Álvaro Pombo
Cuentos autobiográficos
Anagrama. Barcelona, 2025.
Aunque
se titula Cuentos autobiográficos, no todos los textos incluidos en el
último libro de Álvaro Pombo pueden considerarse propiamente cuentos. Unos
capítulos, como nos indica en la nota final, son fruto directo de su memoria y
sus recuerdos; mientras que otros han sido construidos “con más o menos
imaginación o ficción”.
La diferencia no consiste en lo que
más o menos haya de autobiográfico en cada uno de estos dos tipos de relatos,
algo difícil de determinar sin recurrir a datos externos, sino en su diferente
estructura. Los “recuerdos de niñez y mocedad”, como podríamos denominar a una
parte del libro tomándole prestado el título a Unamuno, parecen estar escritos
siguiendo el flujo divagatorio de la memoria, entremezclando lo trivial con lo
significativo, empezando y terminando por cualquier punto. Decimos “escritos”,
pero en realidad son textos dictados, como toda la obra última de Álvaro Pombo,
y a ese hecho, y al copista habitual, Iñaki, se alude más de una vez. La
transcripción del habla no siempre puede considerarse literatura en sentido
estricto (y ahí están las colaboraciones periodísticas semanales de Pombo para
demostrarlo), sino más o menos grata conversación. Pero dictando se puede hacer
también literatura igual que escribiendo directamente, y ahí está el caso de
Borges si alguien tiene alguna duda. Es lo que hace Pombo en los textos más
estructurados del libro, los que más recuerdan a sus novelas, como “La factura
de la felicidad”, “De la vida cotidiana” o “El pésame”.
No quiere ello decir que los
capítulos desflecados o invertebrados carezcan de interés. A veces pueden tener
un interés mayor. En uno de ellos, “Gobernación”, se atreve a contar por
primera vez, o por primera vez con la explicitud adecuada, un acontecimiento
fundamental en su biografía, el que le hizo ser el escritor que es. Así
comienza: “Fue imposible olvidarlo. En cambio, fue solo difícil tragarlo, como
un trozo crudo de hígado de vacuno, aún tibia la pegajosidad de la sangre.
Pensarlo, sin embargo, a lo largo de los años fue parte, como un tic, de una costumbre
que se quedó y no se fue. Y casi imposible contarlo”.
Según
afirma, unos versos de su libro Protocolos, de 1973, aluden a ese hecho,
pero sometido a la transformación verbal que para él parece ser consustancial a
la poesía: “Me detuvieron dos veces en Atenas / por esperar el Santo
Advenimiento. / Me forzaron los guardias de la porra. / Y volví a no dormir
donde no había dormido / cinco años atrás / entre el Rey de Bastos y el de
Espadas”.
Esos versos camuflan deliberadamente
la verdad, la convierten en un juego absurdo (y de ahí quizá el menor interés
de la poesía de Pombo respecto de su prosa). Lo que ocurrió fue que, a mediados
de los sesenta, a las tres de la madrugada, en una redada contra homosexuales,
lo detuvieron en la plaza de España y lo llevaron a la comisaría de la calle de
la Luna, donde pasó una noche, y luego a la Dirección General de Seguridad,
donde pasó dos noches y salió luego por intervención directa de Carlos Arias
Navarro, que conocía a su familia.
Álvaro
Pombo –que ahora muestra sus simpatías con el franquismo-- trata de limar todo
lo posible las aristas al acontecimiento, convirtiéndolo casi en una pintoresca
anécdota. Por entonces tenía veintisiete años y era profesor de Filosofía y
Literatura en el colegio Tajamar, dirigido por el Opus Dei. Así termina este
cuento que no es cuento, sino edulcorada memoria, de un hecho que partió en dos
su biografía: “Me soltaron al tercer día. Sin cargos. Sin cargos, pero dando
parte al colegio Tajamar. Dejé las clases, dejé el colegio o me dejaron a mí.
Me fui a Londres y no volví hasta doce años después”.
Aunque
él pretenda negarlo, y le guste hablar de las bondades de la dictadura, Álvaro
Pombo fue un exiliado del franquismo, uno de los perseguidos, no por sus ideas
políticas, sino por su orientación sexual.
De su vida en Londres habla en dos
de los capítulos, en los que entremezcla, como es habitual en estos textos que
no son cuentos propiamente dichos, lo trivial con lo pertinente. Un ejemplo de
lo primero: “Hay una anécdota que no quería contar, pero que a mi amigo Iñaki
le hace mucha gracia”. Y por eso la cuenta, o no la cuenta, porque todo lo que
nos dice es que en Londres conoció a Joaquín Sabina y que este le regaló un
cuaderno que luego perdió. El lector no
entiende, al contrario que Iñaki, el copista, dónde está la gracia. Importante,
en cambio, fue su descubrimiento de Iris Murdoch: “de pronto me di cuenta de
que se podía utilizar la novela con una carga de reflexión filosófica o
antropológica o teológica que siempre ha existido en mi vida”.
Uno de los cuentos, “El respondón:
una debilidad literaria”, consiste en un intercambio de cartas con un aprendiz
de escritor y en ellas se afirma que “el cuento, a pesar de su aparente
sencillez –una sencillez que dimana de la equívoca noción de brevedad--, es una
pieza maravillosamente difícil de cobrar”. Y continúa: “Un cuento, para que sea
bueno, tiene que ser una estructura cerrada, coherente consigo misma, brillante
y perfecta”. Lo que hoy día pasa por cuento no son más que relatos “más o menos
cortos, más o menos terminados”. De haberse aplicado a sí mismo esa exigencia
quizá hubiera titulado Pombo de otra manera estos cuentos autobiográficos, más
o menos terminados, más o menos satisfactorios, aunque casi nunca faltos de
encanto.
“El
señorito Álvaro”, así se denomina en el primero de los relatos –a sus padres
los llama “los señores”-- forma parte de una clase social, la nobleza
provinciana, la alta burguesía, que rara vez se ha contado desde dentro y por
eso sus recuerdos de infancia y adolescencia tienen siempre un interés especial.
Y en algunos casos, como en “El chinchorro” o “La isla de los ratones”,
consigue evocarnos la magia de un mundo perdido, con la bahía de Santander como
protagonista, de manera especialmente memorable.

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