Miguel d'Ors
Tiempo de descuento
Pre-Textos. Valencia, 2025.
Una vez afirmó un político que la opinión pública no es lo mismo que la opinión publicada. La frase puede aplicarse también a la literatura y especialmente a la poesía. Cualquier lector medianamente atento, sabe que los nombres más jaleados por la información cultural, unas veces por razones extraliterarias y otras por razones tan escasamente literarias como obtener el Premio Nacional de Poesía –en el que pocos miembros del amplio jurado son especialistas en el tema--, no son los más prestigiosos, sino, en más de una ocasión, todo lo contrario.
Quienes han seguido la marcha de la poesía española durante el último medio siglo, desde los años setenta hasta la actualidad, saben que uno de los poetas fundamentales, uno que no puede faltar en ningún recuento, pero a menudo falta, es Miguel d'Ors. No se trata de un autor desconocido, aunque en él no suelan fijarse los suplementos culturales, cuenta con una legión de fieles, pero poco ruidosos, seguidores para los que cada nuevo libro suyo es un acontecimiento.
Tiempo de descuento anuncia desde el título su carácter epigonal –el autor cumple este año ochenta años-- e intenta en el breve prólogo una justificación. Abundan los poetas que siguen publicando versos cuando la poesía los ha abandonado. El ejemplo clásico es el de Jorge Guillén, el más reciente el de Pere Gimferrer y su Balada . Miguel d'Ors no se incluye en ese grupo. Buena parte de los poemas de Tiempo de descuento están a la altura de sus mejores poemas, pueden y deben incluirse en cualquier antología de su obra.
Habla de lo mismo de siempre –de lo que le importa, de lo que importa--, pero lo hace, si no cada vez con “mayor precisión, intensidad y belleza”, para decirlo con las palabras que él mismo aventura en el prólogo, con la misma de sus mejores momentos.
En dos tipos de poemas destaca Miguel d'Ors y los dos primeros poemas del libro pueden ejemplificarlos. “Memoria, mala amiga”, escrito en la silva libre impar que trajo a la poesía española Juan Ramón Jiménez, es un poema de frases largas que no excluyen la expresión coloquial, que a ratos puede parecer divagatorio, pero que se construye en torno a una idea, a un armazón conceptual, como tantos otros del libro. El segundo poema, “Parece mentira”, es un romancillo de aire tradicional, que rescata una estampa de la infancia y lo hace acumulando “pequeños detalles exactos” –marca de la casa-- que le dan ese aire de verdad vivida –aunque pueda ser fingida-- que tiene toda la poesía de Miguel d'Ors.
La poesía, por mucho que pueda parecer inspiración y magia (o simple “desahogo del corazón” como decía Espronceda de su “Canto a Teresa”), no es nada si no es en primer lugar artesanía, trabajo bien hecho con selectos materiales. Y Miguel d'Ors es uno de los mejores artesanos de la poesía española de cualquier tiempo, pocos como él conocen los secretos de la métrica o de la adjetivación, de los distintos registros del lenguaje, de la tradición que nutre la originalidad verdadera.
Sus poemas, nada herméticos ni gongorinos (ni mucho menos de abstracta vaguedad a la manera de la llamada poesía metafísica), emocionan o hacen sonreír al lector común sin necesidad de notas ni prospectos explicativos, pero a la vez resultan inagotables para el crítico, el poeta y el lector especializado. Ha seguido a Miguel d'Ors el consejo de Antonio Machado: “Da doble luz a tu verso, / para leído de frente / y al sesgo”. También el de Lope de Vega: “oscuro el borrador y el verso claro”.
Cito algunas maravillas memorables. “Ahora me toca a mí” comienza con una fecha (“El 23 de agosto de 2024” dice el primer verso) y termina con esa misma fecha al pie (es costumbre de Miguel d'Ors fechar todos sus poemas), como para dejar claro que se trata de la descripción de un día, casi una nota de diario. No pasa nada extraordinario, es un día como tantos. Lo novedoso es la manera de contarlo: “Con fresco mañanero / subí al Monte da Tomba, / pasando ante la fila de castaños / como si fuera un presidente de gobierno / en visita oficial”. Apenas hay verso sin una sorpresa expresiva "hasta que el día, satisfecho, / bajó al fin la persiana. Buenas noches". Y entonces vienen los versos finales, metapoéticos a la manera dorsiana, tan diferente a la de la mayoría de los poetas de su generación: “El 23 de mayo / de 2024 cumplió su cometido. / Ahora me toca a mí cumplir el mío / convertirlo en palabras que lo salven / de las aguas del tiempo”.
Emparentado con el anterior poema se encuentra “Las últimas castañas”. Primero, la descripción de los días finales del otoño y luego la reflexión a la vez metapoética y vital.
Miguel d'Ors escribe en castellano, pero pocos poetas como él han reflejado con tanta verdad el mundo gallego, el rural y el urbano (vuelven a aparecer en este libro las lluviosas evocaciones de Santiago). En una historia de la literatura gallega, que no toda se ha escrito en gallego, no debería faltar, como tampoco Pardo Bazán o Valle-Inclán.
Claro que, si también a veces dormitaba Homero, no nos ahorra Miguel d'Ors unas pocas cabezadas: “Scherzo”, “De soledades” (aunque algo lo salva el final) o “Y sigo con la lógica teológica”, no por el chiste (“que el desierto es jodudo no lo dido”), sino porque su humor algo cuartelero contrapone los patriarcas bíblicos con sus “tres o cuatro mujeres y ocho o diez concubinas” a “los pobres cristianos de este tiempo”, olvidando que en ese masculino, que es el género no marcado, se incluye también a las cristianas, quizás no muy contentas con su papel de concubinas.
Pero estos son reparos menores y quizás discutibles. Sigo enumerando otros poemas ingeniosos o emocionadamente memorables. Un tema muy sensible y en el que es fácil incurrir en lo sensiblero se salva de la mejor manera en “EV”: “Al fin / su vida no era más que una sonrisa”. En “Me voy”, la despedida que cierra el libro, escuchamos la música del bolero en que podría convertirse (el final nos recuerda a un poema de Ángel González). “Ante su 77 cumpleaños” y “Afeitándome” recurren al humor para enfrentarse a lo inevitable. “Aria triste” recrea sin mimetismo al primer Juan Ramón.
Católico “a machamartillo”, que diría Menéndez Pelayo, y de una opción política conservadora, que no esconde, ni tiene por qué, en sus versos, Miguel d'Ors es sin embargo un poeta para todos los públicos. Incluso cuando el poema acaba convirtiéndose en una oración, como ocurre en “Esto me serviría”, es difícil no sentirse identificado con ese momento de plenitud humana que, si no acabase nunca, no cambiaríamos por ningún cielo. Y conviene fijarse especialmente en las enumeraciones llamadas “caóticas” de tantos poemas –un ejemplo que vale por muchos: “Solitudine”-- que son marca de la casa ya las que Miguel d'Ors recurren una y otra vez sin cansarse ni cansarnos nunca.


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