jueves, 14 de junio de 2018

José-Carlos Mainer, literatura y más



Periferias de la literatura. De Julio Verne a Luis Buñuel
José-Carlos Mainer
Fórcola. Madrid, 2018.

Conviene decirlo en voz baja, para que no se enfaden mis colegas, pero la mayoría de los trabajos universitarios dedicados a la literatura española contemporánea son de muy escaso interés para el público en general y casi me atrevería a afirmar que para cualquier público. Se trata de escritos de consumo interno que sirven solo para la promoción funcionarial de sus autores. Suelen oscilar entre la erudición menor y las vaguedades teóricas que lo mismo valen para un roto que para un descosido (“posmodernidad”, “pensamiento débil”, “modernidad líquida” y otros conceptos igualmente gaseosos).
            Pero hay excepciones, afortunadamente, y una de las más notables es la de José-Carlos Mainer. En 1974 publicó La Edad de Plata (1902-1936), Ensayo de interpretación de un proceso cultural y toda su obra posterior puede considerarse como un desarrolla de ese título pionero y fascinante. Por primera vez se nos contaban tres décadas de la historia de España, no como un conjunto de acontecimientos aislados, una sucesión de generaciones caricaturizadas en los manuales, sino como un proceso cultural en el que literatura y arquitectura, filosofía y música, pintura y política estaban relacionadas.
            El núcleo central de Periferias de la literatura añade nuevos capítulos a ese inagotable estudio de una de las épocas más fecundas de la historia de España, la llamada Edad de Plata (por contraposición a los siglos de Oro), un membrete que Mainer no inventó, pero que hizo popular.
            Los trabajos que se reúnen en Periferias de la literatura tienen un origen académico y se publicaron primeramente en actas de congresos y en misceláneas de homenaje a algún catedrático. Afortunadamente no se han quedado ahí y el interés de la mayoría de ellos hace que le disculpemos al autor que no haya sido más decidido a la hora de eliminar cierto enojoso andamiaje propio de su destino original (tampoco el prólogo ayuda a ganar nuevos lectores).
            El núcleo del libro lo constituyen la media docena de artículos dedicados a glosar temas y figuras de la Edad de Plata, como ya dije. “De la España negra. Apuntes literarios de una obsesión” busca antecedentes en el reformismo dieciochesco y llega hasta los apuntes carpetovetónicos de Camilo José Cela. “Apuntes para un marco” toma como pretexto al caricaturista Luis Bagaría para hablarnos de la bohemia, de la hermandad de las artes y de muchas cosas más. “La hermandad de las artes” se titula precisamente el capítulo que lleva como subtítulo “Literatura y pintura en el tiempo de Miguel Viladrich”. Al pintor simbolista Miguel Viladrich comienza presentándonoslo en el salón de Carmen de Burgos, Colombine, donde se derraolla una desopilante escena de la que dejó constancia Cansinos Assens en sus memorias.
            De “Nacionalismo y modernidad” se ocupa el capitulo “Alrededor de 1915”. Ahora que tanto se habla –por lo general, para denostarlo– de nacionalismo conviene leer las páginas que Mainer dedica a la nueva formulación del nacionalismo español –convertido en nacionalismo estético– por parte de Asorín.
            A la arquitectura de los años treinta se dedica “Geometría lírica”. Mainer nos descubre sus afinidades con la poesía pura juanramoniana y con el regreso al orden –cita como abanderado a Jean Cocteau– tras los lúdicos disparates de la vanguardia.
            El capítulo inicial, “Para los lectores de Julio Verne”, nos muestra a un Mainer con perfiles inéditos, menos reticente que otras veces a las confidencias autobiográficas. Nos habla aquí de sus primeras lecturas, de su deslumbramiento con Dos años de vacaciones, la primera obra de Verne que leyó. Estas pocas páginas nos permiten imaginar lo interesante que serían, dejadas ya de lado sus servidumbres académicas sus servidumbres académicas, unas memorias intelectuales de José-Carlos Mainer, un investigador cuyo talento estilístico está a la par de los más notables escritores de la genración del 68, que es la suya.
            Menos interés tienen otros trabajos que reúne en este libro, como los dedicados a a la poesía (que nunca ha sido el punto fuerte de Mainer) o el que se dedica a glosar los artículos que se publicaron con motivo de la muerte de Max Aub, una ocupación de principiante, no de un maestro.
            Termino como empecé. Los estudios universitarios de literatura contemporánea por lo general tienen más que ver con pseudociencias como la homeopatía o la astrología que con la ciencia (¡tantas supuestas ediciones críticas llenas de notas que copian definiciones del diccionario de la RAE o de datos accesibles a todos en la Wikipedia!). Hay excepciones, claro está, y Mainer es una de las más notables. Pero cuando reúne sus trabajos –como en esta ocasión– para el público en general, debería ser más audaz a la hora de sacudirse de inanes y tediosas convenciones gremiales.

viernes, 8 de junio de 2018

Berta PIñán, trazos de una vida



Trozos / Cachos
Berta Piñán
Prólogo de Noni Benegas
Saltadera. Oviedo, 2018.

La poesía, si lo es de verdad, se escribe en una lengua, pero puede traducirse a cualquier lengua. En contra del tópico, lo que el poema pierde al traducirse suele ser lo menos importante: los juegos de palabras, el sonsonete de la rima, las alusiones en exceso localistas. Claro que traducir poesía, traducirla de verdad, no hacer un traslado más o menos literal, es tan difícil como escribirla.
            Cuando es el propio poeta el que se traduce –el caso del catalán Joan Margarit, el caso de la asturiana Berta Piñán–, las dificultades son menores y casi podemos hablar de una doble versión original.
            Trozos puede leerse como un libro nuevo, a pesar de que selecciona poemas publicados a lo largo de los últimos treinta años, a los que añade un puñado de impactantes inéditos. El volumen se dirige tanto a los que ya conocen su poesía, como a los que se adentran en ella por primera vez.
            Como todo poeta verdadero, Berta Piñán va creciendo en espiral a partir de unas pocas intuiciones básicas. Su poesía tiene un pie en la vida, en su vida privada y en las calamidades del mundo contemporáneo, y otro en la literatura.
            Uno de sus poemas se titula “A la manera de Szymborska” y otro “Variaciones sobre un poema de Eugénio de Andrade”, pero son más mucho más los homenajes y las variaciones: “Ofrenda” recrea el “Pequeño testamento”, de Miguel d’Ors; “La impostora (Variaciones sobre un mismo tema)”, uno de los más conocidos poemas de Xuan Bello, “Variaciones del mio nome”; “Papel en blanco” parafrasea a Ángel González (“¿Sabes que un papel puede cortar como una navaja? / Simple papel en blanco / una carta no escrita / me hace hoy sangrar”); Víctor Botas y Miguel d’Ors están detrás de “Lectura en la playa o mares de tinta” (la literatura que nos permite ver de otra manera la realidad o que nos la oculta). Y termino este recorrido, que daría mucho juego en un taller de escritura, con el poema “Los límites de un corazón”, que tras una minuciosa enumeración borgiana (“He recorrido los caminos del agua, / de Estambul a Venecia, / la nieve en St. Michel…”) concluye con unos versos de Ana de Noailles: “pero ni un solo paso he dado / fuera de los angostos límites / de tu corazón”.
            Berta Piñán conocer bien la poesía contemporánea, no oculta a sus maestros, como tampoco los ocultaban Garcilaso o Virgilio, pero eso no le resta personalidad, aunque esta se manifieste más claramente en las otras líneas que caracterizan a su poesía.
            Hay por un lado, una línea costumbrista y de recuerdos de infancia que nos remite al mundo rural de su infancia, ya desaparecido para siempre. Poemas como “Eros y Thánatos”, “Herencia”, “Sidra” o “Mitos de familia”. Algunos de estos poemas, como el espléndido “Naranjas”, entremezclan los propios recuerdos con las historias familiares de la guerra o de la emigración. Cuando se escriben en prosa, están, como en Carver, a medio camino entre el relato y el poema.
            Espléndidos resultan los poemas de amor y dolor, los que hablan de presencias y ausencias, que van progresivamente eliminando la anécdota hasta quedarse solo en inteligencia y emoción. Bien conocido resulta el titulado “La casa” (lo citó en uno de sus discursos, cuando era príncipe, el hoy rey de España), pero hay muchos otros igualmente memorables.
            La poesía de Berta Piñán canta y cuenta, celebra y denuncia. Especialmente sensible a los problemas de la inmigración, en el poema “Playa de Tarifa, Cádiz” todo el drama de las pateras es evocado por uns simples zapatos encontrados en la playa. Con no menor emoción leemos “Senegalesa”, “Lección de gramática” o “Un reloj”.
            Poeta de línea clara, experiencial, no rehúye Berta Piñán la anécdota ni los homenajes a otros escritores ni cierto ternurismo, pero con los años parecer ir haciéndose más desnuda, más esencial, más heridora. Un buen ejemplo de ello puede ser “El hueso”, uno de los poemas inéditos.
            Berta Piñán –local y universal, intimista y comprometida, culturalista y cotidiana– escribe en asturiano, una lengua minoritaria, pero su poesía, como toda verdadera poesía, no se dirige solo a los lectores de asturiano, sino a todos los lectores de poesía. Para muchos de ellos, esta antología constituirá una memorable sorpresa.

viernes, 1 de junio de 2018

Historia de un converso



Un vocal español en la Komintern
Óscar Pérez Solís
Edición de Steven Forti
Renacimiento. Sevilla, 2018.

Todo en la vida del asturiano Óscar Pérez Solís (1882-1951) resulta novelesco. Militar de carrera, un recluta le contagia sus simpatías por el anarquismo. Ese recluta tenía un nombre muy literario, Juan Salvador, que es el pseudónimo que, tras la muerte del amigo, utilizará Óscar Pérez en sus primeros escritos políticos.
            Pronto se desengañará del anarquismo y comenzará a ser un activo militante socialista. Ocupa cargos importantes en las agrupaciones de Valladolid y Bilbao; es detenido, mal herido por la policía en el asalto a una Casa del Pueblo; contribuye decisivamente a la escisión que dará origen al Partido Comunista Español. En 1924, asiste en Moscú a una reunión de la Komintern, esto es, de la Internacional Comunista; en 1936 está en Oviedo, donde es detenido por conspirar contra el Frente Popular; liberado poco después, se convierte en uno de los más eficaces colaboradores de Aranda en la ciudad sublevada.
            La estancia en Moscú la contó Óscar Pérez Solís en varias ocasiones. La última, una serie de artículos publicados en El Español, el semanario que dirigía Juan Aparicio, entre noviembre de 1942 y marzo de 1943, cuando las tropas alemanas estaban en Rusia, ayudadas por la División Azul. Esos artículos son los que ahora se reúnen por primera vez en un libro que comenzamos a leer con cierta prevención. Tememos encontrarnos con la encendida soflama antisoviética propia de la época y de quien fue cocinero antes que fraile, comunista antes que fascista.
            Pero de inmediato nos sorprende su moderación. La visión que se ofrece del Moscú de 1924 está muy lejos de las caricaturas de la propaganda, sin que se oculten los aspectos negativos –como no podía ser de otra manera– de la realidad de entonces.
            El editor de estos artículos, Steven Forti, ha tenido la feliz idea de publicar junto a ellos, los escritos durante la visita y aparecidos poco después en La Antorcha, el periódico oficial del comunismo español. El memorialista de 1942, atento matiz y al detalle preciso, es en 1924 un mero propagandista que se entusiasma ante los innumerables logros de la Revolución. Llega incluso a elogiar el régimen de las prisiones rusas: “¡Cómo lo envidiarías, presos españoles, si lo conociérais!” (él conocía las prisiones españolas, pero de las rusas solo sabía lo que le habían contado). Las elogia, pero amenaza con ellas: el puño de hierro del Estado soviético “dispone de unas magníficas cárceles y de una Siberia excelente para los burgueses olvidados de que ‘esto’, lo de ahora, ha matado a ‘aquello’, lo de entonces”.
            En 1924, Pérez Solís se entrevista con todos los que representaban algo en la Rusia del momento. Le acompañaba como intérprete Andrés Nin, trágica y rocambolescamente hecho desaparecer por los rusos durante la guerra civil española.
            De los líderes soviéticos, Bujarin era el de mayor formación intelectual. Mostraba una gran curiosidad por las cosas de España. “¿Qué españoles cultivan la filosofía”, preguntó. Pérez Solís menciona, en primer lugar, a Ortega y Gasset. Pero Bujarin no le tenía por filósofo, sino “por un excelente escritor que conoce y traduce muy bien la filosofía alemana”. Tampoco valoraba mucho al decadente Unamuno, cuyo pensamiento correspondería a la decrepitud de una burguesía “envejecida antes de llegar a su madurez social”.
            La figura más admirada es la de Leon Troski, “al que dudo que haya igualado nadie en el campo bolchevique”. Si no hubiera abandonado el comunismo en 1928, Pérez Solís habría corrido muy probablemente la misma suerte que su amigo Andrés Nin. De hecho, él mismo cuenta que en Bilbao llegó a conocérsele como “el Troski de las Siete Calles”, que era donde él tenía un cuarto en el que consolaba sus horas de hambre “con los delirios comunistas”.
            Peor parado, como no podía ser de otra manera, sale Stalin, quien le recibió afablemente en su gabinete de trabajo, nada ostentoso, pero que enseguida perdió su amabilidad.  A Pérez Solís le acompañaba su intérprete habitual, a quien achaca el repentino cambio de humor del dirigente: “La culpa era de Nin, que hacía con mis preguntas en castellano, al traducirlas al ruso, lo que le daba la gana. Menos mal que la iracunda mirada de Stalin, después de rebotar en los lentes de Nin, vino hacia mí con cierta suavidad, en las que sospeché que no faltaba su poquito de lástima, como si Stalin comprendiera que no era del todo mía la culpa de haberme metido en aquellos berenjenales”. Quizá el odio de Stalin hacia Nin, que culminaría en su asesinato, comenzó entonces.
            Encarcelado en Monjuic tras su regreso a España, Perez Solís recibe la reiterada visita del padre Gafo, también asturiano, una de las principales figuras del sindicalismo católico. Cansado de la mala vida que había llevado por sus actividades políticas, recuperó la fe católica, renunció públicamente a sus ideas comunistas y aceptó un puesto bien remunerado en la Compañía Arrendataria del Monopolio del Petroleo (la CAMPSA), recién creada por Primo de Rivera. Su deriva fascista se iría acentuando progresivamente: intervino en la fundación de Falange, fue a Oviedo a preparar al sublevación militar, ocupó diversos cargos durante el franquismo. Pero no se convirtió nunca, como tantos, en un feroz perseguidor de los que habían sido sus compañeros. Todo lo contrario, los ayudó en lo que pudo y, en 1942, fue capaz de darnos una impresión de la Rusia que había visto en 1924, muy alejada de la siniestra imagen que esperarían sus lectores. No duda en subrayar la honestidad de la mayoría de los líderes comunistas y la modestia con que vivían.
            En 1931, contó su vida en Memorias de mi amigo Óscar Perea, un libro que, como la mayor parte de las autobiografías, vale tanto por lo que cuenta como por lo que calla, y que merecía una reedición. Óscar Pérez Solís no fue nunca un comunista ni un anticomunista de manual.  Hubo en su vida dos encuentros providenciales, el del recluta Juan Salvador, que le hizo rebelarse contra las injusticias del mundo, y el de José Gafo –asesinado en 1936, beatificado por Benedicto XVI–, que le devolvíó el consuelo del otro mundo. Un hombre que siempre quiso ser fiel a sí mismo y que estaba, como su época, como quizá todos los hombres y todas las épocas, lleno de claroscuros.

viernes, 25 de mayo de 2018

Luis Alberto de Cuenca y su cuaderno de todo.



Bloc de otoño
Luis Alberto de Cuenca
Madrid. Visor, 2018.

Los principios y los finales se parecen. Los aprendices de poetas no escriben libros de poemas, sino poemas, muchos poemas, y por lo general sin título. Cuenta Félix de Azúa que la primera vez que visitó a Aleixandre, siguiendo el ritual de tantos otros poetas jóvenes, le mostró una carpeta con más de trescientos poemas inéditos: “Aleixandre, en lugar de despedirme, que parecía lo sensato, tuvo la paciencia de insinuar que le llevara una selección más rigurosa. Y así, tras una criba trágica, me quedé en veinticuatro poemas que aparecieron tras el pintoresco título de Cepo para nutria”.
            A partir de cierta edad, los poetas tienden a prescindir de cualquier criba, trágica o no, y publican todo lo que escriben sin preocuparse de darles una unidad, más o menos artificiosa, al conjunto. Los títulos de los últimos libros de Luis Alberto de Cuenca, Cuaderno de verano y Bloc de otoño, indican bien este carácter facticio, acumulativo del conjunto.
            ¿Habría ganado Bloc de otoño con una cierta poda? No parece que haya muchas dudas. Pero el autor ha preferido que la hagan los lectores, a los que invita a leer anárquicamente, abriendo por cualquier página, “que es como deben leerse los libros de poesía que se precien de serlo”.
            En Bloc de otoño, que también podría haberse titulado Variaciones y reincidencias, como la poesía completa de Javier Salvago, está todo Luis Alberto de Cuenca, el mejor y el peor, el que fascina a lectores de cualquier edad y condición y el que condesciende en exceso a la facilidad y a la anécdota.
            Todo no, queda fuera el rebuscado culturalismo de los primeros tiempos, el poeta anterior a La caja de plata, que gustaba de cultivar un “trovar clus” solo para iniciados. Ahora se ha pasado al extremo contrario: “Lo mismo que la miel, nada más degustarla / nos endulza la boca, los poemas se escriben / para que, de primeras, se entiendan. Deben ser / claros. Si no lo son, serán como el discurso / que un mudo endilga a un sordo”.
            Habría que recordarle una de las glosas de Eugenio d’Ors, titulada precisamente “Claridad y facilidad”: “No me cansaré de no confundir estas nociones, atribuyendo siempre claridad a lo fácil y oscuridad a lo difícil; cuando lo más frecuente es el caso contrario. Las abstracciones matemáticas son más difíciles que las observaciones biológicas. Y, sin embargo, más claras que ellas”.
            Bloc de otoño se estructura en cinco partes, que parecen tener una unidad (llevan título), pero que solo agrupan los poemas por año de escritura. Aunque entremezcladas, hay varias secciones en el libro. Por un lado, están los poemas cuyo título comienza con “Sueño de…”, que pueden corresponderse o no con un sueño real, y que continúan uno de los tonos más característicos de Luis Alberto de Cuenca. Muchos de ellos podrían formar parte de la mejor antología del relato fantástico.
            Otra abundante sección del libro está formada por las variaciones de otros poetas, casi todos clásicos griegos y latinos. De uno de los más conocidos poemas de Catulo (“Me preguntas, Lesbia, cuántos besos tuyos / bastarían a saciarme”) nos ofrece una versión que cambia el nombre de la amada por el de Carmilla, el famoso personaje de Sheridan Le Fanu: “Me preguntas, Carmilla, cuántos besos / tuyo me saciarían esta noche / de la razón en que las criaturas / lovecrafianas han tomado el mando / y no se mueve nadie sin permiso. / Y te respondo que con uno solo / con dientes (no con lengua) que horadase / mi yugular tendría suficiente. / No quiero seguir vivo en este mundo / donde no hay más que idiotas y tarados / que han prohibido los mitos y los héroes”.
            Junto a las glosas clásicas, hay también alguna variación de poemas chinos (“Los veteranos del emperador”, de Li Bai), en ocasiones sin indicarlo, como en el caso de “Tristeza verdadera”, que recrea un poema de Sin K’i-Tsi: “De joven no conocía el gusto / de la melancolía”.
            Otro poema, “La visita de Bárbola”, recrea una de los más conocidos romancillos de Góngora (“Hermana Marica, / mañana que es fiesta, / no irás tú a la miga / ni iré yo a la escuela”), convirtiéndolo en una de sus habituales estampas oníricas: “Perdona, Dios mío, / las bellaquerías / que hicimos yo y ella / cuando estaba viva. / Sé bueno, Señor, / borra de mi vista / la espantosa imagen / que se me echa encima. / Haz que me despierte / de esta pesadilla”.
            Todo Luis Alberto de Cuenca, como ya dije, y totum revolutum, está en este libro. Hay bien humorados poemas a los hijos y otros en los que no le importa incurrir en el sentimentalismo (“Palabras para Inés y Álvaro”). Abundan las ensoñaciones eróticas, el recrearse en la belleza que perdimos un instante y que vuelve una y otra vez a nuestros sueños y a nuestras pesadillas, y no faltan las gotas de misoginia: odio et amo.
            Recuerdos de infancia (“Deseo de ser detective”), homenajes a escritores (“Elogio de Michel Houellebecq”), junto a prosaísmos varios, casi de banal columna periodística: “Escribí alguna vez que la Kammermusik / de Brahms era uno de esos pináculos de arte / que no deben faltar en las más exclusivas / colecciones de música de siempre” (claro que peor es cuando se siente “rodeado / de corrección política y de buenismo estúpido / y de redes sociales que hacen de este planeta / un lugar invivible”). Esta disonante variedad resulta deliberada: “Ha llegado el momento de hacer versos / con todo y sobre todo”, escribe al comienzo de uno de sus poemas.
            Al final, no importa que en Bloc de otoño sobren algunas páginas. Quizá sea mejor así: es un placer añadido que se nos permita rebuscar entre los revueltos papeles del poeta hasta dar con unos versos que nos hacen sonreír, emocionarnos, asombrarnos, que se nos quedan en la memoria para siempre.
           

miércoles, 16 de mayo de 2018

Manuel Neila, ética y estética


J

El juego del hombre
Manuel Neila
Renacimiento. Sevilla, 2018.

El auge actual del aforismo entre los escritores españoles debe mucho a la figura de Manuel Neila. Poeta, traductor, ensayista, le ha dedicado al género importantes estudios, recogidos en el volumen La levedad y la gracia, y diversas antologías; además ha editado o reeditado a los principales aforistas en la colección “A la mínima”, que se publica bajo su dirección.
            Es también Manuel Neila un destacado cultivador del género. A sus Pensamientos de intemperie (1912) y a sus Pensamientos desmandados (1915), añade ahora una nueva serie, Pensamientos del malestar, y con ella completa la trilogía que ha titulado El juego del hombre y subtitulado “Discordancias”.
            Manuel Neila, como aforista, descree del ingenio y desdeña la ocurrencia fácil (“No hay tonto más molesto que el ingenioso”, afirma citando a La Rouchefoucauld), aunque a veces –algo que parece inevitable después de Gómez de la Serna– incurre en la greguería: “Hay erratas y erratas. Las últimas deberían escribirse con hache”.
            Conoce bien, y alude a ellos con frecuencia, a los maestros del género, especialmente a los moralistas franceses y a autores como Lichtenberg o Nietzsche, de quien procede el título, “El caminante y su sombra”, de la serie dialogada dispersa por los diversos capítulos de El juego del hombre.
            Aunque a menudo toca temas filosóficos, su especialidad es la crítica de la sociedad contemporánea. La sociedad de masas, la sociedad del capitalismo avanzado encuentra en él uno de sus más radicales detractores. A veces esa crítica se concreta en  el mundo literario, en el que, como él mismo diría, no deja títere con cabeza, aunque sin citar nombres. Los que podríamos llamar metaaforismos, o aforismos sobre el propio aforismo, son también abundantes.
            Llama la atención, en un estilo un tanto arcaizante, el abundante uso de las interjecciones, que lleva a un cierto amaneramiento. Cito algunos ejemplos: “Los mediocres de la clase media atribuyen sus errores a la debilidad de la condición humana… Y ¡hala!, a seguir errando”, “A los cuarenta años, la vida nos parece una tragedia de Esquilo. A los sesenta, una tragedia de Sófocles. Y a los ochenta… A los ochenta, ¡ay!, posiblemente nos parezca una comedia bufa de autor desconocido”, “(Más éiica y menos cosmética). Lo contrario, ¡helas!, es el camino hacia la servidumbre voluntaria. Y, ¡hace!, todos contentos”. Como “jacarandosos” califica a los artistas de la sociedad “lúdico-masiva”.
            Los moralistas franceses, en contra de lo que parece indicar la expresión con la que se los conoce, no se dedicaban a moralizar, sino a reflexionar sobre las costumbres de la sociedad de su tiempo. Como ha escrito Carlos Pujol, “es dudoso que sean edificantes, más bien tienden a cierto cinismo desengañado y de buen tono”. Manuel Neila, por el contrario, adopta con frecuencia un aire de predicador. La literatura contemporánea, repite a menudo con distintas palabras, ha renunciado a ser arte para convertirse en entretenimiento. ¿Pero es ese es rasgo de la literatura contemporánea o de la literatura de cualquier tiempo? En los años veinte no solo publicaban novelas Gabriel Miró o Benjamín Jarnés; los más vendidos eran Pedro Mata o El Caballero Audaz.
            Al criticar al mundo actual, incurre Manuel Neila en la falacia, bastante común, de compararlo con un imaginario pasado que no ha existido nunca. Un ejemplo: “A decir verdad, el vicio más extendido durante los últimos años, y del que menos se habla, es el vicio supremo de la vulgaridad”. Una frase cierta, pero que ya era cierta en tiempos de los romanos (releamos a Juvenal o a Horacio) y me imagino que también en el antiguo Egipto.
            Aunque resulte difícil definir el género, parece claro que no todos los textos que Manuel Neila incluye en El juego del hombre –título un tanto “vintage”: hoy tendemos a no utilizar “hombre” para referirnos al hombre y a la mujer– pueden considerarse tales. Es el caso de las notas dedicadas a Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado o Gabriel Insausti, que más bien parecen borradores para la solapa de alguno de sus libros. Y aunque en el “Glosario del descreído” que figura como apéndice, los términos se definen como en un diccionario (“Azar: Una de las pocas eventualidades que podemos dar por seguras”), resulta dudoso que se pueda considerar como aforismo personal una definición que parece tomada de la Wikipedia: “El término ‘empatía” (del griego ‘empathés”, ‘emocionado’) es la capacidad cognitiva de percibir lo que otro individuo puede sentir. También es un sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra”.
            Solemnizar lo obvio es uno de los riesgos que acechan al Manuel Neila aforista; otro, un cierto tono moralista. Acierta cuando abandona la crítica de brocha gorda –sus discordancias son a veces muy concordantes con las de ciertos telepredicadores– y se deja llevar por el humor (“Cualquier político sabe que a la masa hay que agitarla antes de usarla”) y la poesía, las dos armas favoritas de la inteligencia: “Relámpago verbal, el aforismo vuelve visible la noche y audible el silencio”.

sábado, 12 de mayo de 2018

Noche y niebla



La extraña retaguardia
Fernando Castillo
Fórcola. Madrid, 2018.

¿Queda algo por decir del Madrid de la guerra? Docenas y docenas de libros se han dedicado a glosar el heroísmo y la barbarie de aquellos años. Primero fueron las memorias, más o menos noveladas, de los escritores del bando nacional que buscaron refugio en las embajadas (Una isla en el mar rojo, de Fernández Flórez, puede servir de ejemplo); luego llegarían los testimonios del otro lado y los estudios, no siempre más imparciales, de los historiadores.
            Creemos saberlo todo sobre ese Madrid, pero las más de quinientas páginas que Fernando Castillo le dedica (con alguna incursión a Valencia y Barcelona) en La extraña retaguardia  nos demuestran lo equivocado que estábamos. El subtítulo explicita su punto de vista, “Personajes de una ciudad oscura”, y también que el período abarcado llega más allá de los años de la guerra civil hasta incluir el tiempo no menos sombrío en que transcurre La colmena: “Madrid 1936-1943”.
            Fernando Castillo, que no es historiador de profesión, ha sentido desde siempre una especial fascinación hacia el París ocupado por los alemanes, al que ha dedicado dos libros ejemplares: Noche y niebla en el París ocupado. Traficantes, espías y mercado negro (2012) y París-Modiano (2015), que se refiere también de los años posteriores, como indica el subtítulo: “De la Ocupación a Mayo del 68”.
            El modelo de esos libros es el que quiere aplicar a Madrid en este nuevo volumen. No le interesan los grandes personajes históricos, bien conocidos, sino las figuras menores y las zonas de sombra, los agentes provocadores que se mueven entre un bando y otro, entre el hampa y la legalidad.
            La extraña retaguardia se lee como una novela de novelas, esbozadas unas, más desarrolladas otras, como una novela plural y de no ficción donde casi nada es lo que parece.  El comienzo ya nos indica el tono literario que se quiere dar al conjunto: “Amanecía el viernes 17 de julio, espléndido y luminoso, con el fresco olor de la pinada de la Sierra antes de que lo agostase el calor. Desde el Guadarrama, en el Alto del León, Castilla, como salida de un óleo de Darío de Regoyos o de Díaz Caneja, parecía una alfombra amarilla con algunos manchones marrones y verdes, bajo un cielo azul límpido”. Antonio de Goicochea, dirigente del partido monárquico Acción Nacional, avisado de lo que se avecinaba, sale de Madrid en un coche que conduce su chófer y guardaespaldas, Alfonso López de Letona, que será uno de los protagonistas del libro. En el índice de personajes que se incluye al final se sintetiza su trayectoria: señorito de buena familia, delincuente de tres al cuarto que acabó en la Legión, militante monárquico durante la República, agente de los Servicios Especiales y delator en el Madrid de la guerra civil. Un personaje de novela de Patrick Modiano, tan admirado por Fernando Castillo, como tantos otros que se entrecruzan en las páginas del libro: Cándida del Castillo, madre del novelista francés Michel del Castillo: David Vázquez Baldominos, responsable del contraespionaje y de las relaciones y de las relaciones con los agentes soviéticos de Alexander Orlov, que participó en todas las actividades de la guerra sucia contra anarquistas y trotskistas; Francisco Cachero, falso cónsul de Finlandia, que se enriqueció ofreciendo refugio en pisos que solo aparentemente estaban bajo la protección diplomática; Alberto Castillo Olavarría, “equívoco y ubícuo”...
            Fernando Castillo nos lleva al cambiante Madrid de aquellos años –nada tiene que ver la euforia y el terror revolucionarios de los primeros meses con el sacrificado heroísmo de después ni con la traición final–, apoyándose tanto en la documentación histórica como en la literatura, si menos fiel en los hechos notariales más útil para revivir ambientes y recrear la vida cotidiana de entonces.
            Pero no es un historiador profesional, y eso se hace notar en algún punto. Su tratamiento de las matanzas de Paracuellos resulta algo simplificador. Mucho se han discutido esos hechos, que siguen llenos de puntos oscuros, pero para él todo está claro, meridianamente claro: el principal culpable es Segundo Serrano Poncela, a sus 24 años recién nombrado Director General de Seguridad cuando comenzaron los traslados que acabaron en masacre, y luego convertido en uno de los más destacados narradores y ensayistas literarios del exilio republicano. Incluso nos lo llega a presentar presenciando algunos de los desmanes de la policía republicana como un malvado de película: “Imaginamos a Serrano Poncela durante el asalto, tenso, con sus rasgos afilados y la expresión sombría por la preocupación, un aspecto que acentuaban la cazadora de cuero negro, el pelo oscuro, su delgadez y unas cejas negras y pobladas. Un aire que recuerda al del actor rumano Béla Lugosi”.
            Pero esto es literatura, solo literatura. Los hechos: el 6 de noviembre, cuando parece que los sublevados están a punto de ocupar la capital, el gobierno de la República abandona Madrid con destino a Valencia, dejando la ciudad a cargo de una Junta de Defensa encabezada por el general Miaja. De la Consejería de Orden Público se ocupa un jovencísimo Santiago Carrillo, quien nombra a Serrano Poncela director de Seguridad, encargado de las prisiones. Los miles de prisioneros que llenan las cárceles, a pocos pasos de donde se combate, pueden ser liberados en cualquier momento y engrosar las filas de los rebeldes; se decide su traslado a un lugar más seguro. Muchos de esos traslados, en lugar de acabar en Chinchilla o en Alcalá de Henares, acabaron en un descampado y en una ejecución masiva. Varias de las autorizaciones para salir de la cárcel llevan la firma de Serrano Poncela. ¿Organizó él esas masacres? A nadie, salvo a Fernando Castillo, se le ha ocurrido afirmar algo semejante. ¿Estaba al tanto del destino final de aquellos presos? Probablemente, al principio no, pero acabaría enterándose, como su jefe directo, Santiago Carrillo. ¿Pudieron hacer algo para impedirlo? Serrano Poncela, que pronto dimitió o fue cesado y que no tardaría en distanciarse de los comunistas, seguro que no, a pesar de que Fernando Castillo le convierte en el malo de la película; Santiago Carrillo, muy probablemente sí. Lo que parece claro es que ninguno de ellos –sobre los que recayó la más complicada tarea en el peor momento– estuvo en el diseño de esa siniestra operación (muy en la lógica soviética: Alexander Orlov, que luego se pasó a Occidente, tendría bastante que decir).
            No disminuyen estas discrepancias –inevitables cuando se trata de la guerra civil– el interés de La extraña retaguardia, otra vuelta de tuerca sobre un tiempo sombrío que parece tardar más que ningún otro en convertirse definitivamente en historia, en dejar de gravitar sobre el presente.



viernes, 4 de mayo de 2018

Raíces y alas



Aforismos e ideas líricas
Juan Ramón Jiménez
Edición de José Luis Morante
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2018.

“Es muy frecuente –casi la regla– que el poeta eche a perder su obra al corregirla”, escribió Antonio Machado en el prólogo a sus Páginas escogidas. En contra de lo que suele pensarse, Juan Ramón Jiménez no fue una excepción a esa regla, especialmente en sus últimos años.
            Llegó incluso a tomar la decisión de publicar todos sus versos como si fueran prosa (Antonio Sánchez Romeralo, en el volumen Leyenda, llevó a cabo ese disparate), argumentando que el poema se dirige a los oídos, no a los ojos, y que por eso resultaba artificiosa la disposición gráfica habitual. Ignoraba –como los malos recitadores– la importancia de la pausa versal para la música del texto, para que el verso sea verso. Afortunadamente, los editores modernos no tuvieron en cuenta esa última decisión del autor.
            La obra en prosa de Juan Ramón Jiménez es tan variada y extensa como su obra en verso, pero menos conocida –salvo el caso de Platero y yo– porque aunque la publicó abundantemente en revistas y diarios, apenas la reunió en volumen. Al título que le hizo popular, Platero y yo,solo se le añaden las caricaturas líricas de Españoles de tres mundos.
            Mucha de la obra en prosa de Juan Ramón Jiménez está formada por aforismos, un género que comenzó a cultivar muy joven y al que siguió fiel durante toda su vida. ¿Cuántos llegó a escribir? Alguna vez se refirió a veinte mil; uno de sus editores, Juan Varo Zafra, habla de doce mil; los que se conocen, y no parece que queden muchos por descubrir, no pasan de cinco mil. No todos tienen la misma calidad, los hay que no pasan de notas inanes, apuntes circunstanciales, simples desahogos.
            Se impone por eso, tras la reconstrucción que Antonio Sánchez Romeralo hizo de Ideología, el volumen en que Juan Ramón Jiménez pensaba reunir sus aforismos, publicar una selección que separe el grano de la paja, lo que interesa solo a los estudiosos de lo que sigue siendo válido para cualquier lector.
            Contamos ya con dos excelentes antologías: Aforismos, preparada por Andrés Trapiello, y Río arriba, a cargo de Juan Varo Zafra. Ambos deciden no tener en cuenta las divisiones y subdivisiones que, siguiendo las indicaciones del poeta, aparecen en Ideología. Andrés Trapiello tiene la honestidad de confesar en su prólogo la razón: “Pese a la utilidad del trabajo de Sánchez Romeralo y su esfuerzo por respetar el propósito del poeta, no siempre he comprendido la babélica arquitectura filológica o crítica en que están compartimentados”.
            José Luis Morante tampoco la ha comprendido, pero no se atreve a prescindir de ella y el resultado es un volumen, Aforismos e ideas líricas, no precisamente ejemplar: el editor emborrona y añade confusión.
            Excelente poeta, infatigable estudioso y divulgador de la poesía actual, José Luis Morante no parece especialista en la obra de Juan Ramón Jiménez. Solo así se explica su indicación de que “en vida” escribió únicamente tres libros en prosa: Platero y yo, Españoles de tres mundos y Espacio. ¿Quiere eso decir que sus otros libros en prosa los escribió después de muerto? Y Espacio no es un libro en prosa, sino un largo poema, que primero se publicó en verso (revista Poesía española, 28, abril de 1954, pp. 1-11) y que luego el poeta decidió poner en prosa, pero que naturalmente siempre incluyó entre su poesía –vease la Tercera antología poética–, no entre su prosa.
            El lenguaje rebuscado de la “Nota a la edición” parece reflejo de la confusión conceptual del editor: “Juan Ramón Jiménez, en sus aforismos publicados e inéditos, empleó asertos concretos que daban autonomía y singularidad a cada escrito, aunque esta norma no se cumple siempre y hay aforismos que no llevan título”. En román paladino: unos aforismos llevan título y otros no.
            Lo incompleto del índice se justifica de esta manera: “Recordando que ‘Arte es quitar lo que sobra’ en el índice de este libro solo figuran los seis libros integrados y la relación paginada de los apartados seleccionados”.
            José Luis Morante no ha leído bien el prólogo de la edición que toma como referencia. Cada uno de los libros que componen Ideología consta de dos partes: una con lo publicado por el poeta y otra con el material inédito, y cada una de esas partes a su vez se subdivide en diversas secciones. Morante las señala en el índice en el primer caso, pero no cuando se trata del material inédito.
            No hay así manera de que el lector se aclare del galimatías que constituye su edición, en la que se entremezclan diversas numeraciones que no sabemos muy bien a qué corresponden. Contribuye al caos el que se emplee el mismo tipo y tamaño de letra para indicar los títulos de los diferentes “libros”, de las diversas secciones, de las subsecciones e incluso de los aforismos.
            No se aclara el lector y no se aclara tampoco el editor. Por eso señala en el índice “Muy lento” como título de la parte quinta del libro tercero, pero es solo un aforismo de la parte anterior que lleva el número 5 (la sección 5 se titula “El color del mundo” y de ella no se selecciona ningún texto).
            A cualquiera que haya hojeado este volumen, le parece una burla lo que indica la “Nota a la edición”: “Se han suprimido los números cardinales que a mi entender fragmentaban el diálogo lector. Creo que el conjunto aforístico es un todo unitario ya que participa de un trasvase incesante de asuntos y vivencias”.
            Pero esos números cardinales, escritos en caracteres diminutos en el margen izquierdo de la página, no son del autor de los aforismos, sino del editor, Sánchez Romeralo: no hace falta justificar que no se empleen.
            Y si el conjunto aforístico “es un todo unitario”, ¿a qué ese llenar de números que no se sabe muy bien a qué vienen cada página? Abrimos una al azar, la 80, y nos encontramos con los siguientes cifras separando los textos (y en este orden): 15, 4, 5, 8, 16, 4.
            El índice –que debe ser como el mapa que guía al lector– no nos aclara nada: esos aforismos –de ahí el caos de la numeración– forman parte de diversas secciones o subsecciones que no figuran en él.
            En resumen: el estudioso de la obra juanramoniana, que vaya a la edición de Sánchez Romeralo; el curioso lector, el interesado en los aforismos, que busque Río arriba o la antología preparada por Andrés Trapiello, a la espera de una edición revisada, muy cuidadosamente revisada, de Aforismos e ideas líricas. Editar es ciencia y arte, requiere ideas claras, gusto e inteligencia. Raíces y alas.

           

viernes, 27 de abril de 2018

Arde Troya o cómo leer a los clásicos



La última noche de Troya
Virgilio
Traducción de Vicente Cristóbal López
Madrid. Hiperión, 2018.

Los clásicos no se leen, se releen. Antes de haberlos leído, ya creemos saberlo todo sobre ellos. Y a veces los damos por leídos sin haberlos siquiera hojeado.
            ¿Quién no conoce la historia del caballo de Troya, de las profecías de Casandra, de las serpientes que acabaron con Laocoonte y sus hijos, del amor imposible de Dido por Eneas? Antes de Virgilio ya se habían contado (los autores clásico tenían a gala no inventar nada) y después nos lo volverían a contar –en la literatura, en el arte– infinitas veces.
            Pero Virgilio lo hizo como nadie y ahora tenemos la posibilidad de escucharle en versos españoles que tienen el empaque del original. Vicente Cristóbal, además de destacado latinista, es poeta –excelente poeta– y eso se nota en La última noche de Troya, que es como ha titulado su versión del Libro II de La Eneida.
            No es mutilar el inmenso poema publicar solo uno de sus doce cantos. La Eneida puede considerarse como un poema de poemas, un conjunto de piezas que valen por sí mismas, aunque juntas adquieran un nuevo sentido, que es tanto literario como político: sustentar el imperio de Augusto en el designio de los dioses. Por eso la escritura de esos doce cantos no siguió un orden cronológico.
            El Libro II fue uno de los primeros que se dieron por acabados y Virgilio se lo leyó al emperador y a su corte. El asombro de aquellos primeros oyentes se mantiene en el lector de hoy. Eneas y los suyos, fugitivos de Troya, han llegado a los dominios de la reina Dido, y esta, al final de la comida que les ofrece en señar de bienvenida, le pide que narre su historia: “Todos callaron y atentos fijaban en él su mirada; / desde elevado sitial así entonces habló el padre Eneas”.
            La Eneida se ha traducido repetidas veces al español en verso y prosa. Para Vicente Cristóbal, traducirla en prosa es hacerla cambiar de género, convertir la epopeya en novela. No me parece que esa sea la única, ni siquiera la principal, diferencia entre poema y novela. También se ha traducido en verso: una de las más difundidas versiones –está publicada por Cátedraen su colección Letras Universales– es la de Aurelio Espinosa Pólit, quien convierte los 804 hexámetros del Libro II en 1148 endecasílabos. Al texto original, le añade más de tres mil versos.
            Para Vicente Cristóbal, la “poesía es discurso vestido de fiesta”, dicción solemne. No vale su afirmación para la poesía en general (hay también poesía –y es quizá la mejor poesía de hoy– en traje de calle), pero sí para la epopeya virgiliana.
            Rubén Darío fue el primero, o uno de los primeros, en remedar la alternancia de sílabas largas y breves de la poesía clásica con la de sílabas tónicas y átonas de nuestra lengua romance (recordemos los dáctilos de su “ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda”), después le han seguido otros, como José Hierro (“otoño de manos de oro, ceniza de oro tus manos dejaron caer al camino”). Vicente Cristóbal consigue el raro milagro de que sus hexámetros no necesiten ni de arcaísmos ni de forzados hipérbatos para evocarnos la magia del latín y la solemnidad de la epopeya.
            Eneas nos cuenta su historia. De todo lo que narra fue testigo o protagonista. ¿Cómo no conmoverse ante la muerte del rey Príamo, ante la obstinación de su padre Anquises, que se niega a abandonar la ciudad, ante la pérdida de Creúsa?
            Vuelve Eneas a buscar a su esposa, no quiere partir sin ella, pero “un simulacro infeliz, de la propia Creúsa reflejo” se le aparece y le profetiza un destino glorioso del que los dioses no quieren que ella forme parte: “Ya digo adiós. Y que al hijo que es nuestro tu amor no le falte”.
            En la noche de Cartago, ante la mirada atenta de Dido (otra mujer a la que deberá abandonar), Eneas ha contado la última noche de Troya: “Ya por las cumbres más altas del Ida asomaba el Lucífero / e iba tirando del día y los dánaos tenían cercadas / puertas y accesos, y no se ofrecía esperanza de ayuda. / Me resigné y, con mi padre en los hombros, busqué las montañas”.
            Ni el lector actual –ni probablemente el de la época clásica– es capaz de soportar un festín de más de diez mil hexámetros sin prolongados descansos ni sin intercalarlo con otras lecturas. Pocos de los que dicen haber leído la Eneida la han leído de verdad, de principio al fin. Ocurre a menudo con los clásicos. También con el tan citado Quijote, que no es una novela, como se nos quiere hacer creer interpretando inadecuadamente el término “parte”, sino dos con el mismo protagonista (leerlas unitariamente resulta tan absurdo como terminar El signo de los cuatro y continuar con El perro de los Baskerville pensando que se trata de la misma novela).
            La Eneida es un libro de libros y como tal debe ser leído. La última noche de Troya nos reconcilia con una obra que teníamos por sabida y olvidada, por materia escolar y repertorio de citas (“iban oscuros en la noche sola”). Un sabio traductor nos proporciona la dosis adecuada para reconciliarnos con ella en una lectura hedónica, la única que justifica que un clásico sigue estando vivo y no es mera materia escolar. Quedamos a la espera de otros cantos en versión de Vicente Cristóbal: el IV, por ejemplo, con la tragedia de Dido, o el VI, con el viaje iniciático al país de los muertos.
            Virgilio le dedicó a la Eneida los mejores años de su vida y no pudo darla por terminada. Es lectura a la que volver una y otra vez a lo largo de la vida, sin dejarnos aplastar por la erudición y la veneración, no siempre vana, que ha generado.



sábado, 21 de abril de 2018

Historia de una obsesión



La mariposa en el mapa
Jorge Ordaz
Luna de Abajo. Oviedo, 2018.

Fue A. J. A Symons, con su En busca del barón Corvo (1934), quien creó el subgénero biográfico que desde entonces recibe el nombre de “quest”, tomado de su título original: The Quest for Corvo. El autor no nos ofrece solo el resultado de su investigación, sino que también se convierte en protagonista y nos cuenta cómo va avanzando en ella, los obstáculos que encuentra, sus propias perplejidades. Buena parte de las exitosas publicaciones de Javier Cercas –El impostor, El monarca de las sombras– se acogen a este esquema.
            También lo hace Jorge Ordaz con La mariposa en el mapa, historia de una obsesión, la que le ligó al escritor Frederic Prokosch desde que a sus dieciséis o diecisiete años se encontró, en un puesto de libros viejos con su novela Tormenta y eco.
            Frederic Prokosch es un escritor norteamericano de paradójica trayectoria literaria: sus mayores éxitos los consiguió con su primer libro, Los asiáticos (1935) y con él último, Voces. Memorias, publicado casi medio siglo después. En medio, un puñado de novelas que tratan de repetir la fórmula de la primera o que intentan sin demasiado éxito nuevos caminos. También era poeta, pero como poeta no tuvo resurrección. En New Poems, una antología de la poesía británica y norteamericana publicada en 1942, se le incluye junto a Auden, Marienne Moore, Stephen Spender, Wallace Stevens o Dylan Thomas, pero a partir de los años cincuenta iría progresivamente desapareciendo de cualquier estudio o antología.
            En España se editaron en los años cuarenta sus primeras novelas, en buenas traducciones de Rafael Calleja. El título de Los asiáticos se cambió por otro más sugerente, pero que disimulaba su condición de novela: Asia misteriosa a través de la aventura y el amor. En el éxito inicial intervino la fascinación por el autor, que gustaba de aparecer en las fotografías con pose de galán de cine, y que se presentaba como un erudito y a la vez un consumado deportista y un aventurero que había recorrido a pie los exóticos países en los que situaba la acción de sus novelas.
            Lo que había de verdad y lo que había de mito en estas afirmaciones lo va descubriendo poco a poco Jorge Ordaz. Los asiáticos nos cuenta el viaje de un joven norteamericano desde Beirut hasta China, pasando por Turquía, Siria, Persia, Rusía, Afganistan, India y lo que entonces se llamaba Cochinchina. El editor español no duda en afirmar que “el autor ha recorrido el trayecto que describe”. En realidad, escribió su novela soñando sobre los mapas sin salir de una biblioteca.
            Luego el sueño se haría realidad y Prokosch se convertiría en una incansable viajero, sin domicilio fijo, hasta recalar en la Provenza, en Grasse, que es donde tardíamente le volvió a encontrar el éxito.
            Las primeras novelas exóticas y cosmopolitas de Prokosch, escritas en una prosa poética que quizá no ha envejecido demasiado bien, tras reeditarse en ediciones populares, se fueron llenando de polvo en las librerías de viejo. La resurrección le llegó al autor en los años ochenta, de la mano, como en Francia, como en el resto del mundo, de Voces, sus fascinantes memorias. En ellas se hace a un lado y quiere aparecer menos como protagonista que como testigo, como el viajero de un siglo que ha conocido a los principales protagonistas del arte y la literatura y acierta a presentárnoslo en su verdad cotidiana.
            ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de ficción en esas memorias? Lo que Prokosch nos ofrece no es un documento notarial, sino la novela de la memoria. Recrea, como un buen novelista, a los personajes que ha conocido –Auden, Ezra Pound, James Joyce– y los hace hablar para nosotros, que asistimos fascinados a un viaje en el tiempo donde verdad y mentira resultan igualmente verdaderas gracias a la magia de la literatura. Los párrafos finales que nos presentan al autor envejeciendo “en una casita de campo rodeada de cipreses, en un valle al pie de Grasse” constituyen un emocionante poema en prosa, una hermosa despedida de un autor que jugó a confundir vida y literatura.
            Otra obra maestra escribió Prokosch, El manuscrito de Missolonghi, diario apócrifo de Lord Byron que no desmerecería junto al que podría haber escrito el propio Byron. El prosista algo meloso de los primeros libros es aquí seco, descarnado, ajeno a hipócritas pudores. Lord Byron, sin dejar de serlo (no hay página en la que no tengamos la sensación de estarle escuchando) se convierte en la transparente máscara de lo que Prokosch habría querido ser, de lo que hoy es para los lectores.
            Jorge Ordaz, novelista, geólogo, hombre de raras erudiciones, nos habla de sí mismo tanto como de Prokosch en La mariposa en el mapa, un libro breve y minucioso que algo tiene de cajón de sastre: nos lleva por librerías, rescata cartas de algún amigo, nos cuenta sus peripecias con los editores, reflexiona sobre el éxito y el fracaso, “esos dos impostores”, al decir de Borges.
            Los capítulos propios alternan con otros de textos ajenos que la tipografía lleva en un principio a confundir con los propios. Algunos de ellos sobran claramente (“Pequeños azares”, “Del diario de un aviador”) y el lector pronto siente la tentación de saltárselos. Juega también Jorge Ordaz al apócrifo y con el título de “Catulo en Rottingdean” nos ofrece un supuesto capítulo perdido de las memorias de Prokosch.
            Lo que nos cuenta Jorge Ordaz sobre su trayectoria literaria no deja de resultar interesante, pero el lector hubiera preferido que nos hablara un poco menos de sí mismo y un poco más de ese fascinante mistificador de la vida y los libros que fue Frederic Prokosch, quien en su vejez, como en la adolescencia, soñaba hojeando un libro titulado La vuelta al mundo en ochenta días.
           


sábado, 14 de abril de 2018

Carmen Camacho y la pólvora mojada (con un cameo de Ben Clark)



Fuegos de palabras
El aforismo poético español de los siglos XX y XXI
Edición de Carmen Camacho
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2018.

Los aforismos son textos breves, a veces de una sola frase, de carácter no narrativo (en ese caso se trataría de microrrelatos) que colindan al norte con la filosofía, al sur con la obviedad, al este con la poesía y al oeste con el chiste.
            Durante siglos, los libros de aforismos fueron escasos y muchos de ellos póstumos o colectivos: reunían la labor de un autor a lo largo de su vida o se trataba de recopilaciones temáticas de textos escritos en diversas épocas y lenguas.
            Hoy en día, el aforismo se ha convertido en una moda, sobre todo entre los poetas: apenas hay alguno que no haya publicado más de un volumen. La propia antóloga de Fuegos de palabras, selección del “aforismo” poético español entre 1900 y 2014, es autora de dos: Minimás y Zona franca.
            Gran parte de ese éxito se debe sin duda a la facilidad del género: quien hace un aforismo, hace un ciento. Pocos géneros o subgéneros –quizá solo el haiku supone alguna competencia– se prestan con tanta facilidad al abuso de la buena fe de los lectores.
            Por eso se hacen tan necesarias las antologías de aforismos: alguien ha de separar el grano de la paja, los beneméritos aficionados (¿quién no es autor de una serie de “pensamientos” o de greguerías?) de los maestros del género.
            Carmen Camacho lo intenta, pero es dudoso que lo consiga. Aunque utiliza abundante bibliografía, su trabajo no es estrictamente académico –algo que no tiene por qué resultar negativo–, sino más bien una aportación personal de lectora y cultivadora del género. Por ello, prescinde de indicar la procedencia de los textos de cada autor para “poder desordenarlos de manera que puedan leerse como una muestra representativa y dotada de cierta unidad, en la que cada aforismo, independiente y autónomo, dialoga sin trabas con el resto de la selección”.
            Pronto nos damos cuenta de que su gusto no es muy seguro, que como antóloga es poco de fiar. ¿Puede aparecer Federico García Lorca en una antología de aforismos? Por supuesto, seleccionándolos entre sus textos. Pero Carmen Camacho ha preferido incluir las parodias que hizo de los de Bergamín. Un ejemplo: “El pavo que nuestro director debe en el café es un pavo auténtico, Amadeo”. Otro: “El arte no es lo que creen las gentes. El arte es otra cosa”. ¿Incluir esas y otras bromas circunstanciales entre los mejores aforismos “poéticos” de un siglo no descalifica a una antóloga?
            La selección de Juan Ramón Jiménez concluye con esta eutrapelia: “¡Si renacemos, de veras, yo seré en otra vida guardia civil!”
            De Juan Eduardo Cirlot –ese “raro” que cuenta con tantos admiradores (entre los que no me cuento)– nos ofrece la siguiente vacuidad: “La unidad de la trinidad es la trinidad de la unidad”. Pues qué bien.
            Y de Jordi Doce: “El poeta inglés Peter Redgrove, en 1981, recordando un viejo sueño”.  Recordando un viejo sueño, ¿qué?. se preguntará el lector. Pero ya se sabe que en el aforismo poético, a juicio de Carmen Camacho, cabe todo. Por ejemplo, esta anotación del mismo autor: “En la catedral del Chester, un cura sexagenario pasando la aspiradora delante del altar”.
            Divaga abundantemente en el prólogo Carmen Camacho acerca del aforismo poético, pero no deja claro en qué consiste y para aumentar la confusión, en la “Nota a la edición”, nos dice que en su antología “convergen textos de aforistas puramente poéticos y antipoéticos con aforistas metafísicos y morales que cultivan, además de las formas conceptuales, aforismos de corte metafórico. Junto a ellos, figuran practicantes de los llamados aforismos indirectos, pensadores en cuyos fragmentos aparecen unidos el movimiento indagador de la filosofía y el pálpito poético, y aforistas que, al consignar nociones sobre arte, estética o poética, convierten la formulación de las mismas en poesía”. Idéntico barullo conceptual caracteriza al prólogo, en el que se juega a menudo (también en las introducciones a los autores) con la expresión “fuegos de palabras”, como si se tratara de un concepto preciso.
            No cabe duda de que Carmen Camacho conoce bien la mejor bibliografía sobre el aforismo español contemporáneo –cita a menudo a José Ramón González y a Manuel Neila–, pero no parece conocer tan bien la historia literaria del siglo XX. Al hablar de Eugenio d’Ors, nos dice que sus glosas, escritas entre 1906 y 1917, no están exentas de “lirismo y gracia” y que ella las lee en la versión de Alfonso Maseras. Da la impresión de no haberse enterado de que a partir de esa fecha escribió en castellano y que pocos autores hay tan proclives al aforismo como d’Ors. No ignora, sin embargo, los aforismos de los hermanos Álvarez Quintero. Y yo no puedo resistir la tentación de citar este aforismo de Fernando Arrabal que Carmen Camacho considera digno de figurar entre los mejores aforismos poéticos del siglo XX y lo que va del XXI: “No consigue hablar español, pero ya ha aprendido a no tirar de la cadena después de orinar”.
            ¿Qué es lo que salva, a pesar de todo, a este libro? Que nos permite descubrir a un poligrafo hoy olvidado, como José Camón Aznar; que incluye a nombres, como Andrés Rábago (firma sus viñetas como “Ops” o “El Roto”), poco habitual en la antologías literarias; que nos da una buena selección de Rafael Sánchez Ferlosio, Andrés Trapiello o Andrés Neuman; que incluye nombres poco conocidos, o no suficientemente conocidos, como Ángel Guinda.
            Hay mucha pólvora mojada en estos fuegos de palabras que ha preparado Carmen Camacho, con más laboriosidad que rigor. Pero también hay –para quien sepa encontrarlos– un puñado de dichos memorables que nos hacen pensar, soñar, sonreír y nos acompañarán para siempre.

[Como curiosidad, reproduzco aquí el elogio que el poeta Ben Clark dedica en "El Cultural" de esta semana a esta antología de aforismos. Su opinión no puede ser más entusiasta.]



viernes, 6 de abril de 2018

Literatura y bla bla bla



La lámpara maravillosa
Ramón del Valle-Inclán
Edición Facsímil
Alvarrellos. Santiago de Compostela, 2018.

A los clásicos hay que leerlos con la misma exigencia que a los contemporáneos. En realidad solo son clásicos, y no simple materia de erudición, cuando siguen siendo contemporáneos.
            La obra menos conocida y más enigmática de Valle-Inclán, La lámpara maravillosa, se ha reeditado facsímilarmente en sus dos ediciones, la primera de 1916, y la de 1922, que corregía algunos errores. Pocas veces tiene tanto sentido una edición de este tipo. La lámpara maravillosa iniciaba la serie de las obras completas de Valle-Inclán, que él denominó, “Opera omnia”, y que constituyen el más acabado ejemplo de la estética editorial modernista, con sus arcaizantes capitulares, sus viñetas y sus florituras. En 1916, ese amaneramiento tan fin de siglo estaba a punto de convertirse en algo de epigonal; en los años veinte, cuando aparecieron la mayoría de los tomos, era ya claramente “vintage” frente a la renovación tipográfica vanguardista y la elegancia minimalista juanramoniana.
            También lo era la estética simbolista que preconizaba Valle-Inclán, con su mezcolanza de elementos ocultistas, herméticos y teosóficos. La lámpara maravillosa cuenta con pasajes espléndidos, con esa musicalidad y esa magia propia del autor, pero entreverados con afirmaciones mistéricas propias de la pseudofilosofía y de la pseudociencia.
            A Valle-Inclán siempre le gustó la mixtificación, y sus entrevistas están llenas de afirmaciones epatantes, pero en este libro algunas de sus afirmaciones más llamativas y más confusas es posible que las hiciera en serio. A fin de cuentas, Yeats, Pessoa y otras de las mentes más brillantes de su tiempo también creyeron en las revelaciones de Hermes Trimegisto, los Rosacruces y Helena Blavatsky. Y Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, en los ectoplasmas del espiritismo.
            La primera edición de La lámpara maravillosa está dedicada a Joaquín Argamasilla de la Cerda, carlista como Valle-Inclán, aficionado como él a la parapsicología y descubridor de una nueva ciencia, la metasomoscopia o capacidad de ver a través de los cuerpos opacos. El caso Argamasilla, que involucró a un premio Nobel de Medicina, Charles Richet, y al famoso mago Houdini, armó considerable revuelo en los años veinte. Valle-Inclán fue uno de los que creyeron a pie juntillas, y siguieron creyendo después de que se desenmascarara públicamente, que el hijo adolescente de su amigo era capaz de leer mensajes escritos guardados en cajas de metal herméticamente cerradas. Hasta el doctor Negrín intervino en uno de esos famosos experimentos, que dejaban con la boca abierta a los científicos españoles –entre ellos, “doce profesores del Instituto Médico y Oftalmológico”– y cuyas falsedades descubrió de inmediato Houdini en una sesión celebrada en el Hotel Pennsylvania de Nueva York.
            “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”, escribió Hölderlin. Valle-Inclán es un dios como artista y un menesteroso teorizador. La lámpara maravillosa se salva por lo que tiene de fantasiosa autobiografía. “Cuando yo era niño –comienza la primera parte–, la gloria literaria y la gloria aventurera me tentaron por igual. Fue un momento lleno de voces oscuras, de un vasto rumor ardiente y místico, para el cual se hacía sonoro todo mi ser como un vasto caracol sonoro”. Seguimos leyendo embelesados por la música de esa prosa, tan de otro tiempo, pero que no ha perdido su capacidad de seducción. Otro ejemplo que sobresale en el barullo conceptual que sirve de argamasa, comienza con “recuerdo un caso de mi vida”: una visión de la Tierra de Salnés, cuando “el campo se entonaba de oro con la emoción de una antigua pintura”, tras fumarse su “pipa de cáñamo índico”.
            Hay muchos más pasajes admirables, como la evocación de Toledo y de Santiago, o el recuerdo de su Madrina –“yo conocí a una santa siendo niño”–, aunque en algunos casos no podamos dejar de sonreír ante el florido amaneramiento del estilo, que Valle-Inclán ya había dejado atrás cuando publicó este libro.
            Buena parte del interés de La lámpara maravillosa lo constituyen las ilustraciones de José Moya, otro personaje que lleva consigo su novela (de pintor favorecido por el rey Alfonso XIII paso a ser el favorito de la burguesía californiana), y que fueron realizadas de acuerdo con las indicaciones de Valle-Inclán.
            Una de las editoriales que ha rescatado La lampara marvillosa en su apariencia primigenia, La Felguera Editores, se presenta como “una sociedad secreta”; eso nos indica que el interés de este libro tiene más que ver con la moda de filosofías alternativas, parapsicología y otros embelecos de gran tirón popular que con lo estrictamente literario.
            El tiempo, tan respetuoso con la obra de Valle-Inclán, no lo ha sido demasiado con este ambicioso embeleco, una heterogénea miscelánea con apariencia de tratado hermético. Aunque se salvan algunos pasajes antológicos, el Valle-Inclán de La lámpara maravillosa tiene menos de clásico que de amarillenta curiosidad de época.
           

jueves, 29 de marzo de 2018

Cómo no escribir un poema



Estos días azules y este sol de la infancia
Poemas para Antonio Machado
Visor Libros. Madrid, 2018.

Las antologías temáticas rara vez son antologías; los libros de homenaje no lo son nunca. Una antología supone dos criterios: el primero señala el campo a abarcar (una generación, un siglo, un autor, un movimiento); el segundo, separa el grano de la paja, selecciona solo los mejores poemas.
            En las antologías temáticas –poemas al padre, a Nueva York, al libro o al fútbol– el antólogo suele conformarse con que el asunto elegido aparezca en el poema, aunque sea muy tangencialmente; en los libros de homenaje, se acentúa el todo vale, lo que cuenta es la amistad, la admiración y la buena intención.
            Para celebrar su número mil, algo insólito en una colección de poesía y solo conseguido por algunas ediciones de bolsillo, Visor ha reunido una serie de poemas en homenaje a Antonio Machado. Unos pocos ya habían sido escritos con anterioridad; la mayoría son poemas de encargo, una glosa del último verso de Antonio Machado, que da título al conjunto: “Estos días azules y este sol de la infancia”.
            El resultado es tan heterogéneo que sirve muy bien para representar a una caótica colección de poesìa donde los nombres imprescindibles de las últimas décadas alternan con otros más que prescindibles, ganadores por lo general de algún concurso, y las excelentes traducciones con las manifiestamente mejorables.
            Casi un centenar de poemas contiene Estos días azules y este sol de la infancia pero hace falta muy buena voluntad para encontrar más de una docena de poemas. En su mayor parte resultan naderías (no importa si firmados por nombres respetables: Claribel Alegría, Antonio Colinas); solo en unos pocos casos resultan representativos de su autor. Un ejemplo, las “Diferencias” de Antonio Carvajal, con su cuidada y algo manierista versificación: “Todo respira paz: la misma rosa / de ayer, su igual color, su igual perfume; / el mismo viento y fronda rumorosa; / la misma sed que abrasa y no consume / el cristal del arroyo; los bulbules / –coros de amor astrales– / con su misma canción; la igual fragancia / de las cómodas anchas, maternales. / Pero no son los mismos días azules / ni este es el mismo sol que hubo en tu infancia”. Otro ejemplo: Pablo García Casado y su poema en prosa sobre el acoso escolar. A veces el poeta parece caricaturizarse a sí mismo, como Manuel Vilas en la enumeración feísta de su “Vida de un hombre cualquiera” o Luis Antonio de Villena en la versiprosa de “El tiempo siempre es algo distinto”.
            Muy pocos poetas salen con éxito del encargo: Felipe Benítez Reyes y sus serventesios alejandrinos asonantados, Lorenzo Oliván y su oración al Dios ibero, Luis Alberto de Cuenca y su memoria de infancia.
            Ada Salas, de acuerdo con su estética minimalista, reduce al máximo la glosa, exactamente a dos adverbios, también muy machadianos (“Hoy / todavía / estos cielos azules y este sol de la infancia”), mientras que Joaquín Pérez Azaústre, José Luis Rey, Antonio Lucas o Juan Carlos Mestre dan rienda suelta a su verbalismo habitual (no exento de encanto en el caso de Rey ni de eficacia, aunque más en la recitación que en la lectura, en el caso de Mestre.
            Por lo general, los poemas que se salvan del libro ya se habían escrito antes (no siempre el encargo es la mejor musa) y otro habría sido el valor de esta antología si se hubiera limitado a seleccionar entre los poemas dedicados a Antonio Machado, algunos tan espléndidos como “Fatum”, de Miguel d’Ors, o “Camposanto en Colliure”, de Ángel González. Con este último dialoga el de Luis García Montero, que nos habla de otra visita, años después del famoso viaje generacional de 1959,  a ese cementerio: “Se conmueve el camino a la orilla del mar. / Parece un látigo en el aire / de febrero lluvioso. / Cuando baja del coche, / Ángel González duda, / pone sus pies heridos en la historia / y sube muy despacio, / entre muros franceses / y casas repintadas / con el azul de los veranos / hasta llegar al cementerio”.
            Antonio Machado, tras su muerte en el exilio francés, se convirtió en algo más que un poeta, en un símbolo cívico, lo que acabó transformándole en una figura de cartón piedra y potenciando la parte más caduca de su obra.
            Muchos de estos prescindibles ejercicios insisten cansinamente en esa huida de España y en la muerte en la pensión Quintana. Se agradece por eso el cambio de tema de Jenaro Talens, una elegía a su abuela muerta en tierras distante, e incluso el despiste de Clara Janés, que manda un poema dedicado a Max Planck (donde, por supuesto, no se menciona el verso de Machado) y en la editorial, marca de la casa, no hay nadie que se dé cuenta.
            Aunque incluya algún poema entre tantos ejercicios, el lector de poesía puede prescindir de este libro, que sin embargo dará mucho juego en los talleres literarios, al enseñarnos no cómo escribir un poema, sino cómo no escribirlo.