jueves, 12 de febrero de 2026

Biblioteca de sombras


Maurice Rollinat
Neurosis. Antología poética
Versión y prólogo de Pedro José Vizoso
Arkadia. Grand Island, Nebraska, 2025.

La historia de la literatura, como la historia en general, está llena de nombres que tuvieron un momento de gloria y luego se apagaron; en buena parte de los casos, aún en vida. Al poeta francés Maurice Rollinat (1846-1903), la fama se le acercó dos veces: la primera en 1883 cuando publicó Neurosis, una síntesis de Poe y Baudelaire, un compendio de tremendismo y decadentismo. Al éxito contribuyó que el autor era todo un personaje en el aquel París finisecular: no solo frecuentaba los cenáculos bohemios, también se hizo pronto un habitual en los salones de la buena sociedad. Era poeta y además un virtuoso del piano que había puesto música a sus versos y a los de Baudelaire y los cantaba con una hermosa voz varonil. Lo sorprendente es que necesitaba de otros para llevar sus creaciones al pentagrama: nunca había estudiado música. El éxito de 1883 llegó de inmediato a España y aquí se publicaron ese mismo año las primeras, y casi únicas, traducciones de sus poemas.

Su siguiente momento, ya más de fama que de gloria, tuvo lugar en 1903, el año de su muerte. Estaba internado en un psiquiátrico, como parecían profetizar los poemas de Neurosis. Rubén Darío dedicó un artículo, “Las tinieblas enemigas”, a contarnos “la pesadilla de su vida y el espanto de su fin”.

            No hubo muchas referencias después en el ámbito de la lengua española. Ahora Pedro José Vizoso, profesor en el Hasting College, allá en Nebraska, estudioso del modernismo y de los trampantojos de la bohemia, lo rescata en una sorprendente antología que se titula como su libro más conocido, Neurosis. La selección contiene un puñado de poemas que siguen conservando su emocionante verdad, y que nos demuestran que Rollinat era algo más que un “Baudelaire empobrecido”, según le calificó Mario Praz. Era más bien “un Zola enriquecido, dedicado a los temas rurales y contaminado de simbolismo”, en palabras de Pedro José Vizoso.

            En 1883, el mismo año de su éxito, Maurice Rollinat abandonó París y en compañía de su nueva pareja (antes había contraído un matrimonio burgués y de conveniencia) se fue a vivir al campo, a un caserón que frecuentaban los amigos y en el que transcurrieron, “con esa velocidad supersónica que adquiere el tiempo cuando la felicidad se vuelve cotidiana y rutinaria, veinte años”. Y luego, como colofón, unos meses de infierno que redondearon el mito: en agosto de 1903, un perro muerde a su compañera, Cécile, que contrae la rabia y muere poco después; siguen la depresión, un cáncer, un intento de suicidio y el ingreso en un manicomio, según se decía entonces, donde muere, desatendido de todos, en octubre de 1903, como si fuera un castigo por los pecaminosos excesos que había cantado en Neurosis.

Pedro José Vizoso sintetiza con buen estilo literario y algún exceso retórico, la vida del poeta, en la que “lo único demencial y fúnebre” fue su madre, “esa avara arpía que va a sobrevivir a su hijo con esa salud de hierro con que Dios adorna y favorece a la gente más mala de este mundo”. También ilumina su obra de una manera que poco tiene que ver con la luz negra que vertieron sobre él Rubén Darío y los críticos de su época. No duda en calificarlo, a pesar de que el término resulte anacrónico, como un poeta ecologista. Y no solo en los libros que escribió durante sus veinte años de retiro rural, alguno de título tan explícito como La Naturaleza, sino también en Neurosis, donde no todo eran escenas de cabaret, lupanar y morgue, aunque no se supiera ver entonces. En ese libro se incluyen poemas como “Caballos viejos”, un lamento por las bestias de carga que “arrastran su cuerpo lastimado y decrépito, / la collera en el pecho y en las patas mil llagas”. En la misma línea, pueden incluirse “Caballo tísico” o “La yegua ciega”. No solo protesta este supuesto poeta maldito por el maltrato animal, también centra su atención en el mundo de los insectos, pero, aunque dedica “El entierro de una hormiga” a La Fontaine, nada tiene que ver con el moralismo de las fábulas.

            Entre los poemas sobre animales, destaca “El mirlo viejo”, con mucho de autorretrato de sus años finales: “consume en largas siestas la vida que le queda. / La experiencia, lo mismo que la edad, lo libera / del amor, que antes era la mayor de sus cuitas”.

Rollinat, que amaba “la profunda belleza de lo triste”, no puede faltar en una antología de poesía simbolista. “El silencio es el alma de las cosas / que guardar quieren su secreto” nos dice en un poema. Y él sabe darle voz a ese silencio con palabras que, como las de Verlaine, a veces no parecen pesar sobre la página.

            En “Ropa blanca”, otro de los sorprendentes poemas del libro, acierta a objetivar su contrapuesta visión de la realidad: las sábanas, al sol, “se ven puras y ardientes, y muy frescas, alegres, / a lo lejos: flotante, primaveral recuerdo; azules, rosadas, llenas de sol y cielo, / tal fiesta del paisaje que deslumbra la vista”. De noche, en cambio, parecen “una larga turba de zombis”, según leemos en la traducción. Pero el original habla de “morts”,  de muertos.

            A comentar las traducciones históricas y su propia teoría de la traducción, dedica Pedro José Vizozo algunas páginas. Estamos de acuerdo con lo que dice, pero no siempre con lo que hace. El verso final de “Noche mística”, en su versión dice así: “la luna oronda y blanca con su azul aureola”, pero en el original ese “oronda” no aparece por ninguna parte: “la lune blanche avec son auréole bleue”. Algo similar ocurre en “El crepúsculo”: “flotter l’âme de la rivière” se convierte en “cómo el alma del río, suave, flota”. Añadir adjetivos por razones métricas no parece la mejor opción de un traductor. La denostada traducción literal resulta a veces más eficaz que cualquier esforzada versión poética.

            Pero lo importante no son estos reparos, sino el rescate de un poeta olvidado y no bien leído en su tiempo. Bienvenido sea Maurice Rollinat a la biblioteca de los buenos lectores de poesía.



           

15 comentarios:

  1. Me gustaría añadir dos ( bueno, tres) observaciones. Verlaine no tenía buena opinión de él. Lo llamó "imitador de Baudelaire" ( "Baudelaire de rechange", Les Hommes d'Aujourd d'hui, número 313, 1888) y que lo de cantar sus poemas aporreando un piano y gesticulando en un cabaret quedaba como algo teatral y vacío.Tambien que según fuentes inglesas, basadas en la opinión de un escritor, la muerte de Cecile fue producto de complicaciones con la morfina. Ellos vivían en un entorno rural, no hubo autopsia y además, la vacuna de Pasteur era ya obligatoria. Lo de la "rabia" fue como un invento para no crear escándalo y darle un tono más dramático a su vida.Por último, más que poeta ecologista, sería un poeta "animalista": tiene a la cabra, al saltamontes, a la hormiga y uno muy bonito a la cierva, que según creo, se leía en las escuelas infantiles francesas hasta mediados del siglo XX. Y darle las gracias a JLGM porque bien este, o Enrique García ,o Pedro López Lara, me da a conocer poetas de los que no sabía.

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  2. Estimado Sr. Martín: Hoy recibí su libro "Entrada libre", excepcional se mire por dónde se mire. Gracias, maestro. De veras. Christian Sanz Gómez.

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    1. Me alegra saberlo. Puedes comunicarte conmigo por correo electrónico: gmartin@uniovi.es

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  3. Pedro José Vizoso, en un correo electrónico, me envía la siguiente respuesta al comentario de Santandreu:

    "Tiene razón José Santandreu al decir que Cécile Pouettre, la compañera del poeta, era aficionada o adicta a la morfina. Pero la muerte por la rabia causada por la mordedura de un perro fue sin duda alguna la causa de su muerte. Está verificada la visita de ambos (Cécile y Rollinat) al Instituto Pasteur en cuanto ella empezó a manifestar los síntomas de la infección (el miedo al agua) para intentar la cura. Como sabes, aún hoy la enfermedad es absolutamente letal (mortalidad al 100%) si la persona no busca atención médica antes de que se presenten los síntomas. El protocolo de Pasteur era largo, muy doloroso y no siempre eficaz. (Y debo decir, en contra de la afirmación de José Santandreu, que, en 1903 ni existía una vacuna preventiva contra la rabia ni era obligatoria. El protocolo del Instituto Pasteur era un tratamiento que solo se aplicaba a quien ya había sido mordido). Desde luego, el paciente estaba desahuciado si ya había desarrollado los síntomas. Cécile murió el lunes 24 de agosto de 1903, entre dolores horribles que, sin duda alguna, sus familiares intentaron paliar con morfina. También esa persona habla del desdén de Verlaine por Rollinat, y cita su semblanza del autor de Neurosis incluida en la publicación seriada Les hommes d'aujourd'hui. No le falta razón: Verlaine no entendía el éxito del poemario de su colega y consideraba al propio poeta como una invención publicitaria. Aunque estoy convencido de que Verlaine nunca fue una persona envidiosa del éxito literario de los demás, sin duda le debió de sorprender el éxito desaforado de aquel libro desaforado. Pero no recuerdo que dijera nada especialmente malo acerca de sus habilidades con el piano. De hecho, para verificar la calidad de su música, consulté con el profesor de piano de esta universidad, Jonathan Sokasits, quien buscó algunas de sus partituras y las interpretó para mí. Me parecieron piezas muy hermosas, pero solo oí las melodías al piano, no la parte vocálica cantada. Desde luego, no me dieron la impresión de que fueran el resultado aleatorio de "aporrear" el piano".
    Pedro José Vizoso

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  4. Quizás he exagerado al hablar de "aporrear el piano", y tampoco he escuchado las melodías. Pero es cierto que Verlaine habla de una "excesiva teatralidad" y no le hacía mucha gracia ni su poesía ni la forma de presentarla. Por otra parte, la fuente que cuestiona la muerte por rabia de Cécile es Hugues Lapayre ( o con "i", no estoy seguro). Escritor local, amigo del poeta, en su obra "Rollinat, poète et musicien" (1926) duda de la muerte por rabia. Cécile fue mordida a principios de agosto. Murió a finales . El tiempo de incubación del virus de la rabia oscila entre tres y ocho semanas. En tan poco tiempo murió? Es cierto que fue al Instituto Pasteur y volvió (sin acabar el tratamiento). Según su opinión, Rollinat entró en pánico y las dosis de morfina se multiplicaron. La prensa de París vio un festín de morbo y se dedicó a exagerar la tragedia, añadiendo que el poeta no estaba muy bien (eso es cierto. Pasaron varios días y el cadáver seguía en la casa y el poeta hablando con ella). Él mismo y otros amigos contribuyeron a enterrar a la desdichada, dado el estado del vate. Más? Pues sí. Estudios posteriores (según leo, pero no indican la fuente) determinaron que el perro no tenía la rabia.Por lo tanto, no estaría tan seguro como usted para afirmar que la muerte fue producida sin duda por la mordedura del perro. Y por cierto, reconociendo el valor de algunos poemas, coincido con Verlaine: es un Baudelaire "segundón". Desde luego.

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    1. Yo también coincido con Verlaine. No conocía a este poeta, así que gracias a nuestro anfitrión.
      Lo del perro , ¿es fundamental?
      Hombre, los perros rabiosos, por lo que sé, se ven a primera vista. Babean, lagrimean, están enfermos, deambulan y son un peligro, muerden y contagian.
      Ya no es tu amigo. No conocen.
      En aquellos tiempos, sin penicilina, te morias, claro.
      También te podía matar una garrapata.
      No conozco ningún poeta que haya muerto por una garrapata. Pero podríamos investigar.

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    2. Jeje, no es lo mismo, pero Rupert Brooke, un poeta inglés, murió en 1915 por la picadura de un mosquito que le provocó una septicemia.

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    3. Yo sabía que alguno habría, aparte del caso famoso de Keats.

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    4. He leído algo de Rilke con un rosal, pero no sé si es leyenda.

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    5. Bueno fue Rilke. No creo que sea una leyenda, cualquier infección te llevaba por delante.
      Lo de Rupert Brooke no lo sabía y no es un poeta menor.

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  5. Hola,
    Sobre Maurice Rollinat y su obra, puede encontrar mucha información en el sitio web de la Asociación de Amigos de Maurice Rollinat: http://www.lesamisdemauricerollinat.fr/

    ¿CÉCILE POUETTRE MURIÓ DE RABIA? : http://www.lesamisdemauricerollinat.fr/questions/Cecile_Pouettre_est-elle_morte_de_la_rage.htm

    MAURICE ROLLINAT Y PAUL VERLAINE

    En numerosas bibliografías, encontramos la entrada n.º 303 de *Les Hommes d’Aujourd’hui*, dedicada a Maurice Rollinat (sin fecha, ¿finales de 1887?) y firmada por Paul Verlaine. Esta biografía se reimprimió en el quinto volumen de *Œuvres complètes* de Paul Verlaine (Librairie Léon Vanier, editor, París, 1904, 486 páginas), páginas 353 a 359. Este texto es generalmente negativo respecto a Maurice Rollinat, a quien Paul Verlaine afirma haber visto solo una vez. De hecho, escribe: «Físicamente, el Sr. Maurice Rollinat, a quien solo tuve el placer de ver y con quien conversé brevemente la noche de aquel extraño estreno de *Le Nouveau Monde*, me pareció un poco bigotudo, de porte amable, nada vampiresco y vestido con pieles».

    Desconocemos la correspondencia entre ambos, y no hemos encontrado la palabra "Verlaine" en la correspondencia de Maurice Rollinat que conocemos.

    Sabemos por Albert Chantrier que [hablando de Maurice Rollinat]: «Su mente estaba llena de recuerdos, su memoria era maravillosamente aguda; saltaba de Victor Hugo a Pierre Dupont, de El Contrato Social a las Meditaciones de Lamartine, de Baudelaire a Verlaine, siempre con citas, sonetos, párrafos enteros» (artículo «Souvenirs de Fresselines», Revue du Berry, 15 de marzo de 1904, páginas 73 a 85), pero no hemos encontrado ningún autor que hable de la relación de Maurice Rollinat con Paul Verlaine.

    Para saber más, buscamos en la correspondencia de Paul Verlaine y encontramos la palabra "Rollinat" en el segundo volumen de la Correspondencia de Paul Verlaine, publicada a partir de los manuscritos originales con prefacio y notas, por Ad. Van Bever (Albert Messein, editor, París, 1923, 361 páginas).

    Al parecer, Paul Verlaine sabía poco sobre Maurice Rollinat, ya que le pregunta a Léon Vanier, editor de la colección Les Hommes d’Aujourd’hui, en una carta fechada el 16 de agosto de 1886: «En cuanto a Rollinat, me encantaría recibir sus tres libros y algunas palabras biográficas. ¿Podría prestarme el primero y conseguirme el segundo?» (página 50 de la Correspondencia, la obra mencionada anteriormente).

    El texto se escribió con gran rapidez, como se puede leer en una carta fechada el 24 de agosto: «Mi querido Vanier, / He terminado el Rollinat y lo tengo a su disposición, esta vez debidamente copiado». (ibíd., pág. 51)

    También parece que Paul Verlaine escribía biografías para esta colección con el fin de ganar dinero, como se deduce de la carta enviada a la misma persona el 30 de agosto de 1886: «Iríamos a su casa en coche de caballos, donde pondría en orden todos mis asuntos: verso, prosa, corregiría las pruebas, cobraría el premio Rollinat, etc.». (ibíd., pág. 53)

    Diez meses después, el 17 de junio de 1887, escribió a Léon Vanier: «En cuanto a las biografías, ¿con cuál empezamos? Tenemos, si no me equivoco, las de Mérat, Cros, Rollinat, Ricard y Rimbaud, que aún están inéditas». Estoy en el de Francia (Anatole). (ibíd., pág. 83)

    Luego, el 28 de junio de 1887: “¿No le parece prematura la impresión de Rollinat, justo cuando aspiro a escribir para Le Figaro (noticias, etc.), en el que creo recordar que me burlo un poco de la publicación en cuestión? ¿No podríamos posponerlo e imprimir en su lugar un Anatole France que tengo aquí mismo (Le Temps!)?” (ibíd., pág. 85)

    Por lo tanto, podemos deducir que esta biografía, tan citada, fue escrita muy rápidamente por alguien que solo vio a Maurice Rollinat una vez y que la produjo a partir de documentos prestados para ganar dinero.

    Régis Crosnier.





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  6. [1 de 3]
    Pensaba participar directamente en este pequeño debate sobre la muerte de Cécile Pouettre para darle crédito a las afirmaciones de José Santandreu sobre su muerte por sobredosis de morfina. Y lo iba a hacer, precisamente, con una cita de un artículo de Régis Crosnier al que pude acceder hace unos días, cuando me encuentro con una intervención del propio Crosnier en esta cauda de comentarios. Les parecerá mentira, pero yo me he enterado hace muy pocos días de la existencia de una Sociedad de Amigos de Maurice Rollinat y reparado en el nombre de Régis Crosnier, secretario de la misma. Mi reconstrucción de la figura de Maurice Rollinat que aparece en mi edición del poeta, se basa, sobre todo, en la biografía de Émile Vinchon (1921), que fue la primera que leí, y, en menor medida (por razones que no vienen al caso), en la de Régis Miannay ("Maurice Rollinat, poète et musicien du fantastique", 1981). No conozco todavía la de Hugues Lepaire mencionada por Santandreu. Ambos (Vinchon y Miannay) aluden al uso frecuente de la morfina por parte de Cécile. Pero aquí debo callarme la boca y cederle la palabra al Sr. Crosnier, porque yo no soy más que un aficionado y él, me parece a mí, es una de las máximas autoridades, si no la máxima, en la vida y la obra de Maurice Rollinat y en la revalorización actual de este poeta olvidado de la era simbolista. En un artículo suyo titulado (traduzco) “La vida y la obra de Maurice Rollinat”, publicado en la "Revue Européenne de Recherches sur la Poésie" n.º 11 (2025), pp. 69–86, que encontré en Classiques Garnier cuando buscaba información para responder con más propiedad a los comentarios del blog, Crosnier es categórico en su artículo (traduzco): “Cécile Pouettre murió con certeza a causa de las inyecciones de morfina que se aplicaba para paliar sus dolores y no de la rabia como se ha dicho con tanta frecuencia”. Así pues, no me queda más que darle la razón a Santandreu y agradecerle que esta pequeña discusión me haya servido para conocer la existencia de la Sociedad de Amigos de Rollinat, su labor de reivindicación de la figura y la obra de Rollinat, además del nombre y los trabajos de Crosnier. Debo aclarar, no obstante, que algunos hechos verificados parecían apuntalar la versión de la muerte por rabia: hubo mordedura de perro; hubo visita al Instituto Pasteur, y además Miannay se refiere en su biografía a una carta inédita de la propia Cécile del 27 de julio de 1903, dirigida a una amiga, en la que declara estar convencida de que el perro que la había mordido tenía la rabia. (Fragmentos relevantes de esta carta se citan en la página web de la Sociedad). Las muertes casi consecutivas de Cécile y del poeta siguen dando lugar a muchas especulaciones. Lo cierto es que la salud de ambos había declinado mucho en aquel año. Por otra parte, como apunta Crosnier en la página web referida, Cécile murió en una clínica de desintoxicación de morfinómanos. Quizás sea imposible saber con absoluta certeza lo que pasó con Cécile y con Maurice (para eso se necesitarían sendas autopsias que nunca se realizaron), pero ahí están los hechos para que cada quien los interprete a su manera. Yo acepto la explicación de los que saben mucho más que yo sobre este asunto.

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  7. [2 de 3]
    Con relación a la opinión de Verlaine sobre Rollinat, estoy también de acuerdo con Crosnier. Con una puntualización: escribir para ganar dinero no es algo malo en sí mismo, y eso no disminuye necesariamente el valor de lo escrito por Verlaine. Escribir es un trabajo, y a mí me parece deseable que sea remunerado. La celebridad del poeta saturniano había empezado justo cuando su chispa poética se apagaba, anegada en el alcohol y estrangulada por una miseria creciente, tras la muerte de su madre en 1886. Los artículos del poeta incluidos en la serie semanal de “Les Hommes d’Aujoud’hui” se publicaron entre 1885 y 1893. El de Rollinat es el fascículo n.º 303, pero Verlaine solo escribió 28 fascículos, siendo el de Rollinat el duodécimo de ellos, lo que quiere decir que en el hebdomadario del editor Vanier colaboraban otros muchos escritores. Verlaine vivía entonces de la fama creciente de su nombre en los cenáculos literarios parisinos y la explotaba para poder comer, o mejor dicho para beber. La prosa de Verlaine de esa época se había vuelto un reflejo de esa dejación, de ese paulatino dejarse llevar por la corriente de sus peores vicios. Esas crónicas son un perfecto ejemplo de su prosa alimenticia o mercenaria de los últimos años, en los que escribía acuciado por una necesidad constante de dinero: deslavazada a veces, escrita siempre a vuelapluma, liviana tanto en fondo como en forma, hasta el punto de que a veces le resulta a uno deliciosamente irresponsable. Como prueban los fragmentos de cartas que se citan arriba, Verlaine escribía estos fascículos para su editor con el legítimo propósito de ganarse unos muy necesarios francos, y se tomaba su trabajo crítico con una actitud entre divertida y superficial, sin ahondar mucho en la figura tratada, aunque muchas de esas páginas están llenas de observaciones interesantes y chispazos de ingenio, y sobre todo están llenas de Verlaine, que es lo que realmente importa en estos escritos: lo que dicen de su autor. Daba igual lo que escribiera o como lo escribiera: Verlaine era ya entonces una figura de culto en el Barrio Latino, y lo sigue siendo ahora en el corazón de cada persona que ha leído sus versos. Nos importan esas páginas porque reflejan la charla del poeta en los cafés literarios del París del simbolismo y contienen intuiciones maravillosas. ¿Qué les podía deber él a la Academia, a la sociedad o al sentido común? Absolutamente nada.

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  8. [3 de 3]
    Aquí lo importante es que, como los fragmentos citados por Crosnier muestran, Verlaine conocía muy poco la obra de Rollinat y en su escrito se centra sobre todo en criticar la campaña de prensa orquestada por Francis Magnard en "Le Figaro", periódico conservador y monárquico, bastión de la burguesía, el tipo de publicación que podía hallarse en todas las "tables basses" de los clubes de caballeros y de los salones de moda del barrio de Saint-Germain. Lo que le irritaba a Verlaine es que esa campaña de un diario biempensante hubiera transformado a Rollinat en un maldito que se podía exhibir en los salones de moda sin ningún peligro; en un representante de ese canon que él mismo había establecido en "Los poetas malditos". Pero ese ya no era el Rollinat de 1886, cuando Verlaine escribe su nota, sino el que había sido en 1883, cuando el poeta de Châteauroux era todo un espectáculo en los salones de moda, con su abrigo de pieles, con sus canciones y sus interpretaciones al piano. Todo París quería verlo si "Le Figaro" (por la pluma de su principal cronista, Albert Wolff) y Sarah Bernhardt lo habían declarado genio. Era el maldito-espectáculo, una especie de Baudelaire redivivo, un "maudit caviar". Pero en 1886, Rollinat ya no estaba en París. Había hecho como los malditos de verdad. se había ido haciendo mutis por el foro, aunque Verlaine no supiera verlo. Como los otros: Corbière, bien muerto en su tumba; Rimbaud, convenientemente perdido en África; Villiers de L’Isle-Adam (reducido a la más extrema y aristocrática miseria) se recluía en su torre de marfil, de la que ya solo saldría, y bien pronto, con los pies por delante; el propio Verlaine se pasaba el día en los cabarets y la noche en los hospitales; y Mallarmé, mediocre profesor de inglés cuya poesía resultaba inofensiva por incomprensible, se mantenía atrincherado en su zulo intelectual de la calle Roma.

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  9. [y 4: coda]
    Verlaine lo denuncia como “po-pu-la-ri-za-dor del satanismo”, y dice que solo lo vio una vez, con motivo del estreno de "Le Nouveau Monde" de Villiers, en febrero de 1883, con su abrigo de pieles y su mostacho impresionante, y que no le pareció para nada vampiresco; de hecho, lo halló con aspecto sano y de buen chaval. Dardos certeros para desenmascarar el malditismo rebuscado (que Verlaine creía falso) de muchos poemas de "Neurosis" y denunciar el golpe publicitario de "Le Figaro", que había hecho rico a Rollinat con sus derechos de autor. Casi se puede decir que el periódico atrajo la atención nacional sobre el poeta y su libro (y como indico en mi edición, el ruido de esa campaña también resonó en España). En una época en que el espiritismo, el satanismo, la magia negra y el ocultismo (con personajes como Papus, el abate Boullan, Joséphin Péladan o Stanilas de Guaita) se habían puesto de moda en la atmósfera decadente del fin de siglo (atmósfera que Huysman destiló en su famosa novela "Là-bas") el libro de Rollinat respondía al afán de morbo que el naturalismo y el simbolismo habían despertado en el público lector en general. Era el mejor catálogo de los excesos del momento cultural que se vivía entonces en la capital. Pero ese libro no es todo Rollinat, y el propio autor lo demostró huyendo de París el mismo año de su aparatoso triunfo. Esto es lo que he intentado mostrar en mi edición. Primero, que su malditismo o vampirismo de cabaret es más auténtico de lo que parece a primera vista. Y, en segundo lugar, que lo más valioso en él, en cualquier caso, no es eso sino su visión de la naturaleza, que a mí me pareció, desde el primer día que lo leí, absolutamente única y distintiva en la poesía de su tiempo.

    Mis disculpas por la extensión de estos comentarios.

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