciones más civilizadas de Europa.
En la fastuosa exposición con la que Francia quiso asombrar al mundo entramos de la mano de un profesor alemán que dejó constancia de la visita en el anuario de su instituto. Es la Francia que se enorgullece de su imperio colonial y que todavía vive las tensiones nacionalistas y antisemitas del affaire Dreyfus. Tras las fachadas historicistas, con sus cariátides y sus alegorías paganas, se esconden, como avergonzados de su fealdad, los nuevos dioses: máquinas poderosas, dínamos de doce metros de altura.
El recorrido, año a año, termina con el capítulo “1914: Un asesinato político”. Pero el asesinato político que llenó los periódicos, que apasionó a todo el mundo, no fue el del archiduque Francisco Fernando en la remota Sarajevo, sino otro ocurrido en París el mismo año: Henriette Caillaux, la mujer de Joseph Caillaux, ministro de Finanzas, entró en la redacción de Le Figaro y solicitó ver al director. Como no estaba, le esperó cerca de una hora. Cuando llegó, intercambió unas pocas palabras con él, luego sacó un revólver que llevaba oculto en su manguito de piel y le disparó cuatro tiros. Unos meses después, en julio, se celebró el juicio. Aquel asesinato tenía todos los ingredientes para que los periódicos aumentaran su tirada y la gente no hablara de otra cosa: adulterio, escándalos políticos, una posible traición a la patria. ¿Quién se iba a preocupar demasiado por el desgraciado asunto de la muerte del archiduque a manos de un exaltado nacionalista serbio?
Años de vértigo es un libro de historia que está lleno de historias, que nos lleva de la revuelta rusa de 1905 al adormecido, y sin embargo en ebullición, imperio austro-húngaro. Por sus páginas cruza Leopoldo II, el rey belga que aspira, con muchas posibilidades, al puesto de mayor genocida de la historia, y quienes desvelaron el siniestro engranaje del Estado Libre del Congo, especialmente Roger Casement (que acabaría ahorcado) y Edward Morel. El emperador de Alemania, el káiser Guillermo II, protagoniza muchas páginas. Ilustrativa resulta su relación con Philipp Eulenburg, abogado y diplomático de carrera, a quien nombró príncipe. Lo había conocido en una cacería y muy pronto su casa de campo en Liebenberg acabaría convirtiéndose en el lugar de retiro favorito del emperador, “encantado de tener compañía sencilla, largas conversaciones y noches con amigos apiñados alrededor del piano mientras el anfitrión tocaba sus propias composiciones y él pasaba con entusiasmo las páginas de las partituras”. Guillermo II consideraba a Eulenburg su “único amigo del alma” y este calificó esa amistad como “un resplandor en mi vida”. Serguéi Witte, ex primer ministro ruso, tras visitar al emperador en la casa de campo de Rominten escribió: “Me sorprendió especialmente la actitud del emperador para con Eulenburg. Se sentó en el brazo del sillón del príncipe, con la mano derecha apoyada en su hombro, como si lo abrazara”. El final de aquella hermosa amistad resultaría tan trágico como involuntariamente cómico.
PhilippBlom se ocupa lo mismo de la gran historia que de la pequeña historia, y no deja de lado la historia de la cultura: domina el arte de la síntesis sin incurrir en la simplificación. Hace también psicoanálisis de la época: “Cuando las mujeres se volvieron más enérgicas y parecieron asumir nuevos papeles, los hombres se pusieron inmediatamente a la defensiva”. Y de ahí el culto a la virilidad y a la fuerza: “Entre 1900 y 1914 hubo más duelos y más uniformes en las calles que en los treinta años anteriores; los bigotes eran más grandes; los culturistas tenían más músculos, y los acorazados, cañones impotentes. Había coches de carrera y se batían récords de velocidad; nacieron los héroes de los deportes y se publicaba un sin fin de anuncios de cinturones eléctricos y otros remedios para la pérdida de ‘vigor masculino’”.
Un culto a la virilidad que a veces da la vuelta de forma esperpéntica, como cuando los enemigos políticos de Eulenburg (celosos de su influencia sobre el emperador) filtran a la prensa lo que era un secreto a voces. Y el aguerrido y militarista Guillermo II se entera entonces de que el lugar donde se encontraba más a gusto era un círculo de homosexuales.
Tras leer a Philipp Blom comprendemos que cualquier época pasada, antes de su simplificación en la memoria y en los manuales, fue tan compleja y tan contradictoria y tan indescifrable como el presente, “ese extraño país / donde todo sucede de manera distinta”.

jueves, 28 de octubre de 2010

Berta Piñán: Historias de familia


Berta Piñán
La mancadura (El daño)
Trea, Gijón, 2010
Edición bilingüe


En la poesía norteamericana y canadiense, y en especial en la poesía escrita por mujeres (Margaret Randall, Adrienne Rich, Anne Sexton), aprendió Berta Piñán, según nos dice en la nota final a su último libro, “que la biografía más común puede convertirse en materia poética”.
La biografía más común: sus poemas nos hablan de abuelos que estuvieron en la guerra, de padres emigrantes, de viejos rencores y reconciliaciones, de recuerdos de infancia, de amores y desamores. Y lo hace con una palabra clara, en el lenguaje de la conversación, pero sin desdeñar, de vez en cuando, la imagen deslumbrante, el toque memorable.
No tiene inconveniente en homenajear expresamente a sus maestros: “A la manera de Zsymborska” se titula un poema; “Variaciones en un poema de Eugénio de Andrade”, otro. De Wislawa Szymborska aprendió a expresar la metafísica de lo cotidiano, a decir las cosas más trascendentales en voz baja y con el mismo tono educado que si hablara del tiempo; de Eugénio de Andrade, el despojamiento, el arte de la elipsis, el convertir el poema en un puñado de imágenes verdaderas.
Cada manera de entender la poesía tiene sus riesgos, y los de Berta Piñán son evidentes: la falacia patética, la banalidad sentimental (incluso cierta incursión en el costumbrismo). Acierta a evitarlos casi siempre, aunque a veces los bordea peligrosamente. No es un acierto comenzar el libro con “Idiomes”, un poema sobre la emigración que no acaba de convencer en su simplista oposición entre padres que hablan en asturiano e hijos que hablan en alemán. El final de “Saqueo” carece de fuerza, especialmente en la versión castellana: “Arrampleste con too: / inclusive aquello que nunca / fuéramos tener” (Te lo has llevado todo: / incluso lo que nunca / hubiésemos tenido).
Pero son excepciones en un libro en el que abundan los poemas a los que volveremos una y otra vez, que se nos quedan para siempre en la memoria. El primero de ellos, “Nel balcón”, un poema que parece hecho de nada: en el balcón de enfrente una mujer, ya no joven, mordisquea una manzana, saborea el instante, aplaza el momento de adentrarse para siempre en la oscuridad. No menos memorable resulta “Aire de familia”, una versión personal de “Contra Gil de Biedma”, un homenaje también a tantos poemas de Francisco Brines en los que el poeta adulto se enfrenta al niño o al joven que fue.
De entre los muchos poemas de amor que hay en el libro, yo destacaría “Llámame”: “Llámame, anque seya tarde / y faiga fríu, / anque los brotos del xardín yá podrecieren / y el ríu medrara na to ausencia, / como miedren les hores / na cama d’un enfermu” (Llámame, aunque ya sea tarde / y haga frío, / aunque los brotes del jardín se hayan secado / y el río haya crecido en tu ausencia / como crecen las horas / en la cama de un enfermo). Y también “1956. Cantar d’aniversariu”, aparentemente solo un recuento de los sucesos de un año, aquel en que nació la persona amada.
El riesgo de la falacia patética está a un paso, ya lo dije, el confundir la emoción de lo que se nos cuenta con la emoción del poema. Por eso destaca especialmente “Pequeña Esha”, que al principio parece solo una postal turística: “En Katmandú, a estes hores, / les solombres tomen, a modo, / les cayes y les places, / los puestos del mercáu, / y hai como una galbana azul de páxaros / en ciulu” (En Katmandú, a estas horas, / las sombras inundan poco a poco, / las calles y las plazas, / los puestos del mercado, / y hay como una pereza azul de pájaros / rondando por el cielo”. Ningún desbordamiento sentimental (todo lo contrario: una aparente frialdad) en unos versos que hablan de una madre que aguarda la entrega de su hija adoptiva (cada una en un extremo del mundo).
En “Genealogía” se refiere la autora, que tantos versos ha dedicado a contar historias de familia, a su genealogía literaria, a las escritoras que la han ayudado a ser lo que es. Casi todas son poetas de ahora, mujeres del siglo XX. Hay una excepción al comienzo: “La rosa que cortó George Sand, / el so arume furtivu / nesta tarde tovía de seronda” (La rosa que cortó George Sand / su perfume furtivo / en esta tarde última de otoño). De George Sand, más que su literatura, se admira su ejemplo personal: no se resignó al papel que en su tiempo se asignaba a las mujeres.
La mancadura (El daño) no es un libro que resulte explícitamente reivindicativo. Pero es un libro que no podría haberse escrito hace unas décadas (aun suponiéndole a la autora idénticas experiencias). Detrás de estos versos de tanta naturalidad, tan aparentemente directos, se encuentra el esfuerzo de docenas de poetas, estudiosas y activistas por eliminar la costra de siglos de prejuicios sobre el hombre y contra la mujer. Hicieron falta muchas reivindicaciones para que, en poesía al menos, ya no sea necesario reivindicar nada.
La poesía de Berta Piñán, como ocurre siempre con la gran poesía, nos habla a todos y habla de todos, hombres y mujeres, pero lo hace con un matiz, con una emoción inédita o poco frecuente en la tradición literaria. Y eso le añade un valor y un sabor distintos.

jueves, 21 de octubre de 2010

José-Carlos Mainer: Un novísimo en la cátedra

José-Carlos Mainer
Galería de retratos
La Veleta, Granada, 2010


No es muy partidario José-Carlos Mainer del método generacional (siempre que puede muestra su aversión a los “estereotipos generacionales”), pero no deja de resultar ilustrativo encuadrarle dentro de los novísimos, como a sus coetáneos Carnero y Gimferrer. En 1970, poco antes de que apareciera la famosa antología, en la sede de Seix Barral, Gimferrer le presentó a Francisco Ayala y le dio ocasión de publicar su primer libro: una edición, brillantemente prologada, de las prosas vanguardistas del escritor granadino (Cazador en el alba y otras imaginaciones). Ese libro –al igual que las antologías de la poesía prerromántica y modernista que prepararon Carnero y Gimferrer— era también un manifiesto generacional, un ataque contra el adocenamiento de la literatura de posguerra.
El encuentro con Gimferrer se recuerda al comienzo de la semblanza dedicada a Ayala. No es el único apunte autobiográfico de estas páginas (el más emotivo está al final del capítulo sobre Historia del corazón), que son fruto de encargos ocasionales (un centenario, un congreso), pero que nunca se limitan a hacer acopio de erudición más o menos consabida para salir del trámite. A fin de cuentas, “un buen encargo es el que te pone en marcha hacia un lugar al que querías llegar”, como ha declarado –y Mainer lo cita— el pintor Antonio López.
De sus rupturistas comienzos generacionales, ha conservado Mainer un cierto gusto por el epíteto descalificador que, en su disonancia del habitual tono académico, suele añadir un tono de verdad y pasión a unos textos que nunca quieren ser asépticamente distantes. Claro que a veces parece pasarse un poco. Sonreímos cuando le oímos llamar “rufián pretencioso” a El Caballero Audaz, de verdadero nombre José María Carretero Novillo, “dos apellidos que definían mejor la grosería espiritual y la acometividad del autor que el refitolero seudónimo que le hizo famoso”. Pero no podemos dejar de sentir extrañeza cuando califica a Dámaso Alonso de “poetastro franquista”. Claro que quizá se trate solo de un pequeño lapsus erudito. Tras aludir al poema de Cernuda “Otra vez, con sentimiento”, añade que está “enderezado contra el poetastro franquista que llamó ‘mi príncipe’ a Lorca”. Pero fue Dámaso Alonso (y no López Anglada o algún otro oscuro poeta de la época) quien le llamó así en un famoso artículo sobre la generación del 27. Y es a él a quien alude el ofensivo verso final: “¿Príncipe tú de un sapo?”.
Con una muy ilustrativa introducción sobre “las vidas de los artistas y el género del retrato” comienza un libro que nos lleva desde Emilio Castelar hasta Juan Marsé. Aunque en el título se habla de retratos, se suele analizar más la obra que la estricta biografía. Hay autores poco conocidos, como el noventayochista Rodrigo Soriano, primero amigo y luego rival de Blasco Ibáñez en las filas del republicanismo, y otros de los que se ha escrito mucho, quizá demasiado, como Baroja o Cernuda. De los primeros se nos ofrece abundante información de primera mano; de los segundos, se acierta siempre a buscar un sesgo inédito. Ejemplar resulta el comienzo de las páginas dedicadas a Cernuda. Se alude a un artículo de 1932 en que el poeta describe su cuarto ideal de trabajo. En él hay “un significativo bodegón de libros desordenados”. Tras referirse a esos libros, añade Mainer: “Las ‘bibliotecas imaginarias’ como artificio para describir la intimidad intelectual de un personaje son un modo de écfrasis que algún día habrá que estudiar con detalle. O quizá baste con ofrecer una antología de ellas; hay mucho donde elegir”.
De tales ideas fértiles, desarrolladas o apenas apuntadas, están llenas todas las páginas de José-Carlos Mainer, un estudioso con imaginación creadora que sabe convertir la erudición en una fiesta de la inteligencia.
Como no podía ser de otra manera, no todos estos veinte retratos (que no son tales en la mayoría de los casos, como ya he apuntado) están a la misma altura. El gusto poético de Mainer no parece tan firme como el que muestra en otros géneros literarios, especialmente la narrativa y el ensayo. En su opinión, lo mejor que escribió Alberti tras su retorno a España “fue a parar a Versos sueltos de cada día”. Es opinión que no comparto y para refutarle me bastan los mismos ejemplos que él cita, especialmente el “inquietante y logradísimo bodegón de un desayuno” con que cierra las páginas que le dedica al poeta: “Tazas, yogurt y cáscaras de huevos. / Viento. Fuera los árboles. / Se ha quedado vacío el comedor”. Ni la inquietud ni el logro se ven por ninguna parte.
Más acierto muestra cuando rescata un breve poema de Joaquín Bartrina (el olvidado autor de unos versos famosos: “Si quieres ser feliz, como me dices, / no analices, muchacho, no analices”): “Lo sublime es sencillo. A la infinita / combinación de líneas que en el lienzo / deja el pincel que un fuego sacro agita; / a las notas sin fin en que se agota / la inspiración del músico más pura, / la música prefiero y la pintura / del mar, que es una línea y una nota”.
Los estudios sobre literatura rara vez son literatura. José-Carlos Mainer ha sabido convertir la investigación académica (que a menudo no pasa de “basura curricular”) en un género literario más. Cuando se mencionen los nombres principales de la generación novísima, cuando se hable del cambio estético que se produjo a finales de los sesenta, no se le debe dejar al margen. Su erudición es otra forma de creación.

jueves, 14 de octubre de 2010

Enrique Baltanás: Ocurrente volatería


Enrique Baltanás
Minoría absoluta
La Veleta, Granada, 2010



Hay tres géneros –o subgéneros— literarios en que parece borrarse la diferencia entre el profesional y el aficionado, o mejor dicho, en que una buena selección de textos escritos por aficionados puede competir con el más afamado autor. Se trata del haiku, el microrrelato y la greguería.
No todo el mundo estará de acuerdo, ciertamente, y en especial los cultivadores de alguno de esos géneros. Pero resulta fácil hacer el experimento. Para ello no tenemos más que entremezclar haikus de Basho y de cualquier taller literario, greguerías de Ramón y otras escritas por escolares de diez años, microrrelatos de alguna afamada antología y otros de gentes anónimas que participan en un concurso periodístico. La confusión no es posible si se trata de sonetos, ensayos o relatos de cierta extensión.
En los textos breves, el autor importa menos que el afortunado azar, una buena selección y un lector cómplice. El burro de la fábula, que toca la flauta por casualidad, puede escribir “cuando se despertó, el dinosaurio todavía seguía allí”, e incluso cosas mejores, pero no Pedro Páramo ni “El jardín de los senderos que se bifurcan”.
En Minoría absoluta Enrique Baltanás ha reunido, con vaga organización temática, un conjunto de ocurrencias, de muy desigual valor, a las que parece denominar “volaterías” (y quizá ese debería ser el título, o el subtítulo, del libro, ya que a él se refiere la cita inicial y aluden muchas de las frases: “Con el frío, la volatería también se encoge”).
Abundan las greguerías (“El tiempo, en el reloj de sol, se detiene cortés un momento para dejar pasar una nube”, “La naturaleza, cuando siente ganas de viajar, se coloca un gabán de viento”), en algunos casos muy ingenuamente ramonianas: “La tinta china debería ser amarilla”, “La a tiene siempre la cara redonda y gordezuela del que ha comido bien y es feliz”).
No escasean los sobreentendidos, que limitan el interés a unos pocos iniciados. Para encontrarle sentido, aunque no gracia, a “El aire de la calle Aire trae olores de primeras ediciones del 27” hace falta saber que Cernuda nació en esa calle. “Duda sevillana: ¿Conget o con jota?” no pasa de chiste privado que no debería haber pasado de ocurrencia de sobremesa (José María Conget es un admirado escritor aragonés residente en Sevilla). “Yo habría cambiado levemente la nota de Primo de Rivera: eximio ciudadano y extravagante escritor”: no habría estado mal mencionar a Valle-Inclán.
Afortunadamente no abundan las anotaciones que transparentan la ideología del autor sobre polémicas recientes. Un ejemplo: “Republicano: alguien que cree que el Rey es el culpable de todo. En España: persona de escasa memoria, pero que suele presumir de lo contrario”. Dan ganas de tachar y escribir: “Republicano: alguien que cree que, en una democracia, los cargos públicos deben ser todos electivos”. De esa y de otras afirmaciones de dudoso humor cavernícola (“Las feministas son unas señoras a las que el sexo se les ha subido a la cabeza”) se justifica el autor con un apunte autobiográfico: “Me he pasado media vida siendo un izquierdista serio y aburrido. Creo tener, pues, ganado el derecho a pasarme la otra media siendo un divertido y gamberro reaccionario”.
Y como todos los reaccionarios no se priva, entre muchas anotaciones inteligentes sobre su oficio de profesor (“Enseñar es mi manera de aprender”), de arremeter contra presuntos nuevos métodos pedagógicos: “Era natural que los pedagogos modernos desterraran el dictado de las aulas. Era inevitable que estos linces confundieran el dictado con la dictadura”. Me gustaría encontrar a uno de esos linces. Qué fácil resulta arremeter contra espantajos que uno inventa.
Podemos encontrar muchos más tropiezos en esta Minoría absoluta (apenas hay página sin alguno), pero eso no disminuye el interés del volumen. No se ha solido subrayar esa característica de las colecciones de haikus, aforismos, microrrelatos: nunca son enteramente prescindibles, siempre encierran alguna sorpresa. Si el autor (o el antólogo) no ha sido exigente, al lector le queda la grata labor de picotear acá y allá hasta dar con el hallazgo. O de reescribir, para dejar a su gusto, borrosas intuiciones. Lo primero, y algo de lo segundo, es lo que hago yo a continuación.

“El egoísmo es como el viento: solo lo percibimos cuando choca con algo”.

“No es arte si no consigues enterarte”.

“Si no consigues enterarte, no siempre es culpa del arte”.

“El ingenio es una trampa en la que caen los tontos y los que se pasan de listos”.

“Cuando soplo en el espejo siento cierto alivio: aún logro empañarlo”.

“La elipsis es la goma de borrar de la Retórica”.

“Los poetas le ponen letra a la melodía inaudible de nuestra vida”.

“Para practicar el amor libre hay que comenzar por librarse del amor”

“A la mano del pirómano la llama la llama”

“Con las metáforas cosemos y zurcimos el traje del mundo”.

“La ideología nos ayuda a no enterarnos más que de lo que nos conviene”.

“El presente de la felicidad está siempre en el pasado”.

“Ir contra la tradición es una tradición y una contradicción”.

“Las cosas verdaderamente grandes solo las hacen quienes no saben lo que hacen”.