miércoles, 20 de mayo de 2026

EL CRÍTICO EN SU CASTILLO, por ABELARDO LINARES

 

A propósito de la reseña Castillo de naipes sostenido en la fe,
de José Luis García Martín, publicada en
El Diario Montañés, El Comercio, Hoy y El Norte de Castilla-

El aún más admirable que admirado José Luis Garcia Martín acaba de publicar una reseña, la primera aparecida en la prensa española, de Guerra total, unos relatos desconocidos de Manuel Chaves Nogales que pueden considerarse la continuación de A sangre y fuego

Nada casualmente la ha titulado -con intención y gracia- Castillo de naipes sostenido en la fe. Alude con ello a que mi “algo prolijo epílogo” a dicha obra, de la que he sido editor industrial y literario, no prueba en absoluto que el conjunto de relatos sea en verdad de la autoría de Chaves, “pese a todos mis esfuerzos”, y que mi trabajo es apenas un castillo de naipes que él hará caer de un soplo o de un soplido. 

Puesto que para el crítico asturiano los lectores reincidentes de Manuel Chaves Nogales o bien sufren una chavesmanía de complejo diagnóstico o son adeptos a una religión esotérica cuyo texto sagrado (o maldito, para según quién) es un famoso prólogo de 1937, cómo sorprenderse de que García Martín empiece hablándonos de “fe”, a cuenta del anunciado castillo de naipes, cuando terminará contándonos que el periodista sevillano está ya “beatificado” y “ha subido a los altares” gracias a la fe ciega de sus devotos. Devotos dispuestos a creer a pies juntillas que cualquier texto suyo no es sino una reliquia digna de veneración. “También ahora -doctoriza García Martín-, como en la Edad Media, pueden inventarse falsas reliquias. O tomarse por tales, con la mejor voluntad, las que no lo son”. 

Con ello queda claro que para el infatigable crítico (lleva ya casi medio siglo entregado a sus muy equitativas reseñas semanales) o bien los nuevos relatos son falsos y pretendo engañar a todo el mundo atribuyéndoselos a Chaves Nogales o bien el primer engañado soy yo y seré al final el único en creerlos suyos. Por todo lo dicho creo que con igual o mayor justicia podría -e incluso debiera- haber intitulado su reseña: “Ocho apócrifos milagros narrativos de San Manuel Chaves Nogales”.

Como puede verse, García Martín enseña rapidísimamente sus cartas; tanto, que comparecen ya en el título de su reseña, lo que al cabo no mostrará nunca es el anunciado castillo de naipes.

En estos mismos días se ha estado produciendo otra polémica literaria, en Granada y sobre unos versos atribuidos a García Lorca. Los versos, a mano, están en el reverso de una hoja de papel en la que aparece un manuscrito del poeta y la polémica estriba en decidir si esos pocos versos desconocidos y anónimos pueden considerarse o no de Lorca, habiendo como hay, al parecer, dudas grafológicas sobre si el trazo de las letras es o no es del propio del poeta. Lo curioso, siendo García Lorca un santo muy de mi devoción y de la devoción de millones de lectores, es que ningún García Martín se haya presentado allí a sacar en procesión el asunto de que Lorca está ya plenamente beatificado y entronizado en los altares de todas las iglesias estéticas, oscureciendo o ensordeciendo, un debate que merece ser literario y solo literario.  

Dentro de la humilde naturaleza del género reseñístico, la presente pieza de JLGM puede tenerse por una pequeña obra maestra llena de intención e ironía, gracias al sutil juego de contrapesos que va estableciendo a lo largo de todo el texto para que su reseña aparezca como una documentada y objetiva narración de las virtudes y defectos, los aciertos y las limitaciones tanto del propio Chaves como de este su humilde editor, aunque lo que se termine escenificando de modo contundente sea la descalificación literaria de ambos. También puede haber, claro está, algún ingenuo o algún malpensado al que le parezca que a lo mejor hay también un poquito de mala fe intelectual.

Así, comienza nuestro crítico su reseña remontándose a los años noventa del pasado siglo para atribuirme, un tanto exageradamente, que yo fui quien descubrió A sangre y fuego y continúa luego asegurando que he sido yo “el feliz descubridor de una nueva obra inédita de Chaves Nogales” y que tal suceso parece o le parece, ni más ni menos, que “un acto de justicia histórica” y que me toma por un sagaz investigador y que patatín y que patatán… 

Pero a la vez avanza deslizando, línea tras línea, que soy un “discutible historiador”, que mi atribución del conjunto de relatos al periodistas sevillano “carece de cualquier sostén documental”, que solo me baso “en mi olfato” y no en pruebas, que hago afirmaciones que “son mera retórica” y están “carentes del más mínimo rigor”, que mi investigación “no hubiera pasado una revisión inter pares en una edición académica”, que lo mío no es criterio literario sino “cabezonería” y que tengo una “poco ejemplar manera de razonar”. Todo eso y también que ni los relatos reunidos son de la mano de Chaves Nogales ni Cristo que lo fundó.

Sorprendentemente y con no pequeña contradicción y paradoja, el resumen final que de Guerra total hará el implacable Martín, nos asegurará que los “relatos son ciertamente excelentes (sobre todo, ¡sorpresa!, los no firmados por Chaves Nogales) y justifican el rescate”. Lo que casi es confesarnos que si él no cree que los relatos no firmados de Chaves sean realmente de Chaves en parte se deba a eso, a que los relatos no firmados le parecen mucho mejores que los que firma.

Un punto interesante en la reseña de JLGM es el párrafo final. En él se hace eco de que yo pretenda que quien quiera negar la autoría de Chaves aporte a su vez datos y argumentos concretos; y cree corregirme declarando que invierto la carga de la prueba y que es a mí y solo a mí a quien corresponde aportar demostraciones incontestables de la autoría de Chaves Nogales. Al parecer, el García Martín del final de la reseña ya no recuerda lo que él mismo decía al principio de la misma: “El minucioso epílogo y los apéndices que acompañan a la edición, casi tan extensos como el conjunto de relatos, nos ofrecen toda clase de pruebas para demostrar… (la autoría de Chaves Nogales), … incluso el recurso a la Inteligencia Artificial y a un experto en lingüística forense”.

En realidad, por tanto, no hay ninguna inversión en la carga de la prueba, sino una gran cantidad de pruebas documentales, circunstanciales y de mera lógica deductiva que nuestro crítico no está interesado en analizar, por más que presuntamente sean ellas las que forman ese castillo de naipes que él tendría que derribar de un soplo.

Los reparos de índole concreta que el crítico detalla son apenas cuatro y nos aplicaremos a tratar de desmontarlos o puntualizarlos a continuación, pero no sin antes declarar una muy obvia perplejidad: García Martín es un gran lector y un afamado crítico. García Martín ha leído A sangre y fuego y Guerra total. A García Martín le parecen algunos relatos de Guerra total no solo excelentes sino incluso mejores los que no firma Chaves Nogales que los que firma. ¿Por qué entonces no se ha formado García Martín su propio criterio acerca de Guerra total y su parecido o no parecido con A sangre y fuego? ¿Por qué se resigna, con tanta docilidad, a mostrarse como un lector sin criterio propio, que sitúa en mí y solo en mí la responsabilidad de convencerle de que los relatos de Guerra total son realmente de Manuel Chaves Nogales? ¿No debiera el exigente crítico García Martín hablar por sí mismo y no por boca de ganso, escudándose en terceras personas?

El primer reparo que el crítico ovetense hace a los relatos de Guerra total no tiene relación ninguna con dichos relatos, lo que no deja de ser desconcertante. En mi epílogo, le atribuyo a Chaves Nogales un texto menor aparecido en el semanario Madrid, en la sección “La sexta columna” y firmado como Zoilo, basándome en la similitud de estilo y en la utilización del adjetivo “fusilable” que muy probablemente nadie utilizó en 1937 y 1938 sino Chaves Nogales. Pero como a la vez digo, en otro momento, que apenas el 20% de la prensa periódica de la época está digitalizada, García Martín le comunica rotundamente a sus lectores: “nos vemos obligados a tomar esa afirmación como mera retórica carente del más mínimo rigor”. 

Pero sucede, por una parte, que García Martín sabe y le consta que yo he pasado miles de horas en hemerotecas -“reales”, no virtuales- consultando prensa no digitalizada. Y por otra parte sucede también que, aunque, en general, quede aún muchísima prensa periódica por digitalizar, en especial revistas de todo tipo y diarios locales, en el caso particular de la prensa de la guerra civil se ha hecho un esfuerzo extraordinario y casi todos los periódicos de gran circulación están ya digitalizados; entre ellos: El Sol, La Voz, El Liberal, Ahora, Informaciones, El Heraldo de Madrid, La Vanguardia, etc. En total, supongo que hay bastante más de un millón de páginas de la prensa española 1936-1939 que están ya felizmente a disposición de cualquier lector curioso. En cualquier caso, si en algún momento descubriéramos que alguien, en alguna pequeña revista o diario, hubiera utilizado antes que Chaves el adjetivo “fusilable”, el hecho no tendría la menor representatividad o importancia. Lo relevante es que en el semanario Madrid, en el que a menudo firma Chaves con su nombre, aparezca asimismo un texto con seudónimo en el que comparezca la misma palabra, “fusilable”, que había aparecido en el prólogo de A sangre y fuego unos meses antes. Quizás el profesor García sea en exceso riguroso con el rigor… ajeno.

El segundo reparo, ¡vaya por Dios!, tampoco tiene absolutamente nada que ver con los relatos de Guerra total, sino con hechos sucedidos entre 1942 y 1944 relacionados con el uso de seudónimos por parte de Chaves Nogales. En esas fechas, nuestro autor publicó artículos y crónicas utilizando los nombres de tres personas realmente existentes: Frances L. Kaye, Eugenio de Larrabeiti y Rita E. Bois. El reseñista ovetense me conmina a que explique y dé detalles del uso de tales seudónimos porque, según él, “resulta imprescindible” tal cosa. Pero puesto que mi epílogo tiene ya casi noventa páginas me he limitado a aportar unos pocos datos objetivos y a regalar, en uno de los apéndices, un extraordinario reportaje novelado sobre la Home guard británica firmado por Larrabeiti, aunque escrito en realidad por Chaves. A veces una muestra concreta argumenta mejor que mil ensayos académicos que hayan pasado una revisión inter pares

El tercer reparo no es sino una desmayada variación del segundo. Ahora el seudónimo traído a cuenta o a cuento por JLGM es el de Eduardo Borrás-Enrique Albrit, quien firma tres de los más intensos relatos de Guerra total. Nuestro crítico, según nos dice, no comprende la razón por la que borro la autoría de Borrás y se la atribuyo a Chaves Nogales. 

La primera y principal razón es porque Borrás publica, además de los relatos, un artículo en el semanario Madrid de una excelsa, inabarcable torpeza literaria, que incluye la siguiente frase: “El fascismo se aglutina en la solidaridad inquebrantable del aluvión”. Nada más terminado de leer aquello llegué a la inmediata conclusión, por supuesto inquebrantable también, de que el autor de esa torpísima prosa no podía ser, a la vez, el autor de las tres augustas piezas firmadas por Borrás en Madrid. Se me impuso también la convicción, en ese mismo momento, que el autor de esos relatos debía ser en realidad Manuel Chaves Nogales y no -es solo un ejemplo- el guardagujas de la estación de tren de una pequeña ciudad cercana a Cincinati, muy aficionado a la escritura y con un primo carnal en un cuartel de Albacete ocupado por la brigada Lincoln.

El cuarto y último reparo (¡Mecachis! O si se prefiere: ¡también es mala suerte, joder!) no solo tampoco tiene nada que ver con los relatos incluidos en Guerra total sino que ni siquiera tiene nada que ver conmigo, su editor. Lo que ahora hace nuestro muy cuco y quizás algo faquín reseñista es apropiarse de una información proporcionada por Juan Carlos Mateos en el recién publicado: Manuel Chaves Nogales, la construcción de un mito.

Mateos cuenta allí que María Isabel Cintas, estudiosa y biógrafa oficial de Chaves Nogales atribuyó a Chaves, en su edición de la Obra periodística, unos cuantos artículos escritos sin embargo por un primo suyo, Manuel G. Nogales, asimismo periodista en el diario Ahora, del que Chaves era subdirector. 

José Luis García Martín aprovecha dicha información para, de manera un tanto subrepticia, recalcar su mensaje de que los relatos de Guerra total no son obra original de Chaves Nogales sino meras atribuciones y, como tales atribuciones, materia cuasi delictiva, por lo que el volumen recién puesto a la venta tendría un bastante o un mucho o un todo de estafa. De ahí que empiece su argumento escribiendo: “No es la primera vez que a Chaves Nogales se le atribuyen escritos que no son suyos.”

En eso de que no sea la primera vez que se le atribuyen a Chaves artículos que no son suyos, acierta en parte García Martín, pero de forma involuntaria, ya que fue la misma profesora María Isabel Cintas la que erró una segunda vez, justo en el primer tomo de su biografía: Manuel Chaves Nogales. Andar y contar

Allí dedica un capítulo entero a narrar su hallazgo de un artículo desconocido de Chaves Nogales en la prensa brasileña, concretamente en el periódico Folha da manhá de Sao Paulo, en 1933. Ciertamente en Folha se publicaron cuatro artículos de Chaves Nogales pertenecientes a la serie “Bajo el signo de la svástica”, aparecidos originariamente en el diario Ahora. Pero se publicaron con la implícita confesión de que no se habían contratado con el periodista sino que se publicaban “por su interés”, fórmula habitual en la prensa de todos los países para justificar ciertas leves piraterías o marrullerías periodísticas. 

El supuesto artículo encontrado por la profesora Cintas se titulaba “La mujer fascista”. Apareció dos meses después de los dedicados a la ascensión del fascismo y de forma anónima, a diferencia de los anteriores, que sí llevaban todos la indicación de estar escritos por el periodista español Manuel Chaves Nogales. 

María Isabel Cintas, a pesar del anonimato, reclamaba jubilosamente la autoría de Chaves asegurando que se trataba sin duda de uno de los artículos escritos por Chaves tras el viaje a Alemania, de paso por Italia. Artículos jamás publicados en la prensa madrileña por una supuesta censura del propietario de Ahora, don Luis Montiel, que era bastante más de derechas que Chaves Nogales.

La verdad de la verdad es que el artículo “La mujer fascista” era una alabanza incondicional de la mujer fascista, con mucha profusión de datos y estadísticas gloriosas y que el estilo en el que estaba escrito no tenía absolutamente nada que ver con Chaves Nogales ni con los durísimos artículos de “Bajo el signo de la svástica” que deberían ser su cercanísimo antecedente. 

García Martín incluso hace suya una final apostilla de Mateos, a la que califica de certera, endosándole a Chaves Nogales una culpa inexistente, que solo le corresponde a la estudiosa Cintas: “Lo que consiguen esos desmanes (de las falsas atribuciones) es hacernos dudar de la excepcionalidad de Chaves, cuando puede ser confundido con cualquier otro periodista que no ha sido elevado a los altares”. Una elucubración como esa, tan del gusto de García Martín, podría llevarnos a conclusiones demoledoras y un tanto deprimentes no solo en literatura sino también en música y pintura y en todas las demás artes. Bastaría con que un crítico más o menos anónimo se decidiera a atribuir un cierto cuadro no firmado a Velazquez o a Picasso para que nos sintiéramos obligados a dudar de la excepcionalidad de Picasso o de Velázquez antes que de la agudeza del crítico anónimo.

Con todo, reconozco que la frase tiene brillo aunque le falte peso. Sobra de brillo y falta de peso, por cierto y finalmente, es lo que caracteriza a muchas argumentaciones y frases “estupendas” del ameno escritor que es siempre García Martín. Fijémonos, por ejemplo, en la casi final frase de su reseña, flamantemente aforística, sobre los ciegos lectores devotos de Chaves Nogales dispuestos a tragarse toda suerte de ruedas de molino: “No resta peregrinos al camino (sic) de Santiago el saber a ciencia cierta que allí no está enterrado el apóstol”. 

Peregrinos, no; admirado José Luis: lo que no faltan son turistas, si quieres ser preciso. Y por favor, precisa también un poco más cuando escribas sobre Chaves Nogales.

 

martes, 19 de mayo de 2026

Poética y confidencias

 Luis Alberto de Cuenca
En las canciones es verano siempre
(Arte poética 1971-2005)
Edición de Pablo Núñez Díaz y Rodrigo Olay Valdés
Reino de Cordelia. Madrid, 2026.

En una reciente entrevista, Constantico Bértolo ha afirmado algo que sorprenderá a muchos: “los escritores no escriben libros, sino textos; son los editores los que hacen los libros”. No se refiere, por supuesto, al editor como empresario que comercializa y financia el producto, sino a quien “limpia, fija y da esplendor” a los originales para que lleguen de la mejor manera a los lectores.

            Esta afirmación, también verdad cuando se trata de obras unitarias de escritores actuales, como novelas o libros de poemas, pero menos evidente, resulta incuestionable en el caso de los clásicos o de las antologías y misceláneas.

            Los editores de En las canciones es verano siempre, recopilación de escritos, de muy variada índole, en los que Luis Alberto de Cuenca habla de poesía y de su relación con los libros, Pablo Núñez Díaz y Rodrigo Olay Valdés, han realizado un trabajo modélico, como expertos investigadores que tienen además sensibilidad literaria, algo menos frecuente de lo que cabría esperar en quienes se ocupan de literatura en los departamentos universitarios.

            El de editor, como el de corrector, es un trabajo que tiende a ser invisible, tanto mejor cuanto menos se nota. Pablo Núñez y Rodrigo Olay quitan los andamios una vez terminada la obra: renuncian a darnos cuenta de los posibles cambios en el texto antes de la versión final (eso que algunos llaman “edición crítica” y consideran la cima del trabajo filológico) y llevan todas las precisas informaciones bibliográficas al epílogo. Los versos y las prosas de Luis Alberto de Cuenca quedan así limpios en la página, sin prescindibles pegotes eruditos. Al prólogo, también ejemplar en su brevedad y precisión, solo habría que ponerle mínimos reparos.

 Aunque se distingue entre las dos etapas de la obra poética de Luis Alberto de Cuenca, la farragosamente erudita de los comienzos y la “línea clara” iniciada en los ochenta, se señala que “hace tiempo que la crítica insiste en la unidad de fondo de ambos momentos”. No se nos aclara qué crítica es esa, puesto que no hay tal unidad, aparte de tratarse del mismo autor, sino nítido contraste: los primeros poemas, y las primeras poéticas, son solo una curiosidad de época (también “De y por Manuel Machado”, que se incluye y comenta en este volumen); es la segunda etapa la que convierte a Luis Alberto de Cuenca en uno de los poetas más influyentes de la poesía española contemporánea.

            El otro reparo tiene que ver con el final del prólogo: “Una lección se desprende, como colofón, del pensamiento poético de Luis Alberto de Cuenca, su personal y, sin embargo, muy transferible De consolatione Philosophiae (léase el poema así titulado incluido en Ala de cisne): “En las canciones es verano siempre”. Pero el verso que se cita, y que da título al libro, no pertenece a ese poema, como parece darse a entender sino a otro titulado “Verano eterno”: “Mientras el cuerpo aguante, / cantaremos canciones para olvidar el frío. / En las canciones es verano siempre”.

            Luis Alberto de Cuenca es el poeta editado, reeditado, antologado, comentado con más profusión. Juan José Lanz y Adrián J. Sáez encabezan la legión de jóvenes y veteranos investigadores que se ocupan de su obra, asediada y escudriñada desde todos los ángulos, e incluso cuenta con una editorial, Reino de Cordelia, especializada en publicarle todo de todas las maneras. Se corre el riesgo de la saturación. Si menos es más, más es menos, podría decirse completando el conocido dictum de Van der Rohe.

A pesar de ello, no todo es consabido en este volumen para el lector habitual de su obra. Sorprende, acá y allá, alguna confidencia autobiográfica. Si tardó en acercarse a Borges –afirma--, se debe a que entonces era “progre” y seleccionaba sus lecturas “entre los autores engagés, que es como decía Jean-Paul Sartre que tenían que ser los escritores, y yo a Sartre le hacía caso en todo, lo que acabó por convertir mi primera juventud en un infierno de abyecciones totalitarias”. Su pensamiento de esos años parece caricaturizarlo en el periodista “progre y propenso a la verborrea” que aparece en “Carta de un amigo de Sevilla”.

Luis Alberto de Cuenca no es un teórico de la literatura, sino un filólogo a la antigua usanza, que se dedica sobre todo a la fijación de los textos. Tampoco su crítica va más allá del fervoroso encomio. Uno de los capítulos más interesantes del libro es el titulado “La forja de un lector”, donde da cuenta de sus primeros entusiasmos, que ya alternaban los tebeos --a los que ha seguido siendo fiel-- con las obras completas de Shakespeare en la edición de Aguilar, que fue en sus comienzos su editorial preferida. También desde el principio la pasión por la literatura se acompañó del amor al libro como objeto: “Nunca he sentido cariño, sino repulsión, hacia un libro zarandeado por usuarios negligentes, aunque estos tengan nombres ilustres y salgan reseñados en las enciclopedias”. Afortunadamente su afán coleccionista y conservacionista, no le lleva al extremo de ciertos bibliófilos que no leen sus libros por no estropearlos.

Alude Luis Alberto de Cuenca a un “manual de buenas maneras” que estudió en ingreso de bachillerato y que se titulaba El muchacho bien educado. Mucho de “muchacho bien educado” ha conservado Luis Alberto de Cuenca en su prosa y en su comportamiento personal. También en sus versos, pero menos. Por eso puede terminar un poema de amor en el que revolotea el cuervo de Poe con este verso: “Sé mi zorra, que yo seré tu cuervo”. Frase que, en el comentario, le parece “desafortunada por todos los conceptos”. El tono “chulesco e irrespetuoso” que reprocha al cuervo de “El pájaro negro” también asoma alguna vez en sus versos, tan formales con frecuencia, y eso los salva, junto a la proclividad a freudianas pesadillas y fantasías fetichistas, del academicismo y de la línea en ocasiones demasiado clara.  

           

martes, 12 de mayo de 2026

Castillo de naipes

 

Manuel Chaves Nogales
Guerra total. Episodios de la guerra civil española
Prólogo de Ignacio Martínez de Pisón
Edición de Abelardo Linares
Sevilla. Renacimiento, 2026.

Fue el editor y poeta Abelardo Linares quien descubrió, en los años noventa del pasado siglo, un libro de Manuel Chaves Nogales del que no se tenía noticia, A sangre y fuego, impactantes relatos de los primeros meses de la guerra civil, en la zona de los sublevados y en el caótico Madrid en el que había triunfado la revolución y el poder estaba en manos de las distintas organizaciones políticas que se habían opuesto al golpe militar. A ese libro se debe en buena parte, o más bien a su prólogo, glosado con poco matizada vehemencia por Andrés Trapiello, la ola de chavesmanía, llamémosla así, que tras varias décadas no lleva trazas de amenguar.

            Parece un acto de justicia histórica que sea Abelardo Linares, avezado y obsesivo investigador de la prensa histórica, el feliz descubridor de una nueva obra inédita de Chaves Nogales, nada menos que la continuación de A sangre y fuego. No resulta por ello extraño que Guerra total haya sido celebrado por las páginas culturales de los periódicos como un acontecimiento incluso antes siquiera de que llegue a las librerías.

            ¿Pero es Guerra total una obra de Chaves Nogales? El minucioso epilogo y los apéndices que acompañan a la edición, casi tan extensos como el conjunto de relatos, nos ofrecen toda clase de pruebas para demostrarlo, incluso el recurso a la Inteligencia Artificial y a un experto en lingüística forense.

            Y sin embargo… Pero no adelantemos acontecimientos. A Abelardo Linares, tan sagaz investigador como discutible historiador, se debe el hallazgo del semanario Madrid, publicado en París entre 1937 y 1938, del que no se tenía noticia, y en cada uno de cuyos once números se publica un relato. Tres son de la autoría de Chaves Nogales, uno de los cuales firma con su propio nombre y los otros dos con el pseudónimo de Juan Martín. Ninguno de esos relatos es inédito: dos habían aparecido en A sangre y fuego y el tercero en la revista Bohemia. Los otros ocho relatos están firmados por diversos autores, con su propio nombre o con pseudónimo. Todos –salvo, curiosamente, el que firma Chaves Nogales-- llevan como subtítulo la frase “episodios de la guerra civil española”, o una variante de la misma. El antetítulo “Guerra total”, que Linares aplica al conjunto, no figura en ninguno de ellos, salvo en el de Chaves Nogales.

            La atribución del conjunto al periodista sevillano carece de cualquier sostén documental, se basan únicamente en el olfato del descubridor, capaz –si hemos de creer lo que afirma reiteradamente-- de detectar el estilo de Chaves Nogales en el más breve suelto periodístico, en un anuncio publicitario o incluso en un texto firmado por otro autor.

            Veamos cómo funciona la intuición del editor. En Madrid se publica una sección, “La sexta columna”, dedicada a combatir oportunistas disfrazados de republicanos. Uno de sus artículos, firmado por Zoilo, ataca a Baroja por haber decidido volver a la zona nacional. Abelardo Linares lo atribuye a Chaves Nogales porque utiliza la palabra “fusilable”, que “nadie sino él utilizó en toda la Guerra Civil para referirse a alguien fácilmente susceptible de ser fusilado”. Como en otras partes del epílogo afirma que la mayor parte de la prensa de la época no está digitalizada y queda mucho por descubrir, nos vemos obligados a tomar esa afirmación como mera retórica carente del más mínimo rigor.

            Aunque haya buscado autorizado apoyo en firmas como la del prologuista, Ignacio Martínez de Pisón, o en la veintena larga de nombres que cita en la nota previa, no parece probable que Guerra total hubiera pasado una revisión inter pares en una edición académica. Todo lo que en principio se plantea como una hipótesis, más o menos plausible, unas líneas más adelante ya se trata como una incuestionable certeza.

            No son los colaboradores de Madrid los únicos cuyos nombres reales utilizaría Chaves Nogales para firmar sus escritos. También utilizó, entre otros, el de su secretaría, Frances L. Kaye, y Abelardo Linares lo sabe “por razones que ahora sería en extremo prolijo detallar”. Será prolijo detallar las razones que llevan a cambiar la autoría de un texto, pero resulta imprescindible.

            Guerra total es el título dado por el editor a la totalidad de los relatos publicados en la revista Madrid, con la exclusión de dos de Chaves Nogales, que ya habían aparecido en A sangre y fuego, y el añadido de uno, “Hospital de sangre”, publicado en otra revista, Bohemia, poco antes. Los restantes relatos son de cinco autores, que a veces firman con pseudónimo: Eduardo Borrás, Fernando de la Milla, Ruiz Vilaplana, Rafael Delgado y Rafael D. Almagro.

            Para quitarles su autoría hace falta algo más que la interesada cabezonería del editor. Un párrafo ejemplifica su poco ejemplar manera de razonar. Tras afirmar que Eduardo Borrás publica en Madrid tres relatos que “nunca pudo haber escrito” continúa: “Y si nos atrevemos a preguntarnos ¿por qué?, nos encontraremos en la tesitura de tener que contestarnos: porque, con toda seguridad, los escribió el propio Chaves Nogales, porque tuvo que ser él, necesariamente, quien los escribiera”.

            Pero, los escribiera quien los escribiera, ¿son obras maestras los diez relatos reunidos en Guerra total? Curiosamente, lo que más han envejecido son los de Chaves Nogales, el melodramático “El refugio” (la emoción está en el tema, más que en cómo se nos cuenta) y el efectista (todo lo fía a la sorpresa final) “Hospital de sangre”. El último, “Lo de Badajoz”, en un algo panfletario reportaje por el estilo de los que, en uno y otro lado, se escribieron contando las barbaridades del contrario. Varios de los relatos son ciertamente excelentes y justifican el rescate.

            No es la primera vez que a Chaves Nogales se le atribuyen escritos que no son suyos. En algunas ediciones de su Obra periodística figuran las crónicas a la sublevación de Sanjurjo en 1932 debidas a su pariente Manuel G. Nogales. También se dijo entonces que, dada su maestría, solo podía haberlas escrito Chaves Nogales. Muy certeramente apunta Juan Carlos Mateos: “Lo que consiguen esos desmanes es hacernos dudar de la excepcionalidad de Chaves, cuando puede ser confundido con cualquier otro periodista que no ha sido elevado a los altares”.

            No resta peregrinos al camino de Santiago el saber a ciencia cierta que allí no está enterrado el apóstol. También la literatura puede ser cuestión de fe. Y la fe es ciega, Beatificado Chaves Nogales, cualquier reliquia suya es digna de veneración. Y como en la Edad Media pueden inventarse falsas reliquias. O tomarse por tales, con la mejor voluntad, las que no lo son.

            “Quien quiera negar que Chaves Nogales es el autor de estos relatos deberá aportar datos concretos y argumentos”, afirma Abelardo Linares en su entretenido y algo prolijo epílogo, invirtiendo la carga de la prueba. Es a él a quien le corresponde aportar datos concretos de que Chaves Nogales es autor de más de dos cuentos de esta Guerra total. Pone todo su esfuerzo en ello, pero no lo consigue.



martes, 5 de mayo de 2026

En estado de gracia

  

Vicente Gallego
Canción del agua a solas (Poesía reunida)
Visor. Madrid, 2026.

Juan Ramón Jiménez fantaseó con reescribir toda su obra al final de su vida; Vicente Gallego quiere excluir de ella, “definitivamente”, su primera etapa, reunida y revisada en el volumen El sueño verdadero (Poesía 1988-2002).

Pero un libro publicado, leído y comentado ya no es solo del autor, sino de todos aquellos que lo han hecho suyo. Vicente Gallego está considerado, y no sin razón, como uno de los más significativos poetas españoles del final del siglo XX, y lo seguirá siendo, aunque no se identifique ya con quien era entonces.

Entre una y otra etapa ha habido algo más que una evolución estética: una conversión religiosa, una caída del caballo como la de San Pablo camino de Tarsos. En tres libros en prosa nos ha dejado minuciosa constancia de su nueva fe: Contra toda creencia (2012), Vivir el cuerpo de la realidad (Diálogos en torno a la palabra de Nisargadatta Maharaj) (2014) y Vivir el cuerpo de la realidad (Sabiduría perenne) (2015).

Su nueva poesía, sin embargo, necesita tan poco de esos apoyos como la de San Juan de la Cruz de sus no menos tediosos tratados de teología. Una nueva poesía, la escrita a partir de Cantar de ciegos, la reunida en Canción del agua a solas, que convierte a un poeta notable en un poeta excepcional.

            Vista “desde esta ladera”, como Dámaso Alonso analizó la poesía de San Juan de la Cruz, la obra del hombre nuevo en que se ha convertido Vicente Gallego viene de la poesía de Claudio Rodríguez, del cancionero tradicional castellano, del Neruda de las Odas elementales y de la prosa de Santa Teresa y las liras de San Juan. Viene de ahí, o se alimenta de esos antecedentes, pero no es consecuencia de ellos, tiene algo de inexplicable milagro, como toda la gran poesía.

            Canción del agua a solas pretende ser, en palabras prologales del autor, algo distinto de lo que es: una recopilación de los varios títulos de poesía que el autor ha ido publicando al azar de los premios con posterioridad a su conversión. Pretende ser su poesía completa, borrando de un plumazo todo lo demás.

            Se equivoca en eso tanto como acierta en prescindir de fechas y notas sobre los cambios entre las primeras ediciones y esta que tenemos entre manos, que elimina poemas y añade más de un centenar y medio de otros nuevos, y no al final, como es costumbre, sino añadidos a los diversos libros. Canción del agua a solas debe ser leída por eso como una obra enteramente nueva. Se acerca así al sueño de Juan Ramón de reescribir todos sus versos a la luz de su sabiduría última.

            Menos acertado ha estado Vicente Gallego al no prescindir de las innumerables dedicatorias, varias de ellas repetidas, marca de la casa, que emborronan la mayor parte de las páginas. Salvo una pocas que tienen que ver con el poema, la mayoría no pasan de un gesto privado que entorpece la lectura.

            Canción del agua a solas, como todo libro de poesía, y en eso se diferencia de la novela y otros géneros literarios, no necesita comenzar a leerse por el principio. Puede abrirse por cualquier página, pero yo aconsejaría empezar por el título más reciente, A pájaros y migas, donde lleva al extremo ese “cantar con casi nada” que es su máxima aspiración.

            Si Dios andaba también entre los pucheros para Teresa de Jesús, muchos de los poemas de Vicente Gallego tienen sorprendente que ver con la cocina. Bastantes de ellos pueden aproximarse al género pictórico del bodegón: limones sobre una mesa, “el sol de los veranos, / y en el blanco mantel la luz rezuma”. A veces nos recuerdan a Ramón Gaya (homenajeado en algún poema): “Sobre el mantel de encaje / --el que fue de la abuela--, / la porcelana fina, / un búcaro, una rosa”. No le teme Vicente Gallego a lo convencionalmente poético ni a los sentimientos comunes. No necesita buscar temas originales, aunque abunden en su poesía, para ser original.

Uno de los poemas se titula  “Profesando en la cocina”: “Ligan aceite y ajo en un mortero, / emulsionan las salsas / y gira la muñeca que las bate / entrando en armonía con el giro / de todos los planetas, / cómo no sospechar a qué se debe / el círculo perfecto que ahora trazo”.

En otro poema, “con romero, con brezo, con tomillo” prepara una infusión. En “Biografía (Báscula del vertedero La Matrona)”, leemos: “La cena que recrea me procuro, / en enjuagar tomates soy perito. / me pelo unas patatas y las pongo / en trato de favor / con el aceite hirviendo y unos ajos”.

            Vicente Gallego en todo encuentra asombro y maravilla. No solo en el amanecer y en el ocaso, en la fuente que brota en medio del bosque o en el río “con sus mil cañas finas de luz rota”, como reflejan tantos poemas de El junco y la libélula, escritos cuando trabajaba en plena naturaleza.  “Domingo” es capaz de ver la belleza de un desierto polígono industrial: “Un templo se alza aquí, / donde se han congregado / los áridos, las sacas / de yeso y de cemento, / donde oficia / misa mayor la mantis / entre las malas hierbas”. En la misma línea se encuentran poemas como  “Extrarradio” o “Intemperie”. Para él son igualmente criaturas sagradas el alacrán y el gorrión, la golondrina y el saltamontes, la basura y el polvo de estrellas, la rosa y las malas hierbas, a las que llama “hermosísimas mías”.

            Maestro también Vicente Gallego en el difícil arte, tan propicio a la falacia patética, de despedir a los seres queridos: la abuela en “La bona mort”, el padre en “Elegía”, una sobrina en “Ojos de Aroa”, el poeta César Simón en “En Villar del Arzobispo”: “Aquí tu mecedora sigue en vilo, / y se ponen las cumbres de puntillas / para escuchar tu canto, el de tus últimas / endechas a la noche, qué delgada / tu voz y cómo tiembla / la vela que encendiste entre luceros”.

            Con una luz que derrama amor sobre todas las cosas, ve el mundo Vicente Gallego en esta segunda y principal etapa de su vida y de su obra. Y ha encontrado la palabra precisa para expresar lo que podía haberse quedado en un catálogo de buenas intenciones o en palabrero misticismo, su franciscano canto de amor a todas las criaturas.