miércoles, 17 de julio de 2019

Cantar con casi nada



A pájaros y a migas
Vicente Gallego
Visor. Madrid, 2019.

En métrica, se habla de versos de arte mayor y de arte menor; en la retórica clásica, de estilo sublime, medio y bajo. Los versos del último libro de Vicente Gallego son todos de arte menor, utilizan palabras cotidianas que podría entender un niño y se ocupan de asuntos aparentemente menores. Muchos de sus poemas pasan en la cocina o en el patio de luces de un edificio del extrarradio. Pero el resultado es arte mayor: raro es el poema que no nos sorprende y conmueve, que no nos admira también cuando observamos el delicado arte con que está hecho.
            A pájaros y migas lo tenía todo para ser un libro ternurista y sentimental, lleno esas buenas intenciones con las que, según Gide, está empedrado el infierno. El resultado, sin embargo, es una obra maestra, aparentemente hecha de nada, al alcance de cualquiera, pero que solo podría haber escrito un poeta que, como Vicente Gallego, es algo más que un escritor, algo más que un experimentado hombre de letras: como San Juan de la Cruz, aunque su espiritualidad sea otra, nos habla “desde otra ladera”, con la certeza de quien está en el secreto de la vida y la muerte. No hay, sin embargo, ninguna palabrería religiosa en su libro, hay solo una constante iluminación que nos permite ver la cotidianidad como no la habíamos visto antes.
            Poemas hechos de nada, ya digo, como apuntes en los que apenas se posa el lápiz sobre el papel: “Ramas de perejil, / qué finas sois, / y os dan de balde”. Poemas en los que no falta la nota costumbrista: “Droguería Casa Paqui”, “La reina del rellano” “Petanca Calle Azorín”: ni el paisaje pintado a la acuarela: “Qué colores / la tarde / las espigas / la dorada / pereza / pasa el río / entre un fuego de élitros / de niños / de soles / piedras blancas / azul / ciego de agosto / quién tuviera / un pincel / un amor / las avispas / el agua”.
            El poema que da título al libro, “A pájaros y migas”, formula su poética: “Que haya verdad / en poco / que se pueda / ir a migas / a pájaros / cantar con casi nada / no saber / de qué modo / en qué punto / un silencio se hará / de la palabra”.
            Ese poema debería cerrar el libro, pero se le añade otro (como Miguel Hernández sus tercetos a Ramón Sijé cuando ya tenía terminado El rayo que no cesa), una de las más conmovedoras elegías que se hayan escrito nunca, “Ojos de Aroa”, una elegía escrita desde la serenidad y la aceptación, escrita por quien está en el secreto, por quien sabe que está en el amor, y no en el dolor, por mucho que pueda parecer lo contrario, la razón última del universo. No es, por supuesto, Vicente Gallego el primero en decirlo (desde el “l’amore che move il sole e l’altre stelle”, de Dante, es un tópico infinitamente repetido), pero en él lo sentimos como verdad y lo es, al menos mientras dura la lectura de sus versos.
            Hechos de nada, en apariencia, pero llenos de aciertos expresivos: la personificación del verano (“Andaba por la casa / desnudo con nosotros / prestándonos sus lentes / de aumento y de colores”); esa mariposa que pliega el verano “entre dos alas blancas”; el “corral de muertos” –Unamuno y Julio Mariscal Montes detrás– “donde cuatro / cipreses cogen polvo” y “contra la tapia blanca / un cuervo se ha tachado”; ese cuarto que “tiembla y calla” a la luz de una vela que “no quiere ver las formas / solo alumbra el misterio”. No falta tampoco el ingenio de alguna greguería: “con manos retorcidas / lían la picadura, / como el que arropa a un niño” nos dice de los ancianos de “Petanca Calle Azorín”; y en “Turno de noche” se nos habla de “callejones / solteros de por vida”.
            Pero no es un libro A pájaros y a migas para destacar aciertos aislados, carece de esos “trozos de bravura” tan típicos de la poesía barroca –de buena parte de la poesía española– que tanto disgustaban a Cernuda, y por eso somos injustos con él al citar fragmentos. Mejor copiar un poema, que algo tiene de bodegón de Zurbarán o Luis Fernández, y luego hacer una advertencia. El poema se titula “Sobre un tapete” y dice así:

Hay un búcaro al lado
de la caja de dulces,
servilletas de hilo,
cucharillas de postre,
una taza de té
también callada.

Si pudiera nombrarse
eso que hace la luz
con sus objetos, cómo
nos los pone en la mesa,
para que nadie diga
que no quedó conforme.

Cuatro cosas que ver
sobre un tapete,
alfileres de sol
con polvo dentro.

La advertencia: este libro no es para todos, es solo para quienes saben escuchar los silencios de la música, ver el universo en un grano de arena, toda la belleza del mundo en un patio de suburbio y la entera felicidad en una pequeña cocina en la que se friegan los platos con la ventana abierta al cielo y al trino de invisibles pájaros.

martes, 9 de julio de 2019

Aquel París, aquel Baroja



Baroja en París
Francisco Fuster
Marcial Pons. Madrid, 2019.

Al final de su vida Pío Baroja era, tanto o más que un escritor, un personaje. Seguía publicando con profusión, pero era quién lo contaba y no lo que contaba lo que más interesaba de sus destartalados libros últimos, escritos más a la pata la llana que nunca y recurriendo al continuo corta y pega. Y por eso no menos que sus obras interesaban las continuas entrevistas, los artículos y libros que se ocupaban de él.
            Francisco Fuster, tras haber narrado en Aire de familia, “la historia íntima de los Baroja”, como se lee en el subtítulo, nos cuenta ahora en otra breve monografía, los años que Pío Baroja pasó exiliado en París. ¿Exiliado? Marchó a Francia a pie, su casa de Vera del Bidasoa está muy cerca de la frontera, tras un breve encontronazo con los requetés a poco de iniciada la guerra civil, pero al poco tiempo publicó en el Diario de Navarra un artículo en el que aplaudía la sublevación. Volvió fugazmente a la España de Franco y regresó a París, donde residió la mayor parte del tiempo en una institución, el Colegio de España, controlado por el gobierno de la República.
            Baroja se pasó la guerra dejándose cortejar por los unos y los otros, y él fue siempre muy consciente de que no encajaba en ninguno de los dos bandos. Pero tenía a su familia en la España sublevada y, para protegerla, no dudó en incurrir en ciertas humillaciones.
            Hay una que Francisco Fuster no cita porque, aunque recurre con cierta frecuencia a la biografía de Miguel Pérez Ferrero, en la edición de 1972, no tiene en cuenta la primera edición, Pío Baroja en su rincón, un libro fechado en septiembre de 1938 y publicado por primera vez en Chile en 1940 (al año siguiente aparecería la edición española). Se trata de una biografía redactada, no a partir de documentos, sino de conversaciones con el propio escritor. El resultado, por tanto, aunque escrito en tercera persona, tiene más de autobiografía que de biografía. Pío Baroja lo avala en el prólogo, fechado en París, Cité Universitaire, 1938: “Ya expresados y contados los recuerdos, la versión de ellos de Ferrero es exacta y fiel y más literaria que la mía, que siempre se resiente de seca y esquemática”.
            En el último capítulo de ese libro, se insinúa una conversión religiosa, consciente Baroja, antisocialista y anticomunista, partidario de una dictadura militar, de que su anticlericalismo era lo quizá lo único que le distanciaba del nuevo régimen, con el que se esforzaba en congraciarse. El último capítulo del libro se titula “Los evangelios” y en él leemos: “Los tres evangelios primeros, que son los que se llaman sinópticos, porque tienen el mismo orden, presentan unas pequeñas diferencias que hacen que la figura de Jesucristo se tome desde distintos puntos de vista, y que ello le proporciones un relieve inmenso”. Sobre el cuarto evangelio, el de San Juan, opina que “constituye un poema inmenso de difícil superación. Es la lectura menos cansada y más bella que conozco”. Según Pérez Ferrero, en el Colegio de España, la lectura más frecuente de Baroja eran los evangelios. Una tarde alguien se le acercó y le preguntó extrañado: “¿De modo que usted lee ahora todo eso?”. La última línea del libro dice así: “Baroja se conformó con sonreírle”. Y el escritor, ya lo hemos visto en el prólogo, avala ese final que pretendía dar la impresión de vuelta al redil, una moda en aquel tiempo (recordemos a Manuel Machado).
            Los años de París fueron especialmente fructíferos para la obra de Pío Baroja. París era una ciudad que conocía bien y que le había seducido, primero en sus lecturas de Balzac y la literatura folletinesca, y luego en su inicial visita a finales del siglo XIX, y en la que había trabado contacto con exiliados de la primera república, como Nicolás Estévanez. Dos de las mejores novelas de Baroja, Las tragedias grotescas y Los últimos románticos transcurren en el París del Segundo Imperio. Otro París, el de los años treinta, vuelve a ahora a convertirse en escenario de sus últimas novelas de algún interés: Susana (1938) y Laura o la soledad sin remedio (1939).
            Regresado de Francia en 1940, Baroja es un superviviente, ya ha vivido todo lo que tenía que vivir y por eso, a partir de entonces, los que destaca de su obra son los libros memorialísticos, Desde la última vuelta del camino, en buena parte recopilación de textos anteriores, y las páginas que proceden de su estancia en Francia, escritas en muchos casos a partir de artículos o borradores redactados en Francia: Aquí París, Paseos de un solitario.
            También de esa época fértil proceden las Canciones del suburbio, el único libro de poemas en verso que escribió el autor de excelentes poemas en prosa que fue Pío Baroja. El libro apareció en 1944, pero su último poema está fechado en junio de 1940, y sus versos iniciales (“Si tenía alguna suerte, / la tiré por la ventana. / Si tenía algún talento, / se lo ha llevado la trampa”) recuerdan el prólogo al libro de Pérez Ferrero: “Ahora mismo, ya viejo, en un momento en que todo lo que tenía se lo ha llevado la trampa, he conservado la serenidad”.
            Francisco Fuster cita a menudo estos desajustados versos, que tanto irritaron a Pedro Salinas, para reflejar las experiencias parisinas de Baroja.
            Francisco Fuster, excelente divulgador, parece haberlo leído todo sobre Baroja y sabe resumirlo con pericia. No parece, sin embargo, haberse dado cuenta de la importancia de estos años en la obra de Baroja. Contradiciendo lo que afirma Marañón en su obra, Españoles fuera de España, llega incluso a escribir que “es muy complicado encontrar algún aspecto favorable en el balance de lo que fue su estancia en París durante el período que transcurre entre 1936 y 1940”. Lo que se deduce de su libro –y de los cientos y cientos de páginas que Baroja escribió sobre esa experiencia– es todo lo contrario.
            Extraña un poco que Francisco Fuster no parezca conocer –no lo cita– el mejor libro que se ha escrito sobre el París de Baroja y de Azorín y de los otros escritores que pasaron en la capital francesa la guerra civil: La ciudad de los pasos lejanos, de José Muñoz Millanes, un libro en el que la erudición se hace poesía, una memorable obra maestra en la estela de Baudelaire, Modiano y Benjamin.

martes, 2 de julio de 2019

Miguel d'Ors, a pesar de todo



Poesías completas 2019
Miguel d’Ors
Renacimiento. Sevilla, 2019.

Es fácil discrepar de Miguel d’Ors, es imposible no admirarle. En el prólogo a Poesías completas 2019, se mete en mil y un jardines, tratando de justificar ciertas obsesiones injustificables y desprenderse de la etiqueta de “poeta autobiográfico”, como si eso fuera un baldón. Más atinadamente, en las palabras previas a Sol de noviembre, tras indicar que “el poeta se aproxima al pálido umbral de la vejez”, añade “digo ‘el poeta’ y no ‘el personaje poético’, como ahora parece obligado por la moda. Ya se sabe: una ficción, una creación, una máscara… ¡Un cuerno! Como si esa máscara, caso de que se la quisiera uno fabricar, no tuviera que ser inevitablemente fabricada con pedazos arrancados del propio rostro. ¿Dónde, si no en la vida vivida, podrían encontrarse los materiales para esa construcción? A fin de cuentas, si ‘o poeta é um fingidor’, no es menos cierto que finge que es dolor… el dolor que de veras siente”.
            Un “poeta autobiográfico” no refleja con fidelidad notarial los acontecimientos de su vida; en el poema aparecerán, como suelen aparecérsenos en la memoria, “seleccionados, modificados e incluso imaginados” con verosimilitud. Pero si en un poema que se titula “Respuesta a mi hija Laura” encontramos una cita en la que se lee: “¿Y por qué te hago falta? (Laura, 3 años)” no se nos ocurre pensar que esa cita sea un invento del poeta, como tampoco el verso de Berceo que encontramos al comienzo del poema siguiente: “Reina de los cielos, madre del pan de trigo”. En uno y otro caso pueden ser falsas, pero esas falsedades no están amparadas por el dictum pessoano de “el poeta es un fingidor”: son textos que están fuera del poema –como las dedicatorias-- y por tanto con presunción de verdad. Nos enteramos ahora, por los preliminares a estas Poesías completas, que tal pregunta de su hija fue una invención, una falsedad como la nota biográfica que colocó al frente de un libro de edición restringida e interminable título: Canciones, oraciones, panfletos, impoemas, epigramas y ripios o Cajón de sastre donde hallará todo cuanto deseare el lector amigo, y el no tanto sobradas razones para seguir en sus trece: “Miguel d’Ors nació en Santiago de Compostela el 25 de diciembre de 1946. Licenciado en Filosofía y Letras (Sección de Filología Románica) por la Universidad de Navarra, en 1969 se trasladó a Grenoble (Francia), en cuya Universidad fue lector de español hasta 1971, año en que pasó a Chamonix (Haute-Savoie) para, tras el examen obligatorio correspondiente, profesionalizarse como guía de alta montaña en la ‘Compagnie des Guides’. Posee la doble nacionalidad hispano-francesa. Su actividad profesional le llevó a recorrer asiduamente los Alpes y los Pirineos, realizando más de 100 ascensiones al Mont-Blanc, y a participar en diversas expediciones extraeuropeas (Nanga Parbat, Dhaulagiri, Cho-Oyu, Annaparna, Mac Kinley, Aconcagua, Fitz Roy, Carstensz, etc). Retirado del alpinismo a los 42 años, se estableció con su mujer y sus siete hijos en la región del Alto Xirgú, en el estado de Pará (Amazonía brasileña), donde colabora en una misión católica y participa intensamente en los movimientos de defensa del ecosistema amazónico y los valores positivos de las culturas indígenas”.
            El que esos datos (salvo los iniciales) sean falsos no hace que la nota en tercera persona resulte menos autobiográfica, simplemente convierte al autor en un mentiroso, en alguien poco fiable.
            Insiste mucho en los antipáticos y prescindibles “Preliminares” en que no ha prescindido, al recopilar sus libros, de eliminar los primeros, que ahora le disgustan, o se ha decidido a corregir algún poema manifiestamente mejorable, porque sería inútil: más pronto o más tarde, alguien incorporaría esas supresiones a una nueva edición de sus poesías completas.
            ¿Está seguro de ello? Dámaso Alonso nos explicó en un conocido ensayo las supresiones y adiciones de Antonio Machado a su primer libro y, sin embargo, sus poesías completas siguen editándose como él quiso que se editaran. Y lo mismo ocurre con La realidad y el deseo de Luis Cernuda que incluye un primer libro bastante corregido y hasta cambiado de título. Miguel d’Ors confunde el interés de los eruditos, que pueden tener en cuenta borradores y arrepentimientos, con el del lector de poesía, al que esas laboriosas tareas académicas no le importan nada. Y por eso sobra la fecha precisa en que se escribió cada poema obsesivamente impresa en cada edición, imprescindible al parecer, según explica el autor, para que pueda “documentarse la aparición y desaparición de temas, de tonos, de motivos, de recursos de estilo, de influencias…” Algo que quizá entretenga a algún doctorando, pero de nulo interés para los muchos admiradores de su poesía.
            Demasiado fácil, ya digo, discrepar de Miguel d’Ors. Por eso no voy a insistir en la parte de su obra en que asoma, no el gran poeta religioso que es, sino el doctrinario de unas particulares creencias. Un gran poeta puede ser comunista y cantar los ideales del comunismo, pero resulta difícil que escriba un buen poema encomiando los logros de Stalin. Un gran poeta, un poeta verdadero, puede ser católico o mormón, pero resulta difícil que escriba un buen poema cantando al ángel Moroni y las planchas de oro que vio Josep Smith o las excelencias del celibato. Tampoco voy a detenerme en ciertas expresiones chirriantes que quizá podrían haber sido corregidas o eliminadas si la sensibilidad de Miguel d’Ors hubiera sido capaz de evolucionar: “Y Rock Hudson (…) / mariquita perdido, que quién lo hubiera dicho, / más de un metro noventa de marica”.
            Todas estas prescindibles minucias son verdad, pero no menos verdad es que Miguel d’Ors es uno de los grandes poetas de este tiempo. En su generación, el único que ha ido creciendo libro a libro. El más reciente, Manzanas robadas, publicado en 2017, a los setenta años, contiene poemas que están a la altura de los mejores suyos.
            A nadie como a Miguel d’Ors se le puede aplicar aquella expresión, tan citada, que Eliot tomó de Dante para elogiar a Pound: “il miglior fabbro”. Miguel d’Ors es el mejor artesano de la poesía española contemporánea, el que mejor conoce el oficio. Sus poemas podrían, deberían utilizarse en los talleres literarios para enseñar los secretos de una tarea que requiere precisión de cirujano a la hora de utilizar el lenguaje. Y a la artesanía se le añade en los mejores momentos, que son los más, ese “no sé qué” de que hablaba Feijoo.
            En “La mujer 10” nos dice cómo debería ser para él un buen poema: “inteligente, tierno y divertido”.
            Divertidos son muchos de sus poemas (Miguel d’Ors puede irritarnos, pero nunca aburrirnos, al menos cuando escribe en verso), y no solo aquellos en los que toma a sí mismo como objeto de burla, sino también esos otros, entre Catulo y Marcial, en que pone en solfa el mundo contemporáneo. Algunos de ellos se refieren a la sociedad literaria; en los que alude a las guerras poéticas de los años ochenta, levanta un poco menos el vuelo, quizá sean los que más han envejecido.
            Miguel d’Ors escribe con la inteligencia, no solo con el corazón. El poema responde a una estrategia, es un artefacto perfectamente construido para lograr su efecto, nunca un mero desahogo sentimental. Pocos placeres intelectuales mayores que escucharle explicar el “making of” de un poema suyo, el cómo se hizo.
            A Miguel d’Ors le gusta reescribir poemas ajenos, darle nueva vida a un tópico clásico y, como en los poetas del Siglo de Oro, conocer la fuente no hace desmerecer el resultado, sino que acrecienta nuestra admiración. Baste un ejemplo. El poema “Aunque no lo parezca” reescribe “Preguntas de un obrero ante un libro”, uno de los más conocidos textos de Bertolt Brecht: “César venció a los galos. / ¿No llevaba consigo siquiera un cocinero? / Felipe II lloró al hundirse / su flota. ¿No lloró nadie más?”. Miguel d’Ors, tras las semblanzas de Mommsen y de Rilke, continúa: “Y ahora que ya los hemos admirado, / pregunto: ¿quién compraba las patatas / que sostenían el saber de Mommsen?, / ¿quién se las cocinaba, y le ponía / mantel, platos, cubiertos, copas y servilletas, / sin olvidar el pan en su cestita?, / ¿quién le hacía la cama a Rilke, quién / planchaba sus camisas?, / ¿quién, cuando él ya llevaba media tarde, / ganando un poco más de admiración futura, / aún seguía fregando los cacharros?”
            Un buen poema debería ser “tierno” afirma. Yo preferiría decir “emocionante”. ¡Y cuántos poemas emocionantes –de los que nos ponen lágrimas en los ojos, sin incurrir jamás en la sensiblería– hay en Miguel d’Ors!
            Entre las ocurrencias aparentemente caprichosas de Miguel d’Ors a la hora de editar estas poesías completas (colocar la fecha de edición en el título, disponer los libros en orden cronológico inverso), está una que finalmente resulta un acierto: incluir, además de un índice de títulos y primeros versos, otro de nombres propios y referencias. Blas de Otero tituló una antología de su obra Poesía con nombres y ese título podía servir perfectamente para titular toda la poesía de Miguel d’Ors: sus poemas están llenos de nombres de familiares y amigos, de referencias a lugares geográficos conocidos o soñados, a personajes literarios. Y esos nombres se repiten en una recurrencia significativa, son un leitmotiv. Este índice –frecuente en los libros de ensayo, inédito en los de poesía– resulta muy útil no solo para los estudiosos, sino para el común de los lectores, que puede así preparar sus propias selecciones del poeta.
            Cuántas antologías temáticas se podrían hacer con la poesía de Miguel d’Ors, que tanto gusta de las referencias concretas: nadie cómo él ha evocado la emoción de la escalada, la Galicia rural, la intrahistoria de su familia (qué espléndida galería de retratos hay en sus versos), el amor de todos los días, el misterio y el asombro de vivir… Incluso es autor de poemas, como “Made in Pakistán”, que podrían entrar en la mejor antología de poesía social.
            Más cerca del plural Quevedo que del esteticista Góngora, del impuro Neruda que del depurado Juan Ramón, pocos poetas ha habido con tanta “variedad temática, tonal y estilística”, pocos tan polifacéticos, como él mismo indica en el prólogo.
            Miguel d’Ors sabe que no es posible ser sublime sin interrupción y por eso gusta de los poemas deliberadamente menores, de los poemas de circunstancias, de los que parecen meros juegos de ingenio (pocos autores tan ingeniosos y tan inteligentes como este poeta que conoce tan bien las limitaciones del ingenio y de la inteligencia). Muchos de esos poemas menores y de métrica tradicional se nos quedan para siempre en la memoria, mientras olvidamos las borrosas audacias experimentales de buena parte de la poesía contemporánea.
            El poema “Avecedario”, puede servir de ejemplo: “La golondrina, aguzada / como un flechazo de Amor; / el mirlo madrugador, / gayarre de la enramada; / la tórtola que, enlutada, / borbota su desconsuelo / en Fontefrida; el mochuelo / dando ejemplo de atención. / Y los gorriones, que son / la calderilla del cielo”.
            Miguel d’Ors, uno de los grandes. No de su generación, de la historia de la poesía española. Y este volumen –que tantas maravillas encierra, inagotable fuente de felicidad– da cumplida cuenta de ello.
           

lunes, 1 de julio de 2019

Notas a pie de vida



El murmullo del mundo (Anotaciones 1984-2016)
Trea. Gijón, 2019.

No desmerece, junto a sus obras mayores –la poesía desde los primeros ochenta, la narrativa de madurez– este nutrido volumen en que Tomás Sánchez Santiago reúne anotaciones escritas a lo largo de más de treinta años.
            La organización, en una primera hojeada, puede resultar un tanto confusa: al orden cronológico se le superpone una vaga agrupación temática, que no siempre lo respeta: hay divisiones y subdivisiones que pueden parecer no demasiado pertinentes (el conjunto de notas “Revuelto de frutos secos” es parte de “En manos de los días”, que a su vez se incluye en “La vida mitigada”, por citar un ejemplo). Pero eso importa poco. Como todos los libros de esta clase, se puede comenzar a leer por cualquier parte.
            La vida literaria, que el autor dice desdeña, ocupa sin embargo un lugar significativo en El murmullo del mundo, aunque no sea el asunto principal. Encontramos un espléndido retrato de Carlos Barral (a cuya poesía dedicó Sánchez Santiago un importante estudio) y abundantes referencias a Antonio Gamoneda, amigo y maestro. También se habla de encuentros literarios, de desencuentros con otros profesores –el autor lo ha sido de Enseñanzas Medias– a la hora de enseñar literatura, de problemas con los editores, de simpatías y diferencias poéticas: un libro de Javier Salvago sirve para ejemplificar el rechazo de un tipo de poesía, que el autor considera mimética y repetitiva; Aníbal Núñez representa la originalidad y la radicalidad, tanto en la vida como en la obra.
            Pero no son las referencias a la sociedad literaria (a veces un tanto dolidamente  ingenuas), ni siquiera las notas de lectura o las reflexiones sobre la poesía, lo que más importa en estas páginas. La más personal de Sánchez Santiago, lo que le distingue entre los escritores de su generación, es la atención que dedica a lo que pudiéramos llamar la España interior, a la vida de provincias, a la gente común. Algo tiene que ver con los “apuntes carpetovetónicos” de su detestado Camilo José Cela, aunque con una mirada menos impiadosa (también a veces nos recuerda el Celtiberia show de Luis Carandell). Se trata de anotaciones en las que está presente la maestría narrativa –naturalismo y costumbrismo tamizados por la memoria– de Años de mayor cuantía.
            El interés por el lenguaje es uno de los hilos conductores del volumen. Al autor le gusta anotar expresiones en desuso, en ocasiones llamativa e inesperadamente poéticas: “La alfarera de Pereruela llamó albarrazán al barro que hace poro con facilidad”, “Rufino, el cantinero de San Esteban de Gormaz, llamó a la careta del cerdo morruga”, “Lo que alguien me cuenta que dijo un mozo de Malva para indicar que bebió cuanto quiso: ‘¡Bebí a quita sed!’. Maravilloso”.
            Las pintadas callejeras atraen igualmente su atención: “Fachadas, paredes, paneles… son usados con esa doble desesperación de quien no tiene otro cauce para proclamar algo y ha de hacerlo vertiginosamente y a escondidas. Son mensajes de amor estrellados por donde la muchacha ha de pasar irremediablemente, insultos desaforados cuyo destinatario yo desconozco, denuncias sociales, nombres propios expuestos a la intemperie”. Copia muchas, de todo tipo: “No digas sí profesor di revienta cerdo”.
            Esta “impenitente afición –casi una pasión privada– por anotar los letreros de los lugares públicos”, le lleva a ocuparse de la publicidad: “La incitación publicitaria, exagerada y vistosa, se condensa bruscamente en un letrero enorme que dice ‘¡Por puro egoísmo!’, y luego se dan precios y otros detalles”.
            No insiste demasiado en el socorrido recurso de referirse a los errores de los alumnos, prefiere los de los medios de comunicación: el locutor que informa que la novela de Vila-Matas se titula Bartebly y compañía en homenaje a “aquel personaje inolvidable de Edgar Neville”, la periodista que habla de la “mofeta” cuando quiere decir “muceta”.
            Al orden cronológico, como ya indicamos, se añade un intento de agrupación temática. “Historias naturales” reúne escenas de la vida cotidiana (a menudo con un toque esperpéntico) próximas al microrrelato. En algún caso, como “Petit Hotel Montecarlo”, nos encontramos incluso con un perfecto ejemplo de relato fantástico.
            Mucho de diario –con fecha o sin fecha, a veces con indicación hasta de la hora, como en la crónica hospitalaria “Entre algodones”– tienen estos textos, ya publicadas antes en tres volúmenes: Para qué sirven los charcos (1999), Los pormenores (2007) y La vida mitigada (2014). Se añade el inédito Muda de siglo, escrito entre 1997 y 2001, donde se acentúa la atención a la actualidad periodística del cambio de siglo.
            “A mí me gustan mucho –escriben el autor en el prologuillo a una de esas obras– los libros compuestos así, con anotaciones de carnet más o menos bárbaras pero que no se han desechado del todo y que se van incorporando casi por sí mismas a las filas de otras precedentes y en un orden espontáneo y apaciguado”. No es el único en esa afición: le acompañan Baroja y Pla, por citar solo dos nombres ilustres, y un buen puñado de lectores –entre los que me encuentro– aficionados al picoteo plural, a la ocurrencia ingeniosa, al detalle que pasa inadvertido, a la anécdota significativa, a la continua sorpresa de la cotidianidad.

viernes, 21 de junio de 2019

Maestros del engaño




La poeta y el asesino
Simon Worrall
Traducción de Beatriz Anson
Impedimenta. Madrid, 2019.

Al contrario de lo que piensan Juan Bonilla y la mayoría de los editores, la mejor manera de estropear una buena historia es convertirla en una novela. No ha incurrido en ese error Simon Worrall al contarnos la inverosímil peripecia biográfica de Mark Hofmann, que desde 1985 cumple condena a cadena perpetua.
            Mark Hofmann es el mayor falsificador de documentos que ha existido nunca. Un maestro del engaño, que no solo dominaba todas las técnicas materiales, sino también la más importante de todas: la psicología de los compradores, el irracional apego a las reliquias.
            En 1997 –Mark Hofmann llevaba ya años descubierto y encarcelado– el catálogo de Sotheby’s sacó a subasta el manuscrito de un poema inédito y desconocido de Emily Dickinson. Era un hermoso poema y supuso un acontecimiento cultural. El conservador de las colecciones especiales de la biblioteca Jones, en Amherst, Massachusetts, logró mediante diversas donaciones reunir el dinero suficiente para adquirirlo –unos veinte mil dólares–, pero al indagar la procedencia del poema comenzó a tener dudas sobre su autenticidad. Los primeros capítulos del libro de Worrall nos muestras las dificultades con que se encontró hasta conseguir finalmente que se admitiera su carácter apócrifo y lograr que la casa de subastas le devolviera el dinero. Los expertos no tenían ninguna duda: era auténtico.
            Los siguientes capítulos nos cuentan la historia de ese falsificador capaz de engañar a todos y, junto a su historia, otras no menos apasionantes, la de la poeta Emily Dickinson, la de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, increíble pero cierta.
            Mark Hofmann era mormón, se educó en sus principios religiosos, pero pronto dejó de tener fe en las verdades reveladas por el ángel Moroni y se dedicó a fabricar documentos que ponían en cuestión esas verdades y a vendérselos a buen precio a las autoridades eclesiásticas para que evitar su difusíón.
            Es fácil encontrar motivos de burla en la historia de Josep Smith, un aventurero americano de principios del XIX, con sus planchas de oro llenas de jeroglíficos que él con la ayuda de dos piedras mágicas, Urim y Tumim supo traducir; su promiscuidad sexual (se le intentó linchar por presunto abuso de una menor); su gusto por el alcohol y la violencia; su afición a la magia. Pero no son mayores que los que hay en cualquier otra religión más aparentemente venerable solo porque sus orígenes se encuentran varios siglos atrás y ese alejamiento dificulta la contraposición de la leyenda fundacional con el análisis histórico.
            A Mark Hofmann le perdió la ambición. Se creía capaz de cualquier cosa, de engañar a todos. Para salir de un enredo de deudas, promesas que no podía cumplir (entre ellas entregar las más de cien páginas perdidas del Libro de Mormón, que decía haber descubierto) y primeras sospechas que amenazaban con hacer venirse abajo todo el tinglado colocó varias bombas, una de ellas en su propio coche. Quedan aún muchos puntos oscuros en toda esta historia.
            Simon Worrall alterna los capítulos narrativos con otros ensayísticos, que tratan del arte de la falsificación y de las dificultades para simular una escritura ajena.
            La afición a las reliquias no es exclusiva del cristianismo medieval. El mecanismo psicológico es el mismo cuando se trata de la túnica de una santa que de un vestido de Lady Di. Seguimos venerando cualquier cosa, por mínima que sea, que haya pertenecido a un personaje ilustre. Y hay quien está dispuesto  a pagar fortunas por ello, como en tiempos del Lignum Crucis, de los fragmentos de la cruz en que fue ajusticiado Jesucristo.
            Ahora, como entonces, la fabricación de reliquias es un negocio floreciente. Se calcula que entre un quince y un veinte por ciento de los más valiosos documentos manuscritos o impresos guardados por coleccionistas o en los principales archivos son falsos. Y si quien los falsificó fue Mark Hofmann resulta casi imposible demostrar su falsedad.
            En una carta a Daniel Lombardo, que se considera engañado menos por él que por la casa de subastas Sotheby’s, escribe: “Mi crítica de los poemas de Dickinson es que solo unos pocos son magníficos, algunos buenos y muchos regulares (tanto, que creo que ella los habría considerado borradores). El mío está muy lejos de considerarse entre los mejores, pero es, creo yo, mejor que algunos”. Y tiene toda la razón: su poema es mejor que bastantes de los que escribió la autora y que críticos y estudiosos veneran acríticamente, como ocurre con todos los autores mitificados cuyos textos dejan de ser juzgados literariamente para convertirse en reliquias.
            Las reliquias, como las religiones, no importa que sean verdaderas o falsas. Es la fe la que hace milagros, no el objeto de la fe.
            No todo queda claro en la historia de Mark Hofmann: tenía coartada para los asesinatos, pasó la prueba del polígrafo y, de pronto, cuando estaba claro que sería difícil encontrar pruebas para condenarle, se declaró culpable. No se sabe la razón, pero se supone que fue por salvar a su mujer y sus hijos, amenazados por algún otro implicado en las falsificaciones que no quería que su nombre saliera a la luz o por las autoridades de la iglesia mormona, que no había jugado un papel muy brillante en el asunto.

lunes, 10 de junio de 2019

Prontuario de perplejidades



El intruso honorífico.
Prontuario enciclopédico provisional de algunas cosas materiales
y conceptuales del mundo
Felipe Benítez Reyes
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2019.

Para organizar el caos, nada como el orden alfabético. No es Felipe Benítez Reyes el primero –ni será el último– que nos ofrece una colección de pequeños ensayos y ocurrencias varias bajo la forma de un diccionario. Él cita como antecedente la Nueva Enciclopedia de Alberto Savinio. También podía citar El arca de las palabras de Andrés Trapiello, los diccionarios temáticos –la literatura, el arte– de Francisco Umbral o Félix de Azúa (por no referirnos a un autor menos prestigioso, pero no más disparatado ni menos ocurrente, Noel Clarasó y su Diccionario humorístico).
            La forma es común, pero el contenido depende de la personalidad del autor. Casi todo Benítez Reyes está en estas páginas ingeniosas en las que al término “erudición” le sigue “escaparate”, “perro” a “periodista” y “unicornio” a “ultratumba”, en coyundas regidas por el azar del alfabeto.
            Entre los varios núcleos temáticos que vertebran esta miscelánea, destacan las figuras retóricas, los géneros literarios y los perfiles de escritores. A veces el humor parece transformarse en desidia. Un ejemplo, la definición de “anástrofe”: “Modalidad de hiperbaton que no vale la pena definir, al menos de momento”. En ocasiones, se acumulan definiciones ajenas, como ocurre en “poesía”, tras una “definición” propia: “Suma de renglones más cortos de lo normal en que cada palabra tiene que hacer un esfuerzo al menos dos veces superior al acostumbrado, y por la mitad de precio”. Ese procedimiento acumulativo resulta muy eficaz en el caso de Verlaine, donde las cuatro primeras definiciones refieren anécdotas truculentas y, en algún caso, especialmente brutales de su biografía y la última dice simplemente “delicado poeta”.
            En las definiciones de escritores hay eutrapelia y sátira, como en el caso de Vicente Aleixandre: “Poeta andaluz con mentalidad lírica de guía turístico de las selvas más o menos amazónicas –con animales salvajes y todo eso– que convirtió la calle Velintonia en una especie de Palmar de Troya”. También hay intentos de humor de dudosa eficacia. De “Ramón” se nos dice que era “un hijo de notario que tuvo que pasarse la vida jugando a la ruleta rusa del ingenio para que la gente se olvidase de que se apellidaba Gómez”. Pero no se apellidaba Gómez, sino Gómez de la Serna, que no es lo mismo.
            De vez en cuando, en las entradas de tema literario, nos encontramos con algún pastiche –romance, soneto, epigrama– que nos hace recordar uno de los más divertidos libros de Benítez Reyes: su antología apócrifa Vidas improbables.
            Las ciudades son otro de los temas recurrentes en este prontuario. Excelente resulta la entrada dedicada a Cádiz, que contrasta con el resto, un tanto desganado, y donde Venecia, que ha propiciado tanta literatura, se reduce a un anécdota inverosímil: una paloma que se ha herido en el pecho y que tiñe de rojo uno de los charcos que la lluvia forma junto al Palacio Ducal. Así contado, parece una parodia de la convencional literatura veneciana, pero Benítez Reyes glosa el incidente completamente en serio: “Unas gotas de sangre mezcladas con la lluvia. La insignificancia de un drama frente al esplendor mecánico de la lluvia”.
            Varias entradas –las menos ligadas a la ingeniosa ocurrencia– nos remiten a los recuerdos de infancia y nos traen a la memoria su espléndida novela corta La propiedad del paraíso. Es el caso de “Cines de verano” o de “Verano”, con sus toques de lirismo y costumbrismo.
            Heredero de Gómez de la Serna, como Umbral y tantos otros, Benítez Reyes trufa su miscelánea de greguerías: “Colgada de un tendedero, una colada de calcetines parece un cónclave de ahorcados invisibles”. Su herencia ramoniana se muestra también en la capacidad de ver de manera insólita los objetos cotidianos. Ejemplos, aparte del ya citado “calcetín”, pueden ser “cama”, “mercado” o “paraguas”.
            Los sueños y los viajes imaginarios nos ofrecen una buena muestra del mejor Benítez Reyes. No está siempre acertado cuando recurre a citas a menudo no bien seleccionadas e intercambiables. Un término como “obra maestra” daría para mucho, pero Benítez Reyes reduce la entrada a una cita de los hermanos Goncourt (no es el único caso, véase “risa”): “un libro nunca es una obra maestra, sino que se transforma en tal. El genio es el talento de un hombre muerto”. ¿Un hombre con talento después de muerto se convierte en genio? La cita no parece demasiado feliz ni viene demasiado a cuento.
            Pocos escritores, en su generación y en cualquier otra, tan dotados para la literatura, en sus más diversos registros, como Felipe Benítez Reyes, pocos con tanta brillantez estilística, con tanta capacidad para emocionarnos, sorprendernos, hacernos ver el mundo de otra manera.
            Pero es un escritor profesional y la profesionalidad no siempre le sienta bien a la literatura: estajanovista de las letras, plusmarquista de los premios literarios, su facilidad le juega a veces alguna mala pasada.
            El cajón de sastre que es este libro habría ganado en eficacia con una rigurosa poda, con la eliminación de no escaso material de relleno. Claro que ese es un reparo que tampoco importa mucho en un tipo de obras hechas para picotear y en las que saltarse páginas resulta casi una obligación.
            En El intruso honorífico no escasea el humor, ya lo hemos dicho, pero el mayor rasgo de humor se encuentra en que, según se indica en la cubierta, ha obtenido el premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos, que es como darle el premio Nobel de Física al autor de un manual de juegos de manos y física recreativa.
           

lunes, 3 de junio de 2019

Operación Barbarroja



A las orillas del Ladoga
Artículos, poemas y cartas desde Finlandia (1941-1942)
Agustín de Foxá
Edición y prólogo de Cristóbal Villalobos
Renacimiento. Sevilla, 2019.

La invasión alemana de la Unión Soviética, iniciada en junio de 1941, contó con dos testigos excepcionales, Curzio Malaparte, corresponsal del Corriere della sera, y Agustín de Foxá, que escribía, primero para Arriba, y luego, y durante toda su vida, para ABC.
            Malaparte comenzó informando desde el frente de Ucrania; más tarde, tras algunos desencuentros con las autoridades alemanas (que él agrandaría posteriormente), fue enviado a Finlandia, donde coincidió con Foxá, diplomático de carrera  destinado a Helsinki.
            Una de las grandes obras sobre los desastres de la guerra, Kaputt, que no ha perdido nada de su morbosa capacidad de seducción, tiene su origen en aquellas andanzas de Malaparte. Las crónicas periodísticas las reunió en El Volga nace en Europa, buena muestra de cómo el periodismo puede ser también literatura, espléndida literatura.
            Los artículos enviados por Foxá desde Finlandia solo parcialmente habían sido recogidos en libro. Se reúnen ahora por primera vez, junto a los poemas que escribió allí, las cartas que envió a su familia y algunos informes diplomáticos. El resultado es un libro nuevo, A las orillas del Ladoga, que de inmediato se convierte en uno de los más personales de Foxá, aunque no haya sido preparado por él, sino por Cristóbal Villalobos (en su prólogo, bien informado aunque demasiado dependiente de opiniones ajenas, se echan en falta las pertinentes referencias bibliográficas).
            Quizá hubiera sido interesante añadir el último cuaderno de los diarios de Agustín de Foxá, correspondiente a agosto-septiembre de 1941, que se refiere a episodios que también encontramos en los cuadernos y en las cartas. Esos diarios personales –incluidos en el tomo III de las Obras completas del escritor– necesitarían una edición exenta.
            Agustín de Foxá, conde de Foxá, fue un escritor que acabó devorado por su personaje. Monárquico, amigo de José Antonio, falangista de la primera hora, acabó convertido en un lujo y en un bufón del franquismo: a él se le permitían audacias verbales y sátiras que circulaban anónimas, pero de cuya autoría nadie dudaba, que habrían llevado a otros a la cárcel. Al diplomático alcoholizado y glotón, al representante del antiguo gran mundo, autor de brillantes artículos en el ABC, se le permitía todo.
            Al contrario que su amigo Kurzio Malaparte, quien decía admirar su ingenio pero lo ridiculizó ferozmente en Kaputt (léase el capítulo “Hombres desnudos”), Foxá ni pudo ni quiso desprenderse de su pasado fascista, aunque la ideología totalitaria era un traje que quizá le venía demasiado ancho. Su antisemitismo (que no le impidió mostrar simpatía por los sefardíes) era de origen religioso (el pueblo judío era un pueblo deicida), no racial. Se muestra racista, sin embargo, siempre que alude a los rasgos asiáticos de los soldados rusos.
            La prosa sincopada y llena de imágenes sorprendentes e intuiciones felices de Foxá se aviene bien con  el estilo telegráfico de los diarios; también con el registro familiar de las cartas. A veces incluso nos da la impresión de que el diario y el epistolario han envejecido menos que los más elaborados artículos, aunque en A las orillas del Ladoga haya algunos que son deslumbrantes obras maestras. Pocos escritores han sabido mostrarnos el paisaje helado de Carelia y Laponia con tanta verdad y con tanta belleza.
            Junto a la prosa de Foxá, su poesía –salvo contadas excepciones– desmerece un poco: los poemas que se reúnen en este libro parecen haber envejecido más que los artículos y las cartas, sin que eso quiera decir que resulten desdeñables. “Temblor primero” representa bien el prosaísmo sentimental que fue una de las direcciones del modernismo hispano  y “Guerra en el Norte” no carece de empaque épico.
            Los mismos hechos se cuentan de distinta manera en los artículos, las cartas, los informes diplomáticos y eso contribuye a la atracción de este libro, convertido así en una obra polifónica, sobre todo si añadimos las páginas de Malaparte que nos invita a releer.
            Los informes diplomáticos nos hablan, fundamentalmente, de la visita a los prisioneros españoles en el campo de concentración de Nastola. Se trata de quince adolescentes, muchos de ellos asturianos, que fueron evacuados a Rusia en 1937 para librarlos de los horrores de la guerra. En el artículo que les dedicó nos los renegando de la Unión Soviética, preguntando por Franco, gritando enfervorizados “Arriba España”. Malaparte, que le acompañó en esa visita (que Foxá no se animaba a realizar) lo cuenta de otra manera: Foxá al despedirse saludó brazo en alto, ellos respondieron con el puño cerrado; para sacarlos del campo de concentración, les exigió el reconocimiento de Franco y todos, salvo uno, se negaron a ello.
            ¿Perjudicó al reconocimiento literario de Foxá su conservadurismo ideológico? En un segundo momento (en un primer momento fue parte de su éxito), sí, pero hoy, reivindicado reiteradamente, ya no es posible sostener tal afirmación.
            Le perjudicó de otra manera. Su conservadurismo de otro tiempo le impidió evolucionar literariamente. Tenía dotes de escritor mayor, pero se quedó en escritor menor. Su virtuosismo estilístico encubría una esquemática y obsoleta visión del mundo.
            Antes de los cuarenta años –nació en 1903, murió en 1959, vengativamente destinado a Manila–, ya había dado lo mejor de sí mismo. Y una buena muestra de ello –y también alguna de sus insuficiencias– puede encontrarse en este libro.
           


sábado, 1 de junio de 2019

Javier Gomá, inteligencia y descosidos



Quiero cansarme contigo (comedia)
Javier Gomá Lanzón
Pre-Textos. Valencia, 2019.

Javier Gomá Lanzón, filósofo, autor de la afamada Tetralogía de la ejemplaridad, y de los espléndidos microensayos reunidos en Filosofía mundana –una puesta al día del mejor Eugenio d’Ors, el del inagotable Glosario–, se ha sentido tentado por la literatura de creación y, tras estrenar el monólogo Inconsolable, publica ahora la comedia Quiero cansarme contigo, precedida de un ilustrador prólogo sobre las relaciones entre filosofía y teatro.
            De la “filosofía ejemplarizante” de Javier Gomá no voy a hablar, no soy experto en la materia, aunque las comillas ya insinúan algo: me parece un perfecto ejemplo de reduccionismo.
            Reducirlo todo a la idea de ejemplaridad quizá resulte demasiado reducir y más si la suprema ejemplaridad se encuentra en la figura de quien él llama “el Galileo”, bordeando peligrosamente la frontera entre el pensamiento racional y las creencias o supersticiones religiosas.
            El teatro de Javier Gomá, como su filosofía, “se pone decididamente del lado de lo fuerte, fresco y sano, entendiendo por sano lo que dignifica la vida y ayuda a vivirla”. Pretende –según continúa diciéndonos en el prólogo, que no se limita a un catálogo de buenas intenciones– “dignificar los asuntos y dignificar la forma”. Es el suyo, insiste, “un teatro de la dignidad”.
            Así resume la contraportada –redactada muy probablemente por el propio autor– el argumento de la comedia: “Tristán, un abogado de prestigio, a punto de rematar su carrera con un éxito extraordinario, entra en una crisis conyugal por los efectos perversos derivados de la mera proximidad familiar de su cuñado, Félix, un individuo sin tacha, con quien se le compara más de lo que nuestro protagonista quisiera porque el cotejo incesante solo le depara una lluvia de reproches”.
            También en la solapa se nos explicita el transfondo filosófico de la comedia: “el problema del Bien, que genera a su alrededor más dolor del que solemos admitir”. Y aclara: “se nos previene contra las malas compañías, pero no contra las buenas que pueden ser mucho más perniciosas”.
            Quiero cansarme contigo apuesta por el humor, y los diálogos entre sus personajes están llenos de momentos felices, pero abundan también en incidentes involuntariamente cómicos que hace que no podamos tomarla del todo en serio.
            Ya sabemos que, por muy realista que quiera ser, una comedia realista no copia fielmente la vida, pero es que Javier Gomá se toma tantas licencias como en el más disparatado libreto de ópera.
            Veamos algunas: a uno de los personajes le detectan un tumor canceroso, le avisan que le van a operar, no informa a su familia y a su cuñado le dice que ingresa en una clínica para una operación de cirugía estética (eliminar algunos quilos y arreglarse el rostro, todo de una vez). Lo ingresan por la tarde y a la mañana siguiente ya está en casa, todo felizmente resulto (ni siquiera necesita postoperatorio). Por la noche celebra una fiesta de cumpleaños y a medianoche toma, sin tenerlo previsto (con billetes comprados a nombre de otra persona), un avión y se va de vacaciones a Palermo. Sigamos: la mujer del protagonista se retrasa una noche en llegar a casa y este, sin más dilaciones, hace las maletas porque piensa que le ha abandonado y, mientras busca otro domicilio (suponemos) pasa por una agencia y saca los billetes para irse esa misma media noche a Palermo. Otro ejemplo: su mujer le reprocha al protagonista ser un mal padre, tiene tan desatendidos a sus hijos que ni siquiera ha sido capaz alguna vez de “llevarlos al parque, bañarse con ellos en la piscina o jugar a las palas en la playa”. Y continúa: “¿La consecuencia de tanto escapismo? Que papá es muy simpático y mamá muy antipática”. ¿Muy simpático para sus hijos un padre que jamás juega con ellos?
            El problema de tantos descosidos –hay más, bastantes más– es que acabamos no creyéndonos nada de lo que se nos cuenta. Félix, el hombre ejemplar, solo es ejemplar porque ayuda en las tareas de la casa, cosa no demasiado meritoria, ya que está parado y su mujer trabaja. Alguna de esas tareas –reformar el cuarto de baño, en lugar de llamar a un profesional– no parece especialmente ejemplares: se trata de personajes adinerados.
            Javier Gomá no parece haberse dado cuenta que, en el trasfondo de su comedia, está un tema tan viejo como el mundo: los celos entre hermanos (en este caso, cuñados), la tragedia de Caín y Abel, la envidia  (en el Abel Sánchez de Unamuno se trata de una pareja de íntimos amigos), un tema que no es exactamente el del daño que causan las buenas compañías frente a las malas.
            Y hay otro asuntillo, muy evidente en su obra, que Gomá pasa por alto, pero que podría haberle dado mayor complejidad a su comedia (aunque quizá la alejaría de lo que él entiende por un “teatro sano que dignifica la vida”). En la escena tercera del tercer acto, por motivos que no vienen al caso, Félix, el cuñado ejemplar, se ha acostado al lado de Tristán, el protagonista. Los dos duermen. De pronto, Tristán se despierta, cree que ha vuelto con él su mujer: “Tristán acaricia amorosamente el cuerpo de Félix y este se despierta y empieza a hacerse cargo de la situación pero permanece inmóvil con los ojos muy abiertos”. Pasa un rato: “Tristán acaricia con más pasión a Félix y amaga un abrazo”. Félix se aparta y dice “con voz meliflua imitando la de Lola”, según se indica en la acotación: “Déjame”. Solo Javier Gomá no ve, en este dejarse hacer durante un largo rato, lo que todos vemos.
            ¿Es un disparate Quiero cansarme contigo? Es el primer acercamiento a la comedia de un pensador brillante y ocurrente, pero lastrado por sus prejuicios ideológicos y por su afán de sistematizar su pensamiento.
            La “carpintería” teatral se le resiste un tanto: sobran los apartes redundantemente ensayísticos y no hace falta que toda la peripecia se amontone en veinticuatro horas, como en la época neoclásica.
            Quiero cansarme contigo –un título entre Juaristi y Muñoz Seca– es una obra ambiciosa y fracasada, pero también sugerente, divertida y fértil, con un trasfondo más complejo de lo que el autor –tan ingenioso, tan seguro de sí mismo–  ha sabido ver.

viernes, 24 de mayo de 2019

Darío Jaramillo, humor y amor



Poesía selecta
Darío Jaramillo Agudelo
Lumen. Barcelona, 2019.

Hay dos maneras de acercarse a un poeta de larga trayectoria. Una es la del estudioso que analiza su trayectoria, determina etapas e influencias, trata de situarlo en la historia de la literatura; la otra, la del simple lector que gusta de la poesía y no le importan demasiado las clasificaciones ni los análisis escolares.
            Darío Jaramillo Agudelo –firma siempre con los dos apellidos, aunque el segundo resulte innecesario–, uno de los más renombrados poetas de Colombia, nacido en 1947, publica su primer libro, Historias, en 1974. Pero no conviene iniciar la lectura de esta Poesía selecta ni por los poemas de ese libro ni por los del siguiente, irónicamente titulado Tratado de retórica (1978). El Darío Jaramillo más personal, en lo bueno y en lo malo, comienza en 1986 con Poemas de amor.
            Prescinde en ese libro de juegos heteronímicos y de biografías imaginarias (volverá alguna vez) para escribir una poesía que parece solo un desahogo del corazón, tan simple en una primera lectura como la que hoy triunfa en las redes sociales: “Atolondrado y confuso, / demasiado lleno de ruidos, / sin centro ni reposo, / desconectado del otro lado de la piel, / aturdido por el interminable crujir de este corazón / –tierra cuarteada, ceniza gris en el pecho–, / así pasan estas noches de calor y duermevela, / estas noches en que no estoy contigo”.
            En la misma línea de variaciones sobre un tema de indudable atractivo popular se inscribe el libro Gatos, que bordea a cada paso el tópico, pero que lo elude con ingenio: “Los estados de la materia son cuatro: / líquido, sólido, gaseoso y gato. / El gato es un caso especial de la materia, / si bien caben las dudas: / ¿es materia esta voluptuosa contorsión?, / ¿no viene del cielo esta manera de dormir? / Y este silencio, ¿acaso no procede de un lugar sin tiempo? / Cuando el espíritu juega a ser materia, / entonces se convierte en gato”.
            Otro conjunto de variaciones sobre un tema, Liturgia de los bosques, se lo atribuye a Sebastián Uribe Riley, protagonista de su novela La voz interior, pero se trata de un capricho del autor que en nada afecta a estos poemas sobre árboles y plantas(hay también un “Bosque de olores” que evoca los de la casa de la infancia).
            Espléndidos resultan los Cuadernos de música, con sus piezas para piano y violonchelo: “Quiere cantar la cuerda. / No es solo la caricia de la nota en las maderas, / ni la resonancia entre la caja noble. / No es solo acústica: quien levitó lo sabe”.
            Pero la música no solo está en estos Cuadernos o en Cantar por cantar, otro conjunto temático. Resuena por todo el libro, como en el primer poema de El cuerpo y otra cosa (“Música de sábado por la tarde, canciones desajándose, sonidos de carbono catorce, piano fantasma resucitando en el silencio, / amnesia que cura una guitarra, espectros que regresan bailando, música que suena medio siglo más tarde”), en la primera de las “Cuatro elegía” (con el eco de las canciones de los Beatles) o en el conmovedor homenaje a Chavela Vargas.
            “Todo poema es de circunstancia”, decía Goethe y poemas de circunstancias y variaciones sobre un tema (el amor, la música, los gatos, los fantasmas), que a veces parecen simples ejercicios, son los más representativos poemas de Daría Jaramillo, aunque quizá no los más ambiciosos.
            Hacia el ingenio –no es un reproche– se deslizan los poemas de “Amores imposibles”, y no solo: “Todos los amores imposibles son eternos, / el tiempo no los toca / y no existen traiciones entre los amores imposibles”.
            Las mejores armas de Darío Jaramillo son el coloquialismo y el humor, que le sirven para evitar el énfasis y el engolamiento retórico. Buen ejemplo de ello lo constituye la serie “Conversaciones con Dios”, a la que se añaden algunos textos inéditos en esta recopilación.
            Como en “Historial de un libro” Luis Cernuda nos explicó la génesis de La realidad y el deseo, Darío Jaramillo ha reunido en Historia de una pasión (2006) tres lúcidos acercamientos a su manera de entender la poesía. Ahí habla también del atentado que cambiaría su vida: “Pasé casi una semana en cuidados intensivos, cuestión que en mi memoria quiere decir simplemente que me acosté en domingo y me desperté en jueves –¿o viernes?—y varios días después me amputaron el pie derecho debajo de la rodilla”. Le salvaron entonces “el humor y el amor”.
            El humor y el amor, y un continuo ejercicio de inteligencia, salvan a un poeta que no le teme al tema menor, a juguetear con el tópico, que en sus mejores mmentos procura seguir el consejo de don Quijote: “Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala”.

lunes, 13 de mayo de 2019

Días felices



Los felices días del verano
Fulco di Verdura.
Traducción de Txaro Santoro
Errata Naturae. Madrid, 2019.

Sicilia, además de una isla, es un género literario y las fascinantes memoria de infancia de Fulco di Verdura una de sus obras más representativas.
            Fulco Santostefano della Cerda, duque de Verdura, conoció desde muy joven la celebridad, pero no como escritor, sino como diseñador de joyas. En los años veinte, trabajó en París con Cocó Chanel, luego en Hollywood y, a partir de 1939, abrió una joyería en Nueva York, muy cerca de Tiffany, en la Quinta Avenida. No hay figura emblemática del siglo XX –de Katherine Hepburn a Diana de Gales– que no aparezca luciendo algunas de sus joyas coloristas, llamativas, inspiradas en motivos heráldicos o marinos, con ecos del barroco siciliano.
            Faltaba poco más de un año para su muerte –murió en 1978, cumplidos los ochenta años– cuando Fulco di Verdura publicó su primer libro y, al contrario que su primo Giusppe Tomasi di Lampedusa, no guardaba ningún otro inédito. Con su famoso primo, no tuvo apenas relación, salvo cuando ambos eran niños. Lo recuerda “grueso, taciturno, de ojos grandes y tristes”, enfermando con facilidad y temeroso con los animales. El Gatopardo, cuyos protagonistas, Tancredo y Angélica, están inspirados en los abuelos de Fulco, le parece una obra históricamente errónea. En 1963, Fulco di Verdura regresó a Italia para asesorar a Visconti en la recreación de un mundo que él conocía como nadie.
            Los felices días del verano (Txaro Santoro lo traduce del inglés, lengua en que primero lo escribió el autor, reescribiéndolo en italiano posteriormente) lleva el subtítulo de “Una infancia siciliana”. No fue una infancia cualquiera la de Fulco di Verdura. Comienza hablándonos de las tres casas en las que transcurrió, luego de los animales domésticos y solo bastantes páginas después de las personas.
            La primera de esas casas era Villa Niscemi, junto al gran parque de La Favorita, en Palermo. “Gracias a Dios –leemos en las primeras líneas del libro– la casa sigue allí. Es la misma vieja y querida villa de siempre, cubierta de buganvillas, repleta de terrazas y balcones que sobresalen, abrasada por el sol y cansada, pero orgullosa en medio de su jardín inglés semitropical”. Ese jardín comunicaba con el parque de la Favorita, creado para acoger a los reyes de Nápoles cuando tuvieron que huir de la revolución, y a él podía entrar el niño Fulco incluso si estaba cerrado al público.
            Otra casa era el Palazzo Verdura, en Via Montevirgine, una estrecha calle cercana a la catedral. “Más que un palacio era una kasba”, nos dice. Estaba formado por tres diferentes edificios comunicados entre sí, tenía tres patios grandes y varios pequeños, conocidos como “pozos de luna”, una terraza y un jardín; al otro lado del jardín había un edificio de color asalmonado que también formaba parte del conjunto.
            La tercera era la casa de verano, Villa Serradifalco, en Bagheria, al otro lado de la bahía de Palermo, construida en el siglo XVII, reconstruida en el XVIII, con una gran escalinata doble que conducía a la entrada.
            En Bagheria se pasaba el verano, pero a finales de agosto comenzaba el viaje familiar por el continente, con paradas en Roma, Florencia o Venecia, con estancias en Suiza y Austria, y con largos días en París.  Era la manera de vivir de los privilegiados de entonces”.
            Cuando Fulco di Verdura escribió su libro, el mundo que evocaba ya era tan remoto, para decirlo con palabras de Borges, “como el paso de Aníbal por los Alpes”: había quedado sepultado para siempre en las trincheras de la Gran Guerra. En su caso, la expulsión del paraíso –nos da cuenta de ella en el último capítulo– tuvo lugar con el ingreso en la escuela, ya cumplidos los diez años, y con la muerte de la abuela y la precaria situación económica en que la familia quedó a partir de entonces.
            La vida de entonces, en un caserón aristocrático, se parecía más a la vida medieval que a la de hoy. El patio principal “tenía una intensa vida propia, llena de movimientos y sonidos: cocheros y mozos de cuadra que gritaban y se hacían señas, caballos piafando y relinchando, un perro ladrando, el zureo de las palomas, el susurro furtivo de gallinas… De las cuadras contiguas llegaba el sonido de dos animales feroces a los que no se podía ver. Uno era una mula enana de color rojizo, y el otro un carnero enorme. Cada vez qua alguien pasaba cerca, la una daba coces furiosas a la puerta y el otro embestía al instante con igual violencia”.
            Tardan en aparecer los seres humanos en estos escenarios, que hoy nos resultan casi mitológicos, pero no desdicen de ellos con su pintoresquismo de otro tiempo. Se evocan las fiestas tradicionales, el terremoto de Messina de 1908; se recorren las viejas iglesias, se visita en el monte Pellegrino el santuario de Santa Rosalía.
            Fulco di Verdura vivió en París, en Nueva York, en Londres, trató a buena parte de los protagonistas del siglo XX, pero solo quiso dejar constancia escrita de sus años de infancia en el antiguo Palermo y en un mundo que estaba a punto de desaparecer.
            El resultado es un libro breve, hipnótico, que habla de una infancia a la vez insólita y cercana, con la magia, la crueldad y la inocencia de todas las infancias felices.

martes, 7 de mayo de 2019

Entre Pasolini y Panero



Dionisio Cañas. Invitación a su obra. Biografía
Amador Palacios
Diputación de Ciudad Real, 2018.
  
En 1969, en la playa de Benidorm, un profesor universitario estadounidense de origen cubano, conoce a un joven de veinte años, sin trabajo, sin apenas estudios, bordeando la delincuencia. Lo que podía haber quedado en un fugaz encuentro sexual se transforma en una historia de amor que cambia para siempre la historia de ambos.
            El profesor universitario era José Olivio Jiménez, catedrático en Nueva York, experto en el modernismo y en la poesía española de posguerra; el joven, Dionisio Cañas, que gracias a esa relación acabaría siendo lo que nunca había imaginado, poeta y profesor.
            José Olivio Jiménez hizo con aquel hijo de emigrantes españoles –sus padres vivían en Francia–, de eficaz y minucioso Pigmalión: se lo llevó a vivir con él a Nueva York y le mantuvo durante su paternal tutela incluso después de que la relación sentimental terminara.
            Amador Palacios, también poeta y estudioso de las vanguardias, además de traductor de poesía portuguesa, ha publicado una biografía de Dionisio Cañas –un personaje que podría protagonizar varias novelas– de gran interés sociológico, a pesar de sus insuficiencias metodológicas.
            En abierto contraste con el secretismo en que siempre se movieron los poetas españoles amigos de José Olivio Jiménez, encabezados por Vicente Aleixandre, Dionisio Cañas tuvo siempre una cierta tendencia al exhibicionismo: manchego como Almodóvar, parece salido de una de sus películas de los años ochenta. En Memorias de un mirón (Voyeurismo y sociedad), de 2002, nos habla abierta y detalladamente de sus parafilias, algunas tan curiosas como su obsesión por los vagabundos.
            Amador Palacios, que más que biógrafo y estudioso, parece ser con frecuencia un simple amanuense del biografiado, aunque escriba en tercera persona, llena las páginas de su libro de coloquiales confidencias, a veces involuntariamente cómicas o que nos hacen sentir un poco de vergüenza ajena. Cito dos pasajes de la cronología final, que suele ser aséptica y limitada a los datos fundamentales. En 1966, leemos: “Al terminar el liceo técnico, se pone a trabajar. Fue tornero, soldador y fresador. Pero para el trabajo manual es muy torpe. En estos años tiene su primera experiencia sexual con un viudo”. Sin comentarios.
            Y en el apartado correspondiente a 1991: “José Hierro visita por primera vez Nueva York, alojándose ‘oficialmente’ en el apartamento de José Olivio Jiménez y Dionisio (ya que pasaba otros muchos buenos ratos en casa de su amante neoyorquina) e iniciando la redacción de Poeta en Nueva York”. Bastarían ese lapsus lorquiano y esos chismosos “buenos ratos”, que no vienen a cuento, para poner en cuestión el trabajo de Amador Palacios. Por ese apartamento neoyorquino –215 West, 90 Street–, pasaría buena parte de la poesía española, de Ángel González o Claudio Rodríguez a Luis García Montero, con Dionisio Cañas como minucioso cronista de actividades no siempre confesables.  
            En apéndice, se publica una muestra de las cartas recibidas por el autor a propósito de sus obras. Hablando de un de los corresponsales, Amador Palacios nos informa de que “arrastró durante toda su vida la amargura ocasionada por su condición homosexual sin haber ‘salido del armario’, pues estaba casado y tenía cuatro hijos; sus relaciones homosexuales siempre eran furtivas. Gran amigo de Gregorio Prieto, el gran pintor valdepeñero le aconsejó irresponsablemente que se casara”.
            Todo un personaje, Dionisio Cañas, entre Lázaro de Tormes y Jean Genet, entre Pasolini y Panero (sus adicciones le llevaron a algún ingreso psiquiátrico); todo un benemérito desastre Amador Palacios, que a ratos se olvida de que está escribiendo la biografía de un escritor para convertirse en guionista de algún reality show televisivo.
            Es muy probable que las obras iniciales de Dionisio Cañas estuvieran algo más que tuteladas por su mentor: Vicente Aleixandre le hizo prometer a José Olivio Jiménez que los poemas de Dionisio Cañas –que a los veinte años apenas si se manejaba con el español escrito– eran verdaderamente del joven poeta.
            El pintoresquismo de Cañas no nos debe hacer olvidar que es autor de dos excelentes libros de crítica, Poesía y percepción (1984) y El poeta y la ciudad (1994), además de atinados estudios preliminares a ediciones de José Hierro, Claudio Rodríguez, Francisco Brines o Jaime Gil de Biedma. Como poeta, dio diversos bandazos hasta la incursión final en un experimentalismo de poco interés, pero no resultan en absoluto desdeñables títulos como El fin de las razas felices (1987), reescritura del Apocalipsis, ni El gran criminal (1997), ambientada en los bajos fondos neoyorquinos.   
            Finalmente, abandonada la docencia en Nueva York, retirado a Tomelloso, pudo más el personaje, reducido a una curiosidad autonómica, que el estudioso o el creador, aunque Amador Palacios nos da cuenta de sus intervenciones poéticas en lugares tan dispares como Toulouse, Cuenca, en Rabat, Tomelloso, el Cairo, Murcia, Lesbos. En todos esos lugares, ha llevado a cabo su intervención más exitosa, El Gran Poema de Nadie, consistente en que personas anónimas, bajo su dirección, van recortando palabras de papeles y envases recogidos de la basura y, pegándolas a azar, en una gran tira de papel.
            No entramos a valorar el interés de tales actuaciones, ni de los videopoemas o las elucubraciones más o menos místicas a las que se dedica ahora Dionisio Cañas, aquel muchacho de veinte años que hace medio siglo tuvo en una playa de Benidorm un encuentro que cambiaría para siempre su vida. Amador Palacios nos la ha contado en un libro que muestra algunos de los entresijos menos confesables de la vida literaria española y dice mucho de su admiración acrítica por el biografiado, pero bastante poco de su rigor intelectual.