jueves, 5 de octubre de 2023

El diario de los intelectuales

 

 

 

La vida por un periódico. 
Nicolás María de Urgoiti (1869-1951) y El Sol.
Sofía González Gómez
Visor. Madrid, 2023.

Entre 1917 y 1930, el diario El Sol (continuaría hasta 1939, pero ya en otras manos y con otra orientación) supuso un hito en el periodismo español y quizá en el periodismo a secas. Era un periódico donde la colaboración de los intelectuales suponía algo más que un complemento de la información periodística. Constituía la razón de ser de la publicación. Esa aventura prodigiosa tuvo dos pilotos: uno, bien conocido, Ortega y Gasset; el otro, el empresario Nicolás María de Urgoiti, que siempre quiso ser algo más que un empresario.

            A Urgoiti y a su principal creación, pero no la única (a él se le debe también la colección Universal, antecedente de la Austral), dedicó Sofía González Gómez su tesis doctoral, compendiada en La vida por un periódico. Manejando abundante documentación inédita, nos refiere no solo la trayectoria empresarial de Urgoiti, sino también su tragedia personal, la enfermedad mental que le llevó a pasar largas temporadas recluido en un sanatorio (años incluso) y finalmente al suicidio. Nos enteramos igualmente de la intrahistoria de El Sol, un diario que, fiel al elitismo orteguiano, distinguía entre el “olimpo”, el selecto equipo de colaboradores, y los redactores, mal pagados y poco valorados. La opinión de entonces –se afirma citando a Gómez Aparicio-- era que “al oficio de periodista se dedicaban las personas que no habían conseguido superar unas oposiciones, no querían estudiar o no habían logrado ingresar en alguna academia militar”. Esa distinta valoración entre quienes hacían el periódico y quienes lo orientaban ideológicamente tenía su correspondencia en el plano económico: por tres artículos publicados durante noviembre de 1922, Ortega cobraba 823 pesetas, mientras que el sueldo mensual de la mayoría de los redactores apenas superaba las 300. Uno de esos redactores fue el después conocido escritor Ramon J. Sender, quien traslada su paso por El Sol a la novela autobiográfica O. P. (Orden Público) y también se queja directamente al empresario en una carta inédita citada por Sofía González Gómez.

            Para conocer lo que fue El Sol contamos con un documento excepcional. Con motivo de la exposición internacional sobre periodismo celebrada en Colonia en 1928, se imprimió en formato libro el número de 12 páginas –había otros de 8 páginas-- correspondiente al 1 de julio de ese año. En libro, esas doce páginas ocupan más de trescientas y el tiempo transcurrido desde entonces no ha hecho más que acrecentar su interés, contra lo que pudiera pensarse. Ahí están los grandes de la literatura y el pensamiento de entonces –de Ortega a Gómez de la Serna, pasando por H. G. Wells--, pero lo que más nos interesa no es la plana de artículos o de reseñas de libros, sino las dedicadas a la información de provincia o los breves dispersos por las distintas páginas. Para conocer lo que era la vida de España entonces vale más esa múltiple crónica de un día que cualquier novela o monografía histórica. “Su aterradora soledad la lleva al suicidio” se titula una noticia procedente de Ronda. Qué nivola unamuniana compendian esas diez líneas sobre la “agraciada joven de veinte años Ana Luque Rodríguez” que se arrojó al Tajo “desde el balcón central de la Alameda”. Otra información breve, dedicada al Ateneo obrero de El Llano, comienza destacando “la labor humilde, callada, perseverante, de los Ateneos y centros de cultura asturianos”.

                Valdría la pena reeditar ese volumen, que permite una lectura muy distinta de la que puede hacerse del diario digitalizado o de los ejemplares físicos, de incómodo manejo. Se complementa con diverso material traducido al francés, al inglés y al alemán, dado el público al que se destinaba: “Breve semblanza de El Sol”, “El Sol, página por página” y “Los talleres de El Sol”, además de un listado de los redactores y colaboradores.

                Aunque lo cita, no parece haber leído con mucha atención ese libro Sofía González Gómez. De haberlo hecho, no podría afirmar que, a finales de 1927, El Sol mostraba su simpatía por el partido Unión Patriótica de Primo de Rivera. En la “breve semblanza” queda clara su postura sobre la dictadura: la apoyó en un principio en su labor regeneracionista, pero luego, cuando el nuevo régimen “creyó que debía prolongar su mando y mantener el colapso de la vida constitucional”, se colocó frente a él y “desde entonces es, y seguirá siendo, su más firme adversario”.

                No es el único lapsus que encontramos en esta monografía, a pesar de ser un trabajo académico, subvencionado y supervisado. En la página 20 nos dice que la tercera guerra carlista “tuvo lugar en 1877” (fue entre 1872 y 1876). En la página 95 afirma que Enrique Díez -Canedo pasó a ocuparse de la sección “Charlas al sol”. Pero esa famosa sección, que firmaba Heliófilo, estaba a cargo de Félix Lorenzo, director del diario durante largos años.  Una nota añade confusión, al remitir a un libro de “Luis Bello González Soriano” (en realidad José Miguel González Soriano) sobre la producción periodística de Luis Bello.

                Se ha hablado mucho de una obra de André Schiffrin, La edición sin editores, sobre la desaparición de la figura del director literario en los grandes conglomerados editoriales, atentos solo al rendimiento comercial. Se ha hablado menos, o no se ha hablado nada, de otro fenómeno quizá más preocupante: la desaparición del supervisor que garantice la fiabilidad de las publicaciones científicas, al menos en el ámbito humanístico. El libro de Sofía González Gómez viene avalado por la Universidad de Berna y aparece en una colección con un prestigioso comité asesor. Sería interesante que se hiciera constar qué miembros de ese comité han leído previamente el volumen  --¿Víctor García de la Concha?, ¿Luis García Montero?, ¿José-Carlos Mainer?, ¿Darío Villanueva?-- y se responsabilizan, por lo tanto, de la fiabilidad del contenido.

jueves, 28 de septiembre de 2023

Crónica y ficción entremezcladas

 

 

El querido hermano
Joaquín Pérez Azaústre
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2023.

Para contar la vida de Manuel Machado durante la guerra civil, que pasó en Burgos, Joaquín Pérez Azaústre, premiado poeta, podía haber escrito una crónica, un relato de los hechos a partir de los diversos testimonios conocidos, y sobre todo de la minuciosa investigación llevada a cabo por Miguel d’Ors, o una novela basada en hechos reales. Ha mezclado ambas opciones y al resultado se le notan demasiado las costuras, es una mayonesa que no acaba de cuajar. Comienza cuando Manuel Machado se entera casualmente de la muerte de su hermano en Francia, termina con los dos días que pasó en Colliure. En medio, están los principales acontecimientos de la estancia en Burgos –la denuncia de un periodista, la detención, el ingreso en la Academia de la Lengua--, entremezclados con evocaciones de su vida anterior, sobre todo la estancia juvenil en París, y los encuentros familiares con Antonio.

            El autobiográfico discurso de entrada en la Academia, que tuvo lugar en 1938, le sirve de guion a Pérez Azaústre para varios capítulos. Comienza con un tono reivindicativo afirmando que “si una parte de quienes han condenado a Manuel Machado se hubieran molestado en leerlo con agudeza, quizá sus juicios serían otros”. Critica que se disculpe en Antonio lo que se reprocha a Manuel, “el conocimiento de los crímenes de su propio bando en la retaguardia o la escritura de poemas bélicos, en una exaltación de la violencia y la sangre”. Continúa preguntándose “qué tipo de superioridad íntima convierte a ciertos estudiosos y escritores en valerosos guardianes de la moral pública cuando ha pasado el peligro”. Ignora que el reproche por su comportamiento durante la guerra ha afectado tanto a Manuel como a Antonio, y ahí está la última biografía que a este último le ha dedicado Enrique Baltanás para demostrarlo.

            Disuena el tono de articulista de opinión que asoma acá y allá en El querido hermano. No se corresponde la paráfrasis que hace Manuel Machado del discurso con afirmaciones reivindicativas. Nada hay de especial valentía en leer sus autorretratos, bien conocidos, ni en mencionar a Antonio, por muy destacado militante del otro bando que fuera (recordemos que en fecha tan temprana como 1940 se reeditan sus Poesía completas en la España nacional). Nada descubre de nuevo, a pesar de que insiste en ello, Pérez Azaústre, pero comete algún error. Afirma Machado, tras referirse a que en un principio pensó en hacer un discurso en verso como Zorrilla, que en seguida se dio cuenta de que “la tarea de enfilar al pie de siete u ocho cientos de versos de una vez –quizá no he escrito otros tantos en mi vida—no era para mí”. Pérez Azaústre lo reduce a “siete u ocho versos de una vez” y por eso cree que se trata de una excusa, ya que “podría escribir su vida en copla casi sin despeinarse, con un pitillo en la mano, mientras se bebe seis cañas de manzanilla”.

            Afirma también, ante la excusa del poeta de que no tenía consigo sus libros, que, “como director de la Biblioteca y Museo de Madrid, aunque lleve dos años sin poder ejercer, es evidente que Manuel Machado está al tanto de la existencia de la Biblioteca Pública del Estado, en Burgos, que tiene su sede en la Casa del Consulado del Mar, en el Paseo del Espolón”. ¿Pero hace falta ser director de una biblioteca en Madrid para saber que hay otra biblioteca pública en Burgos, como en todas las capitales de provincia?

            Hablando de Oscar Wilde, a quien conocieron los hermanos Machado en París, nos aclara que, por esas fechas, “aún no sabe, porque es imposible, que su hijo mayor, Cyril –de apellido Holand desde que la condena a su padre por ultraje a la moral pública se cernió sobre su nombre-- morirá bajo el recuerdo de ese oprobio, y que también lo hará, como él, sobre suelo francés, en la Gran Guerra”. La Gran Guerra comenzó en el 14 y Wilde murió en 1900. “Aún no sabe” escribe Pérez Azaústre, dando a entender que lo sabría más tarde porque en ese momento “es imposible”. No escasean esas ingenuidades o torpezas expresivas en el libro, que habría necesitado una rigurosa revisión.

            Pero más discutible que la parte de crónica es lo que en el libro hay de ficción. Un periodista quiere entrevistar a Manuel Machado, este se niega, y como el periodista insiste, Raúl, el falangista que acompaña al poeta, le pide que se aparte. El periodista no lo hace. Y entonces, “en un movimiento velocísimo, Raúl mete la mano por la apertura de la gabardina hasta agarrarle los testículos”, luego se acerca más y le dice al oído. “O te arranco los huevos, hijo de puta”. ¿Era un exhibicionista que no llevaba pantalones?, nos preguntamos. ¿No podía simplemente haberle dado un empujón?

            Pero más sorprendentes son las palabras que pone en boca del poeta a propósito de Pilar de Valderrama: “siempre me pareció una calientabraguetas”, “ni siquiera se dejaba meter mano”. Y a continuación le cuenta al joven falangista las confidencias que le hizo Antonio: “como esta Pilar era una estrecha, él no había dejado de frecuentar los burdeles. Imagina su sorpresa cuando un día se encuentra con una muchacha que es el vivo retrato de su esposa muerta”. Y aventura la hipótesis de que muchos de los poemas aparentemente dedicados a Guiomar está dedicados a esa joven prostituta que se parecía a Leonor. Esa más que discutible anécdota la cuenta Alfredo Marqueríe en sus memorias. Pérez Azaústre, caso de utilizarla, podía ponerla en boca de cualquier personaje, pero nunca en la de Manuel Machado.

             Para que nos creamos una historia tenemos que confiar en el narrador. En Pérez Azaústre confiamos poco, tanto cuando se pone rebuscadamente poético como cuando incurre en el toque realista: un falangista (el falangista “malo”, Raúl es el bueno) se abalanza sobre Manuel Machado, “completamente borracho” tras el discurso de ingreso en la Academia, para darle una paliza.

            En el capítulo penúltimo, titulado “El aviador francés”, asistimos a un cameo de Antoine de Saint-Exupéry. Pregunta a Manuel Machado y su acompañante cómo van las cosas en España y se sorprende –es febrero de 1939-- cuando le dicen que la República tiene perdida la guerra. ¿Pero es que no había periódicos en Francia o el autor de El principito no tenía la costumbre de leerlos? Cosas así nos impiden tomar del todo en serio este bien intencionado homenaje al mayor de los Machado.



martes, 19 de septiembre de 2023

Crimen en el paraíso

 

 

El problema final
Arturo Pérez-Reverte
Alfaguara. Madrid, 2023.
 

Como en las dos novelas de Cervantes protagonizadas por don Quijote –tradicional y erróneamente consideradas como partes de una única novela-- o en la serie de relatos que Conan Doyle dedicó a Sherlock Holmes, es el diálogo entre dos personajes lo que más interesa en El problema final, el brillante, y finalmente frustrado, homenaje que Arturo Pérez-Reverte ha querido dedicar a la novela policíaca que estuvo de moda en los años treinta, la novela-problema que planteaba un reto al lector, un enigma que debía resolver en competencia con el el detective. Se trata de un género, o subgénero, más intelectual que visceral (de ahí la fascinación de Jorge Luis Borges) que arrumbarían en los cuarenta los Dashiell Hammett y los Raymond Chandler para sustituirlo por el que hoy prolifera, gore y denuncia de la corrupción policial y política, de la pervivencia del heteropatriarcado y de otras lacras. Agatha Christie y sus émulos de entonces –Dickson Carr, Ellery Queen, Dorothy L. Sayers--  se han refugiado en el cine y en las series de televisión. Ahí están para demostrarlo las varias temporadas de Crimen en el paraíso, siempre con la aclaración final del misterio (a menudo un asesinato en una habitación cerrada o cualquier otra imposibilidad) en una reunión del extravagante detective con todos los sospechosos, o Misterio en Venecia, la más reciente –y la más memorable-- encarnación de Hércules Poirot por parte de Kenneth Branagh, donde el referente es menos Agatha Christie que Henry James.

            Pérez-Reverte comienza de sugerente manera su homenaje a la literatura de otro tiempo: “En junio de 1960 viajé a Génova para comprar un sombrero. Había adquirido esa costumbre cuando rodaba películas en Italia: pasar unos días en el Grand Hotel Savoia y comprar un Borsalino de fieltro o panamá, según la época del año, en Luciana de la vía Luccoli”. Atractivo resulta el narrador en primera persona--un viejo actor inspirado en Basil Rathbone, el más famoso intérprete de Sherlock antes de que apareciera Benedict Cumberbatch-- en esas primeras páginas, pero en la mayor parte de la novela podía, y quizá debería, haber sido sustituido por una tercera persona. La novela tiene mucho de teatral o de guion para una adaptación cinematográfica. Los exteriores son pocos, pero muy visualmente atractivos, como en las películas basadas en la serie protagonizada por Tom Ripley: la Génova del prólogo, la villa junto al lago de Garda del epílogo y la isla griega frente a Corfú en que transcurre la mayor parte de la acción, “bellísima, un minúsculo paraíso de olivos, cedros, cipreses y buganvillas, con el embarcadero en forma de espigón bajo las ruinas de un antiguo fuerte veneciano, una colina espesamente arbolada que conservaba arriba los restos de un templo griego” y, en una concavidad protegida de todos los vientos, el hotel en el que durante unos días un inesperado temporal aísla a los personajes.

            Hace un esfuerzo el autor por abandonar su tono bronco característico (la única maldición que se permite el protagonista es un reiterado “Por Júpiter”) y ofrecernos un relato amable, como de sobremesa, un cosy crimen, en el que abundan las referencias literarias y cinematográficas. La verosimilitud no parece preocuparle demasiado y quien tenga la paciencia de seguir hasta el final, se sonreirá al comprobar que una suplantación se descubre porque un personaje era alérgico a la fruta y en el cadáver tenía “los incisivos manchados de un leve tono violáceo”, rastro de un postre de moras que había comido a mediodía. Como el asesinato ocurrió a media noche, hay que deducir que la adinerada y educada viajera inglesa no tenía la costumbre de lavarse los dientes. Tampoco existían entonces –años sesenta—las huellas dactilares y se podía conseguir pasaporte a nombre de otra persona con tal de que en la fotografía uno se pareciera a ella.

            ¿Minucias? Si uno acepta las reglas del juego, no estropean el entretenimiento. Pero –ya lo dijo Borges, el inevitable Borges-- utilizar más de trescientas páginas para resolver un acertijo resulta excederse un poco. Por eso, “el género policial se presta menos a la novela que al cuento breve; Chesterton y Poe, su inventor, prefirieron siempre el segundo”. Y cuentos, o novelas cortas, llenan las páginas del Mystery Magazine, la revista en que Francisco Foxá, que aspira a ser el equivalente de Watson en El problema final, publicó su única obra traducida al inglés.

            Para que nos interese una novela, hace falta algo más que una serie de asesinatos aparentemente imposibles. Para que los personajes no sean piezas de un mero juego o mecanismo hace falta mostrarlos humanos y creíbles, como hizo el pionero Wilkie Collins en La piedra luna. Los de Pérez-Reverte, salvo el viejo actor y el novelista de quiosco (un homenaje a los José Mallorquí y Marcial Lafuente Estefanía), nos interesan poco.

            Por otra parte, en Pérez-Reverte el relleno para llegar al número mínimo de páginas que exige el mercado editorial se nota demasiado, como en los antiguos folletinistas que cobraban por líneas. Baste un ejemplo: “Pedí a Evangelina que me sirviera el café en la terraza, dejé la servilleta, me puse de pie y crucé el comedor en dirección a la puerta vidriera”. ¿Hace falta decir que, cuando uno se levanta después de comer, deja la servilleta?

            Entre los crímenes –tres muertos en unos pocos días, la mitad de los huéspedes en un hotel aislado-- y la sorpresa final hay una elipsis de tres meses: los que transcurren entre el penúltimo y el último capítulo. ¿Por qué el narrador deja de contar lo que pasó en ese tiempo? ¿Por qué reanuda la escritura tres meses después? El autor ni siquiera intenta justificarlo. Simplemente lo necesita para aumentar la sorpresa: en ese tiempo, el narrador que se toma vacaciones ha ido averiguando datos, que se ocultan al lector, y que luego va a irnos revelando en la traca final.

            Metanovela más que novela es El problema final. Los fanáticos de Sherlock Holmes, en el libro y en el cine, disfrutarán con este bien documentado homenaje y pasarán por alto las inverosimilitudes de la historia, o sonreirán ante ellas. No es la menor que de seis personas que el azar reúne en un hotel, la mitad se sepan de memoria no solo amplias citas de los relatos de Holmes, sino también de los diálogos de sus películas (y en una época en que no era fácil ver las películas más de una vez e imposible revisarlas en casa, como sin duda hizo el autor). Quienes no sientan excesiva nostalgia del “elemental, querido Watson” de su adolescencia y quieran distraerse con una historia adictiva e intrascendente, mejor harán recurriendo a la televisión o yendo al cine a ver Misterio en Venecia.



           

 

jueves, 14 de septiembre de 2023

Borges, Guillermo de Torre: Vidas paralelas

 

El orden del azar.
Guillermo de Torre entre los Borges
Domingo Ródenas de Moya
Anagrama. Barcelona, 2023.

Domingo Ródenas ha escrito un libro para reivindicar la figura de Guillermo de Torre que es, a la vez, una minuciosa crónica de lo mejor de la cultura española en los años veinte y treinta del pasado siglo; también de la labor del exilio republicano español en Argentina. A la reivindicación de un olvidado, se añade un intento de desmitificación del nada olvidado, del siempre presente, Jorge Luis Borges, cuya categoría humana no estaría a la altura de su genio literario.

            El joven Borges fue compañero de Guillermo de Torre en la aventura ultraísta; luego sería su cuñado, y durante unos años vivieron bajo el mismo techo. Nunca se llevaron demasiado bien. Hay una historia de rivalidades y celos en esa relación, que Domingo Ródenas nos cuenta quizá no con demasiada imparcialidad.

            El orden del azar, subtitulado muy precisamente “Guillermo de Torre entre los Borges”, es una obra fundamental para conocer la historia de las vanguardias, el esplendor de la Edad de Plata, la creación de la colección Austral y de la editorial Losada, tan decisivas para la difusión de la mejor literatura a partir de los años cuarenta.

Y está llena de esas pequeñas anécdotas, grotescas unas, divertidas otras, ilustrativas casi siempre, que llenan de verdad la historia literaria.

            Y dicho esto, que es lo principal, señalaré algunos lapsus, como suelo hacer en estas notas de lectura que, contra lo que suele ser común en las reseñas, no forman parte de la promoción editorial, no son publicidad por otros medios. El primero tiene que ver con la “edición” –en el sentido inglés-- del texto. Consta la investigación de dos partes. La más extensa termina con la instalación definitiva de Guillermo de Torre en Argentina. De 529 páginas, ocupa unas 450 por lo que la segunda parte, los años argentinos del crítico y editor hasta su muerte en 1971, podría considerarse casi como un apéndice. Pero Domingo Ródenas no la coloca al final, siguiendo el orden cronológico, sino que va alternando los capítulos de una y otra sección, como en la manida fórmula utilizada por tantos novelistas rutinariamente innovadores. Ese vaivén, que no añade nada, cansa pronto y yo aconsejaría leer seguida la minuciosa crónica de los días españoles y europeos, y hacer lo mismo con las páginas del exilio, escritas en un tono distinto, en tercera persona, pero adoptando el punto de vista de un cansado Guillermo de Torre que teme que, al contrario que la de su cuñado, su figura se borraría rápidamente tras la muerte.

            Otro reparo tiene que ver con la falta de referencia de las citas. Cierto que así se agiliza la lectura, que se le quita el aspecto de trabajo académico. Pero el lector que tenga curiosidad por conocer “los versos afligidos que Borges garrapateaba en un cuaderno” allá por 1940, y que Guillermo de Torre parafrasea minuciosamente en las página 504-50,5 no tendrá manera de encontrarlos. Tampoco podemos ver en su contexto los comentarios homófobos de Claudio Guillén a propósito del libro En España con Federico García Lorca, de Carlos Morla Lynch, que a su juicio “tiene un tufillo (un tufazo) tan carca y afeminado que no hay quien lo aguante”.

            Tenemos que creer bajo palabra, como si de un novelista se tratara, lo que Domingo Ródenas nos cuenta. Pero, acá y allá, ciertos deslices nos hacen poner en duda su credibilidad. Afirma, por ejemplo, que “las dimisiones de ministros abocaron a Primo de Rivera a presentar su renuncia el 28 de enero”. Pero no hubo tales dimisiones de ministros durante la dictadura: Primo dimitió tras publicar una nota oficiosa en la que pedía a los Capitanes Generales que confirmaran o no su apoyo. Tampoco es cierta la “autoproclamación” de Hitler como canciller en 1933: se le proclamó de acuerdo con la legalidad vigente en la república de Weimar, otra cosa es lo que él haría después con esa legalidad. Y pasando de la gran historia a la pequeña historia, el primer libro de José Ferrater Mora, Cóctel de verdad, no lleva prólogo de Jarnés (el prólogo es del propio autor), como se afirma en la página 397.

            Detalles de distinta importancia, fácilmente corregibles, inevitables lapsus, pero que nos hacer dudar de tantas citas y datos que no se nos permite comprobar. Quizá del material inédito si se nos debería indicar la fuente precisa, aunque fuera mediante un código QR, como una parte de las sugerentes, y con frecuencia inéditas, ilustraciones.

            Otros puntos discutibles tienen que ver con el continuo menosprecio de Borges, no siempre justificado. A propósito de un incidente violento presenciado por Torre y Borges en el verano de 1931, se nos dice que “Borges, en el futuro y según su costumbre, falsearía lo ocurrido”, pero la única muestra que se nos ofrece de esa falsificación es el cuento titulado “El muerto”, de 1946, y cuya acción transcurre a finales del siglo XIX. ¿Inspirarse en un hecho real para crear un relato independiente es falsificarlo?

            En el artículo “Nuestras imposibilidades”, publicado por Borges en Sur en 1931 ve Domingo Ródenas “una toma de distancia respecto al nacionalismo ardoroso de años atrás que había nutrido una parte no desdeñable de su obra durante ocho años”. Y esa podría ser la razón de que lo suprimiera “en el maquillaje integral de sí mismo que fueron sus obras completas”. Rara razón esa. Dicho artículo se incluyó en 1932 en el libro Discusión, uno de sus títulos iniciales con los que Borges no estaba conforme y que decidió dejar fuera de sus obras completas, junto a cientos y cientos de artículos además, como esa minuciosa maravilla que son su Textos cautivos. Llamar a esa labor de selección “maquillaje integral” parece excesivo. “Nuestras imposibilidades”, por cierto, se incluiría todavía en vida de Borges en el volumen Ficcionario.

            Esta sucesión de apostillas pueden dar una idea equivocada de un volumen que reúne la labor de muchos años de investigación. Pero no resisto la tentación de una apostilla más. Se cita una carta de Carmen Conde, escrita en 1939: “Por aquí todo va magníficamente: ¡Viva España! ¡Viva su Caudillo! Se embriaga una de gloria y de satisfacción. Gozamos de una paz espléndidamente ganada”. Y a Domingo Ródenas solo se le ocurre apostillar: “Entre los esplendores de esa victoria estaban los centenares de miles de muertos y las decenas de miles de exiliados”. Como si Carmen Conde, que tenía a su marido escondido en Murcia mientras ella vivía en Madrid temiendo ser detenida en cualquier momento, no lo supiera. El estudioso parece considerar sinceras unas palabras destinadas a burlar la censura y nos presenta a Torre “consternado” por esa conversión al franquismo, que supondría otro desengaño más, como el de Ortega.

jueves, 7 de septiembre de 2023

Rapsodia italiana

 

Napátrida
Erri de Luca
Traducción de Carlos Gumpert Melgosa
Periférica. Cáceres, 2023.

Hay ciudades que constituyen por sí mismas un género literario. Venecia, París, Nueva York son quizá los ejemplos más característicos. Nápoles, “paraíso habitado por demonios”, según tituló Benedetto Croce uno de sus libros, se puede añadir a esa serie. Y la primera parte de Napátrida –un neologismo poco afortunado que no reproduce el acierto del Napolide original--, que da título al conjunto, es una de las piezas más singulares de la literatura napolitana. Se trata de un texto breve –solo abarca unas cuarenta páginas--, pero está escrito con una intensidad y una verdad que lo vuelve inagotable.

            “Me fui de casa en 1968, a mis dieciocho años, tras una infancia soportada como una cuarentena”. Erri de Luca marchó de Nápoles con la intención de no volver, pero a Nápoles lo llevaba dentro. No conoció el famoso mayo del 68 francés, pero sí los poco posteriores disturbios romanos: “En los parques, el otoño del sesenta y ocho era pródigo en paz, en tibiezas, en muchachas de paseo. En las plazas, el otoño estaba teñido del gris de las unidades antidisturbios. Yo venía de una ciudad que me había enseñado la densidad de las multitudes, la destreza para deslizarme en medio de ellas a fuerza de regateos y salto. Me adaptaba fácilmente a otra que incitaba a correr, a cargar, a huir hacia un espacio vacío. Se abría de par en par la nada, el abismo entre las tropas irregulares y las oficiales”.

            Los avatares de una vida escasamente convencional, que lleva al autor de la militancia izquierdista a trabajar como albañil o camionero, de conductor de vehículos humanitarios durante la guerra de los Balcanes a los estudios bíblicos, se entremezclan en estas páginas con la descripción de una ciudad amada y odiada, que le ha moldeado para siempre. A Nápoles, a pesar de sus intenciones, volvería en 1980, para ayudar a la reconstrucción tras un terremoto.

            Como en el poema de Cavafis, la ciudad iba con él donde quiera que fuera: “He leído a Nápoles a la luz de Jerusalén y la he visto en Mostar entre las casas acribilladas, en las magníficas y miserables caras de los musulmanes eslavos de la orilla este, señores de otra época en medio de irreparables escombros y de muertos enterrados en los jardines. En los enjambres de chiquillos he vuelto a ver a los de mi infancia. Durante la incierta tregua de mayo de 1994, los niños de Mostar oriental salían a las calles a buscar nuestras furgonetas. Correteaban al sol de una guerra que, a lo largo de los meses, los había obligado a estar a oscuras en gélidos sótanos”.

            Como variaciones sobre temas napolitanos pueden considerarse las páginas que completan el volumen, que no siempre tienen la fuerza y la intimidad de la pieza inicial.

            “Nervios” es un relato costumbrista que vuelve del revés las anécdotas escolares de Corazón, el libro famoso de Edmondo de Amicis; “Comedias”, al igual que “Totò” y “Eduardo,” nos remite al teatro napolitanos; “Muelle de Mergellina”  nos habla del aprendizaje de la soledad frente al mar y el viento: “Es preciso haber vivido el ábrego para poder arrancarse de allí sin dejar nada atrás. Había que llegar a la punta del muelle de Mergellina con la sal en la garganta, de espaldas a la ciudad, con los brazos abiertos y vacíos en forma de cometa, .pero sin cordel. A un muchacho le hace falta estar empapado, no tener nada seco encima. Pocos jóvenes tienen la suerte de poder contar con el extremo de un muelle para que los instruya en el arte de desnortarse”.

            No podía faltar el capítulo dedicado al fútbol ni, por supuesto, a Maradona, recibido “como un regalo de América del Sur, cual contrapartida de los millones de emigrantes que zarparon desde el muelle de Beverello hacia el Río de la Plata”. Tampoco podía faltar el homenaje a un periodista asesinado por la camorra, Giancarlo Siani. Ni el capítulo dedicado al Vesubio: “El volcán es para nosotros más cierto que la estrella polar. Estando dentro de sus casas, no todos los napolitanos saben indicar a través del techo dónde está el carro de la Osa Mayor. Pero todos, en cualquier habitación en la que se encuentren, saben con certeza dónde está el Vesubio. El resto de la orientación desciende de ahí, pues el volcán es un faro plantado en el sistema nervioso”.

            “Habladurías” remite a la literatura sobre Nápoles, ejemplificada con un relato de Conrad y unas páginas de Jünger, escritas cuando se alojaba como huésped del Acuario en la Villa Comunale, que representan los dos extremos de la visión de la ciudad: violencia y deslumbramiento, suciedad y barroca maravilla.

            Algunas de estas páginas descuidan la intensidad expresiva para convertirse en simples artículos periodísticos. El tono se recupera en el capítulo final, “Pasta”, que contiene una receta para preparar la pasta, como no podía ser de otra manera,,y un escueto autorretrato de hombre solo, y es a la vez un nada convencional cuento de Navidad.

            Si amas Nápoles, no puedes perderte este libro; si lo detestas, tampoco.

miércoles, 30 de agosto de 2023

Toda una vida

 

Sobre mis propios pasos
Angelina Gatell
Prólogo de Antonio Colinas
Edición y estudio preliminar de Marta López Villar
Bartleby. Madrid, 2023.

Marta López Vilar dedica buena parte de su estudio preliminar sobre la poesía completa de Angelina Gattell (1926-2017) a lamentarse del olvido al que la condenó, como a tantas otras poetas de la generación del cincuenta y de las anteriores, su condición de mujer. Pero más bien ocurrió lo contrario. El olvido es lo habitual. Abundan los poetas que en los años sesenta tuvieron su momento de gloria –premios de renombre, abundantes reseñas, inclusión en las antologías-- y luego se borraron de la historia literaria. Cito algunos: Manuel Mantero, Mariano Roldán, Eladio Cabañero, Miguel Fernández, Jacinto López Gorgé. Podríamos seguir y seguir. Se borraron y es difícil que nadie los rescate. Las poetas tienen más suerte. La condición de mujer supone hoy, en la historia literaria, aunque se tienda a afirmar lo contrario, un eficaz salvoconducto..

            En la obra poética de Angelina Gatell –también traductora, actriz de doblaje y activa participante en la sociedad literaria de su tiempo-- hay dos etapas, al menos en la obra publicada, que es la que se recopila en este volumen. La primera se inicia en 1955, con la publicación de Los soldados, y concluye en 1969 con Las claudicaciones. Significativa resulta esa fecha, en torno a ella se da un cambio de estética en la poesía española: al humanismo reivindicativo de la interminable posguerra, le sucede una vuelta al hermetismo, al esteticismo de raíz modernista, a las piruetas de las vanguardias. Comprensible que Angelina Gatell no se sintiera a gusto en ese nuevo clima. Otros poetas –su amigo y maestro José Hierro el más destacado-- optaron también entonces por el silencio.

            La vuelta a la actualidad literaria tuvo lugar ya en el nuevo siglo con Los espacios vacíos. Que el abandono de la publicación no supuso el abandono de la escritura lo muestra el libro siguiente, Noticia del tiempo, una de cuyas secciones está escrita entre 1960 y 2000, en años de silencio editorial. Se trata de un libro compuesto íntegramente de sonetos. A la escritura de Angélica Gatell, con tendencia a la lírica divagación, le sienta el ejercicio del soneto. Cierto que no todos, como no podía ser de otra manera –son un centenar-- están a la misma altura, pero un puñado de ellos no la hacen desmerecer en un siglo de sonetistas excepcionales.

            Angelina Gatell, que viene del campo de los vencidos en la guerra civil, se puede encuadrar dentro la poesía social, pero huye de lo panfletario. Hay reivindicación en ella, pero sobre todo intimismo y memoria.

            Los últimos coletazos de la represión franquista la alcanzaron de lleno. En 1974, un hijo suyo, casi un adolescente, fue detenido y encarcelado. Ese hecho, directa o indirectamente, aparece en varios poemas. Dos sonetos llevan el explícito título de “A mi hijo Eduardo que cumple sus veinte años en la cárcel de Carabanchel”. Y a esos versos alude en su “Elegía en cinco tiempos”, largo poema incluido en Cenizas en los labios (2011): “Después de la alegría y el saludo, / con la mano apremiada / por la emoción, / buscaste la cartera donde / guardabas un papel herido por el tiempo. / Era el soneto / que le escribí a mi hijo en sus días / allá en Carabanchel, en los años setenta”. Otro poema se titula escuetamente “1974” y “El teléfono” lleva como subtítulo esa misma fecha. Angelina Gatell, que se hizo amiga de otras mujeres que esperaban a la puerta de la cárcel para ver a sus hijos, podía haber sido nuestra Anna Ajmátova.

            La poesía de Angelina Gatell fue ganando en precisión y hondura con el tiempo. Quizá sus mejores libros sean los últimos, La oscura voz del cisne (2015) y La voz perdida (2017), este último escrito en catalán. Si en los primeros libros se notaba el magisterio de José Hierro (en romances como “Los sueños” o en el uso de eneasílabo, por ejemplo), ahora resulta evidente la cercanía a Joan Margarit. “Apuntes para una biografía” –así se titula dos de las secciones de La voz perdida-- pueden considerarse muchos de los poemas, en los que la autora no rehúye los nombres propios ni la anécdota, aunque acertando a reducirla a lo esencial.

            Por el estudio de Marta López Villar –no se indica ni en la portadilla del libro ni en los títulos de crédito-- sabemos que el traductor de los poemas en catalán fue su hijo, Miguel Sánchez Gatell, también poeta. Es una traducción que a menudo da la impresión de reescribir los poemas con la estética anterior de la autora, menos reducida a lo esencial, más divagatoria y atenida a lo convencionalmente poético. “Podem endevinar-ho / en el perfil que la dibuixa”, leemos en el poema inicial. Ese “podemos adivinarlo / en el perfil que la dibuja”  le parece al traductor demasiado sencillo y lo parafrasea así: “Se adivina / en el perfil opaco que retiene / su estatura en el aire”.

            El tiempo ha emborronado y alejado –es su función: la meta es el olvido-- parte de la poesía de Angelina Gatell, generosamente llena de homenajes a los poetas de su tiempo (junto a los inevitables Machado, Lorca, Hernández), pero ha dejado intactos un puñado de emocionantes poemas.

            Al contrario de lo que afirman Marta López Villar y Sharon Keefe Ugalde, no se la marginó en el primer momento generacional –años cincuenta y sesenta-- por ser mujer, pero si ahora se la reivindica –sin que eso signifique negar su valía literaria—es en parte por esa razón.

           

jueves, 24 de agosto de 2023

La nostalgia es un horror

 

Nido de piratas
Jesús Fernández Úbeda
Debate. Barcelona, 2023.

Jesús Fernández Úbeda, colaborador de Libertad Digital y Zenda, la revista cultural fundada por Antonio Pérez-Reverte, ha escrito un libro sobre el diario Pueblo, sobre su “fascinante historia”, según nos indica en el subtítulo, que asombra en cada página. Pérez-Reverte, que inició su vida periodística en ese diario, no solo escribe el prólogo, sino que interviene casi, o sin casi, en cada capítulo. El volumen se basa en sus declaraciones  y en las de otros supervivientes de aquella aventura, que tuvo su máximo esplendor entre los años 1964 y 1975, cuando dirigía el periódico Emilio Romero, y que acabó en 1984, cuando el gobierno socialista decidió el cierre.

            “Ya no hay periódicos ni periodistas de verdad, murieron con Pueblo para siempre”, esa es la tesis del prologuista-protagonista y de su fiel escudero, el redactor del libro. ¿Y cómo eran los periodistas de verdad? A juicio de Pérez-Reverte, los subdirectores y redactores jefes “se ciscaban en lo políticamente correcto y eran interesantes cruces genéticos entre perro de presa, padre confesor, tahúr cínico y madame de burdel.”

            El libro está lleno de anécdotas o de leyendas urbanas que tratan de reflejar aquella edad de oro. Cuenta Irma Deglané: “Emilio Romero tenía de ordenanza en su planta a uno que había sido en la guerra civil de la CGT, no recuerdo su nombre. Un día lo cogieron entre Raúl del Pozo y Raúl Cancio, lo ataron a una silla, lo amordazaron, lo metieron en el paternóster (así llamaban a una especie de ascensor sin puertas). Nos quedamos todos muertos de la risa. Aquella redacción era genial”.

            El lector no acaba de verle la genialidad. A lo que más se parecía aquella redacción de Huertas, 73, si hemos de creer a estos eutrapélicos testimonios, es a la “13, rue del Percebe” de Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón. Allí se practicaba el contrabando “de los más modernos productos tecnológicos”. Allí había un trabajador, Francisco Galán, Paco el Pata por mal nombre, que si uno le decía “Oye, quiero un televisor” replicaba “Muy bien, ¿dónde lo has visto?”, “En el Ten21 de Argüelles”. Iba, hacía un butrón y lo traía al día siguiente. Luego intervino la policía, pero parece que antes –eso se insinúa— el rey Juan Carlos obtuvo un teleobjetivo obtenido por este sistema.

            El día que entro en Pueblo –afirma Pérez-Reverte-- entra Raúl Cancio y le dice a Manolo Marlasca: “Manolo, ¿ya has conocido a tu padre?”, y este le responde: “Sí, estaba en la cama con tu madre”. De este humor cuartelero-tabernario hay abundantes muestras en este libro sobre la edad de oro del periodismo. Hay incluso un irreproducible “episodio surrealista de bestialismo”. Quien tenga curiosidad puede encontrarlo en la página 232.

            Fernández Úbeda cuenta lo que le cuentan, rara vez chequea los datos y por eso podemos encontrarnos con la afirmación de que a Arias Navarro lo nombraron presidente en febrero de 1976 o que una periodista entrevistó a Salazar en 1969 (en 1968 tuvo el accidente que le imposibilitó para seguir dirigiendo el gobierno, aunque le hicieron creer que seguía al frente) o que el Café Gijón está situado en el Paseo del Prado.

            En las notas aclaratorias, Pérez-Reverte suele añadir alguna precisión. Veamos de qué tenor. A Rosa Villacastín, retenida en el Congreso durante el 23-F, se le acercó al parecer un guardia civil para decirle: “Tiene usted el culo más espectacular que he visto en mi vida”. Y lo corrobora, en nota, el escritor: “Es rigurosamente cierto que el culo de Rosa, en esa época, era bastante potable”.

            Más que humor, a menudo involuntario, hay mucha añeja comicidad en este libro. Y revelaciones sobre un modo de practicar el periodismo que no nos hacen añorar precisamente aquella época. Cuenta la “bastante potable” Rosa Villacastín del director, el mítico Emilio Romero, lo siguiente: “Se liaba con artistas: si tú querías triunfar en el teatro, te ibas una noche con él y tenías páginas y páginas en el periódico”. Y Luis Romasanta: “Tenía un correveidile que le buscaba las chicas por la noche. Muchas veces iba con mi carpeta a despachar con él los editoriales. De repente, aparecía un señor muy concreto, cuyo nombre no te diré, pero al que todos conocemos, y le decía: A la una de la madrugada tienes a la cantante Pepita Pérez esperándote”. Un día al propio Romasanta le llamaron a las dos de la madrugada para que fuera corriendo a hacer una entrevista a Fulana de Tal que había puesto esa condición para acostarse con don Emilio.

            ¿Rigor informativo? Fernández Úbeda nos habla de dos secciones, Cine y Toros, “que se regían exclusivamente por el dinero que apoquinaban o dejaban de apoquinar terceros”. A quien pagaba, se le ponía por las nubes; a quien no, se le crucificaba.

            Pueblo era un periódico oficial, dependía del Sindicato vertical, el dinero no era problema. Llegó a alcanzar gran difusión con un sistema infalible: amarillismo y sensacionalismo por un lado (el rigor de la noticia era lo de menos) y fichaje, al precio que fuera, de los periodistas más destacados de la competencia.  A Emilio Romero, con buenos contactos políticos (y parece que con capacidad para el chantaje: “sabía que los ministros de Franco le ponían los cuernos a sus mujeres, por eso le temían”), no había quien le moviera de su trono. Cuando dejó el periódico con una patada hacia arriba qu3 le endilgó Suárez, el sucesor se encontró con que perdía “tres mil millones de pesetas al año”, con once o doce subdirectores, los redactores sin contrato y toda la familia del director ocupando buenos puestos.

            Si la historia del diario Pueblo es fascinante, lo es por razones muy distintas de las que indica Fernández Úbeda. La historia del diario merecería una investigación rigurosa, que recabe y filtre los testimonios disponibles, que no se entretenga contándonos como funciona la Hemeroteca Municipal de Madrid: “El procedimiento para acceder al material es muy sencillo: al llegar, rellenas un papelito en la recepción en el que indicas el nombre de la publicación, la fecha, el municipio y la referencia, lo firmas y te vas a la sala de consulta”. Y sigue así este presunto investigador: “a los cinco o como máximo diez minutos, aparece un empleado con los volúmenes que has pedido”. Todo el volumen está lleno de perlas semejantes. De una de las informantes, se nos dice que ha publicado “una pila de poemarios” (en el lenguaje coloquial compite con Pérez-Reverte, quien afirma que en Pueblo “había mujeres a punta pala”); de otro colaborador de Pueblo, como no quiso hablar con él para su libro, dice que no nos da ningún dato de sus publicaciones porque no quiere hacerle publicidad.

            Muchas banalidades sobran y muchas cosas faltan. No se habla, por ejemplo, de las renovadoras entrevistas de Marino Gómez Santos, luego reunidas en libro (de él solo se dice que era “muy bueno” y “un poco gafe”), ni de la relación con los GAL, a los que la primera página del último número sirve de altavoz. “No dejaremos un etarra vivo” afirma el titular en grandes letras, y luego recogen las declaraciones de presuntos miembros de la organización: “Los vamos a acosar hasta dentro de sus propias casas, haciendo que, cuando menos se lo esperen, les explote la máquina de afeitar eléctrica, el teléfono al ir a marcar o la nevera cuando vayan a sacar una cerveza”.  Y continúa afirmando que están integrados “por cien personas especializadas en lucha guerrillera y que han participado en las guerras del Congo, Biafra, Argelia y Oriente Medio”.

            La nostalgia, afirma un título famoso, es un error; este libro nos demuestra que también puede ser un horror. Quizá Pueblo fuera una escuela de periodistas, la mejor escuela, pero tenemos que creerlo como artículo de fe. Ninguna razón de ello se nos da. “Cuando el periodismo aún se parecía al Periodismo”, leemos en el prólogo, había dos personajes que inspiraban un respeto especial: el corrector de estilo y el redactor veterano. De uno de ellos, aprendió Pérez-Reverte un truco para no equivocarse nunca al manejar “debe” y “debe de”: “Cuando es obligación, me dijo, pon siempre debe. Cuando es suposición, debe de”. Lo mismo que explica cualquier profesor de Lengua a sus alumnos de la ESO (aclarando que cada vez resulta más frecuente el uso de “debe” sin preposición en ambos casos).

            En fin, que este elogio del viejo periodismo, o del Periodismo con mayúscula, nos cura de cualquier nostalgia por las redacciones llenas de humo, con las botellas de whisky en el cajón de la mesa y la banda sonora del tableteo de las máquinas de escribir.

           

 

martes, 15 de agosto de 2023

Más que cine

 

 

En familia. Casi un dietario sobre cine español
José Manuel Benítez Ariza
Ilustraciones de Manuel Martín Morgado
Prokomun Libros. Madrid, 2023,

José Manuel Benítez Ariza, poeta que cultiva todos los géneros literarios, incluida la traducción, ha publicado un libro sobre cine español que se lee como quien asiste a una conversación de cine club, pero sin pedantería cinéfila, en tono menor, llena de detalles curiosos y observaciones inteligentes.

            El cine español del que se ocupan estas páginas no es el más reconocido, aunque figure Buñuel y algún otro nombre canónico. Benítez Ariza se interesa sobre todo por directores olvidados, por rarezas poco frecuentadas, incluso por obras comerciales que desdeña la crítica. Y sabe aportar un punto de vista personal que hace que le escuchemos, que le leamos, siempre con atención.

            La película Cerca de las estrellas, de César Ardavín, un cuadro de costumbres sobre cómo transcurre el domingo de una familia en la Barcelona de 1962, la relaciona con las fotos en las que ve a sus padres “endomingados, como corresponde a las ocasiones de posar para las fotos”, ese mismo año. Y continúa: “Uno vendría al mundo unos meses después, y pasaría parte de su infancia en unas habitaciones de azotea como las que sirven de escenario a esta película”.

            En otra ocasión, tras referirse a Zorrita Martínez, de Vicente Escrivá, trata de justificar su interés por el cine del destape protagonizado por actrices como Nadiuska, o Bárbara Rey: “Yo podría alegar, por ejemplo, que ando escribiendo una novela sobre esos años y que estas películas suelen ser eficacísimos estimulantes de la memoria. Basta observar lo que aparece en segundo plano: los coches, la ropa, las paredes empapeladas, los posters que adornan a veces las paredes, el fondo musical, la decoración de las cafeterías”.

            Autobiografía y sociología hay en estas anotaciones motivadas a menudo por el festival cinematográfico Alcances, que dirigía en Cádiz el poeta Fernando Quiñones y con el que Benítez Ariza colaboró un tiempo, o por los programas de televisión española dedicados al cine español. También encontramos inéditas sorpresas, como la participación de José Hierro en Gringo, un western hispano-italiano dirigido por Ricardo Blasco. La letra del bolero que canta la protagonista, la cantante Mikaela, está escrita por el autor de Cuanto sé de mí: “El alma escucha la música negra / de su soledad”.

            Pero no todo son alrededores y microbiografías de personajes curiosos relacionados con el mundo cinematográfico, como Inés Palou, “carne apaleada”, o la actriz Miroslava, fetiche de Buñuel y quizá compañera de viaje del partido comunista. Hay también atinadas reivindicaciones de géneros o subgéneros que han pasado de moda, como la llamada “tercera vía” de Roberto Bodegas o la edad dorada del cine policíaco español, que tuvo su centro en Barcelona, ejemplificada por Distrito Quinto, de Julio Coll (que Benítez Ariza relaciona con la muy posterior Reservoir Dogs de Tarantino), o El cerco, de Miguel Iglesias. Especial interés ofrece el capítulo dedicado a El ojo de cristal, basada en un relato de William Irish como algunos títulos clásicos de Hitchcock (La ventana indiscreta) o de Truffaut (La novia vestía de negro, La sirena del Mississippi). “El resultado –escribe-- fue una de las películas españolas más fascinantes de su tiempo y una especie de vuelta de tuerca a los desolados argumentos del cine policíaco barcelonés”.

            La mayor parte del libro se ocupa del cine rodado durante el franquismo, que no es lo mismo que el cine franquista, y los primeros años de la transición, pero también se hace un poco de historia: reflexiones sobre la relación entre la generación del 27 y apuntes sobre el cine rodado en la zona republicana durante la guerra civil (“Nuestro Hollywood anarquista”).

            Incursiona, aunque fugazmente, Benítez Ariza en un tópico muy repetido y que convendría repensar. A propósito de Bilbao, la película de Bigas Luna estrenada en 1978, afirma que entonces existía “una firme voluntad, por parte de los creadores, de no ceder ni un milímetro del terreno que, paso a paso, habían ido ganando en cuanto a la posibilidad  de abordar temas comprometidos o vencer viejos tabúes”. La situación actual sería, a su entender, la contraria: “se da por sentado que existe plena libertad de expresión, pero es la propia sociedad la que se muestra pronta a denunciar cualquier manifestación artística que conculque la corrección política imperante u ofenda las susceptibilidades de tal o cual grupo”. Pero la sociedad es plural y ninguna está enteramente a favor de lo que suele llamarse “corrección política”, que no es más que un avance en el respeto de todos, incluidos quienes hasta hace bien poco eran objeto eran objeto de befa o admitido maltrato. La libertad de expresión limita con la libertad de ofender –salvo a los políticos, parece-- y con otros límites, no por difíciles de delimitar, menos reales.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Auge y caída

 

Hasta aquí hemos llegado
Rodrigo de Rato
Con la colaboración de Alicia González Vicente
Península. Barcelona, 2023.

Hacer leña del árbol caído es uno de los deportes favoritos, no ya de los españoles, sino como el fútbol, de la entera humanidad. Rodrigo de Rato –conocido, más eufónicamente, como Rodrigo Rato-- constituye un buen ejemplo de ello. Empresario de éxito, economista brillante, vicepresidente del gobierno de España, en el 2010 llega a la cumbre de toda su fortuna: tras enconados enfrentamientos políticos entre dos sectores del Partido Popular, es nombrado Presidente de Caja Madrid, la principal de las Cajas de Ahorro españolas  Luego, como en una tragedia griega, los dioses se pondrían en un contra y sería arrojado al abismo: un largo calvario judicial, un ajusticiamiento mediático, y finalmente la entrada en la cárcel. Allí coincide con los políticos catalanes, que a pesar de ser “políticos presos” y no “presos políticos –según machaconamente se nos repite-- gozaban de ciertos privilegios, algunos de los cuales se trasladaron al resto de los detenidos, como tener las puertas de las celdas abiertas, y otras no, como disponer de ordenares personales. A Rodrigo Rato y a otros interesados, Oriol Junqueras les dio clases de física cuántica; a otros presos, de matemáticas; también escribía relatos para sus hijos: así pasaba el tiempo aquel peligroso enemigo del Estado.

            Hasta aquí hemos llegado es un libro escrito en defensa propia, sus argumentos tenemos por lo tanto que tomarlos con cautela. Y algunos son ciertamente enrevesados. ¿Hubo delito o no hubo delito en la salida a bolsa de Bankia? La sentencia final decidió que no. Lo que sí hubo en la gestión de la crisis bancaria y en la fusión de las cajas fueron múltiples torpezas y abundantes indicios de delito, no todos, ni mucho menos, responsabilidad de Rato. “Las cajas de ahorros eran un mosaico maquiavélico de todos los enfrentamientos posibles, regionales y nacionales”, escribe. Los políticos de los diversos partidos –y no solo: en Caja Madrid, Comisiones Obreras--hacían buen uso de las mismas para sus intereses públicos y privados. A él le tocó estar al frente de la una de ellas en el peor momento: cuando la crisis económica les iba a permitir a sus competidores darles la puntilla con el aplauso general.

            ¿Hubo delito o no hubo delito en la utilización de las famosas tarjetas black? En este caso, el tribunal decidió que sí, pero con argumentos tan discutibles como en el otro caso en que se decidió que no. Distinto es el juicio ético que nos merezca la retribución de los directivos de la banca en crisis o en quiebra, no solo española, por supuesto. Como director del Fondo Monetario Internacional –lo fue entre 2004 y 2007--, Rodrigo Rato recibía, según nos indica, “un sueldo casi diez veces el de vicepresidente español, ya que estaba libre de impuestos”. Sería legal, pero resulta inexplicable.

            La realidad económica y política es más compleja de lo que piensa el ciudadano común. Hacienda no es el Robin Hood que persigue a los ricos defraudadores para repartir su dinero entre los pobres. Hay una zona gris que permite perseguir a unos y salvar a otros según los intereses del momento. Las historias que cuenta Rato sobre Luis de Guindos –primero su subordinado en el Ministerio de Hacienda y luego su principal Iscariote-- resultan muy ilustrativas al respecto, aunque algunas poco novedosas: todos fuimos testigos de cómo utilizaba los datos fiscales –que deberían ser secretos-- para amenazar a sus enemigos políticos en el Congreso.

            Viñetas ilustrativas de la situación de la justicia española, de la zona gris en que se mueve, hay muchas en este libro. Me limitaré a referir una. Mónica Balibrea –no figura en el índice onomástico-- es abogada experta en derecho penal y penitenciario. Rodrigo Rato, ya a punto de entrar en prisión, la visita tres veces. “En la última de esas entrevistas me llevó a visitar a José Luis de Castro, magistrado del Juzgado de Menores y de Vigilancia Penitenciaria, con quien presumía de tener buenas relaciones y de quien iba a depender mi cambio de situación penitenciaria”, escribe. Pero al final no la contrataría porque no puede abonarle los sesenta mil euros que le pedía por anticipado y al contado. El juez José Luis de Castro, aunque Rato cumplía todos los requisitos y el resto de los condenados en la misma causa ya lo había obtenido, retrasaría casi un año concederle el Tercer Grado. ¿Tuvo eso algo que ver con la no contratación de la abogada de los sesenta mil euros? Que cada uno piense lo que quiera.

            No sale muy bien parado el Partido Popular, que era su partido, en este Hasta aquí hemos llegado: “Al fin y al cabo, Aznar me había colocado en el punto de mira al afirmar en su libro que había elegido a Rajoy como su sucesor porque yo no había aceptado sus condiciones para ser designado candidato. Lo que no debió sentar muy bien a un personaje tan sinuoso como resultó ser Rajoy. A eso se unían los tejemanejes de las conocidas entre los miembros del partido como las ‘niñas asesinas’ para intentar hacer ver que la parte buena de la historia del PP empezaba con ellas, que dejaban así atrás la etapa corrupta e inaceptable de José María Aznar”.

            Sorprenden algunos inexplicables errores de fecha al repasar los hechos históricos de su época de juventud: “En 1973 se produjo la Revolución de los Claveles en Portugal y la caída de Allende en Chile y ni una ni otra tuvieron consecuencias para nuestra nación”. La revolución portuguesa tuvo lugar en 1974 y puso muy nervioso al franquismo epigonal. Poco después escribe: “Yo volví a España a finales de 1974, justo cuando ETA asesinó al presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco” (lo había asesinado un año antes).

            Algunos secretos siguen siendo secretos, como la razón del imprevisto abandono, “para sorpresa e incomprensión de todos”, incluida parte de su familia, de la dirección del Fondo Monetario Internacional. “La primera de al menos tres decisiones que muchos consideraron caprichosas entre 2007 y 2012 y que acabaron con una carrera profesional que aparentemente iba muy bien”. ¿Solo aparentemente?

            A la práctica de la meditación y a la relación con el budismo se alude repetidas veces y se le dedica el epílogo. El libro, lleno de claroscuros, muy ilustrativo de la historia reciente de España, termina así con una moraleja y una obviedad sapiencial: “Cada instante de hoy es el mejor sitio donde puedes estar en ese momento. La vida es un misterio y nunca sabes lo que de deparará”.

           

jueves, 3 de agosto de 2023

Paradojas y contradicciones

 

Francisco Alía Miranda
La dictadura de Primo de Rivera (1923-1930)
Catarata. Madrid, 2023.

Francisco Alía Miranda, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Castilla-La Mancha, en poco más de doscientas páginas, pretende ofrecernos una síntesis de la primera de las dos dictaduras del siglo XX, caracterizada por sus paradojas y contradicciones. Lo consigue a medias. Su conocimiento del período presenta algunas lagunas, al menos en uno de los aspectos más significativos: la relación de los intelectuales con el nuevo régimen. El golpe de Estado del 13 de septiembre de 1923, bien acogido por el rey (al tanto de sus preparativos), no fue rechazado expresamente por ningún sector de la sociedad española y fue recibido con entusiasmo por buena parte de ella. A Primo de Rivera se le veía como el “cirujano de hierro” propugnado por Joaquín Costa que venía acabar con el caciquismo y la corrupción en que había degenerado el sistema político instaurado por Cánovas. Parecía encarnar el regeneracionismo de la generación del 98. Poco después del golpe, Azorín publica El chirrión de los políticos, una feroz sátira del régimen anterior. Las discrepancias, como las expresadas por un poco conocido Manuel Azaña, apenas se hacen notar. Incluso la prensa liberal –hoy diríamos de izquierdas--, cuyo más calificado representante es El Sol, inspirado por Ortega, se muestra benevolente.

            La excepción la constituyó Miguel de Unamuno, que fue el primero –y no Blasco Ibáñez, como indica Alía Miranda-- en alzar su voz contra la dictadura. Una carta privada, publicada sin su permiso en la revista Nosotros, de Buenos Aires, sirvió de pretexto al dictador para privarle de la cátedra y desterrarle a Fuerteventura. Blasco Ibáñez –al contrario de lo que se indica-- no se autoexilió con motivo de la dictadura. Cuando esta comenzó, era un autor de renombre internacional que estaba dando la vuelta al mundo y tenía su residencia en Francia. La dictadura le haría volver a su activismo republicano. Pronto se reuniría con Unamuno en París y se convertiría en el principal financiador de las actividades antidictatoriales, como la revista España con honra. A su costa publicó tres resonantes folletos contra la dictadura, de más de un millón de ejemplares y editados en varias lenguas, que se trataron de introducir clandestinamente en España. Pero se desengañó pronto y cuando murió, en 1928, ya estaba al margen de la actividad política, al contrario que Unamuno, el banderín de enganche de la oposición al dictador.

            De Valle-Inclán se nos dice que fue “detenido por su empeño en una lucha personal contra los Borbones, que no exoneraba a quienes fueron sus servidores, como Primo de Rivera”. Pero fue detenido por negarse a pagar una multa tras armar un escándalo en un lugar público. Ni se menciona su esperpento La hija del Capitán, publicado en 1927 y retirado de inmediato por la Dirección General de Seguridad, la más feroz crítica a la dictadura.

            De Ortega y Antonio Machado se afirma que “fueron protagonistas comprometidos en las sublevaciones contra la dictadura de 1926 y 1929”, lo que no resulta cierto. Los artículos con los que Ortega se opone a la dictadura comenzarían a publicarse tardíamente y Antonio Machado no tuvo inconveniente en fotografiarse con el dictador y su hijo José Antonio en el homenaje que se le tributó, junto a sub hermano Manuel, el año 1929 con motivo del éxito de La Lola se va a los puertos.

            Alía Miranda habla, poco y con errores (sitúa a Baroja entre los contertulios de Unamuno en París, por citar otro ejemplo), de los intelectuales que se opusieron a Primo de Rivera y de quienes se mantuvieron al margen, los poetas de la luego llamada generación del 27, pero ni siquiera menciona a los colaboradores y simpatizantes de la dictadura, como el ya citado Azorín (que estuvo a punto de dirigir La Nación, el diario gubernamental), Ramiro de Maeztu, el teórico de la hispanidad, nombrado embajador en Buenos Aires, o Eugenio d’Ors. De Benavente, uno de los partidarios, se nos dice que en 1924 se le prohibió una conferencia en el Ateneo de Ciudad Real (al que se le da una importancia solo explicable por la procedencia del autor), pero no alude al escándalo que supuso, en 1928, que se prohibiera el estreno de Para el cielo y los altares.

            Habría sido deseable que Alía Miranda, antes de escribir el capítulo correspondiente, hubiera tenido en cuenta Los intelectuales y la dictadura de Primo de Rivera, de Genoveva García Queipo de Llano, que ni cita en su bibliografía. No habría olvidado entonces, tras hablar del apoliticismo de la nueva literatura, seguidora del Juan Ramón Jiménez de la poesía pura y del Ortega de la deshumanización del arte, referirse a la novela social –Díaz Fernández, Arderíus, Sender—que también aparece por esas fechas. Diversos detalles dan a entender que el conocimiento de la historia literaria de Alía Miranda no es muy preciso: en 1928 –nos dice-- se publica Cántico, de Jorge Guillén, “y asimismo hizo su debut poético un poeta ya maduro: Vicente Aleixandre”. Pero Aleixandre, “ya maduro”, era más joven que Guillén. Inexacto resulta indicar que Alberti adopta “unas posiciones cada vez más anarquistas”.

            Otros despistes acentúan la desconfianza que nos produce el autor, incluso cuando habla de materias en las que demuestra un mayor conocimiento, como la economía o los conflictos militares. Reproduce un soneto de Unamuno escrito en 1926 “cuando Primo de Rivera fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca”: “No me mueve, Miguel, para admirarte, / la forma que el poder has conseguido…” (se trata de una paráfrasis burlesca del famoso “No me mueve, mi Dios, para quererte”). Pero ese soneto ni está en las obras de Unamuno ni presenta ninguno de los rasgos propios de su estilo. ¿De dónde lo toma Alía Miranda? Una nota nos indica que del artículo de Roig Rosich “L’humor politic durant la dictadura de Primo de Rivera”. Pero si tenemos la curiosidad de buscarlo no encontramos en él la atribución a Unamuno. Simplemente se dice que, tras el nombramiento de Primo como doctor honoris causa de la Universidad de Salamanca, de la que Unamuno había sido rector, comenzó a circular ese soneto, uno más de los textos anónimos que se difundieron entonces.

            Lo que provocó la dimisión de Primo de Rivera, en opinión de Alía Miranda, fue una carta que envió “a los diez capitanes generales, al jefe superior de la fuerzas de Marruecos, a tres capitanes generales de departamentos marítimos y a los directores de la Guardia Civil, Carabineros e Inválidos”, en las que les solicitaba su respaldo. Pero no hubo tal carta, sino una de sus notas oficiosas de inserción obligatoria en todos los diarios. Públicamente preguntaba a los jefes militares si seguía contando con su confianza, lo que suponía puentear expresamente al rey, que era el encargado de nombrar y cesar a los ministros. Fue un suicidio político, que atribuyó en la nota de despedida a su estado de salud: “La madrugada del sábado, en que dando suelta al lápiz, escribí a toda prisa  las cuartillas de la nota oficiosa publicada el domingo, y sin consultarlas con nadie, ni siquiera conmigo mismo, sin releerlas, listo el ciclista que había de llevarlas a la Oficina de Información de Prensa para no perder minuto, como si de publicarlas enseguida dependiera la salvación del país, sufrí un pequeño mareo que me ha alarmado y me obliga a hacer todo lo posible para prevenir la repetición de caso parecido, sometiéndome a un tratamiento y plan que fortalezca mis nervios y dé a mí naturaleza dominio absoluto sobre ellos”.

            No da importancia Alía Miranda a esas notas oficiosas, prefiere referirse a las intervenciones en la radio, que comienza entonces y que no alcanzaría importancia como medio de propaganda política hasta la década siguiente, cuando son esas notas –que se pretendían vínculo directo del dictador con el pueblo, a la manera del uso de las redes sociales que hacen políticos posteriores, como Trump o Bukele--, una de las características más singulares de su manera de gobernar.

            Lo que vino después –república de izquierdas y de derechas, guerra civil, franquismo-- colocó los años de Primo de Rivera, que llegó entre aplausos y se fue entre burlas, en un extraño limbo. Vale la pena volver sobre ellos. Pero teniendo en cuenta que estudios sobre aspectos parciales de la época (Alía Miranda se ha ocupado del enfrentamiento del general Aguilera con el dictador), no bastan para ofrecer una precisa síntesis que aclare sus paradojas y contradicciones, que ponga de relieve sus luces –que las tuvo-- y sus sombras.