sábado, 23 de marzo de 2019

Desmesurado Blasco Ibáñez



Sueños de revolucionario. Entrevistas
Edición de Emilio Sales y Francisco Fuster
Fórcola. Madrid, 2019.

Los límites entre literatura y periodismo no están nada claros. Y no solo porque buena parte de la mejor literatura de los siglos XIX y XX se publicara, antes que en libro, en los periódicos, sino porque, desde los artículos de Larra, sabemos que el buen periodismo puede ser también literatura, para muchos la literatura.
            Por eso las hemerotecas están llenas de libros dispersos que solo esperan la mano del editor diligente que les diga “levántate y anda”, que reúna los desperdigados fragmentos en un volumen y lo ponga a disposición de los lectores.
            Es lo que han hecho Emilio Sales y Francisco Fuster con una parte de las entrevistas que Vicente Blasco Ibáñez –célebre desde muy joven– concedió a lo largo de su vida, una vida que no fue una, sino varias novelas, la mayoría de ellas folletinescas y bastante inverosímiles.
            Blasco Ibáñez declaró varias veces que su mejor obra habría sido su autobiografía, una autobiografía que nunca escribió y que Sueños de revolucionario viene en alguna medida a sustituir.
            ¿Sueños de revolucionario? Ciertamente, Blasco Ibáñez, fundador y dirigente de uno de los principales partidos republicanos, lo fue en su juventud, pero pronto el campo de la política se le quedó pequeño y se dedicó a otros menesteres. Tras el éxito inesperado de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, su novela de la guerra del 14, las entrevistas que concedió podían haber llevado otro título: Ensueños de millonario. Solo la oposición a la dictadura de Primo de Rivera –publicó vibrantes diatribas como Por España y contra el rey (Alfonso XIII desenmascarado), creó y financió la revista España con honra– le hizo volver a los ideales de su juventud. Junto con Unamuno, fue el intelectual quizá el intelectual que más contribuyó a la caída del rey, que no llegaría a ver (murió en 1928).
            La mejor de las entrevistas reunidas en este volumen –bastaría para justificarlo– apareció en 1911 en la revista Por esos mundos. La firma El Bachiller Corchuelo (Enrique González Fiol), un escritor hoy completamente olvidado, pero que demuestra que, antes de que El Caballero Audaz comenzara a publicar sus famosas entrevistas en La Esfera, ya el género había dado muestras de madurez.
            La colaboración de El Bachiller Corchuelo quería ser el anticipo de una futura biografía: “Escritas estas notas en unas horas, para no demorar su aparición, sin tiempo primeramente para coordinar confesiones y referencias, y sin espacio ahora para formular un comentario, no pretendo haber hecho un artículo, sino sencillamente publicar unas notas, base y recordatorio para un estudio biográfico detenido y sereno que estamparé en un libro, como merece el gran novelista”. Ese libro, desafortunadamente, no llegaría a publicarse.
            Señalan los editores que no han coleccionado estas entrevistas con una finalidad erudita, sino “con el objetivo de oír, a través de sus propias palabras, la voz de un hombre al que, por sorprendente y contradictorio que parezca, todavía no hemos escuchado lo suficiente”.
            No se cumplen de todo esas buenas intenciones. En más de una ocasión, a quien escuchamos es solo al propagandista de sí mismo, a la caricatura en que el éxito mundial convirtió a Blasco Ibáñez.
            “Escribo un promedio de doce a catorce horas diarias”, le dice a José Montero Alonso en 1926. “Pero ese es un trabajo excesivo”, le responde el entrevistador. Y Blasco: “No… Porque hay que tener en cuenta que lo hago en unas condiciones magníficas. Esta villa Fontana Rosa no es una casa; es un jardín enorme con ocho edificios, con una espléndida cantidad de naranjos, de limoneros, de palmeras, de rosales”. Y tras describir la propiedad, como si quisiera ponerla en venta, añade: “Puedo dedicar el día entero a la labor sin necesidad de salir de casa. Cuando me canso de trabajar, salgo al jardín, que veo a todas horas desde los ventanales de mi biblioteca; subo larguísimas escalinatas hechas de azulejos valencianos, y desde una gran altura contemplo un cuadro de maravilla”. Y sigue y sigue detallando las bellezas de su propiedad para justificar que puede escribir doce o catorce horas sin cansancio.
            Otra vez le preguntan si le ha gustado Nueva York y afirma que le ha gustado tanto que va a comprarse allí una casa, la sexta. En más de una ocasión enumera sus casas: “tengo una en Valencia, donde he nacido; otra en Madrid; un castillo en Malvarrosa, mirando al Mediterráneo; una villa en Niza, y una casa en la calle Hennequin de Paris”.
            No es de extrañar que, a la vez que su fama se extendía por el mundo, Vicente Blasco Ibáñez fuera perdiendo prestigio en el mundo literario español. Sus libros últimos valían cada vez menos –aunque ganara con ellos cada vez más– y él acabó convertido en una caricatura de sí mismo. Solo se salva de la catástrofe de sus años finales ese inmenso reportaje que es La vuelta al mundo de un novelista, donde une a la fascinación por la geografía de un Julio Verne el encanto de los años veinte.
            Queda el escritor de su primera época, queda el personaje inabarcable, que fundó colonias en Argentina, que se dejó seducir por Hollywood, que fue cronista de la Gran Guerra. Esta recopilación de entrevistas ayuda a traerlo a la actualidad.


lunes, 11 de marzo de 2019

Pequeños poemas con encanto



Poesía completa (1993-2018)
Karmelo C. Iribarren
Visor. Madrid, 2019.

Desde hace algún tiempo, la poesía ha pasado de ser la cenicienta de los géneros literarios a ocupar un lugar destacado en las librerías, junto a la novela negra y los libros de autoayuda. Pero no la poesía en general, sino la firmada por gente muy joven, desconocida en el escalafón literario, que se promociona en lecturas, que a menudo son algo más, fuera de los lugares convencionales y en las redes sociales.
            Entre esos poetas populares de nuevo cuño, destaca la figura de Karmelo C. Iribarren, de otra generación, de formación autodidáctica, y que aunó desde el comienzo el aprecio de los lectores que no leen habitualmente poesía con el de sus maestros literarios y buena parte de la crítica.
            Una nueva edición de su poesía completa, más de seiscientas poemas escritos en poco más de veinte años, desde La condición urbana (1995) hasta Mientras me alejo (2017), nos permite descubrir las razones de su éxito y también del paternalismo algo condescendiente con que le tratan en ciertos medios.
            Karmelo C. Iribarren comienza siendo un aplicado discípulo de Roger Wolfe, el poeta que popularizó entre nosotros la estética del llamado “realismo sucio”: poemas escritos en lenguaje coloquial, con expresiones malsonantes poco frecuentes en poesía, con impúdicas anécdotas autobiográficas o protagonizadas por personajes marginales; mucho alcohol y otros estimulantes, no escasa escatología; El mal poema de Manuel Machado reescrito por Bukowski.
            Algo rechina, sin embargo, en los poemas tan aparentemente realistas del primerIribarren: son más ejercicios literarios que apuntes realistas. En el poema “La vieja”, de su primer libro, una prostituta le cuenta al poeta su tópica historia (“Había pasado, / igual que una moneda, / de mano en mano, / pero nadie / quiso jamás / quedársela”) y profetiza: “Como una perra enferma / de arrabal, / moriré cualquier noche / en una esquina”. Y tenía razón, piensa el autor-narrador cuando, tiempo después, se encuentra con su esquela en un periódico. ¿Y desde cuándo se publican esquelas –que tienen su precio– de los marginados que viven en la calle y mueren cualquier día en cualquier esquina sin que nadie recuerde su nombre?
            Toda su obra está llena de los mismos detalles inexactos. Un poema de Atravesando la noche (2009), “Sensaciones raras” nos habla de “las áreas de servicio en las autopistas, / en invierno, al caer la tarde”. El poema continúa así: “estás a kilómetros de la civilización,/ no te conoce nadie, / y esos tipos desperdigados / por las mesas / tienen una pinta de asustar… / Apuras de dos tragos el café / y ni siquiera vas al baño a refrescarte”.
            ¿Pero qué tipos desperdigados por las mesas hay en las estaciones de servicio de las autopistas? ¿No son más bien apresurados automovilistas que aprovechan para echar gasolina, tomar algo e ir al baño? ¿No estará confundiendo una estación de servicio con el bar de una estación o cercano al puerto en una vieja película?
            Detalles inexactos, léxico inadecuado: a una mujer “le dieron fuego” (p. 293), pero no es que le encendieran un cigarrillo, sino que la prendieron fuego; habla de un placer “estoico” (p. 98) cuando parece decir querer “platónico”; se refiere a un barrio cuando quizá quiere decir barriada:  “antes era solo un barrio, / ahora se lo ha tragado la ciudad” (p. 274).
            En ocasiones, el modelo de un poema de Iribarren resulta cercano y evidente. Es el caso de “La mujer de mis sueños” que parecer resumir para el lector apresurado de las redes sociales, uno de los más conocidos poemas de Felipe Benítez Reyes, “La desconocida”.
            A veces el poema reescrito es de la propia autoría. El último poema de su primer libro dice así: “Lo pienso ahora que miro / por la ventana abierta / la autopista, viendo / como los coches parpadean / en el último tramo / antes del túnel. / Pienso / que así es la vida, / y que no hay más. Un leve / guiño de luz hacia la sombra / a mayor o menor velocidad”. Le ha gustado la comparación, así que vuelve a ella en el libro siguiente: “Oigo el tráfico / abajo, en la autopista, / incesante, monótono. / Levanto la persiana y miro / las luces de los coches / a lo lejos perderse… / Igual que nuestras / vidas, pienso: una pizca / de luz, y otra vez nada”. No es el único caso, compárese “Un pequeño suceso” (p. 416) con “Pequeña elegía nocturna para un periódico de bar” (p. 448).
            Pero, paradójicamente, a pesar de estas disonancias o de los poemas que nos cuentan visitas de admiradores o de su rechinante imagen de la mujer (en el poema “Entonces” nos dice que hay “muchas maneras diferentes / de hacer feliz / a una mujer / (los grandes almacenes están llenos de ellas)”, pero que él no conoce ninguna “tan sencilla y eficaz / como cogerla desprevenida por la espalda / y decirle que la quieres”), Karmelo C. Iribarren es un poeta que, en más de una ocasión, consigue emocionarnos y hacernos sonreír.
            Un grueso tomo de poesía completas no es la mejor manera de acercarse a este poeta (quizá a ningún poeta), a no ser que la leamos, hojeando acá y allá, un tanto distraídamente, sin prestar demasiada atención a lo que leemos, exactamente como se lee en las redes sociales.
            Aunque no resulte en exceso evidente, hay una cierta evolución en su poesía. Poco a poco se va olvidando de los temas tremendistas de sus primeros libros y acierta a entremezclar, cada vez con un toque más personal, humor y lirismo en poemas que reflejan una vida cotidiana que, tras las turbulencias juveniles camina hacia la serenidad.           Son poemas que hablan de crepúsculos, de paseos junto al mar, de despertarse junto a la mujer que se ama, de la lluvia que brilla a la luz de las farolas. Pequeños poemas con encanto: “¿Qué haces? / Nada. Solo / miro llover / sobre la plaza. / Y se sentó a su lado. / Y se sumó, / en silencio, / a aquella celebración / de la nostalgia, / a aquella exuberancia / de la melancolía”.

viernes, 8 de marzo de 2019

José Corredor-Matheos y el misterio de la realidad



El paisaje se hace en el poema. Poemas 1951-2017
José Corredor-Matheos
Edición de Jordi Doce
Fundación Ortega Muñoz. Badajoz, 2018.


José Corredor-Matheos, que nació el mismo año que José Ángel Valente y Jaime Gil de Biedma, tardó en figurar entre los nombres mayores de su generación, la del cincuenta. Sus primeras entregas, nada estridentes y de una cierta grisura, parecían destinarle a formar parte del coro. Durante un tiempo, fue más apreciado como crítico de arte y como puente entre la cultura catalana y la española que como poeta.
            La situación comienza a cambiar en 1975 con la aparición de Carta a Li Po. Desde finales de los años sesenta, no solo la poesía social más explícitamente comprometida, sino también toda la estética realista y rehumanizadora de la posguerra, incluso la que recurría a toques de distanciadora ironía, había entrado en crisis. Los poetas más jóvenes –los antologados por Castellet en Nueve novisimos y otros que no entraron en esa llamativa antología– volvían la vista al ludismo de las vanguardias, al desdeñado hermetismo, al culturalismo.
            Unos poetas callaron –fue el caso de Gil de Biedma, del hoy olvidado Eladio Cabañero–, otros se dejaron contagiar por los nuevos modos, que en algún caso, como en el de Caballero Bonald, iban más de acuerdo con su personalidad que la estética anterior, conversacional y machadiana: Descrédito del héroe le representa mejor que Pliegos de cordel.
            El nuevo camino que Corredor-Matheos emprendió iba en sentido contrario al que marcaba la moda. Al barroquismo, al intelectualismo metapoético, al exhibicionismo culturalista, a la concepción del poema como acertijo para eruditos, opuso un cada vez más progresivo despojamiento.
            La mención de Li Po en el título nos indica el magisterio de la poesía oriental o, más bien, de la concepción del mundo que está detrás de esa poesía. Los dos primeros versos de nuevo libro –-“Escribir un poema / que nada signifique”– nos recuerdan a otros, muy famosos, de Guillermo de Aquitania: “Farai un vers de dreit nien…” (Haré un poema de la pura nada…).
            La continuación del poema nos indica que la intención de Corredor-Matheos nada tiene que ver con la poesía concreta, con el letrismo, con cierto tipo de experimentos que por entonces, a la manera de la pintura no figurativa, trataban de hacer una poesía de puros significantes: “Salir a la terraza, / respirar en la noche, / no esperar que alguien vuelva, / no desear ya nada. / Abrir solo las manos / y que, de entre los dedos, / alcen el vuelo mudas, / asombradas palabras”.
            La poesía que, a partir de entonces, quiere escribir Corredor-Matheos aspira a desaparecer, a no ser notada en su pura materialidad, a ser solo un cristal que transparenta el mundo, o mejor, un simple gesto del autor que ayude a desvelar esa realidad que tenemos delante de los ojos y que somos incapaces de ver.
            La ascesis de la palabra no es más que un reflejo del camino ascético que ha emprendido el poeta, muy en la línea de la filosofía zen.
            Paradójicamente, en esta poesía que aspira a borrarse, a volverse invisible en su materialidad, las referencias metapoéticas son constantes, hasta el punto de que el propio poema se convierte en el protagonista de buena parte de los versos de Corredor-Matheos. Lo ha señalado con acierto Jordi Doce en el título que le ha puesto a esta antología temática, dedicada “al mundo natural”, según nos indica en el preciso prólogo: El paisaje se hace en el poema.
            Corredor-Matheos concibe el poema no como un fin, sino como una herramienta o un conjuro que nos permite acceder a la verdadera realidad. No quiere escribir poemas “que sean solo poemas”: “¿Llegaré yo a escribir / alguna vez / el poema que me abra / ese paisaje / donde pueda perderme / entre los árboles / y aspirar los perdidos / aromas de la infancia? / ¿Cuándo podré crear / un mundo tan real / como irreal es este / en el que vivo?”
            La mayoría de los poemas de Corredor-Matheos carecen de título, son como fragmentos de un solo poema, variaciones de una única intuición. Sus paisajes a veces tienen nombre –la Mancha o Venecia, un parque de Berlín o un fiordo noruego–, pero nada más ajeno a este poeta que las costumbristas notas de viaje o la coloreada estampa turística. Él prefiere hablar de árboles, lagartijas, geranios, golondrinas, paseos solitarios, campos recién llovidos, plantas cuyo nombre ignora.
            En Jardín de arena se dejó tentar por la difícil facilidad del haiku, esa mínima estrofa-poema que pronto se banalizaría al convertirse en moda: “Campo de trigo. / La urraca se ha llevado / oro en el pico”.
            Pero ni el haiku (al que gusta de añadir rima asonante) ni el soneto, estrofa a la que Corredor-Matheos ha dedicado considerable atención (en sus primeros libros y luego cuando necesita escribir algún circunstancial poema de homenaje), le representan fielmente. Lo que ha aportado a la poesía española es un modo de hacer deshilachado, voluntariamente opaco, de vocabulario reducido y sintaxis casi infantil, que deje de lado el andamiaje retórico y la falacia patética y nos permita entrever el misterio de la realidad, que quizá consista precisamente (como decía Alberto Caeiro, el maestro de los heterónimos) en que no tiene ningún misterio y su secreto está a la vista. A la vista del que sabe mirar como la poesía de José Corredor-Matheos nos enseña.

martes, 26 de febrero de 2019

Biblioteca personal



Mis libros de siempre jamás
Fulgencio Argüelles
Saltadera. Oviedo, 2018.

Un libro sobre libros puede ser el más apasionante de los libros. Ahí están, para demostrarlo, Biblioteca personal o Los prólogos a La Biblioteca de Babel, de Jorge Luis Borges, obras aparentemente menores –fueron fruto de un encargo editorial–, pero llenas de encanto y condensada sabiduría.
            Al mismo género, o subgénero, pertenece Mis libros de siempre jamás, del novelista Fulgencio Argüelles. Como tantas otras misceláneas, el volumen tiene un origen periodístico. Los capítulos fueron apareciendo, semana tras semana, en un suplemento cultural, contradiciendo la norma de atenerse a la actualidad: “En un mundo atormentado por las prisas, enloquecido por el vértigo de las imágenes y entregado incondicionalmente a las novedades, pensé que estaría bien detenerse en algunos de los libros grandes que merecen ser considerados generación tras generación”.
            Como todo buen lector, Fulgencio Argüelles es un lector caprichoso. No trata de hacer un canon de la narrativa occidental –el libro se ocupa fundamentalmente de narrativa–, sino solo glosar y recomendar las obras que han supuesto un hito especial en su formación.
            No dejan de sorprender, sin embargo, algunas clamorosas ausencias en una selección no precisamente breve. Entre ciento veintiocho obras, ¿no hay sitio para ninguna novela española del siglo XIX? ¿Ni Clarín ni Galdós ni Emilia Pardo Bazán tuvieron nada que decir al aspirante a narrador que era Fulgencio Argüelles? ¿Ningún título de Dickens le dejó huella? ¿Cómo explicar la ausencia de Stendhal y la presencia de Alfonse Daudet con una obra tan menor como Safo?
            El siglo XX español se reduce a las Sonatas de Valle-Inclán, El árbol de la ciencia de Baroja,  Volverás a Región de Juan Benet y dos títulos de Luis Mateo Díez, La fuente de la edad y Fantasmas del invierno. La selección nos deja un poco perplejos, pero al capricho no hay que pedirle razones.
            Fulgencio Argüelles es un escritor, no un estudioso de la literatura (su formación académica está relacionada con la Psicología), y a ello se debe buena parte del atractivo del volumen, y también algunas de sus insuficiencias. En el capitulillo dedicado a las Sonatas, se nos dice que “el autor compone una despiadada parodia de la sociedad de su época”. Afirmación cierta, pero no referida a las memorias apócrifas del marqués de Bradomín, sino a los esperpentos, que no se seleccionan.
            Mis libros de siempre jamás lleva el subtítulo de “narrativa”, indicativo quizá de que se trata de una primera selección dedicada a ese género literario. Pero no es del todo cierto: aunque Fulgencio Argüelles, novelista, selecciona fundamentalmente novelas, también nos encontramos teatro y poesía, quedando fuera solo el ensayo.
            El teatro aparece representado por dos obras de Aristófanes y La Orestiada de Esquilo; la poesía por Homero, Ovidio y Juvenal, sorprendente trilogía.
            El lector llega a la conclusión de que esta miscelánea no es enteramente lo que dice ser, un recuento de los libros que marcaron la iniciación lectora de Fulgencio Argüelles, ni tampoco un exigente canon de lecturas fundamentales. Parece en buena parte producto del azar.
            ¿Le resta eso valor? En cierto modo, sí. Los libros que recogen artículos publicados previamente en la prensa suelen tener mala prensa. Y no siempre inmerecida. Las publicaciones periódicas son un contenedor: desde sus inicios han publicado tanto información periodística como literatura, literatura breve (poemas, relatos, ensayos) y también obras extensas capítulo a capítulo (novelas de Baroja, algunos de los títulos capitales de Ortega o Azorín). Pero no todo lo que aparece en los periódicos merece pasar al libro, es preciso hacer una selección y una estructuración, el editor se convierte en coautor para que el resultado no sea una mera acumulación.
            Como novedad, cada capítulo comienza y termina con las primeras y las últimas frases de la obra comentada. Hay comienzos con razón famosos, como el de Ana Karenina (“Todas las familias felices se parecen, cada familia desdichada lo es a su manera”), pero la mayoría resultan poco significativos, como casi todos los finales. Parece un añadido innecesario.
            Mis libros de siempre jamás habría ganado con una exigente selección, dejando fuera obras menores e incluso obras mayores de las que se tiene poco personal que decir. Pero tal como está no carece de encanto, un poco a la manera de esas librerías de viejo donde todo está revuelto y donde, muy a menudo, no encontramos lo que buscamos, aunque sí otras obras que no buscábamos, que no sabíamos siquiera que existían y que suponen toda una revelación. Es el caso de algunos títulos de la literatura centroeuropea –muchos de ellos referidos al Holocausto– o de sorprendentes títulos –como la novela indigenista Matalaché, de Enrique López Albújar– de los que nunca habíamos oído hablar.
           
             

sábado, 23 de febrero de 2019

El poema abre una ventana



Intenta olvidarme (Antología poética)
Mário Quintana
Selección, versión y prólogo de Enrique García-Máiquez

 Hay poetas para todos los públicos y poetas para una minoría de exigentes conocedores. El brasileño Mário Quintana (1906-1994) pertenece muy claramente al primer grupo, aunque en nuestro país sea conocido solo por unos pocos.
            Enrique García-Máiquez, que ya se ocupó de él en una breve antología de reducida difusión, traduce ahora una amplia muestra que permitirá al lector español hacer suyo un poeta que aúna, en un lenguaje transparente, la sabiduría del anciano y el asombro del niño.
            Mário Quintana fue un poeta tardío. Sus primeros libros –publicados a una edad no precisamente temprana: bien pasados los treinta años– resultan de tanteo y de aprendizaje. Tanto en Sonetos como en Canciones se ejercita en los versos de arte mayor y de arte menor, dejando de lado las audacias del modernismo brasileño, equivalente a nuestra vanguardia y dando la impresión de tradicionalismo y retorno. Aunque, acá y allá, y sobre todo en los poco solemnes sonetos, aparecen los rasgos de su estilo, conviene al lector que desconoce a Mário Quintana saltarse esa parte de su obra –las canciones nos suenan envejecidamente albertianas– y comenzar con el único poema que se selecciona de Zapato florecido y que se titula, no casualmente, “Envejecer”: “Antes, todos los caminos iban. / Ahora, todos los caminos vuelven. / La casa es cómoda, los libros pocos. / Y yo mismo preparo el té para los fantasmas”.
            Enrique García-Máiquez gusta de recrear ligeramente, y casi siempre con acierto, los poemas que traduce. Algunas veces se le va la mano al tratar de mantener la rima, siempre lo más prescindible al pasar de un idioma a otro. La traducción literal de los dos primeros versos del soneto X sería: “Yo escribo versos como los saltimbanquis / descoyuntan los huesos doloridos”. García-Máiquez versiona: “No escribo versos, yo me los arranco / retorciendo mis huesos doloridos”. Y, más adelante, “van a comenzar las convulsiones y carreras / sobre las viejas alfombras (‘os velhos tapetes’) extendidas” se convierte en “me contorsiono, corro cojitranco,  / en los verdes plintos extendidos”.
            Afortunadamente, estos excesos aparecen sobre todo en los libros de los que aconsejamos prescindir y el portugués de Mário Quintana –la edición es bilingüe– necesita poca ayuda para ser entendido por un lector español.
            ¿Dónde está el encanto de esta poesía hecha de palabras cotidianas y que parece ajena a cualquier artificio? Ya lo hemos indicado: en no perder con el ultraje de los años la ingenuidad del niño.
            A ratos, Mário Quintana nos hace sonreír con humoradas que recuerdan al más célebre de nuestros poetas olvidados, Ramón de Campoamor: “Como un borrico atado a noria de labriego, / la mente humana siempre las mismas vueltas da. / Ninguna tontería se nos ocurrirá / que antes no haya dicho un sabio griego”.
            Otras veces, como en el poema “Matinal”, se aproxima a la greguería: “El tigre de la luz atisba por detrás de las persianas. / El viento lo olisquea todo. / En los muelles, las grúas –domesticados dinosaurios– / alzan la carga del día”.
            El amor, la poesía, el paso del tiempo son los temas (bien poco originales, afortunadamente) de un poeta que se presta más a la lectura sin intermediarios que a la exégesis. También Dios está muy presente –Mário Quintana es poeta religioso, de una religiosidad a la vez tan popular como poco convencional– y, por supuesto, la muerte temida, presentida, esperada con curiosidad: “La muerte es la cosa más antigua del mundo / y siempre llega puntual en la hora incierta. / ¿Qué importa, al final? / Es ya la única sorpresa que nos queda”.
            Cada lector encontrará un poema escrito para él en este libro, lleno de ventanas por las que entra un aire fresco que no abunda en la poesía. “Quien escribe un poema, abre una ventana. / Respira tú, que estás en una celda / sofocante / todo ese aire que entra…”, comienza precisamente “Emergencia”. Y en otro de sus poemas leemos: “Los poemas son pájaros que llegan / –no se sabe de dónde– y que se posan / en el libro que lees”.
            Los poemas, en el libro, están de paso, reposando en el viaje incesante que los lleva de un lector a otro lector, copiados a mano, fotocopiados, saltando en la Red de chat en chat, de muro en muro. Los poemas, los verdaderos poemas, no gustan de quedarse quietos en la página ni de ser analizados en aburridas clases de literatura, prefieren ser cantados, recitados, retuiteados una y otra vez.
            Mário Quintana, con su pátina de otro tiempo, con su encanto vintage, es un poeta lleno de asombro y consolación para el lector de hoy, un poeta que nos enseña a mirar y a descubrir el misterio de las cosas que vemos todos los días y que no parecen tener ningún misterio.


             

sábado, 16 de febrero de 2019

Vida y literatura o cuidado con las espinas




Diligencias
Andrés Trapiello.
Pre-Textos. Valencia, 2018.

Repite muy a menudo Andrés Trapiello que la expresión “vida literaria” es un oxímoron, una contradicción, que o es vida o es literaria. Pero buena parte de las páginas de Diligencias, la última entrega de su diario (y ya van veintidós), se dedican, como en las entregas anteriores, a la “vida literaria” que, si no es toda la vida, sí es más de la mitad de la vida del autor.
            Andrés Trapiello nos cuenta, muy pormenorizadamente, sus discrepancias con los críticos; nos narra, casi siempre con gracejo, los “bolos” por provincias, las firmas de libros, la asistencia a recitales, pregones, banquetes varios; caricaturiza sin piedad a los colegas que no le caen demasiado bien –la palma se la llevan César Antonio Molina y Javier Marías–; está al tanto de lo que publican los suplementos culturales; deja constancia de los cotilleos que escucha en las confidencias de sobremesa… La “vida literaria” –ese oxímoron– tiene en él a uno de sus más atentos cronistas, aunque diga renegar de ella.
            Con los pasajes que podrían formar parte de La novela de un literato, para decirlo con el título de Cansinos, alternan en Diligencias los episodios familiares: las rutinas de la vida doméstica, en Madrid y en el campo extremeño; los estudios y noviazgos de los hijos; las enfermedades del narrador; la añoranza del padre y sus recuerdos de la guerra civil; la visita de la madre anciana…
            Con esos mimbres –y las dominicales visitas al Rastro, un puñado de aforismos, algunos espléndidos perfiles de gente conocida o anónima, unos cuántos desahogos políticos–, ¿puede construirse un cesto de quinientas nutridas páginas que no se nos caiga de las manos? Puede, si quien lo hace es un escritor como Andrés Trapiello. Pocos tan dotados para encandilarnos con cualquier asunto que quiera llevar a su prosa, sea patético o frívolo, importante o minúsculo.
            Los viajes son siempre un aliciente de estos diarios. En otras ocasiones, ha visitado Italia, Cuba, Colombia. Ahora, unamunianamente, se limita a las “andanzas y visiones española” y en este tomo, referido al año 2008, nos pasea por Ceuta, Cádiz, Pontevedra, Cuenca. Unas veces con humor, como es el caso de Ceuta, con su malicioso final, y otras –Cuenca– con ribetes de alucinación y terror.
            El viaje a Pontevedra encierra una sorpresa: se nos cuenta dos veces (en realidad, tres). Primero lo hace el narrador y, más adelante, quien le acompañó en ese viaje, el poeta Miguel d’Ors, con una parodia de lo que se imaginaba que iba a contar Andrés Trapiello. La escribió para un tomo de homenaje, en el que obviamente no encajaba, y se publica ahora con algunas divertidas y vengativas apostillas.
            No sé si el lector común disfrutará como el que está al tanto de las rencillas literarias con ese juego perspectivístico (no todos reconocerán, por ejemplo, a ese “atrabiliario crítico y poeta extremeño-asturiano” que escribe “por el puro gusto de hacer daño, o sea, por pura maldad” al que se refiere d’Ors) y ese es uno de los reproches que se podrían hacer a Diligencias. No siempre su autor escribe para todos los lectores, muchas de sus páginas son páginas en clave, llenas de caprichosas iniciales que hay que descifrar.
            Tardamos en darnos cuenta de que PB, el poeta que se entretiene contando poco elegantes patrañas sobre la vida sexual de Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado, es Francisco Brines (Paco Brines para los amigos). Cuesta adivinar quiénes son Q,, ÁV., MA., OC. y tantos otros personajes, sobre todo teniendo en cuenta que sus nombres no siempre se abrevian de la misma manera, pero sin saberlo no acertamos a entender lo que se nos está contando, a veces un muy privado ajuste de cuentas.
            Como ciertos sabrosos pescados, Diligencias hay que leerlo teniendo buen cuidado con las espinas. Andrés Trapiello acierta cuando narra –no nos cansamos de escucharle, cuente lo que cuente– y cuando describe. Josep Pla afirmaba, y muchos lo han repetido con él, que opinar está al alcance de cualquiera y que es en la descripción donde se reconoce al escritor. Andrés Trapiello no solo describe como nadie el paso de las estaciones por el campo extremeño, sino también las casas de los escritores, a las que convierte en el mejor retrato de quien vive en ellas. En este tomo entramos en el piso de Luis García Montero y Almudena Grandes, en el ascético apartamento del susceptible d’Ors, en el aparatoso palacete de Eduardo Arroyo (de la orgía que le escuchó contar y que se nos narra con todo lujo de detalles, incluso el presunto tamaño de cierta parte de la anatomía de Salvador Dalí, mejor callar piadosamente), en una idílica mansión levantina que parece sacada de algún libro de Azorín.
            En Diligencias opina Andrés Trapiello algo menos que otras veces de política o de cuestiones generales de la literatura, y sus lectores no dejamos de agradecérselo. Su rigor no suele ser excesivo en esas cuestiones. Sorprende que, cuando bromea sobre la ley que iguala  hombres y mujeres en la sucesión de títulos nobiliarios, tema que pueda aplicarse a Felipe de Borbón (entonces príncipe de Asturias) y lleve a la jefatura del Estado a su hermana (demuestra así no estar muy al tanto de la Constitución).
            Sorprende también que su conocida antipatía hacia Alberti le haga olvidar cómo fue el final de la guerra civil. Le reprocha que huyera en avión “después de engañar y abandonar a miles de soldados republicanos a merced de la policía franquista o del suicidio”. Olvida que, en ese momento, el gobierno de la Zona Centro, lo que quedaba de la España republicana, ya no estaba a cargo de Negrín y los comunistas: había habido un golpe de Estado y era el Consejo Nacional de Defensa el que pactó la rendición. Fue Casado, y no Alberti o Negrín, quien decidió marcharse y dejar en la estacada a los combatientes republicanos (Julián Besteiro, que había apoyado el golpe, quiso en cambio compartir su suerte con ellos).
            Pero no es cuestión de entrar de pormenorizar las opiniones basadas en arraigados prejuicios o en manías personales. Paradójicamente, parece sentir más simpatía por Stalin  –véase la página 38–que por los escritores que este asesinó o persiguió, como Anna Ajmátova (de quien se burla con poca piedad, como si de una Olvido García-Valdés, que no goza precisamente de sus simpatías, se tratara).
            A Diligencias le sobran las iniciales de los nombres propios y los juegos ortotipográficos con ellas; algunas opiniones contundentes que no resisten el contraste con los datos; los chistes verdes puestos en boca de este o aquel y alguna que otra cosilla (como esa foto a “uno de los vendedores más asquerosos del Callejón del Gato” que se nos describe con repulsiva precisión).
            Pero los admiradores de Andrés Trapiello –que son legión– ya están acostumbrados a estos caprichos de un autor muy dado a “sostenella y no enmendalla” y a seguir el consejo cernudiano de cultivar lo que otros reprochan en él. Vale la pena pasarlos por alto –aunque sean los que más juego den a esos atentos y antipáticos reseñistas que tanto irritan al autor– para disfrutar de un plural festín de vida y literatura.










sábado, 9 de febrero de 2019

Círculos concéntricos



Por sendero invisible. Antología esencial
Antonio Colinas
Selección y prólogo de José Luis Puerto
Renacimiento. Sevilla, 2018.

Pocas obras tan variadas y unitarias como la de Antonio Colinas, comenzada hace ahora cincuenta años, con un libro, Preludios a una noche total, que reaccionaba, de otra manera que la poesía joven de entonces, contra la tiranía del chato realismo que había monopolizado buena parte de la literatura de posguerra.
            Tras el neorromanticismo, a ratos un tanto ingenuo, de esa obra inicial, Antonio Colinas pareció subirse al carro del culturalismo generacional con Truenos y flautas en un templo, pero no tardó en demostrar que lo suyo no era un seguir la moda, sino que era un maestro: Sepulcro en Tarquinia, de 1975, le colocó en la primera línea de la poesía española, en la que todavía sigue.
            Por sendero invisible antologa en menos de doscientas páginas una obra poética que supera las mil y que corre el riesgo de perder sus rasgos esenciales en un crecimiento que no desdeña los poemas de circunstancias, los casi obligados homenajes, y que a ratos parece deber más al buen hacer literario que a la intuición poética.
            Pero la obra literaria de Antonio Colinas no está solo en sus poemas. Espléndida poesía en prosa hay en muchos pasajes de sus novelas autobiográficas, sus anotaciones sapienciales (reunidas en las varias entregas de Tratado de armonía), sus libros de viajes, sus traducciones, su biografía de Leopardi, sus artículos, centrados casi siempre en los poetas que admira y en elucidar los misterios de la palabra poética.
            Para quien no conoce la poesía de Colinas –tendrá que ser un lector muy joven o muy despistado–, Por sendero invisible, con su didáctico y admirativo prólogo de José Luis Puerto, constituye la mejor iniciación; para quienes ya se acercaron a alguno de sus libros, una buena manera de redescubrirla y de descubrir algún sendero menos frecuentado.
            No hay poeta significativo, de la tradición occidental o de cualquier otra, al que Colinas no haya leído y homenajeado adecuadamente (toda su obra es un canto de amor a la poesía, a la música, a la pintura, al arte en general), pero quizá las dos líneas de fuerza que vertebran su obra se pueden resumir en los nombres de Leopoldo Panero y Ezra Pound.
            Con Leopoldo Panero comparte el enraizamiento en un paisaje y una estirpe, el gusto por la poesía familiar, la raigambre machadiana y telúrica de sus versos; con Ezra Pound, a quien conoció y entrevistó en Italia, una ambición exploratoria de los límites de la poesía, un deseo de abarcarlo todo con sus versos, un perderle el miedo al hermetismo y a la metáfora irracional.
            En Por sendero invisible encontramos algunas de las piezas más difundidas de Antonio Colinas: el poema dedicado a Simonetta Vespucci y su trémolo verlainiano; el monólogo dramático que protagoniza Giacomo Casanova, con su largo título, tan epocal (José María Álvarez exploraría hasta la saciedad el procedimiento) y, sobre todo, el deslumbrante “Sepulcro en Tarquinia”, una pieza de bravura que al propio autor le costaría superar.
            Un tono distinto muestra “Suite castellana”, de Astrolabio, donde el poeta, que parecía seducido para siempre por las luces de Italia, se vuelve hacia sus orígenes leoneses y lo hace, como en toda su obra, con verdad y belleza.
            De Noche más allá de la noche, un poema-libro en el Colinas aspiró a compendiar la historia de la cultura, se reproducen algunos cantos esenciales, como el X, en el que un legionario pide que se grabe sobre su tumba un verso de Virgilio, o el XXXV, que el autor considera básico para entender su visión del mundo: “Me he sentado en el centro del bosque a respirar”.
            En la poesía de Antonio Colinas, contrastan los poemas más ambiciosos con otros que se reducen a “unas pocas palabras verdaderas”. De ellos, se recoge el poema “Para Jandro”, dedicado a uno de sus hijos e incluido en un libro que lleva el significativo título de Jardín de Orfeo.
            Entre los poemas inéditos en libro que se añaden a la antología, posteriores a Canciones para una música silente, de 2014, podemos leer dos dedicados a Ezra Pound: en el primero, el poeta de los Cantos dialoga con su mejor discípulo, Eliot; en el segundo, le dedica una apasionada “Ofrenda”: “Cegado por la excesiva luz huiste de la vida. / ¿Y ahora estás contemplando / las tinieblas moradas / o acaso otra luz que es más luz?”
            Antonio Colinas, aunque a veces pudiera parecer cegado por la excesiva luz de las referencias culturales, nunca huyó de la vida. Por eso su poesía, en ocasiones tentada por los ejercicios retóricos y la declamatoria enumeración de buenas intenciones, sigue conservando la emoción y la sabiduría, la verdad y la belleza –acrecentadas en círculos concéntricos– con que comenzó a deslumbrar a los lectores hace ahora exactamente medio siglo.

sábado, 2 de febrero de 2019

Una revolución en danza



La Habana en un espejo
Alma Guillermoprieto
Literatura Random House. Barcelona, 2018.

¿Qué tienen que ver la revolución cubana y la danza moderna? Alma Gillermoprieto ha sabido unir ambas en un libro que tiene toda la ajustada precisión de sus crónicas latinoamericanas y es a la vez una espléndida novela autobiográfica.
            Más de treinta años después, recrea la autora un episodio crucial en su vida: los meses que pasó en La Habana como profesora de la Escuela Nacional de Danza. El prólogo nos advierte que no llevó un diario en aquellos años, que las cartas que incluye son reconstrucciones, lo mismo que los diálogos, que buena parte de los personajes están inspirados en varios personas reales, no en una sola.
            Ella insiste, sin embargo, en que, aunque no constituye “un relato histórico y fidedigno” de su vida durante seis meses de 1970, La Habana en un espejo “tampoco es una novela”. A pesar de sus palabras, lo es: una novela sin ficción, como las que ha escrito y teorizado sobre ellas a menudo Javier Cercas. La imaginación creadora se pone al servicio de la reconstrucción de la realidad vivida, no de la creación de mundos ficticios y verosímiles, como en la novela realista.
            Pero esas disquisiciones teóricas tienen muy relativa importancia. Desde la primera línea, la sensación de verdad es grande. El primer capítulo nos lleva al Nueva York apasionante, creativo y amenazador de finales de los sesenta.  Manhattan era a la vez un imperio mágico propicio a todas las aventuras estéticas y una isla sitiada: “Ya algún ladrón había saqueado y medio destruido el apartamento que compartía con mi madre. Ya habían asaltado el apartamento de Graciela y Sheila (más tarde se habrían de encontrar con el ladrón en el ómnibus). Violaron a una conocida. Convivíamos con los asaltos y la violencia como con la plaga de cucarachas, que era la fauna nativa de las cocinas neoyorquinas”.
            Tres figuras centrales de la danza moderna –la alcoholizada Martha Graham, ya entonces una torturada y torturadora estrella; el apolíneo y distante Merce Cunningham; la siempre sorprendente Twyla Tharp– son evocadas con trazo maestro. También sus compañeras bailarinas, capaces de todos los sacrificios por un abstracto triunfo que no parecía traer consigo ninguna recompensa.
            Tras el espléndido primer capítulo –pocas veces se ha dicho más en menos páginas–, el núcleo del libro, sin abandonar el mundo de la danza, se centra en otro tema no menos apasionante: la revolución cubana, vivida en el momento de su máxima ambición y su primer gran fracaso, la zafra de los diez millones.
            La Alma Guillermoprieto, aclamada periodista, que escribe, con mano maestra, La Habana en un espejo, no es la insegura, tímida, atormentada adolescente que la protagoniza. Una no entiende del todo lo que está pasando entonces en Cuba; la otra lo entiende demasiado bien, pero no cae en el error de proyectar los venideros y crecientes desastres sobre lo que era todavía para muchos un ilusionante presente.
            No oculta Alma Guillermoprieto las grietas de aquella Habana que se creía capital de un mundo más justo; tampoco las acentúa. Fidel Castro aún conserva en este tiempo su perfil de héroe clásico y la autora se cuida de subrayarlo.
            No es La Habana en un espejo una fidedigna crónica –cada dato adecuadamente chequeado– como las magistrales que Alma Guillermoprieto dedicaría después, cuando abandonara el mundo de la danza, a las matanzas y a los exilios de Latinoamérica, pero vale como la mejor crónica, como el retrato más fidedigno de un escenario en el que, de algún modo, se estaba decidiendo el destino del mundo.
            Lo que diferencia a este libro sobre la Cuba de Fidel Castro de los innumerables libros que se han escrito sobre esa Cuba que iba de fracaso en fracaso hasta la imposible victoria final, es el personaje de la protagonista, que coincide con la narradora y es al vez alguien completamente ajeno a ella. Atormentada, insegura, con tendencias suicidas, se trata de un gran personaje de novela –inolvidable como Ana Ozores o el protagonista de El guardián entre el centeno–, aunque este libro no sea, como quiere la autora, sin dejar por ello de serlo, como pienso yo, una novela.
            Es una espléndida novela de formación, o Bildungsroman, y además el mejor compendio para entender la danza moderna –tan minoritaria, tan rupturista hoy como entonces– y la carcoma de dogmatismo y voluntarismo que lastró desde sus comienzos una de las más audaces aventuras políticas del siglo XX.

miércoles, 23 de enero de 2019

Cristiano, caballero y español



Diario, I
José María Souvirón
Edición de Javier La Beira y Daniel Ramos López
Centro Cultural Generación del 27. Málaga, 2018.

José María Souvirón, malagueño de 1904, participó, junto a Manuel Altolaguirre, en las primeras aventuras de su generación, la del 27. De familia burguesa y conservadora, se sintió, por reacción, en su juventud próximo a la ideología anarquista y partícipe de las ilusiones republicanas. Cuando comenzó la guerra civil, vivía en Chile. Allí fue protagonista de una doble conversión: al catolicismo y al falangismo. En 1938, se vino a España a luchar junto a Franco. Por razones familiares al terminar la guerra, volvió a Chile, donde llevó a cabo una importante labor editorial. En 1953, vuelve a España y, poco después, comienza a escribir un diario que se ha mantenido inédito hasta la fecha.
            Se publican ahora los tres primeros cuadernos –de un total de doce– que abarcan desde finales de 1955 hasta mediados de 1958. Es una obra escrita con voluntad de estilo y con intención de que comience a publicarse después de su muerte. “Entre cinco o seis años después”, le indica a su sobrino en la carta en la que le deja en custodia los cuadernos manuscritos. Han pasado algunos años más (Souvirón murió en 1973), pero por fin podemos comenzar a leer lo que está destinado a ser una de las piezas capitales de la literatura autobiográfica española.
            José María Souvirón escribió poesía, novela, ensayo. Estaba muy al tanto de las literaturas inglesa y francesa. Conocía al dedillo la tradición de los grandes diaristas –de Pepys a Stendhal, de Léautaud a Gide– y era muy consciente de cómo quería el suyo: “Un diario tiene que ser variedad (en la unidad). Estados de ánimos, días nublados y claros, alacridad y fatiga, entusiasmo y desdén; si la transición de una nota a la del día siguiente parece demasiado violenta, es que ambas notas proceden de situaciones ‘correctivas’ entre sí” (p. 213).
            Este diario nos permite, entre otras muchas cosas, viajar al núcleo intelectual del franquismo. Los grandes amigos de Souvirón fueron Leopoldo Panero y Luis Rosales, con quienes se siente más a gusto que con los poetas de su generación. Como ellos, trabajó en las instituciones culturales del franquismo: director de Colegios Mayores, subdirector de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, funcionario del Instituto de Cultura Hispánica.
            Son los años en que comienza a aparecer la oposición desde dentro del Régimen y Souvirón se posiciona en contra de los Ridruejo y los Laín, traidores a sus primeros ideales. No es el único: “Luis Rosales se pone fuera de sí (¡y con cuánta razón!) al oír a Luis Felipe Vivanco asegurar que él (Luis Felipe) nunca ha sido falangista. ¡Es abismante! ¡Había que verlo en 1938 y 39, con sus botas, su camisa azul, exagerando el tono nazi (que, por fortuna, no arraigó en aquella falange bella de aquel tiempo), dando taconazos y yendo a Berlín a llevarle a Goebbels una capa de torero!” (p. 428).
            José María Souvirón, hombre de misa diaria y de comunión frecuente, es amigo de Dámaso Alonso, pero simpatiza poco con Vicente Aleixandre (“cada día me parece su poesía más pichafría y más cuento de hadas”, p. 126) y nada, como era de esperar, con Gabriel Celaya (“un rico dueño de industrias de San Sebastián que con las ganancias de su fábrica tiene tiempo de hacer poemas comunistas”, p. 157).
            Nadie es de una pieza y estas páginas nos muestran a Souvirón en toda su complejidad. Conmovedoras son las páginas que dedica a sus hijos ausentes, variadas sus notas de viaje, llenas de inteligencia las reflexiones literarias. Impresiona el poema que le lee –y él copia en su diario– el hijo de uno de sus amigos, un niño de apenas ocho años. “Me pregunto yo si muchos poetas mayores de hoy serán capaces de hacer un poema tan bellos como este” (p. 137). Ese niño se llamaba Leopoldo María y era hijo de Leopoldo Panero.
            Español sin complejos, hombre cultivado, católico a machamartillo, no oculta Souvirón lo que piensa de las mujeres, los homosexuales, los catalanes, los marroquíes, las culturas prehispánicas.
            “Chile es uno de los países donde las mujeres –de cierta clase social para arriba– son más bellas y elegantes. (La mujer del pueblo es allí fea, pero desde secretaria en adelante, hasta la plutocracia, no las hay mejores en otras naciones, y desde luego en Sudamérica)”, p. 119.
            “La perra –era mujer– que iba dentro del proyectil ruso ha muerto, dicen”, p. 305.
            “Vinieron a buscarme al hotel los poetas cordobeses Ricardo Molina, Julio Aumente y Vicente Núñez. (Son algo maricones los poetas en esta ciudad. Coincidencia curiosa, pero todos tienen esa indecisa, bien educada y repulsiva constitución”, p. 235.
            “Leo el libro de Luis Cernuda Estudios de poesía española contemporánea, que acaba de aparecer […] Libro sin duda de marica. Buen poeta, pero ¡tan marica! Con un venenillo feminoide que tiene su gracia puñetera” (p. 298).
            “Voy a desayunarme al coche-comedor. Frente a mí, una madre y una hija, catalanas, que hablan en un catalán cerrado, duro y ordinario […] La joven no es fea; trata de timarse conmigo, pero a mí me atrae más el paisaje, que no es cursi ni habla catalán” (p. 174).
            “En Ifni, los moros atacan a los españoles […] Traidorcillos una vez más esos moros. El Sultán Mohamed es un cabrón que, después de recibir las ‘atenciones’, dinero, cultura y civilización de Francia y España, después de haber aceptado recientes homenajes, fomenta ahora esta guerra […] Habrá que darles para el pelo a los moros, antes de entrar en trato con ellos… si es que se puede tratar con ellos” (pp. 310-311).
            Tras una conferencia sobre los quimbayas, del valle del Cauca, en la actual Colombia, escribe: “Interesante, sobre todo, para añadir un dato más a los beneficios de la llegada de los españoles. ¡Qué animales eran aquellas ‘culturas’! Antropófagas, mariconas, polígamas, de caciques comerciantes y explotadores, de un magicismo torpe y sádico… No me extraña que los españoles que no iban con espíritu misionero, los que iban a conquistar, arremetieran a espadazos contra aquellos pederastas…” (pp. 414-15).
            El azar, el “seguro azar” de Pedro Salinas, ha querido que el diario inédito de José María Souvirón se publique en el momento justo. Al margen de sus innegables valores literarios,  puede convertirse en referente ideológico de la nueva Andalucía, de la España sin complejos que se avecina.
             

viernes, 18 de enero de 2019

Severo Ochoa, Marino Gómez-Santos y la ceremonia del adiós



Severo Ochoa no era de este mundo
Marino Gómez-Santos
Renacimiento. Sevilla, 2018.
           
Marino Gómez Santos (Oviedo, 1930) se hizo famoso a finales de los cincuenta y primeros de los sesenta con una serie de entrevistas, publicadas en el diario Pueblo, que ensanchaban los límites de lo que era habitualmente una entrevista periodística.
            Se publicaban por entregas, a lo largo de una semana, a página completa, una de aquellas páginas inmensas de entonces, y podían publicarse luego independientemente en un folleto (ocurrió con la de Marañón) o unas cuantas reunidas en un volumen de regular extensión.
            Esas entrevistas –la más reciente recopilación se titula Vidas contadas– siguen estando entre los más valioso de su producción y constituyen, como las que José María Carretero, El Caballero Audaz, publicó en La Esfera y reunió luego en los diversos volúmenes de Lo que sé por mí, una especie de inagotable Comedia humana, un fascinante retablo de vidas españolas del siglo XX.
            Severo Ochoa no era de este mundo puede emparentarse con otro libro de Marino Gómez Santos publicado hace más de sesenta años, Baroja y su máscara. Los títulos de ambos libros podían ser Severo Ochoa y yo, Baroja y yo. Nos cuentan la relación personal del autor con esos grandes hombres, conocidos ya en la ancianidad.         
            Gómez Santos –periodista y escritor– tuvo siempre una irresistible proclividad a acercarse a las figuras ilustres, a entrevistarlas, a fotografiarse con ellas, a ponerse a su servicio como secretario para todo si era menester. A casa del anciano Baroja (convertido por aquellas fechas casi en un género literario: no había incipiente escritor que no le visitara y entrevistara), comenzó a ir todos los días para mecanografiar lo que el novelista le dictaba. Algunas de sus obras últimas, como Aquí París, no habrían sido posibles sin la colaboración decisiva del servicial Marino.
            En 1956, el año en que murió Baroja, se publica Baroja y su máscara, un volumen algo destartalado, pero que todavía se lee con gusto. Incluye sugerentes fotografías de Besabé y, además de las conversaciones con el escritor, artículos y entrevistas firmados, entre otros, por Josefina Carabias, César González-Ruano (una de las primeras devociones del periodista biógrafo) o Miguel Pérez Ferrero.
            Severo Ochoa no tiene, como personaje, el encanto de Baroja y eso hace que el nuevo libro que Marino Gómez-Santos le dedica (pasan ya de la media docena) presente un menor interés. El volumen está basado en el diario que el autor llevó entre 1967 y 1993, el tiempo que duró su amistad con el científico. Comenzó en el hotel Palace, con los preliminares de una entrevista para su sección de Pueblo y se iría afianzando durante todo lo que le quedaba de vida al premio Nobel, hasta el punto de que Gómez-Santos sería su albacea testamentario y el secretario de su Fundación.
            Premio Nobel es la palabra más repetida a lo largo de estas páginas, apenas hay una en la que no aparezca. Severo Ochoa, discípulo de Negrín (de quien no guarda muy buen recuerdo: le negó su voto en unas oposiciones, algo que un universitario español nunca olvida), marchó de España a comienzos de la guerra civil. Marino Gómez-Santos se cuida mucho de indicarnos que eso no le convierte en un exiliado político. Marchó para poder seguir desarrollando su trabajo científico. Acabaría recalando en la Universidad de Nueva York y en ella investigaba cuando se le concedió, junto a uno de sus colaboradores el premio Nobel en 1959. Desde esa fecha hasta 1977 fue el único premio Nobel español (y en una especialidad que solo había obtenido anteriormente Cajal) y eso le convirtió en una celebridad mediática –incluso fue objetivo de la prensa rosa por sus presuntos amores con Sara Montiel– y en objeto de todo tipo de reconocimientos. Aprovechó su influencia para ayudar a crear el Centro de Biología Molecular, del que se desilusionó pronto.
            El interés de Severo Ochoa no era de este mundo es más psicológico y sociológico que propiamente literario. Se echa en falta una adecuada labor de edición que evitara, por ejemplo, que cada vez que aparece el premio Nobel norteamericano Gajdusek se nos contaran las mismas anécdotas y con las mismas palabras (páginas168-170 y 189-191). 
            Interés psicológico: en la mayor parte del volumen (la sección titulada “Diario sin fechas”), fallecida la esposa del escritor (en la que este delegaba todo lo que tenía que ver con su vida práctica), los protagonistas son dos: Severo Ochoa y su inseparable y deslumbrado acompañante (“Viajar con un Premio Nobel del carisma de Severo Ochoa incluye consideraciones reservadas a los jefes de Estado”). Algo del género inaugurado por Léon Gozlan y su Balzac en zapatillas tiene este libro: nos revela muchas de las debilidades del gran hombre.
            Interés sociológico: la España de los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia, con sus intrigas y sus cabildeos políticos en el medio intelectual, queda muy bien reflejada en estas páginas. La memoria cruel tituló Gómez-Santos sus memorias; también podía haberlo titulado La memoria vengativa, porque vengativa es la suya: no hay antigua ofensa, real o imaginaria, que quede impune.
            Tras la muerte de Ochoa, Gómez-Santos fue poco a poco relegado por el patronato de la Fundación que el Nobel había creado, a pesar de que era secretario de la misma. En la tercera parte, “La posteridad burlada”, ejerce su derecho al pataleo con tal motivo.
            El “Diario sin fechas” –un error, un diario de este tipo debería de tener fechas– es una minuciosa crónica de la decadencia física e intelectual que ocasiona la vejez. No resulta una lectura demasiado grata, aunque amenizada por los continuos alfilerazos –o cuchilladas– del narrador a quienes se interpusieron en los intereses del Nobel, o en sus propios intereses, que acabaron confundiéndose un poco.
            Todo un personaje Marino Gómez-Santos, que parecía destinado a brillar con luz propia en sus ambiciosos inicios (iba para sucesor de Gónzález-Ruano), y que de alguna manera ha sabido no dejarse borrar por el resplandor de las celebridades que desde siempre tanto le atrayeron.
           

viernes, 11 de enero de 2019

De la vida que pasa



Transparencias. Antología poética
Circe Maia
Edición de Diego Techeira
Visor. Madrid, 2018.

Qué sorpresa, para la mayoría de los lectores españoles, encontrarse de pronto con Trasparencias, la antología poética de Circe Maia. Nacida el año 1932, en Montevideo, no es precisamente una desconocida: en su país, goza de todos los reconocimientos y ha sido traducida a numerosas lenguas. Es también traductora de diversas lenguas, especialmente del griego y del inglés, y uno de sus libros, La casa de polvo sumeria, entremezcla, de manera ejemplar, versiones de diversos autores y reflexiones sobre la tradición poética.
            Podríamos lamentarnos de la falta de comunicación entre la literatura que se escribe en español a uno y otro lado del Atlántico (cosa cierta), pero mejor quizá ver las cosas de otra manera: es tanta la riqueza de la poesía en español durante las últimas décadas que incluso el lector habitual del género puede encontrarse de pronto con un poeta peruano o mexicano o boliviano del que no tenía noticia y que de pronto se le vuelve imprescindible.
            Circe Maia –es su auténtico nombre: Circe Maia Rodríguez, no un pseudónimo– comienza su primer libro, En el tiempo (1958), con unos versos de Antonio Machado, de los que toma el título, y glosa en el prólogo sus ideas sobre la poesía; en el más reciente, Dualidades (2014), vuelve a citarle, al inicio (“Da doble luz a tu verso, / para leído de frente / y al sesgo”) y en el interior de uno de los poemas: “Tú no verás caer la última gota / que en la clepsidra tiembla”.
            Esta fidelidad machadiana no convierte a Circe Maia en un epígono del poeta de Campos de Castilla, como tantos que proliferaron en la poesía española de posguerra. Ha seguido su ejemplo, su mejor ejemplo, el de Soledades, el de los poemas menos anecdóticos, pero lo ha llevado a un grado mayor de invisibilidad retórica.
            No es Circe Maia de esos poetas que gustan de levantar la voz, de ponerse solemnes; no hay en ninguno de sus libros los “trozos de bravura” que tanto detestaba Cernuda y que tantos aplausos despiertan entre ciertos lectores y estudiosos.
            Su lenguaje es el de la conversación; sus temas, los de la cotidianidad. En los poemas de Circe Maia parece no pasar nada, salvo el tiempo, para decirlo con palabras de Ángel González.
            Pasa el tiempo, y eso no es pasar poco, y se escuchan cada vez más insistentes los pasos de la muerte. No estuvo exenta de tragedia la vida de Circe Maia ni vivió ajena a las turbulencias de su país: durante la dictadura militar se llevaron preso a su marido y a ella, a la que también buscaban, la dejaron libre porque tenía una hija de solo cuatro días. Expulsada de su trabajo como profesora de filosofía, se ganó la vida durante años dando clases particulares. Pero todo queda serenado, trascendido, en unos poemas que parecen hechos de nada y que de pronto nos cortan el aliento.
            Su poesía nos invita a participar en el misterio de una vida, que es solo la suya, y que a la vez es la de todos. “Invitación” se titula precisamente el poema en que se dirige a cada uno de nosotros, sus lectores: “Me gustaría / que me oyeras la voz y yo pudiera / oír la tuya. / Sí, sí. Hablo contigo, / mirada silenciosa / que recorre estas líneas. / Y repruebas tal vez este imposible / deseo de salirse del papel y la tinta. / ¿Qué nos diríamos? / No sé, pero siempre mejor / que el conversar a solas / dando vuelta a las frases, a sonidos / (el poner y el sacar paréntesis y al rato / colocarlos de nuevo). / Si tu voz irrumpiera / y quebrara esta misma / línea… ¡Adelante! / Ya te esperaba. Pasa. / Vamos al fondo. Hay algunos frutales. / Ya verás. Entra”.
            Y entramos pronto en esta poesía de engañosa facilidad, que gusta de encubrir el andamiaje intelectual –las bien asimiladas lecturas– desde las que está escrita. Hay poemas que glosan a pintores –Vermeer, Klee, Van Gogh–, a escritores –Kafka omnipresente, Kavafis en el poema “Prisionero”– o a filósofos, como el Berkeley que negaba la realidad de la realidad, pero en ninguno de ellos asoma la pedantería o el culturalismo que necesita la aclaración del estudioso. Están escritos con el mismo tono de voz con que otros que hablan de “los quehaceres cotidianos”, de un niño que juega a las adivinanzas, de las hierbas que crecen entre las ranuras y que es preciso arrancar.
            Palabra en el tiempo la de Circe Maia que acierta a dar –como quería Machado– doble luz a su verso, para que lo leamos de frente –la anécdota, la casi siempre mínima anécdota– y al sesgo, con el temblor emocional de quien entreve la luz y la sombra de la que estamos hechos.
           

lunes, 7 de enero de 2019

Literatura digital y otras falacias



Del café al tuit
Literatura digital, una nueva vanguardia
Ana Cuquerella
Calambur. Madrid, 2018.


La tesis que expone y defiende Ana Cuquerella en su libro Del café al tuit es que “estamos asistiendo a los momentos fundacionales de una nueva literatura”, que se están sentando las bases de lo que la literatura será en el futuro.
            A su entender, ya hay obras valiosas que van en esa dirección: al final del volumen se enumera una decena de títulos a los que considera “jarchas digitales”, los primeros balbuceos de “la nueva manera de dar forma a la literariedad de los textos propiciada por las nuevas tecnologías”.
            Una tesis sugerente la suya, pero que muy pronto comienza a mostrar sus debilidades. Ana Cuquerella, a pesar del empaque académico de su investigación, no parece tener una idea muy clara ni de lo que es la literatura ni del funcionamiento de las tecnologías digitales.
            Para ella, el traslado de un libro impreso al medio electrónico implica necesariamente “transformaciones en el texto en sí”. ¿En un e-book el texto del Quijote, de los poemas de Antonio Machado o del último Premio planeta es diferente de la edición en papel? Resulta evidente que no.
            Ana Cuquerella confunde la edición digital de un texto con su adaptación: “Cuando el administrador del blog Canto de espumas, por ejemplo, toma un fragmento del poema de Machado, lo selecciona y recorta y lo inserta en su fotopoema acompañado de sus propias fotografías, está generando algo nuevo”. Pero lo mismo ocurre cuando esos versos de Machado son acompañados de fotografías en un volumen impreso.
            La literatura –entendamos lo que entendamos por literatura– no está ligada al medio por el que se transmite. Un poema de Catulo  (“Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris. / Nescio, sed fieri sentio et excrucior”), impreso o manuscrito, en papel o en pergamino, sigue siendo el mismo poema de Catulo. Y lo continúa siendo en una edición digital o copiado en un tuit o en un muro de Facebook. Es el mismo poema cuando se lee en voz alta en una clase o por la radio o en un video de YouTube.
            Estas obviedades las ignoran muchos presuntos especialistas, no ya en las nuevas tecnologías, sino también en literatura. Conviene por tanto detenerse un poco en ellas. Ni todo lo que se publica en libro es literatura ni el libro es siempre el mejor modo de acceder a la literatura. Los textos breves –poemas, cuentos– han preferido siempre otros medios de difusión. Primero, la oralidad (que sigue siendo importante en los poemas), luego las publicaciones periódicas, revistas y diarios; hoy en día, Internet. Los poemas se encuentran más a gusto en las redes sociales que en los libros de poemas (a menudo solo una recopilación de textos que primero se han difundido de otra manera). No se trata de algo nuevo. ¿Qué son los libros de cuentos de Clarín o de Emilia Pardo Bazán sino recopilación y selección de relatos que previamente fueron apareciendo en diversas publicaciones, como La Ilustración Ibérica, Los Lunes de El Imparcial o Blanco y Negro??
            El volumen de Ana Cuquerella tiene todas las limitaciones de un trabajo académico, valido solo para el burocrático currículum profesional, no para el lector común: abundantes paráfrasis, no siempre inteligibles, de lo que ha dicho este o aquel estudioso y pocas, poquísimas ideas propias, y casi siempre equivocadas o de una ingenuidad sorprendente. Baste un ejemplo: la literatura digital global se diferenciaría de la literatura analógica global porque “sus integrantes: autores, lectores, seguidores, programadores, diseñadores, etc., se consideran parte de un grupo. Comentan en blogs especializados, organizan y acuden a congresos, seminarios y actividades que giran en torno a estas obras, participan en foros, comparten tuits, etc.”
            ¿Y eso no lo hacen también los autores de cualquier tipo de literatura y los médicos, los numismáticos y todos los que tengan una actividad o una afición en común?
            Ana Cuquerella confunde la literatura digital con los video-juegos,  con las adaptaciones de poemas o relatos, con los ejercicios escolares, con el arte digital, que puede utilizar o no palabras. Para ella un blog es un nuevo género literario, aunque sea un blog de cocina, por su inmediatez y porque admite los comentarios. Para ella, el paso de las bitácoras a Twiter ya supondría una gran innovación literaria: “Cuando todavía estábamos explorando las formas textuales y de comunicación de los blogs, surge un nuevo formato el ‘microblog’, que abre el camino a publicaciones de microrrelatos, haikus, creaciones colectivas, etc., en las que la velocidad, síntesis e interacción superan a las de los primeros”.
            Antes de escribir un libro sobre la literatura digital, Ana Cuquerella debería comenzar por distinguir entre un blog y una red social. Funcionan de diferente manera, pero en ambos se puede igualmente publicar literatura. Un ejemplo reciente, el libro La vida instantánea, de Sergio C. Fanjul, es una excelente recopilación de artículos costumbristas que aparecieron en Facebook, pero que igual podían haber ido apareciendo en un diario.
            “La literatura digital se dirige a un público sin restricciones”. escribe Ana Cuquerella. Y continúa: “Además de ser gratuita y poseer una serie de propiedades intrínsecas que la hacen diferente a la analógica, es universal en su concepción”.
            Error, error, error. La literatura digital, como cualquier literatura, selecciona su público: juvenil, infantil, de aficionados a la ciencia-ficción, etc. La literatura digital puede ser gratuita o no (solo lo es siempre si practicamos el pirateo), lo mismo que la analógica; existen las ediciones no venales. ¿La literatura digital es universal en su concepción al contrario que la literatura analógica? No merece la pena replicar a eso.
            Las confusiones conceptuales de Ana Cuquerella quedan ya patentes en el título que le ha dado a su investigación: Del café al tuit. La versión digital del café literario, del lugar habitual de tertulias, no sería propiamente el tuit, sino el chat, los grupos de WhatsApp o los blog que se llenan de comentarios en torno a un tema polémico.
            Conclusión: en cuestión de nuevas tecnologías, todos somos aprendices, hasta Mark Zuckerberg. A los especialistas, apocalípticos o no, hay que tomarlos con cautela. Salvo que sean especialistas en informática, pero a ellos solo se recurre cuando se nos estropea el ordenador o no funciona la Wifi, no cuando queremos comprender cómo influyen las nuevas tecnologías en la difusión y en la creación de literatura.