jueves, 29 de octubre de 2020

Diarista de alta gama

 

 

Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006-2011)
Ignacio Peyró
Libros del Asteroide. Barcelona, 2020.

  

Entre los escritores de la derecha española, hay una cierta competencia por ver quién puede ser nuestro Chesterton, que puso todo su talento literario –y era mucho, y en todos los géneros-- en demostrarnos que nada hay más revolucionario que la tradición ni nada más heterodoxo que la ortodoxia, entre un sinfín de rutilantes paradojas.. Con muchas papeletas para ello cuenta Juan Manuel de Prada, aunque a mí me parece que se acomoda más el poeta Enrique García-Máiquez, menos apocalíptico y malhumorado. En Ignacio Peyró encontrarán un gran competidor. Nacido en 1980, siempre aparentó más edad. “Pareces de otra época” es un reproche está acostumbrado a oír , según nos indica en una de las anotaciones de Ya sentarás cabeza. Lo considera el mayor de los elogios en una época como la nuestra. Vaya por delante que Ya sentarás cabezas, que abarca seis años de su vida, los que van de 2006 a 2011, es un libro excepcional, el autorretrato de un personaje que a nadie dejará indiferente y la crónica de un tiempo reciente desde una óptica –la de la buena gente de derechas, la de los ricos de toda la vida-- a la que no estamos acostumbrados.

            Se subtitula “Cuando fuimos periodistas” (así, con plural mayestático) porque el autor, tras abandonar la empresa familiar, quiere probar fortuna en el periodismo. Comienza escribiendo reseñas en el ABC Cultural, de la mano de Fernando Rodríguez Lafuente, y termina en La Gaceta de “pluma para todo”, alternándola con otras publicaciones como El Confidencia Digital, para el que hizo de corresponsal en el Congreso, o la opusdeísta Alba. Para La Gaceta escribe noticias, un perfil internacional los domingos, “unos apuntes sobre restaurantes, el agitador y la doble página frívolo-intelectual de los sábados”. Aunque él procura dar gran importancia a la cultura –busca colaboraciones de los escritores que admira, comenzando por Valentí Puig, su maestro--,es consciente de que ese periódico (como los otros medios ligados a Intereconomía) “es solo carga dinamitera antizapaterista”.

            En Ya sentarás cabeza abundan, como no podía ser de otra manera, las ironías sobre los políticos socialistas del momento, comenzando por José Luis Rodríguez Zapatero y María Teresa Fernández de la Vega, pero no son menos, acaso sean más, las que se dedican al otro bando. Pocos salen bien parados, quizá solo Rajoy, con el que luego iría a trabajar a Presidencia del Gobierno. Especialmente feroces son los cuatro trazos que dedica a Álvarez Cascos, al que cita con su propio nombre, y no con las iniciales que suele utilizar en otros casos: “Se hizo construir un cuarto, con cama de matrimonio, junto a su despacho. Fueron incontables las chicas de las juventudes que hizo pasar por allí”.

            No es el único personaje o personajillo vapuleado en estas páginas, pero ese aspecto de ácida crónica social, de chismoso amarillismo (que se va acentuando según pasan los años), no es lo más destacado del volumen. Las referencias al Opus, en cuyos medios periodísticos colaboró ampliamente, no son precisamente amables. De uno de sus compañeros en el periódico nos dice que es de los pocos que conoce que están en el Opus “sin que pensemos que es porque no tenían ningún otro sitio donde ir: durante años cogieron a los mejores –cuando España era un país católico--, pero ahora cogen lo que pueden”. Y termina la semblanza con una frase que dice mucho sobre los medios en que colaboró: “Cómo llegó este señor al alcantarillado del periodismo es cosa que sorprende, aunque me encanta la idea de que haya un hombre bueno en un lugar donde el que no es un hijoputa sueña con serlo”. Otro ejemplo: “Me veo con el chico que lleva ahora Nueva Revista. Opus sección ñoña. Los hacen a todos iguales: sonrientes, falsamente cálidos, con sus politos y sus náuticos, su manera de decir ‘joé, macho’ y casi siempre alguna banal fijación cultural, por lo general cinematográfica, joé, macho, es que Malick es un genio”. Con emoción y remordimiento, se evoca un episodio de bullyng vivido, como verdugo o cómplice, no como víctima, en el elitista colegio en que estudió: “Que era distinto se notaba en todo, en esas pequeñas diferencias que los pequeños hijos de puta, ya conscientes del estatus, agrandábamos: Julián no llevaba zapatillas Nike o Reebok, llevaba Yumas o Fer-Gar,. No llevaba los libros forados con arionfix, sino con papel de estraza. No llevaba plumas de marca, sino un anorak sesentero. Julián no tenía semana blanca. No repartía gominolas cuando era su cumpleaños y nadie le llevaba a ver el Madrid. Lo tratábamos como si oliera diferente, a un jabón más barato”.

            Espléndidas resultan la evocaciones autobiográficas, los retratos familiares, las historias de los compañeros de colegio, las notas de lectura, los crónicas de los viajes que unas veces realiza como periodista (a Guinea, acompañando a Moratinos) y otras simplemente porque a un amigo se le ha antojado celebrar su despedida de soltero en Las Vegas. Muy sugerentes resultan las páginas dedicadas a Palma, donde el azar le lleva a encontrarse en la calle con uno de los escritores que más admira, José Carlos Llop.

            Abundan los aforismos, en los que nunca se condesciende con la pretenciosa obviedad, y no faltan los pasajes que se podían incluir en una antología del poema en prosa. Mi favorito está al comienzo del libro, lleva el título de “Happy hour” y creo que no habría desdeñado firmarlo Jaime Gil de Biedma: “Ponte guapa, alma mía, que esta noche salimos a cenar: aféitate bien, deja ya de leer a Schopenhauer, échate la colonia esa que apesta a nectarina, ríe, sonríe, recibe todo como un don, ponte la camisa de triunfar y sácales un poco de brillo a los zapatos. Alma mía, este frío y estas luces son el mediodía de la vida, los años breves, coronados de pámpanos; tus mejores tardes y tus mejores páginas. Ríe, sonríe; no te preguntes por quién mezclan los gin-tonics: es por ti”.

            Al comentar la noticia de la muerte de Umbral, Peyró lo trata con cierta condescendencia, pero él tiene mucho de heredero del mejor Umbral: es capaz de escribir un ingenioso y rutilante artículo literario sobre cualquier tema, lo mismo sobre Julio Iglesias que sobre un restaurante del barrio de Lavapiés. Los restaurantes, por cierto, ocupan un lugar destacado en el libro. Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida se titula tu anterior publicación y no cabe duda de que a Peyró le gusta comer bien y beber mejor y que sabe dónde hacerlo. Tampoco falta el elogio del tabaquismo, y parece que considera la prohibición de fumar en lugares públicos como una de las peores herencias del zapaterismo.

            El personaje que protagoniza Ya sentarás cabeza, con su clasismo que a veces no se esfuerza en disimular, irritará sin duda a muchos lectores. Una de sus grandes éxitos en el periodismo lo consiguió porque en un restaurante se puso a su lado “una mesa de notable del PSOE”; tuvo el oído atento y luego contó todo lo que hablaron, “con gráfico de los sitios incluido”. Fue su segunda noticia de apertura, según nos dice. Añade que lo que más le extrañó fue, no que se expresaran con tanta libertad en un lugar público, sino que “unos socialistas tan destacados vayan a cenar a un sitio de ese precio –Sushi 99 es muy caro-- en plena crisis”. Al lector lo que le sorprende es que el periodista Peyró, que en algún lugar se queja del retraso en ingresarle la nómina y en otro nos informa de que un jefe le “gratifica” con un sobre en el que hay un cheque regalo de El Corte Inglés, cene en tales lugares sin que le parezca necesario explicarlo.

            No es un personaje de una pieza Ignacio Peyró, actualmente director del Instituto Cervantes de Londres (el mejor destino para quien ha escrito esa prodigiosa enciclopedia de la cultura y la vida inglesas que es Pompa y circunstancias). Por eso Ya sentarás cabeza disgustará a los lectores más ortodoxos de uno y otro lado del espectro ideológico. “Lo bueno de ser un escritor conservador –ha escrito aplicándose a sí mismo la ironía, algo que hace con frecuencia-- es que los contrarios no te quieren y los tuyos te detestan”. A Peyró podrá no querérsele, podrá incluso detestársele por algunas de sus afirmaciones, pero lo que parece imposible es no admirarle. Ya sentarás cabeza, no importa si irregular y excesivo como toda buena miscelánea, lo sitúa en la primera fila de los diaristas contemporáneos.

martes, 20 de octubre de 2020

Que viene el lobo

 

Mudanza del isonauta
Jorge Riechmann
Tusquets. Barcelona, 2020.

“Voz que clama en el desierto” la de Jorge Riechmann, como la de las antiguos profetas bíblicos. En verso y prosa, no se cansa de avisarnos de la inminencia del fin del mundo. Mudanza del isonauta, que lleva por subtítulo “Enkráteia”, pretende ser una advertencia, otra más, contra los riesgos del cambio climático. Una de sus secciones se titula precisamente “Zarandeo a Walter Benjamin en la era del cambio climático”. A Riechmann parecen gustarle especialmente los títulos que contradicen las expectativas del lector de poesía: “Margaret Thatcher no pillaba los chistes” o “Leyendo los Grundrisse en el final de los tiempos”. También anota sus poemas como si fueran ensayos, incluso llega a copiar íntegro, al final de “Poder y no poder”, uno de los epílogos (el libro cuenta con casi media docena), un artículo de Esther Vivas acerca de Podemos aparecido en Público.es en 2014. En uno de los breves textos que integran cada una de las partes del libro, se pregunta el autor, consciente de la extrañeza de mucho lectores: “Esto no es / literatura / y quizá tampoco poesía. ¿Desde / dónde escribes entonces?”. Pero lo que escribe Riechmann podrá no ser poesía, pero siempre es literatura y casi siempre excelente literatura.

            Mudanza del isonauta pretende tener la eficacia de un panfleto, cambiar conciencias y conductas, hacer que la humanidad –o al menos el mundo occidental-- modifique su rumbo para evitar que dé un paso más en el abismo. Pero un panfleto, como cualquier intervención política, debe ser oportuno. Mudanza del isonauta no lo es. El ritmo lento de la colección de poesía en que aparece hace que unos poemas redactados antes de 2015, según se deduce de las referencias del autor, aparezcan el 2020, cuando el riesgo del cambio climático parece un problema menor, como todos los otros problemas, salvo uno. Jorge Riechmann nos advierte de un inminente fin del mundo cuando parece que nos encontramos ante otro fin del mundo –o al menos de nuestro mundo-- que ningún profeta vio venir. ¿Ninguno? A la posibilidad de esa amenaza imprecisa alude Riechmann: “No hay afueras / dijo Derrida / Solo espejos / que se reflejan en espejos / reflejados en otros espejos / ¿Y cuál será entonces a la postre / la Gran Pedrada que por fin rompa el juego / de la infinita Semiosis? / ¿El cénit del petróleo / el apocalipsis climático / o alguna gran pandemia?”

            Salvo en el prólogo y los epílogos, los poemas de Riechmann no llevan título, pero al final, entre paréntesis y en negrita, aparece lo que unas veces podría considerarse tal y otra es un comentario o una dedicatoria. “¿Y cuál será entonces la Gran Pedrada?”, se pregunta al final del texto copiado anteriormente. Después de tanto gritar “que viene el lobo, que viene el lobo”, como el pastor del cuento, parece que lo que vino fue una alimaña muy distinta y que, al intentar cazarla, se causaron bastante más destrozos de los que ella misma causó. Pero Mudanza del isonauta es algo más que una reiterada y más o menos ingeniosa y documentada jeremiada, algo más que un panfleto de dudosa eficacia fuera del círculo de los ya convencidos; es también el libro de un poeta, a ratos parece que a pesar suyo. Entre tanto sermón y tanto dato, de pronto nos encontramos con un texto como el siguiente: “Cae un copo de nieve sobre el agua / Una vida humana se deslíe / Hablo de un singular copo de nieve cuya estructura única bellísima se pierde / Una vida cae girando se funde se deshace se desdice / se apaga como el cuchicheo de una estrella”. En la anotación final, que podría ser el título, leemos: “Perseidas en la noche de agosto”. Riechmann ronda a menudo la esencialidad del haiku o escribe directamente haikus: “Silbo del viento, / zumbido de las moscas /--mente en silencio”.

            Denuncia, apuntes líricos y algo de libro de autoayuda encontramos en Mudanza del isonauta. La denuncia parece parodiarse a sí misma en uno de los poemas: “143 por ciento / es el incremento del dióxido de carbono atmosférico / con respecto a los niveles preindustriales / 254 por ciento / es el aumento del metano / Todos los años decimos que el tiempo se está agotando / declaró Michel Jarraud / director de la Organización Meteorológica Mundial / al presentar estos datos / Nos estamos adentrando en terreno desconocido / a una velocidad de vértigo dijo el mismo sujeto”. Pero en la habitual acotación final entre paréntesis nos indica: “datos de la OMM en 2015 referidos al año 1750”.

            Las anotaciones líricas buscan el minimalismo: “Olor a café / olor a pan tostado / olor a ti / mejor desayuno / que el que viene después”, “Agua en el agua… / Si el ego se disuelve, / qué transparencia”, “¿Construir pirámides / o tender la hamaca en tal rincón / y luego en aquel otro / sin dejar otro rastro que el del sueño en el bosque. Los aforismos esparcidos acá y allá (“qué difícil es ver lo que tenemos delante de los ojos”, “el sentido de la vida es vivirla”) no eluden la obviedad: “la comunicación humana está hecha de malentendidos”. En Jorge Riechmann el poeta está al servicio del militante y eso no favorece demasiado su poesía ni tampoco quizá la buena causa –salvar al mundo del capitalismo depredador-- que con tanto empeño defiende.

jueves, 15 de octubre de 2020

Hoy es ayer

 

José Carlos Llop: una conversación
Daniel Capó / Nadal Suau
Elba. Barcelona, 2020.
 

A cierta altura de la vida literaria, o de la vida simplemente, conviene hacer un algo en el camino y volver la vista atrás. José Carlos Llop (entonces Josep Carles Llop) comenzó como poeta con “De ‘Lápida e indicio en Fez”, una serie de poemas, muy en la línea del vanguardismo culturalista novísimo, publicados en 1976 en la revista Papeles de Son Armadans; luego se hizo diarista con La estación inmóvil (1990) y más tarde, tras publicar dos libros de relatos, novelista con El informa Stein (1995); desde muy pronto comenzó a colaborar en los periódicos y de esos artículos nos ofreció una muestra en Consulados fantasmas (1996). Unifica su obra -sea cual sea el género-- una inconfundible voluntad de estilo, un mundo a la vez muy antiguo y muy moderno, y un crecimiento en espiral en torno a unos pocos temas: la infancia, transcurrida como todas las infancias en un país que ya no existe, el País de Nunca Jamás; las perplejidades de la adolescencia; la genealogía familiar; una ciudad, Palma, de la que se ha convertido en el mejor cronista; una Mitteleuropa leída y soñada, de la que de algún modo se siente ciudadano; la nostalgia de una época, de una manera de vivir que quizá solo haya existido en la coloreada ficción de la memoria y la literatura.

            El punto de partida de la conversación que Daniel Capó y Nadal Suau mantienen con José Carlos Llop es la admiración y la gratitud. El escritor, bibliotecario de profesión, ha vivido siempre en Palma y allí ha ido levantando una obra a la vez muy local y muy universal. Los jóvenes escritores, cuando se cruzaban con su figura (“tan Modiano, tan Visconti”, escriben los entrevistadores) veían en él un modelo a seguir, un ejemplo que pronto se convertiría en generoso maestro.

            Una conversación es un libro muy literario, como todo lo que toca Llop (se adivina que las charlas transcritas han sido cuidadosamente reescritas); contiene páginas admirables: evocaciones de ciudades (París, Burdeos, Venecia), de escritores admirados (Connolly, Jünger, el olvidado Bernard Frank); del padre, que fue general y gobernador militar de Baleares, gran lector de la Biblia... También hay algo más: como en ningún otro lugar de la obra de Llop: la persona se asoma  con cierta frecuencia por detrás del literaturizado personaje.

            Nos hace sonreír una vanidad un tanto infantil que le lleva a referirnos una y otra vez sus grandes éxitos en Francia, donde todas sus novelas fueron traducidas y aclamadas por la prensa. Uno de los días más felices de su vida, según nos cuenta, fue aquel en que, invitado a París, se levantó temprano y compró Le Figaro en un kiosco del boulevard Saint-Germain: “Al abrirlo, yo estaba ahí, en una fotografía de un tercio de página, junto a un artículo que hablaba de una novela mía. Ya había ocurrido allí en otras ocasiones, pero yo no había estado allí en ese momento. Luego, por la noche, Le Monde recomendaba también mi novela. Si eso no se parece a la felicidad…”

            Si eso no se parece a la felicidad, pues sería el momento en que le contaron que Seamus Henay, al leer un poema de Llop traducido al inglés, dijo que le habría gustado escribirlo a él. O cuando uno de sus libros tuvo doce o trece ediciones en España, “donde fue finalista del Premio Nacional de la Crítica aquel año, inmediatamente después del libro que lo obtuvo” y además logró “un gran despliegue crítico” en su edición francesa, con una “Mention Spécial del jurado del Prix Mediterranée”. O cuando otro fue reseñado por Javier Goñi en El País. Parece que no escuchamos al autor, sino a su agente tratando de vender alguna de sus obras.

            Pero a José Carlos Llop –creador y recreador de mundos-- le perdonamos esas vanidosas pequeñeces, también que no se olvide de decirnos que considera su novela sobre la educación jesuítica superior a AMDG de Pérez de Ayala o que reproduzca la frase que le dirigió su mujer cuando una noche le vio entrar en el dormitorio procedente del estudio donde escribía los versos catalanes de Quartet: “Tienes la misma mirada de Zhivago en Yaríkino mientras escribe los poemas a Lara y cae la nieve”. Llop lo considera una de las mejores cosas que le hayan dicho nunca, el lector piensa que es una de las cosas más raras que una mujer haya dicho a su marido al verle entrar en el dormitorio.

            El libro admite una lectura psicoanalítica en la que no vamos a entrar y que explicaría, tras su “rebelión” en la Barcelona de los setenta y primeros ochenta (fue allí un estudiante desaplicado que no desdeñó las incursiones psicodélicas del momento), el “regreso al orden” y la obsesión por el éxito, que acabó llegándole a través de Francia, gracias a excelentes agentes literarios, a los que no deja de mostrar su gratitud.

            El personaje creado por los poemas, las notas de diario, la prosa narrativa de Llop (tan sugerente y deslumbrante como el mejor poema) tiene que ver con la persona del escritor, pero a la vez es una construcción imaginaria. ¿Nos defrauda la persona que está detrás y que de vez en cuando se asoma a las páginas de Una conversación? En absoluto. Vanidades y contradicciones le humanizan: dice rechazar “la vida literaria” y, sin embargo, nos da a entender que lo mejor de su vida de adulto ha sido precisamente la vida literaria, las becas, invitaciones, presentaciones que le han llevado a descubrir Burdeos y Beirut, a encontrarse con Modiano y con tantos nombres admirados.

            Humano, demasiado humano se nos muestra Llop en unas páginas a las que no les habrían venido mal unas gotas de autocrítica: arremete contra el mito catalanista de 1714, culpa a las redes sociales de la decadencia contemporánea, repite que ya no se puede escribir nada serio por culpa de la tiranía de los 148 caracteres, afirma que los críticos franceses aman la literatura mientras que los españoles solo se aman a sí mismos… “El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”, habría que repetir una vez más con Hölderlin. Las opiniones particulares de Llop interesan bastante menos que su espléndida literatura.



jueves, 8 de octubre de 2020

Esclava y musa

Valor, agravio y mujer
Ana Caro de Mallén
Edición y prólogo Ana M. Rodríguez-Rodríguez
Instituto Cervantes/ Los galeotes de Almagro. Madrid, 2020. 

El pasado se lee desde el presente. Es el interés actual el que ilumina y saca del olvido a las figuras de otro tiempo. Ana Caro de Mallén, una anécdota en la literatura del Siglo de Oro, una nota a pie de página –o ni siquiera eso-- en los manuales, concita cada vez mayor interés. Fue esclava (en la católica España imperial había niños esclavos) y “décima musa”. Al ser bautizada –en 1601, había nacido algunos años antes--, era esclava de Gabriel Mallén, según consta en los registros eclesiásticos. Luego sería adoptada y desarrollaría una insólita trayectoria en el mundo de las letras, hasta llegar a convertirse en la primera escritora profesional de la literatura española. Escribió, por encargo y bien pagadas, crónicas en verso de fiestas oficiales, formó parte de diversas academias, estrenó diversas obras teatrales, los escritores de su tiempo le dedicaron abundantes elogios, entre ellos el habitual de “decima musa”.

            Su vida –de la que todavía se sabe más bien poco y en la que abundan las conjeturas—parece una novela y en una novela, Amar tanta belleza, la convirtió Herminia Luque, centrándose sobre todo en su relación de amorosa amistad con María de Zayas, la más famosa escritora de su tiempo, pero no la menos misteriosa: Rosa Navarro Durán aventura razonadamente que quizá no fuera una mujer, sino un heterónimo de Castillo Solórzano.

            Desatendida durante siglos, Ana Caro de Mallén es hoy una de las escritoras más estudiadas por la nueva crítica feminista. De las dos obras teatrales que de ella se conservan, se reedita ahora la que lleva un título que vale por toda una proclama: Valor, agravio y mujer. Al contrario que las “relaciones” publicadas en vida por la autora, que hoy se leen con esfuerzo y son mera arqueología, esta “comedia nueva”, en la estela de Lope de Vega, tiene encanto y brío. Si pasamos por alto las convenciones del género –esa mujer que se disfraza de hombre, esos personajes que tan fácilmente se hacen pasar por otros--, encontramos en ella rasgos de insólita modernidad. Seguramente vemos hoy en la obra lo que ni su autora ni los espectadores de entonces vieron –una relación lesbiana--, aunque quizá también ellos intuían lo que estaba en la realidad pero no podía verbalizarse.

            Esta nueva edición de Valor, agravio y mujer –hay otra de 1993 en la editorial Castalia-- está a cargo de Ana M. Rodríguez-Rodríguez, quien nos ofrece un prólogo que resume lo que sabemos de la autora y una anotación que quizá peca de escolar. En el prólogo, se nos indican como obras conservadas de Ana Caro de Mallén algunos autos sacramentales de los que, por lo que sabemos, solo se conservan los títulos. Se describen los manuscritos que se conservan de Valor, agravio y mujer, pero no se habla de las ediciones realizadas en vida o en la época de la autora. Se repite el tópico de que, si conservamos solo una mínima parte de la obra de la autora, ello se debe a que, al morir de peste en 1646, fueron quemados sus papeles. Pero si estrenó con éxito  numerosas obras y fue incluida “en las compilaciones de comedias realizadas por particulares en el siglo XVII, al lado de nombres como Lope de Vega, Calderón de la Barca, Juan Ruiz de Alarcón, sor Juana Inés de la Cruz, etc.”, no es posible que desaparecieran con la limpieza del domicilio tras su muerte. Todavía los archivos pueden reservarnos alguna sorpresa.

            A la hora de anotar un texto, debe tenerse en cuenta para el público al que está destinado. Ana M. Rodríguez-Rodríguez parece dirigirse a un público que ignora quién fue Góngora y por eso cuando en la obra, entre los cordobeses ilustres, se menciona a “don Luis de Góngora” ella anota: ”Luis de Góngora: autor cordobés (1561-1627), probablemente el mejor poeta español del Siglo de Oro (con permiso de don Francisco de Quevedo)”. A una información redundante añade una opinión que no viene a cuento. ¿Se imaginaría Ana M. Rodríguez-Rodríguez que va a leer a Ana Caro de Mallén alguien que ignora quién fue Góngora? Da la impresión de que en ciertas ediciones académicas, o más bien escolares, las notas se ponen no por necesidad, sino siguiendo una heredada rutina. Abundan las notas del estilo de “Camila: vid. supra”, “las espadas negras: vid. supra”, “Luis de Narváez: vid. supra”. ¿Qué sentido tiene anotar que unos términos ya los ha explicado anteriormente? Si el lector, recuerda la explicación, no hay problema, pero si no la recuerda, ¿a qué pedirle que busque y rebusque en las páginas anteriores hasta encontrarla? ¿No sería mejor indicar la página dónde está explicado el término o repetir la aclaración si no es muy extensa?

            En el primer acto de Valor, agravio y mujer nos sorprende un extenso elogio de la ciudad de Córdoba: tras retóricos elogios (“claro archivo de la ciencia, / epílogo del valor / y centro de la nobleza”), se hace recuento de sus hombres ilustres para que el interlocutor, y los oyentes, adivinen de qué ciudad se trata. El último en ser citado es un poeta que había muerto un año antes de que Ana Caro publicara su primera obra: “Mas porque de una vez sepas / cuál es mi patria, nació  / don Luis de Góngora en ella . / raro prodigio del orbe / que la lengua castellana / enriqueció con su ingenio, / frasis, dulzura, agudeza”.

            Este encomio de Córdoba parece indicarnos que la obra se estrenó en esa ciudad, aunque nada se sabe de las representaciones de Valor, agravio y mujer. En cualquier caso, llama la atención –aunque el prólogo no se refiere a ello-- el elogio de un poeta contemporáneo con fama de difícil, algo poco frecuente en las comedias de la época. No es el único rasgo de modernidad –no escasean las referencias metaliterarias--- de esta obra excepcional en la que se defiende la literatura escrita por mujeres y es una mujer la protagonista y quien mueve los hilos de la trama.

            Con ojos de hoy, vemos en la literatura de ayer rasgos que habían pasado inadvertidos y traemos a primer plano nombres de interés –a menudo femeninos, y no por intentar ser “políticamente correctos”-- que la incuria y el prejuicio habían traspapelado.

jueves, 1 de octubre de 2020

Una de los grandes

 

Antología poética
Edna St. Vincent Millay
Traducción de Ana Mata Buil
Lumen. Barcelona, 2020

“Poeta, por ser claro no se es mejor poeta; / por oscuro, poeta, no lo olvides, tampoco”, escribió Rafael Alberti. Pero cada una de esas maneras de ser poeta tiene sus ventajas y sus inconvenientes. El poeta oscuro, el que necesita escolios y exégesis, es el favorito de los estudiosos y le resulta más fácil encontrar un sitio en la historia de la literatura; al poeta claro, al que no necesita intermediarios para llegar al corazón de los lectores, le resulta más difícil, y a veces casi imposible, ser tomado en serio por los críticos.

            Eliot, el Eliot de La tierra baldía, puede ser considerado ejemplo del primer tipo; Edna St. Vincent Millay, la poeta más popular en la Norteamérica de los años veinte y treinta, del segundo. A su temprana fama contribuyó sin duda el personaje: una mujer joven que representaba el nuevo tipo de feminidad en el mundo enfebrecido y cambiante surgido tras la Gran Guerra.

            En contraste con la renovación poética de Eliot, Pound, Wallace Stevens o William Carlos Willians, una mujer que escribía sonetos y baladas, que hablaba impúdicamente de sus amantes, parecía una figura menor y su popularidad producto de la moda. Algo, bastante, de misoginia había también en el mirar por encima del hombro a Edna St. Vincent Millay, a pesar de sus reconocimientos y sus innegables méritos. Ana Mata Buil cita en el prólogo a la espléndida antología que le ha dedicado una frase de Eliot: “Me esfuerzo por mantener la escritura en manos masculinas porque desconfío de lo femenino en literatura”.

            Pero todas las razones extraliterarias que, desde los años cuarenta y tras su temprana muerte en 1950 (había nacido en 1892), habían contribuido a la postergación de la poeta hacen hoy de ella una figura especialmente atractiva. La lectura de esta Antología poética convencerá a los más escépticos de que este renovado interés no se trata de una ocasional moda. Hay en ella una verdad y una maestría que no han envejecido, junto a un puñado de poemas que nos cortan el aliento.

            Ana María Buil conoce bien la figura de Edna St. Vincent Millay (le dedicó su tesis doctoral) y tiene ideas muy claras sobre lo que debe ser la traducción poética: han de respetarse cuanto sea posible los elementos formales, el ritmo e incluso la rima del original. A veces, debido a la connotación de las palabras, no traduce literalmente, busca otro término que en español tenga idénticas connotaciones. Pide por ello que no sea lea el volumen saltando de la versión al original y del original a la versión, como suele ser habitual en las ediciones bilingües: la traducción de un poema requiere atención plena, como cualquier texto literario.

            A veces, como no podía ser de otra manera, la traducción parece solo el borrado de un poema, pero no escasean los poemas memorables que funcionan en español como si se hubieran escrito en esa lengua. Cito algunos: “Primavera”, “Lamento”, “Árboles de ciudad”, “Elegía antes de la muerte” o “Hasta que se consuma el cigarrillo”. de Segundo abril (1921). Resulta curioso comparar “Elegía antes de la muerte” con “El viaje definitivo” (“Y yo me iré, Y se quedarán los pájaros cantando”), de Juan Ramón Jiménez. Dos maneras distintas de tratar idéntico tema sin que ninguno de esos poemas desmerece ante el otro. “Hasta que se consuma el cigarrillo” es un soneto y muestra bien cómo esa estrofa que tanto se presta al sonsonete consabido es capaz de adquirir en mano de Edna Millay –que la cultivó toda su vida-- resonancias nuevas.

            La “Balada de la hilandera del arpa” es otro ejemplo de cómo no es necesaria la innovación formal para conseguir poemas que sean algo más que recreación arqueológica de la poesía tradicional. Ana María Buil ha conseguido el prodigio de que la musicalidad de esa conmovedora balada no se pierda en español.

            No era menor la maestría de Edna Millay en el verso libre, como demuestra “Que nunca se recoja el fruto” y tantos otros poemas.

            Bastaría el “Canto fúnebre sin música”, incluido en El ciervo en la nieve (1928), para que Edna Millay tuviera un lugar en cualquier antología de la poesía universal. Pocas veces se ha escrito una elegía tan escuetamente conmovedora.

            En la vida de la poeta, hubo dos vidas y ambas dejaron huella en su poesía. Corresponde la primera a los años vividos en el neoyorquino Greenwich Village, a la bohemia y un tanto escandalosa juventud, a los impúdicos –para la época-- poemas de amor y a los desenfadados epigramas, como “First fig”, “Primer higo” (el título alude a una cita bíblica), que Buil traduce como “Primer fruto”. En la segunda etapa, casada con el político Eugen Boissevain, residió en Steepletop, una granja cerca de Austerlitz, en el estado de Nueva York, hoy dedicada a su memoria, y la naturaleza –y el compromiso político-- adquirieron nueva presencia en su obra.

            Algunos de los poemas políticos de Edna Millay pueden resultar circunstanciales estar demasiado ligados a determinadas circunstancias históricas. No es el caso de “Apóstrofe al hombre” o de “Objetor de conciencia”, incluidos ambos en Vino de estas uvas (1934), escritos ambos cuando la perspectiva de otra guerra se iba haciendo más y más evidente y que siendo tan vigentes ahora como entonces. De estilo muy distinto es “El cervatillo”, incluido en el mismo libro.

            Hablamos de dos épocas, pero Edna Millay fue siempre una poeta plural, atenta a los grandes temas, el amor y la muerte, al tiempo circular de la naturaleza y a las turbulencias de la historia. Desde muy joven –desde que se dio a conocer en 1912 con el poema “Renacer”-- demostró su virtuosismo en todos los resortes de la escritura poética, pero nunca quiso hacer exhibición de ello: escribía para llegar directamente al corazón y a la inteligencia de los lectores. Y sigue llegando.

            Cito un poema más, en esta antología de la antología preparada por Ana Mata Buil: “Gorriones (Washington Square)”, descripción de un amanecer neoyorquino, un minimalista canto de amor a la ciudad.

            Edna St. Vincent Millay fue todo un personaje, pero fue también algo más: uno de los nombres fundamentales de la poesía contemporánea. Muchos de sus poemas siguen tan vivos y heridores hoy como en el momento en que fueron escritos, y no solo en el original sino también en esta traducción al español gracias al buen hacer de María Mata Buil.  

jueves, 24 de septiembre de 2020

Música vista

 


Escrito en el aire. Aforismos, 1975-1995 
Ángel Crespo 
Edición y prólogo de Manuel Neila 
Apeadero de Aforistas / Thémata, Sevilla, 2020. 

No cabe duda de que Ángel Crespo fue un escritor excesivo. Sus publicaciones darían para nutrir la bibliografía de media docena de autores. Comenzó a divulgar la obra de Fernando Pessoa ya en los años cincuenta, antes que nadie, pero no se limito a ser un traductor del creador de los heterónimos, sino que le dedicó estudios fundamentales y con su edición y organización contribuyó al éxito de El libro del desasosiego. También Eugénio de Andrade, tan influyente en la poesía española, tuvo en Ángel Crespo su primer embajador. Y junto a la poesía de lengua portuguesa, otras muchas, entre las que destaca la poesía italiana, con la traducción de La divina comedia como más laureada labor.

            Traductor infatigable, estudioso ejemplar, Ángel Crespo era ante todo poeta, con una primera etapa en la que dio un toque personal a la poesía realista y comprometida de los años cincuenta. Se inició en el postismo y nunca olvidó las enseñanzas de la vanguardia. Como tantos otros poetas de su generación, a mediados de los años sesenta entró en un período de silencio, Fue una crisis estética acompañada de un cambio vital. La asfixia del franquismo le llevó al exilio. En Puerto Rico se convirtió en profesor universitario de literatura (en España habría sido imposible: era licenciado en Derecho). Cuando volvió, ya con la democracia, el clima estético y vital era otro. Su poesía, mágica y mítica, en constante metamorfosis, enlazaba con la revolución novísima, aunque sin caer nunca en pedantescos excesos culturalistas ni cultivar la gratuita “destrucción” del lenguaje.

            La muerte de Ángel Crespo en 1995, no interrumpió su presencia ni sus publicaciones. Pilar Gómez Bedate, constante colaboradora, fue dando a luz una importante obra inédita. Ahora Manuel Neila, cultivador y estudioso del género, recopila por primera vez en un volumen los aforismos completos de Ángel Crespo. En vida publicó dos breves volúmenes, Con el tiempo, contra el tiempo (1978) y La invisible luz (1981), ambos aparecidos en El toro de barro, la colección de poesía que dirigía en un pueblo de Cuenca, Carboneras de Guadazaón, uno de sus compañeros de la aventura postista, el poeta Carlos de la Rica, una especie de Jean Cocteau manchego. A esas dos colecciones, les añadió otra al reproducirlas en El ave en su aire, recopilación de la poesía escrita entre 1975 y 1984. Pilar Gómez Bedate publicó en 1998 los inéditos de La puerta entornada.

            Los aforismos, convertidos en moda, son rechazados hoy por bastantes lectores. Raro es el poeta que no publica –hay varias colecciones dedicadas exclusivamente a ellos-- su colección de peregrinas ocurrencias, a menudo meras banalidades, y más raro todavía el que no insiste con volúmenes igualmente intercambiables. Ángel Crespo representa otra manera de entender el género. Escrito en el aire, que es el título que quiso dar a sus aforismos completos al incluirlos en una recopilación de su poesía, sorprenderán a la mayoría de los lectores. Agrupados en breves series, con título propio (a menudo reiterado), oscilan entre el género reflexivo y el poema en prosa que insiste en la sinestesia y en las sorprendentes comparaciones. Copio el comienzo de “Música vista”: “Beethoven: púrpura, añil y oro; Schubert: azul y granate; Schumann; violeta y negro brillante”. Todas las series dedicadas a la música se alejan de lo convencional: “Frescobaldi escribía desde lo alto del retablo del altar mayor; Correa de Arauxo, del lado de la epístola; Vitoria, en el confesionario; Perosi… entre concilio y concilio vaticano”.  No menos imaginativas y brillantes resultan las series de aforismos dedicadas a los escritores. La titulada “Medios de locomoción” dice así: “El duque de Rivas escribía en calesa. Espronceda, a caballo. Bécquer, en la barca de Lohengrin, pero con otra música. Zorrilla, en una tartana, pero tirada por un pura sangre. Núñez de Arce, en un tren de cercanías”.

            Hay otros aforismos de formato más habitual (generalmente con el título de “Para un arte poética” o “Decires”), pero nunca se incurre en lo obvio ni en la fácil moraleja. Ángel Crespo gusta de darle la vuelta al sentido común, de mostrarnos el revés de la realidad. Como estudioso y como creador, con los años fue acrecentando su interés por el ocultismo y los márgenes de la realidad. Su continuo afán de metamorfosis, lo explica en alguna anotación: “Estuve a punto de romper el poema recién hecho cuando me di cuenta de que se parecía demasiado a la poesía de alguien. Cuando comprendí que era a la mía, lo rompí”. Y su incansable dedicación a la crítica y a la traducción en otra: “Ser generoso: dedicar un día a nuestra obra y una semana a la de los demás, que no es obra ajena”.

            A Manuel Neila hay que agradecer que haya puesto en circulación la un tanto olvidada labor aforística de Ángel Crespo. Si algún reparo se le podría poner como estudioso y editor es que gusta más de las discutibles afirmaciones generales (habla de la “máxima neoclásica” a propósito de La Rochefoucauld) que del cuidado del detalle: los aforismos de Con el tiempo, contra el tiempo, publicado en 1978, no se escribieron entre 1975 y 1984, como reiteradamente señala, y entre las “ediciones de poesía”  no pueden incluirse ni las Cartas a Eugénio de Andrade ni Guerra en España, aunque el error no sea exclusivamente suyo: lo copia de la bibliografía incluida en El ave en su aire. Pero estos reparos menores no disminuyen el interés del volumen ni el mérito del benemérito estudioso del aforismo.

           

jueves, 17 de septiembre de 2020

Descenso y gloria

 


La hora del jardín
José Luis Parra
Selección y prólogo de Susana Benet
Renacimiento. Sevilla, 2020. 

Un libro póstumo de un poeta que en vida publicó ampliamente, como es el caso de José Luis Parra (1944-2012), suele tener un interés menor, no pasar de simple curiosidad para los lectores más fieles. Y si los papeles inéditos caen en manos de lo que se ha dado en llamar “un académico”, esto es, un profesor universitario, el resultado puede constituir un ilegible y filológico desastre: los borradores no se distinguirán de los poemas acabados, en nota se nos indicarán las palabras tachadas y entre corchetes la coma o tilde que el editor ha creído conveniente añadir.

             Afortunadamente, no es el caso de La hora del jardín, que ha contado con la colaboración de una poeta, Susana Benet, muy cercana vital y literariamente a José Luis Parra. Ella guardaba los inéditos, ella los organizó, ella puso título –tomado de uno de los poemas-- al conjunto. Parra era muy consciente de que un libro de poemas es algo más que una reunión de poemas, aunque estos puedan y deban funcionar autónomamente. En el prólogo, cita Susana Benet una conferencia de Parra en la que este comparaba la organización de un libro al montaje cinematográfico: a veces hay que sacrificar poemas que chirrían en el conjunto final y, según los organicemos, el libro tendrá uno u otro sentido.

            Los poemas de La hora del jardín se escribieron entre 1997 y 2012, durante los últimos quince años de la vida del poeta. Hay algún texto menor, como el muy explícitamente titulado “Divertimento”, pero el conjunto está lleno de piezas memorables.

            José Luis Parra dedicó su vida, aparentemente, a la autodestrucción, como los bohemios finiseculares, pero en realidad a la amistad, al amor, a la poesía y a la indagación sobre el sentido de la existencia. En uno de los poemas se considera “De la estirpe de Pessoa”, según indica el título: “Soy uno y soy multitud. / Quiero vivir, quiero morir. / No: no quiero vivir, ni tampoco morir. / No puedo renunciar ni al Todo ni a la Nada. / Ser y no ser al mismo tiempo. / He aquí el auténtico problema”.

            Su pesimismo, presente en tantos poemas (baste el memorable ejemplo de “Nochebuena 2009”), trasciende la anécdota biográfica (“Has dedicado / tu vida a destrozarla”, comienza uno de los textos), es el pesimismo del ser humano concebido como “ser para la muerte”. Pocos poetas han sabido expresar ese hecho con tanta verdad y tanta desolación. E incluso con humor, como en “Buen provecho”: “Dejemos que la vida nos cocine / a fuego lento / y no nos queme. / Si somos un menú para la muerte / que encuentre nuestra mesa dispuesta y ordenada, / servidos y en su punto / el orgullo, la entereza, / y venga cuando quiera la bulímica insaciable / y nos engulla y se enriquezca”.

            Pero hay también en el libro espléndidos poemas de amor. El más original de ellos –aunque la originalidad no siempre pueda considerarse una virtud-- es el titulado “Transfundido”: el autoerotismo como la culminación del amor compartido. Y una vocación de felicidad a pesar de todo, un “carpe diem” que se atiene a los pequeños detalles cotidianos.

Memorable es el poema “El vaso de agua”, un tema que ha tentado a tantos poetas –hay incluso una antología sobre él--, y al que Parra sabe darle su toque habitual de cotidianidad y magia: “El vaso de agua fresca, / bebido con fervor poco antes de acostarme, / guarda la luna inocente de una terraza, / los grillos del verano, / un rocío pequeño, una acendrada luz… / Que en los turbios descensos de la noche, / en su opaca corriente, / esta sábana leve de manantial murmullo / preserve mi equipaje / de claridad, / mi sed de transparencia”.           

            Otro poema, “Plenitud otoñal”, contrapone la “amarga decadencia” de la que dan fe tantos textos, a la “corriente viva”, a la “enigmática claridad” de la que es símbolo el rumor del agua “entre el verdor enmarañado, umbrío / de unas peñas”.

            Poeta de la desolación José Luis Parra, pero también de la salvación por el amor y la belleza del mundo, a la que basta para mostrarse “un buen día de sol / en pleno invierno” o la “brisa de primavera / y sol sobre las mesas / anaranjadas, / vacías, / en la terraza acogedora / de un bar”.

            La hora del jardín es un libro de José Luis Parra, uno de los más secretos y vivos poetas de su generación (una generación bifronte: es la de Pere Gimferrer y la de Eloy Sánchez Rosillo), al que, sin necesidad de añadirle una línea, le ha dado el último toque Susana Benet, uno de los nombres esenciales de la poesía de hoy y también, por la muestra, editora ejemplar.

           

jueves, 10 de septiembre de 2020

Cara y cruz de González-Ruano



César González-Ruano en blanco y negro
Marino Gómez-Santos
Renacimiento. Sevilla, 2020.
  
De César González-Ruano, quizá el más conocido de los escritores de su tiempo, nos interesa menos su literatura, con ser esta nada desdeñable, que el personaje. A la manera de sus émulos Camilo José Cela y Francisco Umbral –y en la estela del gran maestro, Salvador Dalí-- cultivaba el escándalo como la más rentable forma de autopropaganda en la hipócrita sociedad franquista. Ningún escrúpulo moral le detenía ante la posibilidad de hacer caja, aunque luego despilfarrara –hablo de González-Ruano, no de los otros-- en un día lo que había conseguido el día anterior.
            En las distancias cortas del periodismo, González-Ruano, que no acababa de dar la talla en la novela o en la poesía, carecía de rival. También en los escritos autobiográficos o en los retratos al minuto de los escritores con los que había convivido o simplemente conocido de refilón. Era maestro en el arte, inventado por Juan Ramón, de la caricatura lírica y feroz.
            Marino Gómez-Santos, otro escritor que es también un personaje, nada más llegar a Madrid dispuesto a abrirse camino en el mundo literario –su primera parada fue, como no podía ser de otra manera, el café Gijón--, se convirtió en el discípulo predilecto de César González-Ruano. La amistad terminó, por esos malentendidos y rivalidades propios entre escritores, a finales de los cincuenta. Ahora, cumplidos o a punto de cumplir sus noventa años, Gómez-Santos le rinde un homenaje que algo tiene de ajuste de cuentas.
            El libro se basa en varias fuentes: las muchas páginas que anteriormente le dedicó, como no podía ser de otra manera (en especial la entrevista, de 1957, recopilada en Españoles en órbita: la versión rosa de lo que ahora nos cuenta en blanco y negro); los recuerdos de la mujer del escritor, Esperanza Ruiz-Crespo, y de su primera hija, con las que Gómez-Santos tuvo trato; diversos epistolarios, hasta ahora inéditos, el más importante de los cuáles es el intercambiado con Gregorio Marañón.
            Deja fuera Gómez-Santos lo que más nos interesa hoy de la vida de González-Ruano, el agujero negro de su biografía: “No trataré de investigar su vida en París, por falta de pruebas y para no incurrir en los despropósitos de aquellos que lo han intentado sin lograr más que vanas divagaciones”.
En el París ocupado, González-Ruano traficó en el mercado negro (llegaría a ser detenido por la Gestapo),  se aprovechó de la situación vulnerable de los judíos y hasta es posible que se dedicara a denunciar a los que antes había saqueado. Un libro de Rosa Sala Rose y Placid García-Planas, El marqués y la esvástica, se ocupa de estas cuestiones que a Gómez-Santos no parecen preocuparle demasiado. También se alude de pasada a ciertos negocios del escritor en la España franquista, como los permisos que se le concedían para la importación de coches extranjeros, que luego de inmediato revendía, y que le sirvieron para mantener el palacio que le regalaron en Cuenca para que promocionara la ciudad.
            Marino Gómez-Santos prefiere centrarse en otras cuestiones, como las referidas a la vida sexual del personaje (insinúa que era menos don Juan que voyerista Onán, al menos en sus últimos años), o a sus trapacerías de escritor.
            Aunque algo descacharrado y necesitado de una revisión (en la página 147 confunde el serio y aburrido semanario El Español con la divertida y llena de colorines La Estafeta Literaria), el libro de Gómez-Santos se lee con el mismo gusto y provecho que una buena novela picaresca. Cierto que algunas de las anécdotas de la vida bohemia que nos cuenta son un poco de aluvión y circulan por ahí atribuidas a diversos personajes. La que se cuenta en las páginas 38-40, por ejemplo, atribuida a Manuel Bueno en otros lugares aparece protagonizada por Gómez-Carrillo, otro periodista brillante y sin escrúpulos.
            En varios capítulos se refiere Gómez-Santos a las entrevistas de González-Ruano, que fueron el modelo de las que a él pronto le harían famoso. Reunió las primeras en Caras, caretas y carotas, un libro de 1930, y las últimas en Las palabras quedan, de 1957. Gómez-Santos parece haber olvidado la existencia de este último volumen, ya que no lo menciona ni una sola vez y en cambio escribe: “No alcanzó a pensar entonces, aunque tenía muy desarrollado el instinto para obtener el mayor fruto posible de cuando escribía, la posibilidad de publicar una antología de los retratos literarios, extraídos de sus ‘Conversaciones’ de Arriba, todos muy afortunados”.
            A algunas de esas entrevistas, realizadas entre 1952 y 1955, le acompañó Gómez-Santos como escudero o aprendiz y ahora, tantos años después, aprovecha para desvelarnos algunos secretos de taller: la entrevista con Gregory Peck, a quien apenas pudieron saludar en el hotel Fénix, es totalmente inventada (y no por eso deja de ser una excelente entrevista).
            El libro termina con la paradoja de que fuera un antiguo futbolista, Miguel Pardeza, quien le rescatara del olvida y recopilara en monumentales volúmenes, gracias a la fundación Mapfre, todos los artículos dispersos del escritor. El último capítulo de esa historia póstuma, la damnatio memoriae, el borrado de su nombre de una fundación, un premio y una calle no parece haber llegado al conocimiento de Gómez-Santos.
            Se ha borrado de muchos lugares el nombre de González-Ruano, pero no se le puede borrar de la historia de la literatura, en la que ocupa un sitio cierto y mayor, aunque sea en un género tradicionalmente considerado menor.
            Ajuste de cuentas con quien fue su maestro, y a quien pronto creyó superar (y quizá superó en el arte de la entrevista extensa y bien argumentada y documentada, un arte en el que Gómez-Santos carece de rival), este libro tiene también mucho de autorretrato. La imagen final que nos deja de González-Ruano se resume en un verso de Antonio Machado: “tal un imán que al atraer repele”. Y viceversa.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Pessoa cazafantasmas



Lo invisible
Rui Lage
Traducción de Juan Ramón Santos
Posfacio de Pedro Serra

¿Es realmente Fernando Pessoa el protagonista de Lo invisible, la primera novela del poeta, crítico y traductor Rui Lage? Aparentemente sí: ese es el nombre del protagonista, que tiene su despacho en la Rua dos Doradores, que ha pasado su infancia en Sudáfrica, que es el creador de los heterónimos (incluso uno de ellos, Alexander Search, tiene un cierto papel en la trama), que está enamorado de Ofélia…
Pero pronto nos damos cuenta de que poco o nada tiene que ver con el personaje real, que el autor se ha despreocupado de cualquier rasgo de verosimilitud. Baste un ejemplo. El protagonista de la novela mantiene una relación con la joven Hanni Jaeger, después de que esta abandonara al mago Aleister Crowley, protagonista de un falso suicidio, que causó cierto escándalo en su momento y con el que el verdadero Pessoa y el periodista Augusto Ferreira Gomes tuvieron algo que ver. La Hanni Jaeger de la novela trabaja en un cabaret lisboeta y el protagonista mantiene una relación con ella: “En un arrebato, Pessoa la agarró por la cintura y la hizo ponerse de pie. En lo que Hanni se desabrochaba los botones de la blusa, él ya se había soltado el pantalón y dejado caer los pantalones. Le clavó los dedos en las nalgas agarrando hacia sí los firmes muslos, la levantó con una fuerza insospechada, la llevó de espaldas hasta apoyarse en una columna y la penetró debajo de las hojas de acanto policromadas y los viñedos de cantería posdiluvianos mientras le metía la lengua en la boca”.
Si se nos contara como una fantasía erótica del personaje –al estilo de las que aparecen en alguno de los poemas ingleses de Pessoa--, tendría alguna justificación, pero tal como se nos cuenta rompe cualquier semejanza.
            Claro que la verosimilitud que se debe pedir a un relato fantástico no es la misma que se exige a un relato realista. Quizá mejor que de verosimilitud habría que hablar de coherencia interna. Lo invisible carece de ella. Por un lado es una novela con ambición literaria, escrita en un lenguaje que no desdeña la frase brillante ni la calidad de página; por otra parte, parece un guion para una de esas películas de fantasía y terror para adolescentes que nos hacen reír cuando pretenden dar más miedo. Baste un ejemplo. Para acabar con los malignos hechizos que están en el centro de la trama, Pessoa penetra en una cueva custodiada por un dolmen. Tras lo que parece un viaje iniciático por el subsuelo, escucha una voz tenebrosa que lo deja paralizado. “¿Quién se presenta en mis dominios? ¿Quién me demanda?”, escucha. Y cuando esperamos encontrarnos a una criatura demoníaca, o al mismo señor de los infiernos, lo que vemos es un jabalí sentado en un trono: “Remataba su cabeza un yelmo de bronce formidable: tenía encima un gran cuervo de metal con las alas abiertas. El pelo cerdoso, que había sido de color ceniza oscuro, se veía descolorido, cubierto de manchas blanquecinas en el pecho, allí donde no estaba cubierto por la cota de malla. Atado al cuello tenía un collar con media docena de manos humanas reducidas a huesos. Por las piernas le trepaba un ejército de hongos, de setas y de moho. Un enjambre de insectos rondaba su enorme cabeza y, al posarse, chupaban del hocico húmedo, sobre el que se emparejaban dos ojillos enterrados de color rojo sangre, uno de ellos opaco, sin duda ciego. Echada sobre su hombro tenía una larga lanza con punta de bronce y, apoyado en la rodilla, un escudo de madera estallada, con correas de cuero, donde aún se distinguía la forma de una luna creciente en medio de un sol. Por debajo del vientre, el pene era una larga babosa que colgaba flácida”.
Pessoa le entrega al “terrorífico” monstruo, para congraciarse con él, “una ristra de talismanes y artefactos” y “”un saco de bellotas de roble que saca de su mochila” (¡Pues menuda mochila sería esa!, pensamos). Pero el monstruo quiere algo más: “¡Quiero tu mano derecha!¡Córtatela y dámela para que me la coma antes de que te devore entero, insecto!”
            No se trata de una parodia ni de un texto que pretenda ser humorístico. Rui Lage escribe su novela muy en serio, aunque el lector pronto deje de tomársela en serio. En el último capítulo –“lo invisible luchaba por hacerse visible”-- asistimos a una aparición: “Delante de él, flotando sobre el suelo, tomaba forma un cuerpo de mujer. Un cuerpo traslúcido a través del cual se vislumbraba, como a través de una gasa, lo que estaba detrás. De estatura baja, pero bien torneado, surgía envuelto en un halo de mármol. Tenía las manos cruzadas sobre el bajo vientre y la cabeza inclinada hacia las tablas del suelo. En vez de acatar la ley de la gravedad, los mechones de pelo flotaban como algas negras animadas por corrientes marinas. Era Ofélia Queirós. Su fantasma”.
            Ofélia ha sido convertida en fantasma por la intervención de Alexander Search cuando protagonizaba con Pessoa una sesión espiritista. No importa que la verdadera Ofélia muriera en 1991. Bueno, no le importa al autor porque los lectores no entendemos qué pinta, allá por 1931, en el trasmundo ni en ese último capítulo.
            Sin las referencias a Pessoa, Rui Lage podría haber escrito una novela de género con cierto interés en la evocación del mundo indígena sudafricano de finales del diecinueve y en el contraste entre la sociedad lisboeta de los años treinta y una aldea apartada de Tras-os-Montes. Pero incluso en una novela de las que antes se llamaban de kiosco o en el guion para una película de la serie B, debería haber cuidado más lo detalles. El investigador privado de fenómenos paranormales acepta desplazarse a un remoto y rústico lugar  porque el cura que le hace el encargo dice ser “el heredero único y amado de un tío establecido en Bahía, donde había hecho fortuna azucarando paladares europeos”. Al final no le paga, al no declararse insolvente. El protagonista debería haberlo sospechado: dijo que era heredero, no que hubiera heredado.
            En el último capítulo hace su aparición, como ya hemos señalado, el fantasma de Ofélia, aunque el gran amor de Pessoa parece ser Hanni Jaeger. En el penúltimo, se nos dice, de críptica manera, que el sacerdote que encargó resolver el caso de las terroríficas apariciones en la aldea acabó suicidándose, sin que se nos informe de por qué: “Un año después, en un aliso vetusto cuyas raíces cubrían la base del puente en busca de la corriente, Amadeu sería encontrado con los pies balanceándose en el arpa del viento. El cuello inclinado sobre el pecho, amarrado a la punta de una cuerda. Y hormiga, muchas hormigas”.
            El epílogo, “Psicopompografías”, de Pedro Serra, parece tomarse en serio este pretencioso disparate y trata de razonar sus ocurrencias, demostrando al hacerlo un buen conocimiento de la obra de Pessoa.
Pero a esta novela, aunque curiosa y con páginas no desdeñables, en conjunto es difícil salvarla. Quien la leyó, movido por la pasión pessoana, lo sabe.
           

jueves, 27 de agosto de 2020

El bosque y yo



Los árboles te enseñarán a ver el bosque
Joaquín Araújo
Prólogo de Manuel Rivas
Crítica. Barcelona, 2020.

Joaquín Araújo, conocido divulgador de la flora y la fauna española, heredero de Félix Rodríguez de la Fuente, ha escrito un libro que es a la vez manifiesto en defensa de la naturaleza (que él llama Natura), autobiografía autopromocional y antología poética.
            Aunque el libro incluye abundantes versos de cosecha propia, en algún caso reiterados, destacan sobre todo las citas y los poemas de otros autores, una verdadera antología universal sobre el árbol y los bosques. Cuando mejor funcionan estos poemas o fragmentos de poemas ajenos es cuando se integran en la prosa. El autor cura a un corzo herido por su mastín y luego procede a liberarlo: “De nuevo en brazos lo acerqué al borde del bosque y lo dejé en el suelo. Se levantó, dio tres o cuatro pasos y se paró para mirarme. Estoy seguro de no haber recibido un agradecimiento más hermoso en mi vida. El tímido, bello, poético corzo con ojos de rara caoba me regaló en el lenguaje universal sin palabras que son las miradas una gratitud que sigue dando sentido a mi vida”. Como colofón, se recuerdan unos versos de Emily Dickinson: “Si ayudo a un desmayado petirrojo / y lo llevo de nuevo hasta su nido, / no habré vivido en vano”.
            Además de poemas, Los árboles te enseñarán a ver el bosque incluye –ya desde el título-- abundantes aforismos, entremezclados con el texto o recopilados aparte. Joaquín Araújo los denomina, con uno de esos neologismos que gusta de utilizar, “naturismos”. Quizá pecan en exceso de didactismo y buenas intenciones: “No olvidemos que nuestro primer hogar, el bosque, podría ser también el último si lo destruimos. Y llevan muy adelantada la torpeza”. También gusta de jugar con las palabras: “Los bosques solo excluyen el excluir”, “En el bosque acontece que todo es acontecimiento”.
            Los pasajes autobiográficos –cómo, por ejemplo, en 1972, gracias a un compañero del servicio militar, descubrió Las Villuercas, donde reside desde hace cuatro décadas-- se entremezclan con otros de autopromoción: de vez en cuando nos recuerda los muchos documentales que ha dirigido, las conferencias impartidas, los premios recibidos, los libros escritos, la constante labor de asesoramiento a las autoridades políticas. Baste un ejemplo de este continuo traer a cuento, venga o no a cuento, la propia labor: “Se ha escrito, filmado y fotografiado hasta el infinito a las dehesas. Y tanto a sus usos, como a los inquilinos, salvajes y domesticados, que alberga. Para quien esto escribe también ha sido un objetivo prioritario de mi quehacer de escritor y cineasta. De hecho uno de los mejores reconocimientos que este emboscado ha recibido en su vida es el premio al mejor guion del festival de cine científico de Madrid, por un trabajo sobre nuestro árbol tótem. Traer a colación este premio en un capítulo dedicado a la encina tiene dos justificaciones. Por un lado, porque los documentales premiados fueron dos. En concreto se llaman El Encinar y La Dehesa, es decir lo mismo que estamos tratando en este apartado. Pero no menos porque las dehesas que paso a describir son las que filmé hace años para esos documentales de la serie El Arca de Noé de Televisión Española”.
            Los árboles te enseñarán a ver el bosque, aunque se presenta como un libro unitario, es en realidad una recopilación de diversos trabajos, de ahí las repeticiones y los cambios de tono: hay el guion de alguna de su clases, impartida en la propia finca, y de alguna conferencia; una colaboración en la revista Adioses, que se distribuye en los tanatorios; textos escritos para distintos catálogos; un manifiesto que forma parte de las campañas de la WWF: “Exigimos que las administraciones dediquen suficientes esfuerzos económicos y pedagógicos destinados a la recuperación de las dehesas, que debe ir de la mano del plan nacional de estímulo a la ganadería extensible, la más compatible con los medios naturales”.
            Hemos ido, en buena parte, subrayando la ganga del libro, pero abundan los pasajes que contagian amor por la naturaleza, cercanos en más de un caso a la poesía en prosa. Si tuviera que quedarme con un capítulo, sería el titulado “Algunas inolvidables emboscadas”, en el que se describen diez mágicos lugares: los cerezos del valle del Jerte; la laurisilva de Garajonay, en La Gomera; Muniellos, “el bosque más bosque”; los hayedos de Irati, al norte de Navarra; la dehesa de sabinas de Calatañazor; los sotos del Ebro en Cantalobos; los pinos naranja de Valsaín, en el Guadarrama; la cacereña lorera de La Trucha (“Solo un círculo / de eternidades, / mide el tiempo / de estos árboles / escondidos en / las gargantas / de la sierra); los alcornocales de la Almoraima, al sur de la provincia de Cádiz; los olivares de Jaén, que cantó Miguel Hernández, y las dehesas de Cabañas del Castillo, en Las Villuercas.
            Y no menos sugerente resulta otro capítulo, “El año del bosque”, sobre el sucederse de las estaciones y los cambiantes colores de la vegetación: “Marzo es malva por los billones de flores del brezo rubio.  Abril chisporrotea en amarillos por las flores de retamas negras, encinas, alcornoques y melojos. Mayo resulta blanco por las jaras”.
            Los árboles te enseñarán a ver el bosque enseña a mirar, a escuchar, a oler, a admirar, contagia amor por la naturaleza, algo que lleva haciendo Joaquín Araújo – y por todos los medios a su alcance-- desde hace más de cuarenta años.  
             

jueves, 20 de agosto de 2020

Versión femenina



Antes que sea tarde
Carmen Parga
Renacimiento. Sevilla, 2020.

Pocas veces la ironía histórica se ha mostrado más claramente que en el exilio a la Unión Soviética de los comunistas españoles tras la derrota en la guerra civil. Creían llegar casi al paraíso en la tierra y se encontraron con una aproximación congelada al infierno. Muchos han contado ese desengaño, que solía ir seguido de la conversión al más fanático anticomunismo. La España de Franco acogía con entusiasmo a los conversos.
            Cuando Carmen Parga escribe sus recuerdos, en los años noventa, ya la democracia, o algo parecido, ha vuelto a España y se ha derrumbado la Unión Soviética. No corre ningún riesgo por desvelar las miserias del comunismo real, un tópico reiterado hasta la saciedad en las democracias capitalistas, las únicas que parecen posibles.
Carmen Parga se había casado con uno de los personajes más destacados de la España republicana, Manuel Tagüeña, estratega de la batalla del Ebro. Físico de formación, estudió medicina en el exilio y era una de las cabezas mejor formadas de su tiempo. Tagüeña, muerto en 1971, quiso que sus memorias, Testimonio de dos guerras, quedaran inéditas hasta que pudieran ser publicadas sin servir de arma propagandística al franquismo. Carmen Parga escribe las suyas tiempo después y comienza contrastándolas con las de su marido. Frente a unas memorias escritas “en la plenitud de los cincuenta y ocho años, de un hombre con una memoria increíble”, memorias que constituyen “un verdadero tesoro de datos y narraciones de un indudable valor histórico”, las suyas –escritas a los ochenta años, “antes que sea tarde”-- constituirían solo “una versión femenina de un episodio de la gran aventura vivida por los españoles que perdimos la guerra y fuimos lanzados al exilio”.
            Pero Carmen Parga nunca se limitó a ser –según era la norma entonces y hasta casi ayer mismo-- la compañera del gran hombre. Tenía personalidad propia. Nacida en La Coruña en 1914, deportista, activa militante política, representaba a la nueva mujer de los años republicanos, la que no se conformaba con el papel tradicional y quería compartir protagonismo, de igual a igual, con el varón. Aunque en lo fundamental estuviera de acuerdo, ya nos afirma en el prólogo que puede haber alguna discrepancia entre su testimonio y el de su marido, que no ha querido releer, porque la visión de ambos no siempre fue enteramente coincidente.
            Carmen Parga centra sus recuerdos en los años que pasó en los países comunistas, tras el final de la guerra civil y antes de lograr viajar a México, donde reharía su vida y la de su familia. Fueron diecisiete años en los que vivió otra guerra, aún más cruel que la primera.
            ¿Y cómo es la “versión femenina” de esos años terribles? ¿Una versión doméstica, al margen de las grandes decisiones históricas? Hoy no hablaríamos de versión femenina, sino de una versión de la historia –de la intrahistoria-- que no deja de lado la cotidianidad, los problemas domésticos del día a día.
            Carmen Parga sabe contar y lo hace con brevedad y verdad, sin levantar la voz, sin peroratas ideológicas y con toques de humor, a pesar de tantos episodios trágicos.
Se han publicado docenas y docenas de testimonios sobre la guerra civil y el exilio, parece que estamos cansados del tema, y sin embargo estas páginas –que no cargan las tintas, aunque podrían-- nos seducen desde las primeras líneas.
            Aparte de la Unión Soviética, Carmen Parga y su marido conocieron la Yugoslavia de Tito y, años después, Checoslovaquia. De primera mano, nos cuenta el cerco que Stalin  a Tito, quizá el único dirigente comunista que no era un títere suyo, y luego las purgas en Checoslovaquia, a la manera de las que habían tenido lugar en Rusia.
            Todavía sigue asombrándonos –enigmas de la condición humana-- que Stalin considerara como principales enemigos del comunismo a los más fieles seguidores del comunismo y que estos –o buena parte de ellos-- bajaran la cabeza, pidieran perdón por culpas inexistentes y fueran al patíbulo sin un gesto de protesta.
            Carmen Parga muestra su extrañeza ante ese hecho incomprensible, que intenta explicar refiriéndose al “síndrome de Estocolmo”. También trata de explicar por qué, durante tantos años, los comunistas españoles que conocían de cerca la vida en Rusia siguieron cantando sus maravillas. ¿Temor, miedo a perder determinados privilegios? En buena parte, se debía a la capacidad del ser humano para engañarse a sí mismo y a la dificultad de reconocer que nuestros sacrificios fueron inútiles, que se ha seguido un camino equivocado.
            Pero lo que importa de Antes que sea tarde no son las reflexiones ideológicas, ni las denuncias de un mundo que hace tiempo que conocemos en su desnuda verdad,  sino las pequeñas anécdotas, el talante de la autora, su ir conociendo y aceptando muy diversas tradiciones culturales, el encuentro con la buena gente, con la que sufre y padece la historia que otros maquinan en sus despachos de ventanas clausuradas por la ideología.
           
           


jueves, 13 de agosto de 2020

Un cuento de terror



Este virus que nos vuelve locos
Bernard-Henry Lévy
Traducción de Núria Molines Galarza
La Esfera de los Libros. Madrid, 2020.

El pensamiento avanza, si es que avanza, a trompicones, como todo en esta vida. Los dogmas tradicionales de la izquierda fueron puestos en solfa en mayo del 68, pero esa corriente liberadora y antisistema no tardaría en convertirse en un nuevo dogma. Los llamados “nuevos filósofos” reaccionaron subrayando las grietas de la nueva construcción ideológica.
            Uno de esos filósofos, Bernard-Henri Lévy, publica ahora un vibrante panfleto contra lo que parece haberse convertido en la nueva verdad revelada para los políticos de izquierda o de derecha: “La vida está antes de la economía”, o dicho con otras palabras: “Hay que combatir la actual pandemia aunque el remedio cause más daño que la enfermedad”.
            No en todos los países, por supuesto, se ha actuado igual. Pero el caso de Nigeria que cita Lévy, tan evidentemente monstruoso, solo lleva al extremo la doctrina que parece haberse universalizado: “Nigeria, sobre la que unas semanas antes publiqué un artículo dedicado a las masacres de los pueblos cristianos a manos de yihadistas fulanis, contabilizaba, a mediados de abril de 2020, según la agencia de noticias francesas AFP, doce muertos por el virus y dieciocho personas asesinadas por las fuerzas de seguridad por no respetar el confinamiento”.
            Lo que le aterra a Lévy, lo que nos aterra a todos los que no hemos perdido la capacidad de razonar, no es lo que ha ocurrido en los países dictatoriales o inmersos en conflictos internos, sino en la democrática y civilizada Europa; la facilidad con que la izquierda y la derecha han aceptado, para presuntamente preservar la salud, el recorte o la directa eliminación de derechos fundamentales y, en más de un caso, no de manera provisional (“hasta que haya una vacuna”, como se acostumbra a repetir), sino de manera definitiva, como la “nueva normalidad”.
            A Bernard-Henry Lévy le preocupa, por supuesto, una pandemia, aunque no es la primera (después de la “gripe española” de hace un siglo –con sus cincuenta millones de muertos--, hubo otras: la gripe asiática con diez millones de muertos, la gripe de Hong-Kong, con un millón, todas más dañinas que la actual) ni será la última; no critica las imprescindibles medidas de confinamiento que se tomaron para contenerla.
            Critica solo las que, además de exageradas y absurdas, resultan evidentemente dañinas. Critica el que las autoridades sanitarias se hayan puesto al servicio de los intereses políticos y consideren más grave que muera un único anciano con Covid a que lo hagan cien o doscientos en sus casas o en  residencias por cualquier otra enfermedad o por falta de atención. Un solo muerto de Covid ocupa las portadas de los periódicos y abre los telediarios; cien muertos por otras enfermedades, aunque hayan sido desatendidos y no fueran muertes inevitables, ocupan únicamente, cuando lo ocupan, un rincón perdido en cualquier página.
            La epidemia de la Covid ha venido acompañada de otra que no daña los cuerpos, sino las mentes. En distinto grado, más en unos países que en otros, la humanidad parece haber renunciado a pensar.
            Las autoridades políticas se escudan en las autoridades sanitarias para blindar de cualquier crítica sus decisiones. Si habla la ciencia, los demás no tenemos más que bajar la cabeza y obedecer. Pero “la ciencia” ni antes ni ahora ha hablado con una sola voz: avanza contradiciéndose, discutiendo, formulando hipótesis que a menudo acaban refutándose.
            A la hora de realizar una operación, los médicos informan al paciente (o a sus familiares) de los riesgos y este debe dar su conformidad. En el caso de las medidas públicas para contener una enfermedad, la autoridad política, que representa a los ciudadanos, debe sopesar los riesgos, los efectos secundarios, antes de promulgarlas.
            Las medidas preventivas deben tener en cuenta aquello en lo que coincide la comunidad científica, no todo lo que ha afirmado algún presunto “científico” y que circula por la red: que quien hace deporte en solitario, por citar un ejemplo, va dejando una estela con su agitada respiración que puede infectar a personas a muchos metros o quilómetros de distancia y por eso debe llevar mascarilla aunque corra en medio de un apartado bosque.
            Las mascarillas, las famosas mascarillas, han pasado en menos de dos meses, de no ser recomendables para la población en general a convertirse en la panacea, en un talismán de efectos mágicos, que no te protege a ti –y aquí está lo más peligroso--, sino que protege a las demás. En los telediarios, a continuación de la información de una nuevo brote en algún lugar de Castilla y León se muestran imágenes de una discoteca de Barcelona en que los jóvenes bailan sin mascarilla y se hace pensar a los espectadores que alguien puede contagiarse en su pueblo porque un irresponsable no se pone la mascarilla mientras practica el montañismo a mil quilómetros de distancia.
            Bernard-Henri Lévy cita a Foucault, el autor de libros como Vigilar y castigar, cita a Platón, cita la Torá, compara los elogios actuales al París sin contaminación del confinamiento con los que los colaboracionistas hacían del Paris de la ocupación, pero no hace falta muchos argumentos para criticar la deriva del mundo: basta con conservar el sentido común, basta con no haber sido infectado por el virus mental que ha acompañado al corona virus.
            Se compara el uso actual de las mascarillas con el del preservativo para prevenir el Sida. “Póntelo, pónselo” era el eslogan de entonces y el que se quiere aplicar ahora en países como España.
Pero el Sida, que aterró al mundo, no le volvió loco y la gente entendía que el preservativo debía colocarse en el momento de las relaciones sexuales, no salir de casa con él ya puesto, por si acaso aparecía una ocasión de ligar. Ahora las mascarillas, al contrario que el preservativo, se pretende que se usen cuando son necesarias y cuando no lo son, “por si acaso”. Y se incita a la población a vigilar, denunciar, y quizá se llegue un día a linchar, a quien no la lleva, aunque no la lleve por razones sanitarias (problemas respiratorios) y por innecesarias, ya que mantiene en todo momento la distancia de seguridad.
            Bernard-Henry Lévy no es el único que se atreve a advertirnos del abismo al que nos dejamos precipitar (la dictadura sanitaria en que se están convirtiendo las democracias, al contrario que las dictaduras tradicionales como la china, permiten la discrepancia, aunque no cerca del altavoz), pero no parece esas advertencias vayan a tener mucho efecto. Al pensamiento libre se prefiere mayoritariamente la sumisión voluntaria. Para evitar riesgos, dicen. El miedo impide ver que los riesgos de ese sometimiento con los ojos cerrados, un sometimiento que se quiere sin fecha de caducidad, resultan infinitamente mayores que los de la actual pandemia.