jueves, 13 de julio de 2023

Mil y un jardines

 

 

Aquilino Duque
Jardines y paisajes
Renacimiento. Sevilla, 2023.

El azar ha querido que la plural y polémica obra literaria de Aquilino Duque, iniciada en los años cincuenta, concluya, ya bien avanzado el siglo XXI, como cronista de la Asociación Sevillana de Amigos de los Jardines y del Paisaje en sus visitas a los más hermosos jardines de Europa.

                Aquilino Duque comenzó como un poeta de su tiempo, de la generación del medio siglo, culto y popular, muy fiel a la tradición de la poesía andaluza y muy abierto a las corrientes del mundo. Cantó, como tantos en aquellos años, a Miguel Hernández y a Antonio Machado, e incluso recibió con alborozo la Revolución cubana en su “Canción de rueda”: “Con las barbas de Fidel / tienes que hacer una escoba / para barrer a los yanquis / de la América española”.                 Pronto cambiaría de rumbo y sería una voz cada vez más discordante en el consenso progresista que caracterizó a la cultura española durante el final del franquismo y las primeras décadas del posfranquismo. “Hay quien proclama paz, perdón, olvido, / únicamente cuando cae debajo, / pero --¡vae victis!—como caiga encima… / Que Dios coja al vencido confesado”.

                En poesía, Aquilino Duque raras veces condesciende con el sermón tradicionalista y la sátira del mundo contemporáneo. Prefiere la gracia de los ritmos populares –en los que es un maestro--, el empaque retórico del modernismo –un poco en la línea de Agustín de Foxá-- y un emocionado temblor ante el misterio que viene de Bécquer. “Yo soy el invisible / anillo que sujeta / el mundo de la forma / al mundo de la idea”, escribió el autor de las Rimas, y El invisible anillo –como explícito homenaje—tituló Aquilino Duque uno de sus mejores libros.

                Jardines y paisajes no es un libro mayor en su obra y Aquilino Duque no tiene inconveniente en de vez en cuando dejar su pluma a otros. Sally Crane, presidenta de la Asociación, escribe la crónica de la visita a varios pazos gallegos y en el epílogo se incluye una charla, impartida por supuesto en un jardín, de Víctor Carrasco, profesor de proyectos arquitectónicos en San Francisco. No es un libro mayor, ya digo, pero está lleno de encanto, a pesar de ciertos prescindibles añadidos, encanto acrecentado por las acuarelas del poeta José Manuel Benítez Ariza.

                Aquilino Duque sabe entremezclar con agilidad y gracia las precisas descripciones botánicas con la historia de los lugares y la filosofía que inspira los distintos jardines, hijos siempre de su tiempo, arte y naturaleza, esfuerzo y magia. “Si quieres que tu jardín sea un vergel, no pongas en él las plantas que a ti te gustan, pon las plantas a las que les gusta tu jardín”, escribió un jardinero persa.

                El lector agradece que, enamorado de tan hermosos lugares, Aquilino Duque se olvide casi por completo de su cruzada antiprogresista y contra lo políticamente correcto. Casi, no por completo. Hablando del lisboeta palacio de Paillhavan, sede de la embajada de España, alude a que en 1975 “la Revolución de los Claveles hizo la heroicidad de allanarlo destruyéndolo todo, entre otras cosas, los cuadros en depósito del Museo del Prado”.  No fue exactamente la Revolución de los Claveles, sino consecuencia de las violentas protestas contra los últimos fusilamientos del franquismo que, ciertamente, el gobierno de entonces en Portugal no fue capaz de contener.  No es la única referencia, poco favorable, a la “dichosa Revolución de los Claveles”, que expropiaría a una familia de banqueros la Quinta del General para devolvérsela al “pueblo soberano”, que la dejó “hecha un erial”. ¿Para no convertirse en un erial necesitan los parques y jardines ser de propiedad privada?

                No todos los jardines que visita Aquilino Duque con la asociación sevillana son de acceso público. En bastantes casos se trata de residencias particulares a las que solo se accede por invitación. Abundan los títulos nobiliarios entre los socios –casi todos socias, como se cuida de subrayar el escritor—de la asociación sevillana. Una vez organizan un intercambio de especies o de plantones en Viñamarina, la residencia de Aquilino Duque y Sally Crane, y esta afirmó luego: “He tenido a todas las marquesas de Sevilla haciendo hoyos en el jardín de mi casa”.

                “Viaje a los jardines de Normandía” y “Jardines ingleses” son quizá los más hermosos capítulos del libro. ¡Cuántos lugares fascinantes –públicos o privados—que nos gustaría visitar! De las páginas italianas, destacan las dedicadas al Orto Botánico de Nápoles, feliz creación de José Bonaparte, quien, como Carlos III, antes de ser rey de España lo fue de Nápoles.

                Aquilino Duque tiene palabras de elogio para todos los jardines, incluso para el jardín surrealista de Eduardo Mencos “en un selvático monte de encinas de la Alcarria”, pero no soporta la Quinta da Regaleira o el Castelo da Pena, en Cintra, donde “unas mentes inflamadas por escenografías de ópera no perdieron la ocasión de aprovechar unos fantásticos escenarios naturales para edificar sus châteaux en Espagne”,  inspirados en “la masonería, el esoterismo, los cuentos góticos, los símbolos cabalísticos y el mal gusto”.

                El libro comienza con un poema de Benítez Ariza dedicado a una flor silvestre y podía terminar con otro de Aquilino Duque: “La luz de la mañana llega con vuelo leve, / con ella la oropéndola. Se mueve / con la brisa en la rama cada hoja / del fresno enorme, y la pechuga roja / del ave se hincha al sol. De la cañada / donde abrevan los ciervos, / por la zarza tupida y la enramada / sube un abeto colosal y oscuro. / Alondras, mirlos, rabilargos, cuervos…”

               

4 comentarios:

  1. Ya decía José Gaos que la "filosofía" es hablar de uno mismo. El dicho popular de que con buena picha bien se...es cierto. Ayer, sin ir más lejos, fui al Verdecora está entre Boadilla y Majahonda una zona de nivel de vida alto donde viven exministro y empresarios... La señora que iba delante de mí en caja llevaba plantas preciosas y en gran cantidad; yo mucho menos y unos cantos rodados, un par de artículos decorativas para mi patio en La Mancha (de donde escribo ahora mismo). El mío me lo he hecho yo, a base de tiempo, años y mucho gusto (a todo quisque le gusta). A esa señora que estaba entre mi edad y la tuya con el cacho Mercedes que llevaba no la veo nada más que plantando como mucho un bonsai. Así que reitero lo dicho: con mucha pasta te haces un vergel.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No es necesaria mucha pasta sino un poco de gusto y bastante trabajo. Yo también tengo un jardín. O uno y medio (Uno propio y otro compartido) Y de lo que más orgulloso estoy es de lo que no me ha costado ni un euro: los rosales. Los comprados son mediocres; los que proceden de esquejes robados en jardines públicos o regalados por los amigos, espléndidos.
      ¡Y qué gran verdad lo del jardinero persa!

      Eliminar
  2. Me da mucho júbilo matinal oir a todos los pájaros que merodean mi patio: unos anidan en mi jazmín gigantesco (si no lo guiara me doblaría el canalón del agua); otros vienen a beber a mi piscina son los vencejos, ¡Dios cómo vuelan y embuchan el agua en décimas de segundos! Mis salamanquesas: las veo cazar por la noche cuando me pongo en modo ensoñación mirando a las estrellas y a ellas. Mis lagartijas. El otro día se posó una lechuza en un palo rollizo de la luz. Vino a por alguno de mis reptiles. La dije mirándola a los ojos: - Eres preciosa y me alegra verte, pero vete, por favor, a otro restaurante.
    No sigo por no levantar dolor de cabeza al dueño del blog. Je, je.

    ResponderEliminar
  3. Imagino que muchos lo sabrán, pero Duque también tiene un libro sobre Doñana y una “Guía natural de Andalucía “.















    ResponderEliminar