viernes, 15 de enero de 2021

Instantes de una vida

 

Diarios (1931-1940)
Stefan Zweig
Edición de Jesús Blázquez
Ediciones 98. Madrid, 2021

No todos los diaristas son del mismo tipo. Unos lo escriben a lo largo de su vida, o de la mayor parte de su vida, como Amiel, Gide o los hermanos Goncourt; otros, solo en determinadas etapas, como Azaña, Pla o González-Ruano. Stefan Zweig pertenece al segundo grupo. Dejó constancia de sus impresiones de juventud y durante la Gran Guerra, y luego, en diversos momentos a partir de 1931, cuando cumple cincuenta años y es una de los escritores de mayor proyección mundial, pero comienza a entrever el trágico destino de Europa y de su propia obra.

            Podríamos hacer también otra clasificación: cuando el diario forma parte de la obra mayor del escritor o incluso es casi su única obra memorable (el caso de Amiel) y cuando constituye un complemento. Estos Diarios (1931-1940) son, ciertamente, textos menores, dirigidos a quienes ya conocen y admiran la obra de Zweig: sus biografías mayores, sus momentos estelares de la historia de la humanidad, las prodigiosas novelas cortas y, quizá en primer lugar, esa pieza maestra de la literatura autobiográfica que es El mundo de ayer.

            Ese “mundo de ayer”, el que se derrumbó con la primera guerra mundial y desapareció para siempre con la segunda, pareció al principio llevarse consigo la figura de Stefan Zweig, un escritor al que durante años solo se le podía encontrar en las librerías de viejo. Ha vuelto con fuerza, convertido en uno de los grandes clásicos de la literatura europea, y añadida a su obra una obra más: su propia peripecia biográfica que ha acabado fascinándonos tanto como la más fascinante de sus narraciones.

            En 1931, la vida del escritor todavía transcurre entre Salzburgo y Viena, pero intuye que los buenos días están a punto de terminar: “Súbitamente, he decidido volver a escribir un diario tras haberlo interrumpido hace años. La razón para hacerlo es la premonición de que nos encaminamos hacia unos tiempos críticos, de cariz bélico, que convienen registrarse al igual que hice, en su momento, con respecto a mis grandes viajes y la época de la Gran Guerra”. La música resulta protagonista en esta primera etapa del diario, escrita a veces a manera de sumaria agenda, y en la que destaca un espléndido retrato de Richard Strauss.

            La segunda parte nos lleva al Nueva York de 1935, cuando es la capital del mundo, la ciudad del futuro, y Stefan Zweig quiere dejar constancia de su deslumbramiento. Ya el avance del nazismo le ha hecho abandonar su casa en Salzburgo, pero todavía es un escritor cosmopolita y no es del todo consciente de que su mundo esté llamado a desaparecer.

            A los días de enero pasados en Nueva York, le añade en el mismo 1935 otra entrada más, fechada el 27 de septiembre, que nos cuenta un viaje de París a Londres. Se inicia con una reflexión sobre la errabundia que ha acabado por caracterizar su vida: “¿Nos hemos acostumbrado a ir y venir sin pausa porque tiemblan los cimientos del mundo? ¿Deseamos respirar a bocanadas el aire del mundo atisbando que podrían reproducirse los bloqueos entre países? Sea como fuere, en mi caso viajar ya no resulta algo ajeno, sino un estado casi natural. Uno se ha desvinculado cada vez más de ataduras y hábitos; la casa y las propiedades se han tornado cuestionables y apenas las extraño”.

            Ese estado de ánimo continúa en 1936, cuando viaja a Brasil y Argentina disfrutando de una popularidad que alcanza a todas las clases sociales, desde el presidente de la República hasta el dependiente de cualquier tienda. No parece lamentar demasiado haber tenido que abandonar su casa en Austria: “Dos maletas: en una el guardarropa, la necesidad terrenal; en la otra los manuscritos, la disposición intelectual. De esta manera tiene uno su hogar en cualquier sitio. El sentido de una vida radica en descubrir, una y otra vez, la propia libertad temporal e intelectual. Quizá lo mejor sería vivir con la menor carga posible: el arte de dejar atrás el pasado sin sentimentalismo”.

            De ese viaje de 1936, lo más destacado quizá, o al menos lo que más curiosidad despierta en el lector español, es la breve estancia en Vigo, a menos de un mes de comenzada la guerra civil. Su mirada es la del turista que, a pesar de las circunstancias, todavía tiene tiempo de admirarse de “un pueblo encantadoramente bello y al mismo tiempo pintoresco”.

            Los negros nubarrones que se cernían sobre Europa desde comienzos de los años treinta, estallan en 1939. El primero de septiembre, tras la invasión de Polonia, comienza de nuevo Zweig a redactar su diario. Al comienzo, como todos, cree en la posibilidad de un arreglo. Nunca se imaginó, nadie se lo imaginaba entonces, que el conflicto pudiera alcanzar las dimensiones que alcanzó y durar cinco años. De pronto, el feliz apátrida, que tiene por hogar el ancho mundo, se ha convertido en un enemigo, en un alemán, aunque sea austriaco. Las crecientes limitaciones de movimiento, la opresora burocracia del tiempo de guerra, le dan un aire kafkiano a estas páginas.

            En mayo de 1940, vuelve al diario para dejar constancia de la humillante derrota francesa. La caída de París supone el golpe final. Para Zweig, todo está perdido. El 19 de junio deja de escribir en el diario. Todavía viviría año y medio más, pero ya es un superviviente. Abundan las referencia al suicidio en estas anotaciones finales: “El crimen más horrendo de Hitler será haber elevado la mentira y la estafa a una posición respetable mientras se denomina arte de gobernar y vivir a lo que se consideraba criminal desde hace milenios. Estamos perdidos quienes vivimos conforme a las antiguas tradiciones. Ya he preparado cierta ‘botellita’ previendo que pudiera suceder cualquier cosa”.

            Para los admiradores de Stefan Zweig, que son legión, y para quienes se interesan por la historia de unos años cruciales, estos diarios, inéditos hasta 1984 y que ahora se traducen al español por primera vez, supondrán todo un descubrimiento.

           

miércoles, 6 de enero de 2021

La vida de los otros

 

Maestras de vida. Biografías y bioficciones
Manuel Alberca
Pálido Fuego. Málaga, 2020.
 

Manuel Alberca, que ya ha dedicado fundamentales estudios a los diarios y a las autobiografías, se ocupa ahora en un nutrido volumen de un género a medio camino entre la historia, la literatura y el periodismo: las biografías. El título, Maestras de vida, no parece que resulte muy afortunado. Procede de una frase de Cicerón: “La historia es maestra de la vida”. Pero las biografías hace tiempo que han dejado de ocuparse de los santos y los héroes, ya no son hagiografía ni “vidas ejemplares” (las vidas no ejemplares suelen ser las que más interesan).

            La intención del autor ha sido escribir un libro “útil para estudiantes e investigadores”, a medias entre el ensayo y el manual. No lo ha conseguido del todo, afortunadamente. Ha mezclado tres obras que no acaban de encajar. En primer lugar, una reflexión académica (esto es, apoyada en continuas citas, aunque lo que se afirme sea de sentido común) sobre la biografía; en segundo lugar, un disperso manual sobre cómo escribir biografías, que llega a la precisión escolar de enumerar los documentos que el biógrafo debe buscar (actas de nacimiento y defunción, libro de familia, contratos de trabajo, etc.), y en tercero, el que más nos interesa, un análisis de biografías recientes de escritores y las reflexiones suscitadas por su propio trabajo como biógrafo. Manuel Alberca es autor de una magistral biografía de Valle-Inclán, La espada y la palabra, y a ella vuelve una y otra vez para aclarar algunos de los problemas que plantea la escritura de biografías.

            ¿Son o no las biografías un género literario? ¿Por qué han sido tan desatendidas por los estudiosos? Manuel Alberca se propone insistentemente estas preguntas y trata de responderlas en su libro. Para el lector común –quizá no para el teórico de la literatura-- la respuesta parece fácil: pueden ser periodismo (tantas biografías de personajes populares); constituir ejemplos modélicos de investigación histórica (Negrín de Enrique Moradiellos, por ejemplo) o ser ante todo literatura, sin que eso implique necesariamente falta de rigor, como las de Stefan Sweig o Benjamín Jarnés. Y pueden entremezclarse los distintos aspectos, predominando uno u otro. Una biografía fruto de una investigación periodística debe incluir material nuevo y a ser posible escandaloso, y se ocupa de personajes que están de actualidad (Juan Carlos I, pero no Fernando VII); los otros tipos de biografías no tienen esos condicionamientos.

            Manuel Alberca trata fundamentalmente de las biografías de escritores, sobre todo españoles y contemporáneos. Sus análisis suelen ser muy sugerentes y no exentos de ideas propias (algo no demasiado frecuente en los estudiosos de la literatura contemporánea). A propósito de El contorno del abismo, la biografía que José Benito Fernández dedicó al poeta Leopoldo María Panero, señala que “se encuentra entre las mejores biografías de escritor, y esto es tanto, creo, más relevante en la medida en que está dedicada a un escritor de segunda fila, pero al que su carácter controvertido y su constante presencia en los medios le darían una notoriedad muy por encima de sus méritos literarios”.

            Las biografías suelen escribirse a favor o en contra del personaje, aunque para ser creíbles deben aparentar imparcialidad. Algunas parecen un acto de venganza, como la que Manuel Vicent dedicó a quien fuera su amigo, Jesús Aguirre (Alberca comete el lapsus de hacerle ministro de Cultura con Felipe González), y que solo se salva si la consideramos como obra de ficción (como una “bioficción”, según el neologismo utilizado en el libro). Habría sido interesante que la comparara con El cura y los mandarines, de Gregorio Morán, pero solo se ocupa de otra biografía “a la contra” firmada por este último, la dedicada a Ortega. En El cura y los mandarines, Jesús Aguirre es solo el pretexto alrededor del cual se trata de llevar a cabo una enmienda a la totalidad de la cultura española de la oposición al franquismo y de la transición, pero Gregorio Morán están siempre más cerca de la inescrupulosidad en el manejo de los datos propia del libelista que del rigor del historiador.

            ¿Hasta qué punto es correcta la intromisión en la vida privada de un personaje público? Al biógrafo solo deberían interesarle aquellos datos de la vida privada que explican la actuación pública del personaje o, caso de ser un escritor, su obra literaria. Biografías como la que Miguel Dalmau dedicó a Jaime Gil de Biedma, donde cualquier chisme escandaloso tiene su asiento, parecen un ejemplo a evitar. ¿Y qué ocurre cuando lo que un escritor nos cuenta de su vida está en contradicción con la información que nos proporcionan los documentos? Anna Caballé desmontó las mentiras de Umbral sobre sí mismo y el propio Manuel Alberca las de Valle-Inclán, pero la primera lo hizo con el autor todavía vivo y el segundo cuando ya hacía tiempo que formaba parte de la historia.

            Los documentos oficiales pueden ser declarados secretos durante un cierto número de años; quizá debería ocurrir lo mismo con los documentos privados. A poco de morir Vicente Aleixandre, José Luis Cano publicó las cartas que le había dirigido. En una de ellas hablaba de un amigo común, un conocido poeta entonces profesor en Estados Unidos, y le contaba que al parecer tenía una relación sentimental con una de sus estudiantes. “Y no me extraña, con lo insoportable que es su mujer”, añadía. El poeta aludido ya había muerto cuando esas cartas se publicaron, pero no su viuda y por ellas se enteró de que su marido la había engañado y de que los amigos del marido la consideraban insoportable.

            Un escritor tiene derecho a defenderse de la intromisión no autorizada en su vida, derecho que pasa a los herederos. Y el biógrafo tiene la obligación de ser discreto además de veraz, de no regodearse en morbosas nimiedades que no afectan a la actuación pública del personaje o a su obra literaria.

            De estas y de otras cuestiones controvertidas trata Manuel Alberca en Maestras de vida, un libro que habría ganado con una cura de adelgazamiento que dejara fuera todo lo que tiene de manual y de tedioso trabajo académico.

viernes, 25 de diciembre de 2020

Refranes de autor

 

El vaso medio lleno
Enrique García-Máiquez
Ediciones More. Madrid, 2020.
 

El aforismo, como el haiku, se ha convertido en una moda. Apenas hay poeta joven, o no tan joven, que no haya publicado al menos un libro de aforismos y otro de haikus. Pero la aparente facilidad de ambos géneros resulta engañosa, Ni siquiera los más destacados cultivadores consiguen evitar siempre la mera ocurrencia, la nadería ingeniosa, la sentenciosa obviedad. El vaso medio lleno, de Enrique García-Máiquez, no escapa del todo a ninguno de esos riesgos, pero lo compensa con buen humor y sabiduría. Apenas hay página que no encierre alguna maravilla.

“Si el aforismo lo pudo escribir otro, abstente”, leemos en la primera sección, que actúa como prólogo. Pero él no duda en reescribir ocurrencias ajenas. Unos versos de Gerardo Diego –que suelen citarse como ejemplo de la influencia de la greguería en la poesía de los años veinte-- le sirven de falsilla para uno de sus aforismos: “El túnel es un pozo con luz en vez de agua” (Gerardo Diego había escrito que “la guitarra es un pozo con viento en vez de agua”). En este caso, no cabe duda de que la variación supera al original (un acierto esa “ú” de “túnel” que se convierte en la “u” de “luz”). Otras veces añade poco o emborrona una ocurrencia --“quien nos compre por lo que valemos y nos venda por lo que creemos valer haría un buen negocio”-- que hemos oído repetida hasta la saciedad: “El mejor negocio del mundo es comprar a un hombre por lo que dicen de él a sus espaldas y venderlo por lo que le dicen a la cara”.

            Pero son excepciones que carecen de importancia en un libro tan lleno de aciertos. Otro reparo, este de mayor calado, cabría ponérsele. El autor no parece distinguir entre cuando se dirige a todos los lectores y cuando habla solo para sus correligionarios. Dos ejemplos: “Intelectual es quien los políticos de izquierda a los que apoya ese intelectual dicen que es intelectual”, “El buenismo es a la bondad lo que el feminismo a la feminidad”. Y abundan los que tienen que ver con su condición de católico tradicional: “Cada mañana, nada más levantarme, aún medio dormido, me pongo las gafas, y entro en el espacio; me pongo el reloj, y entro en el tiempo; y me pongo la cadena con la cruz y el escapulario, y entro en la eternidad”. El lector común se encoge de hombros y exclama “pues qué bien” o, si es un poco chistoso, “¡que te crees tú eso!”.

            Para Enrique García-Máiquez las evidencias de su fe religiosa son tan evidentes como cualesquiera otras y los prejuicios de su ideología son verdades de fe. No es el único caso, aunque a cada lector solo sea capaz de ver los prejuicios y acríticos dogmatismos que no coindicen con los suyos.

            Pero El vaso medio lleno está casi lleno de aciertos para todos los públicos que nos ponen una sonrisa en los labios y nos hacen ver la realidad como nunca la habíamos visto. “El aforismo aspira a ser una obviedad sorprendente”, escribe. En eso coincide con la mejor poesía, con el gran arte, que nos muestran lo que estaba ahí y no éramos capaces de ver. No es el único caso de coincidencia: un verdadero aforismo es aquel que no puede decirse mejor ni con más o menos palabras; exactamente igual que ocurre con el poema.

            En la contraportada del libro –sin firma, pero claramente escrita por el propio autor-- se indican sus maestros en el arte del aforismo: Jules Renard, Stalisnaw Jerzy Lec, Mario Quintana y Logan Pearsall Smith, además de los moralistas franceses, citados así en conjunto. Falta un nombre inevitable en quien escriba en español, Ramón Gómez de la Serna: “Los fantasmas se aprovechan de que no existen para asustarnos más”, “El cargado de razón es cargante, y encima quiere echarte todo su peso encima”, “La Y es el embudo de la sintaxis. Coge dos y hasta tres frases y las mete en una oración”, “El optimista ve la noche de azul marino”, “De noche llueve tinta china”.

            Una de las partes del libro se dedica, aproximándose al haiku tradicional, a las cuatro estaciones y entonces, junto al humor habitual, hace su aparición la poesía: “En las noches más tibias del verano, se nota que también el sol ha bajado, con gafas de sol, moreno y repeinado, a refrescarse a la terraza”, “El solo de viola del viento entre los árboles”, “La sombra se ríe del sol, qué fresca, a sus espaldas”.

            El moralismo y el confesionalismo son el peso muerto –pero un peso muy ligero, que nadie se asuste-- de un libro que gana cuando el autor no se toma demasiado en serio a sí mismo, algo que ocurre a menudo y que es el rasgo más reconocible de la inteligencia.

             

viernes, 18 de diciembre de 2020

Judíos y conversos

 

 

Si te olvidara, Serfarad
Esther Bendahan Cohen
La Huerta Grande. Madrid, 2020.
 

Los judíos fueron expulsados de España en 1492 y no comenzaron a regresar, muy minoritariamente y con escasa presencia pública --al contrario de lo que ocurría en otras naciones europeas--, hasta siglo después. Su ausencia, sin embargo, marcó más decisivamente la cultura española de los siglos de Oro que cualquier presencia. Para evitar la expulsión, o sinceramente, muchos judíos se convirtieron, pero ni esos conversos ni sus descendientes fueron nunca como los demás. Se les negaba el acceso a determinados cargos, según los estatutos de limpieza de sangre, y eran continuamente vigilados por la Inquisición, sospechosos siempre de judaizar.

            Los cristianos, los cristianos viejos, odiaban la lectura, que llevaba a la herejía, y despreciaban determinados trabajos; los cristianos nuevos eran, en su mayor parte, sinceros cristianos, pero conservaban ciertas costumbres de su tradición milemaria –no heredadas por la sangre, sino aprendidas en casa: Santa Teresa se aficionó a la lectura porque veía a su madre leer-- y por eso eran diferentes, se les consideraba peligrosos competidores.

            Los judíos que se convirtieron y se quedaron sirvieron de fermento a buena parte de la mejor cultura española; los que se marcharon llevaron la lengua y las tradiciones españolas por el mundo. En Sefarad, en la península ibérica, la Hispania romana, encontraron los judíos un lugar de acogida y convivencia, una nueva Jerusalén, que añorarían para siempre.

            De aquellos judíos expulsados, desciende Esther Bendahan Cohen, nacida en Tetuán, trasladada con su familia a España tras el fin del protectorado español en Marruecos. Esther Bendahan ha publicado varias novelas, pero destaca sobre todo como una de las más activa difusora de la cultura sefardí. Si te olvidara, Sefarad es un conjunto de apuntes autobiográficos y sobre el mundo judío. Sorprende, en un principio, el estilo aparentemente descuidado y con ciertos toques de agramaticalismo (ya desde el principio: “agradezco a…”, se lee en la dedicatoria, pero no se indica qué agradece). La propia autora es consciente de que el español, tal como se habla y se escribe en España o en cualquier otro país de lengua española, no le resulta del todo natural: “Mi español, como he escrito en otra ocasión, eran muchos. Había una sombra, o mejor decir, otras huellas, que eran las de la jaquetía, la lengua de los judíos de Marruecos, entre el español del siglo XV, el hebreo y el árabe. Aunque ya no lo hablaban entonces, solo algunas palabras, una influencia que provoca algunas distorsiones con los pronombres y con la construcción de la frase de influencia francesa. Así que para mí escribir era y es una batalla entre niveles de tiempo; en la lengua por un lado y otras lenguas por el otro”.

            Tardamos un poco en acostumbrarnos a esta manera de escribir, algo alejada del español normativo, pero enseguida deja de importarnos, seducidos por lo que se nos cuenta de un mundo tan cercano como desconocido. Esther Bendahan sabe del antisemitismo en primera persona: “Como tantos otros, como les sucedió de niños a Finkielkraut o a Alber Cohen, la herida se produjo en el patio de escuela. Judía como insulto. En mi caso una niña, Josefina, me persigue y me llama judía, dice que los judíos huelen mal y me va salpicando con un botecito de perfume. En otro momento, no sé si antes o después, fue ese profesor de religión, ese amable sacerdote, con su ‘Pobrecita, tú no tienes la culpa’. Lo recuerdo una y otra vez de nuevo. Levanto el rostro y le veo condescendiente, es muy alto y viste de negro, le pregunto ahora ¿la culpa de qué?, ¿de qué soy culpable?”

            El antisemitismo tradicional español, de carácter religioso, se ha transformado ahora en antisionismo, en crítica al gobierno de Israel, que con frecuencia se desliza hacia un cuestionamiento del derecho mismo de Israel a existir como Estado, o así lo siente Esther Bnedahan, Pero junto al viejo antijudaísmo (que todavía persiste y ella lo encuentra en un poema de Caballero Bonald) y el nuevo, hay también en España una fascinación por el mundo judío, especialmente por los sefardíes, como si se tratara de reparar un error antiguo. Las huellas judías se han convertido en una atracción turística: pensemos en la española Hervás, en la portuguesa Belmonte (a la que se dedica un capítulo), donde tras la expulsión se mantuvo una comunicad de criptojudíos que solo salió a la luz a comienzos del siglo XX.

            El libro de Esther Bendahan, algo deslavazado, y eso es parte de su encanto, nos cuenta anécodotas de su familia, resume la historia de los judíos, nos habla de su viajes con motivo de congresos sobre la cultura sefardí, nos explica las diferencias entre sefardí y asquenazí y los casi infinitos matices de un mundo, el del judaísmo, que desde fuera se ve como una unidad.

            En España –la añorada Sefarad--, la cultura judía nunca ha sido del todo ajena, aunque a veces quedara reducida a una referencia, no del todo consciente, a la que había que oponerse, acentuando lo distintivo. Pero en buena medida cuando los judíos se fueron (y no por propia voluntad), se quedó aquí de la mano de los llamados cristianos nuevos, entre los que se encontraban –según supimos gracias a la labor pionera de Américo Castro—nada menos que Fernando de Rojas o San Juan de la Cruz, Fray Luis de León o Miguel de Cervantes.

           

sábado, 12 de diciembre de 2020

Otro Galdós

  

Páginas magistrales
Benito Pérez Galdós
Selección de Jesús Munárriz
Hiperión. Madrid, 2020.

Nunca dejó de leerse a Galdós, nunca dejó de admirársele, aunque tras su muerte, en la época de la vanguardias y la orteguiana literatura deshumanizada, pasara por un periodo en que desdeñarle era estar a la moda.

            A finales de los cincuenta, con Galdós, novelista moderno, Ricardo Gullón rebatió uno de los tópicos que había desfigurado su figura, el de que era un novelista decimonónico, en el sentido más despectivo del término, ajeno por completo a las innovaciones que caracterizan a la modernidad. Galdós juega con la figura del narrador como cualquier experimentado novelista contemporáneo. Tuvo para ello al mejor de los maestros, Cervantes, al que homenajea de una u otra manera en casi todas sus ficciones. Por eso, una reciente invectiva de Mario Vargas Llosa, al socaire de un artículo de Javier Cercas que iba más contra Almudena Grandes que contra Galdós, resultaron tan desafortunadas. Poco o nada tenía el omnicomprensivo Galdós que aprender del impasible Flaubert; son solo dos maneras de novelar.

            Otro tópico que ha empañado la figura de Galdós desde que un despechado Valle-Inclán le hizo decir a uno de los personajes de Luces de bohemia aquello de “don Benito, el garbancero” es el de la descuidada prosa galdosiana, su escritura a la pata la llana, tan ajena a la “calidad de página” que buscaban los prosistas de los años veinte como al gran estilo, el extremo opuesto del “escribo como hablo” valdesiano, que propugnaba Juan Benet, el más vehemente de sus detractores.

            Jesús Munárriz, con Páginas magistrales, viene a echar por tierra este segundo y pertinaz tópico. Ha tenido la genial ocurrencia de rastrear en la novelas de Galdós pasajes que admiten una lectura independiente, al margen de los personajes y del argumento. El resultado es una obra novedosa y sorprendente incluso para los lectores habituales de Galdós. Con afán didáctico, ha clasificado los distintos fragmentos temáticamente, uno de ellos dedicado a Madrid, como no podía ser de otra manera, y los demás a los usos y costumbres de su tiempo, a los hombres y mujeres, a la política, a la literatura. Ninguno de estas páginas escogidas carece de interés, pero en Galdós había dos caras: la del periodista y reformador social y la del creador La primera ha envejecido bastante más que la segunda. Por eso, “Soñemos, alma, soñemos”, el famoso artículo regeneracionista que en 1903 puso al frente del primer número de la revista Alma española, no es lo más representativo del Galdós que hoy más nos interesa, aunque Munárriz lo coloque en lugar destacado como epílogo de la selección.

            El mejor Galdós es el de espléndidos poemas en prosa, que pocos esperarían en él, como “Noche serena” (los títulos son responsabilidad del recopilador), procedente de Torquemada en el purgatorio: “En la oscura frondosidad de la tierra, arboledas, prados, huertas y jardines, los grillos rasgaban el apacible silencio con el chirrido metálico de sus alas, y el sapo dejaba oír, con ritmo melancólico, el son aflautado que parece marcar la cadencia grave del péndulo de la eternidad”.

            Magistrales son dos pasajes que ya José F. Montesinos subrayó en Lo prohibido, una de las novelas menos leídas de Galdós, el que habla de las plácidas mañanas dominicales en el Retiro y el que se refiere a la secreta armonía escondida en los ruidos de la calle. Comienza “Paseo de Recoletos” con el chirrido madrugador del tranvía y termina con los toques canónicos de las monjas y la perezosa y oscura voz de un pobre hombre que pregona café hasta muy tarde y le hace pensar “en la enormísima diversidad de los destinos humanos”.

            Hay también humor, un humor bienhumorado, por decirlo así, que rara vez condesciende con la despiadada caricatura. Al leer Fortunata y Jacinta, arrolladora novela-río, es posible que no reparemos en alguna de las prodigiosas miniaturas que incluye. Mi favorita es aquella en la que Fortunata cree escuchar al propio Dios, un Dios que habla como un castizo personaje madrileño, responder a sus oraciones. Pero no resulta menos admirable el fragmento que Jesús Munárriz ha titulado (con deliberado anacronismo) “Trávelin por la calle de Toledo”.

            Incluso ha encontrado el editor greguerías en la prosa de Galdós: “Las mandarinas son los niños de pecho de las naranjas”. Toda ella está llena de aciertos expresivos. La personificación es uno de sus recursos favoritos: “El tren partió de la estación machacando las placas giratorias, como si gustara de expresar con el ruido la alegría que le posee al verse libre. Echaba sin interrupción y a compás bocanadas de humo, como los chicos cuando fuman su primer cigarro, y al mismo tiempo repartía a uno y otro lado salivazos de vapor, asemejándose a un jactancioso perdonavidas o a demonio travieso”.

            En algún momento nos trae a la memoria a Antonio Machado, de tan galdosiano talante. “Tumulto de pequeños colegiales / que, al salir en desorden de la escuela / llenan el aire de la plaza en sombra / con la algazara de sus voces nuevas”, escribió el primero. “Ningún himno a la libertad, entre los muchos que se han compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan los oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la disciplina escolar y echarse a la calle piando y saltando”, Galdós en Miau.

            Este otro Galdós que nos descubre Jesús Munárriz contrapone al friso inolvidable y casi inabarcable de sus novelas una colección de miniaturas en las que, hasta ahora, pocos habían reparado. Todo un descubrimiento para este año del centenario.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Orfeo catedrático

 

 

Jardín concluso (Obra poética 1999-2009)
Guillermo Carnero
Edición de Elide Pittarello
Madrid. Cátedra, 2020.
 

En la cubierta de Jardín concluso, figura un busto de mujer, de autor anónimo, en el que la mitad del rostro muestra una apariencia juvenil y la otra los huesos de la calavera. La imagen ha sido escogida por el propio autor, como todas las figuran en las portadas de sus libros, según nos indica en el prólogo Elide Pittarello, y podría simbolizar el núcleo germinal de su poética: la podredumbre que acecha tras la belleza humana, la caducidad del vivir frene a la perennidad del arte. También podría simbolizar algo más, aunque de ello no se hayan percatado ni la estudiosa ni el autor: la dualidad en la figura de Guillermo Carnero, poeta y catedrático, poeta que no confía ni en la inteligencia ni en la cultura de los lectores y por eso necesita estar dándoles continuas explicaciones.

            Explicaciones a veces tan minuciosamente obvias que pueden acabar destruyendo la gracia del poema, como las aclaraciones de un chiste. Es el caso de “Lección de música”, escrito imitando la insinuación picaresca de la poesía rococó, pero sin que ello oculte –y necesita decírnoslo por si no nos damos cuenta—“la experiencia personal transparentemente aludida –una felación”.

            En la portada del libro figura “edición de Elide Pittarello”, pero la hispanista italiana se limita a firmar una extensa introducción –más de doscientas páginas-- en la que desarrolla las buenas ideas que el autor tiene sobre sí mismo (por supuesto, las alusiones de “Lección de música”, la “experiencia personal” simbolizada por la flauta, son aclaradas en varias páginas). Todas las notas, según se nos indica, han sido redactadas por el propio Guillermo Carnero, quien no duda, aprovechando dos versos (“qué es el sabor a roble y el posgusto, / qué lleva la langosta Thermidor”), en darnos en nota una lección sobre el vino (“La calidad y la cotización de un vino, especialmente tinto, depende de su tiempo de envejecimiento”, comienza la explicación) o la receta de la langosta Thermidor: “se prepara rellenando los caparazones cortados por la mitad con la carne de la langosta, troceada y salteada después de cocida, más el líquido procedente de la cabeza, bechamel, pimienta de Jamaica, nuez moscada, estragón, mostaza y vino blanco. Se espolvorea finalmente con gruyer o parmesano, y se gratina”.

            Caricaturizar al Guillermo Carnero catedrático de sí mismo resulta fácil, demasiado fácil. Tampoco la editora-testaferro --se limita a glosar muy por extenso las indicaciones del poeta-- sale siempre bien parada. Glosando la cubierta de Fuente de Médicis, un impactante autorretrato de Arnold Böcklin, escribe: “Finalmente, la vasta isotopía de la oscuridad que caracteriza la poesía de Guillermo Carnero tiene aquí su correspondencia icónica y cromática en el fondo negro de la cubierta que absorbe la mayor parte del contorno del cuadro reproducido. Entre la palabra y la imagen los signos de la muerte rompen fronteras”. Parece ignorar la estudiosa que ese fondo negro es el obligado en la colección en que apareció el libro tras ganar el premio Loewe, la colección Visor.

            Las citas y referencias implícitas a otros poetas, a veces muy remotas, son cuidadosamente aclaradas, pero a pesar de ello el lector puede encontrar alguna en la que el poema no ha reparado (en muchos casos son inconscientes). Una estrofa de “Mujer escrita”, de Verano inglés, dice así: “Dónde estarás ahora, bajo qué luz distinta / relucirá tu piel acariciada. / Quién te verá tenderte entornando los ojos / como cae la sombra sobre la paz de un río”. ¿Cómo no recordar “París, postal del cielo”, de Jaime Gil de Biedma, y los versos en que se pregunta por “el sitio perdido” en que estará ahora su antiguo amor “y en los brazos de quién”?

            Antes de hablar del poeta, del gran poeta, quizá a pesar de sí mismo y de sus aclaraciones, que es Guillermo Carnero, no quisiera dejar de referirme al “Esbozo biográfico” que incluye en este volumen. Parece escrito a dos manos: por el propio poeta y por alguien que se esfuerza en caricaturizarle. Dice cosas muy sensatas sobre sus antecedentes familiares y sobre sus inicios literarios, pero de pronto se detiene en un incidente de su época estudiantil (un protesta contra un profesor por la que varios estudiantes fueron expedientados) y recurre a los archivos de la Universidad y a los periódicos de la época para explicar su participación y la sanción que recibió. Una “falsa coartada” (la declaración de varios profesores y un bedel) le permitió librarse “del mayor castigo (la expulsión del distrito universitario, que cayó sobre 37 compañeros), pero (como otros 24), no del más leve, el nuevo pago de las tasas del curso académico 1966-1967”. En nota, copia las informaciones aparecidas en la prensa, sin caer en la cuenta de que todas ellas contradicen su información: 37 estudiantes fueran expulsados del distrito de Barcelona, 24 perdieron la matrícula y en tres casos hubo “sobreseimiento sin sanción” (se mencionan los nombres, el primero de ellos Carnero Arbat, Guillermo”.

            Y aún hay más cosas llamativa en este “esbozo autobiográfica”, tras enumerar todos sus premios y galardones, como suele aparecer anónimamente en las solapas de los libros, añade: “En 1995, conocí a E. G. Q., con quien mantuve una intermitente y tormentosa relación entre 1997 y 2007, fruto de la cual han sido los cuatro libros de poesía que se reúnen en este volumen, más el último publicado hasta ahora, Carta florentina”.

            No aclaran, ni él ni la presunta editora, por qué este Jardín concluso no incluye ese último libro. Seguramente, por exigencias editoriales, pero eso convierte en papel mojado mucho de lo que se dice sobre la coherencia del volumen.

            Pero vayamos a la poesía, que es lo que más nos debería importar. Tras muchos años de silencio, en los que parecía que el catedrático había ganado la partida al poeta (Guillermo Carnero, cuando no se ocupa de sí mismo, es un excelente investigador), la publicación en 1999 de Verano inglés supuso un pequeño acontecimiento: en esos versos había todo lo que faltaba en los anteriores: emoción, humor, incluso un punto de frivolidad, un culturalismo que no ocultaba, sino que acentuaba, la experiencia personal que había detrás. Parecía que Guillermo Carnero, arrepentido de su militancia novísima, se había rendido a la por él tan denostada “poesía de la experiencia”. Los versos iniciales nos remitían al culto desenfado de Luis Alberto de Cuenca: “En la tensión del nudo de tu blusa / duplican su latido tus tacones / sin alterar la esfera del helado / que te zampas feliz, guiñando un ojo”.

            Como arrepentido de ese libro feliz, que parecía escrito en estado de gracia, Guillermo Carnero volvió a ser el de siempre con el siguiente, Espejo de gran niebla, un extenso poema que reflexiona sobre la noche oscura del alma que sucede al desengaño amoroso sin ninguna concesión a la anécdota. Más transparente se vuelve en los dos libros siguientes, ambos dialogados, Fuente de Médicis y Cuatro noches romanas. Vuelve la ambición recapitulatoria de su experiencia personal en Carta florentina, no incluido en esta recopilación, aunque forma parte de la serie. Y queda fuera también un libro, que el autor considera menor, pero que a mi entender es el mejor de los suyos: Regiones devastadas, donde los poemas actúan “con la intensidad de un chispazo” –según él mismo indica—y no necesitan ser muy largos, al contrario de los que se basan en “el pensamiento poético”, que “tiende a ser discursivo y autoproductivo”. Pero el pensamiento poético de Carnero, bastante tópico y algo primario, es como el argumento de las Soledades de Góngora: lo que menos importa, apenas un pretexto para una sucesión de fulgurantes imágenes irisadas de connotaciones irracionales y culturales. Un poeta ambicioso y verdadero, pero un pésimo editor de sí mismo, solo o con ayuda de la acrítica crítica académica. Mejor leerle en las ediciones sueltas que en esta apelmazada edición enciclopédicamente escolar.


viernes, 27 de noviembre de 2020

La España negra

 


Capital de tercer orden
Ángel María Pascual
Ulises. Sevilla. 2010.
 

En 1947, se publicó un libro que pudo haber tenido tanta importancia en la historia de la poesía española como Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y que sin embargo quedó al margen como una curiosidad apenas leída. Su autor era Ángel María Pascual, falangista de la primera hora, quien junto a su mentor, el llamado “cura azul”, Fermín Yzurdiaga, tuvo un destacado papel en los primeros tiempos de la guerra civil cuando Pamplona se convirtió, con la publicación de Arriba España, el primer diario de la Falange, y de Jerarquía, la primera revista literaria de los sublevados, en la capital intelectual del franquismo, en una nueva Atenas, como quería la propaganda.

            Fermín Yzurdiaga, después de una fulgurante carrera política, sería defenestrado en 1938 por las presiones de la jerarquía eclesiástica El obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, el primero que calificó de Santa Cruzada a la guerra civil, no veía con buenos ojos que, aunque siempre proclamara su fervor católico, aceptara cargos políticos sin el previo permiso de sus superiores. Además, y contra lo que pudiera pensarse, la iglesia y la Falange (al menos hasta que pasó a ser controlada directamente por Franco) no estuvieron en buena sintonía. Se recelaba de que pudiera derivar hacia un cierto componente neopagano, como el nazismo. De hecho, fue un  elogio de Hitler lo que motivó la caída en desgracia de Yzurdiaga; en un discurso radiado a toda la zona sublevada se refirió a él como “caudillo de la raza alemana, que al volverse a la vieja historia de su pueblo, se encuentra en las selvas vírgenes con los dioses Nibelungos y con el dios Votán”.

            Ángel María Pascual tenía más talento literario que Yzurdiaga y una vocación política más volcada hacia el ámbito provincial. Culto a la manera renacentista, maestro de la tipografía, buen dibujante, destacó como articulista en una época en que rigor literario de la prosa en los periódicos no era la excepción, sino la norma: pensemos en Rafael Sánchez Mazas, en Eugenio Montes, en tantos colaboradores primero de Jerarquía y luego de Vértice, El Español o La Estafeta Literaria. Murió joven (había nacido en 1911), el mismo año en que publicó su primer libro de poemas. Antes había publicado una obra entre la ficción y la parábola política, Amadís, y posteriormente aparecerían otros libros suyos, especialmente sus Glosas a la ciudad, recopilación de artículos que acierta a convertir –siguiendo la lección de Eugenio d’Ors-- la crónica municipal en piezas literarias de primera magnitud.

            Capital de tercer orden poco tiene que ver con el resto de la obra de Ángel María Pascual. Quizá por eso solo el último poema, el soneto “Envío”, que disuena del resto (como las garcialasistas liras de “Soledad”), llegaría a ser bien conocido: en 1962 le puso música Marciano Cuesta Polo y se convirtió en uno de los himnos más populares del Frente de Juventudes.

            Antes de que otro de los vencedores, Camilo José Cela, nos mostrara con La colmena el revés de la retórica triunfal, en lo que se había convertido el Madrid creativo y bullente de antes de la guerra civil, Ángel María Pascual reflejó en Capital de tercer orden la esperpéntica realidad de aquel “burgo podrido”, la clerical Pamplona, que él, al apoyar la sublevación de 1936, había soñado convertir en una nueva Atenas, en la ciudad ideal del Renacimiento.

            No hay, por supuesto, ninguna crítica política directa en el libro, no podía haberla, pero la desaparición de toda la brillante retórica falangista ya resulta suficientemente significativa. Son poemas descriptivos, sin nada del intimismo confesional que suele asociarse a la poesía, incluso podríamos decir que costumbristas, pero su costumbrismo ha pasado por los espejos valleinclanescos del Callejón del Gato y aprendido la lección de Gutiérrez Solana, aunque Ángel María Pascual también tenía otros maestros. Uno de los poemas, “Casino”, comienza con un verso de Jovellanos: “Déjame, Arnesto, déjame que llore”. Y detrás de ambos se encuentra la lección de Juvenal.

            Hay piezas de rechinante feísmo, casi apuntes carpetovetónicos, como “Urinario”, y otras atemperadas por los ecos del prosaísmo sentimental posmodernista, como “Un balcón”. De la corrupción de la ilusiones trata esa pieza magistral que es “Vitrina de fotógrafo”, con esos “palos de un teatro de fantoches” vislumbrados al trasluz de una ventana como final de la feliz fotografía de boda.

            “Melopea parda” se titula uno de los poemas y el último verso, que repite la palabra reiterada en todos los versos (“Pardo, pardo, pardo, pardo, pardo”) resumen bien en lo que se había convertido (“Color de miseria, nacional tabardo. / Todo es pardo”) la España que él había soñado azul y oro. No resulta aventurado pensar que más de un lector relacionaría el término reiterado hasta la saciedad y cada vez más cargado de connotaciones negativas con la residencia del jefe del Estado y, metonímicamente, con el propio Franco.

            Hay pocas concesiones al lirismo convencional en estos versos. Si acaso, como en “Mercado”, al comienzo y al final. “Una luz matinal unge la plaza / con el óleo del sol recién nacido”, comienza. “Y en lo alto hacia la torre de oro / un cándido revuelo de palomas”. Entre ambos, la minuciosa descripción del mercado con un pintoresquismo no exento de sordidez.

            Desengaño político, desengaño religioso. En esta “capital de tercer orden”, la Pamplona de la posguerra convertida en símbolo de la realidad española, como antes la Orbajosa galdosiana o la Vetusta de Clarín, la verdadera religiosidad está ausente, aunque abunden los clérigos y los rituales. Ese es el sentido, a mi entender, de “Viático en el suburbio”.

            Capital de tercer orden ha tenido algunas reediciones que no sirvieron para destacar su valor excepcional (y no es extraño: la primera, de 1971, estuvo a cargo de la “Cofradía del pimiento seco de Pamplona”). Esperemos que esta nueva edición –en la que por cierto falta el subtítulo del libro: “Versos del amor de disgusto”-- cambie su suerte, aunque el prestigio de la colección “Avant-Garde”, dirigida por Juan Bonilla y Luis Antonio de Villena, no va acompañado de una adecuada difusión.

            “Porque sé que los sueños se corrompen / he dejado los sueños”, le hace decir Luis García Montero a Jovellanos en uno de sus más memorables poemas. Ángel María Pascual vivió lo suficiente para comprobar la corrupción de sus sueños y dejarnos testimonio de ello en este libro. El camino que habría seguido después --el de Dionisio Ridruejo o el de Rafael García Serrano-- no lo sabemos. Pero ahí quedan su prosas, con tanta verdad y tanta inteligencia por debajo de la epocal retórica, y este grito inconformista, desasosegante, este retrato en blanco y negro de la España más negra.

jueves, 19 de noviembre de 2020

Españoles eminentes

 

Maestros y amigos
Andrés Amorós
Fórcola. Madrid, 2020.
 

Andrés Amorós, a comienzos de los años setenta, era un joven y brillante profesor universitario que parecía destinado a suceder a los grandes maestros de la filología española, como Dámaso Alonso o Rafael Lapesa. Luego, sin dejar la investigación literaria, prefirió dedicarse a la alta divulgación, y no solo literaria. Se ocupó con rigor y amenidad, y un extraordinario bagaje cultural, de los espectáculos musicales y teatrales y también de la tauromaquia. En este último campo –tan denigrado últimamente--, pocos dudan de que es el máximo especialista.

            Maestros y amigos –en el prólogo indica que quiso titularlo Españoles eminentes (españolas solo hay dos: Nuria Espert y María Jesús Valdés, ambas actrices)-- ofrece un puñado de semblanzas de quienes fueron sus maestros y luego se convirtieron, en la mayor parte de los casos, en grandes amigos. Comienza con Dámaso Alonso, su profesor de Filología Románica que no dejaba traslucir en las clases ninguna huella del poeta que era, y luego sigue entreverando, con el azar del orden alfabético, maestros y amigos que proceden de los principales campos en que desenvolvió su actividad.           

            No es habitual encontrarse en un mismo libro con un panegírico de Luis Miguel Dominguín o Domingo Ortega junto a otro de Américo Castro o Francisco Ruiz Ramón, historiador del teatro español desconocido fuera del ámbito universitario. Dice mucho del talante de Andrés Amorós el que no quiera limitarse a los personajes más populares, sino que deje espacio para quienes realizaron una admirable labor al margen de los focos mediáticos, como Vicente Lloréns, estudioso de los diversos exilios españoles.

            A la reincorporación cultural del exilio republicano, dedicó gran parte de sus esfuerzos Andrés Amorós. El caso de Francisco Ayala resulta quizá el más significativo. El propio Ayala, en sus memorias, Recuerdos y olvidos, habla de la importancia que tuvo Amorós en el “descubrimiento” de la América literaria en los años setenta y en lo mucho que contribuyó a que fuera conocida su obra.

            Insiste Amorós una y otra vez en su falta de vanidad, en que el haber sido amigo de tantas grandes figuras, no es mérito suyo, pero no deja de referirnos los elogios que le han dedicado esos ilustres personajes, casi siempre en cartas o en conversaciones privadas. “Ya sabes que tú eres la persona a la que más he querido”, le dijo una vez Francisco Ayala. Y Eduardo Miura, que siempre asistía a sus conferencias sobre tauromaquia, le decía cuando él se acercaba a agradecerle su presencia: “Me gusta aprender de los que saben”. Lo que sigue es un perfecto ejemplo –el libro está lleno de ellos-- de lo que se conoce como falsa modestia: “Avergonzado por completo le decía yo: ¡Por Dios, don Eduardo! Pero él insistía…”. Muy avergonzado no debería estar cuando nos los recuerda en la semblanza.  Pero a Andrés Amorós, genio y figura, le perdonamos fácilmente ese defectillo. Como el mismo escribe a propósito de José María Rodero, “así suele suceder a muchos grandes artistas”. Y Andrés Amorós es sin duda un gran comunicador, un contagioso entusiasta, el mejor representante de la tradición liberal tan denostada por los sectarios de uno y otro bando.

            Sociología de la novela rosa tituló una de sus primeras publicaciones y con tinta rosa parecen escritas la mayoría de estas “memorias amables” (como llamó a las suyas el marqués de Bradomín). Pero de vez en cuando asoman otros aspectos menos gratos. Como el “episodio tragicómico” ocurrido cuando le encargaron el prólogo de la obras completas de Francisco Ayala. Por un estudio de unas cien páginas, Arturo del Hoyo –que era quien se ocupaba en Aguilar de estas cuestiones-- ofreció pagarle menos de lo que cobraba él entonces por un artículo en cualquier periódico o revista. “Cuando se lo hice notar –escribe Amorós--, se sorprendió mucho: él estaba feliz de que le dejaran publicar algo, pagándole eso mismo… Tuve que recordarle, con todo respeto, que yo no tenía que hacerme perdonar un pasado político antes de la guerra”. No será esa su intención, pero lo que el lector deduce es que a Amorós le parecía bien que a Arturo del Hoyo, que había estado en la cárcel con Miguel Hernández, le pagaran lo menos posible, para eso había sido republicano, pero que él no tenía nada que hacerse perdonar por parte de los vencedores.

            El estilo hablado, de conversación culta (a quien ha tenido la suerte de asistir a alguna charla de Amorós le parecerá escucharle), hace disculpable ciertas repeticiones y algún desliz: Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos, el gran libro de Dámaso Alonso que a muchos nos enseñó a leer la poesía del siglo de Oro, no se publicó en 1935, sino en 1950.

            Un libro ameno, que ofrece el lado mejor de personajes controvertidos, como Camilo José Cela, y que resulta no menos interesante –o quizá más-- cuando trata de alguien menos conocido, como ese sugerente Leopoldo Durán, el sacerdote que acompañó a Graham Green en sus viajes por España.

            Retratos con mucha luz y casi ninguna sombra los de Maestros y amigos y autorretrato –con alguna involuntaria sombra-- de un inagotable profesor de entendimiento y entusiasmo sin el cual la vida cultural española del último medio siglo habría sido mucho más pobre.

martes, 10 de noviembre de 2020

Hebras de luz

 


La rama verde
Eloy Sánchez Rosillo
Tusquets. Barcelona, 2020.

 

En uno de los primeros poemas de La rama verde, se refiere Eloy Sánchez Rosillo a otro publicado hace muchos años: “Cuánto tiempo ha pasado ya, hijo mío, / desde aquella mañana que dije en un poema / en el que se nos ve a ti y a mí en la playa, bañándonos alegres, entre risas, / en un mar tibio y quieto, bajo un sol estruendoso / y un cielo azul sin mácula”. El poema al que se refiere se titula “La playa” y está incluido en Autorretratos, de 1989. El futuro que allí de pronto se hacía presente (“Siento en mi sangre el vértigo espantoso / de mi edad: en un instante, transcurren muchos años”), ahora ya es pasado y no ha ocurrido como se temía. El final de ambos poetas nos ilustra sobre las dos etapas de la poesía de Sánchez Rosillo, un poeta que no ha cambiado en sus recursos expresivos, pero sí en su concepción de la realidad: primero fue un poeta elegíaco, ahora es un poeta hímnico, celebratorio. En “La playa” el presente feliz está condenado a desvanecerse para siempre, como un sueño que no ha existido nunca: “Eres un hombre ahora, y tú también comprendes / que no existió, ni existe, ni existirá este día, / la venturosa fábula de mis ojos mirándote, / la leyenda imposible de mi infancia”. Por el contrario, el otro poema, “En la mañana inmensa”, abole el tiempo: “El amor no transcurre: / ocurre. / Su obstinado latir insiste oculto, / a salvo para siempre en nuestro pecho”. Al final de “La playa”, tan rotundo, con ecos de Píndaro y Góngora (“Somos sombras de un sueño, niebla, palabras, nada”) se contrapone el del nuevo poema: “Y ahí estamos tú y yo desde el principio, / en el mar del verano, bajo el sol, / dentro de este diamante que fulgura, / de esta mañana inmensa que es la vida”.

            La mayoría de los poemas de la segunda etapa de Sánchez Rosillo, iniciada con La certeza (2005), responden a un mismo esquema: una parte inicial, que suele ocupar la mayor parte de los versos, en la que se describen, a veces con cierta minuciosidad, circunstancias y objetos cotidianos (la tapia que va iluminándose al sol de la mañana, una hilera de hormigas, un paseo mañanero), y una conclusión reflexiva que busca darle un giro transcendente. Un ejemplo: “Café Iruña”, uno de los poemas más anecdóticos del libro, casi prosa de diario: “Llegué a Pamplona anoche. / Estuve esta mañana paseando unas horas / por la ciudad. Y acabo de sentarme / en la terraza del Café Iruña, / Ante una oportunísima cerveza. / Es abril –24—mediodía”. Se nos refiere después la larga caminata y cómo confortan cuerpo y alma el sol y la cerveza “por más que alguna vértebra rebelde / está empeñada en recordarme ahora / su exacta posición con arteros envites”. Y luego –“no podrá amilanarme”, escribe el poeta-- la conclusión sentenciosa de los dos últimos versos: “Lo importante es vivir, aunque el vivir nos duela, / estar vivos del todo mientras dure la vida”.

            Gana Sánchez Rosillo en los poemas más breves, menos anecdóticos y discursivos. Aunque siempre se le lee con gusto, impacienta un poco la minucia de “Hotel” o “Hablo aquí del comienzo”, que habrían ganado como anotaciones autobiográficas en prosa (la prosa se lee de otra manera, se le exige menos esencialidad que al verso). Y resulta más emocionante cuando se olvida de su nueva concepción de la existencia (no existe el tiempo, hay un presente eterno que es la vida) y nos la refleja en toda su precaria verdad. Es difícil leer “Date prisa” sin sentir una emoción que no sabemos si se debe al poema o al universal sentimiento de orfandad que refleja. Destaca en ese poema la confusión entre vida y poesía, como si el poema y la vida reflejada en él fueran la misma cosa. “Te miro ir y venir por estos versos”, comienza. El poema nos describe, en presente, un recuerdo infantil: la madre que despierta al niño y lo arregla para ir a la escuela. Los versos finales distinguen –Sánchez Rosillo juega habitualmente a no hacerlo-- entre el presente eterno de la infancia y el tiempo verdadero que ni vuelve ni tropieza: “El niño confiado / que aparece contigo en estas líneas / te mira en el espejo para siempre / y no sabe que un día morirás. / Pero el que escribe ahora sí lo sabe. / Y conoció ese día”.

            Las referencias metapoéticas, las alusiones al propio poema que se está escribiendo, han abundado desde el principio en la poesía de Sánchez Rosillo. Una variación sobre el cernudiano “A un poeta futuro” encontramos en “Dejo la puerta abierta”, aunque en su caso se dirija a cualquier lector futuro, sea o no poeta: “Para vosotros, que vendréis al mundo / cuando yo me haya ido, / escribo este poema” (un poema, por cierto, que se limita a describir el cuarto y el lugar en el que escribe el poema, algo muy característicamente suyo).

            “Cartas de ultramar” es el único poema del conjunto no autobiográfico, aunque también de algún modo lo sea, al menos en el pretexto que le da pie. Tras referirse a quienes “pasaron a las Indias / en los primeros tiempos coloniales / y en su gran mayoría no regresaron nunca”, añade: “Leo esta tarde un libro que recoge las cartas / de algunos de estos hombres a los seres queridos / que habían dejado atrás”. El poema habría necesitado una nota que aclarara de qué libro se trata: Cartas privadas de emigrantes a indias, 1540-1616, de Enrique Otte, publicado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en 1988 (ha sido reeditado posteriormente por el Fondo de Cultura Económica). Copio los últimos versos: “Hay un tal Antón Sánchez, / natural de Sevilla y asentado en El Cuzco, / que le escribe a la esposa –1590-- / y así empieza su carta: ‘Mujer mía / de mi vida…’. / El ser entero pone / en lo que va escribiendo. / Todo el idioma tiembla en sus palabras”. Una referencia al libro nos habría permitido leer esa carta y comprobarlo: “Mujer mía de mi vida: Vuestra carta recibí, y con ella mucho contento en ver carta vuestra, porque había tantos días que no sabía de vos si érades muerta o viva, y así me he holgado tanto de saber de vos que por cierto no tengo lengua con que poder encarecerlo”,

            Los mejores poemas de La rama verde son quizá los más breves, los menos discursivos y razonadores. “Cosa de nada” se titula uno de ellos y eso pueden parecer para el lector apresurado los pocos versos de “Sol de marzo en la hierba”, “Verdecillo”, “El hueco del instante” o “Entre dos luces”, que copio íntegro: “Caminar muy temprano, / entre dos luces aún, en la mañana / revuelta de febrero, / por esta carretera ahora sin nadie. / A mano izquierda, el mar, / que es todavía parte de la noche, / y que apenas se ve, / confuso y encubierto por la bruma, / pero del que se oyen / el bronco respirar y los estruendos / de sus arduos quehaceres invernales. / Y a la derecha, al margen de mis pasos, / en su milagro intimo, / el verde juvenil y tembloroso / del trébol con rocío”.

martes, 3 de noviembre de 2020

Pongamos que hablo de Madrid

 


 

Madrid
Andrés Trapiello
Destino. Barcelona, 2020.
 

Sería un error simplificar diciendo que en el libro sobre Madrid que ha escrito Andrés Trapiello resulta imprescindible todo lo que solo podría haber escrito Andrés Trapiello y sobra todo lo que podría haber escrito cualquier aplicado cronista de Madrid, como Federico Carlos Sainz de Robles, o cualquier anónimo redactor de la Wikipedia.
            No todo lo que solo podría haber escrito él resulta imprescindible. Disuenan unas opiniones políticas ya bien conocidas por formar parte del argumentario de cierta derecha más o menos extrema:  hubo tres golpes de Estado contra la Republica, uno de ellos encabezado por Indalecio Prieto; el gobierno “alentó manifestaciones multitudinarias de neto carácter ideológico que lanzaron la epidemia a proporciones exponenciales”; un poeta novísimo y catalán habló del “cielo fascista de Madrid”, pero “no se le leyó jamás nada, negro sobre blanco, de los lazos amarillos, lo cual a estas alturas, no pasa ya ni del castaño oscuro”.
            No se trata de que discordemos o no de tales consideraciones, sino de que distraen, nos sacan del libro y nos llevan a una chillona tertulia. Una rigurosa labor de edición las habría eliminado, lo mismo que las no escasas jeremiadas sobre el maltrato a que sometió cierta prensa cultural a su obra literaria: que si un reseñista echó de menos a Koldo Michelena en Las armas y las letras, que si un tal Juan Palomo (un humorístico pseudónimo colectivo) dijo no esperar mucho de una de sus novelas a punto de aparecer, que si le ningunearon en la prensa por editar en Trieste a escritores que no estaban de moda.
            Sobran muchas cosas menores en este Madrid, pero los lectores de Andrés Trapiello saben que no sería Andrés Trapiello si no pusiera tanto o más empeño en sus perecederas opiniones políticas y en sus caprichos tipográficos (ha pasado de sustituir “a” y “o” como marca de género por una estrellita a escribir las palabras de otro idioma tal como suenan: estrimin, gosdivín) que en lo que sabe hacer mejor que nadie.
            “El día en que decidí venir a Madrid fue el más importante de mi vida”, comienza el volumen, dando inicio a un conmovedor relato autobiográfico, con mucho de novela picaresca, que figurará sin duda entre las obras más conmovedoras de Andrés Trapiello cuando se decida a publicarlo adecuadamente. Ahora aparece troceado sin que se entiendan muy bien los motivos para ello. O se entienden demasiado bien: se trata de una argucia para ir dando los datos eruditos que resultan imprescindibles en un libro de encargo sobre Madrid. La primera interrupción está hecha con cierta gracia y copia el modelo cervantino de dejar a los combatientes con las espadas en alto. Tras una discusión familiar, abandona Trapiello a los diecisiete años su casa en León para dirigirse a Madrid. Cuando interrumpe de pronto la narración para un largo pegote erudito sobre el origen del nombre de Madrid, escribe: “El expreso de La Coruña puede esperar. Tenemos tiempo”.
            Si la primera interrupción tiene cierta gracia y parece un recurso literario, las siguientes ya se ven como un truco para mezclar cosas que no casan demasiado bien. Sobran todas esas interrupciones de cronista municipal o habrían encontrado su sitio en la parte final, entre los “Retales madrileños” –“Madrid y la historia”, “Madrid y sus reyes”, “Madrid y la arquitectura”--, algunos de los cuales, por cierto, repiten lo que ya se ha dicho antes, y en ocasiones más de una vez, como que Mesonero Romanos se dedicaba a especular con solares del centro de Madrid.
            “La novela de un joven pobre”, llamémosla así, las andanzas de un joven ambicioso servidor de muchos amos, los azares que le llevan al triunfo literario (el encargo de una biografía sobre Cervantes o la promesa de un premio para un libro sobre los escritores y la guerra civil), es una de las piezas maestras que contiene ese libro, aunque incomprensiblemente desmembrada.
            Hay otras, por supuesto, y tienen que ver con Madrid, pero no con el remoto Madrid de moros y cristianos o de los milagros de San Isidro (erudiciones al alcance de cualquier aplicado jornalero de la pluma), sino con el Madrid vivido, el que ya es para Trapiello carne de su carne y sangre de su sangre: espléndida la descripción de la calle conde de Xiquena, en la que vive desde hace cuarenta años, de la cercana plaza de París, de los rincones galdosianos, del Museo Romántico… No defraudará este volumen a los muchos admiradores de Andrés Trapiello, a quienes le consideran uno de los escritores fundamentales de nuestro tiempo –soy uno de ellos--, pero sin duda pondrá a prueba su paciencia, como ha puesto la mía.
            Cuando Trapiello parece que lo ha dicho todo sobre Madrid --entremezclando recreación autobiográfica, acarreo erudito y, hacia el final, desahogos personales quizá no demasiado pertinentes--, se da cuenta de que le ha quedado fuera mucho material y añade una serie de capitulillos de muy desigual interés. Lo mejor son las selecciones personales que añade al final de algunos de ellos: sus diez edificios preferidos, los mejores libros sobre Madrid, los museos, los parques y jardines… Quizá en estos apéndices debería haberse limitado a los recuentos personales, siempre con alguna ocurrencia original, con algún punto de vista inédito, y haber hecho más caso de lo que él mismo afirma en “Madrid y la arquitectura”: “La Wikipedia da cuenta de su historia y de sus arquitectos, así como de todo lo que he citado aquí, por lo que le ahorro al lector más pormenor”.
            No siempre nos lo ahorra, aunque también le gustan las elipsis. Divagando sobre restaurantes se refiere a “la memorable noche en que Cayetana concertó una cena con Savater, Isabel Preysler, Mirian, nosotros dos y Vargas Llosa, con el que el había contraído una de esas deudas que no se saldan con nada”.
            No nos dice cuál es esa deuda, pero si se trata de la que se menciona en el epílogo (donde se añaden más apuntes “que no cabían en otra parte”), el prólogo a su traducción del Quijote, pues tampoco parece que fuera para tanto.
            Para Trapiello, al contrario que para Mies Van der Rohe, menos no es más, sino que más es más, mucho más. Entre esos “retales” de la segunda parte incluye un “breve repertorio madrileño”, una especie de glosario que podría haber dado para un libro al estilo de otro de los suyos, El arca de las palabras. Y por si no fuera suficiente, como si quisiera caricaturizarse a sí mismo, al final copia todos los nombres de personas que viven o han pasado por Madrid y que figuran en sus agendas telefónicas: unos cuantos cientos.
            Pero quizá todos estos reparos se deban a un error de lectura por mi parte: Madrid es un libro de regalo, un espléndido regalo para estas fechas, y los libros de regalo no se leen de la primera a la última página, como he hecho yo, basta con picotear acá y allá y admirar las ilustraciones, variadas y bien seleccionadas, y que cuentan con precisos y a menudo muy literarios pies de foto del autor del volumen.



jueves, 29 de octubre de 2020

Diarista de alta gama

 

 

Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006-2011)
Ignacio Peyró
Libros del Asteroide. Barcelona, 2020.

  

Entre los escritores de la derecha española, hay una cierta competencia por ver quién puede ser nuestro Chesterton, que puso todo su talento literario –y era mucho, y en todos los géneros-- en demostrarnos que nada hay más revolucionario que la tradición ni nada más heterodoxo que la ortodoxia, entre un sinfín de rutilantes paradojas.. Con muchas papeletas para ello cuenta Juan Manuel de Prada, aunque a mí me parece que se acomoda más el poeta Enrique García-Máiquez, menos apocalíptico y malhumorado. En Ignacio Peyró encontrarán un gran competidor. Nacido en 1980, siempre aparentó más edad. “Pareces de otra época” es un reproche está acostumbrado a oír , según nos indica en una de las anotaciones de Ya sentarás cabeza. Lo considera el mayor de los elogios en una época como la nuestra. Vaya por delante que Ya sentarás cabezas, que abarca seis años de su vida, los que van de 2006 a 2011, es un libro excepcional, el autorretrato de un personaje que a nadie dejará indiferente y la crónica de un tiempo reciente desde una óptica –la de la buena gente de derechas, la de los ricos de toda la vida-- a la que no estamos acostumbrados.

            Se subtitula “Cuando fuimos periodistas” (así, con plural mayestático) porque el autor, tras abandonar la empresa familiar, quiere probar fortuna en el periodismo. Comienza escribiendo reseñas en el ABC Cultural, de la mano de Fernando Rodríguez Lafuente, y termina en La Gaceta de “pluma para todo”, alternándola con otras publicaciones como El Confidencia Digital, para el que hizo de corresponsal en el Congreso, o la opusdeísta Alba. Para La Gaceta escribe noticias, un perfil internacional los domingos, “unos apuntes sobre restaurantes, el agitador y la doble página frívolo-intelectual de los sábados”. Aunque él procura dar gran importancia a la cultura –busca colaboraciones de los escritores que admira, comenzando por Valentí Puig, su maestro--,es consciente de que ese periódico (como los otros medios ligados a Intereconomía) “es solo carga dinamitera antizapaterista”.

            En Ya sentarás cabeza abundan, como no podía ser de otra manera, las ironías sobre los políticos socialistas del momento, comenzando por José Luis Rodríguez Zapatero y María Teresa Fernández de la Vega, pero no son menos, acaso sean más, las que se dedican al otro bando. Pocos salen bien parados, quizá solo Rajoy, con el que luego iría a trabajar a Presidencia del Gobierno. Especialmente feroces son los cuatro trazos que dedica a Álvarez Cascos, al que cita con su propio nombre, y no con las iniciales que suele utilizar en otros casos: “Se hizo construir un cuarto, con cama de matrimonio, junto a su despacho. Fueron incontables las chicas de las juventudes que hizo pasar por allí”.

            No es el único personaje o personajillo vapuleado en estas páginas, pero ese aspecto de ácida crónica social, de chismoso amarillismo (que se va acentuando según pasan los años), no es lo más destacado del volumen. Las referencias al Opus, en cuyos medios periodísticos colaboró ampliamente, no son precisamente amables. De uno de sus compañeros en el periódico nos dice que es de los pocos que conoce que están en el Opus “sin que pensemos que es porque no tenían ningún otro sitio donde ir: durante años cogieron a los mejores –cuando España era un país católico--, pero ahora cogen lo que pueden”. Y termina la semblanza con una frase que dice mucho sobre los medios en que colaboró: “Cómo llegó este señor al alcantarillado del periodismo es cosa que sorprende, aunque me encanta la idea de que haya un hombre bueno en un lugar donde el que no es un hijoputa sueña con serlo”. Otro ejemplo: “Me veo con el chico que lleva ahora Nueva Revista. Opus sección ñoña. Los hacen a todos iguales: sonrientes, falsamente cálidos, con sus politos y sus náuticos, su manera de decir ‘joé, macho’ y casi siempre alguna banal fijación cultural, por lo general cinematográfica, joé, macho, es que Malick es un genio”. Con emoción y remordimiento, se evoca un episodio de bullyng vivido, como verdugo o cómplice, no como víctima, en el elitista colegio en que estudió: “Que era distinto se notaba en todo, en esas pequeñas diferencias que los pequeños hijos de puta, ya conscientes del estatus, agrandábamos: Julián no llevaba zapatillas Nike o Reebok, llevaba Yumas o Fer-Gar,. No llevaba los libros forados con arionfix, sino con papel de estraza. No llevaba plumas de marca, sino un anorak sesentero. Julián no tenía semana blanca. No repartía gominolas cuando era su cumpleaños y nadie le llevaba a ver el Madrid. Lo tratábamos como si oliera diferente, a un jabón más barato”.

            Espléndidas resultan la evocaciones autobiográficas, los retratos familiares, las historias de los compañeros de colegio, las notas de lectura, los crónicas de los viajes que unas veces realiza como periodista (a Guinea, acompañando a Moratinos) y otras simplemente porque a un amigo se le ha antojado celebrar su despedida de soltero en Las Vegas. Muy sugerentes resultan las páginas dedicadas a Palma, donde el azar le lleva a encontrarse en la calle con uno de los escritores que más admira, José Carlos Llop.

            Abundan los aforismos, en los que nunca se condesciende con la pretenciosa obviedad, y no faltan los pasajes que se podían incluir en una antología del poema en prosa. Mi favorito está al comienzo del libro, lleva el título de “Happy hour” y creo que no habría desdeñado firmarlo Jaime Gil de Biedma: “Ponte guapa, alma mía, que esta noche salimos a cenar: aféitate bien, deja ya de leer a Schopenhauer, échate la colonia esa que apesta a nectarina, ríe, sonríe, recibe todo como un don, ponte la camisa de triunfar y sácales un poco de brillo a los zapatos. Alma mía, este frío y estas luces son el mediodía de la vida, los años breves, coronados de pámpanos; tus mejores tardes y tus mejores páginas. Ríe, sonríe; no te preguntes por quién mezclan los gin-tonics: es por ti”.

            Al comentar la noticia de la muerte de Umbral, Peyró lo trata con cierta condescendencia, pero él tiene mucho de heredero del mejor Umbral: es capaz de escribir un ingenioso y rutilante artículo literario sobre cualquier tema, lo mismo sobre Julio Iglesias que sobre un restaurante del barrio de Lavapiés. Los restaurantes, por cierto, ocupan un lugar destacado en el libro. Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida se titula tu anterior publicación y no cabe duda de que a Peyró le gusta comer bien y beber mejor y que sabe dónde hacerlo. Tampoco falta el elogio del tabaquismo, y parece que considera la prohibición de fumar en lugares públicos como una de las peores herencias del zapaterismo.

            El personaje que protagoniza Ya sentarás cabeza, con su clasismo que a veces no se esfuerza en disimular, irritará sin duda a muchos lectores. Una de sus grandes éxitos en el periodismo lo consiguió porque en un restaurante se puso a su lado “una mesa de notable del PSOE”; tuvo el oído atento y luego contó todo lo que hablaron, “con gráfico de los sitios incluido”. Fue su segunda noticia de apertura, según nos dice. Añade que lo que más le extrañó fue, no que se expresaran con tanta libertad en un lugar público, sino que “unos socialistas tan destacados vayan a cenar a un sitio de ese precio –Sushi 99 es muy caro-- en plena crisis”. Al lector lo que le sorprende es que el periodista Peyró, que en algún lugar se queja del retraso en ingresarle la nómina y en otro nos informa de que un jefe le “gratifica” con un sobre en el que hay un cheque regalo de El Corte Inglés, cene en tales lugares sin que le parezca necesario explicarlo.

            No es un personaje de una pieza Ignacio Peyró, actualmente director del Instituto Cervantes de Londres (el mejor destino para quien ha escrito esa prodigiosa enciclopedia de la cultura y la vida inglesas que es Pompa y circunstancias). Por eso Ya sentarás cabeza disgustará a los lectores más ortodoxos de uno y otro lado del espectro ideológico. “Lo bueno de ser un escritor conservador –ha escrito aplicándose a sí mismo la ironía, algo que hace con frecuencia-- es que los contrarios no te quieren y los tuyos te detestan”. A Peyró podrá no querérsele, podrá incluso detestársele por algunas de sus afirmaciones, pero lo que parece imposible es no admirarle. Ya sentarás cabeza, no importa si irregular y excesivo como toda buena miscelánea, lo sitúa en la primera fila de los diaristas contemporáneos.

martes, 20 de octubre de 2020

Que viene el lobo

 

Mudanza del isonauta
Jorge Riechmann
Tusquets. Barcelona, 2020.

“Voz que clama en el desierto” la de Jorge Riechmann, como la de las antiguos profetas bíblicos. En verso y prosa, no se cansa de avisarnos de la inminencia del fin del mundo. Mudanza del isonauta, que lleva por subtítulo “Enkráteia”, pretende ser una advertencia, otra más, contra los riesgos del cambio climático. Una de sus secciones se titula precisamente “Zarandeo a Walter Benjamin en la era del cambio climático”. A Riechmann parecen gustarle especialmente los títulos que contradicen las expectativas del lector de poesía: “Margaret Thatcher no pillaba los chistes” o “Leyendo los Grundrisse en el final de los tiempos”. También anota sus poemas como si fueran ensayos, incluso llega a copiar íntegro, al final de “Poder y no poder”, uno de los epílogos (el libro cuenta con casi media docena), un artículo de Esther Vivas acerca de Podemos aparecido en Público.es en 2014. En uno de los breves textos que integran cada una de las partes del libro, se pregunta el autor, consciente de la extrañeza de mucho lectores: “Esto no es / literatura / y quizá tampoco poesía. ¿Desde / dónde escribes entonces?”. Pero lo que escribe Riechmann podrá no ser poesía, pero siempre es literatura y casi siempre excelente literatura.

            Mudanza del isonauta pretende tener la eficacia de un panfleto, cambiar conciencias y conductas, hacer que la humanidad –o al menos el mundo occidental-- modifique su rumbo para evitar que dé un paso más en el abismo. Pero un panfleto, como cualquier intervención política, debe ser oportuno. Mudanza del isonauta no lo es. El ritmo lento de la colección de poesía en que aparece hace que unos poemas redactados antes de 2015, según se deduce de las referencias del autor, aparezcan el 2020, cuando el riesgo del cambio climático parece un problema menor, como todos los otros problemas, salvo uno. Jorge Riechmann nos advierte de un inminente fin del mundo cuando parece que nos encontramos ante otro fin del mundo –o al menos de nuestro mundo-- que ningún profeta vio venir. ¿Ninguno? A la posibilidad de esa amenaza imprecisa alude Riechmann: “No hay afueras / dijo Derrida / Solo espejos / que se reflejan en espejos / reflejados en otros espejos / ¿Y cuál será entonces a la postre / la Gran Pedrada que por fin rompa el juego / de la infinita Semiosis? / ¿El cénit del petróleo / el apocalipsis climático / o alguna gran pandemia?”

            Salvo en el prólogo y los epílogos, los poemas de Riechmann no llevan título, pero al final, entre paréntesis y en negrita, aparece lo que unas veces podría considerarse tal y otra es un comentario o una dedicatoria. “¿Y cuál será entonces la Gran Pedrada?”, se pregunta al final del texto copiado anteriormente. Después de tanto gritar “que viene el lobo, que viene el lobo”, como el pastor del cuento, parece que lo que vino fue una alimaña muy distinta y que, al intentar cazarla, se causaron bastante más destrozos de los que ella misma causó. Pero Mudanza del isonauta es algo más que una reiterada y más o menos ingeniosa y documentada jeremiada, algo más que un panfleto de dudosa eficacia fuera del círculo de los ya convencidos; es también el libro de un poeta, a ratos parece que a pesar suyo. Entre tanto sermón y tanto dato, de pronto nos encontramos con un texto como el siguiente: “Cae un copo de nieve sobre el agua / Una vida humana se deslíe / Hablo de un singular copo de nieve cuya estructura única bellísima se pierde / Una vida cae girando se funde se deshace se desdice / se apaga como el cuchicheo de una estrella”. En la anotación final, que podría ser el título, leemos: “Perseidas en la noche de agosto”. Riechmann ronda a menudo la esencialidad del haiku o escribe directamente haikus: “Silbo del viento, / zumbido de las moscas /--mente en silencio”.

            Denuncia, apuntes líricos y algo de libro de autoayuda encontramos en Mudanza del isonauta. La denuncia parece parodiarse a sí misma en uno de los poemas: “143 por ciento / es el incremento del dióxido de carbono atmosférico / con respecto a los niveles preindustriales / 254 por ciento / es el aumento del metano / Todos los años decimos que el tiempo se está agotando / declaró Michel Jarraud / director de la Organización Meteorológica Mundial / al presentar estos datos / Nos estamos adentrando en terreno desconocido / a una velocidad de vértigo dijo el mismo sujeto”. Pero en la habitual acotación final entre paréntesis nos indica: “datos de la OMM en 2015 referidos al año 1750”.

            Las anotaciones líricas buscan el minimalismo: “Olor a café / olor a pan tostado / olor a ti / mejor desayuno / que el que viene después”, “Agua en el agua… / Si el ego se disuelve, / qué transparencia”, “¿Construir pirámides / o tender la hamaca en tal rincón / y luego en aquel otro / sin dejar otro rastro que el del sueño en el bosque. Los aforismos esparcidos acá y allá (“qué difícil es ver lo que tenemos delante de los ojos”, “el sentido de la vida es vivirla”) no eluden la obviedad: “la comunicación humana está hecha de malentendidos”. En Jorge Riechmann el poeta está al servicio del militante y eso no favorece demasiado su poesía ni tampoco quizá la buena causa –salvar al mundo del capitalismo depredador-- que con tanto empeño defiende.