jueves, 1 de enero de 2026

Partes de una historia

 

Álvaro Pombo
Cuentos autobiográficos
Anagrama. Barcelona, 2025.

Aunque se titula Cuentos autobiográficos, no todos los textos incluidos en el último libro de Álvaro Pombo pueden considerarse propiamente cuentos. Unos capítulos, como nos indica en la nota final, son fruto directo de su memoria y sus recuerdos; mientras que otros han sido construidos “con más o menos imaginación o ficción”.

            La diferencia no consiste en lo que más o menos haya de autobiográfico en cada uno de estos dos tipos de relatos, algo difícil de determinar sin recurrir a datos externos, sino en su diferente estructura. Los “recuerdos de niñez y mocedad”, como podríamos denominar a una parte del libro tomándole prestado el título a Unamuno, parecen estar escritos siguiendo el flujo divagatorio de la memoria, entremezclando lo trivial con lo significativo, empezando y terminando por cualquier punto. Decimos “escritos”, pero en realidad son textos dictados, como toda la obra última de Álvaro Pombo, y a ese hecho, y al copista habitual, Iñaki, se alude más de una vez. La transcripción del habla no siempre puede considerarse literatura en sentido estricto (y ahí están las colaboraciones periodísticas semanales de Pombo para demostrarlo), sino más o menos grata conversación. Pero dictando se puede hacer también literatura igual que escribiendo directamente, y ahí está el caso de Borges si alguien tiene alguna duda. Es lo que hace Pombo en los textos más estructurados del libro, los que más recuerdan a sus novelas, como “La factura de la felicidad”, “De la vida cotidiana” o “El pésame”.

            No quiere ello decir que los capítulos desflecados o invertebrados carezcan de interés. A veces pueden tener un interés mayor. En uno de ellos, “Gobernación”, se atreve a contar por primera vez, o por primera vez con la explicitud adecuada, un acontecimiento fundamental en su biografía, el que le hizo ser el escritor que es. Así comienza: “Fue imposible olvidarlo. En cambio, fue solo difícil tragarlo, como un trozo crudo de hígado de vacuno, aún tibia la pegajosidad de la sangre. Pensarlo, sin embargo, a lo largo de los años fue parte, como un tic, de una costumbre que se quedó y no se fue. Y casi imposible contarlo”.

Según afirma, unos versos de su libro Protocolos, de 1973, aluden a ese hecho, pero sometido a la transformación verbal que para él parece ser consustancial a la poesía: “Me detuvieron dos veces en Atenas / por esperar el Santo Advenimiento. / Me forzaron los guardias de la porra. / Y volví a no dormir donde no había dormido / cinco años atrás / entre el Rey de Bastos y el de Espadas”.

            Esos versos camuflan deliberadamente la verdad, la convierten en un juego absurdo (y de ahí quizá el menor interés de la poesía de Pombo respecto de su prosa). Lo que ocurrió fue que, a mediados de los sesenta, a las tres de la madrugada, en una redada contra homosexuales, lo detuvieron en la plaza de España y lo llevaron a la comisaría de la calle de la Luna, donde pasó una noche, y luego a la Dirección General de Seguridad, donde pasó dos noches y salió luego por intervención directa de Carlos Arias Navarro, que conocía a su familia.

Álvaro Pombo –que ahora muestra sus simpatías con el franquismo-- trata de limar todo lo posible las aristas al acontecimiento, convirtiéndolo casi en una pintoresca anécdota. Por entonces tenía veintisiete años y era profesor de Filosofía y Literatura en el colegio Tajamar, dirigido por el Opus Dei. Así termina este cuento que no es cuento, sino edulcorada memoria, de un hecho que partió en dos su biografía: “Me soltaron al tercer día. Sin cargos. Sin cargos, pero dando parte al colegio Tajamar. Dejé las clases, dejé el colegio o me dejaron a mí. Me fui a Londres y no volví hasta doce años después”.

Aunque él pretenda negarlo, y le guste hablar de las bondades de la dictadura, Álvaro Pombo fue un exiliado del franquismo, uno de los perseguidos, no por sus ideas políticas, sino por su orientación sexual.

            De su vida en Londres habla en dos de los capítulos, en los que entremezcla, como es habitual en estos textos que no son cuentos propiamente dichos, lo trivial con lo pertinente. Un ejemplo de lo primero: “Hay una anécdota que no quería contar, pero que a mi amigo Iñaki le hace mucha gracia”. Y por eso la cuenta, o no la cuenta, porque todo lo que nos dice es que en Londres conoció a Joaquín Sabina y que este le regaló un cuaderno que luego perdió.  El lector no entiende, al contrario que Iñaki, el copista, dónde está la gracia. Importante, en cambio, fue su descubrimiento de Iris Murdoch: “de pronto me di cuenta de que se podía utilizar la novela con una carga de reflexión filosófica o antropológica o teológica que siempre ha existido en mi vida”.

            Uno de los cuentos, “El respondón: una debilidad literaria”, consiste en un intercambio de cartas con un aprendiz de escritor y en ellas se afirma que “el cuento, a pesar de su aparente sencillez –una sencillez que dimana de la equívoca noción de brevedad--, es una pieza maravillosamente difícil de cobrar”. Y continúa: “Un cuento, para que sea bueno, tiene que ser una estructura cerrada, coherente consigo misma, brillante y perfecta”. Lo que hoy día pasa por cuento no son más que relatos “más o menos cortos, más o menos terminados”. De haberse aplicado a sí mismo esa exigencia quizá hubiera titulado Pombo de otra manera estos cuentos autobiográficos, más o menos terminados, más o menos satisfactorios, aunque casi nunca faltos de encanto.

“El señorito Álvaro”, así se denomina en el primero de los relatos –a sus padres los llama “los señores”-- forma parte de una clase social, la nobleza provinciana, la alta burguesía, que rara vez se ha contado desde dentro y por eso sus recuerdos de infancia y adolescencia tienen siempre un interés especial. Y en algunos casos, como en “El chinchorro” o “La isla de los ratones”, consigue evocarnos la magia de un mundo perdido, con la bahía de Santander como protagonista, de manera especialmente memorable.

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