jueves, 28 de septiembre de 2023

Crónica y ficción entremezcladas

 

 

El querido hermano
Joaquín Pérez Azaústre
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2023.

Para contar la vida de Manuel Machado durante la guerra civil, que pasó en Burgos, Joaquín Pérez Azaústre, premiado poeta, podía haber escrito una crónica, un relato de los hechos a partir de los diversos testimonios conocidos, y sobre todo de la minuciosa investigación llevada a cabo por Miguel d’Ors, o una novela basada en hechos reales. Ha mezclado ambas opciones y al resultado se le notan demasiado las costuras, es una mayonesa que no acaba de cuajar. Comienza cuando Manuel Machado se entera casualmente de la muerte de su hermano en Francia, termina con los dos días que pasó en Colliure. En medio, están los principales acontecimientos de la estancia en Burgos –la denuncia de un periodista, la detención, el ingreso en la Academia de la Lengua--, entremezclados con evocaciones de su vida anterior, sobre todo la estancia juvenil en París, y los encuentros familiares con Antonio.

            El autobiográfico discurso de entrada en la Academia, que tuvo lugar en 1938, le sirve de guion a Pérez Azaústre para varios capítulos. Comienza con un tono reivindicativo afirmando que “si una parte de quienes han condenado a Manuel Machado se hubieran molestado en leerlo con agudeza, quizá sus juicios serían otros”. Critica que se disculpe en Antonio lo que se reprocha a Manuel, “el conocimiento de los crímenes de su propio bando en la retaguardia o la escritura de poemas bélicos, en una exaltación de la violencia y la sangre”. Continúa preguntándose “qué tipo de superioridad íntima convierte a ciertos estudiosos y escritores en valerosos guardianes de la moral pública cuando ha pasado el peligro”. Ignora que el reproche por su comportamiento durante la guerra ha afectado tanto a Manuel como a Antonio, y ahí está la última biografía que a este último le ha dedicado Enrique Baltanás para demostrarlo.

            Disuena el tono de articulista de opinión que asoma acá y allá en El querido hermano. No se corresponde la paráfrasis que hace Manuel Machado del discurso con afirmaciones reivindicativas. Nada hay de especial valentía en leer sus autorretratos, bien conocidos, ni en mencionar a Antonio, por muy destacado militante del otro bando que fuera (recordemos que en fecha tan temprana como 1940 se reeditan sus Poesía completas en la España nacional). Nada descubre de nuevo, a pesar de que insiste en ello, Pérez Azaústre, pero comete algún error. Afirma Machado, tras referirse a que en un principio pensó en hacer un discurso en verso como Zorrilla, que en seguida se dio cuenta de que “la tarea de enfilar al pie de siete u ocho cientos de versos de una vez –quizá no he escrito otros tantos en mi vida—no era para mí”. Pérez Azaústre lo reduce a “siete u ocho versos de una vez” y por eso cree que se trata de una excusa, ya que “podría escribir su vida en copla casi sin despeinarse, con un pitillo en la mano, mientras se bebe seis cañas de manzanilla”.

            Afirma también, ante la excusa del poeta de que no tenía consigo sus libros, que, “como director de la Biblioteca y Museo de Madrid, aunque lleve dos años sin poder ejercer, es evidente que Manuel Machado está al tanto de la existencia de la Biblioteca Pública del Estado, en Burgos, que tiene su sede en la Casa del Consulado del Mar, en el Paseo del Espolón”. ¿Pero hace falta ser director de una biblioteca en Madrid para saber que hay otra biblioteca pública en Burgos, como en todas las capitales de provincia?

            Hablando de Oscar Wilde, a quien conocieron los hermanos Machado en París, nos aclara que, por esas fechas, “aún no sabe, porque es imposible, que su hijo mayor, Cyril –de apellido Holand desde que la condena a su padre por ultraje a la moral pública se cernió sobre su nombre-- morirá bajo el recuerdo de ese oprobio, y que también lo hará, como él, sobre suelo francés, en la Gran Guerra”. La Gran Guerra comenzó en el 14 y Wilde murió en 1900. “Aún no sabe” escribe Pérez Azaústre, dando a entender que lo sabría más tarde porque en ese momento “es imposible”. No escasean esas ingenuidades o torpezas expresivas en el libro, que habría necesitado una rigurosa revisión.

            Pero más discutible que la parte de crónica es lo que en el libro hay de ficción. Un periodista quiere entrevistar a Manuel Machado, este se niega, y como el periodista insiste, Raúl, el falangista que acompaña al poeta, le pide que se aparte. El periodista no lo hace. Y entonces, “en un movimiento velocísimo, Raúl mete la mano por la apertura de la gabardina hasta agarrarle los testículos”, luego se acerca más y le dice al oído. “O te arranco los huevos, hijo de puta”. ¿Era un exhibicionista que no llevaba pantalones?, nos preguntamos. ¿No podía simplemente haberle dado un empujón?

            Pero más sorprendentes son las palabras que pone en boca del poeta a propósito de Pilar de Valderrama: “siempre me pareció una calientabraguetas”, “ni siquiera se dejaba meter mano”. Y a continuación le cuenta al joven falangista las confidencias que le hizo Antonio: “como esta Pilar era una estrecha, él no había dejado de frecuentar los burdeles. Imagina su sorpresa cuando un día se encuentra con una muchacha que es el vivo retrato de su esposa muerta”. Y aventura la hipótesis de que muchos de los poemas aparentemente dedicados a Guiomar está dedicados a esa joven prostituta que se parecía a Leonor. Esa más que discutible anécdota la cuenta Alfredo Marqueríe en sus memorias. Pérez Azaústre, caso de utilizarla, podía ponerla en boca de cualquier personaje, pero nunca en la de Manuel Machado.

             Para que nos creamos una historia tenemos que confiar en el narrador. En Pérez Azaústre confiamos poco, tanto cuando se pone rebuscadamente poético como cuando incurre en el toque realista: un falangista (el falangista “malo”, Raúl es el bueno) se abalanza sobre Manuel Machado, “completamente borracho” tras el discurso de ingreso en la Academia, para darle una paliza.

            En el capítulo penúltimo, titulado “El aviador francés”, asistimos a un cameo de Antoine de Saint-Exupéry. Pregunta a Manuel Machado y su acompañante cómo van las cosas en España y se sorprende –es febrero de 1939-- cuando le dicen que la República tiene perdida la guerra. ¿Pero es que no había periódicos en Francia o el autor de El principito no tenía la costumbre de leerlos? Cosas así nos impiden tomar del todo en serio este bien intencionado homenaje al mayor de los Machado.



martes, 19 de septiembre de 2023

Crimen en el paraíso

 

 

El problema final
Arturo Pérez-Reverte
Alfaguara. Madrid, 2023.
 

Como en las dos novelas de Cervantes protagonizadas por don Quijote –tradicional y erróneamente consideradas como partes de una única novela-- o en la serie de relatos que Conan Doyle dedicó a Sherlock Holmes, es el diálogo entre dos personajes lo que más interesa en El problema final, el brillante, y finalmente frustrado, homenaje que Arturo Pérez-Reverte ha querido dedicar a la novela policíaca que estuvo de moda en los años treinta, la novela-problema que planteaba un reto al lector, un enigma que debía resolver en competencia con el el detective. Se trata de un género, o subgénero, más intelectual que visceral (de ahí la fascinación de Jorge Luis Borges) que arrumbarían en los cuarenta los Dashiell Hammett y los Raymond Chandler para sustituirlo por el que hoy prolifera, gore y denuncia de la corrupción policial y política, de la pervivencia del heteropatriarcado y de otras lacras. Agatha Christie y sus émulos de entonces –Dickson Carr, Ellery Queen, Dorothy L. Sayers--  se han refugiado en el cine y en las series de televisión. Ahí están para demostrarlo las varias temporadas de Crimen en el paraíso, siempre con la aclaración final del misterio (a menudo un asesinato en una habitación cerrada o cualquier otra imposibilidad) en una reunión del extravagante detective con todos los sospechosos, o Misterio en Venecia, la más reciente –y la más memorable-- encarnación de Hércules Poirot por parte de Kenneth Branagh, donde el referente es menos Agatha Christie que Henry James.

            Pérez-Reverte comienza de sugerente manera su homenaje a la literatura de otro tiempo: “En junio de 1960 viajé a Génova para comprar un sombrero. Había adquirido esa costumbre cuando rodaba películas en Italia: pasar unos días en el Grand Hotel Savoia y comprar un Borsalino de fieltro o panamá, según la época del año, en Luciana de la vía Luccoli”. Atractivo resulta el narrador en primera persona--un viejo actor inspirado en Basil Rathbone, el más famoso intérprete de Sherlock antes de que apareciera Benedict Cumberbatch-- en esas primeras páginas, pero en la mayor parte de la novela podía, y quizá debería, haber sido sustituido por una tercera persona. La novela tiene mucho de teatral o de guion para una adaptación cinematográfica. Los exteriores son pocos, pero muy visualmente atractivos, como en las películas basadas en la serie protagonizada por Tom Ripley: la Génova del prólogo, la villa junto al lago de Garda del epílogo y la isla griega frente a Corfú en que transcurre la mayor parte de la acción, “bellísima, un minúsculo paraíso de olivos, cedros, cipreses y buganvillas, con el embarcadero en forma de espigón bajo las ruinas de un antiguo fuerte veneciano, una colina espesamente arbolada que conservaba arriba los restos de un templo griego” y, en una concavidad protegida de todos los vientos, el hotel en el que durante unos días un inesperado temporal aísla a los personajes.

            Hace un esfuerzo el autor por abandonar su tono bronco característico (la única maldición que se permite el protagonista es un reiterado “Por Júpiter”) y ofrecernos un relato amable, como de sobremesa, un cosy crimen, en el que abundan las referencias literarias y cinematográficas. La verosimilitud no parece preocuparle demasiado y quien tenga la paciencia de seguir hasta el final, se sonreirá al comprobar que una suplantación se descubre porque un personaje era alérgico a la fruta y en el cadáver tenía “los incisivos manchados de un leve tono violáceo”, rastro de un postre de moras que había comido a mediodía. Como el asesinato ocurrió a media noche, hay que deducir que la adinerada y educada viajera inglesa no tenía la costumbre de lavarse los dientes. Tampoco existían entonces –años sesenta—las huellas dactilares y se podía conseguir pasaporte a nombre de otra persona con tal de que en la fotografía uno se pareciera a ella.

            ¿Minucias? Si uno acepta las reglas del juego, no estropean el entretenimiento. Pero –ya lo dijo Borges, el inevitable Borges-- utilizar más de trescientas páginas para resolver un acertijo resulta excederse un poco. Por eso, “el género policial se presta menos a la novela que al cuento breve; Chesterton y Poe, su inventor, prefirieron siempre el segundo”. Y cuentos, o novelas cortas, llenan las páginas del Mystery Magazine, la revista en que Francisco Foxá, que aspira a ser el equivalente de Watson en El problema final, publicó su única obra traducida al inglés.

            Para que nos interese una novela, hace falta algo más que una serie de asesinatos aparentemente imposibles. Para que los personajes no sean piezas de un mero juego o mecanismo hace falta mostrarlos humanos y creíbles, como hizo el pionero Wilkie Collins en La piedra luna. Los de Pérez-Reverte, salvo el viejo actor y el novelista de quiosco (un homenaje a los José Mallorquí y Marcial Lafuente Estefanía), nos interesan poco.

            Por otra parte, en Pérez-Reverte el relleno para llegar al número mínimo de páginas que exige el mercado editorial se nota demasiado, como en los antiguos folletinistas que cobraban por líneas. Baste un ejemplo: “Pedí a Evangelina que me sirviera el café en la terraza, dejé la servilleta, me puse de pie y crucé el comedor en dirección a la puerta vidriera”. ¿Hace falta decir que, cuando uno se levanta después de comer, deja la servilleta?

            Entre los crímenes –tres muertos en unos pocos días, la mitad de los huéspedes en un hotel aislado-- y la sorpresa final hay una elipsis de tres meses: los que transcurren entre el penúltimo y el último capítulo. ¿Por qué el narrador deja de contar lo que pasó en ese tiempo? ¿Por qué reanuda la escritura tres meses después? El autor ni siquiera intenta justificarlo. Simplemente lo necesita para aumentar la sorpresa: en ese tiempo, el narrador que se toma vacaciones ha ido averiguando datos, que se ocultan al lector, y que luego va a irnos revelando en la traca final.

            Metanovela más que novela es El problema final. Los fanáticos de Sherlock Holmes, en el libro y en el cine, disfrutarán con este bien documentado homenaje y pasarán por alto las inverosimilitudes de la historia, o sonreirán ante ellas. No es la menor que de seis personas que el azar reúne en un hotel, la mitad se sepan de memoria no solo amplias citas de los relatos de Holmes, sino también de los diálogos de sus películas (y en una época en que no era fácil ver las películas más de una vez e imposible revisarlas en casa, como sin duda hizo el autor). Quienes no sientan excesiva nostalgia del “elemental, querido Watson” de su adolescencia y quieran distraerse con una historia adictiva e intrascendente, mejor harán recurriendo a la televisión o yendo al cine a ver Misterio en Venecia.



           

 

jueves, 14 de septiembre de 2023

Borges, Guillermo de Torre: Vidas paralelas

 

El orden del azar.
Guillermo de Torre entre los Borges
Domingo Ródenas de Moya
Anagrama. Barcelona, 2023.

Domingo Ródenas ha escrito un libro para reivindicar la figura de Guillermo de Torre que es, a la vez, una minuciosa crónica de lo mejor de la cultura española en los años veinte y treinta del pasado siglo; también de la labor del exilio republicano español en Argentina. A la reivindicación de un olvidado, se añade un intento de desmitificación del nada olvidado, del siempre presente, Jorge Luis Borges, cuya categoría humana no estaría a la altura de su genio literario.

            El joven Borges fue compañero de Guillermo de Torre en la aventura ultraísta; luego sería su cuñado, y durante unos años vivieron bajo el mismo techo. Nunca se llevaron demasiado bien. Hay una historia de rivalidades y celos en esa relación, que Domingo Ródenas nos cuenta quizá no con demasiada imparcialidad.

            El orden del azar, subtitulado muy precisamente “Guillermo de Torre entre los Borges”, es una obra fundamental para conocer la historia de las vanguardias, el esplendor de la Edad de Plata, la creación de la colección Austral y de la editorial Losada, tan decisivas para la difusión de la mejor literatura a partir de los años cuarenta.

Y está llena de esas pequeñas anécdotas, grotescas unas, divertidas otras, ilustrativas casi siempre, que llenan de verdad la historia literaria.

            Y dicho esto, que es lo principal, señalaré algunos lapsus, como suelo hacer en estas notas de lectura que, contra lo que suele ser común en las reseñas, no forman parte de la promoción editorial, no son publicidad por otros medios. El primero tiene que ver con la “edición” –en el sentido inglés-- del texto. Consta la investigación de dos partes. La más extensa termina con la instalación definitiva de Guillermo de Torre en Argentina. De 529 páginas, ocupa unas 450 por lo que la segunda parte, los años argentinos del crítico y editor hasta su muerte en 1971, podría considerarse casi como un apéndice. Pero Domingo Ródenas no la coloca al final, siguiendo el orden cronológico, sino que va alternando los capítulos de una y otra sección, como en la manida fórmula utilizada por tantos novelistas rutinariamente innovadores. Ese vaivén, que no añade nada, cansa pronto y yo aconsejaría leer seguida la minuciosa crónica de los días españoles y europeos, y hacer lo mismo con las páginas del exilio, escritas en un tono distinto, en tercera persona, pero adoptando el punto de vista de un cansado Guillermo de Torre que teme que, al contrario que la de su cuñado, su figura se borraría rápidamente tras la muerte.

            Otro reparo tiene que ver con la falta de referencia de las citas. Cierto que así se agiliza la lectura, que se le quita el aspecto de trabajo académico. Pero el lector que tenga curiosidad por conocer “los versos afligidos que Borges garrapateaba en un cuaderno” allá por 1940, y que Guillermo de Torre parafrasea minuciosamente en las página 504-50,5 no tendrá manera de encontrarlos. Tampoco podemos ver en su contexto los comentarios homófobos de Claudio Guillén a propósito del libro En España con Federico García Lorca, de Carlos Morla Lynch, que a su juicio “tiene un tufillo (un tufazo) tan carca y afeminado que no hay quien lo aguante”.

            Tenemos que creer bajo palabra, como si de un novelista se tratara, lo que Domingo Ródenas nos cuenta. Pero, acá y allá, ciertos deslices nos hacen poner en duda su credibilidad. Afirma, por ejemplo, que “las dimisiones de ministros abocaron a Primo de Rivera a presentar su renuncia el 28 de enero”. Pero no hubo tales dimisiones de ministros durante la dictadura: Primo dimitió tras publicar una nota oficiosa en la que pedía a los Capitanes Generales que confirmaran o no su apoyo. Tampoco es cierta la “autoproclamación” de Hitler como canciller en 1933: se le proclamó de acuerdo con la legalidad vigente en la república de Weimar, otra cosa es lo que él haría después con esa legalidad. Y pasando de la gran historia a la pequeña historia, el primer libro de José Ferrater Mora, Cóctel de verdad, no lleva prólogo de Jarnés (el prólogo es del propio autor), como se afirma en la página 397.

            Detalles de distinta importancia, fácilmente corregibles, inevitables lapsus, pero que nos hacer dudar de tantas citas y datos que no se nos permite comprobar. Quizá del material inédito si se nos debería indicar la fuente precisa, aunque fuera mediante un código QR, como una parte de las sugerentes, y con frecuencia inéditas, ilustraciones.

            Otros puntos discutibles tienen que ver con el continuo menosprecio de Borges, no siempre justificado. A propósito de un incidente violento presenciado por Torre y Borges en el verano de 1931, se nos dice que “Borges, en el futuro y según su costumbre, falsearía lo ocurrido”, pero la única muestra que se nos ofrece de esa falsificación es el cuento titulado “El muerto”, de 1946, y cuya acción transcurre a finales del siglo XIX. ¿Inspirarse en un hecho real para crear un relato independiente es falsificarlo?

            En el artículo “Nuestras imposibilidades”, publicado por Borges en Sur en 1931 ve Domingo Ródenas “una toma de distancia respecto al nacionalismo ardoroso de años atrás que había nutrido una parte no desdeñable de su obra durante ocho años”. Y esa podría ser la razón de que lo suprimiera “en el maquillaje integral de sí mismo que fueron sus obras completas”. Rara razón esa. Dicho artículo se incluyó en 1932 en el libro Discusión, uno de sus títulos iniciales con los que Borges no estaba conforme y que decidió dejar fuera de sus obras completas, junto a cientos y cientos de artículos además, como esa minuciosa maravilla que son su Textos cautivos. Llamar a esa labor de selección “maquillaje integral” parece excesivo. “Nuestras imposibilidades”, por cierto, se incluiría todavía en vida de Borges en el volumen Ficcionario.

            Esta sucesión de apostillas pueden dar una idea equivocada de un volumen que reúne la labor de muchos años de investigación. Pero no resisto la tentación de una apostilla más. Se cita una carta de Carmen Conde, escrita en 1939: “Por aquí todo va magníficamente: ¡Viva España! ¡Viva su Caudillo! Se embriaga una de gloria y de satisfacción. Gozamos de una paz espléndidamente ganada”. Y a Domingo Ródenas solo se le ocurre apostillar: “Entre los esplendores de esa victoria estaban los centenares de miles de muertos y las decenas de miles de exiliados”. Como si Carmen Conde, que tenía a su marido escondido en Murcia mientras ella vivía en Madrid temiendo ser detenida en cualquier momento, no lo supiera. El estudioso parece considerar sinceras unas palabras destinadas a burlar la censura y nos presenta a Torre “consternado” por esa conversión al franquismo, que supondría otro desengaño más, como el de Ortega.

jueves, 7 de septiembre de 2023

Rapsodia italiana

 

Napátrida
Erri de Luca
Traducción de Carlos Gumpert Melgosa
Periférica. Cáceres, 2023.

Hay ciudades que constituyen por sí mismas un género literario. Venecia, París, Nueva York son quizá los ejemplos más característicos. Nápoles, “paraíso habitado por demonios”, según tituló Benedetto Croce uno de sus libros, se puede añadir a esa serie. Y la primera parte de Napátrida –un neologismo poco afortunado que no reproduce el acierto del Napolide original--, que da título al conjunto, es una de las piezas más singulares de la literatura napolitana. Se trata de un texto breve –solo abarca unas cuarenta páginas--, pero está escrito con una intensidad y una verdad que lo vuelve inagotable.

            “Me fui de casa en 1968, a mis dieciocho años, tras una infancia soportada como una cuarentena”. Erri de Luca marchó de Nápoles con la intención de no volver, pero a Nápoles lo llevaba dentro. No conoció el famoso mayo del 68 francés, pero sí los poco posteriores disturbios romanos: “En los parques, el otoño del sesenta y ocho era pródigo en paz, en tibiezas, en muchachas de paseo. En las plazas, el otoño estaba teñido del gris de las unidades antidisturbios. Yo venía de una ciudad que me había enseñado la densidad de las multitudes, la destreza para deslizarme en medio de ellas a fuerza de regateos y salto. Me adaptaba fácilmente a otra que incitaba a correr, a cargar, a huir hacia un espacio vacío. Se abría de par en par la nada, el abismo entre las tropas irregulares y las oficiales”.

            Los avatares de una vida escasamente convencional, que lleva al autor de la militancia izquierdista a trabajar como albañil o camionero, de conductor de vehículos humanitarios durante la guerra de los Balcanes a los estudios bíblicos, se entremezclan en estas páginas con la descripción de una ciudad amada y odiada, que le ha moldeado para siempre. A Nápoles, a pesar de sus intenciones, volvería en 1980, para ayudar a la reconstrucción tras un terremoto.

            Como en el poema de Cavafis, la ciudad iba con él donde quiera que fuera: “He leído a Nápoles a la luz de Jerusalén y la he visto en Mostar entre las casas acribilladas, en las magníficas y miserables caras de los musulmanes eslavos de la orilla este, señores de otra época en medio de irreparables escombros y de muertos enterrados en los jardines. En los enjambres de chiquillos he vuelto a ver a los de mi infancia. Durante la incierta tregua de mayo de 1994, los niños de Mostar oriental salían a las calles a buscar nuestras furgonetas. Correteaban al sol de una guerra que, a lo largo de los meses, los había obligado a estar a oscuras en gélidos sótanos”.

            Como variaciones sobre temas napolitanos pueden considerarse las páginas que completan el volumen, que no siempre tienen la fuerza y la intimidad de la pieza inicial.

            “Nervios” es un relato costumbrista que vuelve del revés las anécdotas escolares de Corazón, el libro famoso de Edmondo de Amicis; “Comedias”, al igual que “Totò” y “Eduardo,” nos remite al teatro napolitanos; “Muelle de Mergellina”  nos habla del aprendizaje de la soledad frente al mar y el viento: “Es preciso haber vivido el ábrego para poder arrancarse de allí sin dejar nada atrás. Había que llegar a la punta del muelle de Mergellina con la sal en la garganta, de espaldas a la ciudad, con los brazos abiertos y vacíos en forma de cometa, .pero sin cordel. A un muchacho le hace falta estar empapado, no tener nada seco encima. Pocos jóvenes tienen la suerte de poder contar con el extremo de un muelle para que los instruya en el arte de desnortarse”.

            No podía faltar el capítulo dedicado al fútbol ni, por supuesto, a Maradona, recibido “como un regalo de América del Sur, cual contrapartida de los millones de emigrantes que zarparon desde el muelle de Beverello hacia el Río de la Plata”. Tampoco podía faltar el homenaje a un periodista asesinado por la camorra, Giancarlo Siani. Ni el capítulo dedicado al Vesubio: “El volcán es para nosotros más cierto que la estrella polar. Estando dentro de sus casas, no todos los napolitanos saben indicar a través del techo dónde está el carro de la Osa Mayor. Pero todos, en cualquier habitación en la que se encuentren, saben con certeza dónde está el Vesubio. El resto de la orientación desciende de ahí, pues el volcán es un faro plantado en el sistema nervioso”.

            “Habladurías” remite a la literatura sobre Nápoles, ejemplificada con un relato de Conrad y unas páginas de Jünger, escritas cuando se alojaba como huésped del Acuario en la Villa Comunale, que representan los dos extremos de la visión de la ciudad: violencia y deslumbramiento, suciedad y barroca maravilla.

            Algunas de estas páginas descuidan la intensidad expresiva para convertirse en simples artículos periodísticos. El tono se recupera en el capítulo final, “Pasta”, que contiene una receta para preparar la pasta, como no podía ser de otra manera,,y un escueto autorretrato de hombre solo, y es a la vez un nada convencional cuento de Navidad.

            Si amas Nápoles, no puedes perderte este libro; si lo detestas, tampoco.