jueves, 27 de agosto de 2020

El bosque y yo



Los árboles te enseñarán a ver el bosque
Joaquín Araújo
Prólogo de Manuel Rivas
Crítica. Barcelona, 2020.

Joaquín Araújo, conocido divulgador de la flora y la fauna española, heredero de Félix Rodríguez de la Fuente, ha escrito un libro que es a la vez manifiesto en defensa de la naturaleza (que él llama Natura), autobiografía autopromocional y antología poética.
            Aunque el libro incluye abundantes versos de cosecha propia, en algún caso reiterados, destacan sobre todo las citas y los poemas de otros autores, una verdadera antología universal sobre el árbol y los bosques. Cuando mejor funcionan estos poemas o fragmentos de poemas ajenos es cuando se integran en la prosa. El autor cura a un corzo herido por su mastín y luego procede a liberarlo: “De nuevo en brazos lo acerqué al borde del bosque y lo dejé en el suelo. Se levantó, dio tres o cuatro pasos y se paró para mirarme. Estoy seguro de no haber recibido un agradecimiento más hermoso en mi vida. El tímido, bello, poético corzo con ojos de rara caoba me regaló en el lenguaje universal sin palabras que son las miradas una gratitud que sigue dando sentido a mi vida”. Como colofón, se recuerdan unos versos de Emily Dickinson: “Si ayudo a un desmayado petirrojo / y lo llevo de nuevo hasta su nido, / no habré vivido en vano”.
            Además de poemas, Los árboles te enseñarán a ver el bosque incluye –ya desde el título-- abundantes aforismos, entremezclados con el texto o recopilados aparte. Joaquín Araújo los denomina, con uno de esos neologismos que gusta de utilizar, “naturismos”. Quizá pecan en exceso de didactismo y buenas intenciones: “No olvidemos que nuestro primer hogar, el bosque, podría ser también el último si lo destruimos. Y llevan muy adelantada la torpeza”. También gusta de jugar con las palabras: “Los bosques solo excluyen el excluir”, “En el bosque acontece que todo es acontecimiento”.
            Los pasajes autobiográficos –cómo, por ejemplo, en 1972, gracias a un compañero del servicio militar, descubrió Las Villuercas, donde reside desde hace cuatro décadas-- se entremezclan con otros de autopromoción: de vez en cuando nos recuerda los muchos documentales que ha dirigido, las conferencias impartidas, los premios recibidos, los libros escritos, la constante labor de asesoramiento a las autoridades políticas. Baste un ejemplo de este continuo traer a cuento, venga o no a cuento, la propia labor: “Se ha escrito, filmado y fotografiado hasta el infinito a las dehesas. Y tanto a sus usos, como a los inquilinos, salvajes y domesticados, que alberga. Para quien esto escribe también ha sido un objetivo prioritario de mi quehacer de escritor y cineasta. De hecho uno de los mejores reconocimientos que este emboscado ha recibido en su vida es el premio al mejor guion del festival de cine científico de Madrid, por un trabajo sobre nuestro árbol tótem. Traer a colación este premio en un capítulo dedicado a la encina tiene dos justificaciones. Por un lado, porque los documentales premiados fueron dos. En concreto se llaman El Encinar y La Dehesa, es decir lo mismo que estamos tratando en este apartado. Pero no menos porque las dehesas que paso a describir son las que filmé hace años para esos documentales de la serie El Arca de Noé de Televisión Española”.
            Los árboles te enseñarán a ver el bosque, aunque se presenta como un libro unitario, es en realidad una recopilación de diversos trabajos, de ahí las repeticiones y los cambios de tono: hay el guion de alguna de su clases, impartida en la propia finca, y de alguna conferencia; una colaboración en la revista Adioses, que se distribuye en los tanatorios; textos escritos para distintos catálogos; un manifiesto que forma parte de las campañas de la WWF: “Exigimos que las administraciones dediquen suficientes esfuerzos económicos y pedagógicos destinados a la recuperación de las dehesas, que debe ir de la mano del plan nacional de estímulo a la ganadería extensible, la más compatible con los medios naturales”.
            Hemos ido, en buena parte, subrayando la ganga del libro, pero abundan los pasajes que contagian amor por la naturaleza, cercanos en más de un caso a la poesía en prosa. Si tuviera que quedarme con un capítulo, sería el titulado “Algunas inolvidables emboscadas”, en el que se describen diez mágicos lugares: los cerezos del valle del Jerte; la laurisilva de Garajonay, en La Gomera; Muniellos, “el bosque más bosque”; los hayedos de Irati, al norte de Navarra; la dehesa de sabinas de Calatañazor; los sotos del Ebro en Cantalobos; los pinos naranja de Valsaín, en el Guadarrama; la cacereña lorera de La Trucha (“Solo un círculo / de eternidades, / mide el tiempo / de estos árboles / escondidos en / las gargantas / de la sierra); los alcornocales de la Almoraima, al sur de la provincia de Cádiz; los olivares de Jaén, que cantó Miguel Hernández, y las dehesas de Cabañas del Castillo, en Las Villuercas.
            Y no menos sugerente resulta otro capítulo, “El año del bosque”, sobre el sucederse de las estaciones y los cambiantes colores de la vegetación: “Marzo es malva por los billones de flores del brezo rubio.  Abril chisporrotea en amarillos por las flores de retamas negras, encinas, alcornoques y melojos. Mayo resulta blanco por las jaras”.
            Los árboles te enseñarán a ver el bosque enseña a mirar, a escuchar, a oler, a admirar, contagia amor por la naturaleza, algo que lleva haciendo Joaquín Araújo – y por todos los medios a su alcance-- desde hace más de cuarenta años.  
             

jueves, 20 de agosto de 2020

Versión femenina



Antes que sea tarde
Carmen Parga
Renacimiento. Sevilla, 2020.

Pocas veces la ironía histórica se ha mostrado más claramente que en el exilio a la Unión Soviética de los comunistas españoles tras la derrota en la guerra civil. Creían llegar casi al paraíso en la tierra y se encontraron con una aproximación congelada al infierno. Muchos han contado ese desengaño, que solía ir seguido de la conversión al más fanático anticomunismo. La España de Franco acogía con entusiasmo a los conversos.
            Cuando Carmen Parga escribe sus recuerdos, en los años noventa, ya la democracia, o algo parecido, ha vuelto a España y se ha derrumbado la Unión Soviética. No corre ningún riesgo por desvelar las miserias del comunismo real, un tópico reiterado hasta la saciedad en las democracias capitalistas, las únicas que parecen posibles.
Carmen Parga se había casado con uno de los personajes más destacados de la España republicana, Manuel Tagüeña, estratega de la batalla del Ebro. Físico de formación, estudió medicina en el exilio y era una de las cabezas mejor formadas de su tiempo. Tagüeña, muerto en 1971, quiso que sus memorias, Testimonio de dos guerras, quedaran inéditas hasta que pudieran ser publicadas sin servir de arma propagandística al franquismo. Carmen Parga escribe las suyas tiempo después y comienza contrastándolas con las de su marido. Frente a unas memorias escritas “en la plenitud de los cincuenta y ocho años, de un hombre con una memoria increíble”, memorias que constituyen “un verdadero tesoro de datos y narraciones de un indudable valor histórico”, las suyas –escritas a los ochenta años, “antes que sea tarde”-- constituirían solo “una versión femenina de un episodio de la gran aventura vivida por los españoles que perdimos la guerra y fuimos lanzados al exilio”.
            Pero Carmen Parga nunca se limitó a ser –según era la norma entonces y hasta casi ayer mismo-- la compañera del gran hombre. Tenía personalidad propia. Nacida en La Coruña en 1914, deportista, activa militante política, representaba a la nueva mujer de los años republicanos, la que no se conformaba con el papel tradicional y quería compartir protagonismo, de igual a igual, con el varón. Aunque en lo fundamental estuviera de acuerdo, ya nos afirma en el prólogo que puede haber alguna discrepancia entre su testimonio y el de su marido, que no ha querido releer, porque la visión de ambos no siempre fue enteramente coincidente.
            Carmen Parga centra sus recuerdos en los años que pasó en los países comunistas, tras el final de la guerra civil y antes de lograr viajar a México, donde reharía su vida y la de su familia. Fueron diecisiete años en los que vivió otra guerra, aún más cruel que la primera.
            ¿Y cómo es la “versión femenina” de esos años terribles? ¿Una versión doméstica, al margen de las grandes decisiones históricas? Hoy no hablaríamos de versión femenina, sino de una versión de la historia –de la intrahistoria-- que no deja de lado la cotidianidad, los problemas domésticos del día a día.
            Carmen Parga sabe contar y lo hace con brevedad y verdad, sin levantar la voz, sin peroratas ideológicas y con toques de humor, a pesar de tantos episodios trágicos.
Se han publicado docenas y docenas de testimonios sobre la guerra civil y el exilio, parece que estamos cansados del tema, y sin embargo estas páginas –que no cargan las tintas, aunque podrían-- nos seducen desde las primeras líneas.
            Aparte de la Unión Soviética, Carmen Parga y su marido conocieron la Yugoslavia de Tito y, años después, Checoslovaquia. De primera mano, nos cuenta el cerco que Stalin  a Tito, quizá el único dirigente comunista que no era un títere suyo, y luego las purgas en Checoslovaquia, a la manera de las que habían tenido lugar en Rusia.
            Todavía sigue asombrándonos –enigmas de la condición humana-- que Stalin considerara como principales enemigos del comunismo a los más fieles seguidores del comunismo y que estos –o buena parte de ellos-- bajaran la cabeza, pidieran perdón por culpas inexistentes y fueran al patíbulo sin un gesto de protesta.
            Carmen Parga muestra su extrañeza ante ese hecho incomprensible, que intenta explicar refiriéndose al “síndrome de Estocolmo”. También trata de explicar por qué, durante tantos años, los comunistas españoles que conocían de cerca la vida en Rusia siguieron cantando sus maravillas. ¿Temor, miedo a perder determinados privilegios? En buena parte, se debía a la capacidad del ser humano para engañarse a sí mismo y a la dificultad de reconocer que nuestros sacrificios fueron inútiles, que se ha seguido un camino equivocado.
            Pero lo que importa de Antes que sea tarde no son las reflexiones ideológicas, ni las denuncias de un mundo que hace tiempo que conocemos en su desnuda verdad,  sino las pequeñas anécdotas, el talante de la autora, su ir conociendo y aceptando muy diversas tradiciones culturales, el encuentro con la buena gente, con la que sufre y padece la historia que otros maquinan en sus despachos de ventanas clausuradas por la ideología.
           
           


jueves, 13 de agosto de 2020

Un cuento de terror



Este virus que nos vuelve locos
Bernard-Henry Lévy
Traducción de Núria Molines Galarza
La Esfera de los Libros. Madrid, 2020.

El pensamiento avanza, si es que avanza, a trompicones, como todo en esta vida. Los dogmas tradicionales de la izquierda fueron puestos en solfa en mayo del 68, pero esa corriente liberadora y antisistema no tardaría en convertirse en un nuevo dogma. Los llamados “nuevos filósofos” reaccionaron subrayando las grietas de la nueva construcción ideológica.
            Uno de esos filósofos, Bernard-Henri Lévy, publica ahora un vibrante panfleto contra lo que parece haberse convertido en la nueva verdad revelada para los políticos de izquierda o de derecha: “La vida está antes de la economía”, o dicho con otras palabras: “Hay que combatir la actual pandemia aunque el remedio cause más daño que la enfermedad”.
            No en todos los países, por supuesto, se ha actuado igual. Pero el caso de Nigeria que cita Lévy, tan evidentemente monstruoso, solo lleva al extremo la doctrina que parece haberse universalizado: “Nigeria, sobre la que unas semanas antes publiqué un artículo dedicado a las masacres de los pueblos cristianos a manos de yihadistas fulanis, contabilizaba, a mediados de abril de 2020, según la agencia de noticias francesas AFP, doce muertos por el virus y dieciocho personas asesinadas por las fuerzas de seguridad por no respetar el confinamiento”.
            Lo que le aterra a Lévy, lo que nos aterra a todos los que no hemos perdido la capacidad de razonar, no es lo que ha ocurrido en los países dictatoriales o inmersos en conflictos internos, sino en la democrática y civilizada Europa; la facilidad con que la izquierda y la derecha han aceptado, para presuntamente preservar la salud, el recorte o la directa eliminación de derechos fundamentales y, en más de un caso, no de manera provisional (“hasta que haya una vacuna”, como se acostumbra a repetir), sino de manera definitiva, como la “nueva normalidad”.
            A Bernard-Henry Lévy le preocupa, por supuesto, una pandemia, aunque no es la primera (después de la “gripe española” de hace un siglo –con sus cincuenta millones de muertos--, hubo otras: la gripe asiática con diez millones de muertos, la gripe de Hong-Kong, con un millón, todas más dañinas que la actual) ni será la última; no critica las imprescindibles medidas de confinamiento que se tomaron para contenerla.
            Critica solo las que, además de exageradas y absurdas, resultan evidentemente dañinas. Critica el que las autoridades sanitarias se hayan puesto al servicio de los intereses políticos y consideren más grave que muera un único anciano con Covid a que lo hagan cien o doscientos en sus casas o en  residencias por cualquier otra enfermedad o por falta de atención. Un solo muerto de Covid ocupa las portadas de los periódicos y abre los telediarios; cien muertos por otras enfermedades, aunque hayan sido desatendidos y no fueran muertes inevitables, ocupan únicamente, cuando lo ocupan, un rincón perdido en cualquier página.
            La epidemia de la Covid ha venido acompañada de otra que no daña los cuerpos, sino las mentes. En distinto grado, más en unos países que en otros, la humanidad parece haber renunciado a pensar.
            Las autoridades políticas se escudan en las autoridades sanitarias para blindar de cualquier crítica sus decisiones. Si habla la ciencia, los demás no tenemos más que bajar la cabeza y obedecer. Pero “la ciencia” ni antes ni ahora ha hablado con una sola voz: avanza contradiciéndose, discutiendo, formulando hipótesis que a menudo acaban refutándose.
            A la hora de realizar una operación, los médicos informan al paciente (o a sus familiares) de los riesgos y este debe dar su conformidad. En el caso de las medidas públicas para contener una enfermedad, la autoridad política, que representa a los ciudadanos, debe sopesar los riesgos, los efectos secundarios, antes de promulgarlas.
            Las medidas preventivas deben tener en cuenta aquello en lo que coincide la comunidad científica, no todo lo que ha afirmado algún presunto “científico” y que circula por la red: que quien hace deporte en solitario, por citar un ejemplo, va dejando una estela con su agitada respiración que puede infectar a personas a muchos metros o quilómetros de distancia y por eso debe llevar mascarilla aunque corra en medio de un apartado bosque.
            Las mascarillas, las famosas mascarillas, han pasado en menos de dos meses, de no ser recomendables para la población en general a convertirse en la panacea, en un talismán de efectos mágicos, que no te protege a ti –y aquí está lo más peligroso--, sino que protege a las demás. En los telediarios, a continuación de la información de una nuevo brote en algún lugar de Castilla y León se muestran imágenes de una discoteca de Barcelona en que los jóvenes bailan sin mascarilla y se hace pensar a los espectadores que alguien puede contagiarse en su pueblo porque un irresponsable no se pone la mascarilla mientras practica el montañismo a mil quilómetros de distancia.
            Bernard-Henri Lévy cita a Foucault, el autor de libros como Vigilar y castigar, cita a Platón, cita la Torá, compara los elogios actuales al París sin contaminación del confinamiento con los que los colaboracionistas hacían del Paris de la ocupación, pero no hace falta muchos argumentos para criticar la deriva del mundo: basta con conservar el sentido común, basta con no haber sido infectado por el virus mental que ha acompañado al corona virus.
            Se compara el uso actual de las mascarillas con el del preservativo para prevenir el Sida. “Póntelo, pónselo” era el eslogan de entonces y el que se quiere aplicar ahora en países como España.
Pero el Sida, que aterró al mundo, no le volvió loco y la gente entendía que el preservativo debía colocarse en el momento de las relaciones sexuales, no salir de casa con él ya puesto, por si acaso aparecía una ocasión de ligar. Ahora las mascarillas, al contrario que el preservativo, se pretende que se usen cuando son necesarias y cuando no lo son, “por si acaso”. Y se incita a la población a vigilar, denunciar, y quizá se llegue un día a linchar, a quien no la lleva, aunque no la lleve por razones sanitarias (problemas respiratorios) y por innecesarias, ya que mantiene en todo momento la distancia de seguridad.
            Bernard-Henry Lévy no es el único que se atreve a advertirnos del abismo al que nos dejamos precipitar (la dictadura sanitaria en que se están convirtiendo las democracias, al contrario que las dictaduras tradicionales como la china, permiten la discrepancia, aunque no cerca del altavoz), pero no parece esas advertencias vayan a tener mucho efecto. Al pensamiento libre se prefiere mayoritariamente la sumisión voluntaria. Para evitar riesgos, dicen. El miedo impide ver que los riesgos de ese sometimiento con los ojos cerrados, un sometimiento que se quiere sin fecha de caducidad, resultan infinitamente mayores que los de la actual pandemia.

jueves, 6 de agosto de 2020

sábado, 1 de agosto de 2020

Poesía de hoy, palabra de ayer



Hijos de la bonanza
Rocío Acebal Doval
Madrid. Hiperión, 2020.

Hay una cierta discrepancia entre el mundo y el lenguaje de Rocío Acebal, entre lo que dice y el modo en que lo dice. Los primeros de Hijos de la bonanza versos remiten al poema más conocido de Antonio Machado: “Mi infancia son recuerdos de un patio en las afueras / y un huerto descuidado en la ventana; / mi juventud, veinte años de cuadernos de inglés”. En otro poema, “Lo que no pudo ser”, menciona y parafrasea a Jaime Gil de Biedma, y no falta –en la poesía satírica y en ciertos giros prosaicos-- el eco de Ángel González.
            Por su manera de decir, por su búsqueda de la claridad, por su rechazo del experimentalismo, Rocío Acebal no desentonaría en ninguna antología de poetas de los años ochenta. Pero su mundo es otro, el del siglo XXI ya bien avanzado, con la mujer, hasta casi ahora mismo con un papel de reparto en el mundo de la cultura, exigiendo protagonismo.
            En la primera parte del libro, predomina el tono reivindicativo y a menudo costumbrista. Muchos de estos poemas tienen un valor quizá más sociológico que estrictamente literario. La autora aspira a ser portavoz generacional, o más bien de un grupo generacional, el de los hijos e hijas de la bonanza a los que alude el titulo: “Somos lo que la prensa llamaría / ‘mujer de nuestro tiempo’: / sabemos tres idiomas, hemos hecho / un Erasmus en Francia y unas prácticas / de verano en Finlandia, / hablamos de la clase en nuestras clases / de Historia o de Derecho, / vamos de cuando en cuando a alguna mani / y arreglamos el mundo / cargando con botellas de cristal”. En algunos poemas, como “Raíces”, el que el tono se hace más personal, se dejan de lado generalizaciones, y el interés aumenta.
            La sección segunda, la más breve, puede considerarse como un divertido intermedio. La poeta satiriza el mundo literario y lo hace con gracia y buen conocimiento del medio. El poema final, “Arte poética”, intenta levantar el vuelo de la dicción, pero resulta conceptualmente algo impreciso. Parece indicar que, a la belleza externa del poema (“el cerezo / cubierto por la flor de primavera”), prefiere “la paciencia tejida en sus raíces, / el tronco poderoso frente al viento, / las ramas cobijando sus nidos en la lluvia”, esto es, resistencia y hondura. Los endecasílabos finales suenan bien, pero solo eso; remiten a un tipo de dicción garcilasista a la que Rocío Acebal se muestra por lo general ajena: “Observa ahora el manto del aroma, / cadáver a los pies de esa entereza, / y dime de qué sirve su artificio”. ¿Un artificio la belleza del cerezo “cubierto por la flor de primavera”? De ahí que hablemos de imprecisión conceptual.
            En la tercera parte, siguen los poemas satíricos, pero ahora no se caricaturiza el mundo literario, sino las relaciones de pareja. En “Noche de ronda” se le da la vuelta a un poema de Luis Alberto de Cuenca, un poeta a la vez admirado y detestado, admirado por su alacridad formal y detestado por su sofisticado machismo. Hay algún epigrama que cumple con todas las condiciones del género, como “A un poeta de bar”, y un prescindible haiku, esa nadería más o menos japonesa tan de moda (“Borro el mensaje. / Es extraño pensar / lo que te digo”), pero también algunos espléndidos poemas de amor que vuelven memorable el volumen más allá de sus gracias ocasionales y de su valor como síntoma del cambio social.
            Una nueva generación toma la palabra en Hijos de la bonanza. Rocío Acebal, nacida en 1997, habla desde su condición de mujer (“Borracha y despeinada, con el sujetador / al aire y el labial corrido, escupí en el lavabo / la saliva del beso que nunca debí darte”), no imposta la voz, como tantas durante tanto tiempo, para escribir una poesía universal, al margen de la adscripción genérica. El hombre, un singular que antes valía por la humanidad entera, ha dejado de representar al ser humano en general; ahora puede representársela también hablando en femenino.
            Hijos de la bonanza es un libro de poesía joven que no se limita a ser joven, sino que con frecuencia es también poesía, aunque de estética no demasiado joven.

jueves, 23 de julio de 2020

Arte mayor



Fuera, en la oscuridad
Eduardo Jordá
Newcastle Ediciones. Murcia, 2020.

“El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”, escribió Hölderlin. Eduardo Jordá es un maestro cuando narra, pero no cuando opina sobre cuestiones de actualidad.
            Fuera, en la oscuridad reúne medio centenar de piezas breves aparecidas en la prensa. En el prólogo, el autor se siente obligado, según el tópico de la ‘captatio benevoletiae’ a justificar el libro: “¿A quién le pueden interesar estos artículos que hablan de un café de Coímbra o de un poeta inglés muy poco conocido que murió durante la Gran Guerra? ¿A quién le importa que una mujer llamada Natasha Sthempel le llevara naranjas al poeta Mandelstam en su exilio de Voroneth? ¿Quién puede perder el tiempo leyendo la historia de los dos meses que el pintor Sargent pasó en caserón de Valldemossa, en mallorca, acompañado de dos solteronas? ¿Y a quién le importa un poema sobre unos bueyes que se publicó en The Times el día de Nochebuena de 1915?”
            Preguntas retóricas que tienen que ver con que estas espléndidas prosas se publicaron previamente en distintos periódicos. A nadie se le ocurriría preguntar a quién pueden interesar las desventuras matrimoniales de una señora casada con un tal Charles Bobary o las peripecias de un loco al que le dio por creerse caballero andante o lo que sintió Pedro Salinas cuando se enamoró de una joven norteamericana que asistía a un curso suyo sobre la generación del 98.
            Hay muchos prejuicios sobre la prensa diaria y el carácter perecedero de lo que en ella aparece. Pero los periódicos, desde que se inventaron, han publicado tanto lo que se entiende por periodismo, esto es, noticias de actualidad y comentarios sobre esas noticias, como literatura. Buena parte de la mejor literatura, antes de llegar al libro, se anticipa, más que en las revistas literarias, que también, en la prensa diaria, y no solo libros de carácter ensayístico (casi todo Clarín, Ortega, Azorín, Unamuno), también narrativo (los libros de cuentos de Emilia Pardo Bazán, novelas de Baroja o Galdós) o poético (las rimas de Bécquer), por citar solo ejemplos de la literatura española.
            Los periódicos han publicado siempre literatura, y hoy más que nunca necesitan recurrir a ella: las meras noticias se difunden más rápidamente por medios distintos que el papel impreso.
            Pero no hay que confundir literatura con ficción. Memorialismo y ensayismo también forman o pueden formar parte de la literatura, y de la gran literatura, que no se mide al peso: una breve leyenda de Bécquer puede derrotar a un poema épico.
            El periódico es, en muchos casos, la antesala del libro y el paso de lo que se anticipa en uno a la recopilación final en el otro es un tránsito necesario que no necesita justificación.
            Pero no todo puede dar ese salto, por supuesto, aunque también haya libros de actualidad tan perecederos como la prensa del día.
            Los artículos de Fuera, en la oscuridad se escribieron entre 2004 y 2019, pero con muy buen criterio Eduardo Jordá no los dispone en orden cronológico, sino que les da una ordenación nueva. La mayor parte de ellos son intemporales, pero algunos de ellos están ligados a la actualidad del momento: aluden a la crisis económica o al nacionalismo. Las opiniones de Eduardo Jordá sobre este último son muy claras: lo considera poco menos que un invento del demonio. No solo el nacionalismo catalán, que es a su juicio el peor de todos, sino también el escocés (manifiesta su alegría por el triunfo del “no” en el referéndum independentista). Del nacionalismo irlandés, en cambio, no nos dice nada, aunque a Irlanda dedica algunas de sus más hermosas páginas.
            Creo que fue Marx quien afirmó que el reaccionario Balzac no lo era en absoluto en sus novelas. Borges tuvo buen cuidado de que sus perecederas opiniones políticas no contaminaran su obra literaria. Quizá Eduardo Jordá, a la hora de recopilar estos artículos, debería haber tenido el mismo cuidado y haber dejado fuera los más ligados a la cambiante actualidad: sobran, por citar solo un ejemplo, las andanadas contra Podemos o el independentismo catalán de “Arbitristas”, y no sobran porque nuestras opiniones al respecto puedan ser distintas, sino por su pobreza argumental: “El sueño independentista de Cataluña no es más que el proyecto colectivo de un arbitrista que está convencido de que unas esponjas gigantescas podrán secar toda el agua ‘española y caduca y corrupta’ que hay en Cataluña., de modo que de la noche a la mañana, sin nada más que un simple cambio de estatus administrativo, el nuevo país se convertirá en un país incorrupto y bien gestionado y rico y justo. Y a partir de aquel día no habrá más fábricas cerradas ni despidos ni desahucios, ni habrá tampoco fracaso escolar ni parados de larga duración, porque las esponjas gigantescas de la independencia lo absorberán todo y de la noche a la mañana el país será un país habitable y decente y maravilloso”. Será difícil de encontrar, entre los millones de independentistas, uno solo que piense semejante tontería.
            Parece claro que Eduardo Jordá que sabe contar como nadie una anécdota personal o de la historia de la literatura, que encuentra siempre la cita adecuada o el poema que glosar con inteligencia y emoción, no está especialmente dotado para el análisis político. Ni falta que le hace, añadiríamos.
            Fuera, en la oscuridad abunda en emocionantes páginas maestras, a la vez poema y relato. Sus ocasionales caídas nos ilustran sobre lo que el escritor de periódicos debe dejar en el periódico y no llevar al libro: sus opiniones, a menudo prejuiciosas, sobre este o aquel asunto de actualidad.


miércoles, 15 de julio de 2020

Toda la cerveza del mundo



La cerveza, los bares, la poesía
Jesús García Sánchez
Visor. Madrid, 2020.

Que una colección de poesía llegue al centenar de números, ya es una hazaña; alcanzar mil más, ya no es una hazaña, sino un milagro. Según costumbre, la colección Visor conmemora ese número redondo –el 1100-- con una antología muy especial dedicada a los bares y a la cerveza. El antólogo es el propio editor, quien también firma uno de las textos más extensas.
            Como no podía ser de otra manera, y no vamos a sorprendernos por ello a estas alturas, la edición –no la impresión-- es un tanto descuidada, pero eso acaba formando parte del encanto de esta veterana colección –medio siglo largo--  que forma ya parte del paisaje de las librerías y de las bibliotecas particulares de todos los lectores de poesía.
            La cerveza, aunque menos prestigiada que el vino, es parte de nuestra cultura desde los mismos orígenes. Los primeros versos seleccionados son del Poema de Gilgamesh: “Él, Endiku, no sabía / comer el par; / a beber cerveza / nadie le había enseñado”,
            Desde el siglo X antes de Cristo hasta autores nacidos en los años ochenta, la selección recorre treinta siglos e infinidad de países. Pero, al contrario de lo que indican el título (La cerveza, los bares, la poesía) y la portadilla que precede a los textos (“Poemas”) no se trata solo de una selección poética: hay también fragmentos de novela, artículos, cartas, textos de muy variada índole. Elogiosos de bares y cerveza, naturalmente, aunque con una excepción: el capítulo de la autobiografía de Franklin, que cuenta cómo consiguió que sus compañeros de la imprenta abandonaran “el nefasto desayuno a base de cerveza, pan y queso”.
            Una de las sorpresas del volumen es un poema de Marlyn Monroe, “Canción triste”, que no aparece en Fragmentos, el volumen preparado por Stanley Buchthal y Bernard Comment, con prólogo de Antonio Tabucci, que recopila todos los textos conocidos de la actriz. El traductor, Jesús Aguado, que quizá hizo algo más que traducir, debería indicarnos dónde ha encontrado el original.
            Como en toda selección temática, abundan las meras curiosidades y los textos muy menores, pero también las gratas sorpresas. Una selección dentro de la selección la constituyen los poemas dedicados a los cafés --más numerosos que los que se dedican a los bares--, la mayor parte de ellos escritos durante el modernismo y el auge de la literatura bohemia. El primer poeta de lengua española que aparece es Luis G. Urbina (1864-1934) y su cantarina musicalidad contrasta con la grisura general de las traducciones. El poema que se reproduce de Rubén Darío, “Nocturno”, no habla de cervezas ni de cafés (aunque sí “del falso azul nocturno de inquerida bohemia”), pero se agradece que el recopilador no haya sigo demasiado riguroso a la hora de cumplir las exigencias temáticas: “Quiero expresar mi angustia en versos que abolida / dirán mi juventud de rosas y de ensueños, / y la desfloración amarga de mi vida / por un vasto dolor y cuidados pequeños”.
            No podían faltar clásicos menores, como “En el café” de Evaristo Carriego, con su sentimentalismo tan de época, o “El café” de Fernando Fortún, ni divertidos clásicos del tema. como “Tertulia” de Francisco Vighi.
            Se agradecen, ya digo, los intermedios no estrictamente poéticos: una carta de Antonio Machado a Juan Ramón Jiménez, escrita “en el bar Gambrinus después de apurar muchos bocks de cerveza”; un artículo de Julio Camba que demuestra que sigue siendo el mejor en las distancias cortas, o la evocación de la Kon Tiki, la cafetería situada junto al piso de Ángel González en Madrid y que este consideraba como su segunda casa.
            No podían faltar textos que se leen con la música incorporada, como el evocador “Tatuaje”, de Rafael de León (“Él vino en un barco / de nombre extranjero, / lo encontré en un puerto / un anochecer, / cuando el blanco faro  / sobre los veleros / su beso de plata / dejaba caer”) o los “19 días y 500 noches” de Joaquín Sabina: “De pronto me vi, / como un perro de nadie, / ladrando a las puertas del cielo. / Me dejó un neceser con agravios, / la miel en los labios / y escarcha en el pelo”.
            Un volumen algo destartalado, marca de la colección, este La cerveza, los bares, la poesía, pero con un prólogo que abunda en noticias curiosas y con rescates desconocidos, o conocidos y olvidados; una miscelánea grata para cualquier lector, incluso para el que no le gusta la cerveza, pero sí la plural literatura.


martes, 7 de julio de 2020

Ejemplar e insuficiente



Poesía
Benito Jerónimo Feijoo
Estudio crítico, estudio y notas de
Rodrigo Olay Valdés
Instituto Feijoo de Estudios del siglo XVIII, Oviedo, 2020.

Editar es ciencia y arte, cuestión de inteligencia y, sobre todo, de paciencia. Rodrigo Olay –también poeta, uno de los más destacados de la nueva generación—ha preparado una primera edición de la poesía completa de Feijoo que puede considerarse como ejemplar, como el más acabado fruto de una larga tradición filológica.
            Se trata de una edición crítica y de una edición anotada, que no es lo mismo, aunque suelan confundirse. La primera trata de reconstruir los textos, deformados por la transmisión manuscrita o impresa, hasta aproximarse lo más posible al original salido del autor; la segunda, aclara aquellos puntos que resultan confusos para el lector actual.
            Las notas que aparecen en una edición crítica (el “aparato crítico”), dejan constancia de los diversos testimonios que permiten trazar el estema del texto, su “árbol genealógico”, y no se dirigen al lector común; ni siquiera necesitarían ser impresas, bastaría con que pudieran ser consultadas por el especialista. En la edición anotada, las notas deben ser solo las imprescindibles, no se debe anotar nada que resulte fácilmente accesible al lector, como el significado de una palabra que se encuentra en los diccionarios usuales o información enciclopédica al alcance de cualquiera en la Wikipedia.
            Rodrigo Olay –al contrario que tantos editores, incluso en prestigiosas colecciones de clásicos-- sabe muy bien lo que hace y lo hace minuciosamente bien. Su labor ha tenido mucho de detectivesca. Aunque Feijoo es un autor editado y reeditado, los poemas son la cenicienta de su obra- Bastantes de ellos han sido rescatados por Rodrigo Olay de manuscritos desconocidos hasta la fecha.
Los estudiosos no se han ocupado excesivamente del Feijoo poeta, y quizá más vale así: quienes lo han hecho no le han dedicado excesivos elogios y algunos ni siquiera le consideran poeta, sino solo un versificador ocasional. Rodrigo Olay trata de revertir esa situación. ¿Lo consigue? Solo en parte.
            Demuestra muy cumplidamente que Feijoo no fue un poeta ocasional o un poeta de juventud, como tantos; escribió poesía a lo largo de toda su vida. Es cierto que apenas se imprimieron en vida tres –aunque uno de ellos el más extenso, un poema-libro, repetidas veces--  de los 131 poemas que ha logrado reunir (incluyendo atribuidos y traducciones), pero eso no quiere decir que la poesía fuera para él una especie de divertimento privado.
Se tiende a confundir imprimir con publicar. Antes de la imprenta, los textos literarios también se publicaban --esto es, se hacían públicos--, como es bien sabido, pero se tiende a olvidar que la imprenta no acabó con esa forma de difusión: la poesía del siglo de oro se difundió manuscrita antes que impresa, por eso Góngora revolucionó el panorama literario antes de que apareciera ningún libro suyo.
            De Feijoo no se ha conservado ningún poema autógrafo; los manuscritos que se conservan no eran textos guardados en un cajón, como la famosa arca de los inéditos pessoana, que posteriormente rescata un editor: eran letras para cantar en ocasión solemne, versos satíricos que circulaban con regocijo, ejercicios de didactismo o virtuosismo; casi siempre poesía de circunstancia, que cumplió más que decorosamente el fin para el que fue creada.
            ¿Es hoy otra cosa que una curiosidad erudita? Esa es la pregunta que Rodrigo Olay no acaba de resolver; necesitaría para ello preparar otra edición dirigida al común de los lectores.
De toda la tradición literaria española, la poesía del siglo XVIII resulta quizá la que más alejada se encuentra del gusto del lector contemporáneo, tanto el epigonal barroco de la primera mitad como el neoclasicismo de la segunda.
            Pocas huellas ha dejado Feijoo en la poesía posterior. Rodrigo Olay, buen conocedor de la poesía contemporánea, solo ha encontrado una resonancia. Se trata de un poema de Guillermo Díaz-Plaja, cuyos dos versos iniciales (“Rueda dentada del tiempo, / ¡como muerdes mi silencio!”) remiten a uno de los pocos poemas de Feijoo publicados en vida, “Décimas a la conciencia en metáfora de reloj”. Como curiosidad señala que un estudioso, Álvaro Ruiz de la Peña, ve en ciertos versos suyos un “eco” de la poesía de Pedro Salinas y que, como Borges, le dedica su soneto, de empaque quevediano, a Carlos XII, rey de Suecia.
            ¿Qué se salva de la denostada poesía de Feijoo? ¿Qué se puede rescatar de este grueso tomo, preparado con paciencia benedictina, ejemplo y lección para los editores de clásicos?
            Señalo algún ejemplo de cada una las cinco secciones temáticas en que el editor (al no poder disponerlos cronológicamente, ya que la mayoría carecen de fecha) ha distribuido los textos. En la poesía religiosa, algún villancico de corte tradicional que no habrían desdeñado firmar Góngora o Alberti: “Avecilla que vuelas / y al cielo te vas, / vuela, vuela, / que el cielo se alegra / de verte volar”.
En la poesía fúnebre, destaca el epitafio al astrólogo Andrés Argolio: “De tu patria ingrata y necia, / cuando arrojado te viste, / a Venecia ennobleciste / y te ennobleció Venecia”.
De la poesía encomiástica, seleccionaríamos el ya citado soneto “A Carlos XII, rey de Suecia, retirado en Bender”; de la amorosa –que no es propiamente tal--, un romance, “Explicación rigurosamente filosófica de lo que es el ‘no sé qué’ de la hermosura”, que nos remite a uno de los más conocidos ensayos de Feijoo, y también el elogio de la música que encontramos en otro romance, el que comienza “Mándasme, divina Anarda”, que nada tiene que envidiar a la “Oda a Salinas” de Fray Luis.
Quizá donde más implicación haya del autor sea en la poesía satírico-burlesca, que nos muestra a un Feijoo que no llevaba precisamente con impasibilidad los ataques que recibía; algunos de estos poemas tienen una ferocidad quevedesca que los aleja del mero ejercicio retórico al que tan propenso parece.
Esta edición crítica, con su aparatoso complemento erudito, aunque puede servir de ejemplo de lo que deben ser los estudios universitarios, tan proclives en el campo de la literatura, y quizá también en otros campos “humanísticos”, a la vacua palabrería, es solo la primera parte de una verdadera edición que ponga al alcance de los lectores actuales los pocos poemas de Feijoo que han resistido el paso del tiempo, que siguen siendo poemas y no mera materia de erudición.

jueves, 2 de julio de 2020

Un personaje, una época



Cuando editar era una fiesta. Correspondencia privada
Jaime Salinas
Edición de Enric Bou
Tusquets. Barcelona, 2020

Se habla mucho últimamente de “gobierno Frankenstein”. Eliminada la intención peyorativa, podríamos decir que Cuando editar era una fiesta es un “libro Frankenstein”, una obra elaborada con textos de diversa autoría y de muy distinta intención y extensión. Jaime Salinas es menos el autor del volumen que el protagonista, aunque a él se deban la mayor parte de los textos que se incluyen. El autor, o al menos el coautor principales Enric Bou, que ha llevado a cabo una labor tan admirable como discutible.
            El subtítulo, “correspondencia privada”, llama a engaño. No se trata de la edición de un epistolario, sino, como se indica en el prólogo, “de un trabajo de patchwork, de construcción y ordenación” de los recuerdos de Jaime Salinas “a partir de las cartas que durante más de cuarenta años escribió a Bergsson, el compañero de una vida”, a las que se añaden “noticias de prensa, fragmentos de entrevistas, informaciones provenientes de ensayos, libros de memorias, tesis doctorales, catálogos editoriales, etc”.
            Jaime Salinas, hijo de Pedro Salinas (y el dato no es meramente anecdótico), participó en las principales actividades editoriales de su tiempo y casi siempre en cargos directivos. Sin él, ni Seix Barral, ni Alianza Editorial, ni Alfaguara, ni la nueva Aguilar habrían sido lo que fueron. Sobre esas actividades ofrece una muy completa información este libro de Enric Bou, así como del paso de la Salinas por la Dirección General del Libro y Bibliotecas durante el primer gobierno de Felipe González.
            Pero Jaime Salinas, que siempre tuvo una relación de amor-odio con la literatura (la misma que mantuvo con su padre), ocupa también un lugar destacado en el campo de la autobiografía, aunque solo publicada un libro, Travesías, en el que da cuenta de sus primeros treinta años. La continuación a ese volumen no es, aunque pretenda serlo, Cuando editar era una fiesta, el patchwork tan minuciosamente elaborado por Enric Bou, sino su correspondencia con el escritor islandés Gudbergur Bergsson, que fue su amante intermitente y siempre su confidente y paño de lágrimas.
            Esas cartas –escritas semanalmente a lo largo de años-- constituyen una especie de diario en el que Salinas fue dejando constancia de su vida personal y profesional, libre de las ataduras a las que le sometía el medio en que se movía –los años finales de la dictadura, los de la ilusionada e incipiente democracia-- y también su tradicional buena educación.
            Cierto que lo más interesante de Cuando editar era una fiesta está en la correspondencia con Bergsson, pero Enric Bou la ha cortado, barajado cronológicamente (en la sección segunda, correspondiente a los años 1965-1976. Incluye por ejemplo cartas de 1980 y 1981), entremezclado con textos ajenos, o entrevistas del propio Salinas, de muy diversa intención.
            “No he censurado nada –dice--, sino que me he limitado a mantener el foco en el aspecto público sin suprimir la atención a lo privado, íntimo, aunque este segundo aspecto está mucho menos presente”.
            Está menos presente, pero es lo que añade morbo a este “libro Frankenstein”. Ciertas inclusiones resultan inexplicables, como las dos cartas, de 1974,  que se incluyen del destinatario de la correspondencia: “Una vez te pedí aliviar mi dolor, la última vez en Madrid, pero, en absoluta coherencia con un ser como tú, te negaste a hacerlo: te sentías el más fuerte y contento. A continuación de eso me echaste del país. Me llevaste a la oficina de Iberia y arreglaste, de acuerdo conmigo, los billetes de salida. Ya sabía que todo entre nosotros había terminado para siempre y tú lo sabías, tal vez momentáneamente, también”.
            Nada tienen que ver esas cartas, ni tantas otras, con la actividad editorial de Salinas, supuesto objeto del volumen.
            La correspondencia con Bergsson, que pronto parece ser solo un pretexto para que Salinas hable consigo mismo, constituye la segunda aportación de Jaime Salinas a la literatura española. Deberían editarse independientemente, sin intrusismos ni tropezones, como se editaron las de Pedro Salinas con tantos interlocutores (en algún caso, recordemos la correspondencia con Guillén están entre lo más perdurable de su obra en prosa).
            “¡Ese hombre conseguirá joderme hasta desde su tumba!”, llegará a escribir Jaime Salinas, a propósito de su padre, en 1964. Siempre se sintió un hijo malquerido, postergado ante Juan Marichal, su cuñado y el hijo que el poeta habría querido tener.
            Un personaje complejo Jaime Salinas, del que esta amañada autobiografía no nos ahorra exabruptos. Hablando de su esfuerzos para modernizar las bibliotecas españolas y de las resistencias que encuentra, escribe: “Lo de las bibliotecas es un hueso duro; las arpías de las bibliotecarias son las primeras en poner obstáculos ya que temen perder su parcela de poder. No me va a tocar más remedio que enfrentarme con ellas, y como todas son unas solteronas amargadas, con los coños entaponados con cemento, lesbianas frustradas, marimandonas y atravesadas, versiones de la Mona, pero sin su inteligencia, son capaces de quemarle a uno en la hoguera. Pero, en fin, habrá que arriesgarse. No me importaría pasar a la historia descuartizado por esas brujas”.
            En algún caso, Bou le permite al aludido defenderse. Es lo que hace con Luis Suñén, calificado de vago y de traidor a la amistad, que, a petición del editor, nos da su versión de la historia.
            El entrecruzamiento entre lo público y lo privado muestra también otros aspectos. En 1981 se presenta en Oviedo, y por todo lo alto, una nueva colección de Alfaguara: llegan a la ciudad los autores y una cohorte de periodistas, con todos los gastos pagados (alcohol sin limites incluidos), pero no por la editorial. “¡La Caja de Ahorros de Asturias lo paga todo!”, exclama Salinas en una de las cartas a Bergsson. Más adelante añadirá que lo consiguió sin ninguna dificultad gracias a Juan Cueto, “el Castellet asturiano”.
            Hay frases, no sabemos hasta que punto en broma, especialmente chocantes. En 1991, tiene que entrevistarse con “una tal Silka Bergman” que está escribiendo una tesis sobre Günter Grass en España. “No sé si contarle –le dice a Bergsson-- que violó a casi todo el personal femenino de Alfaguara”. Esas cosas entonces hacían gracia.
            De vez en cuando, sorprende algún chisme ajeno –los problemas matrimoniales entre Benet y Andreu a propósito de Calasso--, que quizá Bou podría habernos evitado, aunque pocos lamenten que no lo haya hecho.
            Atendo observador, las cartas de Jaime Salinas están llenas de curiosos detalles de buen observador. Comentando una exposición sobre Borges en la Biblioteca Nacional, escribe: “Estaba la viuda, la viudísima María Kodama, totalmente transformada. Esa mujer, que yo había conocido como una silenciosa sombra de Borges, vestida con abstinencia monjil, se ha convertido en una elegante dama, sutilmente coqueta”.
            La “correspondencia privada” de Jaime Salinas, sus cartas a Gudbergur Bergsson, merecen una edición exenta, constituyen la segunda aportación de Jaime Salinas a la literatura autobiográfica y no parece que su interés vaya a ser menor que el de la magistral Travesías.
           

viernes, 26 de junio de 2020

Un lector desatento: El Borges de Vargas Llosa


Medio siglo con Borges
Mario Vargas Llosa
Alfaguara. Madrid, 2020.

En el prólogo a El informe de Brodie escribió Borges: “Por increíble que parezca, hay escrupulosos que ejercen la policía de las pequeñas distracciones”. No quisiera ser incluido entre ellos, y por eso no me detendré en las pequeñas distracciones de Mario Vargas Llosa en esta recopilación: fechar en 1963 la entrevista inicial con Borges y mencionar dos veces esa fecha en el artículo conmemorativo “Borges en París” (fue en 1964 cuando invitó a Borges el Congreso por la Libertad de la Cultura –hoy sabemos que financiado por la CIA—y pasó dos meses en Europa) o llamar Ezequiel Martínez Estrella a Ezequiel Martínez Estrada (error en este caso de la editorial, que dejó hacer de las suyas al corrector automático).
            Más significativo resulta el hecho de que cite de memoria y equivocadamente una frase de Borges en la entrevista de 1964 y mantenga esa interpretación errónea durante medio siglo: “Desvarío empobrecedor el de querer escribir novelas –dice Vargas Llosa que escribió Borges--, el de querer explayar en quinientas páginas algo que se pude formular en una sola frase”. Pero lo que Borges escribió –en el prólogo a El jardín de los senderos que se bifurcan, luego incluido en Ficciones-- fue: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos”. No parece que se refiera expresamente a las novelas, sino en general a los libros extensos, que él no pudo o no quiso escribir (los suyos son siempre recopilación de trabajos breves, por lo general anticipados en la prensa). Continúa: “Más razonable, más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios”. Si la frase se refiriera a las novelas –muchas de menos de quinientas páginas, por cierto--, diría que habría preferido la escritura de cuentos.
            Aunque Vargas Llosa, en la pieza de más empeño del volumen “Las ficciones de Borges”, indique que lo relee cada cierto tiempo, “como quien cumple un rito” y que incluso, para preparar esa conferencia de 1987, releyó “de corrido toda su obra”, su conocimiento de la obra de Borges parece presentar importantes lagunas. La primera tiene que ver con su poesía, que conoce poco y que valora menos.
            Medio siglo con Borges comienza con un retrato en verso del escritor (es el único poema que conocemos de Vargas Llosa y no nos hace lamentar desconocer otros), en cuyos primeros versos puede leerse: “De la equivocación ultraísta / de su juventud / pasó a poeta criollista, / porteño, cursi, patriotero / y sentimental”.
            ¿Borges poeta cursi y patriotero? También a veces dormita Homero y no es Vargas Llosa el único escritor notable que carece de sensibilidad para la poesía, pero quizá debería abstenerse de hacer juicios sobre lo que le resulta ajeno.
            Menos comprensible resulta que este gran admirador de los relatos de Borges limite su conocimiento a los libros que le dieron la fama, en los que prevalece “el quehacer intelectual de razonar fantasías”. Ignora por completo El informe de Brodie, donde Borges, según señala en el prólogo,  intenta “la redacción de cuentos directos”. Cuentos realistas y tan impactantes como “La intrusa”, que nada tiene que ver con sus elaboradas fantasías sobre una presunta biblioteca que contenga todos los libros o sobre la lotería en Babilonia.
            El Borges de Vargas Llosa –“intelectual y abstracto”, “de una concisión matemática”, tal como se le veía en la Francia de Barthes y Foucault-- es solo una caricatura del Borges verdadero o una simplificación de los varios Borges que el escritor fue siendo a lo largo de una trayectoria literaria de más de sesenta años en la que no hubo decadencia: sus últimos libros están entre los mejores suyos.
Borges no fue capaz de escribir novelas, llega a afirmar Vargas Llosa, no porque el género no le interesara, sino porque en las novelas “se mezclan el intelecto y las pasiones, el conocimiento y el instinto, la sensación y la intuición, materia desigual y poliédrica que las ideas por sí solas no bastan para expresar”. Pero eso ocurre no solo en las novelas, sino en cualquier obra literaria que merezca la pena.
No era Borges puro intelecto, no estuvo al margen de las pasiones humanas. En uno de sus famosos prólogos, que Vargas Llosa parece no haber leído escribió: “El ejercicio de las letras es misterioso; lo que opinamos es efímero y opto por la tesis platónica de la Musa y no por la de Poe, que razonó, o fingió razonar, que la escritura de un poema es una operación de la inteligencia”.
El Borges humano, demasiado humano, aparece en un libro monumental que Vargas Llosa descubrirá con asombro cualquiera de estos días: Borges de Adolfo Bioy Casares. Las opiniones de Borges no le restan un ápice a su grandeza de escritor (él procuró que no interfirieran en su obra literaria), pero su rechazo de unas dictaduras y su defensa de otras o su racismo impiden que lo consideremos, como persona, ejemplar. Con incredulidad leemos algunas de sus opiniones, como la formulada el 12 de enero de 1963: “Los negros de los Estados Unidos son un problema real y no ficticio. Hay algo evidente en los negros que nos rechaza. Por eso los argentinos vemos a los brasileros como macacos”. Su interlocutor, Juan José Hernández, trata de razonar: “No hay ningún parecido entre los negros y los monos. Los labios abultados son propios del hombre; los monos no tienen labios, la boca es como un tajo”. Pero Borges no se da por vencido: “Todas esas diferencias que usted señala son contraproducentes. Son muy sospechosas. Usted las señala porque piensa que hay algún parecido entre negros y monos. No se pondría a enumerar las diferencias que hay entre negros y monos, entre la Venus de Milo y un mono”. Se habla luego de que hubo y ya no hay negros en Argentina. “Qué lástima”, exclama Hernández. Y Borges, al recordar esa exclamación, comenta después a Bioy: “Este muchacho es completamente idiota”.
No cabe duda de que Vargas Llosa, como eficaz divulgador, sabe llamar la atención sobre un libro –léanse sus páginas sobre Textos cautivos o Atlas--, pero como crítico literario resulta algo prejuicioso y sorprendentemente desatento. Basten dos muestras.
Afirma que la prosa literaria creada por Borges es una anomalía en un idioma, el español, “palabrero, abundante, pirotécnico, de una formidable expresividad emocional, pero, por lo mismo, conceptualmente impreciso”. Y eso explica que “un Valle-Inclán, un Alfonso Reyes, un Alejo Carpentier o un Camilo José Cela –para citar a cuatro magníficos prosistas-- sean tan numerosos (como decía Gabriel Ferrater) a la hora de escribir”. Unas líneas más abajo, sin embargo, nos indica que el propio Borges confesó “que debe a Alfonso Reyes, a su prosa, el haber aprendido a ser ‘claro y directo’, en vez del prosista enrevesado y barroco que es en sus primeros libros”.
En “Borges entre señoras”, comentando las notas seleccionadas en Textos cautivos, escribe: “No es raro que un elogio vaya acompañado de un mandoble letal, como en esta frase en la que, luego de alabar dos novelas de Lion Feuchtwanger –El judío Süss y La duquesa fea--, añade: “Son novelas históricas, pero nada tienen que ver con el laborioso arcaísmo y con el opresivo bric-à-brac que hace intolerable ese género”. Curioso “mandoble” –y nada menos que “letal”-- decir que sus novelas carecen de los defectos habituales en el género en que se incluyen.


viernes, 19 de junio de 2020

Femenino singular



Gavieras
Aurora Luque
Visor. Madrid, 2020.

El riesgo de tomar como punto de partida a la literatura clásica, a los manidos mitos griegos, es hacer arqueología, apolillado neoclasicismo; el riesgo de escribir poesía decididamente feminista, es hacer feminismo y no poesía.
            A Aurora Luque no le importa correr esos riesgos. En Gavieras nos encontramos con la olvidada diosa Anfítrite y con Eurídice, con Esquilo y con Safo, con Orfeo y Medusa; y apenas hay poema cuyo protagonista no sea una mujer: la exiliada republicana Isabel Oyarzábal en “Monólogo de Isabel sobre los rescoldos de su libertad”; una viajera de la antigüedad en “Itinerario de Poimenia”; la napolitana Eleonora Fonsesa en el estremecedor “Reppublica Partenopea”, sin olvidar “Carta a una joven poeta” o la versión “tuneada” –así la califica el título-- de una canción de Joaquín Sabina, con todas las referencia masculinas convertidas en nombre de mujer.
            En la poesía de Aurora Luque, hay un ética y una estética, ambas presentes en cada poema, hay una lección de vida y un gustoso paladeo de las palabras, un gozarse con su precisión y su brillo.
            Las palabras y el deseo son las dos alas que mueven a la poeta en “La condición aérea”, uno de tantos inolvidables poemas del libro. En otro, “Senderuelas”, “las palabras caminan, / andan, vagabundean y desandan” y no hay magia igual ni tan seductora “como ese caminar de las palabras, / portadoras de luz, amigas fieles, / pasajeras y libres”.
            A las palabras y al deseo se añade el viaje, como tercer motor del libro: el viaje por mar o por aire (“Vivir: escoger rumbos en el aire”) o la simple errabundia ciudadana. El “Decálogo de la flâneuse” le da la vuelta al tópico baudelairiano y es la mujer la que pasea y observa la ciudad, no el convencional objeto de deseo del paseante. El decálogo en prosa tiene algo de catálogo de buenas intenciones, bordea el riesgo de la prédica antimóvil o anticonsumo, pero acierta casi siempre a evitarlo con la gracia expresiva: “Descubrir el placer de no comprar. Tres excepciones: zapatos de andariega con su nube interior. Un libro de flâneuse  para leer en bancos, terrazas, céspedes o pretiles. Santificarás el sol sobre las páginas bendecidas y abiertas. Y la moneda para el músico y la música que embellecen las calles. ¿Son los nuevos altares? ¿Oyes cómo esa música te facilita claves de vuelo figurado sobre las palmeras?”
            “Deambulares” se titula precisamente la primera parte –la más extensa—de Gavieras. “De la agenda del duelo”, la segunda. “Envejecer, morir / es el único argumento de la obra” decía Gil de Biedma y Aura Luque lo va descubriendo en este libro en el que el “carpe diem” horaciano (que ella convirtió en “carpe noctem”) sigue presente, pero cada vez más asediado por las sombras.
            Hay en “De la agenda del duelo” algún convencional poema de circunstancias –“Machadiana”, por ejemplo--, pero también algunos de los mejores momentos del libro, como el homenaje a la música, tan presente en toda la poesía de Aurora Luque, que encontramos en “Partículas del don de la ebriedad”: “La música andariega, / con sus alas plegadas en la espalda, / descalza junto a ti la vida toda, / harapienta, coronada de rosas, compañera”.
            Personal & político se titula el libro anterior de Aurora Luque. Lo personal y lo político se entreveran en toda su obra. En Gavieras, un poema, “Rumbo al Este” puede comenzar con una diatriba contra Donald Trump y continuar escuchando en Radio Clásica a Maja Vasiljevic hablar sobre el tanbur, “un instrumento clásico otomano que por la procedencia de sus maderas simboliza un amplio abrazo fraternal”. El actual problema de los refugiados lo enfoca desde una poco conocida obra de Esquilo, Las refugiadas: “De todas las desgracias / elegimos al menos la más noble, / la de huir libremente”.
            No niega Aurora Luque en este libro de madurez ni las sombras del mundo ni las que van creciendo y oscureciendo el horizonte vital de cualquier vida, pero todavía pueden más la invitación al viaje, el canto al goce de vivir, al paladeo del instante. Lo que la poesía le dijo a ella en el poema “Aproar” nos lo dice ella a nosotros: “Túmbate y mira al cielo. / Vuelve al ciclo del huerto, / vuelve al mar mitológico. / Da la espalda al vecino vertedero / de datos, ruido y prosa”. Al comienzo de “Lenguajes vegetales de mi país vaciado” –otro de los poemas inolvidables del libro-- formula una pregunta con respuesta incluida: “¿Nos vamos a negar a las flautas de junio?”
            Los poemas de Gavieras traducen “esa gracia del mundo / que es aullido y sonrisa”. Lo hacen en femenino, singular y plural, pero hablan a todos, nos interpelan directamente a cada lector.
           
           

viernes, 12 de junio de 2020

Burlas y veras


La lengua suelta
Fermín Gabor
Edición de Antonio José Ponte
Sevilla. Renacimiento, 2020.

Alabada un tiempo, ferozmente denostada desde hace tiempo, de lo que nadie duda es de que la revolución cubana convirtió a un pequeño país del Caribe en uno de los protagonistas del siglo XX. Hizo también algo más: lo convirtió en un muy frecuentado género literario.
            Entre 2001 y 2010, un apócrifo Fermín Gabor publicó en la revista digital La Habana elegante una serie de crónicas sobre presentaciones de libros, ferias literarias, mesas redondas, concesiones de premios literarios y otros asuntos que ocupan fugaz y mínimamente las páginas culturales de los periódicos.
¿Le interesaría a algún editor reunirlas en volumen –un volumen de más de setecientas páginas-- si no trataran de Cuba? ¿Le interesarían a alguien las minucias de la vida cultural chilena o peruana de hace una década? Seguro que no. Pero Cuba, ya dije, es un género literario con reglas propias, una utopía que pronto se convirtió en distopía y que nos sigue fascinando. 
            No tardó en saberse en Cuba quién estaba detrás de Fermín Gabor: Antonio José Ponte, poeta, narrador y sobre todo uno de los más inteligentes ensayistas de hoy. En La lengua suelta se suelta verdaderamente la lengua y escribe con un desparpajo que impide a estas páginas, en principio ocasionales, envejecer.
            Varios de los escritores de los que se habla en el libro son conocidos, y en algunos casos muy leídos, fuera de Cuba --Lezama Lima, Cintio Vitier, Leonardo Padura, Antón Arrufat--, pero a la mayoría de ellos ni siquiera los habíamos oído nombrar ni probablemente volvamos a oír hablar de ellos fuera de este libro. Importa poco. El talento satírico de Antonio José Ponte hace que funcionen como personajes de novela. Y eso es lo que es La lengua suelta: una novela colectiva, una comedia humana de los años en que Fidel Castro deja finalmente el poder y algo cambia para que todo siga igual.
            Antonio José Ponte –transmutado en Fermín Gabor--  no hace crítica literaria, aunque trate sobre todo de escritores. Lo mismo da que hable de un hilarante fantoche como Rufo Caballero que de un exitoso autor, premio Princesa de Asturias, como Leonardo Padura. Las novelas policiales de este último serían “mortalmente aburridas”: “Menos policiales que de horror, la sombra del censor y sus tijeras atraviesa sus páginas. Y en lugar del manual de autoayuda, Padura parece haber dado con la fórmula del manual de autocastigo”.
Lo que le reprocha al creador del detective Mario Conde es su habilidad para desarrollar una actividad literaria de interés desde dentro de Cuba. Su reproche a El hombre que amaba a los perros nada tiene que ver con la calidad literaria de la novela, sino con el hecho de que en las cerca de seiscientas páginas dedicadas al asesino de Trosky no llegue a preguntarse “qué hacía Mercader pasando su vejez en La Habana”.
            El anticastrismo razonadamente visceral de Antonio José Ponte podía haber convertido estas páginas en un aburrido panfleto. Las salva el afilado sentido del humos de su heterónimo, capaz de destrozar un libro con cuatro citas bien hechas o de convertir el acontecimiento más aburrido del mundo –una feria literaria, una mesa redonda—en un entretenido espectáculo de marionetas.
            Las crónicas de Fernando Gabor –escritas en Cuba hasta 2007 y luego viendo los toros desde la barrera del exilio--  se completan con un nutrido diccionario, más de doscientas páginas, que Ponte firma ya sin máscara. En algunos casos, se nos informa de lo que ha ocurrido con los personajes y personajillos que aparecen en las crónicas; en otros añaden datos autobiográficos y valen como textos independientes. Se nos narra así un encuentro con Manuel Díaz Martínez en una playa de Gran Canaria o las razones de su enfrentamiento con Antón Arrufat, a quien Gabor alude siempre despectivamente y valorando en poco su obra literaria. En una reunión de escritores, cuando alguien mencionó el caso de María Elena Cruz Varela, cuya casa fue asaltada y ella encarcelada, Arrufat sonrió y dijo: “Ay, pero si salió rosada y gordita de la cárcel…”. La reacción de Ponte fue abandonar de inmediato la casa y no tener más trato con un Arrufat cuya “catadura moral” quedaba al descubierto. Lo que en realidad parece no perdonarle es que, tras haber sido víctima en la época del caso Padilla, se haya reconciliado con los herederos de sus verdugos y aceptado premios y reconocimientos oficiales.
            La crítica de Antonio José Ponte es política y moral (y discutible a ratos en lo estrictamente literario); la escritura de Fernando Gabor, desenfadadamente imaginativa y burlona y eso es lo que salva a La lengua suelta  de ser una diatriba más contra un régimen que parece capaz de sobrevivir a todos sus enterradores.


viernes, 5 de junio de 2020

Apuntes de clase

Borges profesor
Curso de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires
Edición de Martín Arias y Martín Hadis.
Lumen. Barcelona, 2020.

La llamada “revolución libertadora”, que acabó con la dictadura de Perón en 1955 para instaurar otra “cívico-militar”, tuvo en Jorge Luis Borges uno de sus principales valedores. Entre los beneficios que ese apoyo le reportó están la dirección de la Biblioteca Nacional y una cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires. Borges, que carecía de títulos oficiales (no había terminado el bachillerato) explica así las circunstancias de su nombramiento: “Los demás candidatos habían enviado cuidadosas listas de sus traducciones, sus publicaciones académicas, sus conferencias y otros logros. Yo me limité a la siguiente oración: ‘Sin saberlo, me he venido preparando para este cargo a lo largo de toda mi vida’ Mi llana exposición fue exitosa. Fui contratado y pasé diez o doce años felices en la Universidad”.
            Gracias a la minuciosa reconstrucción filológica de Martín Arias y Martín Hadis tenemos la ocasión de asistir a las clases de Borges en el trimestre que abarca de octubre a diciembre de 1966.
Nos imaginamos el asombro de los alumnos oficiales (poco a poco fueron asistiendo también, como simples oyentes, muchos admiradores) ante aquel raro profesor. Algunos decidieron grabar las clases y luego transcribirlas. Se han perdido las cintas, que probablemente fueron regrabadas, pero se han conservado las transcripciones y otros apuntes. Que no eran muy duchos esos alumnos ni entendían muy bien la dicción de Borges nos lo indica, como señalan los editores, que la mayoría de los nombres propios resultaban irreconocibles y muchas citas aparecían grotescamente deformadas, Baste un ejemplo. “Walt Whitman, un cojo, hijo de Manhattan”, se leía. El texto original, en Hojas de hierba, no dice “un cojo”, sino “un cosmos”.
            Las veinticinco lecciones de este curso de literatura inglesa ocupan más de cuatrocientas páginas y constituyen, sin duda, la obra más extensa de Jorge Luis Borges. Muy probablemente, él no habría autorizado su edición, pero los admiradores del escritor estamos de enhorabuena. Como lo estuvieron sus alumnos de entonces, aunque el nombramiento tuviera mucho de cacicada para premiar favores políticos. Hablando de sus tiempos de profesor, declaró en una entrevista de 1979: “Siempre les aconsejé a mis estudiantes: si un libro les aburre, déjenlo; no lo lean porque es famoso, no lo lean porque es moderno, no lo lean porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo, aunque ese libro sea el Paraíso perdido o el Quijote”.
            Borges dictaba sus clases sin ningún tipo de apuntes, citaba siempre de memoria (ya para entonces era ciego). Admira su erudición, la cantidad de datos y de textos que maneja;  no sorprende que a veces se equivoque en una fecha o cite mal. Los editores señalan esos errores en nota, pero han tenido el acierto de no corregir las citas: nos permiten así el placer de ver cómo la memoria de Borges mejora a veces unos versos ajenos.
            Al Borges profesor le gustan las etimologías, sobre todo las que tienen que ver con el inglés antiguo; las anécdotas biográficas; convertir en un cuento, en ocasiones muy borgiano, el argumento de las obras literarias.
            De vez en cuando se permite alguna broma, ciertas digresiones. Se burla de Paul Valery, quien al parecer preparaba borradores falsos de sus poemas para poder venderlos cuando necesitaba dinero. Nos habla de Truman Capote y de A sangre fría para contraponer su procedimiento de escritura al de Shakespeare: “Coleridge pensó que Shakespeare no había observado a los hombres, que no había condescendido a esa baja tarea de espionaje, o de periodismo”.
            Shakespeare, por cierto, es mencionado acá y allá, pero no se le dedica ninguna lección: Borges salta de la Edad Media al siglo XVIII.
           El índice temático y cronológico de las clases, con su subtítulos explicativos --aunque un tanto escondido y sin paginar--, facilita el manejo del volumen: cada lector podrá encontrar con facilidad la lección que le interesara especialmente (no faltará quien piense que Borges se deja llevar en exceso de su pasión por la literatura anglosajona).
           El título del libro resulta inadecuado: Borges profesor no es un estudio de la labor profesoral de Borges (aunque se refiera a ella uno de los prólogos). Como autor debería figurar Jorge Luis Borges y como título Curso de literatura inglesa. No es el único caso de un curso transcrito a partir de las notas de los alumnos, recordemos a Ferdinand de Saussure y su célebre Curso de lingüística general.
            Hay unos pocos escritores de los que no desdeñamos ni el más mínimo escrito ocasional. Borges es uno de ellos. El Borges mayor está en otra parte, ciertamente. Pero en este Borges hablado y profesoral quedan suficientes muestras de su perspicacia lectora y de su inteligencia como para que no convenga perdérselo.