Antología poética
Selección e
introducción
de Tomás Sánchez Santiago
de Tomás Sánchez Santiago
Alianza Editorial.
Madrid, 2013.
Comienza Tomás Sánchez Santiago, excelente poeta él mismo,
el prólogo a la Antología poética de Antonio Gamoneda aludiendo a
su “caso”, “insólito en los usos habituales del mundo literario español”. Y
ciertamente Antonio Gamoneda es un poeta insólito, pero quizá no por las
razones que Sánchez Santiago señala.
Anecdótico
resulta el mayor o menor encaje del poeta con su generación (la del cincuenta,
la de los niños de la guerra), sus declaraciones contra este y aquel
(Benedetti, José Hierro, Ángel González), su decidida toma de partido en la
lucha de banderías en que a veces se convierte la vida literaria, o una aireada
marginación que no resulta incompatible con la obtención de los más altos
galardones oficiales.
Antonio
Gamoneda es un poeta insólito por otras muy diversas razones. Se trata (pocos
casos más hay en la historia literaria) de un poeta a contracorriente de sí
mismo, de un poeta que ha hecho lo mejor –y quizá también lo menos logrado de
su obra– luchando contra su tendencia natural al realismo, al dolido testimonio
autobiográfico.
Durante
muchos años pareció que Antonio Gamoneda iba a ser autor de un único libro, Sublevación inmóvil, correctamente
impersonal, muy en la línea de la colección Adonáis en que apareció. Antes y
después había escrito más poemas, pero durante diecisiete años solo se le
conocería por sus críticas de arte y su eficaz labor cultural en la diputación
leonesa. La colección Provincia, que dirigía, le había puesto en contacto con
los nuevos poetas españoles, y esa misma colección reapareció convertido en un
poeta distinto. Descripción de la mentira
había comenzado a escribirse a finales de 1975, poco después de la muerte
de Franco, pero era un libro que prescindía de la anécdota, que enlazaba con el
nuevo clima estético –más proclive al hermetismo y al irracionalismo– que
habían puesto de moda los novísimos.
Descripción de la mentira llamó la
atención de los más avisados; Blues
castellano, aparecido en 1982 en una editorial gijonesa de muy limitada
difusión, defraudó a los mismos que habían admirado el libro anterior: directo,
emocionante, contundente, constituía un buen ejemplo de la poesía social, que
entonces parecía superada para siempre (renegaban de ella algunos de sus más
conspicuos cultivadores, como José Agustín Goytisolo).
Todo el
trabajo posterior de Antonio Gamoneda va en contra de la línea representada por
Blues castellano, pero él, sin
embargo, ha querido mantenerlo tal cual, corrigiendo algún poema (eliminando,
por ejemplo, redundancias e imprecisiones), pero sin desvirtuar su sentido ni
su intención, al contrario de lo que gusta hacer con sus textos anteriores a Descripción de la mentira.
Lápidas, de 1986, es un libro de
transición y una obra que nos permite entrar en el laboratorio del poema. La
mayor parte de los poemas tienen un origen circunstancial: el catálogo de un
pintor, el prólogo amical a un libro de poemas, un homenaje, un libro sobre
León en el que participan también José María Merino y Luis Mateo Díez. Al
reunirlos en volumen se reduce al mínimo ese pretexto, se busca un máximo de
universalidad. Pero queda la huella del origen y el autor la aclara en las
notas finales. Tras leerlas, volvemos al libro y muchas brumas se disipan.
En la parte
tercera de Lápidas evoca Gamoneda el
León de su infancia y su infancia misma, con todo su dolor y su desvalimiento.
Al lector le llega, para decirlo con palabras de Antonio Machado, “confusa la
historia / y clara la pena”. La misma historia, pero ya sin ninguna veladura, y
sin ninguna muestra de piedad hacia sí mismo, se nos cuenta en el volumen de
memorias Un armario lleno de sombra (alguna
anécdota cruel ya se nos había contado en Blues
castellano).
Tras los
anteriores titubeos, Antonio Gamoneda, se reinventa y se reescribe (una de sus
tareas favoritas) en Edad (1987). Críticos
como Miguel Casado le ofrecen la justificación teórica, y el propio Gamoneda
intenta teorizar su rechazo del realismo en libros como El cuerpo de los símbolos.
En la
edición de su poesía completa, Esta luz,
desaparecen las referencias al origen de los poemas de Lápidas, como si el poeta –que, sin embargo, tanto gusta de las
minuciosas precisiones– tratara de
borrar pistas.
Libro de frío (1992) y Arden las pérdidas (2003) ejemplifican a
la perfección la estética que el poeta ha querido hacer suya: eliminación de la
anécdota, irracionalismo metafórico, poesía que no quiere ser “literatura” sino
aproximarse a la capacidad de sugerencia y falta de referencias de la música.
En sus
ejemplos más extremos, Antonio Gamoneda recuerda a aquella paloma de la que
hablaba Kant, una paloma que soñaba con eliminar la resistencia del aire para
poder volar más libremente, sin darse cuenta de que era precisamente esa
resistencia lo que la permitía volar.
Antonio
Gamoneda ha querido huir del realismo, borrar cualquier referencia concreta,
moverse en el terreno del símbolo que se simboliza a sí mismo, que no remite a
nada externo. Pero la realidad le alcanza y titula Cecilia, el nombre de su nieta, un hermoso libro, que no se
avergüenza de su origen, de la emoción tan común y tan humana que le da origen.
Esa
aceptación de sí mismo continúa en Canción
errónea, donde ya no se tachan los nombres que dan origen al poema (“Hoy he
visto a Cecilia. Su melena está llena de luz”) y el lenguaje se hace a menudo
directo, coloquial, cercano al de tantos otros poetas de su denostada
generación realista: “Has cruzado despacio la ciudad. / Por una vez, tú no vas
a trabajar / ni a comprar una medicina ni a entregar una carta: / has salido a
la calle para estar en la noche”.
No quiere
esto decir que el mejor Gamoneda sea el de Blues
castellanos o el de Canción errónea,
aunque en este último libro estén algunos de sus más conmovedores poemas.
Gamoneda da lo mejor de sí mismo cuando trata de reescribir sus versos para
eliminar de ellos toda la ganga, para dejar que las palabras vuelen solas, para
esconder cualquier referencia a la prosaica realidad que está en su origen, y
no lo consigue del todo. Si lo consigue, el poema se le escapa de las manos, se
aleja del lector de poesía y ya solo sirve como pretexto para las
elucubraciones de su corte de críticos afines.






