jueves, 26 de marzo de 2020

Viajes de papel



Suite italiana
Javier Reverte
Plaza & Janés. Barcelona, 2020.

Hubo un tiempo en que los viajeros eran unos pocos privilegiados y los libros de viajes el recurso de los que no podían permitirse ese lujo o no tenían ánimo para emprender aventuras. Luego, cuando todo el mundo pudo viajar, los libros de viaje nos permitían anticiparnos o comparar después nuestras experiencias con las de alguien más informado.
            Suite italiana se subtitula “Un viaje a Venecia, Trieste y Sicilia”, lugares hasta hace menos de un mes al alcance de la mano y hoy tan inasequibles como la más remota aldea amazónica.
            Volvemos a la lectura de libros de viaje como consuelo de nuestro forzado sedentarismo y lo primero que nos sorprende en esta obra epigonal del experimentado viajero que es Javier Reverte –recordemos El sueño de África, de 1996-- resulta comprobar que se trata menos de un viaje por un país que por un puñado de libros, los enumerados en la bibliografía final.
            Más de la mitad de esta Suite italiana, quizá el ochenta por ciento, podría haberse escrito sin salir de casa. Javier Reverte nos cuenta, con buen pulso divulgativo y periodístico, la historia de Venecia, la de Sicilia, con especial hincapié en la tremebunda historia de la Mafia. Nos habla también de un puñado de escritores que realizaron parte de su obra, o a veces lo fundamental de su obra, en esos lugares: Thomas Mann y La muerte en Venecia, James Joyce y el Ulises, Rilke y las Elegías de Duino, Lampedusa y El Gatopardo.
            No cabe duda de que Javier Reverte se ha informado bien y le leemos con gusto, aunque muchas de las cosas que cuenta resulten consabidas para el lector interesado en estos temas.
            La parte estrictamente viajera es de menor interés. De Venecia se nos cuenta que se alojó en un hotel caro y malo --da su nombre para disuadir a otros-- y que tomó varios cafés, a un precio prohibitivo, en el Florian. Poco más, aunque compensado con muchas citas de otros escritores.
            Suite italiana está escrito entre los años 2018 y 2019, según se indica al final del mismo, pero el viajero, nacido en 1944, es claramente un hombre de otra época. No duda en manifestar sus prejuicios xenófobos. Detesta a los turistas asiáticos y afirma distinguir a los grupos japoneses de los chinos en que los segundos se pasan todo el día escupiendo. Entra en una iglesia ortodoxa, la veneciana San Giorgio dei Greci, y escribe esas increíbles palabras: “No sé absolutamente nada sobre la liturgia de Bizancio, pero siempre he tenido la impresión de que sus sacerdotes son una pandilla de juerguistas amantes del buen vino, con apariencia de no haberse lavado desde que los sacaron de la pila bautismal. Sus ceremonias tienen poco que ver con las católicas, tan solemnes estas. Los clérigos, gordos y olorosos, como cochinos adultos, asoman de los cortinajes oscuros que ocultan el interior del santuario, bendicen, condenan, rezan o suspiran, y luego se esconden en la sacristía como lechones aterrados”. Nos frotamos los ojos y volvemos: no se puede ser más gratuitamente ofensivo. Por si fuera poco, añade que la misa ortodoxa, no es “una conmemoración del sacrificio de Jesús como la liturgia de Roma”, sino “un esperpento y una burla de su credo”. Consideraciones semejantes aparecen en otras páginas.
            Comparado con este despropósito, la insistencia en que los turistas no saben hacer fotografías y siempre que les pide que le hagan una le sacan sin piernas nos hace sonreír. Baste un ejemplo. Atravesando el estrecho de Mesina, le pide a una chica que le haga una foto: “La tiró a contraluz, con lo cual el retratado, visto ahora, puedo ser yo o cualquier otro ser humano de fisonomía lejanamente parecida a la mía. Y como era previsible, acometida la muchacha por la misma obsesión mutiladora de la mayoría de los turistas, aparecí en la imagen resultante con las piernas amputadas”.
            ----Pero, hombre de Dios –nos dan ganas de decirle al bueno de Javier Reverte--, si usted se colocó a contraluz, ¿cómo quiere que la chica no le hiciera una foto a contraluz? Otra cosa, cambie su cámara analógico –ya le va a ser difícil encontrar carretes—por otra que le permita ver de inmediato cómo ha quedado la foto para así, si no le gusta, pedir que la repitan. Y si quiere aparecer de cuerpo entero, dígalo, hombre, dígalo, y no nos aburra luego contando que siempre le cortan las piernas, como si no hubiera fotos excelentes sin que aparezcan las piernas (vea las que usted mismo incluye en la parte gráfica de Lucky Luciano, Salvatore Giuliano o el propio Giuseppe Tomasi Lampedusa.
            Tampoco parece muy apropiado, ni demasiado verosímil, describir de esta manera a la intérprete que le asignan cuando visita la casa de Lampedusa: “Era una chica muy rubia, de piel nacarada, y llevaba un ligero vestido de verano que, cuando se agachaba, deja al aire sus pechos, libres de sujetador, muy pequeños y muy blancos, coronados por dos cerezas sonrosadas”. Pero ¿cuándo tiene que agacharse tanto una intérprete que deje sus pechos al aire?
            Un hombre de otro tiempo Javier Reverte. Su Suite italiana interesa por lo que tiene de libro de libros y de incitación a leer otros libros de viajeros por Italia y a releer La muerte en Venecia o El Gatopardo.


viernes, 20 de marzo de 2020

Fantasía y humor



Por regiones fingidas
Felipe Benítez Reyes
Renacimiento. Sevilla, 2020.

Pocos escritores tan personales y plurales como Felipe Benítez Reyes, poeta de excepción, narrador inclasificable, ensayista paradójicamente perspicaz. En la literatura española, quizá únicamente Ramón Gómez de la Serna sería capaz de comparársele, pero él añade a la imaginación ramoniana un mayor rigor estilístico, nunca condesciende –como más de una vez el creador de las greguerías—con el apresurado borrador.
            Por regiones fingidas puede considerarse una obra menor, y quizá lo sea, pero incluye paradójicamente varias obras maestras. Reúne textos, ingeniosamente bienhumorados, escritos a lo largo de veinte años, entre 1998 y 2018. La agrupación en cuatro “series de invenciones”, con elaborados títulos y subtítulos, no disimula del todo lo que tiene de cajón de sastre.
            En la primera serie, “Pompas fantásticas”, encontramos un apólogo árabe (variación del famoso “El jardinero y la muerte”, de Cocteau), un cuento chino, un episodio bíblico (de frutal y transgresor erotismo), una fantasía kafkiana que se burla de su comienzo poco original, una metaliteraria fábula rusa y un goloso cuento de Navidad, además, entre otras ocurrencias, de páginas del diario del hombre invisible y de “El caballo cobarde (Una alegoría para niños)”, espléndida recreación de los cuentos tradicionales, con algo de homenaje a los relatos poéticos de Oscar Wilde.
El subtítulo de la serie es “Laboratorio de procedimientos narrativos” y tiene bastante de cuaderno de ejercicios. Pero se trata de ejercicios llevados a cabo con mano maestra, no exentos del raro humor marca de la casa, y que quizá deban ser leídos espaciadamente (como los poemas en un libro de poemas), ya que la acumulación de virtuosismo puede provocar fatiga en los lectores habituales de narrativa.
            Un variado conjunto de microrrelatos, ese género un tiempo tan de moda, son “Las ficciones en vilo”. Si hubiera que subrayar algunas de estas miniaturas, señalaríamos “Las edades del hombre” –magia, nostalgia y neuralgia--, una peculiar historia de la ilusión en relación con los Reyes Magos; “Bicicletas”, tan preciso en sus evocaciones (“la bicicleta del cartero Elías era un ruido de hierro negro”, “la bicicleta del afilador ambulante parecía un instrumento de tortura: echaba chispas, chirriaba”, “la bicicleta del repartidor de leche sonaba a estropicio de cristales y aluminio”), “Morituri”, el pasado y el futuro del hombre compendiados en las rutinarias llamadas telefónicas a los padres ancianos, y muy especialmente –para mi gusto-- ese sintético y eutrapélico capítulo de novela picaresca que es “La venganza líquida y fría”. Pero abunda el material dónde escoger en este muestrario entreverado con el relato de algún sueño.
            La sección más sorprendente del conjunto es la tercera, “Formulaciones tautológicas”, en la que surreales parábolas vienen acompañados por “collages” del propio Benítez Reyes, realizados a partir de las ilustraciones de revistas decimonónicas (el “collage” es un violín de Ingres muy frecuente en ciertos poetas españoles, de Adriano del Valle a Juan Lamillar.
Algunos comienzos bastarán para darnos cuenta del tono: “Dadas su peculiaridades de carácter, a Pablo, hijo único del magistrado Ferré, le buscaron sus padres una novia invisible”; “La viuda Losange tenía tan mala conciencia por ser hermosa que, cada vez que uno de sus pretendientes la invitaba a cenar, ella siempre pedía como segundo plato chuletas de chivo expiatorio”; “A la señorita Kazlauskas la llevaron presa porque tenía la cabeza demasiado gorda incluso para ser lituana”.
Todo el peculiar sentido del humor de Felipe Benítez Reyes –heredero de las eutrapelias vanguardistas-- se encuentra en estas fantasmagorías sin moraleja ni pretensión trascendental.
            Con una “Muestra de los milagros urbanos de los que ha quedado constancia en el archivo histórico provincial de Cádiz”, tres breves relatos fantasiosamente realistas, concluye un heterogéneo y a la vez muy homogéneo volumen que abunda en los chisporroteos del ingenio de un escritor que todo lo que toca lo convierte en espléndida literatura.



viernes, 13 de marzo de 2020

Ver lo que nadie ve




Las percepciones islas
(Antología poética)
Lorenzo Oliván
Pre-Textos. Valencia, 2020

La poesía para Lorenzo Oliván es el arte de la mirada, el arte de ver las cosas como nadie las había visto antes y poner luego esa visión en un lenguaje a la vez preciso y sorprendente.
            En la antología Las percepciones islas no ha querido prescindir del punto de partida: las evocaciones autobiográficas de Único norte, el ejercicio retórico de algún soneto a lo Miguel Hernández (“Hoy como ayer”), un prescindible caligrama.
            Detrás de los mejores poemas de Lorenzo Oliván, suele haber una ocurrencia ingeniosa, como las que le dieron a conocer con Cuatro trazos, su sorprendente homenaje a Ramón Gómez de la Serna en 1988, el año de su centenario.
“Ha de haber en la noche algún conducto / que vaya de tus sueños a mis sueños”, dicen los dos primeros versos de un poema de Visiones y revisiones, que luego continúa desarrollando la imagen de un “finísimo hilo” que aprovecha algún resquicio en la ventana para atravesar después “montañas, ríos, valles”, sufriendo interferencias como si de un cable telefónico se tratara.
El recurso que encontramos en ese poema temprano es el mismo de los poemas de madurez, aunque muy a menudo doblado con el procedimiento que Carlos Bousoño denominó “engaño-desengaño”: el poema parece que nos está hablando de una cosa y al final resulta, como en las adivinanzas, que nos está hablando de otra.
Un ejemplo: “En el principio”, de Nocturno casi: “En el principio tú fuiste una rueda. Quizá porque el principio necesita a su vez de la circularidad para empezar sin fin desde el principio. Te llevabas los pies a la cabeza, como haciendo camino poco a poco en tu avance hacia ti”. Está hablando, queda claro al final, de la gestación del ser humano.
A veces, pocas veces, el poeta ocurrente que nos permite ver el mundo de otra manera parece quebrarse de sutil. Es el caso de “Una alucinación”, también de Nocturno casi, donde se nos habla del “recinto de lo cuadrado”, del “recinto por excelencia de lo cuadrado” para referirse –pocos lectores lo averiguarán—a un cementerio, definido solo por los nichos, cuadrados, y prescindiendo de las sepulturas rectangulares y de los panteones y de las flores y las cruces, que ya es mucho prescindir. Nada que ver con un poema anterior sobre el mismo tema, “Ciudad de nadie”, incluido en Puntos de fuga, donde los nichos son “ventanas ciegas”.
De los poemas-enigma a los que tiende Lorenzo Oliván en su progresivo enrarecimiento, deliberada ocultación a veces, de la anécdota, quizá el más conseguido es “Como una forma de vencer al tiempo”, sobre uno de los juguetes de su infancia.
Los poemas viajeros son como un remanso en esta poesía que tiene su origen en lo concreto, pero que gusta de la abstracción: “Tren en mitad de la noche”, “Mont-Saint-Michel”, “Finisterre”. Se agradece también un poema como “La mosca en el cristal”, con su toque de humor. O el espléndido homenaje a Emily Dickinson, de quien es uno de los más destacados traductores, “Una ardiente bruma”.
Como ocurre con la mayor parte de los poetas, las caídas en la sequedad y en lo abstruso de Lorenzo Oliván son la otra cara de sus aciertos. Dotado como nadie para la retórica tradicional, buen conocedor de los secretos de la métrica y el ritmo, podría competir con el mejor sonetista contemporáneo (lo demuestra en “Cada vez cuesta más ser quien se ha sido” y, sobre todo, en el magistral “Centro”), pero él prefiere en su madurez un decir más elíptico, más sincopado, menos condescendiente con las expectativas del habitual lector de poesía.
Comenzó yendo de la imagen a la idea y ahora cada vez más quiere volver visibles las idead, visualizar el pensamiento.
La raíz del hombre no está en la tierra, como la de los árboles, sino en el aire nos dice en “Raíz”, Toda su poesía está llena de sugerentes hipótesis que nos permiten ver el mundo de otra manera. En “La imagen múltiple” no es su vida entera la que se le aparece de pronto al moribundo, sino los caminos que no tomó jamás, “sendas de amor hacia ninguna parte, / besos que no llegaron a sus metas”, lo no dicho “oído a gritos”.
Los mejores poemas de Lorenzo Oliván son los que no ocultan el referente ni se quiebran de sutiles. Cito algunos: “Unidad”, un panteísta poema de amor; “Presencia ausencia”, la realidad de las cosas en una habitación de hospital como una ofensa a la vida que acaba de desaparecer; el insomnio representado en una “Gota de agua”, que cae incesante; “El silencio en la copa”, entre Gaya y Guillén; la plasticidad de “Manzana”, la imprevista verdad de “Creación”: al respirar entra el mundo en nosotros.
Exigente, sorprendente, visual y conceptista, Lorenzo Oliván está lejos de sus chispeantes comienzos de niño asombrado ante la eterna novedad del mundo, pero a la vez está muy cerca, aunque se esfuerce en disimularlo y parezca todo lo contrario.


viernes, 6 de marzo de 2020

Orden sin concierto



Primeras voluntades
José María Micó
Acantilado. Barcelona, 2020.

 El libro nunca ha sido el mejor modo de difundir los versos. La poesía lírica antes de llegar al libro ha sido cantada o recitada, copiada en manuscritos, publicada en revistas, hoy en  Internet. Las redes sociales han acabado convirtiéndose en su medio de difusión favorito. La recopilación en libro llega, o debería llegar, después, en algún caso incluso póstumamente, como ocurrió con Góngora, Fray Luis o Garcilaso.
            En los volúmenes recopilatorios, lo disperso se reúne y ordena, añadiéndosele nuevos sentidos. El autor se convierte entonces en editor de si mismo y no todos se muestran muy duchos en tal función. De José María Micó, catedrático universitario, editor de clásicos, comentarista de Góngora, podría esperarse que aplicara todo ese saber a la reunión en un volumen, titulado Primeras voluntades, de toda su poesía publicada hasta la fecha.
            No parece que haya procedido con demasiado acierto. La presentación, retórica y contradictoria, no aclara demasiado, más bien confunde. Confiesa una obviedad, que escribe “poemas breves o extensos, pero no libros en el sentido editorial y moderno”. En eso se parece al resto de los poetas contemporáneos. Y añade otra obviedad: que los libros son consecuencia de una organización “distinta y posterior a la escritura de los textos y que tiene, por tanto, su dosis de artificiosidad y de astucia”.
            La artificiosidad de Micó en Primeras voluntades es manifiesta, la astucia no excesiva. Comienza y termina con un mismo poema, “Generación”, al que en la versión final añade dos versos un tanto tremendistas: “Mi mano es una perra caliente que te muerde / y ya no queda sitio para las dentelladas”.
            Los poemas publicados en sus siete libros, desde La espera de 1992 hasta Blanca y azul de 1917, ahora se agrupan en varias partes no siempre congruentes ni bien tituladas. En “Travesuras” –título especialmente desafortunado—se reúnen dos espléndidas traducciones (un soneto de Shakespeare y el famoso “Epitafio para un ejército de mercenarios” de Housman), varias letras para cantar (el autor actualmente se dedica a componer e interpretar canciones en el dúo Marta y Micó), unos cuantos poemas de circunstancias (escritos para presentar a un autor, para leer en la despedida de un congreso) y otros graciosos ripios, a ratos a la manera de Joaquín Sabina, a quien se homenajea; también se incluye alguna nadería (véanse las páginas 86-87).
            José María Micó es un poeta desigual, pero un poeta, no un erudito –a la manera de su maestro Francisco Rico—que de vez en cuando compone versos. Sorprende, sin embargo, que su extraordinario saber filológico y su rigor crítico parezca haber sido capaz de aplicárselo a sí mismo (y cuando lo hace, rescatando en el epílogo todas las citas y dedicatorias que previamente ha descartado, demuestra desconocer la diferencia entre editar a un clásico y editar la propia obra).
            No sería yo quien soy si antes de subrayar los muchos logros del Micó poeta, no señalara que de vez en cuando dormita. A la hora de reunir su obra, descarta poemas, pero deja en “Pecios”, donde van sus poemas más breves, el siguiente: “¿Cómo voy a estar solo / si estoy completo?”. ¿Y qué tendrá que ver el estar solo con estar completo?, nos preguntamos. En seguida se nos ocurre una variante mejor: “¿Cómo voy a estar solo / si estoy conmigo?”
            Varios poetas conviven en Micó. Uno aspira al poema de cierta extensión, reflexivo, sin apenas anécdota, o con la anécdota transcendida o vagamente aludida. Es el poeta de “Ser y estar”, de “Momentos”, de varios de los textos reunidos en “Camino de Ronda”. Más referencial, a ratos casi postal viajera, resulta “Divieto di sosta”, homenaje a Italia.
            En el otro extremo, están los poemas de circunstancia, en los que Micó se muestra muy dotado para la broma erudita y la ocurrencia ingeniosa. Es el caso de “Cien ripios para F.B.R”, aunque quizá resultan demasiados ripios (“Tras mil idas y venidas / por palacios y desvanes, / tiene amigos catalanes, / vascos, gallegos y aun bables”) y que termina como otro de sus poemas de ocasión, el dedicado a una reunión de filolólogos en Santander: tras estudiar a Cervantes, “no hay nada que no sepamos / sobre la melancolía” y tras leer a Benítez Reyes “no habrá nada que ignoremos / sobre la melancolía”.
            Ingeniosa resulta la “Letra bastarda”, homenaje a la literatura de lupanar, con su distinción (el tópico está ya en Marcial) entre el protagonista de los versos y el autor: “Por tu interés te diré, / caro lector, quien soy yo: / el que el poema escribió, / no el que de putas se fue”.
            Buen conocedor de los clásicos y de los modernos, de la métrica tradicional y del versolibrismo contemporáneo, de los tangos y de las milongas, Micó lo mismo nos ofrece un soneto que trata de emular a Lope, que unos ovillejos a lo Zorrilla, un delicado poema infantil que una epístola que recrea el tópico del “menosprecio de corte y alabanza de aldea” o un ambicioso poema metafísico. Todo revuelto y sin demasiado orden ni concierto.
            Resulta paradójico que a uno de los grandes estudiosos de la literatura española, a la hora de reunir, organizar y descartar (la principal labor cuando uno es editor de sí mismo) su propia obra le falte el tino y la sabiduría que pone en la de los demás.



viernes, 28 de febrero de 2020

Colección de asombros



Al pasar de los años
Artículos periodísticos (1930-1981)
Fundación José Antonio de Castro. Madrid, 2020.

¿Cuántos artículos escribió Álvaro Cunqueiro en medio siglo de vida periodística, o de vida literaria, que en su caso viene a ser lo mismo? Hay quien calcula que unos cincuenta mil, Miguel Somovilla los reduce veinte mil; en cualquier caso, los suficientes para que, por muchas recopilaciones de ellos que hayamos leído, sigan apareciendo desconocidas maravillas.
            En Al pasar de los años se reúnen doscientos artículos, unos ya reunidos en libros, otros rescatados por primera vez de las hemerotecas, todos ellos reproducidos de los diarios o revistas en que se publicaron con rigor filológico y con las notas necesarias para ser entendidos en su contexto. La selección puede ser discutible –¿qué selección no lo es?--, así como la ordenación temática que prescinde de la cronología incluso dentro de cada una de las secciones.
            Miguel Somovilla ha querido que estén presentes todos los intereses de Álvaro Cunqueiro, no solo los que mejor han resistido el paso del tiempo. Por eso nos encontramos con varias reseñas literarias, que quizá sobrarían, y con unos pronósticos cartománticos sobre la liga de fútbol gallega que no pasan de una curiosidad, aunque ciertamente divertida.
            Pero nos atrevemos a asegurar que el ochenta por ciento del volumen está formado por obras maestras de dos o tres folios que no nos cansamos de leer y releer. Cunqueiro sabía contar y sabía encantar. Hablara de lo que hablara no tardaba en dejar a sus oyentes, a sus lectores, con la boca abierta.
            Le gustaba jugar con la erudición, como a su maestro fray Antonio de Guevara, que fue obispo de Mondoñedo, o a Borges, pero su erudición no era inventada. Se trataba de un hombre muy leído, de abundantes y pintorescos saberes, unos procedentes de las bibliotecas y otros de la cultura oral. No podría haber fantaseado tanto si no tuviera los ojos muy atentos a los más curiosos impresos y a lo que se cantaba y contaba en las romerías, en las tabernas y en los figones.
            “Un mapa de Galicia” se titula una de las partes del volumen. Álvaro Cunqueiro, a quien tanto le gustaba viajar por países que solo existían en su imaginación, por ningún lugar viajó tanto como por Galicia, por una Galicia a la vez real y producto solo de su fantasía. En docenas de artículos nos habló de las ferias de San Lucas en Mondoñedo, de las capitales y de las más recónditas aldeas, de la costa y del interior. Nunca teme repetirse porque, como la lluvia y el amanecer, resulta siempre diferente.
            El mapa de Galicia se completa con los artículos de “Por la ruta jacobea” y “El mar que nos rodea”, en el que se incluye “Un viaje a las Cíes” y también, como no podía ser de otra manera tratándose de Cunqueiro, unas “Historias con sirena dentro” y un “Diccionario manual de bestias marinas”. Se prolonga este último con “Notas para un diccionario de ángeles”, que es el título de otra de las secciones, en la que también se nos habla de ángeles caídos, esto es, de espantables demonios o de pobres diablos.
            “Retratos y paisajes” alterna esplendidos relatos, como el dedicado a Quevedo en Venecia, con trabajos más ocasionales, como las pocas líneas dedicadas a la muerte de Unamuno. Miguel Somovilla, periodista, no filólogo ni profesor, como nos recuerda en la introducción, parece que quiere que tengamos en cuenta que la escritura de todos los días (Cunqueiro escribía dos o tres artículos al día) no puede ser sublime sin interrupción, pero estos descensos acentúan las cimas, que son la regla, no la excepción.
            No falta la sección dedicada a la cocina, “De re coquinaria”, en la que a menudo los asuntos estrictamente culinarios no son más que un pretexto para hablar de otra cosa, y es lo que más agradecemos muchos lectores.
            Sorprenden muchos de los capítulos de “Aprendiz de brujo”, en los que no suele saberse si Cunqueiro habla en broma o en serio, aunque casi siempre habla a la vez de las dos maneras, como es propio de todo humorista.
            Cunqueiro colaboró en docenas de diarios y revistas, y sabía adaptarse sin perder su personalidad. No son lo mismo los artículos de la serie “El envés”, publicados en Faro de Vigo día tras día durante años, que las colaboraciones aparecidas en Tribuna médica, que tratan de curanderos y de pintorescas medicinas alternativas (casi todas ellas se reúnen en “Días de curación”). Igualmente contrasta el estilo arcaizante de los publicados en la falangista Vértice con el desenfado de “Sal y pimienta”, una sección de la revista Primera plana, ya en tiempos del destape.
            “Al pasar de los años”, parte final de la antología y que le da título, trata del tiempo cíclico de la naturaleza, de los inevitables artículos, en el periodismo de la época, a la llegada del otoño o de la primavera, al solsticio de invierno o al primer día del año. Cunqueiro se nos muestra, como Pla, un maestro en el arte de darle una y mil vueltas de tuerca al tópico.
            No es Al pasar de los años un libro para leer, capítulo tras capítulo, de la primera a la última página, y por eso importa poco que el antólogo no respete la cronología. Es un volumen para tener siempre al lado, para abrirlo al azar, para escuchar algún sucedido que quizá nunca ha sucedido, para viajar a islas remotas o a la eterna Compostela, para adentrarse en un bosque o en un viejo infolio en busca de la fuente de la eterna maravilla.

viernes, 21 de febrero de 2020

El arma del crimen




¡Qué país, Miquelarena!
Biografía de Jacinto Miquelarena
Renacimiento. Sevilla, 2020.

Uno de los libros de Jacinto Miquelarena se titula Cómo fui ejecutado en Madrid. Pero este prosista del 27, discípulo predilecto de Ramón Gómez de la Serna, el primer periodista que convirtió en obra de arte la crónica deportiva, si murió ejecutado no fue en el Madrid sin frenos los primeros meses de la guerra, sino bastantes años después y en París.
            El arma del crimen, una carta, como en el poema de Ángel González: ¿”Sabes qu un papel puede cortar como navaja?”. La historia nos la cuenta Leticia Zaldívar en su biografía de Jacinto Miquelarena, un libro que lleva por título la frase que hizo popular su nombre, ¡Qué país, Miquelarena!, pronunciada por un amigo suyo, otro escritor raro y olvidado, Pedro Mourlane Michelena.
            Leticia Zaldívar es nieta del escritor y en su libro se entrevé una historia familiar en la que ella no quiere entrar y que quizá tuvo algo que ver con el dorado exilio –no tan dorado si entramos en detalles– de Jacinto Miquelarena, uno de los triunfadores de la guerra civil (falangista de la primera hora, a él se deben algunos de los más característicos versos del “Cara al sol”). Como tantos otros, no encontró luego un puesto en los manuales de literatura.
            Nacido en Bilbao en 1891, en una familia de la pujante burguesía vasca, se educó en Francia y en Inglaterra. Los viajes, el deporte y los malabarismos de la nueva literatura fueron sus principales aficiones. En El gusto de Holanda, su primera obra, reúne las crónicas de un viaje a ese país con motivo de las Olimpiadas celebradas en Amsterdam en 1928. Pero ellos no tienen bananas –un título quizá no demasiado afortunado– nos ofrece su visión del Nueva York de 1929, el Nueva York trepidante de Paul Morand y de Julio Camba, que nada tiene que ver –haz y envés– con el que vio García Lorca por esas mismas fechas. Stadium (Notas de sport), de 1934, es uno de los primeros libros dedicados íntegramente al deporte.
            Cordial, inteligente, bienhumorado, Jacinto Miquelarena, colaborador de la mejor prensa del momento, tanto del progresista El Sol como del conservador Abc, representa bien –aunque no se le incluyera en la nómina de la nueva literatura, luego canonizada como generación del 27– la renovación estética de los años veinte, la modernidad ramoniana y orteguiana que barrió los restos ajados del modernismo, la capa y el chambergo de la trasnochada bohemia.
            Pero la convivencia de la que puede ser símbolo la revista La Gaceta Literaria, la revista en la que confraternizaron quienes pocos años después andarían a tiros, duró poco. En las dos obras que publicó durante la guerra civil, la ya citada Cómo fui ejecutado en Madrid y El otro mundo, el escritor se convierte en propagandista. La primera arremete contra los políticos y escritores republicanos –de Azaña a Bergamín–, la segunda nos cuenta su estancia en una embajada, un género muy frecuentado por aquellos tiempos (recordemos Una isla en el mar Rojo, de Fernández Flórez). Luego trató de volver a la literatura anterior con Cuentos de humor (el humor de La codorniz) y Don Adolfo el libertino, pero ya el tiempo era otra y la renovación de antes sonaba a pasadista.
            En los años cuarenta estuvo en Argentina, como representante de la recién fundada Agencia F, luego sería corresponsal en Londres y en 1960, dos años antes de su muerte cambiaría ese destino por el París.
            Leticia Zaldívar, para reconstruir la biografía de este escritor olvidado, recurre a sus cartas, a sus diarios de juventud, a su correspondencia milagrosamente salvada; también cita con frecuencia sus artículos.
            La familia de Miquelarena se ocupó del traslado de su cadáver y de su enterramiento en el panteón familiar en 1962, pero todos los papeles privados del escritor aparecieron en 1994 en un mercadillo malagueño. Los encontró un joven estudiante, que los guardó hasta 2003, cuando que enterado de que una nieta del escritor estaba escribiendo su biografía se puso en contacto con ella.
            ¿Cómo llegó hasta Málaga el archivo de Miquelarena? Esa es otra novela que se nos insinúa en este libro y que quizá sirva para explicar las razones de un acoso, personal y laboral, que le llevó finalmente a un suicidio que bien puede calificarse de asesinato.
            El 28 de julio de 1962, Miquelarena recibió una carta del director del periódico en que colaboraba desde hacía más de treinta años. Le decía, entre otras lindezas, que su corresponsalía en París había defraudado “no ya al Abc que dirijo, sino a los lectores de Campo de Criptana, de Andalucía, de Extremadura, de Vizcaya, de Burgos”.
            En el diario íntimo quedan constancias de amenazas anteriores. Tras hacer una crónica de urgencia sobre el intento de golpe de Estado con motivo de los sucesos de Argelia, enviada a las dos de la noche, a las cuatro recibe una confusa llamada del director: “Definitivamente, Calvo está loco. Un loco agresivo y molesto. Y cabrón. Estoy destruido de trabajar y no dormir por su causa”.
            “Estoy tiene que arreglarse de algún modo” le había dicho en la última carta, en la que descalificaba su trabajo –una corresponsalía de varias décadas– porque “un literato puro” no pude abarcar lo que está ocurriendo en Francia.
            Y se arregló de manera definitiva. Unos días después el escritor se arrojó al metro. En su bolsillo se encontró una cuartilla manuscrita que decía: “A Luis Calvo, director de ABC. / Tu carta, recua de ultrajes, ‘is murder’. / Jacinto Miquelarena”.
            Al día siguiente el periódico, su periódico, publicó una sentida necrológica hablando de accidente, no de suicidio. Los papeles de Miquelarena quedaron en poder de Felicitas Flores, la mujer con la que vivía “en pecado” desde hacía varias décadas, quien los conservó hasta su muerte. Carecía de herederos y eso explica su aparición en un mercadillo malagueño.
            ¿Tuvo que ver el exilio laboral de Miquelarena y la animadversión con que le trató su periódico, defensor de los valores cristianos, con su irregular relación sentimental? Esa es otra novela en la que su nieta, Leticia Zaldívar Miquelarema, prefiere no entrar.



viernes, 14 de febrero de 2020

Poesía y parapoesía o el caso de Jaime Siles



Arquitectura oblicua
Jaime Siles
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2019.

En algunas librerías, la sección de poesía se ha dividido en dos. En una está la poesía de siempre, la poesía seria, la que gana premios; en otra, la poesía que se vende, la que circula por Internet, la que llena los espacios –a menudo poco convencionales– en que se recita o canta. Algunos, desdeñosamente, han acuñado el término de “parapoesía” para referirse a este segundo tipo.
            Pero los juicios de valor no pueden hacerse en conjunto, sino obra a obra. El que una poesía sea minoritaria no garantiza su calidad; el que cuente con miles de lectores entusiastas, aunque se trate de adolescentes, no puede servir para minusvalorarla.
            Jaime Siles ejemplifica bien al poeta culto. La solapa de su último libro enumera todas las universidades de las que ha sido profesor y también todos los idiomas que domina y de los que traduce, nada menos que nueve: griego clásico, latín, griego moderno, francés, italiano, catalán, portugués, inglés y alemán. Los premios que ha obtenido –desde el inicial Ocnos para Canon hasta el reciente Jaime Gil de Biedma– son también numerosos. En los años setenta, era uno de los puntales de la novísima poesía española, junto a Gimferrer, Carnero o Colinas. Medio siglo después, cuesta encontrar un poema que se sostenga en pie en sus libros de poemas, aunque su prestigio –para los estudiosos de la poesía, que no para los lectores– continúe intacto.
            De dos tipos son los textos que se incluyen en Arquitectura oblicua. En un caso se trata de poemas rimados, por lo general de arte menor (romances y romancillos), con un acusado tono vintage: a veces nos recuerdan al garcilasismo de los años cuarenta e incluso a la poesía rococó de un Meléndez Valdés. Copio los primeros versos de “Bucólica”: “Estuve aquí cuando esto era un prado / y no crecía en él ninguna rosa. / Estuve aquí cuando iniciaba mayo / su más furtivo florecer de rosa. / Estuve aquí cuando no había prado / ni mayo erguía sus colores rosa. / Estuve aquí cuando en este prado / mayo pintaba su fulgor de rosa”. Y así sigue, con “el mismo prado y la misma rosa” (eso dice su último verso) durante todo el poema. Aunque para muestra basta un botón, añado algunos más: “Se cierra el clavel / y yo dentro de él”, comienza “Mise en mots”; en “Tres poemas sicilianos” nos encontramos con una palmera que anota algo “en su carnet de baile”; hay también un río de “breve voz / dulce y doliente” y una cancioncilla neopopular: “Olivares del Júcar: / rosada nieve. / Olivares del Júcar: / de blanco verde” y así continúa (“de cielo agreste”, “de tintes tenues”) hasta concluir con un caprichoso (la pregunta podría ser cualquier otra siempre que respetara la rima) “¿dónde mi muerte?”
            El gusto por la rima, una rima a menudo gratuita y ripiosa (“Para que me refleje / su cordillera andina / la memoria me teje / su sombra submarina”), quizá herencia postista (a Carlos Edmundo de Ory le dedica un homenaje), caracteriza a la mitad del libro, de la que apenas si se salvan un “Apunte sevillano”, evocación del poeta Fernando Ortiz que recuerda a los poemas de circunstancias de Manuel Machado, y algunos apuntes viajeros que no se pierden en la gratuita divagación (“Invierno en Clermont”. “Cabo de Gata”).
            Alternando con estos poemas de versificación tradicional y reiterado y algo caprichoso sonsonete, hay otros de tono ensayístico, de un versolibrismo cercano a la prosa, que parecen reflexionar sobre cuestiones metapoéticas y metafísicas. Extensos y algo descosidos, cuesta llegar hasta el final. Copio los primeros versos de los más de cien de “Espejo roto”: “Como columnas en la luz se alzan / las ruinas de lo que fuera un muro, / la solidez de un resistente arco / o las volutas de un pisoteado capitel / en los que la unidad de un todo destruido / permanece más bella aún que en su realidad / porque del ser existen solo los fragmentos / y la visión de lo disperso y roto multiplica / sentido y sensación / pues solo en la ruina de las cosas / la belleza se nos permite ver”.
            Parece que estamos leyendo algo muy profundo, pero la conclusión es cuando menos poco convincente. ¿Solo en la ruina de las cosas se nos permite ver la belleza? ¿No hay belleza en un bosque, en un cuerpo humano, en Las meninas, en una catedral que el tiempo ha respetado?
            Nada resiste a una lectura atenta en este poema que glosa cuestiones más o menos trascendentales: “Los dioses creían en sus dioses / solo porque tenían sus estatuas: / nosotros creíamos en el arte / porque nos daba la sensación de un yo / visible solo en los márgenes / de sus imágenes borrosas y en aquel flujo / de opacas percepciones de uno mismo / que parecía devolvernos / desde un fondo de vitrales rojos, / la misteriosa luz de un rosetón”.
            Relea el lector estos versos y verá que son tan absurdos como en una primera lectura parecen. El poema, tras una sucesión de afirmaciones semejantes, termina con este dístico: “Es en la terza rima donde naufraga el nombre / como en el ser siempre naufraga el yo”. Por supuesto, nunca se ha aludido antes a la “terza rima”.
            Hay poesía que se lee –la de Marwan, la de Elvira Sastre, la de Ajo, la de Karmelo C. Iribarren– y que suelen mirar ciertos críticos por encima del hombro; hay poesía que no se lee, aunque resulte muy premiada y prestigiada, y que quizá no merece ser leída.
           


jueves, 6 de febrero de 2020

Sobras completas



Instantáneas
Claudio Magris
Traducción de Pilar González Rodríguez
Anagrama. Barcelona, 2020.

Menos es más, según la manida frase de Mies Van der Rohe, pero no siempre. A veces es menos, mucho menos.
            Instantáneas, la más reciente obra de Claudio Magris, constituye un buen ejemplo de ello. Reúne artículos, escritos entre 1999 y 2016, que muy bien podían haberse quedado en las efímeras páginas en que aparecieron por primera vez.
            No todos son enteramente desdeñables, se salva alguna viñeta autobiográfica, algún apunte viajero, pero la mayoría o se ocupan de trivialidades, como la falta de urinarios públicos en Trieste y otras ciudades, o fracasan estrepitosamente cuando tratan de convertir la anécdota en categoría.
            “La escritura, prohibido el paso” nos refiere un encuentro del autor con los presos en una cárcel de Trieste. Uno de ellos, que cumple “grave pena por homicidio”, le dice que hay una diferencia fundamental entre los autores como él y los presos que escriben. Unos lo hacen para comunicar; los otros “para tener algo que sea nuestro, solo nuestro, fuera del control que obliga a someter cada trozo de nuestra vida y de nuestra realidad a los rayos X. Aquí no hay nada mío, solo mío; mi existencia está hecha para ser desnudada, cacheada, fichada. En cambio, lo que escribo es solo mío; no se lo enseño a nadie, jamás se lo daría a leer a nadie, es un mundo mío, donde los carceleros, la ley, los jueces, los otros prisioneros, todos los demás no pueden entrar. Y sobre el papel me siento libre, sin guardianes, sin nadie que me expropie de mí mismo”.
            ¿De verdad le dijo eso un preso? Resulta bastante dudoso, parece más bien un pretexto mal inventado para las banalidades que vienen a continuación sobre Facebook y la intimidad. ¿Dónde iba a guardar un preso lo que no quiere que lea nadie? ¿Qué rincón secreto hay en la celda al que no llegue la curiosidad de un compañero, que no sea revisado por los guardianes? ¿Qué preso puede pensar que, escribiéndola, guarda para sí mismo su intimidad? Solo quien no conozca el régimen carcelario puede inventar algo así.
            Quienes admiraron El Danubio, esa historia de un río que es en buena medida el alma de Europa, no deben leer este libro. La pobreza conceptual del autor queda patente en cuanto trata de levantar un poco el vuelo de aquello que cuenta, a veces con cierta gracia (como en la anécdota sobre la emperatriz Sissi y los poemas que supuestamente le dictaba Heine).
            En “Intraducible” nos refiere una anécdota que considera “genialidad inconsciente e intraducible”. Un niño de poco más de dos años, Isacco, está correteando con una niña algo menor, Vera: “Cuando el abuelo. mirando al cielo, que va clareando tras la lluvia recién acabada, se dice a sí mismo, a media voz inteligible para quien está cerca, ‘Llega primavera’, el niño, que estaba corriendo, se para, se vuelve y le dice dulce pero firme: No, primero Isacco”.
            La confusión tiene sentido en italiano: el abuelo dice “primavera”, el niño entiende “prima Vera” (primera Vera) y responde “no, primo Isacco” (primero Isacco). ¿Una genialidad inconsciente? Una gracia banal, simplemente.
            ¿Hacen falta más ejemplos? En “Selfi”, un vehículo bloquea la salida del garaje, un conductor impaciente toca el claxon, sale luego de su coche se acerca al otro y ve que en él “solo hay una niña de unos siete u ocho años. Está acurrucada detrás, con expresión inquieta, casi espantada; murmura que su mamá se ha ido un momento y volverá enseguida. El iracundo bloqueado se impacienta por momentos, pregunta a dónde ha ido la madre, a qué tienda; la niña no lo sabe, él toca el claxon del coche, a ella se le saltan las lágrimas, él toca y toca y dice que va a llamar a los guardias”.
            Cualquiera que le viera llamaría a la policía: abrió la puerta de un vehículo ajeno, asustó a una niña que había dentro y se puso a tocar furiosamente el claxon de ese coche. Continúa el relato: “Ella es una cervatilla atemorizada; él, inclinándose sobre el parabrisas, amenaza de nuevo con llamar a los guardias y ve su reflejo en la luna del coche”. Y entonces ocurre la sorpresa. Resulta que el psicópata que amenaza a la niña es el propio autor, que cambia de la tercera a la primera persona al contemplar: “Me doy cuenta de que nunca me he visto tan feo y desagradable y, mientras veo llegar apresurada y nerviosa a la conductora, también ella molesta por la situación, me alejo deprisa de su coche y para evitar el encuentro desaparezco unos segundos en la oscuridad del garaje”.
            Nos imaginamos –el autor no– que quien entonces llamaría a la policía sería la madre: ha visto cómo un desconocido abre la puerta de su coche, amenaza a su hija y luego escapa escondiéndose “en la oscuridad del garaje”.
            ¿Ha leído alguien críticamente este conjunto de olvidables naderías? No sabemos si el autor –aunque resulta dudoso–, pero desde luego ningún responsable en la editorial italiana ni en la española. ¿Claudio Magris es un autor de prestigio con un público asegurado? Pues se publica todo lo que envíe su agente, aunque sean “sobras completas” (el juego de palabras es de Savater, autor también de algún que otro producto editorial sin demasiada solvencia). Los suplementos culturales también lo elogiarán sin necesidad de leerlo. Conviene dejar constancia de que el rey, en este caso y en tantos otros (casi todo el último Umberto Eco), está desnudo.


sábado, 1 de febrero de 2020

Hotel Tánger


Un cierto Tánger
Fernando Castillo
Confluencias. Almería, 2019.

¿Solo es posible escribir de Tánger desde la nostalgia? Pocas ciudades con tanta literatura, pocas quizá también tan falseadas por la literatura. Los buenos días perdidos serían, en Tánger, los del colonialismo, camuflados con un estatuto de ciudad internacional.
            Durante largas décadas, Tánger fue un paraíso fiscal, un refugio para los heterodoxos sexuales, un hotel de lujo a precios económicos en el que solo el servicio era indígena.
            El pasado glorioso de Tánger es, en buena medida, un pasado de explotación y miseria, pero no por eso menos fascinante desde el punto de vista literario. El arte y la moralidad siempre han tenido unas relaciones peculiares. Admiramos al ciudadano ejemplar, pero no pagaríamos la entrada para ver una película inspirada en él ni compraríamos una novela en la que fuera protagonista.
            Fernando Castillo, como su admirado Patrick Modiano, siente fascinación por el París turbio de la ocupación, y ha dedicado a esos años un libro minuciosamente documentado, Noche y niebla en el París ocupado. Traficantes, espías y mercado negro. Nadie como él podía escribir un libro sobre Tánger que por una lado nos volviera a contar, a su manera, lo de siempre, pero que también muchas cosas más.
            Comienza hablándonos del primer visitante ilustre de Tánger, el rey don Sebastián, el iluminado que desapareció en Alcazarquivir para seguir viviendo en la inmortalidad del mito; dedica uno de sus últimos capítulos a la arquitectura del barrio de Bujachjach, también conocido como “barrio español”. Sus construcciones, que parecen rivalizar con la bauhasiana Tel-Aviv, “son un muestrario de rigurosas líneas racionalistas, de atrevimientos expresionistas, de formas art déco o de audacias arquitectónicas vanguardistas cercanas al futurismo”. El deterioro actual de muchos de esos edificios no hace sino añadirles encanto.
            “Refugiados y espías” es el título de otro de los capítulos. Casablanca, la película de Michael Curtiz, está inspirada en la realidad del Tánger de los años cuarenta, refugio temporal de los europeos que huían del nazismo y el mejor lugar para hacer inconfesables negocios.
            En “Fugitivos oscuros” nos encontramos con unas cuantas biografías entrevistas de personajes de novela negra, como Marga D’Andurain. “una de las femme fatale del París alemán”, o el belga Willy Verstrynge Tholoen. También se alude al paso por la ciudad de César González-Ruano, un escritor que resume todas las turbiedades de la época, quien finalmente prefirió no asentarse en ella.
            Los años de la posguerra fueron los de Paul Bowles y la generación beat. Muchos de los que posteriormente se sintieron atraídos por Tánger no buscaban la ciudad real, sino la que aparece en novelas como Déjala que caiga, donde se la define como un lugar en el que “se podía conseguir cualquier cosa siempre que se pudiera pagar. Y hacer también cualquier cosa: no había nada incorruptible. Era solo cuestión de dinero”.
            Ajenos al Tánger real esos visitantes ilustres que buscaban prostitución, alcohol y drogas a buen precio, contrastan con los que nos refleja Ángel Vázquez en su mítica novela, más elogiada que leída, La vida perra de Juanita Narboni, publicada en 1976, cuando ya el Tánger que retrata –con su convivencia de religiones y culturas– era historia, materia de dolor y de nostalgia.
            El crecimiento del nacionalismo y del anticolonialismo, como en Egipto, Argelia y el resto del mundo árabe, no es visto con la negatividad habitual. El ayer mitificado no le impide reconocer a Fernando Castillo el Tánger de hoy, “privilegiado escaparate de Marruecos ante la Europa de enfrente”; una ciudad en desarrollo, “la más snob y libre de Marruecos”; una ciudad cosmopolita que de alguna manera sigue conservando el espíritu del Tánger de siempre.
            Pero Fernando Castillo sigue prefiriendo el Tánger de los años veinte, treinta y los de la guerra europea, un Tánger modianesco, coloreado por la fantasía en el que malvivieron muchos y triunfaron los vividores de pocos escrúpulos. Ese es el Tánger que sigue atrayendo turistas a la ciudad, aunque no tanto como el un poco posterior, “una suerte de Berlín weimariano”, el Tánger del vive como quieras en un ambiente exótico siempre que puedas pagar la cuenta y dejar buenas propinas, el que permitía pasar un retiro dorado o unas vacaciones de lujo, para decirlo con un título de Julián Rodríguez, en la miseria de los demás.



sábado, 25 de enero de 2020

Por las nubes



Nuestro futuro está en el aire
Rafael Alarcón Sierra
Renacimiento. Sevilla, 2020.

La literatura cumple muchas funciones. Una de ellas, y no la menos importante, retener el tiempo, ser memoria de la humanidad.
            ¿Y no es esa la tarea de la historia?, replicarán algunos. Por supuesto, pero la historia sin literatura se queda muda, se reduce a la frialdad de los documentos, a la sequedad de los datos sin alma.
            Hace poco más de un siglo, volar era una aventura. Los aviadores eran los nuevos argonautas y quienes se atrevían a acompañarlos estaban obligados a contarlos, a dejar constancia de su aventura, aunque fuera tan nimia como ir de Madrid hasta Lisboa o incluso de Guadalajara hasta Madrid.
            Nuestro futuro está en el aire reúne, al cuidado de Rafael Alarcón Sierra, algunas de las más destacadas páginas que los escritores españoles dedicaron a la aviación. La primera novela en que los aviones –“velívolos” los llamaba el autor, Francisco Camba– tienen un lugar destacado fue publicada en 1911. Ver alzarse del suelo a un avión deja a los espectadores atónitos, “como si no pudieran creer en el milagro”: “Se hacía carne el ensueño siempre amado del hombre, y era poesía la realidad sin nada perder de su belleza, más grande acaso por comenzar a ser humana”. El traqueteante artilugio, que siempre parecía a punto de descacharrarse, que eran entonces los aeroplanos se metamorfosea: “Primero fue, casi al ras de las tribunas, con sus alas longas y su huso enorme, una gigantesca libélula que abandona un prado florido; luego, por su sola blancura y por su gallardía, fue una gaviota afrontando el viento del mar; ahora, tras las nieblas de la distancia, un poco oscuro sobre la turquesa del cielo, era un águila fuerte y magnífica, cerniéndose más allá de las cumbres: las ruedas inmóviles tenían, desde tan lejos, el contorno todo de unas garras. Después fue un canto de gloria corriendo en el azul infinito”.
            No tardaría aquel milagro en perder su magia, en hacerse costumbre. En 1928, César González-Ruano escribe: “Se me antoja un poco pueril contar, como si yo fuera el primer viajero aéreo las emociones del viaje”. Ya algunos años antes Julio Camba los había desmitificado con su humorismo conceptual, aunque todavía eran cosa de pocos y audaces aventureros: los viajeros acomodados y acostumbrados a la comodidad preferían la tranquilidad del zepelín, ese crucero de los aires.
            Una de las partes del libro se dedica a la época de la Gran Guerra, cuando el avión descubrió que servía para algo más que para llevar pasajeros de un lado a otro. Destacan en la selección las páginas de Valle-Inclán, no en vano tituladas “Visión estelar de un momento de guerra”. Desde los aires, el mundo se ve de otro modo y fueron muchos los escritores que trataron de reflejarlo.
            Algunos de los más apasionantes capítulos se dedican a los grandes reportajes viajeros publicados en los periódicos de la época: “Al Senegal en avión”, de Luis de Oteyza, o “La vuelta a Europa en avión”, del inevitable Manuel Chaves Nogales. El pionero es Corpus-Barga con su “París-Madrid. Un viaje en el año 19”, crónicas publicadas en el diario El Sol que tuvieron el honor de ser reunidas en un elegante volumen por Juan Ramón Jiménez.
            En la narrativa de vanguardia, como en la poesía ultraísta, la aviación ocupa un lugar destacado. El antólogo selecciona capítulos de Juan Chabás, Antonio Espina o Felipe Ximénez de Sandoval, junto a abundantes greguerías de Ramón Gómez de la Serna: “Por el orgullo con que bajan del avión, los viajeros que acaban de aterrizar parece que han hablado con Dios y que nos traen su mensaje”, “La luna sobre el mar es aviador y buzo”, “La hélice es el trébol de la velocidad”.
            Tan importante como la antología –un viaje en el tiempo, un recuento de sueños y fascinaciones olvidadas– es el estudio preliminar, de más de cien páginas. Comienza hablándonos de los vuelos imaginarios, sigue con los primeros vuelos aerostáticos, nos lleva luego del planeador a la edad de oro de la aviación. Una sintética enciclopedia que sabe no abrumarnos con la erudición.
            Las notas al texto ayudan a situarlo en su contexto y resultan ejemplares en su concisa precisión. Nuestro futuro está en el aire constituye así un volumen doblemente ejemplar: por las páginas que selecciona –muchas de ellas poco conocidas, aunque de autores bien conocidos– y por el tino y la inteligencia del editor, uno de los estudiosos de la literatura española contemporánea que continúa, prestigiándola, una tradición filológica que parecía perdida entre elucubraciones teóricas y erudiciones inanes.



sábado, 18 de enero de 2020

Vieja gloria



Las caídas de Alejandría
Luis Antonio de Villena
Pre-Textos. Valencia, 2019.

Aunque hable mucho de escritores, sobre todo de poetas, no haríamos demasiada justicia al último tomo de las memorias de Luis Antonio de Villena, Las caídas de Alejandría, si lo juzgamos como obra literaria. Escrito descuidadamente –más que escrito parece transcrito de una grabación–, necesitado de una revisión editorial que evite anacolutos, confusos hipérbatos y repeticiones, su interés mayor es el documental.
            Decía Somerset Maugham que es habitual que un caballero, después de los sesenta años, tenga vida sexual, pero que no resulta correcto que hable de ella. Luis Antonio de Villena no es de esa opinión y buena parte de este nutrido volumen memorialístico se dedica a referirnos, con pelos y señales, nunca mejor dicho, su vida sexual. No entraré yo en detalles. Simplemente diré que quienes combaten la prostitución por degradar a las mujeres, pueden constatar que también existe la prostitución masculina. El lugar de aprovisionamiento del autor fue primero un local madrileño, a cuya desaparición dedica un elegíaco capítulo, y luego las páginas de contacto de Internet. Jóvenes inmigrantes, a menudo sin papeles, primero marroquíes o de los antiguos países del Este, sudamericanos después, protagonizaron sus venales aventuras. El más extenso capítulo del libro, “El rumor y el calor de Colombia”, se dedica a contarnos con detalles que no serán del agrado de todos los lectores sus visitas como turista sexual a ese país.
            No menor interés documental tiene lo que nos revela sobre los entresijos de unaa vida literaria basada en el intercambio de favores. El autor no calla ninguno de los favores que concede (ni siquiera se olvida de que invitó muchas veces a cenar a Ana Rossetti cuando estaba necesitada de dinero) y se queja de la ingratitud de sus favorecidos. Especial importancia parece concederle a su influencia en el jurado del Loewe. Hizo que invitaran a Darío Jaramillo, por ejemplo, y luego cuando quiso ir a Colombia para encontrarse con alguien conocido por Internet le pidió que le buscara algunas conferencias para que el viaje le saliera gratis. Darío Jaramillo, que ocupaba un importante cargo institucional en aquel país, así lo hizo, pero antes de que se concretara esa invitación resulta que dejó de formar parte del jurado del Loewe (Villena afirma que no fue por culpa suya) y ahí se acabó todo. De esos ilustrativos “do ut des” está lleno un libro que confirma que la labor crítica del autor –antólogo y reseñista en diversos medios–  no siempre estaba basada en criterios estrictamente literarios.
            Para cierto público, no para el público en general, el capítulo que resultará más suculentamente morboso lleva el título de “Los amigos algo jóvenes o más jóvenes”. En él se ocupa de los poetas con los que tuvo relación en sus años de antólogo de la nueva poesía. Con encomiable sinceridad, nos da a entender que de esos poetas no solo le interesaban los versos. Tuvo relaciones eróticas con algunos, lo intentó con otros. De varios se siente resentido porque no mostraron la suficiente gratitud. Me imagino que todos los que aparecieron en sus antologías, desde Postnovísimos hasta La inteligencia y el hacha, hojearán con temor estas memorias para comprobar lo que dice de ellos. Porque el autor no solo habla sin pudor de su propia vida sexual, sino también de la de los demás, aunque lo que cuente sean solo rumores.
            En este libro lleno de nombres, tan propicio para el análisis sociológico (el autor representa un tipo de vida ya por fortuna desaparecido) y psiconoalítico (hace fotos a un joven amante engalanado con unas ricas telas que fueron de su madre), tan profuso en cotilleos, se practica la damnatio memoriae contra quienes el autor considera que “le fallaron vilmente, cuando no se fallaron a sí mismos, desde la más soez y plebeya ambición dañina”. Visto lo visto, esas personas nunca se lo agradeceremos bastante.
            Este tercer tomo de las memorias lleva el subtítulo de “Los bárbaros y yo”. El autor se considera casi como el último romano antes de la llegada de los bárbaros, porque según él vivimos en una etapa de decadencia donde la cultura está a punto de desaparecer. El capítulo final constituye una vehemente diatriba contra esa decadencia que al parecer comenzó (no podemos menos de sonreír) cuando llegó la crisis, los periódicos le pagaron menos y las instituciones oficiales –el instituto Cervantes en primer lugar– dejaron de invitarle a divertidas giras por esos mundos.
            Es difícil tomarse en serio las consideraciones políticas de Luis Antonio de Villena. Añora, frente al actual “reino de la gentuza”, los buenos tiempos de Felipe González y José María Aznar. Confunde su situación personal con la de la civilización contemporánea, pero ello no sorprende demasiado en quien nunca se caracterizó, como articulista y ensayista, por el rigor conceptual.
            Un editor avisado pondría al volumen una faja que dijera: “Si quiere usted saber quién se acuesta con quién en la poesía española, no deje de leer este libro”. Pero exageraría, sin duda. Donde no parece faltar ni uno es en el catálogo de compañeros sexuales del autor y de todos ellos y de sus encuentros con ellos nos hace saber detalles que quizá podría haberse ahorrado.
             

           

viernes, 10 de enero de 2020

Las novelas de una vida



Pedro Salinas, una vida de novela
Monserrat Escartín Gual
Cátedra. Madrid, 2019.

Pedro Salinas, una vida de novela está dedicado al doctor Cabrera, “psicólogo clínico”, y termina mostrando agradecimiento a María Luisa Casals, “médico psiquiatra, por sus observaciones profesionales”, lo que ya nos pone en la pista de que no pretende ser una biografía convencional, sino un análisis casi freudiano del poeta.
            Es también otra cosa, quizá de mayor interés: un pormenorizado estudio de su obra plural, de la que Monserrat Escartín es una de la principales especialistas (a ella se debe la reconstrucción del libro Largo lamento y la publicación de casi un centenar y medio de poemas inéditos).
            El psicologismo de la autora resulta quizá algo simplista: “Es bien sabido que la familia conforma nuestra personalidad y la imagen que tenemos de nosotros: si el padre orienta, da reconocimiento o protección física e intelectual; la madre, seguridad emocional y afectos. Salinas no tuvo ninguno de los dos por su condición de huérfano y ‘el control materno siempre severo’. Si la educación recibida marcó su conducta de adulto, fue determinante el exceso de cuidados de doña Soledad, nacido de sus miedos, que se tradujo en sobreprotección. De ahí el perfil tímido e inseguro que caracterizó a nuestro personaje junto al temor a no ser querido, a la enfermedad o a la muerte y el consecuente sentimiento de culpa con el que se castigó, derivado de un concepto negativo de su persona”.
            Pero no parece que tuviera excesivo sentimiento de culpa, ni siquiera tras el intento de suicidio de su mujer al enterarse de las relaciones con Katherine Whitmore, la inspiradora de La voz a ti debida. Y el temor a no ser querido, a la enfermedad y a la muerte resulta connatural al ser humano, no necesita se explicado por traumas de infancia.
            “Don Pedro tuvo vocación de ser persona”, comienza una de los capítulos. Curiosa vocación, por cierto. Su inseguridad, añade la biógrafa, hizo que “dudara tanto de sí mismo como de su profesión, fluctuando entre sentirse poeta, crítico, ensayista, profesor, conferenciante, novelista o dramaturgo”. ¿Pero cómo se puede dudar entre ser profesionalmente profesor o conferenciante, crítico o ensayista?
            Pedro Salinas fue un gestor cultural durante los años de la República (a él se debe la creación de la Universidad Internacional de Santander), un admirado profesor y destacado estudioso de la literatura española, antes y después del exilio. Tuvo además una vocación creadora, que antes de la guerra se centró principalmente en la poesía y después se extendió por los más diversos géneros literarios, en una peculiar grafomanía que compensaba su alejamiento de la realidad española. Convirtió además un genero menor –la correspondencia epistolar– en un género mayor: sus colecciones de cartas se encuentran entre lo más atractivo de su obra.
            La correspondencia con Katherine Reding, luego Whitmore, no es un mero complemento de los poemas de La voz a ti debida, sino una auténtica obra literaria de no menor complejidad e interés.
            Monserrat Escartín cita ampliamente cartas del poeta y de las personas más cercanas a él (su amigo Jorge Guillén, su hijo Jaime Salinas), publicadas o inéditas, para trazar su perfil psicológico. A veces da demasiado valor a lo que son simples desahogos o ironías, como cuando Salinas se refiere a la posibilidad de los echen a Katherine y a él “por malos profesores”. Ingenuamente, Escartín indica que si a Salinas, “pese a su percepción de cómo se sentía en el aula”, se le considera un gran profesor es, “en buena medida, gracias al panegírico de sus alumnos”. ¿Y qué mejor modo de valorar a un profesor?
            Al gran profesor que fue Salinas lo seguimos encontrando en sus escritos sobre literatura, que nunca se limitan a acumular información erudita, que no han perdido su capacidad de seducción.
            Como poeta, nunca llegó a superar La voz a ti debida, ese libro de amor dedicado a una amada que era a la vez real e imaginaria. “Todo amor es fantasía” escribió Antonio Machado y Katherine Whitmore lo confirma al no reconocerse en los versos que ella había inspirado.
            No importa que no estemos de acuerdo con la interpretación psicológica que la autora hace de la obra del poeta (algo gratuita resulta la equiparación, página 422, de la vida de Salinas con títulos de novelas de Julio Verne). El libro está lleno de datos y textos inéditos –incluido un poema, quizá el último que escribió– y de observaciones felices. Toda una enciclopedia saliniana que no deben perderse sus admiradores.