jueves, 30 de noviembre de 2023

Propuestas de felicidad

 

Historia alternativa de la felicidad
Juan Antonio González Iglesias
Penguin Randon House. Barcelona, 2023.

Juan Antonio González Iglesias es poeta, uno de los más notables de su generación, y catedrático de Filología Clásica. Para ofrecernos una Historia alternativa de la felicidad (o mejor, una propuesta alternativa) ha echado mano de sus muchos conocimientos filológicos y también de sus abundantes lecturas de la poesía contemporánea.

La lección de los mejores de ayer coincide en sus paginas con la lección de los mejores de hoy, aunque a veces –todo hay que decirlo-- esa coincidencia resulte un poco forzada. Nos hace sonreír el final del capítulo titulado “La sobria ebriedad”. ¿La trágica vida de Cleopatra habría sido distinta de haber podido leer a Claudio Rodríguez? González Iglesias cree que sí. Cleopatra “se nos presenta como ebria de buena fortuna y por tanto condenada a la desdicha. Le faltó estar ‘sobria de buena fortuna’. Si hubiera podido leer el deslumbrante Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez, habría adquirido a la vez el ‘don de la sobriedad’ que también lo anima”.

            A esa aventurada hipótesis, podemos añadir otra como afirmar que Odysséas Elýtis “habría tenido igual el Premio Nobel” si solo hubiera escrito la frase “en el paraíso he recortado una isla”. Quizá quiso decir “merecido” y ya sería una hipérbole excesiva, pero “tenido” resulta una falsedad (no es un premio para frases felices).

            Se leen con gusto y provecho los setenta capítulos –por lo general breves-- de este libro, que es también una selecta antología de poesía clásica y contemporánea. González Iglesias sabe, como pedía Horacio, “instruir deleitando”. Destaca el capítulo final, dedicado a Catulo, en quien encuentra “un catálogo práctico de felicidad”.

Sin embargo, al margen de algunos lapsus fácilmente corregibles (“Los placeres inferiores” no es un libro de Francisco Brines, sino uno de sus poemas), a  mi entender incurre en un error de base que conviene subrayar: contrapone un idealizado mundo clásico a un no bien entendido mundo contemporáneo.

            Me limitaré a algunas muestras. “Lo que ahora se expresa por WhatsApp –escribe en el capítulo “Las felicitaciones”-- o por teléfono antes se comunicaba poéticamente. Tenían poemas para desear buen viaje (el propenticón) que incluso anticipan como será el retorno feliz. Poemas para felicitar la boda (el epitalamio) o para acompañar el envío de un regalo”. Pero un poema se puede enviar por WhatsApp o leer por teléfono, no hay que confundir contenido con continente. ¿Se recitaban entonces siempre poemas para desear buen viaje? ¿Se leían poemas en todas las bodas? Me imagino que sería solo en algunos casos, lo mismo que ocurre ahora.

“El que tiene lo público carece de lo privado” afirma González Iglesias citando a Gil-Albert. La privacidad ha desaparecido del mundo contemporáneo, repite una y otra vez; hoy “las personas monetizan su intimidad ofreciéndola por Internet a las multitudes”. En pleno “paroxismo internáutico”, ha habido quien “ha osado felicitar” a los que se quedan al margen. Y cita como ejemplo de esa osadía un poema propio, aunque callando el nombre: “Benditos los ignotos, / los que no tienen página / en Internet, perfil / que los retrate en Facebook, / ni artículo que hable / de ellos en Wikipedia. / Los que no tienen blog. / Ni siquiera correo / electrónico, todo / les llega si les llega / con un ritmo más lento. / Tienen pocos amigos. / No exponen sus instantes. / No desgastan las cosas / ni el lenguaje. Network / para ellos es malla / que detiene la plata de los peces. / Benditos los que viven / como cuando nacieron/ y pasan las mañanas oyendo el olmo / que creció junto al río / sin que nadie / lo plantara. / Benditos los ignotos, / los que tienen / todavía intimidad”.

            Y esos que pasan la mañana junto al olmo, habría que preguntarle al autor, ¿de qué viven? ¿Tienen esclavos como en tiempo de Horacio o santa esposa, como hace unas décadas, que se ocupan de las cuestiones prácticas de la vida? No escriben versos, por supuesto, ni menos los publican, porque entonces correrían el riesgo de “compartir sus instantes”.

Qué fácil resultan rebatir estas falacias, que suenan tan bien y tantos aplauden, confundiendo el uso con el abuso de las redes sociales. ¿De verdad cree González Iglesias que quien tiene perfil en Internet deja de ser ignoto? ¿Y que se pierde algo de intimidad por tener un blog sobre filatelia o sobre cualquier otra afición? El error conceptual en que incurre González Iglesias –y no es solo suyo, por eso conviene señalarlo-- es pensar que porque son varios cientos de millones las personas que tienen un perfil en Facebook son cientos de millones los que pueden ver las fotos de la presentación de un libro que subo a mi página. “¡Lástima grande / que no sea verdad tanta belleza!”, habría que exclamar citando a otro clásico.

Siguen existiendo privacidad e intimidad y no han disminuido, sino aumentado desde aquel tiempo en que las familias pobres vivían amontadas en una habitación y los palacios estaban llenos de cortesanos. Aunque uno esté en todas las redes sociales y tenga correo electrónico --ya casi solo una herramienta de trabajo, por cierto--, solo comparte de su intimidad aquello que quiere compartir, salvo por descuido o inadvertencia, pero esa es otra cuestión.

Intimidad siguen teniéndola no solo la mayoría de las personas –cuya privacidad no interesa a nadie--, sino los personajes públicos. ¿O acaso cree González Iglesias que tiene menos vida privada Felipe VI que Alfonso XIII, la reina Letizia que Isabel II?

            Pero González Iglesias sigue erre que erre: “La sonrisa, que es el fruto logrado de la felicidad, se comunica en silencio. En el destello de la mirada puede haber más generosidad con los demás que en ninguna publicación instantánea”. Perfecto. Pero a veces la sonrisa y el destello de la mirada están a miles de kilómetros. ¿Y cómo entonces podría disfrutar el abuelo de la sonrisa de su nieto sin el recurso a Internet?

            “¿Cómo hemos llegado nosotros a la exaltación máxima de lo público?”, se pregunta. Al parecer eso ya ocurrió hace siglos: Alexis de Tocqueville dictaminó que “los americanos carecen de intimidad”. Y ahora han bastado los años que llevamos del siglo XXI “para abolir la preciosa intimidad europea”.

            Admirable González Iglesias cuando escribe versos o nos explica los pormenores filológicos de la cultura clásica; algo menos admirable cuando da rienda suelta a su misoneísmo y moraliza sobre la decadencia contemporánea.

jueves, 23 de noviembre de 2023

Poesía y caligrafía

 

 

 

Los expedientes de la madrugada
Felipe Benítez Reyes
Visor. Madrid, 2023.

Felipe Benítez Reyes domina el arte de la divagación lírica, de la alusión literaria, de la frase feliz (“Un agua mansa / que cubría la ciudad como un traje de novia”), pero sus mejores poemas son aquellos que parten de una anécdota concreta y no la toman como pretexto para nuevas reflexiones sobre el tiempo y la memoria, aunque siempre sugestivamente paradójicas y nunca desdeñables. El mejor Felipe Benítez Reyes, dueño de una inconfundible caligrafía personal, es quizá el que encontramos en los poemas que menos parecen suyos, como “Los dos ancianos”. Pocas veces un tema tópico –el de la ancianidad de los padres-- ha sido tratado con tanta inteligencia y verdad.

            Hay más poemas en los que el autor no se pierde en florituras ni en eliotianas elucubraciones y, esos son, los que cerrado el libro se nos quedan en la memoria y los que nos hacen volver a él.

            “Episodio de infancia” comienza de la más llana manera: “Se fue la luz en la casa de campo”. Tal vez habría ganado en intensidad prescindiendo de los versos centrales, hermosos sin duda –“la fantasmagoría inquieta de una llama”, “el latir de la luna vagabunda”--, pero que suenan a ejercicios de estilo, marca de la casa.

            “El tránsito” es otro poema que nos cuenta una anécdota cotidiana (“Una paloma ha elegido mi terraza para su agonía”), y que termina con la concisión del epigrama clásico: “Lo peor de la muerte es conocerla / desde mucho antes de morir. / Tú pudiste volar y fuiste eterna”.

            “El reloj nuevo” y “El espejo” toman también vuelo metafísico o trascendente a partir de los objetos de la cotidianidad que indica el título. No son temas que busquen la originalidad –sobre el reloj y el espejo se pueden compilar nutridas antologías--, pero Benítez Reyes acierta a darles un sesgo inédito.

“Las posesiones” aprovecha la anécdota de partida –el desalojo de la casa de un familiar o amigo que acaba de morir-- para practicar el borgiano arte de la enumeración, caótica o no, un procedimiento en el que Benítez Reyes resulta un maestro. Lo encontramos también en “Divagación acuática”, a la que sirve como pretexto “el agua que brota de noche del manantial” para un brillante evocación que entremezcla literatura y vida: “El agua con sonido que discurre / en una égloga renacentista / se me confunde ahora en la memoria inestable / con la lluvia otoñal que oí caer / desde una ventana del hotel Locarno, en Roma, / y que parecía el eco de una batalla de hace siglos, / un choque de metales en el aire, / un rápido morir”.

            Nuestros defectos son la otra cara de nuestras cualidades se ha repetido a menudo. Lo que la poesía pueda tener de “fermosa cobertura”, según la definición del marqués de Santillana, de primorosa caligrafía, Benítez Reyes lo domina como nadie. Por eso corre continuamente el riesgo de que sus poemas le suenen al lector de hoy, acostumbrado a otras músicas, a más o menos brillante ejercicio retórico; es lo que ocurre con “Hablar en plata” o en menor medida con “La canción de los pescadores del litoral”.

            Entre los poemas que parten de la cotidianidad, y que como ya he indicado están entre los mejores del libro (“El vecino hechizado” podría añadirse a los mencionados), disuena “Oda a los empleados madrugadores”, un poema en el que autor se deja llevar por su gusto por la enumeración –“el depositario de los enigmas mercantiles”, “el analista metafísico de los inventarios”, “los conocedores de las propiedades exactas del género que exhiben”, el empleado bancario, el gerente de la funeraria, la limpiadora, los reponedores, las empleadas de la inmobiliaria-- y hace que la calle que contempla desde el balcón al amanecer parezca inverosímilmente más concurrida que un pasillo del metro en horas punta.

            El lector agradece los textos más breves, en los que el autor parece prescindir de su reconocida maestría. El “Excurso” remite al despojamiento del último José Corredor-Matheos: “El viento / trae ahora / desde una verbena / remota / una remota / canción / de juventud / a tu ventana. / Como si nada / hubiera cambiado / desde entonces / --¡como si nada!--, / escucha esa canción / remota / que trae el viento / y da las gracias, / aunque no sepas / por qué).”

            Pero en un tiempo en que tantos poetas abusan del coloquialismo y de la pobreza expresiva, no deja de resultar encomiable el empaque retórico, el gran estilo, de poemas como “Apuntes para la construcción de un templo” o la ambición estructural de “18 de septiembre de 1970”, que entremezcla la muerte de Jimi Hendrix con las evocaciones autobiográficas, una amplia cita de San Agustín y dos notas entre paréntesis sobre Eliot y Bocángel.

            Todo lo que el lector habitual de Felipe Benítez Reyes espera encontrar en un libro de Benítez Reyes lo encontrará en Los expedientes de la madrugada (hay incluso un poema, “In Arcadia”, que remite al poeta de los ochenta, cuando las ásperas polémicas sobre la “poesía de la experiencia”), pero con una inédita emoción –“enseñanzas de la edad”-- en los mejores poemas y sin que apenas suene a prescindible o consabido, aunque nos suenen temas y maneras. Quien lo descubra ahora, siempre hay lectores que se incorporan, se encontrará con la sorpresa de un clásico contemporáneo.



 

 

 

jueves, 16 de noviembre de 2023

La historia por los aires


 

Manuel Cerdán
Carrero: 50 años de un magnicidio maldito
Plaza & Janés. Barcelona, 2023.

¿Queda algo por saber del atentado contra Carrero Blanco del que pronto se cumplirá medio siglo? Manuel Cerdán, periodista de investigación de larga trayectoria, opina que sí, pero las seiscientas páginas del segundo volumen que ha dedicado al tema, Carrero: 50 años de un magnicidio maldito, Parecen demostrar más bien lo contrario. En el prólogo, afirma que ningún periodista se ha alejado más que él de las teorías conspiratorias, pero alude repetidamente a un personaje conocido como la Sombra, que parece sacado de una novela de kiosco. ¿Quién es la Sombra? Pues nada menos que "el hombre invisible que reveló los movimientos de Carrero". Aunque algunos autores pongan en duda su existencia, según afirma Cerdán, él tiene constancia documental. Un miembro del comando que acabó con la vida de Argala, el etarra que activó el explosivo que hizo volar el coche de Carrero, le habló de ese personaje que, en una entrevista en el hotel Mindanao, puso en marcha toda la operación: "Sabemos que la Sombra era un política de la oposición liberal-conservadora que se movía con plena libertad dentro del régimen y en los círculos políticos de don Juan, entre Estoril y Madrid. Era amigo o conocido de Genoveva Forest y de un etarra que vivía en Madrid, conocido como Kaskazuri, un tipo relacionado con los servicios secretos del PNV". En otro momento se refieren a él como un "elegante hombre de traje gris". ¿Y qué fue lo que hizo ese personaje misterioso? Pues entregar un papel en el que se informaba de la costumbre de Luis Carrero Blanco de asistir a misa todas las mañanas, a la misma hora, en una determinada iglesia madrileña. Pero, si como se afirma en este mismo libro, los etarras descubrieron con sorpresa que la dirección particular del vicepresidente, y luego presidente, del gobierno figuraba en la Guía telefónica, ¿tan difícil les resultaba seguirle y averiguar su costumbres?

La confidencia de ese personaje misterioso, si existió, resulta poco significativa, y más que dudosa resulta la implicación de la CIA o de otros políticos del régimen opuestos a Carrero en la puesta en marcha del atentado. De la minuciosa investigación de Cerdán no se deduce nada de ello, aunque él se empeña, por dar interés a su libro, en dejar abiertas todas las pistas.

Cierto que hay muchas cosas sorprendentes: la libertad con que se movieron durante largos meses un grupo de etarras, ya fichados, por Madrid; la cercanía del lugar del atentado a la embajada de Estados Unidos; la coincidencia con la visita de Henry Kissinger; los desoídos avisos sobre las insuficientes medidas de seguridad en relación con Carrero (pero él mismo se negó reiteradamente a reforzarlas). La torpeza de los encargados de prevenir la actividad terrorista fue indudable, así como la buena suerte que acompañó al comando y a sus colaboradores. La principal fue Eva Forest, quien puso a disposición de los etarras una red de militantes de izquierda disconformes con la actitud pactista que había adoptado el PC. Un Eva Forest debió ETA su mayor éxito en la lucha contra el franquismo y su mayor fracaso, el atentado en la calle del Correo, ocurrido menos de un año después.

El primero tuvo mucho de traca final de la dictadura, aunque esta continuaría algún tiempo, y en cierta medida libró a los españoles del trauma de haber dejado morir a Franco en su cama. Se trató de una ejecución del dictador por persona interpuesta. Por eso fue recibido con más o menos disimulado alborozo por toda la oposición.

El segundo fue un mero acto de barbarie, parece que ideado no por ETA, que se dejó llevar por el entusiasmo derivado del éxito anterior, sino por Eva Forest, que ya se consideraba a sí misma a la altura de los más grandes revolucionarios.

¿Cambio la historia de España la muerte de Carrero, como se ha repetido hasta la saciedad? Manuel Cerdán afirma que sí y lo equipara al asesinato de Prim en diciembre de 1870. No sería el único parecido: también en el caso de Prim muy altas instancias impidieron llegar hasta los instigadores. La muerte de Prim impidió que se consolidara la dinastía de los Saboya, de la que era el principal apoyo. El que en lugar de Carrero, en el momento de la muerte de Franco, estuviera Arias al frente del gobierno no supuso mayor diferencia. El propio rey Juan Carlos lo vio así: "Pienso que Carrero –le dijo a José Luis de Vilallonga-- no hubiera estado en absoluto de acuerdo con lo que yo me proponía hacer. Pero no creo que se hubiera opuesto abiertamente a la voluntad del rey. Simplemente habría dimitido...", que fue exactamente lo que hizo Arias, o le hicieron hacer. Ni uno ni otro tenían "la visión necesaria a largo plazo para hacer frente a los cambios radicales que exigían los españoles". Carrero Blanco no garantizaba la continuidad del franquismo; sin Franco no era nada, ni siquiera contaba con la simpatía de buena parte de los políticos del Régimen.

El libro de Manuel Cerdán permite sacar conclusiones distintas a las del autor, y esa es buena señal. Habría ganado con una mayor concisión. Se repite demasiado la metáfora del árbol de Malato (el árbol simbólico que marcaba la frontera del señorío de Vizcaya), por ejemplo, y se incurre en algunos errores: ETA no colocó una bomba en la calle del Correo en noviembre de 1974, según se afirma en la página 73, sino en septiembre; Eva Forest no fue detenida ni en noviembre de 1974 (página 75) ni en septiembre de 1975 (página 313), sino en septiembre de 1974, poco después del atentado, y a partir de sus declaraciones fueron cayendo todos los colaboradores en él y en el anterior contra Carrero. Errata parece la confusión de Alfonso XIII con Alfonso XII al referirse al cuadro pintado por Sorolla que se encuentra en el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Paradójicamente, el almirante Carrero Blanco sale humanizado de este libro. No participó en negocios raros como tantos políticos de antes y de después (ya el príncipe de España comenzaba su lucrativa amistad con los países árabes) y cumplió con el que creía su deber hasta final. Murió pobre (había donado sus parcos ahorros poco antes) y el epitafio que recibió de Franco fue el famoso "no hay mal que por bien no venga". Conmueve leer la crónica de sus últimos días, que entremezcla actos oficiales con la rutina cotidiana y que nos deja un dato que parece inventado por un novelista, En uno de los cines de la Gran Vía, viendo la película Chacal, de Fred Zinnemann, pudo coincidir con los que poco después serían sus ejecutores. La película, como es bien sabido, cuenta la historia de un asesino que intenta asesinar al presidente de Francia por encargo de una organización terrorista.



miércoles, 8 de noviembre de 2023

Lorca revisitado

 

 

Federico García Lorca, el tiempo compartido
Pablo Suero
Edición de Mirtha Mansilla y Alfonso López Alfonso Impronta. Gijón, 2023.


¿Puede tener interés un nuevo libro sobre García Lorca? ¿No lo sabemos todo de su vida, y de su muerte? Comenzamos a leer este volumen, en el que Alfonso López Alfonso y Mirtha Mansilla, han reunido todo lo que Pablo Suero ha escrito sobre él con cierto escepticismo. Desaparece pronto. Aquí está Lorca, en el mismo momento en que comienza a convertirse en mito, y a su lado, como el más entusiasta de sus admiradores, un escritor con el que el tiempo no ha sido benevolente, pero al que su labor periodística ha salvado del olvido: Pablo Suero.

Pablo Suero nació en Gijón en 1898, el mismo año que Lorca, pero emigró de niño a Argentina y siempre se consideró Argentino. No hay ni una mención a su origen en su libro más conocido, el único conocido en realidad, España levanta el puño, varias veces reeditado y en el que reúnen las crónicas escritas durante su visita a España en los primeros meses del 36. Entrevistó entonces a políticos y escritores, de izquierdas y de derechas, y ese plural testimonio sigue siendo el mejor retrato de España en vísperas de la guerra civil.

A Lorca lo conoció en octubre de 1933, con motivo de su viaje a Argentina. Llegaba el poeta y dramaturgo ya con el renombre de ser el autor más destacado de la nueva generación. Pablo Suero se adelantó a recibirlo a Montevideo y por eso fue el primer periodista Argentino en entrevistarle. Su "Crónica de un día de barco con Federico García Lorca" se lee hoy con el mismo interés que cuando fue escrita. Tiene el valor de un vivaz noticiario cinematográfico que pone al poeta entre nosotros. Le vemos hablar y actuar con todo su encanto, el famoso "duende". La completa otra entrevista, "Hablando de La Barraca con el poeta García Lorca", publicada pocos días después. Y junto a ellas podemos leer por primera vez las reseñas de los estrenos, de las conferencias, de los homenajes.

Pocos escritores fueron tan agasajados como García Lorca en esos días argentinos. Argentina era entonces un país joven, próspero y deslumbrado por la cultura europea. El entusiasmo de Pablo Suero tuvo mucho que ver con el éxito de Lorca. Al comienzo de su primera entrevista se retrata como un "cazador de almas", deseoso de acercarse a los seres extraordinarios: "Al lado de estas criaturas de excepción que viven para el arte, la vida cobra otro valor. Hablar con ellas, gozar de su sociedad, sentir su fina o ardiente vibración de elegidos, lo hace a uno sentirse menos solo. Consuelan los artistas de ese fondo insoluble y trágico que lleva la vida en sí".

No era Lorca el primer personaje excepcional que había conocido: menciona a Barbusse, a Colette en su balcón del Claridge Hotel de París, incluso a Dreyfus, ya vuelto de la Isla del Diablo. "Su hálito de otros mundos –escribe-- hace olvidar la violencia o la aspereza de estos tiempos".

No fue fácil la vida de Pablo Suero, Periodista Polémico, autor y director teatral, Letrista de Tangos, muerto en accidente de automóvil en 1943. Recientemente se ha reeditado su libro de poemas Agonía de un mundo, de 1940, en absoluto desdeñable, con ecos de la generación española del 27, que conocía muy bien, y ciertos resabios modernistas.

Como toda pasión, la de Suero por Lorca tuvo alguna crisis. En Argentina comenzó a circular el rumor de que, a su regreso, Lorca no se mostraba tan agradecido con el país como podría esperarse. Y cuando Suero volvió a España, a finales del 1935, Lorca no hizo nada por verle, más bien todo lo contrario. Le habían escrito indicándole que ese malicioso rumor procedía precisamente de Suero.

"Parece que hay chismes de por medio... Chismes ultramarinos... Pero tú y Federico no podéis separaros...", le dijo Neruda, que fue quien los reconcilió. Estaba Suero en el hotel Cristina, de la plaza del Ángel, cuando le llamó Lorca: "Pablo, quiero hablar contigo... He hecho mal en guiarme de chismes sin pensar en todos tus antecedentes para conmigo...". Y a los diez minutos se presentó en el hotel trayéndole sus últimas cosas, entre ellas el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Pero para entonces Suero ya había enviado un artículo a Buenos Aires "con dos o tres líneas despectivas para Federico". No había manera de impedir que se publicara y, en cuanto se publicó, le faltó tiempo a alguna gente de allí para hacérselo llegar por correo aéreo a Lorca.

Esta y otras pequeñas historias contribuyen al interés de este libro, escrito en tres tiempos: 1933, el año del triunfo de Lorca en Argentina, cuando parece que a la República y al poeta les espera una larga vida; 1936, con el comienzo de la guerra civil y la noticia del asesinato de Lorca, que Suero tarda en creerse, y el regreso de Lorca a los teatros de Buenos Aires de la mano de Margarita Xirgu a partir de 1937.

Tantos años después, aún no nos hemos cansado de Lorca ni del tiempo que le tocó vivir. Y esta recopilación, que rescata tantas páginas llenas de vida olvidadas en las hemerotecas, lo demuestra cumplidamente.

jueves, 2 de noviembre de 2023

Nueva York y más

 

 

Una cita con Borges
José María Conget
Renacimiento. Sevilla, 2023.

La literatura tiene sus paradojas. José María Conget es autor de una amplia obra que abarca novelas y libros de relatos, elogiosamente acogidos por la crítica, pero para la mayoría de sus lectores es y seguirá siendo sobre todo el autor de Cincuenta y tres y Octava, un librito de pocas páginas –apenas un folleto-- que narra su estancia en Nueva York como directivo del Cervantes y que es una de las grandes obras sobre esa ciudad.

Una cita con Borges –reedición muy ampliada de un libro aparecido el año 2000-- reúne textos que podríamos considerar menores e incluso prescindibles, producto del encargo: conferencias, prólogos, colaboraciones en algún homenaje. Y sin embargo aquí está el José María Conget mayor, el que se seguirá leyendo cuando se olviden sus obras de más empeño, esas novelas "que nadie le manda componer", según afirma con cierta ironía en el prólogo.

Ya Francisco Umbral había repetido más de una vez que la musa es el encargo. Con ciertas condiciones, añado no. La primera, que podamos rechazarlo si no encaja con nuestros intereses del momento. O queº en Visor. A José María Conget le solicitaron un prólogo para el tomo 32, Libros de Madrid, y él, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, esto es, unas vagas alusiones a Madrid en el Diario de un poeta recién casado, escribe unas espléndidas páginas sobre el Nueva York que Juan Ramón Jiménez se encontró durante su primera visita en 1916.

Sobre ciudades –no solo Nueva York-- tratan los mejores textos de José María Conget, que ha sido profesor o gestor cultural en muy diversos lugares. Inolvidable resulta el Londres de "10 Rillington Place", que entremezcla autobiografía y crónica criminal, la evocación de un asesino en serie.

Otro capítulo memorable es el titulado "Piratas, aguas de regaliz y un pistolero", que algo tiene que ver con La infancia recuperada, de Fernando Savater, ese manifiesto a favor del placer de leer y en contra del experimentalismo, heredero de un Joyce mal entendido y el nouveau roman francés, de los años setenta. Conget nos habla de sus inicios como lector, de Salgari, de Guillermo Brown, de su primera fascinación cinematográfica, la película que en España se llamó Raíces profundas, y lo hace con erudición, con humor y con las adecuadas dosis de melancolía.

A "La felicidad de los tebeos" se dedica una de las secciones. En "Los pasados vergonzosos" nos descubre la trayectoria de Patricia Highsmith como guionista de cómic, su dedicación durante un tiempo antes de ser novelista de éxito. Pero el mejor capítulo de esa serie es "13, rue del Percebe", análisis de la innovadora página de Ibáñez, a la que pone en relación con Zola y con Perec y con Boticelli (también con un afamado colaborador de The New Yorker, Saul Steinberg).

Menos interés tienen, a mi entender, las páginas dedicadas al cine incluidas en "Pantalla grande": una conferencia sobre "el cine de los exiliados españoles, el exilio español en el cine", unas páginas sobre una familia de cineastas iraníes y la esforzada recreación –disuena algo en el conjunto-- de un encuentro entre dos pioneros en el Café de Flore.

"Una cita con Borges" es el borgiano relato, por el tema y por la técnica, que da título al conjunto. Mezcla ensayo y ficción, analiza el tema del amor en la literatura de Borges y concluye con una sorpresa, que quizá no lo es tanto, al revelarnos el nombre de la protagonista y narradora. A Borges se le dedica también "Fervor mítico de Buenos Aires", que comienza con una de esas anécdotas biográficas tan características del mejor Conget: "Viajé a Buenos Aires hace años con el propósito oficial de comprar libros raros para una biblioteca española en Nueva York y con el deseo secreto de enamorarme de una ciudad de la que ya había recibido varios flechazos a través de la literatura".

Nueva York está muy presente en estas páginas, y el lector lo agradece. Buena parte del libro se escribió en ella: "Durante los años que llevo en esta ciudad he visitado muchas veces, por motivos profesionales que nunca excluyeron el placer, la librería que Eliseo Torres amontonó en el Bronx". Se trataba de "un caserón de ventanas cerradas y atmósfera que evoca unas carceri piranesianas con las extrañas mazmorras repletas de letra impresa, sus perspectivas de metros y metros de estanterías hasta el techo, el olor ubicuo a papel viejo y el cálculo, que marea un poco, de que allí se encierran cerca del millón de volúmenes". Millón de volúmenes que luego sería adquirido por Abelardo Linares, precisamente el editor de Una cita con Borges, uno de esos libros hechos de retazos --"marquetería mal ensamblada" se titula, captatio benvolentiae, la nota inicial--, a los que siempre gusta volver, porque entre sus ingredientes no faltan nunca ni la inteligencia ni el humor.