miércoles, 20 de mayo de 2026

EL CRÍTICO EN SU CASTILLO, por ABELARDO LINARES

 

A propósito de la reseña Castillo de naipes sostenido en la fe,
de José Luis García Martín, publicada en
El Diario Montañés, El Comercio, Hoy y El Norte de Castilla-

El aún más admirable que admirado José Luis Garcia Martín acaba de publicar una reseña, la primera aparecida en la prensa española, de Guerra total, unos relatos desconocidos de Manuel Chaves Nogales que pueden considerarse la continuación de A sangre y fuego

Nada casualmente la ha titulado -con intención y gracia- Castillo de naipes sostenido en la fe. Alude con ello a que mi “algo prolijo epílogo” a dicha obra, de la que he sido editor industrial y literario, no prueba en absoluto que el conjunto de relatos sea en verdad de la autoría de Chaves, “pese a todos mis esfuerzos”, y que mi trabajo es apenas un castillo de naipes que él hará caer de un soplo o de un soplido. 

Puesto que para el crítico asturiano los lectores reincidentes de Manuel Chaves Nogales o bien sufren una chavesmanía de complejo diagnóstico o son adeptos a una religión esotérica cuyo texto sagrado (o maldito, para según quién) es un famoso prólogo de 1937, cómo sorprenderse de que García Martín empiece hablándonos de “fe”, a cuenta del anunciado castillo de naipes, cuando terminará contándonos que el periodista sevillano está ya “beatificado” y “ha subido a los altares” gracias a la fe ciega de sus devotos. Devotos dispuestos a creer a pies juntillas que cualquier texto suyo no es sino una reliquia digna de veneración. “También ahora -doctoriza García Martín-, como en la Edad Media, pueden inventarse falsas reliquias. O tomarse por tales, con la mejor voluntad, las que no lo son”. 

Con ello queda claro que para el infatigable crítico (lleva ya casi medio siglo entregado a sus muy equitativas reseñas semanales) o bien los nuevos relatos son falsos y pretendo engañar a todo el mundo atribuyéndoselos a Chaves Nogales o bien el primer engañado soy yo y seré al final el único en creerlos suyos. Por todo lo dicho creo que con igual o mayor justicia podría -e incluso debiera- haber intitulado su reseña: “Ocho apócrifos milagros narrativos de San Manuel Chaves Nogales”.

Como puede verse, García Martín enseña rapidísimamente sus cartas; tanto, que comparecen ya en el título de su reseña, lo que al cabo no mostrará nunca es el anunciado castillo de naipes.

En estos mismos días se ha estado produciendo otra polémica literaria, en Granada y sobre unos versos atribuidos a García Lorca. Los versos, a mano, están en el reverso de una hoja de papel en la que aparece un manuscrito del poeta y la polémica estriba en decidir si esos pocos versos desconocidos y anónimos pueden considerarse o no de Lorca, habiendo como hay, al parecer, dudas grafológicas sobre si el trazo de las letras es o no es del propio del poeta. Lo curioso, siendo García Lorca un santo muy de mi devoción y de la devoción de millones de lectores, es que ningún García Martín se haya presentado allí a sacar en procesión el asunto de que Lorca está ya plenamente beatificado y entronizado en los altares de todas las iglesias estéticas, oscureciendo o ensordeciendo, un debate que merece ser literario y solo literario.  

Dentro de la humilde naturaleza del género reseñístico, la presente pieza de JLGM puede tenerse por una pequeña obra maestra llena de intención e ironía, gracias al sutil juego de contrapesos que va estableciendo a lo largo de todo el texto para que su reseña aparezca como una documentada y objetiva narración de las virtudes y defectos, los aciertos y las limitaciones tanto del propio Chaves como de este su humilde editor, aunque lo que se termine escenificando de modo contundente sea la descalificación literaria de ambos. También puede haber, claro está, algún ingenuo o algún malpensado al que le parezca que a lo mejor hay también un poquito de mala fe intelectual.

Así, comienza nuestro crítico su reseña remontándose a los años noventa del pasado siglo para atribuirme, un tanto exageradamente, que yo fui quien descubrió A sangre y fuego y continúa luego asegurando que he sido yo “el feliz descubridor de una nueva obra inédita de Chaves Nogales” y que tal suceso parece o le parece, ni más ni menos, que “un acto de justicia histórica” y que me toma por un sagaz investigador y que patatín y que patatán… 

Pero a la vez avanza deslizando, línea tras línea, que soy un “discutible historiador”, que mi atribución del conjunto de relatos al periodistas sevillano “carece de cualquier sostén documental”, que solo me baso “en mi olfato” y no en pruebas, que hago afirmaciones que “son mera retórica” y están “carentes del más mínimo rigor”, que mi investigación “no hubiera pasado una revisión inter pares en una edición académica”, que lo mío no es criterio literario sino “cabezonería” y que tengo una “poco ejemplar manera de razonar”. Todo eso y también que ni los relatos reunidos son de la mano de Chaves Nogales ni Cristo que lo fundó.

Sorprendentemente y con no pequeña contradicción y paradoja, el resumen final que de Guerra total hará el implacable Martín, nos asegurará que los “relatos son ciertamente excelentes (sobre todo, ¡sorpresa!, los no firmados por Chaves Nogales) y justifican el rescate”. Lo que casi es confesarnos que si él no cree que los relatos no firmados de Chaves sean realmente de Chaves en parte se deba a eso, a que los relatos no firmados le parecen mucho mejores que los que firma.

Un punto interesante en la reseña de JLGM es el párrafo final. En él se hace eco de que yo pretenda que quien quiera negar la autoría de Chaves aporte a su vez datos y argumentos concretos; y cree corregirme declarando que invierto la carga de la prueba y que es a mí y solo a mí a quien corresponde aportar demostraciones incontestables de la autoría de Chaves Nogales. Al parecer, el García Martín del final de la reseña ya no recuerda lo que él mismo decía al principio de la misma: “El minucioso epílogo y los apéndices que acompañan a la edición, casi tan extensos como el conjunto de relatos, nos ofrecen toda clase de pruebas para demostrar… (la autoría de Chaves Nogales), … incluso el recurso a la Inteligencia Artificial y a un experto en lingüística forense”.

En realidad, por tanto, no hay ninguna inversión en la carga de la prueba, sino una gran cantidad de pruebas documentales, circunstanciales y de mera lógica deductiva que nuestro crítico no está interesado en analizar, por más que presuntamente sean ellas las que forman ese castillo de naipes que él tendría que derribar de un soplo.

Los reparos de índole concreta que el crítico detalla son apenas cuatro y nos aplicaremos a tratar de desmontarlos o puntualizarlos a continuación, pero no sin antes declarar una muy obvia perplejidad: García Martín es un gran lector y un afamado crítico. García Martín ha leído A sangre y fuego y Guerra total. A García Martín le parecen algunos relatos de Guerra total no solo excelentes sino incluso mejores los que no firma Chaves Nogales que los que firma. ¿Por qué entonces no se ha formado García Martín su propio criterio acerca de Guerra total y su parecido o no parecido con A sangre y fuego? ¿Por qué se resigna, con tanta docilidad, a mostrarse como un lector sin criterio propio, que sitúa en mí y solo en mí la responsabilidad de convencerle de que los relatos de Guerra total son realmente de Manuel Chaves Nogales? ¿No debiera el exigente crítico García Martín hablar por sí mismo y no por boca de ganso, escudándose en terceras personas?

El primer reparo que el crítico ovetense hace a los relatos de Guerra total no tiene relación ninguna con dichos relatos, lo que no deja de ser desconcertante. En mi epílogo, le atribuyo a Chaves Nogales un texto menor aparecido en el semanario Madrid, en la sección “La sexta columna” y firmado como Zoilo, basándome en la similitud de estilo y en la utilización del adjetivo “fusilable” que muy probablemente nadie utilizó en 1937 y 1938 sino Chaves Nogales. Pero como a la vez digo, en otro momento, que apenas el 20% de la prensa periódica de la época está digitalizada, García Martín le comunica rotundamente a sus lectores: “nos vemos obligados a tomar esa afirmación como mera retórica carente del más mínimo rigor”. 

Pero sucede, por una parte, que García Martín sabe y le consta que yo he pasado miles de horas en hemerotecas -“reales”, no virtuales- consultando prensa no digitalizada. Y por otra parte sucede también que, aunque, en general, quede aún muchísima prensa periódica por digitalizar, en especial revistas de todo tipo y diarios locales, en el caso particular de la prensa de la guerra civil se ha hecho un esfuerzo extraordinario y casi todos los periódicos de gran circulación están ya digitalizados; entre ellos: El Sol, La Voz, El Liberal, Ahora, Informaciones, El Heraldo de Madrid, La Vanguardia, etc. En total, supongo que hay bastante más de un millón de páginas de la prensa española 1936-1939 que están ya felizmente a disposición de cualquier lector curioso. En cualquier caso, si en algún momento descubriéramos que alguien, en alguna pequeña revista o diario, hubiera utilizado antes que Chaves el adjetivo “fusilable”, el hecho no tendría la menor representatividad o importancia. Lo relevante es que en el semanario Madrid, en el que a menudo firma Chaves con su nombre, aparezca asimismo un texto con seudónimo en el que comparezca la misma palabra, “fusilable”, que había aparecido en el prólogo de A sangre y fuego unos meses antes. Quizás el profesor García sea en exceso riguroso con el rigor… ajeno.

El segundo reparo, ¡vaya por Dios!, tampoco tiene absolutamente nada que ver con los relatos de Guerra total, sino con hechos sucedidos entre 1942 y 1944 relacionados con el uso de seudónimos por parte de Chaves Nogales. En esas fechas, nuestro autor publicó artículos y crónicas utilizando los nombres de tres personas realmente existentes: Frances L. Kaye, Eugenio de Larrabeiti y Rita E. Bois. El reseñista ovetense me conmina a que explique y dé detalles del uso de tales seudónimos porque, según él, “resulta imprescindible” tal cosa. Pero puesto que mi epílogo tiene ya casi noventa páginas me he limitado a aportar unos pocos datos objetivos y a regalar, en uno de los apéndices, un extraordinario reportaje novelado sobre la Home guard británica firmado por Larrabeiti, aunque escrito en realidad por Chaves. A veces una muestra concreta argumenta mejor que mil ensayos académicos que hayan pasado una revisión inter pares

El tercer reparo no es sino una desmayada variación del segundo. Ahora el seudónimo traído a cuenta o a cuento por JLGM es el de Eduardo Borrás-Enrique Albrit, quien firma tres de los más intensos relatos de Guerra total. Nuestro crítico, según nos dice, no comprende la razón por la que borro la autoría de Borrás y se la atribuyo a Chaves Nogales. 

La primera y principal razón es porque Borrás publica, además de los relatos, un artículo en el semanario Madrid de una excelsa, inabarcable torpeza literaria, que incluye la siguiente frase: “El fascismo se aglutina en la solidaridad inquebrantable del aluvión”. Nada más terminado de leer aquello llegué a la inmediata conclusión, por supuesto inquebrantable también, de que el autor de esa torpísima prosa no podía ser, a la vez, el autor de las tres augustas piezas firmadas por Borrás en Madrid. Se me impuso también la convicción, en ese mismo momento, que el autor de esos relatos debía ser en realidad Manuel Chaves Nogales y no -es solo un ejemplo- el guardagujas de la estación de tren de una pequeña ciudad cercana a Cincinati, muy aficionado a la escritura y con un primo carnal en un cuartel de Albacete ocupado por la brigada Lincoln.

El cuarto y último reparo (¡Mecachis! O si se prefiere: ¡también es mala suerte, joder!) no solo tampoco tiene nada que ver con los relatos incluidos en Guerra total sino que ni siquiera tiene nada que ver conmigo, su editor. Lo que ahora hace nuestro muy cuco y quizás algo faquín reseñista es apropiarse de una información proporcionada por Juan Carlos Mateos en el recién publicado: Manuel Chaves Nogales, la construcción de un mito.

Mateos cuenta allí que María Isabel Cintas, estudiosa y biógrafa oficial de Chaves Nogales atribuyó a Chaves, en su edición de la Obra periodística, unos cuantos artículos escritos sin embargo por un primo suyo, Manuel G. Nogales, asimismo periodista en el diario Ahora, del que Chaves era subdirector. 

José Luis García Martín aprovecha dicha información para, de manera un tanto subrepticia, recalcar su mensaje de que los relatos de Guerra total no son obra original de Chaves Nogales sino meras atribuciones y, como tales atribuciones, materia cuasi delictiva, por lo que el volumen recién puesto a la venta tendría un bastante o un mucho o un todo de estafa. De ahí que empiece su argumento escribiendo: “No es la primera vez que a Chaves Nogales se le atribuyen escritos que no son suyos.”

En eso de que no sea la primera vez que se le atribuyen a Chaves artículos que no son suyos, acierta en parte García Martín, pero de forma involuntaria, ya que fue la misma profesora María Isabel Cintas la que erró una segunda vez, justo en el primer tomo de su biografía: Manuel Chaves Nogales. Andar y contar

Allí dedica un capítulo entero a narrar su hallazgo de un artículo desconocido de Chaves Nogales en la prensa brasileña, concretamente en el periódico Folha da manhá de Sao Paulo, en 1933. Ciertamente en Folha se publicaron cuatro artículos de Chaves Nogales pertenecientes a la serie “Bajo el signo de la svástica”, aparecidos originariamente en el diario Ahora. Pero se publicaron con la implícita confesión de que no se habían contratado con el periodista sino que se publicaban “por su interés”, fórmula habitual en la prensa de todos los países para justificar ciertas leves piraterías o marrullerías periodísticas. 

El supuesto artículo encontrado por la profesora Cintas se titulaba “La mujer fascista”. Apareció dos meses después de los dedicados a la ascensión del fascismo y de forma anónima, a diferencia de los anteriores, que sí llevaban todos la indicación de estar escritos por el periodista español Manuel Chaves Nogales. 

María Isabel Cintas, a pesar del anonimato, reclamaba jubilosamente la autoría de Chaves asegurando que se trataba sin duda de uno de los artículos escritos por Chaves tras el viaje a Alemania, de paso por Italia. Artículos jamás publicados en la prensa madrileña por una supuesta censura del propietario de Ahora, don Luis Montiel, que era bastante más de derechas que Chaves Nogales.

La verdad de la verdad es que el artículo “La mujer fascista” era una alabanza incondicional de la mujer fascista, con mucha profusión de datos y estadísticas gloriosas y que el estilo en el que estaba escrito no tenía absolutamente nada que ver con Chaves Nogales ni con los durísimos artículos de “Bajo el signo de la svástica” que deberían ser su cercanísimo antecedente. 

García Martín incluso hace suya una final apostilla de Mateos, a la que califica de certera, endosándole a Chaves Nogales una culpa inexistente, que solo le corresponde a la estudiosa Cintas: “Lo que consiguen esos desmanes (de las falsas atribuciones) es hacernos dudar de la excepcionalidad de Chaves, cuando puede ser confundido con cualquier otro periodista que no ha sido elevado a los altares”. Una elucubración como esa, tan del gusto de García Martín, podría llevarnos a conclusiones demoledoras y un tanto deprimentes no solo en literatura sino también en música y pintura y en todas las demás artes. Bastaría con que un crítico más o menos anónimo se decidiera a atribuir un cierto cuadro no firmado a Velazquez o a Picasso para que nos sintiéramos obligados a dudar de la excepcionalidad de Picasso o de Velázquez antes que de la agudeza del crítico anónimo.

Con todo, reconozco que la frase tiene brillo aunque le falte peso. Sobra de brillo y falta de peso, por cierto y finalmente, es lo que caracteriza a muchas argumentaciones y frases “estupendas” del ameno escritor que es siempre García Martín. Fijémonos, por ejemplo, en la casi final frase de su reseña, flamantemente aforística, sobre los ciegos lectores devotos de Chaves Nogales dispuestos a tragarse toda suerte de ruedas de molino: “No resta peregrinos al camino (sic) de Santiago el saber a ciencia cierta que allí no está enterrado el apóstol”. 

Peregrinos, no; admirado José Luis: lo que no faltan son turistas, si quieres ser preciso. Y por favor, precisa también un poco más cuando escribas sobre Chaves Nogales.

 

1 comentario:

  1. !/ El título de mi reseña es "Castillo de naipes", tal y como aparece en este blog. "Castillo de naipes sostenido por la fe" fue el título que le pusieron en "El Diario Montañés".
    2/ El caso Lorca del que me hablas nada tiene que ver con el caso Chaves Nogales que nos ocupa. Aquí se trata de la reuniòn de una serie de cuentos aparecidos en una revista durante la guerra civil. De publicarse con el nombre de los verdaderos autores, venderían cien o doscientos ejemplares. Firmados por Chaves Nogales y conformando una inventada (por el editor) segunda parte de "A sangre y fuego" pueden vender diez mil o veinte mil.
    3/ El editor comercial y literario nos ofrece toda clase de "presuntas" pruebas que avalan la autoría de Chaves Nogales. Pero no hay ninguna prueba documental, todo son suposiciones e hipótesis que, en el mejor de los casos, deberían quedarse en hipótesis más o menos plausibles.
    4/ Hay pruebas de que "fusilable" en 1939 era una palabra de uso común y corriente (Álvaro d'Ors cuenta en su diario que, en abril de ese año, unas mujeres le consideraban fusilable por haber evitado el linchamiento de unos republicanos). Pero, aunque la hubiera "inventado" Chaves Nogales, nada impide que puedan utilizarla otros periodistas conocidos suyos.
    5/ "El fascismo se aglutina, etc." no es una frase de especial torpeza (le guste a uno más o menos) ni incapacita a nadie para escribir un cuento maniqueo contando las barbaridades de la guerra civil.
    6/ No es el olfato literario el que determina la autoría de un texto. Hace un tiempo, la editorial Pre-Textos publicó una revista de poemas inéditos en que la que no aparecía la firma de los autores y los aciertos al adivinar fueron escasos, incluso entre expertos. Se puede acertar por olfato, pero hace falta algo más que el olfato --tan falible-- para cambiar la autoría de un texto.
    y 7/ Si hubieras publicado esos relatos en una revista de investigación literaria y rescate, como "Mediodía", con el título de "Ocho posibles cuentos de Manuel Chaves Nogales", ni yo ni nadie habríamos tenido nada que reprocharte.

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