Max Aub
Diarios 1939-1972
Edición de Manuel
Aznar Soler
Renacimiento.
Sevilla, 2023.
Desde
los años sesenta, Max Aub fue uno de los nombres míticos de la literatura del
exilio. Era un escritor distinto –nacido en París, de padre alemán, el español
su segunda lengua-- que unía al compromiso republicano un gusto
experimentalista y mistificador heredado de la vanguardia. Volvió dos veces a
España, en 1969 y en 1972, poco antes de su muerte, pero volvió, con pasaporte
mexicano, para dejar constancia de lo que veía, sin ningún deseo de quedarse.
El resultado de su primer viaje fue una de sus mejores obras, el diario La
gallina ciega, un exasperado retrato del franquismo sociológico y de las
frustraciones de la oposición interior.
Esa entrega de su diario no se
incluye en este bien ilustrado y monumental Diarios 1939-1972, al que
Manuel Aznar Soler ha puesto un solvente prólogo y llenado de notas no siempre
imprescindibles. Se incluyen, cambio, Enero en Cuba, que Max Aub publicó
en 1969 y el diario de su estancia en Israel que quiso publicar y solo apareció
póstumamente, pero sin separar con una portadilla del resto.
Manuel Aznar Soler pretende hacer
“una edición cargada de futuro” y resolver con sus notas “las dificultades de
lectura que pueda tener hoy un estudiante universitario de veinte años”, como
si se tratara de una lectura escolar. ¿Y de verdad cree que un estudiante
universitario no sabe quién es Juan Carlos de Borbón o quién fue Carrero
Blanco? ¿O Eva Braun? ¿O en qué año murió el Che Guevara? A pesar de esos
excesos, se disculpa “por haber economizado ciertas notas”, ya que en otro caso
su edición se hubiera convertido “en la historia de una anotación
interminable”. Pero resulta muy fácil saber qué notas sobran: todas aquellas que
resuelven dudas que el lector, tenga o no veinte años, sea o no universitario,
puede aclarar tecleando unas palabras en el teléfono móvil, que es ese
ordenador que todo el mundo tiene a la mano. “Las notas a pie de página son de
lectura voluntaria” se disculpa el aplicado estudioso, lo cual es cierto, pero
también que distraen al ser una llamada de atención que tendemos a suponer
pertinente. Echamos en falta, sin embargo, ciertas aclaraciones. Un ejemplo: en
la página 727 se nos indica en nota que Hiroshima, mon amour es una
película de Alain Resnais, pero no se dice nada de la “carta de un comunista
francés” que se reproduce a continuación; no sabemos si es una carta auténtica
o un texto de ficción.
Estos diarios de Max Aub, a ratos
diario verdadero y a menudo cuaderno de ejercicios y de anotaciones varias, lo
retratan de cuerpo entero. Aquí está su curiosidad inagotable, su afán de
discutirlo todo, de pensar por cuenta propia, su cosmopolitismo intelectual, su
afán viajero. Está también su susceptibilidad y vanidad. Nunca deja de anotar
que esta persona o aquella otra a la que le presentan “nunca ha oído hablar de
él”, “no sabe quién es”, “no le ha leído”. En 1971, tantos años después, tantas
catástrofes después, relee un número de Hora de España, de 1937, y se
entristece de nuevo al ver que en un artículo dedicado a “Nuestro teatro” no se
le menciona.
A Guillermo de Torre se alude repetidas
veces, y siempre despectivamente, a lo largo del diario. En la anotación
dedicada a su muerte averiguamos por qué: “Murió el 14 de julio Guillermo de
Torre en Buenos Aires, como es natural. Se salió con la suya: no escribir ‘el ensayo
que me debía’, como me dijo. Tampoco me han dado ningún premio, ni me lo darán.
¿Voy a llorar por eso?”.
A las continuas quejas por su
marginación, se añade una homofobia que va creciendo con los años. Llega a
extremos obsesivos. El 17 de abril de 1970 cena en casa de Buñuel. Se habla de
la Residencia de Estudiantes y lo único que Aub cree de importancia para anotar
en su diario es lo siguiente: “Confirmo que Orueta, según Méndez (contra
Buñuel) era maricón”. Orueta, que fue director de Bellas Artes en el gobierno
republicano, había muerto en 1939. ¡Y todavía le preocupaba a Aub saber cuál
era su orientación sexual! El tal Méndez aclara cómo lo sabe: “Yo he vivió años
en el cuarto de al lado. Se atraía a los jovencitos regalándoles latas de
conserva”.
Critica Aub en los diarios de Azaña
su obsesión por los chismes y el continuo menosprecio de las personas. Parece
que está hablando de los suyos propios. Cipriano Rivas Cherif es reiteradamente
maltratados. A Francisco Giner de los Ríos le escucha contar en una cena, en la
que se acusa a los diarios de Azaña “de faltar a la verdad”, que en 1945 o 1946
el general Saravia se jugó la vida yendo a buscar a Madrid, con cuatro
colaboradores militares, a Rivas Cherif y cómo este se negó a seguirles. Y no
quiso hacerlo –aclara no sabemos si Giner o Aub—“por no dejar de la mano el
estreno y la dirección de la obra de un invertido amigo suyo”.
¿Alguien puede creerse que Saravia,
que fue jefe del ejército de Levante, que en 1945 era ministro de Defensa del
gobierno republicano en el exilio, iba a presentarse en Madrid acompañado de
cuatro militares para sacar de España a un recién salido de presidio en
libertad condicional? El minucioso anotador sí parece creérselo y lo único que
anota al respecto es que “el invertido amigo suyo” podría ser Benavente, de
quien Rivas Cherif representó dos obras en el otoño de 1946.
Pero no solo hay resentida vanidad,
obsesiva homofobia y poco piadosas observaciones contra este y aquel en estos
diarios, por supuesto, pero conviene señalar unos aspectos que la mitificación
habitual –o la acrítica crítica universitaria-- suele pasar por alto. Hay
también espléndidos pasajes literarios. El cinematográfico flashback de
su vida que encontramos en la anotación del 25 de mayo de 1951 o la “noticia de
la muerte de mis perros”, que encontramos en la del 12 de noviembre de 1958,
por citar dos ejemplos (los hay por docenas).
Max Aub no pretende ser sublime sin interrupción.
Escribe lo que ve y lo que le cuentan. De Arturo Barea: “dicen que su mujer le
escribe los libros, en excelente inglés”. A Dámaso Alonso, de quien más de una
vez subraya su cobardía, le hace confesar: “Yo no he sido el escritor que
debiera haber sido por Franco. Me refugié en la lingüística románica, por si
acaso. Era lo que menos podía comprometerme”. A Cela le dedica un aguafuerte
preciso y cruel, como suelen ser todos sus retratos al minuto: “Dedica todas
las horas posibles a su negocio que es la gloria, a la que ordeña a sus horas
fijas, muy bien secundado por Rosario, su mujer. Sueña todas las noches con el
premio Nobel”.
Las tres entregas de su diario que
Aub publicó o dejo listas para publicar están dedicadas a otros tantos viajes:
Israel, Cuba, España. De diversos viajes europeos se ocupan otras de las más
sugerentes páginas de este volumen, que entremezcla arbitrariedad con
inteligencia, generosidad con mala intención, debates políticos –el comunismo,
fue encarcelado acusado de serlo, es una de sus obsesiones—y apuntes líricos,
menos afortunados cuando están en verso.
Un hermoso volumen –ejemplar la edición de
Renacimiento-- para leer a trechos y espaciadamente, para curiosear y rebuscar
maldades ayudado por el índice onomástico (léase, por ejemplo, lo que dice de
las razones de la muerte de Lorca), para admirar y detestar a ese escritor
inagotable que fue Max Aub.
Jaime Mayor Oreja no es Carrero ni Juan Carlos de Borbón.Y doy fe que la inmensa mayoría de los que, no que vayan a la universidad,si no que cursen segundo de bachillerato conocen a Carrero y a Juan Carlos Borbón. Un poco desinformado el señor Aznar.
ResponderEliminarVaya chistecito, Joaquín.
ResponderEliminarDe veras es tan importante que un universitario sepa que Carmen Pichot le fue infiel a su marido? Eso, suponiendo que fuera cierto. Y el año que murió el Che? Noto cierta pretenciosidad en sus opiniones. Además, tan listillo que se cree y no se atreve a poner una palabra: cuernos.
ResponderEliminarSo, Joaquín, que no estás en una tertulia de bar (en Asturias decimos "de chigre"). Si no se tiene nada interesante y a propósito que decir, lo mejor es no decir nada. Los comentarios han de ser pertinentes y guardando la cortesía.
ResponderEliminarNo voy a negar que lo que más me ha molestado es el chistecito de Carrero. Por lo demás, estoy seguro que de conocernos, ni yo lo vería como pretencioso ni usted a mí como memo.Por último, reconociendo su valor, tampoco me convence mucho Max Aub. Un saludo.
ResponderEliminarRecuerdo la impresión agridulce que me causó la lectura de "La gallina ciega" hace ya bastante tiempo. Un buen escritor este Max Aub. También, un tipo atravesado, que creía que los españoles estaban sedientos de conocerle 30 años después de la guerra civil. Y, claro, no era el caso. Max Aub regresa como un fantasma a un país que no entiende del todo y al que pretende dar lecciones desde su respetable amargura personal (no me leen; por ello, España es inculta; qué diferencia con la España en la que yo era una promesa; o con México, tan progresista, en donde vivo). Muy razonable cuando admite que es imposible recuperar el pasado en una tierra que casi le parece extranjera. En el túnel del tiempo no hay vuelta atrás ("he venido pero no he vuelto"). Muy discutible cuando desprecia todo y a todos, se enfada sin razón, insulta a un pobre chico ("pobre tonto") por no acordarse de un libro de Alberti, o establece comparaciones patéticas con los años treinta: antes había limpiabotas en Madrid, dice, ahora no. Qué pena. Y encima se pone elegíaco. Igual es que en la España de 1969 había menos miseria que en la de su tiempo. Aquí se nota la entretela señoritil del señor Aub, así como en su obsesión burguesa por la buena comida (al parecer, la etérea nostalgia se cura con un besugo al horno o unos espesos callos a la madrileña con su correspondiente chorizo; el libro es casi un recetario de cocina). El resentimiento no es bueno y Aub era un resentido de manual (excepto después de una comilona). El escritor valenciano no resulta entrañable sino insoportable. Ahora bien, casi en cada página nos asalta una frase brillante, una reflexión interesante o una descripción magnífica. Libro, a mi parecer, de casi obligatoria lectura. Aunque solo sea por la intensidad con la que reivindica su generación partida por la guerra y condenada al olvido por los vencedores. Ahora los huesos de Max Aub crujirán de alegría al saber que ha alcanzado un estatus notable (y merecido) en el canon literario español del siglo XX. Váyase lo uno por lo otro.
ResponderEliminarUn saludo.