sábado, 30 de mayo de 2020

Poesía y verdad



Realidad
José Manuel Benítez Ariza
Siltolá. Sevilla, 2020.

Los poemas de Realidad parten de situaciones cotidianas, y de ahí quizá el título, unas de aparente trivialidad (“Terrazas”, “Lector en la playa”, “El baño”, los apuntes viajeros de “Waterford”) y otras cargadas de emoción al margen de su tratamiento poético: “Desmantelando una habitación infantil” o “A un desmemoriado”, sobre el padre con Alzheimer.
            ¿Cómo se consigue dotar de trascendencia a unos poemas que podían incurrir en la trivialidad o en el desbordamiento sentimental? El tono de Benítez Ariza es aparentemente frío, casi ensayístico: le gustan las frases largas, matizadas, los “sin embargo” y los “por tanto”; llega incluso a titular un poema como “Diagnóstico razonado de un problema de vértigo”. Solo muy de tarde en tarde se permite algún verso que sobresale del conjunto por su especial expresividad, incurrir en la greguería (esos vendedores callejeros de paraguas “con su carga de murciélagos dormidos”) o terminar el poema con una ocurrencia: “Y las higueras, ya se sabe, / incluso las recién nacidas, / son viejas por definición, / como las piedras y los montes”.
            La poesía de Benítez Ariza no nos deslumbra por su brillo, sino por su lucidez. Es poesía en la que el mirar y el pensar se unen inextricablemente. Los sentidos están al servicio de la inteligencia.
            Lo que llamamos realidad no es más que una parte de la realidad: “Alguien trazó a tus pies un círculo de tiza / y te dijo que nunca debías transgredirlo”.
            Ese círculo de tiza lo transgrede con frecuencia Benítez Ariza en estos poemas. “Ante un ramillete de perejil” nos habla “de una íntima conexión, más allá de la lógica, / de todo con el Todo”; en “Terraza” imprevistamente se interrumpe la conversación feliz del grupo de amigos “y es como si de pronto / todo el mundo aguzara los oídos / en anticipación de algo que se aproxima / y, sin embargo, no / termina de llegar”. En algún caso, el poema, como en “A la Madonna de Waterford” el poema adopta la forma de una peculiar oración a “un primitivo dios que atiende y calla”, el mar.
            “Diez acuarelas” se titula una de las secciones del libro. Benítez Ariza no solo es poeta, narrador, crítico literario, ensayista de múltiples intereses, traductor de algunas de las más destacadas obra de la literatura inglesa, sino que también tiene su violín de Ingres en la pintura. “Diez acuarelas” se titula una de las secciones del libro, en la que, más que pintar con palabras, que también, se reflexiona sobre lo pintado: “Doble caducidad del puntal en el fango: / la que es efecto de la corrosión, / ya sea por la mera exposición al aire y al salitre / o por la silenciosa labor de los xilófagos, / y la que corresponde a lo que vive subsidiariamente / en su puro reflejo. // Remueve la marea las aguas estancadas / en torno al espigón y el reflejo se borra. // El tiempo solo tarda un poco más”.
            No le importa a Benítez Ariza incurrir en lo prosaico, en lo anecdótico, en el decir ensayístico: busca la precisión, no la floritura verbal. Nacido en Cádiz en 1963, nada tiene que ver su poesía con lo que tópicamente se entiende por poesía andaluza: sus maestros están en la poesía inglesa y también en poetas como Luis Cernuda que tanto aprendieron de ella. Uno de los poemas, “Fugaces”, remite irónicamente al Cernuda de “Despedida” (“Adiós, adiós, compañeros imposibles”), pero pasando previamente por José Luis Piquero y su “Iván y Arancha en Praga”: “Adiós, adiós, Praga y los autopullmans; / adiós, besos; adiós, Puente de Carlos; / adiós, islas y ríos cervezas de Pilsen; / adiós a cualquier brindis / y a todos los amantes del mundo adiós, adiós”.
            “Diagnósticos razonados”, como se titula una de las partes de Realidad, los poemas de Benítez Ariza, buena demostración de que la poesía, al contrario de lo que practican tantos poemas, no está reñida con el razonamiento.
            Que también sabe Benítez Ariza prescindir de la anécdota cotidiana, del eliotiano correlato objetivo, lo demuestran algunos de sus poemas breves. “Los cuatro elementos” no habría desdeñado firmarlo un poeta griego del tiempo en que filosofía y poesía caminaban de la par.
            Si comparamos el poema final del libro, “La diferencia”, con uno de los más famosos de Juan Ramón Jiménez, “Y yo me iré”, de tema semejante, resultará evidente lo que de precisión y pulcritud aporta Benítez Ariza a la poesía española: “El canto de los pájaros / o el olor de la jacaranda en flor / en la honda madrugada / no tenderán a converger / en tu clara conciencia / de otra mañana jubilosa, // Faltará esa conciencia, / pero allí seguirán, / dando razón de ser a la mañana, / las flores y los pájaros. // Y nadie notará la diferencia”.
            Poesía y verdad, como en Goethe, poesía que ilumina y agranda los márgenes de lo que llamamos realidad.



           

jueves, 21 de mayo de 2020

Local, universal




Porque olvido. Diario 2005-2019
Álvaro Valverde
Editora Regional de Extremadura. Mérida, 2020.

El diario es el género más proteico y el que más claramente muestra la huella dactilar del escritor.
            Más joven que la milenaria poesía, aunque su edad se cuenta ya por siglos, ha sabido como ella adaptarse a las nuevas formas de comunicación.
            El tradicional diario o dietario, escrito en pequeños cuadernos o en grandes libros de contabilidad, se ha acomodado perfectamente al lenguaje de Facebook o de los blogs personales.
            El poeta Álvaro Valverde, autor también de un par de novelas entre costumbristas y líricas, lleva desde 2005 un blog en el que da cuenta de sus lecturas, de su vida familiar y, sobre todo, de su vida profesional –digámoslo así-- como escritor. Ahora esos cientos de notas dispersas adquieren un nuevo sentido al reunirse en volumen. Ha habido una selección: quedan fuera los acuses de recibo de las novedades literarias y ciertas polémicas políticas (el autor ocupó algún cargo cultural del que fue desposeído con no muy buenas maneras). Lo que queda basta para retratar de cuerpo entero al autor: un hombre educado, cordial, que nunca se olvida de dar las gracias.
            Álvaro Valverde es un escritor paradójico: nació y ha vivido siempre en una pequeña ciudad, Plasencia, presencia constante en su obra, pero no es un escritor local. Desde su apartado rincón –y cumpliendo gozosamente con su otra profesión, la de maestro-- ha sabido encontrar un sitio en el panorama nacional, ganar los más importantes premios, hacer oír su voz de lector atento en alguno de los más significativos suplementos culturales.
            ¿Cómo lo ha conseguido? Este nutrido volumen puede servir como un manual de buenas prácticas para la promoción literaria. Comenzó Valverde, allá por los años ochenta, encuadrado en las filas de quienes combatían a la llamada “poesía de la experiencia”. Bajo el magisterio de un desaparecido Felipe Núñez y del más conocido Aníbal Núñez, aplaudido por Antonio Gamoneda, quiso hacer una poesía conceptual que no condescendiera con los modos realistas y neotradicionales de quienes comenzaban entonces a triunfar: Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes, Andrés Trapiello.
            Pronto, sin embargo, cambiaría de bando o, mejor, comprendería que lo mejor es estar a bien con todos los bandos, y encontró su camino en una poesía a a vez reflexiva e intimista, muy ligada a ciertas referencias culturales, evitando siempre cualquier disonancia.
            Porque olvido abunda en detalladas crónicas de presentaciones y lecturas. Álvaro Valverde, tras el elogio de los presentadores, tiene buen cuidado de no olvidar el nombre de ninguno de los asistentes y de dedicarle a cada uno de ellos unas palabras amables. No faltará quien piense que esa parte del diario, cumplida su función, quizá  hubiera debido quedarse en el espacio virtual. Pero no deja de tener su encanto ni su interés sociológico y psicológico.
            Otra buena parte de las entradas pueden encuadrarse en el capítulo de las necrológicas: se despide de emocionada manera a escritores amigos (Santiago Castelo, Ángel Campos Pámpano) y también a familiares y conocidos sin trascendencia pública. Álvaro Valverde –local y universal-- acierta en no distinguir entre unos y otros, todos cercanos a su corazón.
            De vez en cuando aparecen las referencias a su vida como profesor –una excursión escolar, un regalo de fin de curso--, evitando en lo posible cualquier aspecto negativo, como es ejemplar marca de la casa.
            La vida familiar, si incurrir en incómodas intimidades, aunque con alguna concesión al sentimentalismo, siempre contenido, se muestra con frecuencia en estas notas que abarcan quince años, y en las que se percibe como el tiempo va dejando su huella.
            No podían faltar las crónica viajeras. Casi todos los viajes de Álvaro Valverde son debidos a motivos literarios (una presentación, una lectura) y por eso entremezclan el agradecimiento a los anfitriones con muy precisas observaciones paisajísticas.
            Después de Plasencia, la otra patria de Valverde se encuentra en Gijón, ciudad a la que vuelve con frecuencia por motivos familiares, y a la que dedica enamoradas páginas.
            Un diario puede comenzarse a leer por cualquier página, también por la primera. Si leemos Porque olvido desde el principio nos encontramos con una minuciosa novela en la que un escritor y una pequeña ciudad son protagonistas principales, pero en la que abundan los personajes secundarios. A ratos nos resulta la lectura un tanto fatigosa, como en tantas novelas, pero pronto nos dejamos ganar por su atmósfera: en el microcosmos placentino cabe el mundo y el protagonista está lejos de ser un personaje plano, como pudiera parecer al principio.
            Pero también hay otra forma de leer, la más frecuente en los diarios, abrir por cualquier parte, picotear acá y allá, y detenerse en las páginas que nos hablan de paseos solitarios, de amigos admirados, de recuerdos juveniles, de la vida que pasa.
            Álvaro Valverde es el más educado, correcto, profesional, de los poetas españoles contemporáneos. Ese elogio es también la mayor censura que podría hacérsele. Al poeta, al hombre de genio, le conviene despeinarse de vez en cuando, perder los papeles. Álvaro Valverde nunca los pierde, al menos en este diario: si censura a algunos políticos, a algunos poetas de éxito en los medios, procura hacerlo sin dar nombres. Solo Eduardo Galeano y los independentistas catalanes se libran de esa cortesía.
            Porque olvido tenía todas las bazas para ser un libro de interés regional y, sin embargo, misteriosamente, funciona fuera de las fronteras de Extremadura. La mejor manera de ser universal es afianzar bien los pies en la tierra que pisamos y desde ella contemplar el mundo.


viernes, 15 de mayo de 2020

Pobreza y picardía


La pobreza
Antonio Gamoneda
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2020.

Algo de novela picaresca tiene la vida de Antonio Gamoneda: partiendo de la extrema pobreza ha conseguido llegar a la cumbre de toda fortuna literaria, tras ir dejando atrás diversas servidumbres.
            Esa novela basada en hechos reales la ha contado en numerosas ocasiones. Su segundo libro de memorias le añade matices hasta ahora inéditos. Durante los años cincuenta participó en numerosos concursos literarios, a veces con su nombre, a veces con el de un amigo, que se presentaba a recogerlos y con el que compartía el cincuenta por ciento del importe: “Manipulaba los poemas con el fin de que el mismo texto, modificado puntualmente, sirviese para otras convocatorias, y si sabía o suponía que un poeta de renombre iba a ser parte del jurado, buscaba una entonación que, recordando la suya, motivase su preferencia”.
            Tampoco mostró luego excesivos escrúpulos en los galardones que él mismo organizaba. En 1971 conoció a un pintor, Faik Husein, que apenas sabía hablar español. Le ayudó a escribir un libro de poemas “directamente en el castellano que no sabía” y luego le animó a presentarlo al premio de la bienal de poesía “Fray Bernardino de Sahagún”, que el propio Gamoneda organizaba (y de cuyo jurado formaba parte como secretario). Naturalmente, Faik Husein obtuvo el galardón. No se nos indica si repartió el importe con su colaborador.
            En 1975, recibió Gamoneda una carta de la fundación Juan March, indicándole que había sido aceptada su solicitud y que se le concedía una beca para que, en el plazo de un año, escribiera un libro de poemas. Lo curioso es que no había presentado ninguna solicitud. Un amigo suyo, encargado de otorgar esas becas, lo había hecho por él: “Sabía que yo necesitaba un empujón para restablecerme en la escritura, y sabía también que haría cuanto pudiera en el trance de la picardía”.
            El libro que escribió con esa beca, algo fraudulentamente otorgada, fue Descripción de la mentira, tan decisivo en su trayectoria literaria.
            En 1977 le fue otorgado el premio “Antonio González Lama” para libros inéditos al poeta Alfonso López Gradolí. Pero la obra premiada, Las palabras, sin más cambio que el del título (antes, Las señales del tiempo), ya había sido publicada en 1971 y en una colección de cierta resonancia. ¿No lo sabía Gamoneda, a quien se le dedica el primer poema, no lo sabía el resto de los miembros del jurado? Más bien, no les importaba el fraude.
            Tampoco le importa a Gamoneda contar cómo obtuvo, por libre y en dos años, el bachillerato: varias asignaturas le fueron aprobadas “por casualidad, por amaño o por recomendación”.
            Y le trajo –y le sigue trayendo, aclara—sin cuidado que el procedimiento para convertir su contrato en la institución Fray Bernardino de Sahagún “en plaza de funcionario relevante” rozase o no la prevaricación. Aprovecha sus memorias para vengarse de quien tuvo la osadía de presentarse a un concurso teóricamente público, “pero orientado a adjudicarle la plaza” (como así fue, aunque luego los tribunales decidieran lo contrario): una señora “con un cociente intelectual sorprendentemente bajo y una destacada capacidad para llorar y mentir”.
            Los libros de memorias son literatura y algo más, textos documentales que pueden ser desmentidos que, al contrario que las novelas, pueden ser desmentidos por la realidad. Antonio Gamoneda lleva a cabo numerosos ajustes de cuentas en estas memorias, pero los datos que nos ofrece deben ser aceptados con mucha cautela. Nos cuenta, por ejemplo, que en 1983, estuvo en Avilés, “donde se inauguraba la casa de cultura”.(en realidad, como jurado del premio Ana de Valle el año en que se le concedió a Luis Miguel Rabanal, a instancias del propio Gamoneda, por un libro no preseleccionado), y que allí presenció una discusión entre Luis Rosales y Guillermo Díaz-Plaja a propósito del empeño del primero de concederle el Cervantes de ese año a Alberti y la negativa del segundo. Rosales, muy violento (“nunca le había visto tan violento”, escribe) le dijo presuntamente a Díaz-Plaja: “Vosotros no sabéis más que las artes del verdugo”. Pero da la casualidad de que Díaz-Plaja no estuvo en Avilés ese año y además no era jurado del Cervantes sino uno de los candidatos.
            La pobreza, continuación de Un armario lleno de sombra, pretendía retomar la historia donde aquel libro la dejó, cuando cumple catorce años y comienza a trabajar en un banco, y concluir cuando abandona el trabajo bancario para comenzar sus actividades como gestor cultural en la diputación leonesa. Pero pronto, entre incisos y divagaciones, argumentos y contraargumentos (el libro parece hecho a trompicones, rescatando apuntes y según las ocurrencias de cada día), abandona esa idea y entremezcla los recuerdos de cualquier época con notas de diario sobre su ajetreada vida de autor de éxito: doctorados honoris causa, conferencias y lecturas, largos viajes por todo el ancho mundo siempre invitado por alguna institución.
            Homenajea a los poetas amigos  –Ildefonso Rodríguez, Juan Carlos Mestre, Miguel Casado-- y enjuicia sumariamente a otros poetas que conoció. Pero ni los juicios críticos, que pretende fundamentar en la cita parcial de un poema, ni los no escasos excusos teóricos (sus conocidas diatribas contra el realismo y la insistencia en la poesía no es literatura, sino “palabra instantánea”) presentan excesivo interés.
            El libro se salva por las muchas páginas que dedica a figuras, de escasa o ninguna trascendencia pública, pero que fueron fundamentales en su vida, como Jorge Pedrero, protagonista de una de las secciones de El libro del frío, y por la evocación de los años que pasó en el banco, que algo tiene de amarga novela costumbrista.
            Aclara Gamoneda que, contra lo que suele decirse, la censura no prohibió el libro que luego se publicaría con el título de Blues castellano, simplemente aconsejó algunas supresiones. Fue él quien prefirió no publicarlo y, según la leyenda, renunció a escribir a poesía hasta que le animó a ello la concesión de la beca March. Pero no es enteramente cierto: colaboró en Las escamas del corazón, el libro de Faik Huseind, y en 1972 participó en una antología que él mismo había preparado, El tema del agua en la poesía española. Nunca, por otra parte, tuvo inconveniente para presentarse a premios acatando la censura. Ni sus actividades como compañero de viaje del partido comunista, que nos detalla con minucia, le procuraron demasiados problemas.
            No es la pobreza, como dice el título, sino la vejez la gran protagonista de este libro, que nos habla muy a menudo de enfermedades y de imposibilidades y de extrañas “visitas” alucinatorias, pero también de amistad y de amor, de un inquebrantable amor conyugal (muy hermosas las páginas que dedica a su mujer, a sus hijas, a su nieta Cecilia).
            Un libro mal hilvanado, quizá deliberadamente, donde las pequeñeces sin mayor interés alternan con páginas memorables, un libro que a los detractores del poeta les dará abundantes argumentos para seguir considerándolo sobrevalorado, como el propio Gamoneda dice que afirmaba de él Eugenio de Nora.
Pero a pesar de todos sus pentimentos y trampantojos, La pobreza constituye un ejemplar retrato de cuerpo entero del poeta. Con admirable sinceridad, nos cuenta el casi nunca fácil camino que tuvo que seguir hasta llegar, como Lázaro de Tormes, a “la cumbre de toda buena fortuna”.

           

jueves, 7 de mayo de 2020

El arte de rescatar


Imágenes iluminadas (Antología poética 1916-1941)
Ernesto López-Parra
Editorial Ulises. Sevilla, 2020.

La erudición literaria, los estudios académicos de la literatura gozan de un bien ganado desprestigio. Es frecuente, demasiado frecuente, que el estudioso carezca de criterio estético, que para él un borrador y un texto acabado tengan la misma importancia, que no distinga entre los poemas que un autor selecciona para reunir en libro y los que deja inéditos o en revistas por su menor calidad.
            No cabe duda de que Pablo Rojas, que ha dedicado un volumen a la figura de Ernesto López-Parra y editado a Guillermo de Torre, conoce bien la literatura de los años veinte, pero tampoco a mi entender caben muchas dudas de que Imágenes iluminadas no contribuirá como debiera al rescate del desconocido poeta.
            Escritores olvidados hay muchos, que merezcan salir de ese olvido bastantes menos. Ernesto López-Parra lo merece: ha escrito un puñado de poemas memorables. Pero Pablo Rojas nos los ofrece entremezclados con versos de adolescencia o de ocasión, con apolillada retórica modernista o con imitaciones del Romancero gitano.
            ¿Quién fue Ernesto López-Parra? Fue un coetáneo de la generación del 27 (nació en 1895) que participó en el ultraísmo, aunque sin tomársela demasiado en serio. En La novela de un literato cuenta Cansinos Assens que, en la velada ultraísta celebrada en la Parisiana en 1920,  leyó unos versos de corte rubeniano que fueron los que más gustaron y que serían ovacionados al grito de “¡Esto es otra cosa…, esos son versos…, fuera los ultraístas!”
            A Ernesto López-Parra, a pesar de que colaboró en todas las revistas del movimiento, acabaron expulsándole del mismo. Póstumamente, sin embargo, sus versos solo han aparecido en alguna antología del ultraísmo.
            Ernesto López-Parra era un republicano que se fue radicalizando durante los años treinta. En las memorias de Cansinos Assens, muestra su desengaño: “¡Esta es una República de monárquicos y cavernícolas! --grita en el café Ernesto López-Parra, el poeta toledano, tránsfuga del Ultra, hijo de un padre republicano y masón, al que los neos le hacen la vida imposible en su ciudad--. ¿Querrán ustedes creer que la otra noche, en Toledo, los guardias nos mandaron callar a mí y a unos amigos míos porque estábamos cantando La Marsellesa?”
Su apoyo a la revolución del 34 le llevó a la cárcel. Tras la guerra civil sería condenado a muerte. En 1941 murió, enfermo de tuberculosis, en el penal de Ocaña. Había publicado tres libros: Poemas del Bien y del Mal (1920), La imagen iluminada (1929) y Auroras rojas (1936).
            En su antología, Pablo Rojas entremezcla poemas de esos tres libros con otros aparecidos solo en revistas y los divide en cuatro partes. Les añade otras dos secciones de textos inéditos: “Friso español” y “Carcelera”.
Comienza la antología con un poema inédito que el padre del poeta, amigo de Galdós, le envío al novelista en 1916 para que le dijera si su hijo tenía o no talento. Se trata de un ejemplo de manida retórica modernista (“Diabólico  mundano Don Carnal piruetea… / Pierrot y Colombina lloran junto a Arlequín…), que no anima mucho a seguir leyendo y que quizá podría incluirse como curiosidad en un apéndice.
            No es el único caso de desafortunado rescate. En “Poesía iluminada”, la segunda parte de la antología, tras una selección muy desigual del libro Imágenes iluminadas, se incluyen dos sonetos de ocasión escritos para la reina de las fiestas de Talavera de la Reina en 1929 y publicados en un periódico local.
            Una de las secciones inéditas, “Friso español”, se dedica a cantar –muy tópicamente-- las regiones españolas y parece escrito en la cárcel para participar en algún concurso –quizá propiciado por la revista Redención-- o para congraciarse con las nuevas autoridades (puede compararse el poema dedicado a Asturias en esta serie con los que se le dedican en Auroras rojas, donde por cierto se habla del puerto gijonés “del Museo”, en lugar de “del Musel”).
            En la sección última, “Carcelera”, se encuentran algunos de los más conmovedores poemas del volumen, los que nos demuestran que López-Parra era algo más que un epígono del modernismo o un tránsfuga ultraísta: algunos sonetos (“¡No le llores mujer!”, “Odio a la plebe de carroña inmunda”, “Ese alerta”); algún romance “El reloj cuenta en la cárcel…”); la repulsa de “El nuevo Cristo”, el Cristo de los vencedores: “Este Dios, lleva oculto en las espinas / de la corona cruel de su martirio / los dos cuernos del Diablo, y en sus ojos, / de Luzbel el dramático estrabismo”. Destaca también “No puedo más”, donde el poeta sueña con el suicidio.
Pero estos poemas confesionales e inolvidables, Pablo Rojas ha tenido a bien entremezclarlos con otros, como “El alarife del rey” que no pasan de ejercicios de trasnochada retórica (quizá se conservaran en las mismas carpetas y fueran escritos también en la cárcel, pero el antólogo debería haber sabido discriminar).
            Aunque haya en ella un puñado de poemas verdaderos, están tan entremezclados con otros sin interés, que dudosamente este antología rescatará del olvido a Ernesto López-Parra, un poeta sin duda menor, pero también verdadero en sus varios tonos: el de la machadiana denuncia de la Castilla tradicional, “tedio, pereza y fanatismo”;  el posmodernista a lo Fernando Fortún o Andrés González-Blanco ( “Yo adoro a esos humildes poetas que soñaron, / tal vez, con los inciertos laureles de la gloria”); el que jugó con la nueva estética vanguardista (“Nocturno de la ciudad”, “Casa vacía”), incluso el de la ingeniosa “Novela en los ojos”, que algo tiene de renovada  dolora campoamoriana, para terminar con la media docena de poemas carcelarios que le dan un lugar de honor en cualquier selección sobre el tema.


viernes, 1 de mayo de 2020

Encanto antiguo




El desnudo impecable y otras narraciones
Pedro Salinas
Edición de Natalia Vara Ferrero
Renacimiento. Sevilla, 2020.

Un clásico es un escritor que no necesita ser leído para ser elogiado. Quienes se acercan a sus obras suelen hacerlo al margen del placer de la lectura, bien por obligación escolar (las clases de literatura son unos de los principales focos de propagación del odio a la literatura) o por obligación curricular y resulta bien sabido que, entre los requisitos para que un trabajo sea valorado académicamente (principalmente haber sido publicado en esta o aquella revista “indexada”) no se encuentra la perspicacia crítica ni el atinado juicio de valor.
            Pedro Salinas es un clásico que todavía cuenta con lectores verdaderos, pero casi solo por un libro: La voz a ti debida, aunque todavía puedan leerse con placer y provecho muchos de su estudios literarios. También sus cartas, especialmente las de amor a Katherine Witmore y las de amistad –“amistad a lo largo”, como en el poema de Gil del Biedma-- a Jorge Guillén.
            De los dos libros de relatos que publicó Salinas --uno al comienzo de su trayectoria literaria y otro al final de ella--, Víspera del gozo ha quedado como ejemplo de la prosa lírica y “deshumanizada” de los años veinte y se lee con algo trabajosa admiración por su virtuosismo estilístico, mientras que El desnudo impecable y otras narraciones apenas si se conoce. Tras su primera edición, en 1951, solo se ha reeditado dentro de la obra o de la narrativa completa (y ya se sabe que esos nutridos tomos son más para estudiosos que para verdaderos lectores).        
            Vuelve ahora en una hermosa edición y parece el momento adecuado para hacer algunas consideraciones sobre la segunda época del Pedro Salinas narrador.
            Lo primero que nos sorprende es el laborioso estilo, que gusta del término arcaizante o desusado, también del popular en otro tiempo, y en el que no faltan los rasgos de humor. Disuena hoy tanto como seguramente disonaba en 1951, cuando Salinas se consideraba un humanista de una época mejor desterrado en la bárbara Norteamérica. De esta rebuscada manera (sirve como ejemplo de su estilo) nos informa de que uno de sus personajes es aficionado a los cómics: “de todos los usos del sagrado don de la vista, aquel por donde mayores delicias le venían era el mixto ejercicio de mirar imágenes y descifrar leyendas, exigido por las tirillas o historietas de monigotes, que la prensa prodiga a sus lectores magnánimamente de mañana, de tarde y a mediodías”. Luego se burlará inmisericordemente de esa afición, para él el colmo de la degradación intelectual.
            En segundo lugar, para disfrutar de estos textos, donde no faltan los rasgos costumbristas, tenemos que pasar por alto la peculiar idea de la verosimilitud que tiene Pedro Salinas.
En “Los inocentes” un desconocido le deja al narrador una carta en la que anuncia su intención de suicidarse (no se la deja a su familia, para no crearles problemas de conciencia) y con el ruego de que no la dé a conocer (todo el resto del relato, en cuanto a verosimilitud, está a la altura de ese comienzo). ·En “El autor novel”, el protagonista tiene problemas de conciencia porque no ha hecho caso a un desconocido que le telefonea para pedirle ayuda en relación con una novela que piensa escribir y no entendemos a qué vienen esas perplejidades, como tantas otras de estos personajes, ni nos importan demasiado..
            En realidad, no se trata de relatos realistas, aunque lo parezcan y en ellos vierta Salinas mucha de su experiencia americana: el ambiente del Wellesley College, donde se alojó a su llegada; las impresiones de Nueva York, donde se produjo la ruptura definitiva con Catherine Whitmore; las visitas turísticas en México; la descripción de San Francisco envuelto en niebla. La editora, Natalia Vara Ferrero, nos va señalando en nota las coincidencias con pasajes del epistolario.
            Pero no parece que conjunten bien lo observado, y por lo general contado con gracia y alfilerazos irónicos, con lo fantaseado no siempre con acierto. En “El desayuno” al protagonista le sorprenden tres mujeres que desayunan juntas, sin apenas hablarse y que no vuelven a coincidir durante el resto del día. Averigua que todas son viudas y que el marido de cada una de ellas murió de súbito accidente (se nos refiere pormenorizadamente cada caso a modo de cuentos enmarcados). El narrador omnisciente nos informa de que el protagonista no pudo averiguar “algo que nadie sabía” (¿y cómo lo sabe el narrador’), “y es que cada una de las tres comensales del desayuno, que acudían día tras día a igual mesa, o altar, a repetir idéntico rito, ignoraba por completo cómo habían enviudado las otras”. Lo que no nos indica a los lectores es por qué se sentaban juntas en el desayuno y nosotros sospechamos que no hay ninguna razón que es solo un caprichoso pretexto para unir tres historias imaginadas de manera independiente.
            Salvo el relato que da título al libro, “El desnudo impecable”, todos los demás terminan defraudando al lector, aunque no falten en ellos pasajes memorables, divagaciones muy salinianas.
            “El desnudo impecable”, sin ser autobiográfico, tiene algo de ajuste de cuentas del autor con su pasado y también se entreve, en filigrana, la marcha a América en busca de la amada imposible. Todas las limitaciones de los otros textos –inverosimilitudes, estilo impostado, rebuscados problemas de conciencia-- dejan de serlo en este, el único que no resulta una mera curiosidad para estudiosos y fans del autor, si es que alguno hay al margen de su poesía amorosa.
            Esa espléndida novela corta merecía ser publicada independientemente o con el resto de los relatos al final, como un prescindible apéndice. Tal como está –situada en el centro del libro, según la ordenación del autor-- es posible que muchos lectores no lleguen a ella, insensibles al encanto antiguo de la prosa saliniana y defraudados por el frustrante final de “El desayuno” o de “La gloria y la niebla”.



           

             

           

El amor, la poesía


Visitar todos los cielos
Cartas a Gregorio Prieto 1924-1981
Vicente Aleixandre
Edición e introducción de Víctor Fernández
Fundación Banco Santander. Madrid, 2020.

Los epistolarios son y no son literatura, A veces se leen con tanto interés como las obras mayores de su autor –es el caso de Juan Valera o de Pedro Salinas--, otras tienen solo un valor documental, ayudan a entender una época o al personaje que los ha escrito.
            Las cartas de Vicente Aleixandre al pintor Gregorio Prieto, escritas en lo fundamental entre 1924 y 1935 (llegan hasta 1981, pero las pocas escritas después de la guerra son de otro tono más convencional), nos hablan de poesía (se incluye una muestra de los poemas de Ámbito) y de pintura, a propósito de la del corresponsal, pero sobre todo del amor que –según la expresión tomada de un soneto de lord Douglas, el amante de Oscar Wilde—“no se atreve a decir su nombre”.
Y efectivamente entonces no se atrevía, ni siquiera en una correspondencia privada. El término clave que emplean entre los es el de “entusiasta”. En una carta de 1933, leemos: “El otro día he conocido a un muchacho inglés muy simpático. Merendó aquí con José Manuel y conmigo. Creo que tiene intención de que vayamos a su casa a merendar con él; vive solo. No hablamos de amor ni cosa parecida, pero tengo entendido que es un entusiasta, aunque no se le conoce, porque primero parece impasible, como lo que es, como un sajón. Pero el primer día que le vea  pienso hablar y reír y decir y vivir, sin farsa, como tú decías en una de tus cartas que te llevaste: con esa libertad que hoy se usa por el mundo y que los estúpidos de por acá no entienden”.
            Son los años en que Cernuda escribe Los amores prohibidos. Parecía que comenzaba a cumplirse el sueño que Aleixandre, en una carta de 1929, dudaba que su generación llegara a ver hecho realidad: “Estoy seguro de que llegará un día de libertad, de máxima libertad. Nuestra generación no lo verá ya. Lo que hoy no está más que apenas tolerado, y mal, y tan mal, será el día de mañana cosa corriente, formas distintas. El amor lo justificará como debe ser, como tiene que ser, porque, como se habrá impuesto, habrá hecho que la comprensión penetre hasta las capas hoy más absolutamente impermeables. Será una obra de reparación que la humanidad se dará a sí misma y que hoy solo se ve en las zonas más cultas”.
            El franquismo obligaría a Aleixandre a replegarse sobre sí mismo, a llevar una doble vida, a mantener en secreto para unos pocos íntimos la razón de amor que sostenía su vida. Se dio además la curiosa paradoja de que, en la generación del 27, la generación de la amistad según algunos turiferarios, los que no eran homosexuales, eran ferozmente homófobos, como Salinas, Guillén y, sobre todo, Dámaso Alonso, el mejor amigo de Aleixandre y el censor al que más temía.
            En otra carta de 1929, le cuenta a Gregorio Prieto el tardío descubrimiento de su homosexualidad, con las coartadas culturalistas habituales: “He amado a varias mujeres en mi vida, una vez con ceguedad. Hasta hace pocos años, muy pocos, entre dos amores de esa clase, no apareció en mí el germen de contemplaciones desinteresadas y ardientes como las que tú sientes […] Como tú, yo me prendo en bocas, ojos, sonrisas, esculturas. Como tú, amo. Como aquel Fidias divino, como el Miguel Ángel que citas, como ese secreto Shakespeare que en sus misteriosos sonetos ha descubierto la raíz de su inspiración. Como tantos y tantos… Como los que cada vez serán más, porque es indudable que la futura época de salud y deporte que tanto se aproxima a una resurrección griega traerá consigo el amor a la forma humana con independencia del sexo”.
            Gregorio Prieto, becario en Roma, viajero por el mundo, vivió la vida libre que a Aleixandre le habría gustado vivir. Aleixandre, siempre más cauto, se fue replegando sobre sí mismo, no dejó que esas tendencias que, según él, habían hecho grandes a Miguel Ángel y a Shakespeare, se traslucieran en su poesía, que no parece resistir demasiado bien el paso del tiempo.
No solo para una historia del sentimiento amoroso, de la sexualidad heterodoxa, interesan estas páginas. En ellas se nos muestra cómo, en 1927, quien luego llegaría a ser uno de sus más destacados representantes españoles abominaba del surrealismo. Tras afirmar que comprende el “asco” de Gregorio Prieto “a esas materias repelentes del surrealismo pictórico”, añade: “Chico, qué cosa más fea eso de los algodones manchados de pus, esas lombrices y esos sexos arrugados y podridos. ¡Corramos, huyamos! Deja que nos dé el sol en la cara, y respiremos el nítido aire tan agudo de la sierra”. No menos interés presenta lo que en la misma carta nos dice del cine, del que la literatura, a su entender, es “el peor enemigo” o, por lo menos, “su más peligroso escollo”.
También encontramos cierta puerilidad que vuelve sonrojantes muchos pasajes de estas cartas: “¿Tú crees que los rubios amamos con menos fuego que los morenos?”. Tiene Aleixandre 31 años cuando escribe esto.
No queremos dejar de subrayar que bastantes de las notas a la edición de Víctor Fernández se encuentran entre las más ridículas que hemos visto nunca, casi parecen una broma. “El otro día escribía yo a Emilio Prados”, leemos en una carta fechada el 15 de abril de 1927. Una llamada nos remite a pie de página, donde se anota: “El poeta y editor Emilio Prados”. También nos aclarará que “Alberti” es Rafael Alberti; ”Juan Ramón”, Juan Ramón Jiménez; “Lorca”,  Federico García Lorca.
Un libro no para todos los públicos, pero imprescindible para entender a un autor y, sobre todo, a una época.


viernes, 24 de abril de 2020

Tres en uno


Angelópolis
Miguel Pardeza Pichardo
Renacimiento. Sevilla, 2020.

Si menos es más, más puede ser menos. De nada le vale a un equipo de fútbol fichar a tres o cuatro jugadores estrella sin un buen entrenador con autoridad suficiente para coordinarlos y poner sus talentos al servicio de un objetivo común. Los muchos talentos de Miguel Pardeza  --futbolista de renombre en los años ochenta y noventa—no parecen sumarse en Angelópolis sino más bien todo lo contrario.
            Angelópolis continúa el empeño autobiográfico iniciado con Torneo (2016), donde recrea su llegada a Madrid en 1979, tenía el autor catorce años, para iniciar sus estudios y tratar de hacer realidad el sueño de convertirse en jugador profesional. Sus recuerdos de entonces, al recrearse tanto tiempo después, están muy mediatizados por la tradición literaria. Es el suyo un Madrid que tiene que ver con Baroja, con Galdós, incluso con la picaresca.
            Torneo era la novela de los inicios, recreaba las perplejidades de la adolescencia. Angelópolis es la novela –tomamos el término en el sentido coloquial, como en “mi vida es una novela”-- de la despedida como jugador en activo. No fue brillante el epílogo, sino más bien todo lo contrario. Transferido del Zaragoza de sus horas gloriosas al Puebla FC en 1997, su desastrosa actuación y las esperpénticas peripecias de aquel equipo mexicano están descritas con verdad y humor. Vino luego el regreso a una Zaragoza que había comenzado a olvidarle, la estafa de una entidad bancaria, las absurdas humillaciones (niegan la entrada a su familia a la piscina de la instalaciones deportivas del club porque ya no es un jugador de la plantilla), su reinvención como estudioso de la literatura.
            Esas páginas autobiográficas constituyen solo uno de los libros que se incluyen en Angelópolis. Publicadas independientemente, y limadas de alguna que otra minucia digresiva (“el secreto de aburrir es contarlo todo” decía Voltaire), constituirían sin duda una obra excepcional en su género. Doy una muestra de las digresiones que sobran: en la página 149 nos indica que fue a Veracruz a jugar con su equipo y que pasó todo el viaje leyendo a Salvador Díaz Mirón; desde esa página hasta la 158 nos cuenta, con divertidos pormenores,  toda la historia turbulenta de Díaz Mirón; luego el autobús se detiene y él cierra el libro. Esta semblanza encajaría mejor en un artículo independiente; algunos otras divagaciones que interrumpen la lectura, mejor en la papelera.
            El segundo libro es un conjunto de brillantes ensayos sobre la relación de determinados escritores con el fútbol. Son parte de una obra que no llegó a terminar. El autor justifica su inclusión con el peregrino argumento de que los escribió en la etapa de Puebla y que le ayudaron “a paliar lo incierto de las horas”. Afortunadamente, esos capítulos --el 2, que sirve de introducción, el 4, el 8, el 13-- se distinguen tipográficamente de los demás (es mayor el margen de la izquierda) y eso permite  leerlos uno tras otro como lo que son, un libro independiente desmembrado e incrustado en otro con discutible criterio. Nos hablan de Miguel Delibes, de Pier Paolo Pasolini, de Albert Camus y ejemplifican un ensayismo creativo en el que Miguel Pardeza se mueve con singular maestría.
            El tercer libro de este peculiar “tres en uno” que es Angelópolis resulta el más discutible. Las peripecias autobiográficas que se nos narran en cada capítulo –salvo en los ya señalados-- acostumbran a alargarse con ficciones realistas de muy desigual interés. A veces se nota demasiado el esfuerzo del autor por lograr la verosimilitud. En el capítulo 10, oye discutir de madrugada a una pareja en la habitación contigua del hotel en que se aloja. Podemos pasar por alto el que en la discusión se cuenten su vida, para que luego se nos cuente a nosotros, pero que después descubra que quienes celebran sus diez años de matrimonio en un salón son la misma pareja porque el orador que se dirige a ellos mencione que se alojan “en la habitación 312, que era la que estaba pegada a la mía” destruye la verosimilitud. ¿Cuándo en un discurso o en un brindis se menciona la habitación del hotel en que se aloja el homenajeado? Ese es un dato que solo suelen saber los huéspedes
            No es que carezcan de interés algunas de estas historias de ficción esforzadamente verosímil, como la peculiar relación edípica del capítulo 12 o la recreación de la vida en la guerrilla r que se nos narra en el capítulo 7, pero habrían ganado separadas de la peripecia autobiográfica en el Puebla FC y contadas por un narrador que no se viera obligado a justificar cómo se enteró de lo que cuenta. Los capítulos finales son especialmente borrosos y al lector le cuesta llegar al final de estas 565 páginas en las que parece primar la acumulación sobre la selección.
            Importa menos el descuido en algún dato: en la página 508 se nos dice que el euro estaba implantado desde enero de 1999 (lo fue en 2002) y en las páginas 373-374 nos refiere una anécdota que González Ruano cuenta de Unamuno en el capítulo que le dedica en Mi medio siglo se confiesa a medias, pero lo hace de memoria –y con muy mala memoria—cambiando los detalles y quitándole casi toda su gracia. Lo sorprendente es que Miguel Pardeza dedicó precisamente su tesis doctoral a Gónzalez Ruano y ha editado sus artículos.
            Pero no se engañe el lector con estos reparos. Miguel Pardeza no es un exfutbolista que escribe, sino un bulímico lector, un obsesivo bibliófilo  y un notable escritor que en su juventud fue futbolista.
Sorprende que el inseguro y laborioso protagonista que aparece en sus páginas, nada dado a la vanagloria y con mucho sentido común, haya prescindido de un buen entrenador –en literatura, un buen editor, un consejero independiente--a la hora de jugar un partido decisivo que podría decidir su paso a la primera división de la literatura o su descenso a la liga de los beneméritos aficionados.


jueves, 23 de abril de 2020

Tres meses de encierro




La habitación enorme
E. E. Cummings
Traducción de Juan Antonio Santos Ramírez
Nocturna Ediciones. Madrid, 2019.

La guerra del 14, luego llamada Primera Guerra Mundial, produjo abundante literatura antibelicista, como no podía ser de otra manera. Pocas veces un conflicto dejó tan a las claras el fondo de barbarie que había en los países que a sí mismos se tenían por civilizados y la sanguinaria incompetencia de los mandos militares, empeñados en estrategias suicidas con desprecio total de los cientos de miles de jóvenes vidas que tenían a su cargo.
            De toda esa literatura, el título más sorprendente es La habitación enorme, de E. E. Cummings, aparecido en 1922. El prólogo a su primera edición, reproducido en esta, puede confundir a los lectores llevándoles a pensar que nos encontramos ante un documento autobiográfico, no ante una obra literaria.
            Pero La habitación enorme es ante todo literatura, espléndida literatura. E. E. Cummings, licenciado en Harvard, de veintitrés años, al día siguiente de que Estados Unidos entre en la guerra, se alista como voluntario en un cuerpo de ambulancias que ayuda a los ejércitos franceses. A bordo del barco que le lleva a Europa conoce a otro voluntario, Willliam Slater Brown, estudiante de periodismo en Columbia del que se hace amigo. Los dos jóvenes, poco acostumbrados a la disciplina militar, pronto entran en conflicto con sus superiores. Unas cartas de Brown, escasamente complacientes con lo que veía e interceptadas por la censura, sirven de pretexto para la detención de ambos.
            Tres meses pasa Cummings en un improvisado centro de detención, sin poder comunicarse ni con su familia ni con la embajada de su país. El padre, catedrático de Harvard, hace todo lo posible primero por conocer el paradero de su hijo, luego por conseguir su liberación, incluso llega a escribir al presidente Wilson. Un telegrama, en el que se le da por desaparecido en un navío atacado por un submarino, acrecienta la angustia.
            Cuando por fin es liberado, el padre de Cummings quiere emprender acción judiciales contra la Cruz Roja, el gobierno francés y quizá el gobierno norteamericano. Al final, lo que hace es pedirle a su hijo –joven poeta que ya ha publicado en revistas pero no en volumen-- que escriba un libro contando su experiencia.
            Quienes conocen la poesía de E. E. Cummings saben que esta su primera obra en prosa no podía ser un simple relato autobiográfico ni un convencional alegato contra la guerra. Cummings está imbuido del nuevo espíritu vanguardista, de lo que en lengua inglesa de llama “modernismo”, y su prosa tiene el aire juguetón y rupturista de la nueva literatura del momento.
            La sorpresa que supuso en su primera aparición La habitación enorme, la sensación de extrañeza, se sigue manteniendo. Cuesta entrar en el libro, ponerse a tono con su vivacidad expresiva, con su lucidez sin alardes. Cummings no es un escritor que pretenda seducir de inmediato a sus lectores. Tiene algo de erizo. Sus espinas son el peculiarísimo uso de la ortografía, de la puntuación o de la sintaxis que da a sus poemas la apariencia de artefactos de época –de una época, años veinte, en que se buscaba ante todo la externa originalidad--, pero cuando sorteamos esos obstáculos nos damos cuenta de que no se trata de simple hojarasca vanguardista, que guardan dentro la pulpa fresca de la verdadera poesía.
            En La habitación enorme los primeros capítulos son casi bilingües, no hay página que no esté llena de frases en francés. El editor español ha decidido traducirlas en nota, pero esas notas no aparecen, como sería de esperar, a pie de página, sino al final y distribuidas por capítulos (no es la única decisión desacertada: también falta el índice). Quien no entienda francés, o no lo suficiente (hay expresiones coloquiales y en argot), se cansará pronto de interrumpir cuatro o cinco veces la lectura en cada página para rebuscar al final. Mi consejo es que tenga un poco de paciencia o que salte directamente al capítulo V, donde empieza realmente el tiempo sin tiempo del confinamiento –duró tres meses, pero no se sabía cuándo iba a terminar--, la extraordinaria aportación del autor a los relatos carcelarios.
            La habitación enorme está construida sobre la falsilla de una obra clásica de la literatura inglesa, The Pilgrim’s Progress, de John Bunyan, y como en ella se nos narra un peregrinaje desde los Abismos del Desaliento hasta las Montañas Deleitosas.
            La estancia en el centro de detención, en “la habitación enorme” --una capilla de un antiguo seminario en la que se hacinan más de medio centenar de hombres--, no fue precisamente fácil, y Cummings no nos ahorra ninguna de las estúpidas y gratuitas crueldades que él y sus compañeros (en absoluto idealizados, caricaturizados con la misma implacable lucidez que los guardianes) tuvieron que soportar, pero la conclusión es que allí fue “más feliz de lo que pueden pretender expresar las palabras más entusiastas”.
            También nosotros, si somos capaces de vencer las trabas de los capítulos iniciales, recordaremos siempre con gratitud y felicidad algunas de la historias y a algunos de los personajes que conocimos en este confinamiento, como el Vagabundo y su hijo de seis años, sin por ellos dejarnos de sentirnos conmovido por lo que tiene de alegato contra la estolidez humana, de denuncia contra lo que son capaces de hacer las buenas personas –o las que teníamos por tales-- cuando se declara el estado de Guerra, cuando el miedo al enemigo real y a mil y un enemigos imaginarios toma el mando, cuando la única ley es la ley de Lynch y bastan vagas sospechas para las mayores barbaries.



     

viernes, 3 de abril de 2020

Ernesto Cardenal, poesía e historia



Poesía completa
Ernesto Cardenal
Edición de María Ángeles Pérez López
Editorial Trotta. Madrid, 2019.

A propósito de Fernando Pessoa, escribió Octavio Paz una de sus frases más citadas y también más dudosamente verdaderas: “Los poetas no tienen biografía”.
            Los poetas tienen biografía, incluso en el caso del reconcentrado (“como un ovillo vuelto hacia dentro”) Pessoa  e incluso algunos parecen ir quedando reducidos a su biografía, como ocurrió con Lord Byron, como quizá ocurra con Ernesto Cardenal.
            Monje trapense, militante antisomocista, sacerdote, fundador de la comuna de Solentiname, ministro de Cultura, partidario de la compatibilidad entre marxismo y cristianismo, abroncado públicamente por el papa Juan Pablo II, disidente del sandinismo de Daniel Ortega… Su biografía llena la segunda mitad del siglo XX.
            Poco antes de morir, en 2020, dejó lista la que quería que se considerara edición definitiva de su poesía completa, más de mil doscientas apretadas páginas que asustan un poco al lector.
            Los primeros poemas que le hicieron famosos, los epigramas en los que reescribe a Catulo y Marcial, siguen estando entre los que menos han envejecido. El amor y la sátira política se entremezclan en versos de apariencia ligera, escritos como en estado de gracia. Algunos se han hecho populares, ya sin el nombre del autor, como quería Manuel Machado: “Si tú estás en Nueva York / en Nueva York no hay nadie más / y si no estás en Nueva York / en Nueva York no hay nadie”.
            Las preferencias de Ernesto Cardenal se inclinaron luego por el poema “documental”, así lo llamó él, cada vez de mayor extensión, que miraba más hacia fuera que hacia dentro del poeta y que, en buena medida, estaba hecho con retazos de textos ajenos.
Uno de los libros más famosos de esa tendencia, El estrecho dudoso, se publicó en España en 1966 y tuvo cierta influencia entre nosotros, especialmente en la nueva poesía épica de Fernando Quiñones. En el epílogo a Las crónicas de mar y tierra, la primera de su dilatada serie de crónicas, José Hierro señaló como antecedente el poema “Conquistador”, de Archibald Mc Leigh, y “los últimos poemas históricos de Ernesto Cardenal”, aunque Quiñones busque algo distinto: “Cardenal hace algo realmente más narrativo, quedándose, en cierto modo, fuera de su poema. Los textos se acumulan en un collage, como temas diversos a los que faltan las variaciones del poeta (entiéndase esto de una manera poco estricta). Cardenal es el negativo de un poeta medieval. Si este convertía el poema en crónica, él convierte las crónicas en poemas. Pero uno y otro seleccionan más que crean”.
            Los en un tiempo tan aclamados poemas-crónicas de Ernesto Cardenal ( a veces una más o menos conseguida antología de cronistas de Indias) hoy, en buena medida, se nos caen de las manos. La primera edición de El estrecho dudoso llevaba como prólogo una extensa carta de José Coronel Urtecho, que se reproduce en esta edición, y esas páginas, al menos hasta que comienzan a hablar del poema, nos interesan tanto o más que los versos.
            A Ernesto Cardenal el poema extenso, a pesar de que fue convirtiéndose cada vez más en su preferido, da la impresión de que siempre le queda demasiado grande, de que favorece en exceso su tendencia a la dispersión, a la digresión y a la acumulación de material ajeno. El mejor Cardenal no es el del ambicioso e inabarcable Cántico cósmico (más de cuatrocientas páginas en esta edición, más de dieciséis mil versos), sino el de los poemas de su experiencia trapense, Gethsemny, Ky, el de la reescritura contemporánea de los salmos bíblicos, el de Oración por Marilyn Monroe y otros poemas.
            En Los ovnis de oro (Poemas indios), desafortunado título y subtítulo, reescribe y glosa textos de los pueblos indígenas americanos. Nada que ver con –por citar solo un ejemplo-- la espléndida recreación de Miguel Ángel Asturias en su Poesía precolombina,de 1960.
            La distensión expresiva de Ernesto Cardenal llega al extremo en Pasajero en tránsito, donde escasos poemas breves, como “Viajando en bus por Estados Unidos”, alternan con crónicas viajeras, que leídas como artículos no dejan de tener interés, pero que al estar escritas en verso (o en prosa cortada como verso) crean unas expectativas en el lector que pronto resultan frustradas. El mejor ejemplo de ello lo constituye “Viaje a Nueva York (1973)”, minucioso recuento de una visita a Nueva York que no gana nada al ser incluido en un libro de poemas. Lo mismo diríamos de la “Visita a Alemania (1973)”, donde nos refiere que en la Feria del Libro de Frankfurt encuentra algún póster suyos, que le piden autógrafos y otros insignificantes pormenores anecdóticos, entre anotaciones de interés..
            Cierto que Ernesto Cardenal nunca quiso ser lo que comúnmente se entiende por un poeta lírico, que no en vano la corriente estética en que quiso incluirse recibió el nombre de “exteriorismo” por dar a la realidad exterior (con su belleza y su fealdad) el protagonismo del poema. Lo que nos disuena en Ernesto Cardenal no es el prosaísmo, tan común en la poesía contemporánea, que abomina de lo convencionalmente poético, sino la dispersión, el escribir como dejándose ir, el dar la impresión de que sus divagatorios poemas collages (al principio sobre la conquista y la opresión de las dictaduras latinoamericanas, luego sobre la evolución, las galaxias y el origen del Universo, un poco a la manera de Teilhard de Chardin), lo mismo podrían terminar a los cien versos que a los doscientos o continuar indefinidamente después del medio millar.
            ¿Devoró el personaje al poeta? No me atrevería a afirmar tanto, pero no resulta demasiado aventurado afirmar que de los setenta años que Cardenal pasó escribiendo poemas sobra casi todo lo que escribió en las últimas cuatro o cinco décadas, o al menos sobra para el lector más interesado en la poesía que la historia y en el personaje.


jueves, 26 de marzo de 2020

Viajes de papel



Suite italiana
Javier Reverte
Plaza & Janés. Barcelona, 2020.

Hubo un tiempo en que los viajeros eran unos pocos privilegiados y los libros de viajes el recurso de los que no podían permitirse ese lujo o no tenían ánimo para emprender aventuras. Luego, cuando todo el mundo pudo viajar, los libros de viaje nos permitían anticiparnos o comparar después nuestras experiencias con las de alguien más informado.
            Suite italiana se subtitula “Un viaje a Venecia, Trieste y Sicilia”, lugares hasta hace menos de un mes al alcance de la mano y hoy tan inasequibles como la más remota aldea amazónica.
            Volvemos a la lectura de libros de viaje como consuelo de nuestro forzado sedentarismo y lo primero que nos sorprende en esta obra epigonal del experimentado viajero que es Javier Reverte –recordemos El sueño de África, de 1996-- resulta comprobar que se trata menos de un viaje por un país que por un puñado de libros, los enumerados en la bibliografía final.
            Más de la mitad de esta Suite italiana, quizá el ochenta por ciento, podría haberse escrito sin salir de casa. Javier Reverte nos cuenta, con buen pulso divulgativo y periodístico, la historia de Venecia, la de Sicilia, con especial hincapié en la tremebunda historia de la Mafia. Nos habla también de un puñado de escritores que realizaron parte de su obra, o a veces lo fundamental de su obra, en esos lugares: Thomas Mann y La muerte en Venecia, James Joyce y el Ulises, Rilke y las Elegías de Duino, Lampedusa y El Gatopardo.
            No cabe duda de que Javier Reverte se ha informado bien y le leemos con gusto, aunque muchas de las cosas que cuenta resulten consabidas para el lector interesado en estos temas.
            La parte estrictamente viajera es de menor interés. De Venecia se nos cuenta que se alojó en un hotel caro y malo --da su nombre para disuadir a otros-- y que tomó varios cafés, a un precio prohibitivo, en el Florian. Poco más, aunque compensado con muchas citas de otros escritores.
            Suite italiana está escrito entre los años 2018 y 2019, según se indica al final del mismo, pero el viajero, nacido en 1944, es claramente un hombre de otra época. No duda en manifestar sus prejuicios xenófobos. Detesta a los turistas asiáticos y afirma distinguir a los grupos japoneses de los chinos en que los segundos se pasan todo el día escupiendo. Entra en una iglesia ortodoxa, la veneciana San Giorgio dei Greci, y escribe esas increíbles palabras: “No sé absolutamente nada sobre la liturgia de Bizancio, pero siempre he tenido la impresión de que sus sacerdotes son una pandilla de juerguistas amantes del buen vino, con apariencia de no haberse lavado desde que los sacaron de la pila bautismal. Sus ceremonias tienen poco que ver con las católicas, tan solemnes estas. Los clérigos, gordos y olorosos, como cochinos adultos, asoman de los cortinajes oscuros que ocultan el interior del santuario, bendicen, condenan, rezan o suspiran, y luego se esconden en la sacristía como lechones aterrados”. Nos frotamos los ojos y volvemos: no se puede ser más gratuitamente ofensivo. Por si fuera poco, añade que la misa ortodoxa, no es “una conmemoración del sacrificio de Jesús como la liturgia de Roma”, sino “un esperpento y una burla de su credo”. Consideraciones semejantes aparecen en otras páginas.
            Comparado con este despropósito, la insistencia en que los turistas no saben hacer fotografías y siempre que les pide que le hagan una le sacan sin piernas nos hace sonreír. Baste un ejemplo. Atravesando el estrecho de Mesina, le pide a una chica que le haga una foto: “La tiró a contraluz, con lo cual el retratado, visto ahora, puedo ser yo o cualquier otro ser humano de fisonomía lejanamente parecida a la mía. Y como era previsible, acometida la muchacha por la misma obsesión mutiladora de la mayoría de los turistas, aparecí en la imagen resultante con las piernas amputadas”.
            ----Pero, hombre de Dios –nos dan ganas de decirle al bueno de Javier Reverte--, si usted se colocó a contraluz, ¿cómo quiere que la chica no le hiciera una foto a contraluz? Otra cosa, cambie su cámara analógico –ya le va a ser difícil encontrar carretes—por otra que le permita ver de inmediato cómo ha quedado la foto para así, si no le gusta, pedir que la repitan. Y si quiere aparecer de cuerpo entero, dígalo, hombre, dígalo, y no nos aburra luego contando que siempre le cortan las piernas, como si no hubiera fotos excelentes sin que aparezcan las piernas (vea las que usted mismo incluye en la parte gráfica de Lucky Luciano, Salvatore Giuliano o el propio Giuseppe Tomasi Lampedusa.
            Tampoco parece muy apropiado, ni demasiado verosímil, describir de esta manera a la intérprete que le asignan cuando visita la casa de Lampedusa: “Era una chica muy rubia, de piel nacarada, y llevaba un ligero vestido de verano que, cuando se agachaba, deja al aire sus pechos, libres de sujetador, muy pequeños y muy blancos, coronados por dos cerezas sonrosadas”. Pero ¿cuándo tiene que agacharse tanto una intérprete que deje sus pechos al aire?
            Un hombre de otro tiempo Javier Reverte. Su Suite italiana interesa por lo que tiene de libro de libros y de incitación a leer otros libros de viajeros por Italia y a releer La muerte en Venecia o El Gatopardo.


viernes, 20 de marzo de 2020

Fantasía y humor



Por regiones fingidas
Felipe Benítez Reyes
Renacimiento. Sevilla, 2020.

Pocos escritores tan personales y plurales como Felipe Benítez Reyes, poeta de excepción, narrador inclasificable, ensayista paradójicamente perspicaz. En la literatura española, quizá únicamente Ramón Gómez de la Serna sería capaz de comparársele, pero él añade a la imaginación ramoniana un mayor rigor estilístico, nunca condesciende –como más de una vez el creador de las greguerías—con el apresurado borrador.
            Por regiones fingidas puede considerarse una obra menor, y quizá lo sea, pero incluye paradójicamente varias obras maestras. Reúne textos, ingeniosamente bienhumorados, escritos a lo largo de veinte años, entre 1998 y 2018. La agrupación en cuatro “series de invenciones”, con elaborados títulos y subtítulos, no disimula del todo lo que tiene de cajón de sastre.
            En la primera serie, “Pompas fantásticas”, encontramos un apólogo árabe (variación del famoso “El jardinero y la muerte”, de Cocteau), un cuento chino, un episodio bíblico (de frutal y transgresor erotismo), una fantasía kafkiana que se burla de su comienzo poco original, una metaliteraria fábula rusa y un goloso cuento de Navidad, además, entre otras ocurrencias, de páginas del diario del hombre invisible y de “El caballo cobarde (Una alegoría para niños)”, espléndida recreación de los cuentos tradicionales, con algo de homenaje a los relatos poéticos de Oscar Wilde.
El subtítulo de la serie es “Laboratorio de procedimientos narrativos” y tiene bastante de cuaderno de ejercicios. Pero se trata de ejercicios llevados a cabo con mano maestra, no exentos del raro humor marca de la casa, y que quizá deban ser leídos espaciadamente (como los poemas en un libro de poemas), ya que la acumulación de virtuosismo puede provocar fatiga en los lectores habituales de narrativa.
            Un variado conjunto de microrrelatos, ese género un tiempo tan de moda, son “Las ficciones en vilo”. Si hubiera que subrayar algunas de estas miniaturas, señalaríamos “Las edades del hombre” –magia, nostalgia y neuralgia--, una peculiar historia de la ilusión en relación con los Reyes Magos; “Bicicletas”, tan preciso en sus evocaciones (“la bicicleta del cartero Elías era un ruido de hierro negro”, “la bicicleta del afilador ambulante parecía un instrumento de tortura: echaba chispas, chirriaba”, “la bicicleta del repartidor de leche sonaba a estropicio de cristales y aluminio”), “Morituri”, el pasado y el futuro del hombre compendiados en las rutinarias llamadas telefónicas a los padres ancianos, y muy especialmente –para mi gusto-- ese sintético y eutrapélico capítulo de novela picaresca que es “La venganza líquida y fría”. Pero abunda el material dónde escoger en este muestrario entreverado con el relato de algún sueño.
            La sección más sorprendente del conjunto es la tercera, “Formulaciones tautológicas”, en la que surreales parábolas vienen acompañados por “collages” del propio Benítez Reyes, realizados a partir de las ilustraciones de revistas decimonónicas (el “collage” es un violín de Ingres muy frecuente en ciertos poetas españoles, de Adriano del Valle a Juan Lamillar.
Algunos comienzos bastarán para darnos cuenta del tono: “Dadas su peculiaridades de carácter, a Pablo, hijo único del magistrado Ferré, le buscaron sus padres una novia invisible”; “La viuda Losange tenía tan mala conciencia por ser hermosa que, cada vez que uno de sus pretendientes la invitaba a cenar, ella siempre pedía como segundo plato chuletas de chivo expiatorio”; “A la señorita Kazlauskas la llevaron presa porque tenía la cabeza demasiado gorda incluso para ser lituana”.
Todo el peculiar sentido del humor de Felipe Benítez Reyes –heredero de las eutrapelias vanguardistas-- se encuentra en estas fantasmagorías sin moraleja ni pretensión trascendental.
            Con una “Muestra de los milagros urbanos de los que ha quedado constancia en el archivo histórico provincial de Cádiz”, tres breves relatos fantasiosamente realistas, concluye un heterogéneo y a la vez muy homogéneo volumen que abunda en los chisporroteos del ingenio de un escritor que todo lo que toca lo convierte en espléndida literatura.



viernes, 13 de marzo de 2020

Ver lo que nadie ve




Las percepciones islas
(Antología poética)
Lorenzo Oliván
Pre-Textos. Valencia, 2020

La poesía para Lorenzo Oliván es el arte de la mirada, el arte de ver las cosas como nadie las había visto antes y poner luego esa visión en un lenguaje a la vez preciso y sorprendente.
            En la antología Las percepciones islas no ha querido prescindir del punto de partida: las evocaciones autobiográficas de Único norte, el ejercicio retórico de algún soneto a lo Miguel Hernández (“Hoy como ayer”), un prescindible caligrama.
            Detrás de los mejores poemas de Lorenzo Oliván, suele haber una ocurrencia ingeniosa, como las que le dieron a conocer con Cuatro trazos, su sorprendente homenaje a Ramón Gómez de la Serna en 1988, el año de su centenario.
“Ha de haber en la noche algún conducto / que vaya de tus sueños a mis sueños”, dicen los dos primeros versos de un poema de Visiones y revisiones, que luego continúa desarrollando la imagen de un “finísimo hilo” que aprovecha algún resquicio en la ventana para atravesar después “montañas, ríos, valles”, sufriendo interferencias como si de un cable telefónico se tratara.
El recurso que encontramos en ese poema temprano es el mismo de los poemas de madurez, aunque muy a menudo doblado con el procedimiento que Carlos Bousoño denominó “engaño-desengaño”: el poema parece que nos está hablando de una cosa y al final resulta, como en las adivinanzas, que nos está hablando de otra.
Un ejemplo: “En el principio”, de Nocturno casi: “En el principio tú fuiste una rueda. Quizá porque el principio necesita a su vez de la circularidad para empezar sin fin desde el principio. Te llevabas los pies a la cabeza, como haciendo camino poco a poco en tu avance hacia ti”. Está hablando, queda claro al final, de la gestación del ser humano.
A veces, pocas veces, el poeta ocurrente que nos permite ver el mundo de otra manera parece quebrarse de sutil. Es el caso de “Una alucinación”, también de Nocturno casi, donde se nos habla del “recinto de lo cuadrado”, del “recinto por excelencia de lo cuadrado” para referirse –pocos lectores lo averiguarán—a un cementerio, definido solo por los nichos, cuadrados, y prescindiendo de las sepulturas rectangulares y de los panteones y de las flores y las cruces, que ya es mucho prescindir. Nada que ver con un poema anterior sobre el mismo tema, “Ciudad de nadie”, incluido en Puntos de fuga, donde los nichos son “ventanas ciegas”.
De los poemas-enigma a los que tiende Lorenzo Oliván en su progresivo enrarecimiento, deliberada ocultación a veces, de la anécdota, quizá el más conseguido es “Como una forma de vencer al tiempo”, sobre uno de los juguetes de su infancia.
Los poemas viajeros son como un remanso en esta poesía que tiene su origen en lo concreto, pero que gusta de la abstracción: “Tren en mitad de la noche”, “Mont-Saint-Michel”, “Finisterre”. Se agradece también un poema como “La mosca en el cristal”, con su toque de humor. O el espléndido homenaje a Emily Dickinson, de quien es uno de los más destacados traductores, “Una ardiente bruma”.
Como ocurre con la mayor parte de los poetas, las caídas en la sequedad y en lo abstruso de Lorenzo Oliván son la otra cara de sus aciertos. Dotado como nadie para la retórica tradicional, buen conocedor de los secretos de la métrica y el ritmo, podría competir con el mejor sonetista contemporáneo (lo demuestra en “Cada vez cuesta más ser quien se ha sido” y, sobre todo, en el magistral “Centro”), pero él prefiere en su madurez un decir más elíptico, más sincopado, menos condescendiente con las expectativas del habitual lector de poesía.
Comenzó yendo de la imagen a la idea y ahora cada vez más quiere volver visibles las idead, visualizar el pensamiento.
La raíz del hombre no está en la tierra, como la de los árboles, sino en el aire nos dice en “Raíz”, Toda su poesía está llena de sugerentes hipótesis que nos permiten ver el mundo de otra manera. En “La imagen múltiple” no es su vida entera la que se le aparece de pronto al moribundo, sino los caminos que no tomó jamás, “sendas de amor hacia ninguna parte, / besos que no llegaron a sus metas”, lo no dicho “oído a gritos”.
Los mejores poemas de Lorenzo Oliván son los que no ocultan el referente ni se quiebran de sutiles. Cito algunos: “Unidad”, un panteísta poema de amor; “Presencia ausencia”, la realidad de las cosas en una habitación de hospital como una ofensa a la vida que acaba de desaparecer; el insomnio representado en una “Gota de agua”, que cae incesante; “El silencio en la copa”, entre Gaya y Guillén; la plasticidad de “Manzana”, la imprevista verdad de “Creación”: al respirar entra el mundo en nosotros.
Exigente, sorprendente, visual y conceptista, Lorenzo Oliván está lejos de sus chispeantes comienzos de niño asombrado ante la eterna novedad del mundo, pero a la vez está muy cerca, aunque se esfuerce en disimularlo y parezca todo lo contrario.