jueves, 3 de noviembre de 2011

Antonio Martínez Sarrión: Gran poeta, malhumorado cascarrabias

Antonio Martínez Sarrión
Farol de Saturno
Tusquets. Barcelona, 2011.


La poesía, como cualquier otra realidad, se puede clasificar de muchas maneras. Una de ellas distingue entre los poemas en los que es posible decir tonterías y los que no. Los poemas de Antonio Martínez Sarrión pertenecen al primer grupo, el que yo prefiero; los de, por citar un ejemplo reciente, La falta de lectura, de José Ramón Otero Roko, al segundo. En el epílogo (hay también un prólogo de Virgilio Tortosa y aparece en una colección codirigida por Eduardo Moga), Constantino Bértolo afirma que “su actitud compositiva explora con perseverancia y sentido tanto la dislocación, la destrucción, la disociación y la discordancia como sus contrarios y no para construirse como cómodo espacio de contradicción sino para segarle la hierba semántica a esa contradicción en la que el humanismo estético tan cómodamente se refugia”. Los poemas que a mí me interesan son aquellos en los que no todo vale, en los que cabe la posibilidad de equivocarse, sin la cual no es posible acertar.
            No es necesario, sin embargo, que el autor aproveche tan rotundamente esa posibilidad como lo hace Martínez Sarrión, admirable poeta por otra parte, y suficientes ejemplos da de ello Farol de Saturno. Pero antes de subrayar las muestras de su buen hacer, voy a permitirme poner un ejemplo de lo contrario, de cómo al gran poeta que es le sustituye a veces el malhumorado cascarrabias que también es.
            En dos partes se divide su último libro. La precisa nota de la solapa –que parece redactada por el propio autor— distingue entre “un conjunto de preceptos búdicos, tal vez apócrifos, para manejarse en este mundo y en este tiempo”, y una serie de concretos y humildes “motivos para la contemplación”. En la primera parte predomina el tono satírico; en la segunda, el lírico. En ambas el lenguaje busca una cierta aspereza, una algo bronca precisión, que resulta muy reconfortante por contraste con los más habituales, algodonosos y melifluos modos líricos.
            “Hábitos de los discípulos de Buda” se titula la primera parte, y los títulos van enumerando esos hábitos. “Se sienten deprimidos por el chismorreo, la algazara y los de su edad”, por ejemplo. Esa depresión –así continúa el poema— amenaza con convertirse en psicosis cuando “desordenes tales” circulan “por esa vía letal / y nauseabunda, / por ese miserable Gran Hermano, / que es la televisión, omnipresente y borde”. Pero peores son los sicarios “de tamaño menor e idéntica maldad” que la escoltan: “el PC fijo o portátil, más perverso y bodoque / que el antiguo PC, que ya es decir”, y otro que es “el colmo y la cifra de lo espantoso y feo, / de lo inútil y tonto”. ¿Adivina el lector que espantosa criatura es esa? Pues “el teléfono móvil de los huevos, / que hoy se utiliza tanto para un roto: / intercambiar cuatro sandeces”, como para un descosido, “navegar por la red o dedicarse al zapping”. En cualquier caso, el resultado sería el mismo: “quedarse sin neuronas”. Si fuera así, mucho habría tenido que utilizar el móvil el autor de tan furibundo desahogo.
            Quizá la cortesía obligaría a mirar hacia otro lado cuando el poeta de cierta edad, metido a moralista, versifica un desahogo que desentonaría incluso, por ayuno de rigor intelectual, entre las cartas al director de cualquier periódico o en la más depauperada tertulia televisiva. Pero a veces conviene repetir obviedades, para evitar que prolifere la siempre contagiosa tontería: la televisión no es omnipresente, amigo Sarrión, hay que comprar un aparato para tenerla en casa y apretar un botoncito para ponerla en marcha (y por otra parte, por un módico precio, puedes escoger entre cientos de canales); de esa maravilla que es el PC “fijo o portátil” no diré nada, y para intercambiar cuatro sandeces por supuesto que no es necesario el teléfono móvil (puede hacerse de viva voz o incluso en verso).
            Si uno tiene la mala suerte de abrir Farol de Saturno por el poema que acabo de comentar, no es probable que se anime a seguir leyendo. Se perdería así un puñado de estampas memorables, como la ejemplar glosa de un haiku de Basho titulada “Carretera que serpentea sobre la colina”, o la “Pequeña alquería”, levitante, incorpórea, que remite a un cuadro de Joan Miró, o el “Cementerio muy pobre”, “atrio perfecto del Olvido”.
            De la infancia remota vienen muchos de los objetos humildes que dan título a varios de los poemas: “Regadera”, “Rastrillo abandonado en el campo”. También la crueldad de “Inválido” –que parece uno de los “apuntes carpetovetónicos” de Cela—  remite a la áspera España de posguerra.
            Huye Martínez Sarrión de lo convencionalmente poético, y por ello antes que al ruiseñor o a la rosa, prefiere cantar a la rata o al escarabajo, sin desaprovechar por eso cualquier ocasión de dejarnos ver sus opiniones sobre el mundo contemporáneo, a veces muy eficazmente expresadas: “En manchegos tablares de hortalizas, / como hoy a palestinos los sionistas, / y con la misma, miserable saña, / uno tiene matados / muchos de estos benditos coleópteros”.
            En este decir áspero, a ratos incluso pedregoso, destacan más los momentos de lirismo: el emocionado homenaje (sin nombrarlo) a Claudio Rodríguez (“con tasadas lecturas y un exceso de copas, / en dos traspiés risibles, como el ‘tonto’ del circo, / era uno con la gracia, la invención y el frescor”); la concisión epigramática de “Piedra cubierta de musgo”, con su final anticlimático, o de los versos finales del epitafio a unos vencidos: “Murieron los valientes peleando / y sus monturas, extraviadas, piafan / entre el humo y el hedor de las hogueras, / en tanto, indiferente y soberana, / va cayendo la noche”.
            Para acertar, para ser “uno con la gracia, la invención y el frescor” quizá resulte inevitable algún “traspiés risible”, algún risible desahogo, pero si uno se decide a publicarlo lo más higiénico, aunque parezca descortés, es recibirlo con el abucheo correspondiente.

jueves, 27 de octubre de 2011

Sergio Fernández Salvador: De silencios y asombros


Sergio Fernández Salvador
Quietud
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2011.


La escueta nota biográfica que figura en la contraportada de Quietud nos indica que su autor nació en León en 1975 y que se trata de su primer libro. Nada más sabemos de Sergio Fernández Salvador.
       Pronto sabremos muchas más cosas, y entre ellas la principal: que se trata de un poeta verdadero, más verdadero que novedoso. Sorprende la reciedumbre de los poemas, su apego a la tierra, el afán de trascendencia junto a ciertas notas de cotidianidad y humor.
            El poema inicial utiliza la técnica del “engaño-desengaño” (tan característica de algunos poemas de Manuel Machado) para hablarnos del arma más peligrosa de todas, las palabras, “pues las carga el diablo”. Pero no es el ingenio el rasgo más característico del libro (también lo encontramos en “Vida de las bolsas” y en algún verso que es casi greguería: “Le cose el tren remiendos a la vieja Castilla”), sino el gusto por la descripción y las estampas familiares junto a la unamuniama inquietud metafísica.
            Unamuno es un poeta muy presente en Quietud ya desde la cita inicial: “¡Oh reposo viviente; / florece solo el agua que está queda!”. En algún caso puede hablarse de directo homenaje, como en las “Dos elegías leonesas”, que comienzan, como el tan citado poema del Cancionero, enumerando topónimos (uno de ellos, montañas: “Catoute, Miravelles, Correcillas…”, y el otro pueblos: “Piornedo, Cofiñal, Fondebadón…”). Lo más frecuente, sin embargo, es que, aprendida bien la lección, el poeta acierte a evitar el pastiche. Coincide así con poetas más recientes que han sabido seguir el ejemplo del rector salmantino esquivando sus manierismos y su frecuente aspereza verbal, como Andrés Trapiello o Antonio Moreno.
            Pero indagar en la genealogía de Quietud –está también ocasionalmente presente Miguel d’Ors— tiene menos interés que ir subrayando aquellos poemas en los que, sin saber cómo, se produce el prodigio: las palabras van más allá de las palabras, nos permiten ver el mundo de otra manera.
            Comienzo este recuento de poemas memorables con “Nocturno”: el paisaje de la noche visto a través de una ventana y la constatación final de que no existen “dos silencios iguales”. El poema siguiente, sin título, se refiere a uno de esos silencios, “misterio primigenio anterior a la música”.
            “Larus Michahellis” nos habla de un tema muy manido, las gaviotas, pero sabe hacerlo alternando los tonos y evitando casi siempre el tópico: “Si a la tarde se atreven a posarse en la playa / caminan tal prudentes jubilados, / las manos a la espalda, ponderando. / Al ocaso se van, riéndose de todo, / a recogerse al castro o a cantil”. El verso final no acierta a resistir la tentación del caligrama.
            Una fotografía (“Cada vez que conecto mi ordenador te veo”) es el punto de partida de “A una roca anfibia”, que en algunos momentos alcanza el empaque de una oda clásica y que termina con un verso que no habría desdeñado firmar Unamuno: “ansia enterrada, muela del orbe, mundo en ti”.
            Quizá no está a la altura de otros poemas “Bolígrafo rojo”, pero es un curioso y original poema de amor. Un editor de la época barroca le pondría un título descriptivo: “El poeta se imagina a su amada corrigiendo exámenes”. Los versos más convencionalmente líricos (“La ventana está abierta y da a los grillos / y a la flor de la acacia”) alternan con otros de humorístico prosaísmo.
            El “Rojo fruto” –así se titula la sección— de los haikus y las tankas no siempre resulta aprovechable. Sergio Fernández Salvador parece necesitar algo más de espacio para sus intuitivos chispazos. Tampoco el laborioso soneto alejandrino “La otra orilla”, con su aire de fábula moral, resulta enteramente conseguido.
            “Acantilados de Buelna” nos vuelve a mostrar al poeta de la naturaleza, mientras que “Savia, sangre” incide en un tema –el de la paternidad— que se presta a todos los consabidos ternurismos, a las fáciles falacias patéticas, y consigue esquivarlos con acierto.
            “Per se” formula la poética que está detrás de los mejores poemas de “Quietud”: “dar noticia cabal del mundo”, levantar “acta fiel de los instantes”, sin la necesidad “de encontrar enseñanzas”, “de buscar moralejas”
Termino este recuento con “Mirlo en el jardín” y con “Moneda última”, dos poemas que bastan, no ya para justificar un libro, sino a un autor.
Hay titubeos, ocasionales torpezas, en Quietud, como no podía ser de otra manera en un poeta nuevo que aparece de pronto, no sabemos de dónde (no tenemos noticia de que hubiera efectuado siquiera el habitual aprendizaje en revistas), pero sirven para subrayar aún más el inesperado y conmovedor prodigio de tantas palabras verdaderas.

jueves, 20 de octubre de 2011

Jean-Claude Carrière: Una extraña pareja o la edición sin editores

Jean-Claude Carrière
Para matar el recuerdo. Memorias españolas
Barcelona. Lumen, 2011.


La más reciente película de Clint Eastwood, todavía no estrenada, se centra en las peculiares relaciones que Edgar Hoover, director del FBI, azote de mafiosos, criptocomunistas y homosexuales, mantuvo durante toda su vida adulta con Clyde Tolson, su lugarteniente.
No menos peculiares parecieron ser las que mantuvo Luis Buñuel con su guionista favorito, Jean-Claude Carrière. Este fue su método de trabajo durante más de veinte años: “Nos levantábamos a las siete y media, cada cual tomaba el desayuno donde quería, luego tres cuartos de hora para pasear, escribir cartas o descansar; después tres horas de trabajo, siempre en mi habitación, comida juntos a la una de la tarde, siesta durante media hora, tres horas más de trabajo por la tarde, otra media hora de reposo, una copa en un bar y finalmente cena, a veces a solas y otras rodeados de amigos”. Por la mañana, lo primero que hacían –como Borges y su madre— era contarse los sueños que habían tenido. Viajan juntos con frecuencia. En el parador de Úbeda vivieron “casi solos durante dos meses” (solo algunos cazadores se quedaban allí de tarde en tarde). Alguna vez al director las ideas se le ocurren en medio de la noche y entonces le pide al guionista que vaya a su habitación porque no puede esperar. Cuando ensayan el guión en el que están trabajando, interpretando cada uno un personaje, Buñuel “suele escoger el papel femenino”. Durante la preparación de Belle de jour, Francisco Rabal se convirtió en el guía de ambos por las casas de citas madrileñas: “A veces, pero en raras ocasiones, Paco y yo –nunca Luis— nos llevábamos alguna chica a la torre. En ocasiones se peleaban por él, y a veces las compartíamos”. A la mañana siguiente, el director de cine quería conocer todos los detalles de la velada. Escuchaba en silencio, explica Carrière, quien añade con cierta ingenuidad: “¿Lamentaba acaso no haberse unido a nosotros? No lo sé. Tenía entonces sesenta y tres años, era robusto, Jeanne Moreau lo encontraba ‘muy atractivo’ y, sin embargo, durante nuestros veinte años de amistad jamás le conocí la menor aventura, ni siquiera venial, ni una sola noche”.
            ¿Y quién era este Jean-Claude Carrière con quien Luis Buñuel quiso compartir los últimos veinte años de su vida? Si lo tuviéramos que juzgar por estas memorias, un completo fraude intelectual. El conocimiento de la cultura española que demuestra no va más allá del de un turista poco informado, salvo quizá en bares y restaurantes. Doy algunos ejemplos. Habla de Toledo y escribe: “Unos amigos españoles me aseguraron que algunas casas habían sido construidas sobre una muralla romana, otras sobre una árabe y que otras habían sido levantadas por los masones católicos (conversos) y que resultaba casi imposible distinguirlas”. ¿Qué masones católicos son esos que se identifican con los conversos? Sobre la sintaxis de la frase no diré nada: todo el libro está redactado así, como por alguien no muy ducho en el uso del lenguaje escrito (y no creo que sea culpa de la traductora, Paula Sanz Cifuentes).
            Comparando el francés con el español, se sorprende de que muchas palabras que en francés empiezan por “f” en español comiencen por “h” y comenta: “Como en todos los secretos, seguramente hay una explicación para esto, pero la desconozco”. Tantos amigos intelectuales y a ninguno se le ha ocurrido hablarle del origen latino de ambas lenguas.
            Tras la vuelta de Fernando VII, España entraría en un periodo de oscurantismo que no desaparecería “hasta la famosa generación de Unamuno, Valle-Inclán, Ortega y Gasset”, es decir –precisa—“hasta el siglo XX”. De la revolución del 68, de Clarín, no parece haber tenido noticias.
            Ya en una obra anterior, Nadie acabará con los libros, conversaciones con Umberto Eco, había afirmado Carrière que en España, por culpa de la Inquisición, no hubo literatura erótica hasta el siglo XX. En estas memorias nos enteramos de la fuente de tan peregrina afirmación. Cuenta que, paseando por las aceras de Madrid, se encontró una tarde con Fernando Trueba. Se fueron a cenar juntos y el director español le habló de su infancia en la España franquista, entre otras cosas: “También me dijo que no conocía ningún texto erótico de la literatura española anterior al siglo XX, tan concienzudo había sido el trabajo de la Inquisición. Como es natural, este fenómeno resulta inconcebible para un francés, del mismo modo que se lo hubiera parecido a un romano del siglo I o a un italiano del Renacimiento”. Dan ganas de ir a la librería más próxima, comprar dos ejemplares de El jardín de Venus, de Samaniego, o El arte de las putas, de Moratín padre, y enviárselos a Trueba y Carrière (pero me da la impresión que Trueba no iba a necesitarlos).
            ¿Y qué decir de la historia del padre de Fernando Rey que supuestamente le contó el propio Fernando Rey? Cierto que fue un general republicano, ayudante de campo de Azaña, condenado a muerte tras la guerra civil, pero todo lo demás es delirante fantasía: “Franco fue informado de ello (Fernando no sabía por quién) y encontró una argucia administrativa para salvarlo del paredón. El general estuvo unos años en prisión con apellido falso y más tarde fue liberado, pero con una condición: tenía que ser declarado oficialmente muerto. No podía dejarse ver ni salir de su casa, donde vivió treinta años en la misma habitación”. Su mujer fue declarada “viuda simbólica de la guerra” —extraña condición administrativa— y gracias a ello “cobraba una pensión”. Lo cierto es que Fernando Casado Veiga fue condenado a muerte, conmutada la pena por treinta años y luego (como Buero Vallejo, como tantos) salió en libertad más o menos vigilada y se ganó la vida como profesor de matemáticas en diversas academias particulares.
            Pero no se vayan porque aún hay más. Nos habla de José Bergamín, que fue su gran amigo, y escribe: “En el exilio fundó una revista de referencia, Cruz y Raya, muy valorada hoy en día”. Pero todo el mundo sabe –salvo Carrière y sus editores— que Cruz y Raya, junto a la Revista de Occidente, es una de las publicaciones fundamentales de la España republicana.
            Resultaría cruel seguir con la antología de lapsus, pero no me resisto a dejar de citar una última perla, que no debería faltar en ninguna antología del surrealismo: “Un día llegamos a pararnos en una capilla en la que escuchamos cantar a un coro de monjas de clausura. Era una impresión totalmente diferente a la que podíamos haber tenido en los cabarets de Barcelona”. ¡Menuda sorpresa debieron llevarse el ilustre director y su inseparable guionista al comprobar que las monjas de clausura no cantan como las cabareteras!
            Parece que los grandes grupos editoriales –Lumen forma parte de Random House Mondadori— han prescindido de la figura del editor responsable que lee los libros antes de publicarlos y hace al autor las observaciones pertinentes. Quizá saben que no es necesario. Seguro que este volumen –curioso a pesar de todo, especialmente por lo que dice sin querer decirlo— recibe los vagos elogios habituales en los suplementos habituales por reseñistas que continúan la publicidad editorial por otros medios y que han tomado la precaución de limitarse solo a hojearlo.

jueves, 13 de octubre de 2011

Andrés Neuman: El arte nuevo de contar un cuento

Andrés Neuman
Hacerse el muerto
Páginas de Espuma. Madrid, 2011.


“Cualquier forma breve podría ser un cuento”, escribe Andrés Neuman al comienzo de una de las series de aforismos con las que, según costumbre, cierra su último libro de relatos. Añade una precisión que no precisa demasiado: “siempre que logre crear sensación de ficción”.
            ¿Logra crear una sensación de ficción el más breve de los que incluye en Hacerse el muerto? Se titula “Ambigüedad de las paradojas” y dice así: “Enterramos a mi madre un sábado al mediodía. Hacía un sol espléndido”.  La dedicatoria final (“El libro entero, siempre, para mi madre. Ella me cuenta”) nos indica que ese relato, y toda la sección en que se incluye, “Una silla para alguien”, tiene menos que ver con la ficción que con la elegía. “Acabo de soñar con mi madre” comienza otra de estas breves y conmovedoras prosas (el sueño sucede en un auditorio de Granada, el último lugar donde ella tocó el violín). Otro comienzo: “Es un día de sol y mi madre ha vuelto. De no se sabe dónde, no se sabe cómo”.
            La literatura es una mentira que, cuando acierta, siempre dice la verdad y donde la verdad, para serlo de verdad, tiene que disfrazarse de mentira. En el brillante cuaderno de ejercicios que es Hacerse el muerto el mayor logro consiste en no distinguir entre la verdad de la vida y la verdad de la literatura.
            En un taller literario, las prosas varias de Andrés Neuman (treinta, agrupadas en seis secciones de cinco cada una) podrían servir para ejemplificar las distintas técnicas con que construir “un cuento posmoderno”. Los aforismos, que no siempre dan en el blanco (como todos los aforismos), y a veces ni lo pretenden, sirven de complemento. Una cita de Novalis aclara que “no hay ninguna diferencia real entre teoría y praxis”, entre decir y hacer.
            La variación, más o menos paródica, sobre un texto anterior es una técnica frecuente.  La encontramos en el primer relato del libro, “El fusilado”, y también en “Vidas instantáneas” o en “Teoría de las cuerdas”. “El fusilado” constituye una variación sobre el comienzo de una novela célebre, Cien años de soledad; “Vidas instantáneas” se escribe sobre la falsilla de los anuncios eróticos de los diarios; “Teoría de las cuerdas” toma como punto de partida una película de Hichtcock, La ventana indiscreta, que antes fue un relato de William Irish: “Vivo sentado en mi escritorio, frente a la ventana. Las vistas no son lo que se dice un paisaje alpino: patio estrecho, ladrillos sucios, persianas cerradas. Podría leer. Podría levantarme. Podría dar un paseo. Pero nada es comparable a esta generosa mediocridad que contiene el mundo entero”.
            En todos sus relatos, Andrés Neuman se muestra como un virtuoso, pero no todos funcionan igualmente. Algunos se vienen al suelo en el último momento, el más difícil de cualquier cuento, aunque busque un final abierto y rechace la pirueta sorpresiva del cierre. Es el caso, me parece a mí, de “El fusilado”, donde la macabra broma da la impresión de un quiebro gratuito, sin justificación interna alguna. Cierto que el narrador “posmoderno” (pongo la palabra entre comillas: es una de esas palabras comodín que lo mismo sirven para un roto que para un descosido) puede crear sus propias reglas en cada relato, pero como el narrador de siempre, una vez creadas, ha de respetarlas rigurosamente si quiere lograr el respeto del lector.
            Tampoco funciona, también defrauda, otro relato paródico (en ese caso no de un texto concreto, sino de las clásicas ficciones anticlericales sobre la lujuria de los conventos), “El infierno de Sor Juana”. Sor Juana se acuesta con cualquiera con la única condición de que no se enamoren de ella; el narrador se enamora y ella le expulsa inmediatamente de su lado tras explicarle la razón de su peculiar comportamiento: se quiere condenar y “no se puede ir al infierno por amor”. Parece que la monja lasciva no conoce la historia de Francesco y Paola o que Andrés Neuman no la recuerda.
            Pero son muchos más los relatos ejemplares, aquellos en que a la técnica –casi siempre impecable— se añade el gratuito don de la gracia. Un acierto “Conversación en los urinarios”, a pesar de que el título promete poco, que es menos un relato que un pequeño ensayo sobre la homofobia y una conseguida pieza teatral; la ruptura de sistema del chiste final no resulta, contra lo que podría esperarse, un pegote para salir del paso.
            Como un poema divido en estrofas separadas por un estribillo está construido “Monólogo de la mirona” (el título disuena: el personaje carece del componente despectivo asociado a “mirona”), aunque nada más distante de la prosa poética que las precisas viñetas costumbristas que lo integran. No desentonaría en cambio en un libro de poemas “Las cosas que no hacemos”; ingeniosos ejercicios resultan igualmente “Bésame, Platón” –el vocabulario filosófico utilizado en el lenguaje erótico— o “Policial cubista”, que algo tiene de estilizada viñeta de cómic.
            Son muchos los aciertos, muchos los diversos tonos de este libro que busca la sorpresa, la admiración, la emoción del lector. La sorpresa la encontramos en cada comienzo de relato (¿qué intentará ahora el autor?, nos preguntamos), la admiración la consigue casi siempre (pocos escritores dominan su oficio –en cualquiera de sus variedades: prosa o verso, ficción o ensayo— como Andrés Neuman), y la emoción las suficientes veces como para que podamos estar seguros de que nos encontramos ante algo más que un buen profesional.

jueves, 6 de octubre de 2011

David Roas: No puede ser, pero es

David Roas
Tras los límites de lo real
Páginas de Espuma. Madrid, 2011.


Fue Todorov, en fecha ya tan remota como 1970, quien por primera vez definió con rigor la literatura fantástica distinguiéndola de otros géneros afines. Y lo más paradójico de su definición era considerarla esencialmente realista. La literatura fantástica no inventa otros mundos regidos por distintas leyes –como los cuentos de hadas, la ciencia ficción, incluso las fábulas de Fedro y Samaniego—, nos habla del mismo mundo en el que vive confiado el lector y en el que de pronto se abre una grieta, ocurren hechos sin explicación. Todorov pensaba que, para que pudiéramos seguir en el ámbito de lo fantástico y no incurrir en el de lo maravilloso, esos hechos extraños deberían tener un carácter ambiguo. ¿Los fantasmas de Otra vuelta de tuerca son verdaderamente fantasmas o solo alucinaciones de la institutriz? El relato no debe inclinarse claramente por ninguna de ambas opciones, y no se inclina en el caso de los mejores relatos de fantasmas de Henry James.
            David Roas –que además de estudioso de la literatura fantástica es un destacado cultivador del género— va un paso más allá. Él no cree necesaria esa ambigüedad. Insiste en el carácter realista de la literatura fantástica. Es fundamental que los personajes del relato vivan en un mundo regido por las mismas reglas que el mundo del lector, no en otro mundo poblado por gnomos y por hadas y en el que son posibles los viajes en el tiempo. El narrador cuida mucho los pequeños detalles exactos que provocan la identificación. El protagonista sube al tren, entra en el metro, llega a casa después de un largo día de trabajo, le abre la puerta a un vendedor a domicilio, abraza a su novia en el cine, y es entonces cuando ocurre algo inesperado, algo que escapa a las leyes de la lógica, algo que “no puede ser, pero es”, como dice el vendedor de Biblias que ofrece el raro volumen en “El libro de arena”, de Jorge Luis Borges.
            La dificultad de la literatura fantástica está no en tratar de explicar lo inexplicable (si hay explicación, deja de haber literatura fantástica), sino en hacer presente en la realidad del texto lo que no puede estar presente de ninguna manera.
            Pero ¿qué es la “realidad” que encontramos en el texto? Un simulacro. ¿Y qué es la realidad que encontramos fuera del texto? Al concepto de realidad, que es naturaleza y es cultura, dedica David Roas el primero de los capítulos de su libro. La “realidad”  en que surge la literatura fantástica es la de un mundo que ha dejado atrás los mitos y se rige por las leyes rigurosas de la física newtoniana.
¿Qué pasa entonces con la literatura fantástica cuando, tras las revoluciones científicas del siglo XX, esas leyes ya no nos sirven para explicar el universo? ¿Tienen sentido los fingidos imposibles de la literatura fantástica después de la mecánica cuántica en la que los mayores imposibles parecen posibles, como estar y no estar en el mismo lugar, como la existencia simultánea de varias realidades?
            David Roas nos refiere sumariamente las paradojas de la mecánica cuántica, que nos presenta un mundo absurdo desde el punto de vista del sentido común, pero no incurre en el sofisma habitual de los malos divulgadores científicos. No nos habla de la posibilidad de los viajes en el tiempo, ni de la existencia de universos paralelos, no transpone las leyes que rigen las partículas subatómicas o las grandes magnitudes cosmológicas a una cotidianidad que sigue tercamente regido por un antes y un después, por la imposibilidad de estar en dos lugares al mismo tiempo, por las tres dimensiones de la geometría euclidiana y en el que los sueños sueños son. Aunque también es cierto que la realidad cambia según cambia nuestro concepto de ella, pero lo hace lenta e insensiblemente, como se modifica el perfil de las cordilleras.
            La segunda parte de su libro la dedica Roas al otro elemento esencial para que exista literatura fantástica: lo imposible. Con sutileza distingue diversos tipos de imposibles. Los milagros lo son desde el punto de vista de la ciencia, pero no del de la religión. Por eso la literatura hagiográfica medieval no sería literatura fantástica. Margarita la Tornera puede andar corriendo aventuras por tierra distantes sin que en el convento noten su ausencia: la Virgen ocupa su lugar. En un mundo cristiano lo imposible desde el punto de vista de la razón es posible porque Dios, en el que creen autor y lectores, todo lo puede. Pero la rosa que cortamos en el jardín del sueño y que, al despertar, todavía tenemos en las manos no puede ser y, sin embargo, es sin explicación ninguna.
            La irrupción de lo imposible en la realidad, característica de la literatura fantástica, el sentir que el suelo de la lógica cede bajo nuestros pies, produce el miedo, con sus variantes de angustia y de terror, que Roas analiza en la tercera parte de su libro. Una última sección se ocupa del lenguaje preciso para decir lo indecible, para sugerirnos realidades que, en una doble paradoja, están fuera de la realidad, escapan al lenguaje.
            El último capítulo –quizá el más discutible— se ocupa de “lo fantástico en la posmodernidad”. ¿Lo fantástico tiene razón de ser en la actualidad?, se pregunta. La interrogación parece meramente retórica cuando a continuación enumera una serie de excelentes autores –de Juan José Millás a Cristina Fernández Cubas, de Fernando Iwasaki a Jon Bilbao— que destacan hoy en el cultivo del género. La razón de la pregunta está en la “desconfianza ante lo real” que caracterizaría a la “literatura posmoderna”, esa vaga entelequia que, en el mejor de los pasos, no pasa de ser un subgénero de la literatura contemporánea. Como quizá no es más que un subgénero de la literatura fantástica el que David Roas analiza con tanto rigor y sin enredarse demasiado con la terminología en Tras los límites de lo real. Un subgénero que no gusta de vistosas fantasías, de demonios, de extraterrestres, de aparatosos monstruos, sino que en un mundo cotidiano, el tuyo, lector que llegas al final de esta reseña en el papel del periódico o en la pantalla del ordenador, lector que alzas de pronto de vista y te encuentras, frente a frente, con algo que no puede ser, pero es, con… 

jueves, 29 de septiembre de 2011

José Ovejero Basado en hechos reales

José Ovejero
Escritores delincuentes
Alfaguara. Madrid, 2011


Hay dos libros en este libro de sugerente título, un ensayo sobre temas como la literatura y el mal o las relaciones entre la vida y la ficción, y una colección de breves semblanzas biográficas. El primero –desarrollado en los capítulos iniciales y finales—  resulta bastante menos interesante que el segundo.
            José Ovejero hace gala de una cierta ingenuidad: “Los escritores de hoy son, o aspiran a ser, habitantes de confortables apartamentos y hoteles con aire acondicionado y conexión a Internet, y muchos van a la oficina mientras llega el éxito que merecen. Pero al mismo tiempo no quieren renunciar al aura romántica del creador bohemio y original; al establecer una solidaridad con el criminal, el escritor se acerca a él, a su experiencia excepcional, y la hace propia; porque uno de los puntos débiles del escritor es que tiene a saber mucho sobre las representaciones de la realidad, pero tiene escasa experiencia de ella”.
¿Y los criminales de hoy –se le ocurre preguntar al lector— no aspiran a ser habitantes de confortables apartamentos y hoteles con aire acondicionado y conexión a Internet? ¿El “aura romántica del creador bohemio y original” pasa por asaltar gasolineras o cometer pequeñas o grandes estafas? Un tanto confusa resulta la manera de razonar de José Ovejero: “A cierto público le interesan más los mitos que la literatura y prefiere leer el libro mediocre de una prostituta de lujo o de un asesino a la obra maestra de un funcionario, como si un autor de vida extraordinaria pudiera transportarlos en su estela a un mundo menos monótono y previsible”. De una prostituta de lujo o de un asesino nos interesa su vida, no su literatura; de un funcionario solo nos interesa su vida si acierta a convertirla en literatura. Pero incluso en el primer caso nos aburre pronto si no está bien contada, y por eso generalmente la redacta otro, aunque la firme el protagonista.
            José Ovejero, pese a que titula su libro Escritores delincuentes, no acierta a distinguirlos muy bien de los delincuentes que escriben, que tratan de ganar algún dinero contando sus delitos o su experiencia carcelaria. Y son cosas muy distintas, aunque no siempre los límites resulten claros, y no falten ejemplos del paso de una categoría a otra: es el caso de Chester Himes, en el ámbito de la serie negra, y de Jean Genet, ladronzuelo de poca monta, aguafiestas profesional, y uno de los grandes nombres de la literatura francesa.
            El conocimiento que José Ovejero muestra de los escritores de los que se ocupa resulta algo desigual. Sorprende especialmente la superficialidad con que trata a los autores de lengua española. Las pocas líneas dedicadas, en las primeras páginas, a González-Ruano no animan a seguir leyendo. La segunda vez que lo menciona lo llama Gómez Ruano y aunque se trata solo de una errata no deja de suponer escasa familiaridad. César González-Ruano fue detenido por la Gestapo en París la tarde del 10 de junio de 1942. Es un episodio ciertamente novelesco, que ha tentado a más de un escritor (el más reciente José Carlos Llop), pero que aquí se despacha con incomprensible superficialidad. José Ovejero se basa en la novela Cherche-Midi, en la que González-Ruano recrea sus experiencias carcelarias. Ni siquiera se toma la molestia de leer las memorias del escritor, Mi medio siglo se confiesa a medias, donde dedica unas páginas a esa experiencia, tan interesantes por lo que cuenta –no oculta su simpatía por los alemanes ni su antisemitismo— como por lo que calla. “Todo hay que decirlo de lo que se puede decir”, escribe.
            José Ovejero prefiere contarnos la vida de personajes que poco tienen que ver con la literatura, como el político conservador sir Jeffrey Archer, autor de unas malas novelas policíacas, o los ex convictos Jimmy Boyle y Hugo Collins.
            Pero narra bien, y su libro se lee como un conjunto de sugerentes reportajes periodísticos. Por lo general, acierta cuando cuenta, tropieza cuando reflexiona. “Las novelas ‘basadas en hechos reales’ —escribe— han atraído de antiguo a cierto tipo de lectores que, algo incomprensible, leen ficción para conocer la realidad o que quisieran que la realidad tuviese la estructura de una novela”.
            ¿Incomprensible leer ficción para conocer la realidad? ¿Para qué se escribieron las grandes novelas del siglo XIX, realistas y naturalistas, sino para conocer mejor la realidad? ¿Para qué se documentaba Zola sobre la vida de los mineros cuando pretendía escribir una novela ambientada en una mina? El pretexto argumental podía ser inventado, pero hasta el más pequeño detalle debía ser exacto. Y no sabemos cuál es la estructura de la “realidad” –físicos y filósofos no se han puesto de acuerdo—, pero lo que sí sabemos es que los hechos reales, bien contados, tienen siempre la estructura de una novela. De una apasionante novela.
            A todos los lectores les gustan los libros que llevan más allá de los libros. De ahí el éxito de las biografías, de las memorias, de los grandes reportajes periodísticos, de las novelas que son algo más que novelas. Solo la gran literatura puede ser solo literatura. Y quizá tampoco… Leemos a Homero y no podemos dejar de pensar que en sus hexámetros, más que en los restos arqueológicos, está lo que nos queda de la Grecia arcaica.
            Escritores delincuentes, de José Ovejero, no es precisamente gran literatura, ni lo pretende (qué ingenuamente didáctico su “véase la figura 9, o 10” para aludir a cuadernillo central con los retratos de los escritores), y si nos interesa es por los “hechos reales” que nos cuenta, no por sus consideraciones sociológicas, por esos hechos reales, singulares y enigmáticos que, en más de un caso, nos animan a saber más, a seguir investigando por nuestra cuenta.

jueves, 22 de septiembre de 2011

José Ángel Valente: Liquidaciones y descubrimientos

José Ángel Valente
Diario anónimo (1959-2000)
Edición de Andrés Sánchez Robayna
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011


Hay libros que interesan por sí mismos, al margen de quien sea un autor, y otros que interesan solo si nos interesa su autor. Este Diario anónimo –raramente diario y en absoluto anónimo— que acaba de ser rescatado de entre las "virutas de taller" (para decirlo con una expresión de Machado que le gusta utilizar a Miguel d'Ors) dejadas por José Ángel Valente constituye un buen ejemplo de lo segundo. No es una obra literaria concebida como tal que aparece tras su muerte, al modo de los Fragmentos para un libro futuro, sino una heterogénea serie de apuntes redactados a lo largo de cuarenta años. No quiere eso decir que carezca de valor. Para los admiradores de Valente   ningún placer mayor que acercarse a su mesa de trabajo, rebuscar entre sus papeles, escuchar algunas pungentes confidencias.
            No todos los textos incluidos son inéditos: abundan los fragmentos de Notas de un simulador y no escasean los poemas de Fragmentos para un libro futuro. Quizá hubiera sido mejor eliminarlos o, al menos, señalar en nota, su publicación anterior. El editor, Andrés Sánchez Robayna, ejemplar por lo demás, ha preferido reproducir íntegro el contenido azaroso de estos cuadernos, salvo “más de cincuenta páginas de referencias bibliográficas de todo tipo” y “cuatro anotaciones –unas veinte líneas en total, todas ellas relacionadas con el medio literario— que estamos seguros que el autor no hubiera deseado ver impresas”. No estoy yo tan seguro de que al autor le preocupara mucho la divulgación de sus opiniones sobre el medio literario; en sus últimas entrevistas arremetió con contundencia contra los escritores que detestaba, en especial José Hierro y los poetas del cincuenta, y Gabriel Celaya y señora no se libran de algún exabrupto en estos apuntes.
            ¿Qué encontramos en estos “cuadernos de trabajo”, mejor que diario? En los primeros años, muchas citas de textos en inglés y en francés, preparatorias unas de sus trabajos críticos de entonces (los reunidos en Las palabras de la tribu, por ejemplo) y muestras todas de una curiosidad intelectual y de una pluralidad de intereses poco común entre los escritores españoles de aquel tiempo. También las notas de un viaje a Cuba, a finales de 1967, que me parecen entre los núcleos de interés del volumen. Valente es uno de los jóvenes intelectuales agasajados por el régimen. Se aloja en el hotel Habana Libre, en “una espléndida habitación con vistas al mar, del lado del malecón”. Como regalo de bienvenida encuentra “ron, tabaco y una caja de bombones” (estos últimos “horrendos”, precisa). Le llevan y le traen, junto a los otros invitados. Le entregan “un sobre con dinero” (no nos dice si pago de su trabajo como jurado en el premio Casa de las Américas o por otros servicios). Conoce a Heberto Padilla. “Tiene un aire inteligente y mordaz, que me agrada” es su primera impresión; luego lo encuentra “inquieto, áspero, cargado de críticas”. Charla a menudo con Lezama Lima, una de sus grandes admiraciones desde entonces. Sobre el problema de los homosexuales (su represión por el régimen) opina que “es un mecanismo de descarga de la agresividad colectiva, montado sobre el sustrato del machismo cubano”. Encuentra admirable la postura de quienes, como Rodríguez Feo, resisten “contra viento y marea, teniendo todas las posibilidades de dejar Cuba”. Encuentra reconfortantes los criterios de Haydée Santamaría sobre la creación artística y le emociona la emoción con que habla “en el espíritu del Che”. Por dos veces charla con Castro en la recepción que se ofrece a los congresistas en el Palacio Presidencia.    El idilio de Valente con la revolución cubana termina, como el de tantos otros, con el caso Padilla. En un artículo publicado en la revista Triunfo en junio de 1971 escribe: “Cuantas más declaraciones hace Padilla, cuanto más asume el papel que le han impuesto, más denuncia la vulgaridad del modelo represivo por el que el gobierno cubano ha optado”.
            Acá y allá, algún apunte para la polémica literaria, en la que tan activo estuvo en los últimos años. Bien conocida es su fobia al “manido y fraudulento tema de las generaciones”, sobre el que, sin embargo, no podía dejar de volver una y otra vez: “Dice el bueno de Ángel González que conoció a Barral en 1955. Yo los había conocido a todos antes. En esas fechas, yo me fui a Inglaterra y ya no volví. De su encaje en la llamada generación del 50 escribe: ‘Podría decirse de nosotros que teníamos una forma parecida de vivir y de beber, cosas ambas que unen mucho’. Ni en el vivir ni en el beber tuve nunca nada en común con ese grupo”. Quizá no en el vivir ni en el beber, pero sí en su manera de concebir la literatura, al menos en los primeros años, cuando realizó la inicial antología del grupo y no tenían inconveniente en aceptar las invitaciones del régimen cubano.
            El intelectual y el polemista dejan paso, en los años finales, a las confidencias del hombre enamorado y del hombre herido por la trágica muerte –sobredosis— de su único hijo. Es otro Valente, un inesperado Valente, el que encontramos aquí, Tras un fin de semana en París con su gran amor de los últimos años escribe: “Su sonrisa, su cuerpo, la proximidad de su boca y de su hálito –de su espíritu, de la calida humedad de su espíritu—, disuelven todos los fantasmas. Coral, si alguna vez lees estas páginas, cuando yo ya no esté, sabe que te quiero”.
            No falta el recuento de enfermedades y cotidianidades (Rosa Navarro le invita a una lectura de poemas en Barcelona, Ángel Campos a otra en Badajoz), muy acordes con la más banal concepción del diario.
            El trasfondo de alguno de sus poemas lo leemos ahora sin literatura. Uno de los fragmentos de No amanece el cantor dice así: “Un hombre lleva las cenizas de un muerto en su pequeño atadijo bajo el brazo. Llueve. No hay nadie. Anda como si pudiera llevar su paquete a algún destino. Se ve andar. Se ve en una paramera sin fin. Al término, el ingreso devorador lo aguarda del ciego laberinto”. El 28 de febrero de 1990 escribe: “Hoy, hacia la una y media, recogí las cenizas de Antonio en Saint Georges. Caía una lluvia menuda y fría. Volví a sentir un intensísimo dolor. Hace ocho meses exactos de su muerte”. En estos casos, sobra cualquier literatura.
            Anticipando las críticas que se podrían hacer a la publicación de estos apuntes, Valente cita a Robert Musil: “Lo más frecuente es que las obras póstumas evoquen de forma sospechosa las liquidaciones y los saldos”.
            Algo de liquidación, saldos y rebajas hay en este Diario anónimo, pero eso no disminuye su interés –todo lo contrario— para quienes se interesan por el poeta esencial y hondo, por el inquieto pensador, por el exigente fustigador de inercias intelectuales que fue José Ángel Valente.  

jueves, 15 de septiembre de 2011

Iñaki Uriarte: Ejercicios de inteligencia

Iñaki Uriarte
Diarios
(Segundo volumen: 2004-2007)
Pepitas de calabaza. Logroño, 2011


Se ha dicho que el diario, un género tan de moda en los últimos años, es la huella dactilar del escritor. Por eso no hay dos diarios iguales. La huella que Iñaki Uriarte deja en el suyo es una de las más insólitas: la de un hombre feliz.
            La literatura no la han escrito los hombres felices. La felicidad no tiene historia. Quizá por eso, Iñaki Uriarte, bilbaino que nació en Nueva York el año 1946, no comenzó a escribir (si se exceptúan algunas esporádicas reseñas) hasta bien pasados los cincuenta y a publicar cuando ya era un sexagenario.
            A escribir lo mínimo: menos de cincuenta páginas al año, con lo que necesita cuatro o cinco para formar un volumen de pequeña extensión. Pero como es un hombre afortunado esas pocas páginas tardías, y aparecidas en una editorial de casi nula distribución, le han bastado para convertirse en un autor de culto.
            Presume Iñaki Uriarti de no haber trabajado en la vida. Ahora puede presumir también de haber conseguido la mayor atención posible con la menor cantidad de esfuerzo posible. Para una y otra cosa hace falta, además de alguna suerte, mucho talento. Y algo quizá más raro todavía: sentido común.
            A Iñaki Uriarte le basta con la atinada mezcla de unos pocos ingredientes para conseguir una obra que leemos de un tirón y no nos cansamos de releer.
            Descree de las abstracciones, de las generalidades: “Me he interesado más por los individuos que por las grandes construcciones y la Historia. Me ha resultado más atractivo y menos arduo. Sé mucho más de Montaigne que de Felipe II, estrictamente coetáneos”.
            Montaigne es una presencia constante en estas páginas, es el gran maestro, el iniciador de una literatura en la que el yo avanza hacia el centro del escenario. Junto a él, otros nombres menos conocidos, como Girolamo Cardano: “Compuso un libro muy íntimo, mucho más lleno de detalles particulares que de grandes pensamientos moralizantes y dejó una de las primeras imágenes en letra impresa de un individuo: el autorretrato emotivo y vivísimo de un tipo estrafalario, inteligente, difícil de tratar”.
            Nada difícil de tratar parece el personaje que se autorretrata en estas páginas. No condesciende nunca con la queja ni con la autocompasión. “Dos días de insomnio”, escribe. Y cuando esperamos las quejumbrosas lamentaciones habituales: “Ya pasará”. Y a continuación: “Schopenhauer decía que una muestra de que vivir no vale la pena es que solemos ir a dormir de buena gana y nos despertamos de mala gana. Eso a mí no me pasa. Desde hace años, yo me levanto muy a menudo de buena gana, o por lo menos de un modo neutral. Pero, claro, porque me levanto cuando quiero. Este es uno de los grandes privilegios de mi vida en el que debería pensar más. Qué cantidad de mal humor me he ahorrado a lo largo de los años”.
            En estos diarios, además de atinadas, contundentes y sorprendentes opiniones sobre esto y aquello, hay apuntes para una historia familiar y una crónica generacional. Todo en pequeñas dosis, sin una palabra de más. Iñaki Uriarte conoce bien el consejo de Voltaire: “El secreto de aburrir es contarlo todo”. Él solo cuenta lo mínimo necesario para sugerirlo todo.
            Su generación pasó, en buena parte, del marxismo y de coquetear con el activismo armado a la más furibunda extrema derecha. Iñaki Uriarte, a pesar de sus antecedentes familiares, nunca fue nacionalista y por eso tampoco es antinacionalista (para ser antinacionalista hace falta militar en algún nacionalismo).
            A veces, para descalificar a un personaje, le basta con citarlo. En un periódico asturiano (Iñaki Uriarte visita con frecuencia Asturias) lee unas palabras que podrían figurar en lugar destacado en cualquier antología de la barbarie universal. Las copia sin necesidad de añadir ningún comentario: “Una Constitución que ha abolido la pena de muerte y que no tiene posibilidad de fusilar a Ibarretxe es muy difícil que se mantenga. Lo de Ibarretxe es alta traición, lo de Maragall es alta traición; toda la Historia, desde Pericles, nos muestra que hubiera sido un juicio sumarísimo”. Esas palabras las pronunció un filósofo, Gustavo Bueno. Y, ciertamente, no hace falta añadir más.
            Y junto a Bueno, otro gran patriota, Jiménez Losantos. Mucha tinta movió un asunto que Uriarte reduce a dos líneas: “Se ha admitido a trámite en las Cortes un nuevo Estatuto para Cataluña, aprobado por el 85% del Parlamento catalán”. Y a continuación lo que escribe Jiménez Losantos: “Día de difuntos de 2005. España ha muerto. ¿Quiénes han sido los responsables? Zapatero y Polanco”.
            Esas mínimas pinceladas de energumenismo, esas selectas muestras de la barbarie nacional, acentúan la rareza de este continuo ejercicio de inteligencia y sentido común. No es necesario, sin embargo, estar de acuerdo con todas sus opiniones, para admirarlo y disfrutar con su lectura. Podemos no coincidir con lo que piensa de algún asunto concreto, pero nunca nos sentiremos agredidos.
            “¿Por qué la felicidad tiene tan mala prensa?”, se pregunta. Sus diarios son un inventario de pequeñas y grandes felicidades. La mayor, casi una experiencia mística, la encuentra en un lugar tan poco exótico como Benidorm: “Me levanto, entro en el agua, me zambullo, doy justo cincuenta brazadas y, a unos cien metros de la orilla, mirando hacia la isla y el horizonte, encuentro lo que algunos tal vez encuentran con las drogas, el yoga oriental o el canto gregoriano. El grado cero de la existencia. Nunca he conseguido nada semejante en otra playa ni en ninguna piscina. Se ve que hace falta practicar y repetir lo mismo a menudo y en el mismo sitio. Regreso a la orilla entontecido y avanzo con pasos torpes hacia mi sofá, como un astronauta en la luna”.
             El arte de saber vivir podían titularse estas páginas, en las que para mayor sensación de doméstica felicidad nos encontramos a cada paso con Borges, no con Jorge Luis Borges, que a veces también, sino con el gato del escritor. 

jueves, 8 de septiembre de 2011

José Carlos Llop: De la vida y la literatura



José Carlos Llop
Cuando acaba septiembre
Lumen. Barcelona, 2011


La poesía de José Carlos Llop –que es también novelista, diarista, ensayista, y siempre fiel a su mundo y a su estilo— no es de fácil acceso, ofrece cierta resistencia al lector apresurado. Y no por rebuscados gongorismos o irracionalismos expresivos, sino por una cierta frialdad y exceso de literaturización. Al culturalismo de los años setenta –publicó sus primeros versos en 1976, a los veinte años— se ha seguido manteniendo fiel, sin importarle que algunos críticos le tildaran de libresco y decorativo (“poesía de anticuario”, se llegó a decir).
            A quienes se acerquen con esos prejuicios a Cuando acaba septiembre les costará entrar en el libro. Comienza con un tono distanciadamente ensayístico (“Escribe Gibbon en Decadencia / y Caída del Imperio Romano…”) y ese tono continúa en “Cavafis”: “Leo en un libro sobre ciudades –de Trieste / a Buenos Aires— que la calle Lepsius, / donde vivía Constantino Cavafis, / se llama ahora Sharm El Sheik”. Un sueño que tiene algo de deliberada alegoría, una anécdota bien contada, algún intento de monólogo dramático (“Informe policial, San Diego, 1989”, “Jerusalem”), encontramos en los poemas siguientes.
            La impresión que sacamos de estos textos iniciales la de encontrarnos ante un buen escritor, pero no ante un buen poeta, quizá ni siquiera ante un poeta: parecen solo brillantes ejercicios de redacción, como un ejercicio enumerativo es el poema “Luna” y casi una tópica postal de París “Primavera, 2010”, escrito en catalán, al igual que “Formentera”.  
            Pero poco a poco nos va ganando la magia de los versos. ¿Cómo resistirse a la brillantez evocativa de “Beirut song”, a esa mirada que en lo que hay ve lo que hubo, a esa mirada para la que nada hay sin su resonancia culturalista y elaboradamente literaria? Así, “el mar en el viejo puerto de Beirut” es “la luz de una joya fenicia, / plata y aguamarina”; los minaretes, “con su caligrafía picuda”, sostienen el aire, “antiguo como la Biblia”; en el casco de los barcos se encuentra “la herrumbre de la Eneida”, y “el esplendor del siglo XX” en las villas coloniales y sus jardines polvorientos.
            A la primera parte de Cuando acaba septiembre, reflexiva y libresca, le sigue una segunda más personal, aunque no escaseen en ella las referencias culturalistas (sin el poso de la cultura, la vida parece no tener peso para José Carlos Llop). Baste un ejemplo que es casi una poética, el segundo poema de la serie “Breviario”, que dice así:  “Hoy he mirado un pulpo / con su yelmo de Patroclo / y los ojos de Otelo: la cultura / de Occidente –los motores / de su Historia— / en un cefalópodo”.
            El José Carlos Llop más memorable e imprescindible comienza con “El petirrojo”, sigue con “Mañana de sábado” (su escritura, tan recargada habitualmente, se acerca a la despojada sugerencia) o “Reencuentro”, que anticipa la tercera parte y elude, como ella, la falacia patética a la que tanto se prestaba el tema.
            A José Carlos Llop, después de poemas como los citados, o “El vestido de flores”, le perdonamos cualquier manierismo. Que ni siquiera cuando, mientras “arranca hierbas con la azada”, contempla a los hormigas se olvide de Homero: “Imagino esa ciudad suya de murallas pardas, / celdas doradas y túneles oscuros / como una Troya en paz, donde Aquiles y Héctor / llevan cascos rojo y armas negras, pero no pelean, / Príamo ha muerto y Helena es una reina sin amantes”. O que interrumpa ese mismo excelente poema, “Mediterránea”, para ofrecernos un aforismo (los clásicos “siempre son modernos y enseñan / lo que no sabes, hablándote de lo que sí”) o una rebuscada greguería: “los cargueros afeitan / el horizonte como emisarios de un barbero / con negocio en El Pireo, Chipre o Estambul”.  
            ¿Poesía con fórmula? A veces da esa impresión. Veamos el poema “Marina”. Dos versos que se limitan a un escueto y prosaico constatar: “Es septiembre y vuelan las libélulas. / Después del baño, fumo un cigarrillo”. Otros dos deudores de la parafernalia novísima, del Gimferrer de Arde el mar: “El ocaso se viste de noble veneciano. / El siroco toca el arpa salvaje del pinar”. Y un último verso que quiere dar transcendencia al apunte paisajístico: “La bondad es la mejor ofrenda de la vida”. Poesía con fórmula, sí, porque el estilo acaba a menudo solidificándose en una fórmula, en una receta. Pero lo que importa es que el poema, a pesar de eso, casi siempre funciona.
            La tercera parte consta solo de un extenso poema cuyo título es una fecha, la de una muerte que marca un antes y un después, y de la que ni siquiera el hombre más afortunado está a salvo. En ese poema, que habla “de la mañana más triste del mundo”, están también Emily Dickison y Turner, la nieve como “una celebración”, un petirrojo sobre un rosal de Amherst y las gaviotas que se posan en los tejados “como rentistas decimonónicos por los campos Elíseos”. Ni siquiera cuando habla de los últimos momentos de la vida de su madre puede José Carlos Llop dejar de hacer literatura. Y es que para él vida y literatura, si no son la misma cosa, son dos hermanos siameses que no pueden existir el uno sin el otro. Y tras las dudas iniciales, cerramos Cuando acaba septiembre, enriquecidos y reconfortados, dándole la razón.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Memoria de Elena Garro

Elena Garro
Memorias de España 1937
Salto de Página, Madrid, 2011
Prólogo de Patricia Rosas Lopátegui


Cuando se habla de Elena Garro, escritora mexicana de origen asturiano, tanto como su obra, que siempre se despacha con vagos elogios, importa su biografía, o su leyenda, tan propicia para reivindicaciones feministas. Elena Garro estuvo casada con Octavio Paz y su sombra inmensa la habría mantenido oculta durante su vida y la seguiría manteniendo semioculta después de su muerte.  Sería así un símbolo de la marginación de las mujeres en una sociedad patriarcal.
            No parece que esa leyenda tenga demasiado de verdad. Octavio Paz, tras la separación en 1959, trató de seguir su camino al margen de Elena Garro. Ella no se lo permitió. Ni un instante, durante los cuarenta años siguientes, se olvidó de lo mucho que le odiaba. Ya anciana, declaró: “Yo vivo contra él, estudié contra él, hablé contra él, tuve amantes contra él y defendí a los indios contra él. Escribí de política contra él, en fin, todo, todo lo que soy es contra él”. Murieron el mismo año, 1998, pero ella unos meses después para poder permitirse la última venganza: mientras se celebraban los funerales de Estado por el hombre ilustre, con asistencia del presidente de la república, la retransmisión televisiva fue interrumpida para conectar con un apartamento en el que una anciana, con apariencia de mendiga, rodeaba de basura y de gatos, despotricaba una vez más contra quien había sido su marido, su verdugo, el causante de todas sus desdichas.
            Para el lector español, quizá la obra más atractiva de Elena Garro son estas Memorias de España 1937, editadas por primera vez en 1992, aunque comenzadas a escribir a finales de los años setenta y anticipadas parcialmente en revistas de entonces (Nueva Estafeta, Cuadernos Hispanoamericanos).  Prologa esta nueva edición Patricia Rosas Lopátegui, que ha dedicado tres valiosos y discutibles volúmenes a la biografía (a la hagiografía, mejor) de Elena Garro y a la recopilación de sus textos inéditos.
            En 1937, Elena Garro (que tiene veintiún años y no diecisiete, como se suele decir) se casa con Octavio Paz y lo acompaña al Congreso Internacional para la Defensa de la Cultura que los escritores antifascistas celebran en Valencia. El texto, aunque redactado tiempo después, conserva la frescura del momento, sin duda porque se basa en las notas de un diario. El punto de vista es el de una adolescente apolítica que solo toma partido contra la crueldad, y que parece no entender muy bien lo que está pasando, pero que lo entiende mejor que todos los serios escritores que la acompañan.
            No se ha documentado Elena Garro para escribir estos recuerdos, y por eso resulta fácil detectar errores. De Luis Cernuda –a quien se nos presenta siempre solitario y tomando el sol en la playa— se nos dice: “Don Álvaro de Albornoz le nombró canciller en la embajada de Polonia, para sacarlo de España, y en la estación perdió el portafolio con las claves”.  Pero a quien nombraron secretario de embajada fue a su amiga Concha de Albornoz (y no en Polonia, sino en Grecia); rodeada de los amigos que había ido a despedirla, dejó un momento el maletín en el suelo para pesarse en una báscula y al instante el maletín desapareció, con las claves y con sus credenciales. A Luis Cernuda, como a los otros amigos que acompañaban a Concha de Albornoz (hija de un ministro, y por eso salvó la vida), le interrogó la policía política a propósito de aquella desaparición.
            Unas páginas más adelante leemos: “Supe que había enojo con Ortega y que Bergamín le escribió una carta terrible a Victoria Ocampo, en cuya casa de Buenos Aires se alojaba el filósofo español. Ortega se había marchado de España y, hablando de la guerra civil, había dicho: No es eso, no es eso… Esperaba una guerra diferente”. La frase de Ortega, como resulta bien sabido, se refería a la república, que esperaba distinta; la guerra civil no la esperaba de ninguna manera.
            También contiene inexactitudes menores uno de los pasajes más emotivos del libro. Leía Octavio Paz su “Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón” y, de pronto, al alzar la vista del papel, se encuentra con que allí, en primera fila, mirándole fijamente, estaba José Bosch, el compañero al que él creía muerto en combate y al que había dedicado el poema. Elena Garro le llama Juan Bosch y titula el poema “No pasarán”.
            A pesar de todas esas inexactitudes, debidas a la excesiva confianza en la traicionera memoria, cuánta verdad hay en estas páginas. Pocas veces el ambiente de la España republicana, su mezcla de heroísmo y delación, de miseria y grandeza, habrá sido descrito con tanta exactitud. Y Octavio Paz está lejos de ser el monstruo que aparece en otros escritos (“Octavio es un perro rabioso”, afirmará, que incluso se dedica a “patear” a la hija de ambos). En estas páginas solo es un joven y ambicioso escritor, al que hacen sufrir las continuas salidas de tono de una adolescente tan inteligente como atolondrada. Elena Garro incluso se permite la ironía: “Los mexicanos siempre compadecieron a Paz por haberse casado conmigo. ¡Su elección fue fatídica! Me consuela saber que está vivo y goza de buena salud, reputación y gloria merecida, a pesar de su grave error de juventud”.
            En Elena Garro, el personaje, seductor y atrabiliario, genial y paranoico, estuvo a punto de borrar al escritor, intuitivo y descuidado. No lo consiguió. O no lo consiguió del todo. Estas fascinantes Memorias de España lo confirman.

jueves, 25 de agosto de 2011

Poesía y demás: Un cuestionario de “Marinero”



¿Hasta qué punto un poeta se encuentra capacitado para ser crítico de poesía? ¿No será siempre un crítico poco objetivo que se dedica solo a defender su propia concepción de la poesía?

Lo único que incapacita para ser crítico de poesía es no ser un buen lector de poesía. Y un buen lector, si es poeta, aprecia muchas más diversas maneras de la poesía que la que él es capaz de escribir.

¿A qué se debe su empeño en atacar a grandes poetas como Ganomeda y en defender a otros muy menores como Fernando Ortiz?

Procuro no hablar de la poesía de Gamoneda, un poeta más o menos grande que me interesa más bien poco, pero no puedo resistirme a glosar sus opiniones sobre literatura. Carece de sentido del humor y no parece muy dotado para el pensamiento abstracto, o mejor, para el pensamiento a secas. Resulta involuntariamente cómico escucharle afirmar por enésima vez, el mismo día en que recibe no sé cuántos premios oficiales, y junto al presidente del Gobierno y rodeado de ministros, abominar del realismo porque el “realismo es el lenguaje del poder”. A mí me hace más gracia él que su poesía. De Fernando Ortiz hace tiempo que no hablo. Y no pienso hablar ahora. He leído, sí, su más reciente libro, Miradas al último espejo, pero no pienso escribir sobre él, aunque humanamente tiene toda mi simpatía.

¿Cree verdaderamente que “el haiku es el soneto de los haraganes”, como ha declarado varias veces? ¿Cree que escriben haikus los que no son capaces de escribir otra cosa?

Pues sí, creo que escribir haikus está al alcance de cualquiera, por eso no hay mal poeta que no los perpetre a centenares. Malos haikus, quiero decir. Los buenos son un milagro que ocurre muy de tarde en tarde. El soneto requiere un aprendizaje y mayor esfuerzo, pero no por eso el resultado poético está garantizado. Yo aconsejaría a los jóvenes poetas que aprendan a escribir sonetos y que, en cuanto sepan, dejen de escribirlos. Y, por supuesto, rompan todos los que les sirvieron como aprendizaje.

“El realismo es el lenguaje del poder” afirma con frecuencia Antonio Gamoneda. Usted defiende la poesía realista, ¿quiere eso decir que está de lado de los poderosos?

Creo que sobre ese asunto ya he dicho algo en una respuesta anterior. No sé si los poderosos gustan del realismo; los bancos, por ejemplo, prefieren la pintura abstracta.

¿Ganaría la poesía española sin los manejos de Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes y Benjamín Prado?

Sin sus manejos no sé si ganaría o perdería; sin sus poemas, seguro que perdería.

¿Hay premios literarios honestos?

Los hay. Todos los premios que ganan los poetastros que abominan de los premios son, si hemos de hacer caso a sus declaraciones posteriores, honestos, los únicos honestos.

Usted ha escrito muchas veces en contra de los premios literarios. ¿No considera una contradicción formar parte del jurado de muchos de ellos?

De muchos de ellos, no. De tres o cuatro. Y no lo considero una contradicción. Yo me considero un profesional, como un fontanero al que si le llaman para arreglar un grifo no pregunta si está en un convento o en una casa de lenocinio. Él hace su trabajo de la mejor manera posible, cobra sus honorarios y asunto concluido. Otra cosa es lo que pueda pensar sobre el exceso de conventos  o de clubs de alterne. Yo creo que hay demasiados premios literarios y que estorban más que ayudan.

Para muchos, entre los que me cuento, Borges es un poeta sobrevalorado, poco más que un ramplón versificador. ¿Está de acuerdo con esa afirmación?

No.

¿Tiene sentido hoy escribir con rima? ¿No es un artificio más propio de tiempos decimonónicos?

Sí. No.

¿Por qué se lee cada vez menos poesía? ¿No será porque  los poetas han dejado de hablar de lo que interesa a todos y se dedican a mirarse su propio ombligo?

Siempre ha habido más poetas que poesía. La poesía sigue interesando, y mucho. Lo que no interesan, y no seré yo quien lo lamente, son la mayoría de los poetas.

¿Qué opina del movimiento del 15-M? ¿No cree que además de una regeneración política pueden traernos también una nueva poesía que por fin interese a todos porque hable en el lenguaje de todos?

Prefiero no opinar nada. Yo respeto todas las ingenuidades, siempre me ha enternecido la bondadosa bobería.

Hace 75 años que asesinaron a Federico García Lorca. ¿No cree que su obra literaria lleva casi tantos años muerta a pesar de que se siga hablando de ella por motivos extraliterarios?

Pues no, no lo creo. Y es la primera vez que escucho semejante peregrina afirmación. ¡Y cuidado que he escuchado tonterías en mi vida!

¿Qué opina de la poesía de Miguel d’Ors? ¿Y de la de Enrique García-Máiquez? ¿No cree que se encuentran marginados por sus creencias religiosas?

Son dos espléndidos poetas llenos de verdad y gracia. Cuando hablan de la Verdad con mayúsculas es cuando me interesan menos. Se encuentran tan marginados como el jefe de la organización religiosa a la que pertenecen, capaz de llenar Madrid, o cualquier otra ciudad, con millones de seguidores. Ya quisiera yo estar tan marginado como ellos.

¿Siguen existiendo las generaciones literarias? ¿Cómo se llama la última?

Siguen existiendo. Pero yo ya no trabajo en ese negociado. Mejor preguntar a Luis Antonio de Villena, que ahí sigue con sus vetustos adolescentes órficos y lógicos, inasequible al desaliento.

¿Qué ha sido de la poesía no clónica y de poetas como Antonio Rodríguez Jiménez, Fernando de Villena, Pedro J. de la Peña y otros grandes marginados por el poder literario?

Eso quisiera yo saber, qué ha sido de ellos. Sin sus declaraciones y sus ferocidades el mundo es un poco más aburrido. También echo de menos a Isla Correyero y a un suplemento de Málaga que se llamaba “Papel literario”. Los jóvenes, que no han tenido ocasión de conocerlos, no saben lo que se pierden.

Y por último: ¿cree que Internet ha cambiado nuestra manera de entender la literatura? ¿Desaparecerán las bibliotecas y las librerías con la generalización del ebooks? ¿No cree que los libros tradicionales pronto serán una antigualla como los papiros egipcios?

Internet no ha cambiado nuestra manera de entender la literatura, ha cambiado la manera de difundirla. Y para mejor. Y en cuanto a la desaparición de las bibliotecas y de los libros de papel, no diré yo que no pueda ocurrir. Incluso algún día desaparecerá el hombre y el planeta Tierra y el entero sistema solar. Pero no parece que vaya a ser mañana. Tampoco nosotros ni nuestros nietos ni los nietos de nuestros nietos veremos la desaparición de los libros y las bibliotecas. Más allá de tres o cuatro siglos no me atrevo a profetizar. ¡Las cosas cambian tan deprisa!

jueves, 18 de agosto de 2011

Pere Gimferrer, Juan Marsé: Cansinas caligrafías

Dijo una vez un político que no hay que confundir la opinión pública con la opinión publicada. Nada más cierto si se trata de literatura. Cada vez resulta más frecuente el aplauso unánime de la crítica literaria (o de los reseñistas de los principales suplementos, que viene a ser lo mismo, aunque no sea lo mismo) y el casi unánime desdén de los lectores, incluidos bastantes de quienes públicamente han mostrado su entusiasmo.
            Dos ejemplos recientes: Rapsodia, de Pere Gimferrer, y Caligrafía de los sueños, de Juan Marsé. “Escrito en seis días” se anuncia uno, con circense fanfarria; “La primera novela escrita después del Cervantes”, el otro.
Tras dar en los últimos años ripiosos tumbos entre el modernismo y el postismo (Amor en vilo, Tornado), vuelve Gimferrer a reescribir sus libros de hace cuarenta años: lo que entonces deslumbraba, por contraste con la grisura realista y comprometida, ahora suena a envejecida quincallería, aunque acá y allá no deje de sorprendernos alguna imagen fulgurante, que pronto se borra en el automatismo del conjunto: “Campanadas al sol, la luz de Arezzo / se ha fundido en el bronce de la lluvia”.
Caligrafía de los sueños suena tan a Marsé que ni siquiera necesitaría haberla escrito Marsé. “Apaches galopando en las playas de Arizona” se titula un capítulo: interminables páginas de fatigosos aventis, como ejercicios de estilo en un taller literario después de haber leído Si te dicen que caí.
Se equivocaría quien pensara que Rapsodia o Caligrafía de los sueños son malos libros. Son algo quizá peor: son prescindibles, cansinas vueltas de tuerca, tan consabidos que quien conoce la obra anterior de ambos autores podría, no ya reseñarlos sin haberlos leído, sino incluso dar conferencias sobre ellos.
El poema “más que a significar aspira a ser” nos dice Gimferrer, repitiendo lo que otros muchos poetas han dicho y glosado docenas de teóricos de la literatura. No nos dice, sin embargo, que nada resulta más fácil que encontrar un poema que “es” y “nada significa”, al menos para un lector concreto: cualquiera escrito en una lengua que ignoramos. Deleitarse con la musicalidad de sus significantes debería ser, para los que así piensan, la culminación del placer estético.
En la Barcelona de los años cuarenta, un hombre saluda a un orondo y desconocido sacerdote con las siguientes palabras: “La verdad es que no sé si soy un buen cristiano. Lo que no soy, puede usted darlo por seguro, es siervo de una Iglesia que pasea al centinela de Occidente bajo palio”. Si fuera una serie de televisión ambientada en la posguerra, cambiaríamos de canal. Es una novela de Marsé, y continuamos la lectura, pero con la sensación, idéntica a la que nos producen los últimos poemas de Gimferrer, de que probablemente hay formas más agradables de perder el tiempo. 

jueves, 11 de agosto de 2011

José Antonio Moreno Jurado: El libro de la miseria del hombre



José Antonio Moreno Jurado
Aracne
Paréntesis Editorial. Sevilla, 2011. 


Deja un sabor amargo este recuento de una vida al que José Antonio Moreno Jurado, quizá nuestro mejor conocedor de la literatura neohelénica, ha querido poner bajo la advocación de Aracne, uno de los personajes de las Metamorfosis ovidianas.
La primera parte, la más lírica, se publicó en 1989, y evoca, en breves capítulos que a ratos quieren acercarse al poema en prosa, una infancia andaluza. Recuerdan, inevitablemente, al Platero juanramoniano y al Ocnos cernudiano, aunque no haya ningún fácil mimetismo. El tono cambia en el resto del libro, escrito veinte años después. En 1989, Moreno Jurado era, si no un triunfador, un hombre que, con su esfuerzo personal y su talento, había llegado, o estaba a punto de llegar a donde quería, tanto en el plano personal como en el literario. Tras obtener el premio Adonais en 1973, su poesía tenía una resonancia cada vez mayor; el Nobel concedido a Odysseas Elytis, un autor al que él y pocos más conocían en España, contribuyó a darle cierta popularidad. Y después de duros años en la enseñanza privada, ya catedrático en la enseñanza secundaria, llegaba como profesor asociado a la Universidad.
            Lirismo y narratividad, reflexión y sátira alternan en las páginas escritas cumplidos los sesenta años, cuando se vislumbra el manriqueño “arrabal de senectud”. El lirismo aparece, sobre todo, en los capitulillos que se refieren al Amor (Moreno Jurado lo menciona siempre así, con mayúscula), que insinúan unas relaciones poco convencionales (e incluso escandalosas para la época) que el autor no se decide a desvelar de todo. El día en que conoció a uno de sus amantes, al que llama Bertolamo  (“Me llevaba exactamente diecisiete años y yo contaba entonces treinta y seis”), terminaron “en un garito cuyo nombre recordaré cuando me atreva a contar por escrito la otra cara de esta Sevilla hipócrita y bullanguera, más entregada a los santos y santas que a la verdad y al conocimiento”.
            La sátira se refiere, fundamentalmente, al mundillo literario. Pero es una sátira casi infantil, que refleja un muy escaso conocimiento de ese ambiente. Cuenta la anécdota que le ayuda a entender el éxito de unos poetas y el fracaso de otros, como él mismo. Tras terminar un libro de poemas, del que está particularmente satisfecho, va a Madrid, invita a comer a Jesús Munárriz y a su mujer y “a la primera oportunidad –son sus palabras—, les hablé durante la comida, con más o menos ardor o vehemencia, de las bondades de mi nuevo libro”. Para su sorpresa, el editor de Hiperión no mostró ningún entusiasmo; peor aún, sin siquiera ningún interés en su lectura, dijo no estar dispuesto a publicarlo, ya que los anteriores libros de Moreno Jurado se habían vendido poco. Lo que ocurrió seguidamente le serviría de lección: “A los pocos minutos apareció por allí García Montero que venía de Granada. Jesús le saludó afectuosamente, alzando los brazos y levantando la voz. El granadino le compró en aquel momento doscientos libros suyos para no sé dónde, pueblos, universidades, centros educativos, en verdad no me acuerdo, y yo, enmudecido, comprendiendo cuanto se podía comprender, me despedí lo más amablemente que pude, y, con la lección de los dineros bien aprendida, me volví a Atocha a pie y pensativo”. O sea que, si García Montero vende mucho, y se lo disputan sus editores, es porque se compra sus propios libros. Qué cosas…
            Pero no es el único caso en que Moreno Jurado deja claro tanto su resentimiento como su no excesiva inteligencia emocional. Durante un tiempo dedicó sus tardes a los poetas que empezaban: “El primero de ellos fue Juan Lamillar, a quien corregí, leí, expliqué cuanto pude, durante días y meses, pues había sido alumno mío en la Universidad Laboral y, al menos, teníamos entre nosotros ese mínimo vínculo común. Aunque Manolo Jurado solía llamarlo Mamillar, a mí no me hacía gracia. Sucedió, entonces, que en el proyecto de su primer libro me había dedicado un poema. Algo después, cuando hojeé uno de los primeros ejemplares de la obra, publicada en Renacimiento, la dedicatoria había desaparecido. ¿Fue imposición del editor, Abelardo Linares, que me aseguró, años después, que aquel chico había sido su gran descubrimiento? ¿O algún temor oculto de los que no pueden salir a la luz? Por otra parte, Abelardo Linares había proporcionado a Lamillar un puesto de trabajo en su librería. Sea como fuese, todo acabó en ese preciso momento porque me pareció, sencillamente, un acto de cobardía. Y ¿por qué no? de traición”.
            Otro poeta que presuntamente le traicionó, y se traicionó, fue Javier Salvago. Tras un primer libro prometedor, y que el propio Moreno Jurado presentó, “abandonó inmediatamente su primer comportamiento poético y se pasó por orden de Fernando Ortiz, aunque fuera una orden estética, desde aquella poesía de futuro prometedor a otro tipo de poesía de fácil contenido irónico, sin fuerza, de rima envejecida, anclada en Manuel Machado y otros poetas menores que nada aportaron con sus poemas a la aventura humana del pensamiento y la razón”. Antes, para congraciarse con el maestro, le habría contado todas las confidencias de Moreno Jurado: “No había pasado ni veinticuatro horas y toda mi vida se la había ofrecido Salvago en bandeja a Fernando Ortiz”.
            Con Fernando Ortiz, con otros poetas sevillanos, está obviamente obsesionado el autor de Aracne. A ellos les atribuye la conjura que llevó a su marginación literaria. No deja ni anotar ni una sola de las afrentas que le hicieron sufrir. Por ejemplo: “En un congreso de poesía en Córdoba, lo recuerdo bien, Fernando Ortiz y Aquilino Duque, que había estado muy atentos a los poemas de quien me precedía en la lectura, se levantaron de pronto, empujados por un extraño resorte interior, en el preciso instante en que el presidente de la mesa me daba entrada para mi intervención. Si dijera que nada sentí ante ese desplante, engañaría con toda seguridad”.
            La puerilidad adolescente, el provincianismo de estos recuentos de la vida literaria nos hace a veces sonreír. Lo mismo que ciertos apuntes de sociología erótica. La mayor parte de los homosexuales están casados (cuando eso suponía estarlo con una mujer), son buenos padres y buenos maridos: “El noventa por ciento. No es exageración. Y, curiosamente, todos ellos prefieren ser penetrados. Los célibes, rara vez”.
            ¿Vale la pena, ante tanta puerilidad, leer estas páginas escritas “para vengarse y reírse mil veces de la miseria del tiempo”? Sí, porque en ellas hay dolor y verdad. Y el desolado final vale para todos, para los que han aprendido las reglas del juego literario o académico, para los que se han estrellado contra esas normas no escritas o para los que, encogiéndose de hombros, se han dado la vuelta y han seguido otro camino: “Como hombre entre cuatro paredes, sin experiencia viva, solitario y aburrido, aprendí de los libros cuanto había de aprender. Pero no sé absolutamente nada. Ni siquiera el hombre que sabe, sabe para siempre. Un simple Alzheimer, una demencia senil, un fuerte golpe en la cabeza o en el corazón te abandonan al no conocimiento. Da igual si leías o no leías. El hombre termina en las manos aburridas del tiempo. El tiempo se aburre de nosotros”. 

jueves, 4 de agosto de 2011

Evgueny Evtushenko: El poeta y el histrión

¿Qué fue de Evgueny Evtushenko? Con el título de Manzanas robadas (Visor) se publica una antología suya, en traducción indirecta de Javier Campos, que entremezcla los poemas sin atender a la cronología. Evtushenko le dio voz y rostro juvenil a una nueva Rusia, a un comunismo de rostro humano, el que surgía trabajosamente de los desmanes del estalinismo. En 1963 publicó en París su Autobiografía precoz, que ese mismo año apareció en español. “La autobiografía de un poeta son sus poemas. El resto es solo comentario”, comienza. Y a continuación: “Las ideas nuevas, los sentimientos nuevos que se encuentran en mis poemas existían en la sociedad soviética mucho antes de que comenzara yo a escribir. Cierto, no habían recibido aún forma poética. Pero si no hubiera sido yo, otros los habrían expresado”.
            Algo más y algo menos que un poeta es Evgueny Evtusenko, quien en 1963 –a los treinta años, tan famoso ya en occidente como en su país— señalaba “el destino monótono” a que parecía condenado: “los críticos me cubrían de lodo, el público me aplaudía fervorosamente”. Los poemas se daban a conocer en recitales multitudinarios; solo después, si resultaban eficaces, se publicaban. Poemas valientes, muchos de ellos. Por ejemplo “Babi Yar”, cuyo título alude a un barranco de Kiev donde fueron asesinados millares de judíos. Evtushenko no se limita a condenar la barbarie nazi: “Cuántos antisemitas se nombraron / Unión del Pueblo Ruso. Qué vileza”.
            En los primeros sesenta muchos, dentro y fuera de Rusia, creyeron en la posibilidad de un comunismo no dogmático y democrático. Evtushenko encarnó esas ilusiones. Pronto fue un juguete roto, aunque siguiera con sus recitales multitudinarios, convertido ya más en un personaje de la farándula –sus mayores éxitos los tuvo junto a Vittorio Gassman— que en un verdadero poeta. Lo era, sin embargo. Y algo puede entreverse en esta antología, cuyos textos son como letras de hermosas canciones de las que desconocemos la música: “Te amo más que a la naturaleza, / porque tú eres la naturaleza misma. / Te amo más que a la libertad, / porque sin ti la libertad es una cárcel”.