jueves, 15 de enero de 2026

Cómo leer sin prejuicios

 

Rosario Castellanos
Poesía no eres tú
(Obra poética 1948-1971)
Fondo de Cultura Económica. México, 2025.
 

En 2025, se cumplieron cien años del nacimiento de la poeta mexicana Rosario Castellanos. No solo era poeta. Escribió también novelas, relatos, teatro, ensayos y multitud de artículos, muchos de ellos de reivindicación feminista, recopilados en libro póstumamente. Fue además profesora y muy activa gestora y divulgadora cultural. Siguiendo la tradición de su país, en 1971 fue nombrada embajadora en Israel. Murió en Tel Aviv, en un absurdo accidente doméstico: electrocutada por un cable en mal estado al salir de la ducha. Tenía 49 años, los mismos que Rubén Darío cuando murió, aunque este, dada su precocidad, nos dé la impresión de haber vivido muchos más y haber dejado concluida su obra.

            No fue así en el caso de Rosario Castellanos, pero tuvo el tiempo suficiente para convertirse en una de las figuras centrales de la literatura de su país, pionera en la reivindicación indigenista y feminista.

En España, sin embargo, su centenario ha pasado inadvertido, al contrario de lo que ha ocurrido con su coetáneo Ángel González. Aunque hablemos la misma lengua (o variantes de la misma lengua), cada país hispano tiene su escalafón literario y no siempre, o casi nunca, los prestigios se mueven en un sistema de vasos comunicantes. Los casos de Neruda, Vallejo o Borges son la excepción, no la regla.

            En 1971 reunió su obra poética, iniciada a finales de los años cuarenta, con el título de Poesía no eres tú. Con motivo del centenario se reimprime ese volumen y es un buen motivo para leer su poesía sin prejuicios, al margen de los otros méritos de la autora.

            La poesía, al menos la poesía contemporánea, no se lleva del todo bien con el formato libro. El poema, tal como lo entendemos hoy, no como se entendía en tiempos de Campoamor, solo como excepción ocupa más de una o dos páginas. Y es el poema, no el libro de poemas, la obra literaria completa. Tras la lectura de un poema, no se puede pasar de inmediato a la lectura del poema siguiente, como si se tratara del capítulo de una novela.

            ¿Cómo leer unas poesías completas? No parece buen método empezar por la primera página y seguir leyendo ordenadamente hasta el final. Esa es la lectura del estudioso, que siempre es una segunda o tercera lectura, no la del lector que Borges llamaba hedónico, esto es, la del que lee por el placer de leer, no para encontrar información sobre un determinado tema o ampliar su cultura.

            Buena parte de la poesía de Rosario Castellanos, escrita hace más de medio siglo, da la impresión de no haber envejecido bien. Quien comience a leer por el largo poema inicial, “Apuntes para una declaración de fe”, es posible que no se anime a continuar. Así comienza: “El mundo gime estéril como un hongo. / Es la hoja caduca y sin viento en otoño, / la uva pisoteada en el lagar del tiempo / pródiga en humos agrios y letales”. Y así continúa divagando durante unos cientos de versos.

            Tarda la poeta en encontrar una voz que no nos suene a consabida palabrería poética. Comienza a encontrarla con El rescate del mundo, una mirada al mundo exterior –“Cosas”, “Diálogo con los oficios aldeanos” se titulan dos de sus secciones—y una renuncia a cierto retórico verbalismo al que tan proclive era en sus comienzos. Los poemas, por lo general de arte menor, se aproximas a veces a la canción, como en “Una palmera”: “Señora de los vientos, / garza de la llanura, / cuando te meces canta / tu cintura”. No es todavía su voz más personal, pero ya se deja leer.

Se incluyen en esta recopilación dos “poemas dramáticos”, Salomé y Judith, de resonancia lorquianas y valleinclanescas. Ambas historias bíblicas, utilizadas anteriormente por muy diversos escritores, adquieren un nuevo valor trasladadas al ámbito de la revolución mexicana. También un apartado de versiones, se supone que de poetas especialmente admirados por la autora: Emily Dickinson, Paul Claudel y St.-John Perse. Nada que objetar a la primera, pero sorprenden los dos últimos: se trata de dos poetas enfáticos y retóricos muy alejados de la sensibilidad contemporánea.  Pocos lectores serán capaces de leer completa la interminable “Oda segunda”, de Claudel. Rosario Castellanos parece, sin embargo, tomarla como ejemplo para alguno de sus poemas más impostados y prescindibles, como “Lamentación de Dido”, que contrasta con el tono coloquial de otros monólogos dramáticos, género o subgénero al que es muy proclive la autora,

            Una obra poética completa comienza a leerse hojeando acá y allá hasta dar, si hay suerte, con un poema que nos atrape. Si no la hay, podemos dejarlo de lado sin mala conciencia. No toda poesía, por muy célebre que sea el autor, resiste el paso del tiempo ni es para todos los lectores ni para todos los momentos. Otra cosa es su valor como documento en la historia literaria.

            Para lector curioso y sin prejuicios, la poesía de Rosario Castellanos ofrece muchos puntos de enganche. Uno de ellos puede ser el poema “In memoriam”, uno de los más intensos y emocionantes epitafios de la lengua española. Otro, “Acción de gracias”: “Antes de irme –igual en cortesía / al huésped que se marcha-- / quisiera agradecer a quien se debe / tantas cosas hermosas que he tenido”. Y sigue una enumeración que no condesciende con el tópico.

            En sus monólogos dramáticos, Rosario Castellano no deja de recurrir un tanto convencionalmente a los mitos clásicos (ya hemos citado “Lamentación de Dido”, podemos añadir “Testamento de Hécuba”), pero en los más memorables el personaje que habla se identifica con la autora, coincidiendo en esto con Gil de Biedma, aunque no parece que hubiera relación directa entre la obra de ambos. Uno de ellos se titula explícitamente “Autorretrato” y está escrito en ese tono coloquial, irónico y desmitificador que será característico de lo más personal de su poesía.

            Con la cuidada y algo manida retórica de sus primeros libros, contrasta el lenguaje directo y los temas tan poco convencionalmente poéticos de los últimos. “Kinsey Report” refleja, en sus propias palabras, la vida sexual de seis tipos distintos de mujeres; insatisfactoria, salvo una excepción: “Mi amiga y yo nos entendemos bien. / Y la que manda es tierna, como compensación, / así como también la que obedece / es coqueta y se toma sus revanchas. / Vamos a muchas fiestas, viajamos a menudo / y en el hotel pedimos / un solo cuarto y una sola cama”.

            Debieron de escandalizar en su momento –“esto no es poesía”, dirían los puristas-- poemas como “Telenovela”, sátira de un tiempo en que la televisión era “la Gran Caja Idiota” que ocupaba “el sitio que dejó vacante Homero, / el centro que ocupaba Scherezade / (o antes de la invención del lenguaje, el lugar / en que se congregaba la gente de la tribu / para escuchar al fuego)”. El cuadro costumbrista que sigue refleja una sociedad que ya no es la nuestra.

Quien escribe como se habla –aunque sea un poeta-- llega más lejos que quien escribe como se escribe. Siempre que tenga una inédita y desmitificadora visión del mundo, y ese era el caso de Rosario Castellanos.

martes, 6 de enero de 2026

Memorables maravillas

 

Miguel d'Ors
Tiempo de descuento
Pre-Textos. Valencia, 2025.

Una vez afirmó un político que la opinión pública no es lo mismo que la opinión publicada. La frase puede aplicarse también a la literatura y especialmente a la poesía. Cualquier lector medianamente atento, sabe que los nombres más jaleados por la información cultural, unas veces por razones extraliterarias y otras por razones tan escasamente literarias como obtener el Premio Nacional de Poesía –en el que pocos miembros del amplio jurado son especialistas en el tema--, no son los más prestigiosos, sino, en más de una ocasión, todo lo contrario.

            Quienes han seguido la marcha de la poesía española durante el último medio siglo, desde los años setenta hasta la actualidad, saben que uno de los poetas fundamentales, uno que no puede faltar en ningún recuento, pero a menudo falta, es Miguel d'Ors. No se trata de un autor desconocido, aunque en él no suelan fijarse los suplementos culturales, cuenta con una legión de fieles, pero poco ruidosos, seguidores para los que cada nuevo libro suyo es un acontecimiento.

            Tiempo de descuento anuncia desde el título su carácter epigonal –el autor cumple este año ochenta años-- e intenta en el breve prólogo una justificación. Abundan los poetas que siguen publicando versos cuando la poesía los ha abandonado. El ejemplo clásico es el de Jorge Guillén, el más reciente el de Pere Gimferrer y su Balada . Miguel d'Ors no se incluye en ese grupo. Buena parte de los poemas de Tiempo de descuento están a la altura de sus mejores poemas, pueden y deben incluirse en cualquier antología de su obra.

            Habla de lo mismo de siempre –de lo que le importa, de lo que importa--, pero lo hace, si no cada vez con “mayor precisión, intensidad y belleza”, para decirlo con las palabras que él mismo aventura en el prólogo, con la misma de sus mejores momentos.

            En dos tipos de poemas destaca Miguel d'Ors y los dos primeros poemas del libro pueden ejemplificarlos. “Memoria, mala amiga”, escrito en la silva libre impar que trajo a la poesía española Juan Ramón Jiménez, es un poema de frases largas que no excluyen la expresión coloquial, que a ratos puede parecer divagatorio, pero que se construye en torno a una idea, a un armazón conceptual, como tantos otros del libro. El segundo poema, “Parece mentira”, es un romancillo de aire tradicional, que rescata una estampa de la infancia y lo hace acumulando “pequeños detalles exactos” –marca de la casa-- que le dan ese aire de verdad vivida –aunque pueda ser fingida-- que tiene toda la poesía de Miguel d'Ors.

            La poesía, por mucho que pueda parecer inspiración y magia (o simple “desahogo del corazón” como decía Espronceda de su “Canto a Teresa”), no es nada si no es en primer lugar artesanía, trabajo bien hecho con selectos materiales. Y Miguel d'Ors es uno de los mejores artesanos de la poesía española de cualquier tiempo, pocos como él conocen los secretos de la métrica o de la adjetivación, de los distintos registros del lenguaje, de la tradición que nutre la originalidad verdadera.

            Sus poemas, nada herméticos ni gongorinos (ni mucho menos de abstracta vaguedad a la manera de la llamada poesía metafísica), emocionan o hacen sonreír al lector común sin necesidad de notas ni prospectos explicativos, pero a la vez resultan inagotables para el crítico, el poeta y el lector especializado. Ha seguido a Miguel d'Ors el consejo de Antonio Machado: “Da doble luz a tu verso, / para leído de frente / y al sesgo”. También el de Lope de Vega: “oscuro el borrador y el verso claro”.

            Cito algunas maravillas memorables. “Ahora me toca a mí” comienza con una fecha (“El 23 de agosto de 2024” dice el primer verso) y termina con esa misma fecha al pie (es costumbre de Miguel d'Ors fechar todos sus poemas), como para dejar claro que se trata de la descripción de un día, casi una nota de diario. No pasa nada extraordinario, es un día como tantos. Lo novedoso es la manera de contarlo: “Con fresco mañanero / subí al Monte da Tomba, / pasando ante la fila de castaños / como si fuera un presidente de gobierno / en visita oficial”. Apenas hay verso sin una sorpresa expresiva "hasta que el día, satisfecho, / bajó al fin la persiana. Buenas noches". Y entonces vienen los versos finales, metapoéticos a la manera dorsiana, tan diferente a la de la mayoría de los poetas de su generación: “El 23 de mayo / de 2024 cumplió su cometido. / Ahora me toca a mí cumplir el mío / convertirlo en palabras que lo salven / de las aguas del tiempo”.

            Emparentado con el anterior poema se encuentra “Las últimas castañas”. Primero, la descripción de los días finales del otoño y luego la reflexión a la vez metapoética y vital.

            Miguel d'Ors escribe en castellano, pero pocos poetas como él han reflejado con tanta verdad el mundo gallego, el rural y el urbano (vuelven a aparecer en este libro las lluviosas evocaciones de Santiago). En una historia de la literatura gallega, que no toda se ha escrito en gallego, no debería faltar, como tampoco Pardo Bazán o Valle-Inclán.

            Claro que, si también a veces dormitaba Homero, no nos ahorra Miguel d'Ors unas pocas cabezadas: “Scherzo”, “De soledades” (aunque algo lo salva el final) o “Y sigo con la lógica teológica”, no por el chiste (“que el desierto es jodudo no lo dido”), sino porque su humor algo cuartelero contrapone los patriarcas bíblicos con sus “tres o cuatro mujeres y ocho o diez concubinas” a “los pobres cristianos de este tiempo”, olvidando que en ese masculino, que es el género no marcado, se incluye también a las cristianas, quizás no muy contentas con su papel de concubinas.

            Pero estos son reparos menores y quizás discutibles. Sigo enumerando otros poemas ingeniosos o emocionadamente memorables. Un tema muy sensible y en el que es fácil incurrir en lo sensiblero se salva de la mejor manera en “EV”: “Al fin / su vida no era más que una sonrisa”. En “Me voy”, la despedida que cierra el libro, escuchamos la música del bolero en que podría convertirse (el final nos recuerda a un poema de Ángel González). “Ante su 77 cumpleaños” y “Afeitándome” recurren al humor para enfrentarse a lo inevitable. “Aria triste” recrea sin mimetismo al primer Juan Ramón.

            Católico “a machamartillo”, que diría Menéndez Pelayo, y de una opción política conservadora, que no esconde, ni tiene por qué, en sus versos, Miguel d'Ors es sin embargo un poeta para todos los públicos. Incluso cuando el poema acaba convirtiéndose en una oración, como ocurre en “Esto me serviría”, es difícil no sentirse identificado con ese momento de plenitud humana que, si no acabase nunca, no cambiaríamos por ningún cielo. Y conviene fijarse especialmente en las enumeraciones llamadas “caóticas” de tantos poemas –un ejemplo que vale por muchos: “Solitudine”-- que son marca de la casa ya las que Miguel d'Ors recurren una y otra vez sin cansarse ni cansarnos nunca.



           

           

jueves, 1 de enero de 2026

Partes de una historia

 

Álvaro Pombo
Cuentos autobiográficos
Anagrama. Barcelona, 2025.

Aunque se titula Cuentos autobiográficos, no todos los textos incluidos en el último libro de Álvaro Pombo pueden considerarse propiamente cuentos. Unos capítulos, como nos indica en la nota final, son fruto directo de su memoria y sus recuerdos; mientras que otros han sido construidos “con más o menos imaginación o ficción”.

            La diferencia no consiste en lo que más o menos haya de autobiográfico en cada uno de estos dos tipos de relatos, algo difícil de determinar sin recurrir a datos externos, sino en su diferente estructura. Los “recuerdos de niñez y mocedad”, como podríamos denominar a una parte del libro tomándole prestado el título a Unamuno, parecen estar escritos siguiendo el flujo divagatorio de la memoria, entremezclando lo trivial con lo significativo, empezando y terminando por cualquier punto. Decimos “escritos”, pero en realidad son textos dictados, como toda la obra última de Álvaro Pombo, y a ese hecho, y al copista habitual, Iñaki, se alude más de una vez. La transcripción del habla no siempre puede considerarse literatura en sentido estricto (y ahí están las colaboraciones periodísticas semanales de Pombo para demostrarlo), sino más o menos grata conversación. Pero dictando se puede hacer también literatura igual que escribiendo directamente, y ahí está el caso de Borges si alguien tiene alguna duda. Es lo que hace Pombo en los textos más estructurados del libro, los que más recuerdan a sus novelas, como “La factura de la felicidad”, “De la vida cotidiana” o “El pésame”.

            No quiere ello decir que los capítulos desflecados o invertebrados carezcan de interés. A veces pueden tener un interés mayor. En uno de ellos, “Gobernación”, se atreve a contar por primera vez, o por primera vez con la explicitud adecuada, un acontecimiento fundamental en su biografía, el que le hizo ser el escritor que es. Así comienza: “Fue imposible olvidarlo. En cambio, fue solo difícil tragarlo, como un trozo crudo de hígado de vacuno, aún tibia la pegajosidad de la sangre. Pensarlo, sin embargo, a lo largo de los años fue parte, como un tic, de una costumbre que se quedó y no se fue. Y casi imposible contarlo”.

Según afirma, unos versos de su libro Protocolos, de 1973, aluden a ese hecho, pero sometido a la transformación verbal que para él parece ser consustancial a la poesía: “Me detuvieron dos veces en Atenas / por esperar el Santo Advenimiento. / Me forzaron los guardias de la porra. / Y volví a no dormir donde no había dormido / cinco años atrás / entre el Rey de Bastos y el de Espadas”.

            Esos versos camuflan deliberadamente la verdad, la convierten en un juego absurdo (y de ahí quizá el menor interés de la poesía de Pombo respecto de su prosa). Lo que ocurrió fue que, a mediados de los sesenta, a las tres de la madrugada, en una redada contra homosexuales, lo detuvieron en la plaza de España y lo llevaron a la comisaría de la calle de la Luna, donde pasó una noche, y luego a la Dirección General de Seguridad, donde pasó dos noches y salió luego por intervención directa de Carlos Arias Navarro, que conocía a su familia.

Álvaro Pombo –que ahora muestra sus simpatías con el franquismo-- trata de limar todo lo posible las aristas al acontecimiento, convirtiéndolo casi en una pintoresca anécdota. Por entonces tenía veintisiete años y era profesor de Filosofía y Literatura en el colegio Tajamar, dirigido por el Opus Dei. Así termina este cuento que no es cuento, sino edulcorada memoria, de un hecho que partió en dos su biografía: “Me soltaron al tercer día. Sin cargos. Sin cargos, pero dando parte al colegio Tajamar. Dejé las clases, dejé el colegio o me dejaron a mí. Me fui a Londres y no volví hasta doce años después”.

Aunque él pretenda negarlo, y le guste hablar de las bondades de la dictadura, Álvaro Pombo fue un exiliado del franquismo, uno de los perseguidos, no por sus ideas políticas, sino por su orientación sexual.

            De su vida en Londres habla en dos de los capítulos, en los que entremezcla, como es habitual en estos textos que no son cuentos propiamente dichos, lo trivial con lo pertinente. Un ejemplo de lo primero: “Hay una anécdota que no quería contar, pero que a mi amigo Iñaki le hace mucha gracia”. Y por eso la cuenta, o no la cuenta, porque todo lo que nos dice es que en Londres conoció a Joaquín Sabina y que este le regaló un cuaderno que luego perdió.  El lector no entiende, al contrario que Iñaki, el copista, dónde está la gracia. Importante, en cambio, fue su descubrimiento de Iris Murdoch: “de pronto me di cuenta de que se podía utilizar la novela con una carga de reflexión filosófica o antropológica o teológica que siempre ha existido en mi vida”.

            Uno de los cuentos, “El respondón: una debilidad literaria”, consiste en un intercambio de cartas con un aprendiz de escritor y en ellas se afirma que “el cuento, a pesar de su aparente sencillez –una sencillez que dimana de la equívoca noción de brevedad--, es una pieza maravillosamente difícil de cobrar”. Y continúa: “Un cuento, para que sea bueno, tiene que ser una estructura cerrada, coherente consigo misma, brillante y perfecta”. Lo que hoy día pasa por cuento no son más que relatos “más o menos cortos, más o menos terminados”. De haberse aplicado a sí mismo esa exigencia quizá hubiera titulado Pombo de otra manera estos cuentos autobiográficos, más o menos terminados, más o menos satisfactorios, aunque casi nunca faltos de encanto.

“El señorito Álvaro”, así se denomina en el primero de los relatos –a sus padres los llama “los señores”-- forma parte de una clase social, la nobleza provinciana, la alta burguesía, que rara vez se ha contado desde dentro y por eso sus recuerdos de infancia y adolescencia tienen siempre un interés especial. Y en algunos casos, como en “El chinchorro” o “La isla de los ratones”, consigue evocarnos la magia de un mundo perdido, con la bahía de Santander como protagonista, de manera especialmente memorable.

jueves, 25 de diciembre de 2025

El vino del verano


Ángeles Carbajal
Nostalgia del cielo
Difácil. Valladolid, 2025.
 

Cita a muchos autores Ángeles Carvajal en Nostalgia del cielo, de Francisco Umbral a Marguerite Yourcenar, de José Hierro a Tennessee Williams, pero la referencia fundamental es uno de los clásicos de la ciencia ficción, el autor de Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, Ray Bradbury. Solo a quien no haya leído su Dandelion Wine , que en español se tradujo como El vino del estío le puede sorprender esa afirmación.

            La infancia es ese país mágico donde todo sucede de manera distinta y los veranos de la infancia suelen quedar como símbolo de la felicidad. Ray Bradbury compendió todos los veranos de su infancia en un único verano lleno de asombro y maravilla. Algo similar hace Ángeles Carbajal en este libro sabio y prodigioso.

            Comenzamos a leer con poco entusiasmo: a partir de cierta edad, evocar el niño o la niña que fuimos, la figura de los padres, de los abuelos, parece demasiado consabido. Y si el primer poema emplea la palabra “ternura” en el título y comienza con una cita poco afortunada de Umbral (“Una vez metí una flor en un libro y esto le gustó mucho a la niña. De pronto había comprendido para qué servían los libros”), pues nos tememos lo peor.

            Pero en seguida nos damos cuenta de que estamos en muy otro mundo que el del sentimentalismo primario, tan habitual en los autores que confunden la emoción del tema con la emoción del poema. Ángeles Carbajal tiene el don de la palabra precisa, de la imagen exacta y sugerente: “Las bicicletas volaban con nosotros / y cortábamos el viento. / Lejos era un lugar maravilloso / del que siempre se regresó. / Desde más lejos que nadie, / cada mañana regresaba a casa el sol; / mi padre le abría la puerta y él entraba”.

            La reescritura de un tema borgiano, aunque el tema no sea nada borgiano, nos encontramos en “Las cosas”. “Durarán más allá de nuestro olvido. / No sabrán nunca que nos hemos ido”, concluye el soneto de Borges. Ángeles Carbajal prefiere darle, con humor, una vuelta de tuerca a Heidegger: “Guardo y me guardo en los enseres; / la casa del ser está llena de trastos”.

            La poesía de Ángeles Carbajal prefiere las cosas concretas a las vaguedades sentimentales: “La enredadera de la estación”, que “estallaba en verano con un rojo abrasador”; el blanco mármol de la mesa de la cocina; una pequeña librería llamada Sweet; la Albizia julibrissin, también llamada árbol de la seda o acacia de Constantinopla, nacida en Prócida y que no acaba de aclimatarse en su jardín; la buganvilla que cada verano cubre la blanca pared “de profundo verdor y flores fucsia”; el despoblado caserón en que vive: “Cuando vuelvo tarde a casa / me doy el gusto de ir encendiendo luces de habitación en habitación / y en mitad del cielo nocturno las dejo todas encendidas”.

            Los poemas de amor ocupan la segunda sección del libro. Como en la primera parte, la elegía no resulta protagonista. Nostalgia del cielo es una obra escrita desde la aceptación y la celebración. Bordeando el tópico, algo inevitable cuando se habla de amor, Ángeles Carbajal acierta siempre a evitarlo con una imagen sorprendente: “Y me apartabas el pelo de la frente / como quien ayuda a pasar / las nubes por el cielo”.

            “Hago recuento de mi vida” podría titularse la parte tercera. El poema titulado precisamente “Mi vida” comienza con un autorretrato aforístico: “No fumé. No bebí. Solo cometí riesgos de alto riesgo”. Otro poema, “Esta es mi vida”, la resume en “la clara, incorruptible infancia” y “la hambrienta, misteriosa juventud”; el resto es el “tornasol del tiempo”, un transeúnte que aparece por la calle tan mojado “como si acabara de llover la vida entera”.

            A la sección penúltima, de poemas breves se la denomina “Poéticas”, aunque no lo sean en sentido estricto: “Una muchacha / corre alegre / por una calle de París, / se dirige a alguien / que no soy yo / y llega a mí”. El epílogo, “Galería de espejos”, está formado por una serie de citas que la autora considera “autorretratos”. La más inesperada la firma San Tarsicio: “Llevo en el pecho, a buen recaudo, / la llama encomendada”.

            Ángeles Carbajal, nacida en 1959, ha publicado libros en asturiano y en castellano. A partir de Nostalgia del cielo se la puede considerar como uno de los nombres imprescindibles de la poesía española contemporánea. Pocos libros con más belleza y verdad, con más sabiduría verbal y vital.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Para qué sirve la literatura

 

José Luis de Vilallonga
El Rey. Conversaciones con Juan Carlos I de España
Traducción de Manuel de Lope
La Esfera de los Libros. Madrid, 2025.

La literatura, el arte en general, sirva para desvelar los enigmas de la mente humana, misterios del mundo y para todo lo contrario, enmascararlo. El arte colina con la ciencia, con la religión y con la publicidad. Sirve para revelarse contra las ideologías del “poder” –esa manida palabra-- dominante y para imponer sus trampantojos. Y en cualquiera de los dos casos, aunque nos cueste creerlo, puede ser gran arte.

            Se reedita ahora, para aprovechar el impacto comercial de las nuevas memorias del rey Juan Carlos, editadas primero en francés y luego en español, las que les precedieron hace más de tres décadas, allá por 1992, el año triunfal de la nueva democracia española.

El título, El Rey. Conversaciones con Juan Carlos I de España, resulta engañoso. No se trata de un libro de entrevistas con el entonces jefe del Estado español, sino de una novela de no ficción, aunque con mucha ficción, en la que resulta mitificado protagonista. El autor, y también personaje principal, es José Luis de Vilallonga, un controvertido figurón, pero un notable cronista y memorialista, tanto en francés como en español.

            Se nos cuenta la reciente historia de España como un cuento en el que hay un héroe, Juan Carlos de Borbón, que se sacrificó muchas veces por su país, pero dos principalmente: una en 1948, cuando, niño de diez años, dejó atrás a su familia para educarse con espartana sobriedad junto al general Franco, y otra en 1981, cuando se enfrentó a los militares y salvó al país de volver a otra dictadura o a otra guerra civil.

El héroe, como en los cuentos de hadas que estudió Vladimir Propp, tuvo dos semihéroes a su lado: Felipe González y Santiago Carrillo.

Es un héroe triste, con un pasado doloroso (se calla un terrible incidente fraternal) y con una mirada seductora de profunda melancolía: “Es quizás esa melancolía que es incapaz de disimular lo que le da un encanto tan cautivador y hace que, incluso si no es monárquico de la institución, uno no puede evitar ser monárquico de ese rey”. Fue educado “a las duras”, la única manera “de hacer hombres responsables capaces de soportar algún día el peso del Estado”.

            Ser un “hombre providencial”, el hombre providencial de la historia de España, no le evita ser entrañablemente familiar: pasa todo el tiempo que puede, todo el que le dejan libre sus deberes oficiales, con su mujer y sus hijos. A veces, charlando con Vilallonga, recibe una llamada: “Es Sofia, que me avisa de la hora de la cena”.

Con Sofía, su mujer, una gran profesional, acostumbran a frecuentar de incógnito restaurantes que a los dos les gustan especialmente. Pero todo eso, cenar en la ciudad con la reina como un feliz matrimonio más, tomar con los amigos algo en un bar y no aceptar que le invitan, “nunca da la impresión de ser hecho para asombrar a la gente”, se admira Vilallonga. Y el rey, mirándole a los ojos, como hace siempre con su interlocutor, murmura: “¿Sabes por qué? Porque todo lo que hago me sale de dentro”.

            Es difícil no admirar al protagonista de esta novela. Durante la noche aciaga del 23F, le bastó escuchar unas palabras de Alfonso Armada para darse cuenta de que estaba compinchado con los golpistas. Las cosas sucedieron así, si no en la realidad en esta otra realidad que crea la novela de no ficción (donde, por cierto, en la página 229, aparece ya la idea germinal de Anatomía de un instante, el aplaudido libro de Cercas). En cuanto se enteró de lo que pasaba en las Cortes, cogió el teléfono y llamó al jefe del Estado Mayor de Tierra: “Precisamente estamos informándonos, señor. Pero si vuestra majestad quiere hablar con el general Armada, está aquí, a mi lado”. “Alfonso, ¿qué es toda esa historia?”. “Armada respondió tranquilamente: Recojo unos papeles en mi despacho y subo a la Zarzuela a informaros personalmente, señor”.

Todo parecía completamente normal, “pero, de pronto, el rey tuvo la evidencia de un peligro relacionado con la presencia de Alfonso Armada en la Zarzuela”. Luego todo el mérito se le quiso atribuir a Sabino Fernández Campos, con su famoso “ni está ni se le espera”.

            La intuición política de este hombre providencial no es solo intuición, se debe también a su gran cultura. En el prólogo, con sorpresa, de Nicolás Dadeshkeliani, que fue quien transcribió las conversaciones con don Juan Carlos que sirvieron para armar la novela , le pregunta a Vilallonga: “¿Es culto el rey?”

Y a este no se le ocurre otra respuesta que compararle con “el emperador Adriano, nacido en Itálica en el 76, impulsado por la firma determinación de ser útil”. No extraña por ello que sus discursos los redacte él personalmente. “No hay en España un speech writer como en los Estados Unidos o como en Inglaterra”, afirma. Acertar es una cuestión de lógica y de buen sentido, añade: “Pero no creas, a menudo me paso una hora antes de redactar una frase tal como yo la quiero. Es muy difícil escribir bien, José Luis”.

José Luis de Vilallonga sabe de sobra lo difícil y lo importante que es escribir bien. Y él lo hace como nadie, a no ser otro brillante cronista de la transición, Manuel Vicent, quien en sus Retratos de la transición y en sus Daguerrotipos nos dejó obras magistrales, con retratos hagiográficos de don Juan Carlos. Tan magistrales que casi todos se creyeron que era realidad la inverosímil ficción. Milagros de la literatura. Leemos hoy El Rey y no hay página a la que no se le haya caído el maquillaje, en la que no tropecemos con una falsedad.

Y ahora el regalo inesperado del prologuista, en el que no sé si repararán muchos lectores. En el verano de 2012, Plácido Arango, “impulsor de los Premios Príncipe y Princesa de Asturias”, le confirmó lo que muchos la sabían: “que tras la proclamación del rey Juan Carlos I, los entonces líderes políticos de los distintos partidos se pusieron de acuerdo para que el monarca pudiera constituir un capital privado propio de la Casa Real con las comisiones de contratos externos que aportaría a España”. La razón es que así la Corona podría mantenerse ajena a cualquier conflicto, político o no. Pensaron en un fondo privado “para día y noche poder, por ejemplo, proteger la intimidad de su vida familiar sin poder depender del Estado en gastos extraordinarios”. Continúa supuestamente el bueno de Arango: “Sé, contrariamente a los rumores y bulos, que su patrimonio se construyó con profesionales de la gestión de calibre internacional que supieron hacerlo crecer de forma completamente legal…”

En fin, que con amigos así, que afirman --lo que por otra parte es de dominio público--, que se trata de un comisionista con importante fortuna escondida en el extranjero, de un Ábalos (que en el gusto por las mujeres parecía un Borbón) con mejores apoyos y menos UCO, el protagonista de la sugerente novela El Rey en la vida real no necesita enemigos.

 

           

jueves, 11 de diciembre de 2025

Los poetas regalan su trabajo

 

Yolanda Castaño
Economía y poesía: rimas internas
Traducción de Ana Varela Miño
Páginas de Espuma. Madrid, 2025.

Yolanda Castaño, una de las pocas poetas que viven de su trabajo poético, ha escrito un libro, que algo tiene de manifiesto (“Poetas del mundo, uníos”), para que otros poetas dejen de regalar su esfuerzo creativo y moneticen sus versos. El libro ha sido escrito en varias residencias para escritores: la Residencia Saari, en Mynämäki, al suroeste de Finlandia; la Residencia Uxío Novoneyra y el Pazo Tor; la Colonia Dorland Mountain Arts, en el valle de Temecula, California, la Residencia Göl Yazievi, en Nilüfer, Turquía.

            Podría haber sido escrito tranquilamente en su casa, pero eso es otra cuestión. Las anécdotas que nos cuenta son muy locales y nimias: que si la invitan a leer sus versos en una localidad gallega y no le pagan el viaje, que si la proponen colaborar en un libro colectivo y luego es el editor quien se queda con los beneficios, que si tiene que encargarse ella misma de los tediosos trámites que requieren una subvención para la traducción de su poesía…

            El rigor teórico de Yolanda Castaño, en este libro que debería titularse más bien Subvención y poesía, resulta escaso. El capítulo “¿Es escribir poesía trabajar?” comienza con la siguiente frase: “Como muchos hijos de padres nacidos en dictadura, mi hermano y yo crecimos en una casa familiar toda tapizada con la tintineante ideología del trabajo”. ¿La ideología del trabajo caracteriza a los nacidos en una dictadura? Nos gustaría que Yolanda Castaño desarrollara esa idea, pero por supuesto no lo hace. Es una poeta que escribe en una lengua minoritaria y parece que, afortunadamente  jamás tiene que pensar en el mercado, aunque a veces lo mencione, sino en las instituciones públicas que han de proteger una lengua en riesgo de desaparecer.

            En la industria literaria, afirma, todo el mundo gana dinero y puede vivir de su trabajo, los editores, los distribuidores, los libreros, salvo los poetas: "Sé de las quejas de libreras, distribuidores y editoras, y en ningún momento las desacredito, pero también sé cuánta gente vive al fin de vender libros, distribuirlos o editarlos, y cantidad de escribirlos. Cuando se lamentan en alto deben asegurarse de que ninguna de nosotras alrededor escucha"

Pero ganan dinero si publican, distribuyen, venden libros que interesan al público; en caso contrario, quiebran como cualquier otro comerciante. Olvida Yolanda Castaño que las obras que sostienen el mercado editorial no siempre son literarias y, si lo son, casi siempre se trata de novelas o de clásicos de dominio público.

          Si los poetas viven de su poesía, mejorará la calidad de su obra, afirma. Podrán dedicarse a ella por completo en cómodas residencias, asistirán a festivales internacionales en los que trabajarán contactos que mejorarán su difusión, etc., etc.

Asombra la ingenuidad de esta hábil gestora de dinero público y experta en conseguir subvenciones. Quiere que en España se aplique el modelo finlandés: cuando un autor joven envía un manuscrito a un autor veterano para que le dé su opinión, una entidad pública financia esa actividad; también se estudia el pago a los escritores que acuden a las televisiones en calidad de expertos. O el modelo irlandés: “el Consejo del Libro sostiene una suerte de programa de mentoría por el que escritores emergentes y en formación se pueden beneficiar del acompañamiento y asesoría por parte de otros más experimentados: les muestran sus composiciones, reciben consejos capaces de mejorarlas a varios niveles, obtienen una guía para encontrar su voz poética, ensayan maneras de preparar intervenciones en proyectos y gozan de una atención periódica por parte de esas plumas veteranas a las que paga la citada entidad pública”.

            Lástima que Yolanda Castaño no se haya informado de cómo funcionaban las asociaciones de escritores en la Unión Soviética y otros países comunistas. Es el modelo que el que ella parece soñar. Hasta tenían dachas para pasar sus vacaciones.

            Puede haber subvenciones a la edición y a la creación, como las hay en otros sectores, pero no se puede pretender vivir solo de ellas. Entre otras cosas, porque es una vida muy precaria: en cuando cambia el color político de una institución pública cambia la dirección de las ayudas.

            Claro que en lo que ella entiende por vivir de la poesía no solo cuentan “los textos producidos, los libros publicados”, sino “los valores y actitudes que vierte quien firma más allá de la mera ideología de quien la estampa”. Vivir de la poesía significa para ella “ofrecer charlas de acercamiento al género poético, recitales a pura voz o enriquecidos con otros elementos (música en directo o pregrabada, proyecciones visuales, etc,), conferencias divulgativas sobre poesía reciente, labores de jurado en certámenes literarios, talleres creativos, lecturas en verso orientadas a un público infantil, traducciones de poesía, conducción de eventos culturales a los que se quiere dar un matiz más literario, ediciones comentadas, colaboraciones en verso para multitud de proyectos, etc.)”.        

            Y no deja de proclamar orgullosa que ha podido dedicarse enteramente a la poesía “sin tener que dar clases”. Un lector malicioso podría preguntarse (aunque no se ocurrirá escribirlo, por si las moscas) si lo habría conseguido si, en lugar de ser mujer, fuera hombre, y en lugar de haber nacido en Galicia lo hubiera hecho en Albacete. Tampoco habría podido vivir de la poesía, aunque tuviera tanto talento poético, no ya como Yolanda Castaño, sino como Machado, Guillén o Cernuda, pero ningún talento histriónico o para la caza de subvenciones

Yolanda Castaño está orgullosa, y hace bien, de su trayectoria en el campo de la poesía, pero que nos engañe tratando de hacernos creer que es generalizable. Afortunadamente, no lo es.

jueves, 4 de diciembre de 2025

Gimnasio y biblioteca

 

Juan Antonio González Iglesias
Entre las criaturas y las cosas
Poesía reunida (1984-2024)
Visor. Madrid, 2025.

La unión de contrarios caracteriza a la poesía de Juan Antonio González Iglesias desde su primer libro, La hermosura del héroe, de 1994, hasta el último, Nuevo en la ciudad nueva, de 2024, pero no incluido en Entre las criaturas y las cosas, recopilación de su poesía completa que acaba de aparecer. Las razones de esa exclusión no parecen literarias y quizás tienen que ver con que ambas publicaciones han sido subvencionadas por la misma entidad.

Hay un llamativo contraste entre la persona pública y el personaje poético de González Iglesias. El protagonista de sus versos se nos presenta como un moralista, un defensor del humanismo que se siente al margen de la sociedad contemporánea. “Soy un hombre en creciente desacuerdo / con su época”, comienza uno de los poemas. Pero el autor que los escribe tiene mucho de poeta oficial: recibe encargos institucionales para algunos de sus libros, como Universales , y becas para escribir otros con tranquilidad en hermosos entornos, como la villa de Marguerite Yourcenar; libros, por otra parte, que suelen aparecer con algún premio más o menos institucional. “Financiado por la Unión Europea” se lee en Nuevo en la ciudad nueva. Los antiguos humanistas viajaban de corte en corte, bajo la protección de algún rey o de algún noble; ahora los mecenas son políticos que manejan dinero público.

            González Iglesias es catedrático de Filología Latina, traductor de los clásicos, y defensor de la tradición griega y romana, a la que alude continuamente en sus versos, pero le gusta acompañar esas referencias con otras que tienen que ver con la modernidad tecnológica: “Leo a Thomas de Aquino en el smartphone”, “Un podcast sobre Dante a medianoche / me trae serenidad”, comienzan dos de los poemas. En otros se mencionan “Google Maps”, “Ya.com”, “el contrato 10 de Amena”, Leroy Merlin, McDonald's o Telepizza. No siempre esa mezcla, que algo tiene de manierismo, resulta afortunada: léase “Veta de oro en medio de la tierra” donde los deslumbrantes semidioses acaban siendo una “cuadrilla / de sordomudos en el Mercadona / de Benidorm”

            La hermosura del héroe comienza con una brillante paráfrasis de Píndaro “Olímpica primera. Nadador”, dedicada a Martín López-Zubero, campeón olímpico de natación. Quizás González Iglesias sea el poeta que desde Píndaro con más brillantez ha cantado el mundo del deporte. En Decatletas, de 2011, reunió todos los poemas de ese tema que había escrito hasta la fecha; ha seguido siendo uno de sus temas centrales. “Corren sobre la arena”, de Jardín Gulbenkian puede servir de ejemplo: “Corren sobre la arena y sobre el mes de marzo. / El sol los acompaña intermitentemente. / Sobre los golpes secos de sus largas zancadas / y sus respiraciones prevalece el silencio. / Hay un joven barbudo con camiseta roja. / Ahora van a las duchas. Su sobriedad atlética / nos devuelve a las copas de cerámica ática”.

            El propio poeta, que a menudo se canta a sí mismo a la manera de Walt Whitman, se nos presenta como deportista. “Entrenado en gimnasio y con la bicicleta”, afirma en uno de los versos de “Horacio, Epístola 1, 20”, uno de sus varios autorretratos.

            Pero el gimnasio de González Iglesias no parece solo un lugar para el ejercicio físico, también es un lugar propicio para el encuentro con esa belleza masculina que fascina al poeta como fascinaba a los antiguos griegos y para practicar la camaradería viril. El poema “Colega” dice así: “Lleva toalla y ropa / interior del ejército de tierra. / Si coinciden, entrenamos juntos. / Desconozco su vida, y él, la mía. / Desconozco su nombre. / Nos bastan unos cuantos monosílabos. / Ni anillos, ni pendientes, ni tatuajes / no piercing en su piel. / Está desnudo cuando está desnudo. / Es mi colega en el gimnasio. Juntos / honramos de la única manera / a los antiguos posibles espartanos”.

            Los poemas a “À une passante”, para decirlo con el título de Baudelaire, a la belleza que pasa fugazmente a nuestro lado, son un tópico si se trata de una belleza femenina (“Mujeres que pasáis por la Quinta Avenida / tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida”, escribió José Juan Tablada); más resultan escasos, al menos hasta tiempos recientes, los que tienen un destinatario masculino. González Iglesias nos ofrece una buena muestra de ellos. El extenso “Un centauro” es quizás el más sorprendente y conseguido de todos. Los poemas más explícitamente eróticos interesan menos y alguno, tras la deliberada vulgaridad del título (“Estamos en gayumbos delante del espejo”) incurren en perífrasis poco afortunadas: “Tardamos mucho rato en exhibir las bolsas / de fina piel que guardan nuestra virilidad”.

            Afortunadamente hay otro González Iglesias en González Iglesias. El que canta los placeres sencillos como beber un vaso de agua fría (en el poema así titulado, de leve anécdota que, sin embargo, puede leerse también como una parábola política, o en “Primera noche del verano”) o pasear en bicicleta (“Canción para pedir más carril bici”). Acierta también en los poemas que nos hablan de la cotidianidad en diversas ciudades: “Mañana de París”, “Mañana de Madrid”, “Málaga” o el que yo prefiero, que tiene un título muy suyo, “Un poema es mejor que Google Maps”, un recorrido por Venecia en busca de la casa en que vivió Ezra Pound. Tras la preciosista descripción del itinerario, desde el embarcadero en Ca d'Oro (con su “frágil / tracería de ojivas y trilóbulos”) el contraste con la “sencilla casa” que fue del poeta: “Del buzón / sobresale un polícromo folleto / con las ofertas de un hipermercado”.

            La poesía, nos dice González Iglesias en un poema de su primer libro, con esa cierta pedantería que también es otro de sus rasgos, “no es género de exégesis, pero sí es género para la écfrasis”. Sobran quizás de su poesía los simples apuntes de filólogo, los poemas que parecen notas a pie de página (“Alcibíades”), las naderías corteses (“Otros dicen buen finde ”) o las simplistas críticas al mundo contemporáneo: “Libérame del reino de la cantidad. / No permitas que sea valorado / por el número de amigos o de seguidores”.

Pero no importa lo que sobra. Importan los poemas –numerosos-- en los que la habilidad del retórico que conoce bien su oficio se convierte en magia. Pondré solo unos pocos ejemplos: “Homo matinalis”, sobre la experiencia del buceo convertida en una experiencia mística, o “Parkour”, sobre un deporte que no conocieron los griegos; “Frick Collection, Retrato de Tomás Moro”, un retrato que tiene mucho de autorretrato, y “Pablo”, homenaje a un poeta admirado también humanamente (“Me gusta imaginar a Dios parecido a ti”).



           

           

             

 

 

 

jueves, 27 de noviembre de 2025

Autobiografía y panfleto

 

Andrés Trapiello
Próspero viento. Una vida política
La Esfera de los Libros. Madrid, 2025.

Tres libros hay, o tres proyectos de libro, en el último de Andrés Trapiello, titulado, a partir de una cita cervantina Próspero viento. El modelo parece ser El pez en el agua, de Vargas Llosa, a quien se dedica el volumen: entremezclar el relato de la vida privada, especialmente en la adolescencia y juventud, con el de la actividad política. El resultado se parece más que a la obra de Vargas Llosa a los revueltos centones que forman las memorias de Baroja, Desde la última vuelta del camino , donde se usa y abusa del “corte y pega”, una expresión que entonces resultaba menos metafórica que lo es ahora. Trapiello trufa su libro con artículos propios y ajenos, con una selección de sus diarios, con vario material que no siempre viene muy a cuento. Da la impresión de que al hacerle el encargo –la obra es un encargo editorial, según señala--, le indicaron también el mínimo número de páginas conveniente.

            De los tres libros que se entremezclan en Próspero viento, el más interesante es el primero: unas memorias que, unidas a las que encontramos en La fuente del Encanto y en los primeros capítulos de Madrid , podrían constituir un apasionante relato autobiográfico que muchos preferirían a sus novelas y que quizás no sea menos novelero ni menos imaginativo que ellas. Inverosímiles resultan algunos pasajes, como aquel en que el padre del autor, allá por los años cuarenta, encañonó con su pistola a un capitán de la guardia civil, al frente de un dispositivo que se disponía a registrar su casa porque suponía que en ella se escondían algunos maquis, y le conminó a largarse de allí de inmediato. Obedeció el capitán y el acto no tuvo mas consecuencia que una reprimenda, pocos días después, por parte del gobernador civil al padre de autor, falangista que había guardado su camisa nada más terminar la guerra. La realidad no tiene por qué ser verosímil, al contrario que las novelas, pero en este caso parece que se pasa un poco. También en otro que el autor contó en El País y que, según nos dice ahora, le fue ratificado por la nieta del protagonista. Cuando los españoles que no querían hacer el servicio militar iban a la cárcel o que tenían marchar de España (de José Miguel Ullán, de quien se traza un retrato poco favorecedor, se nos dice “que se había fugado para no hacer la mili”), Trapiello se libra porque el comandante que le examina en el Hospital Militar, encantado con su conversación, no tiene inconveniente en falsificar el certificado médico. Y tan orgulloso, al parecer, estaba de un acto que podía haberle costado su carrera que se lo habría contado a su nieta, quien no tuvo inconveniente en confirmar desde Colombia los hechos y las palabras de su abuelo: "Hijo, de la vista estás divinamente, pero a ti la mili no te va a servir de nada. Tú lo que tienes que hacer es aprovechar el tiempo, leer muchos libros y contárnoslo luego. Hala, vete".

            Inverosímil o no, la novela personal y familiar del autor es lo más valioso del volumen. Basada en hechos reales, algo tiene de novela picaresca en la que, como en el Guzmán de Alfarache, el autor se enreda a veces en sermones --en su caso contra la presunta “superioridad moral de la izquierda”-- que nos interesan bastante menos.

            La autobiografía deja paso a la autopromoción en el segundo libro de los que integran esta miscelánea. Las armas y las letras ocupan un lugar central. Se nos cuenta una vez más el origen de esa obra, un encargo para un premio amañado que finalmente no obtuvo, cómo fue creciendo en sucesivas ediciones; se reproducen los prólogos a cada una de ellas, algunas reseñas y las réplicas pormenorizadas del autor.

Andrés Trapiello está muy orgulloso de haber puesto en su lugar a autores hasta entonces marginados, a su parecer por formar parte de la tercera España: Chaves Nogales, Clara Campoamor, Elena Fortún, José Castillejo y un largo etcétera. Y tiene razón en el caso de Chaves Nogales, cuyas obras se disputan los más diversos editores. Menos en algunos otros, que siguen muy en segundo plano, como Castillejo, que tiene por otra parte poco que ver con la literatura, o despiertan interés por otras razones, como Elena Fortún, autora de una de las primeras novelas españolas de tema lésbico.

Las puntos publicitarios de Andrés Trapiello, su capacidad para promocionar su propia obra y la de determinados autores resulta innegable. Admira la pasión con la que defiende aquello en lo que cree. Pero ese lado suyo, tiene otro menos encomiable: su ensamblaje con determinados autores como Alberti.

El tercer libro, un panfleto contra la izquierda, se diluye por todo el volumen y se concentra en los tres últimos capítulos, los más prescindibles, aunque sean los que más se atienen al encargo editorial. Entrar a debatir lo que en ellos se dice tiene tanto sentido como discutir con un testigo de Jehová el folleto que te entrega sobre las verdades de la Biblia. Pedro Sánchez, nos dice, es “el político más corrupto desde 1975”. Al comienzo del libro, ha afirmado que los diez primeros años del gobierno del PSOE fueron los más hermosos de la historia de España, olvidando que fueron los del director de la Guardia Civil que se fugó con el botín, los de ETA haciendo de las suyas y los de los asesinatos de los GAL financiados con fondos públicos.

No escasean los errores factuales en este libro, como en todas las primeras ediciones de las obras ensayísticas de Trapiello, pero como suele corregirlos en las ediciones siguientes le señalo dos: “la simpatía y la comprensión” de la mayor parte de la izquierda antifranquista hacia la banda ETA no se vio tras el atentado de la calle del Correo, repudiado por toda la izquierda y la propia ETA , que tardó décadas en reconocer su participación; y al frente de “la mayor trama de corrupción de la democracia”, destapada en junio de 2025, no estaban “dos secretarios generales del partido socialista”, sino, en todo caso, dos secretarios de organización.

Resulta tentador seguir refiriéndonos a otras afirmaciones del libro, alguna tan disparatada como que la reivindicación de Azaña, repudiada por la izquierda y la derecha, se debió a Jiménez Losantos. A Manuel Azaña, tan denostado siempre por Trapiello, se le salva por fin en este libro incorporándolo a los integrantes de la tercera España.

Pero no puedo dejar de señalar un reparo menor: el caprichoso y engorroso uso que Trapiello hace de las abreviaturas en los nombres propios. La lectura tropieza con los “GdeB”, “CÁdeToledo”, “Ile”, “SSPoncela”, “Spperdidos”, “2GMundial” que esmaltan sus páginas.

Termino con dos elogios y una recomendación. El “Álbum” que incluye el volumen es modélico, por las fotos, tan bien seleccionadas, y por los pies de foto, tan ilustrativos y atinados. En la polémica a propósito de un pasaje infame de los diarios de Gil de Biedma, Andrés Trapiello tiene toda la razón y sus oponentes demostraron una absoluta insensibilidad moral. Pero el más torpe en la defensa del abusador, fue Pere Gimferrer, que no representa precisamente a la izquierda. Una izquierda que, en contra de lo que se da a entender, no es monolítica, sino todo lo contrario: fue precisamente Javier Cercas, tan denostado por Trapiello tras el éxito de Soldados de Salamina , que a su parecer blanqueaba a los criminales republicanos, el más decidido opositor al proceso independentista de 2017.

La recomendación: que se lea mejor la Constitución que dice defender, una Constitución que nos hace a todos libres e iguales (con matices, claro, que para eso están los estatutos de autonomía), también a los independentistas, catalanes o vascos, cuyos votos, para elegir diputados, y los de sus diputados, para elegir presidente, son tan legítimos como los demás.