viernes, 20 de julio de 2018

Historias con jardín



Jardines en tiempos de guerra
Teodor Ciric
Traducción de Ignacio Vidal-Folch
Elba. Barcelona, 2018.

Parafraseando un conocido eslogan publicitario, quizá convendría crear un nuevo género literario, el de los “pequeños libros con encanto”. Uno de sus mejores ejemplos sería Jardines en tiempos de guerra, de Teodor Ceric, convertido desde su aparición, sin necesidad de ninguna campaña especial, gracias solo al boca a boca (o, como racionalizan los redichos, al  “boca a oreja”), en obra de culto.
            ¿Cuáles son los ingredientes que debe reunir un libro para formar parte de ese particular género o subgénero? Aparte de la brevedad, señalada en el nombre (los gruesos bestseller para ir rumiando las largas tardes de verano o antes de conciliar el sueño quedan excluidos), el tono autobiográfico, la variedad en la unidad –capítulos que pueden leerse independientemente– y un tema –naturaleza, perros, gatos– con el que le resulte fácil identificarse a una parte de la población.
            Teodor Ceric tenía veinte años cuando comenzó la guerra de Bosnia. No quiso participar en ella y pasó los años del conflicto vagando por Europa, malviviendo con trabajos ocasionales. Regresó a su ciudad natal, Sarajevo, cuando su país era ya independiente. Tras alcanzar cierto renombre en la crítica literaria y en la poesía, se dedicó, como el Candide de Voltaire, a cultivar su jardín.
            Jardines en tiempos de guerra –el título resulta a la vez preciso y engañoso– reúne las colaboraciones que a instancia de Marco Martella, su director, fue escribiendo para la revista Jardins. Ese es otro de los rasgos de los “pequeños libros con encanto”, que casi nunca fueron concebidos como tales, que su unidad editorial le vino dada a posteriori.
            Los jardines por los que pasea o en los que trabaja Teodor Ciric no son los bombardeados de Serbia o Bosnia-Herzegobina; la guerra del título es aquella de la que él ha desertado, o quizá otra guerra simbólica, la que libran el tiempo y la eternidad.
            Hay jardines famosos, de los que están en todas las guías –como el de Painshill, en Surrey, o el parisino de las Tullerías–, y también jardines privados, que nos resultaría más difícil visitar, que quizá no han existido nunca. Pero de la mayoría podemos encontrar imágenes en Internet, y eso es otro de los encantos de este libro, que no necesita las algo anodinas ilustraciones que lleva, que cada lector puede ilustrar a su gusto y fantasear entre capítulo y capítulo con un paseo solitario por los penumbrosos lugares en que transcurren sus páginas.
            El apunte autobiográfico, la anotación lírica, se inclina hacia el relato y la verosímil en algún caso, el más significativos de los cuales es el que encontramos en “Un ermitaño en su jardín”, donde el romanticismo dieciochesco del honorable Charles Hamilton, creador de Painshill, llega al extremo de contratar a un falso ermitaño para que ocupe uno de los rincones de un dilatado y artificioso jardín que finge ser naturaleza libre.
            Teodor Ciric sugiere más que cuenta cuando habla de su vida. Se refiere a sus trabajos ocasionales –estibador, camarero, jardinero–, pero calla pudorosamente otros aspectos.
            En la inmensa Roma, su lugar favorito es un descuidado jardín, Monte Caprino, a espaldas del Capitolio, que no visitan los turistas y que de noche se llena de furtivas sombras: “Parecía que llevase tiempo abandonado. Bajo los árboles, acantos de presencia clásica, crecían a la buena de Dios, formando una masa oscura y reluciente, mientras que la hierba amarillenta crecía libremente por todas partes. Seguí los senderos que serpenteaban por las laderas de la colina. Iluminados por escasas farolas, se bifurcaban y luego volvían a reunirse tras la espesura de los arbustos. Un laberinto. Y poco a poco me di cuenta de que el jardín había empezado a cubrirse de sombras. Eran hombres, jóvenes y viejos, silenciosos o absortos en conversaciones inaudibles, sentados en las balaustradas de madera que bordeaban los senderos. No tardé en comprender. Monte Caprino era un lugar de citas”.
            Al lector le resulta extraño que Ciric escogiera precisamente ese lugar tradicional del cruising romano –mencionado en todas las guías gays– como su rincón favorito de Roma y que pasara en él las noches, absorto en sus melancolías, contemplando las estrellas, ajeno al sigiloso ajetreo habitual. Monte Caprino sería cerrado por las autoridades, con el pretexto de unas obras de reforma. De día, cuando el autor se asoma entre los barrotes, tiene otro aspecto: “montones de basura y bolsas de plástico (entre los que seguían creciendo, indiferentes, las malas hierbas y los acantos), un colchón destrozado al pie de un roble (probablemente el lecho de un vagabundo), botellas rotas”. Infierno y paraíso aquel jardín, como quizá cualquier jardín.
            El que aparece al comienzo del libro, Prospect Cottage, lo dedica su creador, el cineasta Derek Jarman, a sus amigos muertos, como le ocurriría a él, a consecuencias del Sida.
            A su propio jardín, al que ha creado tras los vagabundeos de que da cuenta esta libro, Teodor Ciric le dedica pocas líneas. Uno de los escasos visitantes que ha tenido acceso a él lo describe como “una especie de pequeña jungla, perdida en medio de los campos de trigo de la región, en la que se penetra a través de una espesa maraña de árboles cargados de frutos de aspecto exótico, helechos y lianas”. Un lugar para el ensueño y la nostalgia, pare evocar el paraíso y para recuperar la infancia.
            El primer jardín de Ciric fue el huerto de su padre, “a la sombra de un inmueble comunista de veinte pisos, en los arrabales de Sarajevo”. Allí aprendió a sembrar, a podar, a observar cómo las plantas crecen hacia el cielo, y también la lección a la que ha querido ser fiel toda su vida: “Si disponemos de poco tiempo, si alrededor de nosotros el mundo vacila y la muerte, en todas sus formas, avanza, lo único que podemos hacer es transformar una parcela de tierra, no importa cuál, en un lugar acogedor, un lugar que acoja más vida”. En un jardín, o en un libro como este, un jardín de jardines.
           
           

viernes, 13 de julio de 2018

Cantar de cantares de Salomón o La erudición engaña



Cantar de cantares de Salomón
Traducción literal y Exposición
Fray Luis de León
Edición de Víctor García de la Concha.
Vaso Roto Ediciones. Madrid, 2018.

Si Fray Luis de León cantó la “descansada vida / del que huye del mundanal ruido” en la más horaciana de sus odas, no fue precisamente porque él viviera descansado ni alejado de las querellas de los hombres.
            Cuatro largos años estuvo en las cárceles de la inquisición y quienes le denunciaron y más se obsesionaron en que fuera condenado (no lo conseguirían), eran precisamente algunos de sus colegas en la Universidad de Salamanca, frailes como él, aunque profesaran en órdenes distintas. Entonces la ambición y la envidia se disfrazaban de discrepancias teológicas.
            Uno de los motivos que motivaron los problemas de fray Luis con el temido y todopoderoso tribunal eclesiástico, fue su traducción de El cantar de los cantares, el impactante epitalamio bíblico atribuido a Salomón.
            Se cuenta –él mismo hizo correr esa historia, pero no es más que un artificio literario– que lo tradujo a petición de una prima suya, monja que no sabía latín. En realidad, lo tradujo y lo comentó movido por su deseo de que pudiera ser leído y entendido por todos los creyentes, aunque solo conocieran la lengua materna.
            Esa intención le aproximaba peligrosamente a la Reforma. Sus contrincantes en las cátedras universitarias no desaprovecharon la ocasión de arremeter contra él. Poe si fuera poco, en más de un punto fray Luis se permitía, con muy buenas razones, discrepar de la Vulgata, la versión de San Jerónimo, que el Concilio de Trento había consagrado como la versión canónica de la Biblia.
            Contra lo que pudiera pensarse hoy, lo escandaloso de la traducción literal (que no negaba las interpretaciones alegóricas, pero tampoco era borrada por ellas) no constituyó el principal motivo de los problemas de fray Luis.
            Incluso en la actualidad, es posible que alguno de los superiores del fraile le pidiera que atenuara ciertos comentarios. Baste un ejemplo. “Tus dos tetas, como dos cabritos mellizos entre las azucenas”, se lee en el Cantar. Y fray Luis glosa: “No se puede decir cosa más bella ni más al propósito que comparar las tetas de la Esposa a dos cabritos mellizos, los cuales, demás de la ternura que tienen por ser cabritos, y de la igualdad por ser mellizos, y demás de ser cosa tan apacible llena de regocijo y alegría, tienen consigo un no sé qué de travesura y buen donaire con que llevan tras sí y roban los ojos de los que los miran, poniéndoles afición de llegarse a ellos, y de tratarlos entre las manos. Que todas son cosas muy convenientes, y que se hallan así en los pechos hermosos a quien se comparan. Dice que pacen entre las azucenas porque, con ser ellos de sí lindos, así lo parecen más; y queda así más encarecida y más loada la belleza de la Esposa en esta parte”.
            Atrás quedan las pudibundeces y el odio al cuerpo de la Edad Media. Fray Luis es un hombre del Renacimiento, además de un consumado teólogo, y no ve nada sucio ni nefando en el amor carnal, ya que de otra manera no podría haber sido escogido por Dios como símbolo del amor que siente por la Iglesia.
            La traducción literal, y casi palabra por palabra, del Cantar sonaba áspera a los oídos de entonces y por eso pronto se hizo una versión en octavas reales y otra en liras, atribuidas ambas, con poco fundamento, a fray Luis. Hoy nos resulta más moderna que cualquier versión rimada (sin que eso suponga desdeñar el “Cántico espiritual”, de san Juan, que es otra cosa).
            Bienvenida, pues, esta nueva edición de una de las obras maestras del Renacimiento español firmada por Víctor García de la Concha y cuidada, o descuidada, por el filólogo Carlos Domínguez Cintas, según se indica en los agradecimientos preliminares.
            El prólogo, que se pierde en minucias eruditas, no se corresponde con lo que parece pedir una edición no dedicada a los estudiantes o a los estudiosos (como la publicada en Cátedra), sino a los borgianos y hedónicos lectores.
            Pero es que además “la erudición engaña”, como diría Góngora. Todo da a entender que se han juntado, sin reelaboración, fragmentos de diversos trabajos anteriores: falta la habitual bibliografía; no han sido unificadas las distintas maneras de citar (en ocasiones, páginas 40-41, no se sabe de qué libro se cita); hay errores de bulto (José Manuel Blecua no examina, en su edición crítica, ocho manuscritos, sino cinco); se indica algo confusa e imprecisamente la procedencia del texto.
            “Esta edición quiere rendir homenaje a la benemérita salmantina de 1798”, escribe el prologuista; y luego añade: “en algunos lugares recurro también a la benemérita del P. Merino”. Pero ni una ni otra ponen en verso la traducción en prosa que hace fray Luis. ¿De dónde toma esa disposición Víctor García de la Concha? No se preocupa de indicárnoslo. Tampoco nos dice por qué prefiere, en el capítulo II, 9, “mostrándose por las ventanas / descubriéndose por las celosías” en lugar de la versión que figura en los manuscritos.
            Resume mal –páginas 44-45– el comentario que Luis Alonso Sckökel hace en La traducción bíblica. Lingüística y estilística de la versión de fray Luis. No alaba Sckökel “la fineza del ritmo” en los versos “Béseme de besos de su boca, / porque buenos [son] tus amores más que el vino” (10-12 sílabas, o mejor, 10-13), se limita a señalar que no se ajusta al original: 10-9 sílabas.
            Parece una broma que no se nos indiquen los criterios con que se moderniza la ortografía, sino que, para quien tenga curiosidad por conocerlos, se le remita a los que Francisco Rico “adoptó y razonó” en una determinada edición de la primera parte del Quijote que a Víctor García de la Concha le “correspondió el honor de promover, coordinar y presentar”.
            Eduardo Aunós, un político franquista que publicó más de cien libros sobre las más variadas materias (incluso compuso una ópera), contó para ello con ayudantes a los que pagaba tarde y mal. Uno de ellos se vengó haciéndole decir en su erudita Biografía de Venecia (1948) que del puente de Rialto  “se han apoderado la leyenda y la poesía por enlazar el Palacio con la Cárcel”.
            No sabemos si esa es la razón del disparate con que Víctor García de la Concha concluye esta edición, excelente en lo material pero muy mejorable en lo intelectual. Si hacemos caso al índice, incluye –sin necesidad alguna, me parecer– una “edición facsimilar de la Paraphrasis Caldayca en los Cantares de Selomoh”. En realidad, reproduce solo dos páginas de esa edición publicada en Ámsterdam en 1712. Se nos dice que el título indica que es una paráfrasis “en arameo” y luego que, “como podemos ver en la doble página aquí reproducida”, al texto hebreo sigue su traducción al ladino o judeo-español “y a ellos se añade una paráfrasis en arameo”. ¿En arameo? Así suena el arameo para el exdirector del Cervantes y de la Real Academia, según leemos en la reproducción facsímil: “cuánto hermosa tú, mi querida, hermosa casa del santuario que fraguaste para mí, como el santuario primero que fraguó para mí Selomó el Rey en Ierusalaim”.  Si esto es arameo, que venga Dios –o Yavé– y lo vea.


Otra opinión:


[El mismo día en que aparece mi reseña comenta Luis María Anson la edición de Víctor de la Concha en su primera página de El Cultural  Para el ilustre académico se trata de "una edición definitiva", "un trabajo de primer orden", etc, etc.  Me cuesta contener la risa, pero no le voy a contradecir: que el lector que tenga la paciencia de leer el libro saque sus propias conclusiones. Reconozco que a mí estas cosas --ser el ingenuo que apunta con el dedo y grita que el rey está desnudo-- me divierten bastante.]

domingo, 1 de julio de 2018

Elisabeth Mulder, Juan Manuel de Prada y la teoría de la conspiración



Juan Manuel de Prada tiene experiencia en rescatar autores olvidados. Con su primera novela, Las máscaras del héroe, puso de moda, no solo a Pedro Luis de Gálvez, hasta entonces solo el protagonista de un puñado de anécdotas truculentas, sino también a toda la zarrapastrosa bohemia de las primeras décadas del siglo XX.
            Lo intenta ahora con Elisabeth Mulder, una sutil narradora, poeta, ensayista y esforzada traductora, que tuvo su momento en los años cuarenta y cincuenta y luego se fue progresivamente apagando hasta morir (“bella como una estatua que desdeña la lepra del tiempo”, escribe el prologuista), completamente olvidada, en 1987, tras varias décadas de alejamiento de la escritura,
            Juan Manuel de Prada, muy en su estilo desaforado, trata de explicar por qué en ese momento sus colegas escritores no le dedicaron ni siquiera los habituales elogios de despedida: “Tal vez el recuerdo de Elisabeth Mulder los señalase y abochornase; tal vez, al evocarla, tuvieran que enfrentarse a su propio pasado con su repertorio de cambios de chaqueta y servilismos abyectos, que los empujó a ser abnegadamente franquistas con Franco y arrebatadamente demócratas con la democracia, españolistas y catalanistas, castizos o cosmopolitas según dijeran las modas y las subvenciones. Y aquella Elisabeth Mulder, siempre en su sitio, delataba sus traiciones y componendas”.
            Pero esa diatriba no es más que literatura, en el mal sentido de la palabra, la habitual teoría conspiratoria. Que un escritor, que tuvo cierto nombre en su tiempo, resulte olvidado a su muerte o cuando deja de publicar, no es la excepción, sino la regla. Sin promoción, no hay renombre y esa promoción no depende solo de editores y agentes, también –y en primer lugar cuando se trata de poetas– de los propios autores. Lo que abandonas, te abandona.
            Elisabeth Mulder –nacida en Barcelona en 1904, dentro de la alta burguesía, cosmopolita, con una cultura excepcional en la España de su tiempo y casi de cualquier tiempo– comenzó publicando poesía, una poesía posmodernista y menor, que no podía destacar entre la de sus coetáneos, los poetas del 27; siguió con relatos del género rosa en una revista, Lecturas, de público mayoritariamente femenino. Se convirtió en escritora a tener en cuenta con la novela corta La historia de Java (1935), novela lírica muy en la línea de las que por entonces escribían, bajo el magisterio de Ortega, autores como Jarnés, Ayala o Máx Aub, aunque sin su chisporroteo ingenioso y gregueristico.
            Sinfonía en rojo, la selección de su obra que ahora publica Juan Manuel de Prada, incluye ese título primero y otro epigonal, El vendedor de vidas, una novela realista y barojiana que disuena del ambiente de gran mundo y las morosas sutilezas psicológicas del resto de su narrativa. Se le añaden cinco cuentos, una quizá no demasiado exigente selección poética y otra de sus colaboraciones en la prensa (artículos de tema literario, por lo general sin demasiado interés, salvo sus colaboraciones en la revista Ínsula sobre temas ingleses).
            El interés de Juan Manuel de Prada por Elisabeth Mulder es ya antiguo. De hecho, el prólogo a esta selección reproduce en buena medida las páginas que le dedica en Las esquinas del aire, una quest, para decirlo a la manera anglosajona, una búsqueda de otra escritora olvidada, Ana María Martínez Sagi. Las esquinas del aire –aclara el autor en el prólogo– “no es una novela, sino que participa de la biografía, el ensayo literario, el reportaje y el libro de memorias, y todo ese mogollón de adscripciones está servido de manera novelesca”.
            Novelesca es la conversión de la relación de amistad entre las dos escritoras en una relación lésbica, novelesca la interpretación más o menos rebuscadamente psicoanalítica de los poemas de Elisabeth Mulder (considera “El pulpo”, que narra un pesadilla, como la manifestación de “una repulsa mórbida” hacia el hombre).
            La mezcla de investigación y ficción, si adecuada para obras como Las esquinas del aire o las exitosas falsas novelas de Javier Cercas, disuena en un prólogo ensayístico y le hace perder buena parte de su credibilidad. No cabe duda de que Juan Manuel de Prada conoce bien la obra de Elisabeth Mulder y lo que se ha escrito sobre ella (echamos en falta, sin embargo, la acostumbrada, y tan útil, bibliografía final), pero se permite la licencia de citar, y muy ampliamente, unas “memorias inéditas” de Ana María Martínez Sagi, que ni son inéditas ni son de Ana María Martínez Sagi.
            No son inéditas porque proceden del capítulo “Almas gemelas”, de Las esquinas del aire, y no son de Ana María Martínez Sagi, aunque estén puestas en su boca, sino una recreación más o menos fantasiosa de la vida de la escritora en el estilo inconfundible de Juan Manuel de Prada.
            Conviene manejar con cuidado realidad y ficción. En la novela cabe todo, también los documentos históricos, pero en una investigación que se pretende rigurosa un toque de novelería  le quita validez al conjunto.
            Los reparos al prólogo –tan lleno de buena información y de buenas intenciones, por otra parte– no le restan interés a esta obra selecta de una autora que dio un toque distinto, entre Somerset Maugham y Katherine Mansfield, a la literatura de su tiempo.
           
           

lunes, 25 de junio de 2018

Una antología de poesía no hispánica



Subir al origen
Antología comentada de poesía occidental no hispánica (1800-1941)
José María Castrillón
Trea. Gijón, 2018.

José María Castrillón, poeta y profesor, ha querido ofrecernos en un libro abierto –el epílogo vale como anuncio de una continuación– varios libros. El título procede de Jovellanos, un poeta que podía haber sido nuestro Wordsworth si no le hubieran distraído otras muchas beneméritas dedicaciones:”Conócete a ti mismo, y de otros entes / sube al origen”.
            Al origen de la modernidad poética ha querido subir José María Castrillón con esta antología que es algo más que una antología. Es, en primer lugar, una didáctica reflexión sobre la tradición plural que está en la base de la mejor poesía contemporánea. Tiene el acierto de dirigirse a toda clase de lectores, no solo a los especialistas. Es el libro de un profesor de literatura que fuera además un gran lector de literatura, y no solo de la que entra en el programa que debe explicar, algo no demasiado frecuente.
            Los poetas antologados son de lengua inglesa (Wordsworth, Keats, Whitman, Dickinson, Yeats, Eliot, Stevens), alemana (Novalis, Rilke, Benn), francesa (Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé, Apollinaire, Saint-John Perse, Éluard), italiana (Leopardi, Montale), griega (Cavafis), portuguesa (Pessoa) y rusa (Anna Ajmátova). Solo la enumeración de esta veintena larga de nombres bastaría para recomendar el volumen. Habría que añadir que bastantes de las traducciones que se nos ofrecen son inéditas y por lo general a cargo de traductores que también son poetas, como Jordi Doce o Tomás Sánchez Santiago.
            Las presentaciones de los poetas constituyen algo más que la habitual síntesis biobibliográfica. José María Castrillón nos ofrece una creativa estampa que podría leerse con independencia de los poemas que prologa. Constituyen el germen de otro libro.
            Como una novela romántica comienza la primera de las viñetas: “El joven viajero se ha bajado de la diligencia mientras esta asciende penosamente uno de los empinados tramos característicos de Cumberland, la región de los lagos, al noroeste de Inglaterra”. Para presentar a Keats se reproducen fragmentos de sus cartas, como si de una novela epistolar se tratara, y se copia su epitafio. La vida de Verlaine se condensa en dos imágenes: una fotografía que lo presenta envejecido y beodo en la mesa de un café; el cuadro de Fantin-Latour en el que aparece, cuando aún no ha cumplido los treinta años, sentado en el rincón de una mesa junto al adolescente Rimbaud. La semblanza de Yeats nos lleva a octubre del 36  y al poeta en un automóvil que se dirige a los estudios radiofónicos de la BBC. Apollinaire se nos presenta con una carta de amor ficticia, pero rigurosamente verdadera. “¿Dónde está Paul? –leemos al comienzo de otra entradilla– En los círculos artísticos de París se pregunta por Éluard. Su esposa Gala desconoce el paradero. En meses, ni una noticia”.
            Tras la presentación creativa, los poemas seleccionados de cada autor acompañados de un breve comentario. Alterna Castrillón los poemas bien conocidos –“Tabacaría” o “El poeta es un fingidor”, de Fernando Pessoa, por ejemplo– con otras selecciones más novedosas e incluso arriesgadas.
            Al final de cada selección, como propina, nos ofrece un “Homenaje en la poesía hispánica”. Se trata de la parte menos desarrollada del volumen y la más discutible. Los poemas que reproduce son de muy desigual calidad, desentonan muchos de ellos en el conjunto. ¿A qué viene poner un poema de Viktor Gómez junto a los versos de Ana Ajmátova? Lo copio entero dada su brevedad: “vagones grises / lentos se van oscuros / mugre el índice / numerados patanes / del cero al olvido”. ¿No podría haber encontrado algo mejor en Benjamín Prado, por citar solo un ejemplo?
            El epílogo se titula “Otra antología” y en él se comentan brevemente veintidós poetas, de Hölderlin a Marina Svietáieva, que podrían haber sido incluidos en la antología. Y que sin duda lo serán en un nuevo tomo, tan valioso como este, o más, si el autor trabaja un poco más la parte dedicada a seguir la huella de esos poetas en la literatura de lengua española, y el editor corrige algunos descuidos, como el desganado índice (había que indicar los títulos de los poemas seleccionados), la imprecisa manera de señalar el autor de los poemas de “homenaje” (aparece escondido en el comentario) o el poco relieve que se da al nombre de los traductores.
            Una idea feliz la de esta “antología comentada de poesía occidental no hispánica”, mejorable sin duda (son los riesgos de un empeño tan ambicioso), pero no por eso menos imprescindible para el buen lector de poesía.
           

sábado, 23 de junio de 2018

El universo en un grano de arena



Y
Andrés Trapiello
Pre-Textos. Valencia, 2018.

De un autor que comenzó a escribir hace más de cuarenta años, y que ha cultivado con profusión y regularidad los más diversos géneros literarios, no esperamos muchas sorpresas. Casi nos confirmaríamos con que no hubiera un exceso de reiteración y con que las nuevas versiones de los viejos temas no desmerecieran demasiado junto a las anteriores.
            Comenzamos por eso a leer el nuevo libro de poemas de Andrés Trapiello (sorprende su escueto título, Y, bien explicado en la nota inicial) con cierto escepticismo. Desaparece de inmediato. Qué importa que los temas sean los de siempre, qué importa que homenajee a Unamuno y al primer Juan Ramón, que abunden los buenos sentimientos (esos con los que, según Gide, no se hace literatura). Pronto nos ganan la emoción y el asombro, el mismo asombro y la misma emoción que al contemplar, una noche de verano, el cielo estrellado o al escuchar el canto del ruiseñor.
            Al ruiseñor, por cierto, le dedica varios poemas Andrés Trapiello en este libro, y un poema se titula “Amapola” y otro “Claro de luna”. ¿Qué poeta de hoy se atrevería a algo así? Solo él, o su admirado Eloy Sánchez Rosillo, que tampoco teme a la insistencia y que también ha ido progresivamente sustituyendo el tono elegíaco por la celebración del misterio de la existencia y de sus inmensas o minúsculas maravillas.
            “Pájaros, versos” se titula uno de los poemas y sus nombres, sus trinos y su variado plumaje llenan el libro: “El gran abejaruco y la oropéndola, / jilgueros, chichipanes y rabúos, / por no citar a los de toga negra, / a mirlos, golondrinas y vencejos”. También abundan los insectos, contemplados menos con la mirada del naturalista que con el asombro del niño: “Una pequeña araña que tranquila / se mueve entre los dientes trepidantes / del ciego cortasetos. Una hormiga / caminando paciente / y algo desorientada sobre un leño / que lleva ardiendo un rato, ajena a todo”.
            Mucho de fábula y de cuento oriental tienen también estos poemas, que hablan de una cotidianidad rural en la que todo se convierte en canto y en cuento, lo mismo la contemplación del vuelo de la libélula que revisar “las quintas pruebas” de uno de los tomos de sus diarios: “¿Quién no ha sentido / que con solo una vida no se alcanza / a realizar los sueños? / Se nos va la primera en galeradas / con erratas y a medio conseguir”.
            Hay poemas que tienen algo de scherzo, de jugueteo o de ejercicio de virtuosismo. El que yo prefiero se titula “La vida de un escritor”, descripción de una ciudad cuyo nombre se nos descubre en el último verso. A ejercicio suena también el romance “Un día completo”, tan juanramoniano –pero del Juan Ramón de Arias tristes, no del de Dios deseado y deseante–, con su silencio que vuelve una y otra vez como estribillo. Muy distinto, –dría haber sido una “dolora” de Campoamor– “Esta misma mañana”, donde se escucha un tañido de aldea en medio del bullicio del centro de Madrid, aunque luego resulte ser muy distinto de lo que parecía.
            También sorprende, aunque de otra manera, el final de “Ciruelo en flor”: “Me puse nerviosísimo creyendo / que apenas duraría aquel prodigio, / tan prosaico es el viento, y sin pensarlo / corrió mi corazón hasta el sepulcro / donde a Dios le pusimos. / Levántate, le dije, resucita: / el ciruelo está en flor / y no hay por aquí cerca ningún otro / de igual rango que tú / a quien darle las gracias”.
               No podían faltar los poemas familiares, como saben muy bien los lectores de Andrés Trapiello. Un poema antológico es “Mont Saint-Michel”, que parte de una anécdota trivial, el encuentro de un viejo vídeo doméstico. Igualmente merece destacarse ese canto a la amistad y a la música titulado “Schubertiada”.
            El tono más grave del libro, el más emocionante, se encuentra en los dos poemas dedicados al padre. “Una certeza”, se titula el primero, con su comienzo en esos becquerianos espacios “que separan la vigilia del sueño”, o el fantasmal “Claro de luna”, con su superposición de tiempos y de presencias y ausencia.
            Apenas hay página de este libro que no encierre una maravilla. Pocas veces se ha cantado con tanta verdad y con tanta austera belleza, sin levantar la voz, el sucederse de las estaciones, el temblor del cielo estrellado, el escondido canto del ruiseñor o ver amanecer desde la ventanilla de un tren.
            Poesía de madurez esta, poesía de la intrahistoria que no teme la anécdota, poesía de quien sabe ver el universo en un grano de arena, la eternidad en un instante. Y poesía que ama los pequeños detalles exactos, que sabe dar nombre a cada cosa, que no se pierde en vaguedades más o menos metafísicas. Lo mejor de la poesía de siempre en la voz de un poeta de hoy.




jueves, 14 de junio de 2018

José-Carlos Mainer, literatura y más



Periferias de la literatura. De Julio Verne a Luis Buñuel
José-Carlos Mainer
Fórcola. Madrid, 2018.

Conviene decirlo en voz baja, para que no se enfaden mis colegas, pero la mayoría de los trabajos universitarios dedicados a la literatura española contemporánea son de muy escaso interés para el público en general y casi me atrevería a afirmar que para cualquier público. Se trata de escritos de consumo interno que sirven solo para la promoción funcionarial de sus autores. Suelen oscilar entre la erudición menor y las vaguedades teóricas que lo mismo valen para un roto que para un descosido (“posmodernidad”, “pensamiento débil”, “modernidad líquida” y otros conceptos igualmente gaseosos).
            Pero hay excepciones, afortunadamente, y una de las más notables es la de José-Carlos Mainer. En 1974 publicó La Edad de Plata (1902-1936), Ensayo de interpretación de un proceso cultural y toda su obra posterior puede considerarse como un desarrolla de ese título pionero y fascinante. Por primera vez se nos contaban tres décadas de la historia de España, no como un conjunto de acontecimientos aislados, una sucesión de generaciones caricaturizadas en los manuales, sino como un proceso cultural en el que literatura y arquitectura, filosofía y música, pintura y política estaban relacionadas.
            El núcleo central de Periferias de la literatura añade nuevos capítulos a ese inagotable estudio de una de las épocas más fecundas de la historia de España, la llamada Edad de Plata (por contraposición a los siglos de Oro), un membrete que Mainer no inventó, pero que hizo popular.
            Los trabajos que se reúnen en Periferias de la literatura tienen un origen académico y se publicaron primeramente en actas de congresos y en misceláneas de homenaje a algún catedrático. Afortunadamente no se han quedado ahí y el interés de la mayoría de ellos hace que le disculpemos al autor que no haya sido más decidido a la hora de eliminar cierto enojoso andamiaje propio de su destino original (tampoco el prólogo ayuda a ganar nuevos lectores).
            El núcleo del libro lo constituyen la media docena de artículos dedicados a glosar temas y figuras de la Edad de Plata, como ya dije. “De la España negra. Apuntes literarios de una obsesión” busca antecedentes en el reformismo dieciochesco y llega hasta los apuntes carpetovetónicos de Camilo José Cela. “Apuntes para un marco” toma como pretexto al caricaturista Luis Bagaría para hablarnos de la bohemia, de la hermandad de las artes y de muchas cosas más. “La hermandad de las artes” se titula precisamente el capítulo que lleva como subtítulo “Literatura y pintura en el tiempo de Miguel Viladrich”. Al pintor simbolista Miguel Viladrich comienza presentándonoslo en el salón de Carmen de Burgos, Colombine, donde se derraolla una desopilante escena de la que dejó constancia Cansinos Assens en sus memorias.
            De “Nacionalismo y modernidad” se ocupa el capitulo “Alrededor de 1915”. Ahora que tanto se habla –por lo general, para denostarlo– de nacionalismo conviene leer las páginas que Mainer dedica a la nueva formulación del nacionalismo español –convertido en nacionalismo estético– por parte de Asorín.
            A la arquitectura de los años treinta se dedica “Geometría lírica”. Mainer nos descubre sus afinidades con la poesía pura juanramoniana y con el regreso al orden –cita como abanderado a Jean Cocteau– tras los lúdicos disparates de la vanguardia.
            El capítulo inicial, “Para los lectores de Julio Verne”, nos muestra a un Mainer con perfiles inéditos, menos reticente que otras veces a las confidencias autobiográficas. Nos habla aquí de sus primeras lecturas, de su deslumbramiento con Dos años de vacaciones, la primera obra de Verne que leyó. Estas pocas páginas nos permiten imaginar lo interesante que serían, dejadas ya de lado sus servidumbres académicas sus servidumbres académicas, unas memorias intelectuales de José-Carlos Mainer, un investigador cuyo talento estilístico está a la par de los más notables escritores de la genración del 68, que es la suya.
            Menos interés tienen otros trabajos que reúne en este libro, como los dedicados a a la poesía (que nunca ha sido el punto fuerte de Mainer) o el que se dedica a glosar los artículos que se publicaron con motivo de la muerte de Max Aub, una ocupación de principiante, no de un maestro.
            Termino como empecé. Los estudios universitarios de literatura contemporánea por lo general tienen más que ver con pseudociencias como la homeopatía o la astrología que con la ciencia (¡tantas supuestas ediciones críticas llenas de notas que copian definiciones del diccionario de la RAE o de datos accesibles a todos en la Wikipedia!). Hay excepciones, claro está, y Mainer es una de las más notables. Pero cuando reúne sus trabajos –como en esta ocasión– para el público en general, debería ser más audaz a la hora de sacudirse de inanes y tediosas convenciones gremiales.

viernes, 8 de junio de 2018

Berta PIñán, trazos de una vida



Trozos / Cachos
Berta Piñán
Prólogo de Noni Benegas
Saltadera. Oviedo, 2018.

La poesía, si lo es de verdad, se escribe en una lengua, pero puede traducirse a cualquier lengua. En contra del tópico, lo que el poema pierde al traducirse suele ser lo menos importante: los juegos de palabras, el sonsonete de la rima, las alusiones en exceso localistas. Claro que traducir poesía, traducirla de verdad, no hacer un traslado más o menos literal, es tan difícil como escribirla.
            Cuando es el propio poeta el que se traduce –el caso del catalán Joan Margarit, el caso de la asturiana Berta Piñán–, las dificultades son menores y casi podemos hablar de una doble versión original.
            Trozos puede leerse como un libro nuevo, a pesar de que selecciona poemas publicados a lo largo de los últimos treinta años, a los que añade un puñado de impactantes inéditos. El volumen se dirige tanto a los que ya conocen su poesía, como a los que se adentran en ella por primera vez.
            Como todo poeta verdadero, Berta Piñán va creciendo en espiral a partir de unas pocas intuiciones básicas. Su poesía tiene un pie en la vida, en su vida privada y en las calamidades del mundo contemporáneo, y otro en la literatura.
            Uno de sus poemas se titula “A la manera de Szymborska” y otro “Variaciones sobre un poema de Eugénio de Andrade”, pero son más mucho más los homenajes y las variaciones: “Ofrenda” recrea el “Pequeño testamento”, de Miguel d’Ors; “La impostora (Variaciones sobre un mismo tema)”, uno de los más conocidos poemas de Xuan Bello, “Variaciones del mio nome”; “Papel en blanco” parafrasea a Ángel González (“¿Sabes que un papel puede cortar como una navaja? / Simple papel en blanco / una carta no escrita / me hace hoy sangrar”); Víctor Botas y Miguel d’Ors están detrás de “Lectura en la playa o mares de tinta” (la literatura que nos permite ver de otra manera la realidad o que nos la oculta). Y termino este recorrido, que daría mucho juego en un taller de escritura, con el poema “Los límites de un corazón”, que tras una minuciosa enumeración borgiana (“He recorrido los caminos del agua, / de Estambul a Venecia, / la nieve en St. Michel…”) concluye con unos versos de Ana de Noailles: “pero ni un solo paso he dado / fuera de los angostos límites / de tu corazón”.
            Berta Piñán conocer bien la poesía contemporánea, no oculta a sus maestros, como tampoco los ocultaban Garcilaso o Virgilio, pero eso no le resta personalidad, aunque esta se manifieste más claramente en las otras líneas que caracterizan a su poesía.
            Hay por un lado, una línea costumbrista y de recuerdos de infancia que nos remite al mundo rural de su infancia, ya desaparecido para siempre. Poemas como “Eros y Thánatos”, “Herencia”, “Sidra” o “Mitos de familia”. Algunos de estos poemas, como el espléndido “Naranjas”, entremezclan los propios recuerdos con las historias familiares de la guerra o de la emigración. Cuando se escriben en prosa, están, como en Carver, a medio camino entre el relato y el poema.
            Espléndidos resultan los poemas de amor y dolor, los que hablan de presencias y ausencias, que van progresivamente eliminando la anécdota hasta quedarse solo en inteligencia y emoción. Bien conocido resulta el titulado “La casa” (lo citó en uno de sus discursos, cuando era príncipe, el hoy rey de España), pero hay muchos otros igualmente memorables.
            La poesía de Berta Piñán canta y cuenta, celebra y denuncia. Especialmente sensible a los problemas de la inmigración, en el poema “Playa de Tarifa, Cádiz” todo el drama de las pateras es evocado por uns simples zapatos encontrados en la playa. Con no menor emoción leemos “Senegalesa”, “Lección de gramática” o “Un reloj”.
            Poeta de línea clara, experiencial, no rehúye Berta Piñán la anécdota ni los homenajes a otros escritores ni cierto ternurismo, pero con los años parecer ir haciéndose más desnuda, más esencial, más heridora. Un buen ejemplo de ello puede ser “El hueso”, uno de los poemas inéditos.
            Berta Piñán –local y universal, intimista y comprometida, culturalista y cotidiana– escribe en asturiano, una lengua minoritaria, pero su poesía, como toda verdadera poesía, no se dirige solo a los lectores de asturiano, sino a todos los lectores de poesía. Para muchos de ellos, esta antología constituirá una memorable sorpresa.

viernes, 1 de junio de 2018

Historia de un converso



Un vocal español en la Komintern
Óscar Pérez Solís
Edición de Steven Forti
Renacimiento. Sevilla, 2018.

Todo en la vida del asturiano Óscar Pérez Solís (1882-1951) resulta novelesco. Militar de carrera, un recluta le contagia sus simpatías por el anarquismo. Ese recluta tenía un nombre muy literario, Juan Salvador, que es el pseudónimo que, tras la muerte del amigo, utilizará Óscar Pérez en sus primeros escritos políticos.
            Pronto se desengañará del anarquismo y comenzará a ser un activo militante socialista. Ocupa cargos importantes en las agrupaciones de Valladolid y Bilbao; es detenido, mal herido por la policía en el asalto a una Casa del Pueblo; contribuye decisivamente a la escisión que dará origen al Partido Comunista Español. En 1924, asiste en Moscú a una reunión de la Komintern, esto es, de la Internacional Comunista; en 1936 está en Oviedo, donde es detenido por conspirar contra el Frente Popular; liberado poco después, se convierte en uno de los más eficaces colaboradores de Aranda en la ciudad sublevada.
            La estancia en Moscú la contó Óscar Pérez Solís en varias ocasiones. La última, una serie de artículos publicados en El Español, el semanario que dirigía Juan Aparicio, entre noviembre de 1942 y marzo de 1943, cuando las tropas alemanas estaban en Rusia, ayudadas por la División Azul. Esos artículos son los que ahora se reúnen por primera vez en un libro que comenzamos a leer con cierta prevención. Tememos encontrarnos con la encendida soflama antisoviética propia de la época y de quien fue cocinero antes que fraile, comunista antes que fascista.
            Pero de inmediato nos sorprende su moderación. La visión que se ofrece del Moscú de 1924 está muy lejos de las caricaturas de la propaganda, sin que se oculten los aspectos negativos –como no podía ser de otra manera– de la realidad de entonces.
            El editor de estos artículos, Steven Forti, ha tenido la feliz idea de publicar junto a ellos, los escritos durante la visita y aparecidos poco después en La Antorcha, el periódico oficial del comunismo español. El memorialista de 1942, atento matiz y al detalle preciso, es en 1924 un mero propagandista que se entusiasma ante los innumerables logros de la Revolución. Llega incluso a elogiar el régimen de las prisiones rusas: “¡Cómo lo envidiarías, presos españoles, si lo conociérais!” (él conocía las prisiones españolas, pero de las rusas solo sabía lo que le habían contado). Las elogia, pero amenaza con ellas: el puño de hierro del Estado soviético “dispone de unas magníficas cárceles y de una Siberia excelente para los burgueses olvidados de que ‘esto’, lo de ahora, ha matado a ‘aquello’, lo de entonces”.
            En 1924, Pérez Solís se entrevista con todos los que representaban algo en la Rusia del momento. Le acompañaba como intérprete Andrés Nin, trágica y rocambolescamente hecho desaparecer por los rusos durante la guerra civil española.
            De los líderes soviéticos, Bujarin era el de mayor formación intelectual. Mostraba una gran curiosidad por las cosas de España. “¿Qué españoles cultivan la filosofía”, preguntó. Pérez Solís menciona, en primer lugar, a Ortega y Gasset. Pero Bujarin no le tenía por filósofo, sino “por un excelente escritor que conoce y traduce muy bien la filosofía alemana”. Tampoco valoraba mucho al decadente Unamuno, cuyo pensamiento correspondería a la decrepitud de una burguesía “envejecida antes de llegar a su madurez social”.
            La figura más admirada es la de Leon Troski, “al que dudo que haya igualado nadie en el campo bolchevique”. Si no hubiera abandonado el comunismo en 1928, Pérez Solís habría corrido muy probablemente la misma suerte que su amigo Andrés Nin. De hecho, él mismo cuenta que en Bilbao llegó a conocérsele como “el Troski de las Siete Calles”, que era donde él tenía un cuarto en el que consolaba sus horas de hambre “con los delirios comunistas”.
            Peor parado, como no podía ser de otra manera, sale Stalin, quien le recibió afablemente en su gabinete de trabajo, nada ostentoso, pero que enseguida perdió su amabilidad.  A Pérez Solís le acompañaba su intérprete habitual, a quien achaca el repentino cambio de humor del dirigente: “La culpa era de Nin, que hacía con mis preguntas en castellano, al traducirlas al ruso, lo que le daba la gana. Menos mal que la iracunda mirada de Stalin, después de rebotar en los lentes de Nin, vino hacia mí con cierta suavidad, en las que sospeché que no faltaba su poquito de lástima, como si Stalin comprendiera que no era del todo mía la culpa de haberme metido en aquellos berenjenales”. Quizá el odio de Stalin hacia Nin, que culminaría en su asesinato, comenzó entonces.
            Encarcelado en Monjuic tras su regreso a España, Perez Solís recibe la reiterada visita del padre Gafo, también asturiano, una de las principales figuras del sindicalismo católico. Cansado de la mala vida que había llevado por sus actividades políticas, recuperó la fe católica, renunció públicamente a sus ideas comunistas y aceptó un puesto bien remunerado en la Compañía Arrendataria del Monopolio del Petroleo (la CAMPSA), recién creada por Primo de Rivera. Su deriva fascista se iría acentuando progresivamente: intervino en la fundación de Falange, fue a Oviedo a preparar al sublevación militar, ocupó diversos cargos durante el franquismo. Pero no se convirtió nunca, como tantos, en un feroz perseguidor de los que habían sido sus compañeros. Todo lo contrario, los ayudó en lo que pudo y, en 1942, fue capaz de darnos una impresión de la Rusia que había visto en 1924, muy alejada de la siniestra imagen que esperarían sus lectores. No duda en subrayar la honestidad de la mayoría de los líderes comunistas y la modestia con que vivían.
            En 1931, contó su vida en Memorias de mi amigo Óscar Perea, un libro que, como la mayor parte de las autobiografías, vale tanto por lo que cuenta como por lo que calla, y que merecía una reedición. Óscar Pérez Solís no fue nunca un comunista ni un anticomunista de manual.  Hubo en su vida dos encuentros providenciales, el del recluta Juan Salvador, que le hizo rebelarse contra las injusticias del mundo, y el de José Gafo –asesinado en 1936, beatificado por Benedicto XVI–, que le devolvíó el consuelo del otro mundo. Un hombre que siempre quiso ser fiel a sí mismo y que estaba, como su época, como quizá todos los hombres y todas las épocas, lleno de claroscuros.

viernes, 25 de mayo de 2018

Luis Alberto de Cuenca y su cuaderno de todo.



Bloc de otoño
Luis Alberto de Cuenca
Madrid. Visor, 2018.

Los principios y los finales se parecen. Los aprendices de poetas no escriben libros de poemas, sino poemas, muchos poemas, y por lo general sin título. Cuenta Félix de Azúa que la primera vez que visitó a Aleixandre, siguiendo el ritual de tantos otros poetas jóvenes, le mostró una carpeta con más de trescientos poemas inéditos: “Aleixandre, en lugar de despedirme, que parecía lo sensato, tuvo la paciencia de insinuar que le llevara una selección más rigurosa. Y así, tras una criba trágica, me quedé en veinticuatro poemas que aparecieron tras el pintoresco título de Cepo para nutria”.
            A partir de cierta edad, los poetas tienden a prescindir de cualquier criba, trágica o no, y publican todo lo que escriben sin preocuparse de darles una unidad, más o menos artificiosa, al conjunto. Los títulos de los últimos libros de Luis Alberto de Cuenca, Cuaderno de verano y Bloc de otoño, indican bien este carácter facticio, acumulativo del conjunto.
            ¿Habría ganado Bloc de otoño con una cierta poda? No parece que haya muchas dudas. Pero el autor ha preferido que la hagan los lectores, a los que invita a leer anárquicamente, abriendo por cualquier página, “que es como deben leerse los libros de poesía que se precien de serlo”.
            En Bloc de otoño, que también podría haberse titulado Variaciones y reincidencias, como la poesía completa de Javier Salvago, está todo Luis Alberto de Cuenca, el mejor y el peor, el que fascina a lectores de cualquier edad y condición y el que condesciende en exceso a la facilidad y a la anécdota.
            Todo no, queda fuera el rebuscado culturalismo de los primeros tiempos, el poeta anterior a La caja de plata, que gustaba de cultivar un “trovar clus” solo para iniciados. Ahora se ha pasado al extremo contrario: “Lo mismo que la miel, nada más degustarla / nos endulza la boca, los poemas se escriben / para que, de primeras, se entiendan. Deben ser / claros. Si no lo son, serán como el discurso / que un mudo endilga a un sordo”.
            Habría que recordarle una de las glosas de Eugenio d’Ors, titulada precisamente “Claridad y facilidad”: “No me cansaré de no confundir estas nociones, atribuyendo siempre claridad a lo fácil y oscuridad a lo difícil; cuando lo más frecuente es el caso contrario. Las abstracciones matemáticas son más difíciles que las observaciones biológicas. Y, sin embargo, más claras que ellas”.
            Bloc de otoño se estructura en cinco partes, que parecen tener una unidad (llevan título), pero que solo agrupan los poemas por año de escritura. Aunque entremezcladas, hay varias secciones en el libro. Por un lado, están los poemas cuyo título comienza con “Sueño de…”, que pueden corresponderse o no con un sueño real, y que continúan uno de los tonos más característicos de Luis Alberto de Cuenca. Muchos de ellos podrían formar parte de la mejor antología del relato fantástico.
            Otra abundante sección del libro está formada por las variaciones de otros poetas, casi todos clásicos griegos y latinos. De uno de los más conocidos poemas de Catulo (“Me preguntas, Lesbia, cuántos besos tuyos / bastarían a saciarme”) nos ofrece una versión que cambia el nombre de la amada por el de Carmilla, el famoso personaje de Sheridan Le Fanu: “Me preguntas, Carmilla, cuántos besos / tuyo me saciarían esta noche / de la razón en que las criaturas / lovecrafianas han tomado el mando / y no se mueve nadie sin permiso. / Y te respondo que con uno solo / con dientes (no con lengua) que horadase / mi yugular tendría suficiente. / No quiero seguir vivo en este mundo / donde no hay más que idiotas y tarados / que han prohibido los mitos y los héroes”.
            Junto a las glosas clásicas, hay también alguna variación de poemas chinos (“Los veteranos del emperador”, de Li Bai), en ocasiones sin indicarlo, como en el caso de “Tristeza verdadera”, que recrea un poema de Sin K’i-Tsi: “De joven no conocía el gusto / de la melancolía”.
            Otro poema, “La visita de Bárbola”, recrea una de los más conocidos romancillos de Góngora (“Hermana Marica, / mañana que es fiesta, / no irás tú a la miga / ni iré yo a la escuela”), convirtiéndolo en una de sus habituales estampas oníricas: “Perdona, Dios mío, / las bellaquerías / que hicimos yo y ella / cuando estaba viva. / Sé bueno, Señor, / borra de mi vista / la espantosa imagen / que se me echa encima. / Haz que me despierte / de esta pesadilla”.
            Todo Luis Alberto de Cuenca, como ya dije, y totum revolutum, está en este libro. Hay bien humorados poemas a los hijos y otros en los que no le importa incurrir en el sentimentalismo (“Palabras para Inés y Álvaro”). Abundan las ensoñaciones eróticas, el recrearse en la belleza que perdimos un instante y que vuelve una y otra vez a nuestros sueños y a nuestras pesadillas, y no faltan las gotas de misoginia: odio et amo.
            Recuerdos de infancia (“Deseo de ser detective”), homenajes a escritores (“Elogio de Michel Houellebecq”), junto a prosaísmos varios, casi de banal columna periodística: “Escribí alguna vez que la Kammermusik / de Brahms era uno de esos pináculos de arte / que no deben faltar en las más exclusivas / colecciones de música de siempre” (claro que peor es cuando se siente “rodeado / de corrección política y de buenismo estúpido / y de redes sociales que hacen de este planeta / un lugar invivible”). Esta disonante variedad resulta deliberada: “Ha llegado el momento de hacer versos / con todo y sobre todo”, escribe al comienzo de uno de sus poemas.
            Al final, no importa que en Bloc de otoño sobren algunas páginas. Quizá sea mejor así: es un placer añadido que se nos permita rebuscar entre los revueltos papeles del poeta hasta dar con unos versos que nos hacen sonreír, emocionarnos, asombrarnos, que se nos quedan en la memoria para siempre.
           

miércoles, 16 de mayo de 2018

Manuel Neila, ética y estética


J

El juego del hombre
Manuel Neila
Renacimiento. Sevilla, 2018.

El auge actual del aforismo entre los escritores españoles debe mucho a la figura de Manuel Neila. Poeta, traductor, ensayista, le ha dedicado al género importantes estudios, recogidos en el volumen La levedad y la gracia, y diversas antologías; además ha editado o reeditado a los principales aforistas en la colección “A la mínima”, que se publica bajo su dirección.
            Es también Manuel Neila un destacado cultivador del género. A sus Pensamientos de intemperie (1912) y a sus Pensamientos desmandados (1915), añade ahora una nueva serie, Pensamientos del malestar, y con ella completa la trilogía que ha titulado El juego del hombre y subtitulado “Discordancias”.
            Manuel Neila, como aforista, descree del ingenio y desdeña la ocurrencia fácil (“No hay tonto más molesto que el ingenioso”, afirma citando a La Rouchefoucauld), aunque a veces –algo que parece inevitable después de Gómez de la Serna– incurre en la greguería: “Hay erratas y erratas. Las últimas deberían escribirse con hache”.
            Conoce bien, y alude a ellos con frecuencia, a los maestros del género, especialmente a los moralistas franceses y a autores como Lichtenberg o Nietzsche, de quien procede el título, “El caminante y su sombra”, de la serie dialogada dispersa por los diversos capítulos de El juego del hombre.
            Aunque a menudo toca temas filosóficos, su especialidad es la crítica de la sociedad contemporánea. La sociedad de masas, la sociedad del capitalismo avanzado encuentra en él uno de sus más radicales detractores. A veces esa crítica se concreta en  el mundo literario, en el que, como él mismo diría, no deja títere con cabeza, aunque sin citar nombres. Los que podríamos llamar metaaforismos, o aforismos sobre el propio aforismo, son también abundantes.
            Llama la atención, en un estilo un tanto arcaizante, el abundante uso de las interjecciones, que lleva a un cierto amaneramiento. Cito algunos ejemplos: “Los mediocres de la clase media atribuyen sus errores a la debilidad de la condición humana… Y ¡hala!, a seguir errando”, “A los cuarenta años, la vida nos parece una tragedia de Esquilo. A los sesenta, una tragedia de Sófocles. Y a los ochenta… A los ochenta, ¡ay!, posiblemente nos parezca una comedia bufa de autor desconocido”, “(Más éiica y menos cosmética). Lo contrario, ¡helas!, es el camino hacia la servidumbre voluntaria. Y, ¡hace!, todos contentos”. Como “jacarandosos” califica a los artistas de la sociedad “lúdico-masiva”.
            Los moralistas franceses, en contra de lo que parece indicar la expresión con la que se los conoce, no se dedicaban a moralizar, sino a reflexionar sobre las costumbres de la sociedad de su tiempo. Como ha escrito Carlos Pujol, “es dudoso que sean edificantes, más bien tienden a cierto cinismo desengañado y de buen tono”. Manuel Neila, por el contrario, adopta con frecuencia un aire de predicador. La literatura contemporánea, repite a menudo con distintas palabras, ha renunciado a ser arte para convertirse en entretenimiento. ¿Pero es ese es rasgo de la literatura contemporánea o de la literatura de cualquier tiempo? En los años veinte no solo publicaban novelas Gabriel Miró o Benjamín Jarnés; los más vendidos eran Pedro Mata o El Caballero Audaz.
            Al criticar al mundo actual, incurre Manuel Neila en la falacia, bastante común, de compararlo con un imaginario pasado que no ha existido nunca. Un ejemplo: “A decir verdad, el vicio más extendido durante los últimos años, y del que menos se habla, es el vicio supremo de la vulgaridad”. Una frase cierta, pero que ya era cierta en tiempos de los romanos (releamos a Juvenal o a Horacio) y me imagino que también en el antiguo Egipto.
            Aunque resulte difícil definir el género, parece claro que no todos los textos que Manuel Neila incluye en El juego del hombre –título un tanto “vintage”: hoy tendemos a no utilizar “hombre” para referirnos al hombre y a la mujer– pueden considerarse tales. Es el caso de las notas dedicadas a Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado o Gabriel Insausti, que más bien parecen borradores para la solapa de alguno de sus libros. Y aunque en el “Glosario del descreído” que figura como apéndice, los términos se definen como en un diccionario (“Azar: Una de las pocas eventualidades que podemos dar por seguras”), resulta dudoso que se pueda considerar como aforismo personal una definición que parece tomada de la Wikipedia: “El término ‘empatía” (del griego ‘empathés”, ‘emocionado’) es la capacidad cognitiva de percibir lo que otro individuo puede sentir. También es un sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra”.
            Solemnizar lo obvio es uno de los riesgos que acechan al Manuel Neila aforista; otro, un cierto tono moralista. Acierta cuando abandona la crítica de brocha gorda –sus discordancias son a veces muy concordantes con las de ciertos telepredicadores– y se deja llevar por el humor (“Cualquier político sabe que a la masa hay que agitarla antes de usarla”) y la poesía, las dos armas favoritas de la inteligencia: “Relámpago verbal, el aforismo vuelve visible la noche y audible el silencio”.

sábado, 12 de mayo de 2018

Noche y niebla



La extraña retaguardia
Fernando Castillo
Fórcola. Madrid, 2018.

¿Queda algo por decir del Madrid de la guerra? Docenas y docenas de libros se han dedicado a glosar el heroísmo y la barbarie de aquellos años. Primero fueron las memorias, más o menos noveladas, de los escritores del bando nacional que buscaron refugio en las embajadas (Una isla en el mar rojo, de Fernández Flórez, puede servir de ejemplo); luego llegarían los testimonios del otro lado y los estudios, no siempre más imparciales, de los historiadores.
            Creemos saberlo todo sobre ese Madrid, pero las más de quinientas páginas que Fernando Castillo le dedica (con alguna incursión a Valencia y Barcelona) en La extraña retaguardia  nos demuestran lo equivocado que estábamos. El subtítulo explicita su punto de vista, “Personajes de una ciudad oscura”, y también que el período abarcado llega más allá de los años de la guerra civil hasta incluir el tiempo no menos sombrío en que transcurre La colmena: “Madrid 1936-1943”.
            Fernando Castillo, que no es historiador de profesión, ha sentido desde siempre una especial fascinación hacia el París ocupado por los alemanes, al que ha dedicado dos libros ejemplares: Noche y niebla en el París ocupado. Traficantes, espías y mercado negro (2012) y París-Modiano (2015), que se refiere también de los años posteriores, como indica el subtítulo: “De la Ocupación a Mayo del 68”.
            El modelo de esos libros es el que quiere aplicar a Madrid en este nuevo volumen. No le interesan los grandes personajes históricos, bien conocidos, sino las figuras menores y las zonas de sombra, los agentes provocadores que se mueven entre un bando y otro, entre el hampa y la legalidad.
            La extraña retaguardia se lee como una novela de novelas, esbozadas unas, más desarrolladas otras, como una novela plural y de no ficción donde casi nada es lo que parece.  El comienzo ya nos indica el tono literario que se quiere dar al conjunto: “Amanecía el viernes 17 de julio, espléndido y luminoso, con el fresco olor de la pinada de la Sierra antes de que lo agostase el calor. Desde el Guadarrama, en el Alto del León, Castilla, como salida de un óleo de Darío de Regoyos o de Díaz Caneja, parecía una alfombra amarilla con algunos manchones marrones y verdes, bajo un cielo azul límpido”. Antonio de Goicochea, dirigente del partido monárquico Acción Nacional, avisado de lo que se avecinaba, sale de Madrid en un coche que conduce su chófer y guardaespaldas, Alfonso López de Letona, que será uno de los protagonistas del libro. En el índice de personajes que se incluye al final se sintetiza su trayectoria: señorito de buena familia, delincuente de tres al cuarto que acabó en la Legión, militante monárquico durante la República, agente de los Servicios Especiales y delator en el Madrid de la guerra civil. Un personaje de novela de Patrick Modiano, tan admirado por Fernando Castillo, como tantos otros que se entrecruzan en las páginas del libro: Cándida del Castillo, madre del novelista francés Michel del Castillo: David Vázquez Baldominos, responsable del contraespionaje y de las relaciones y de las relaciones con los agentes soviéticos de Alexander Orlov, que participó en todas las actividades de la guerra sucia contra anarquistas y trotskistas; Francisco Cachero, falso cónsul de Finlandia, que se enriqueció ofreciendo refugio en pisos que solo aparentemente estaban bajo la protección diplomática; Alberto Castillo Olavarría, “equívoco y ubícuo”...
            Fernando Castillo nos lleva al cambiante Madrid de aquellos años –nada tiene que ver la euforia y el terror revolucionarios de los primeros meses con el sacrificado heroísmo de después ni con la traición final–, apoyándose tanto en la documentación histórica como en la literatura, si menos fiel en los hechos notariales más útil para revivir ambientes y recrear la vida cotidiana de entonces.
            Pero no es un historiador profesional, y eso se hace notar en algún punto. Su tratamiento de las matanzas de Paracuellos resulta algo simplificador. Mucho se han discutido esos hechos, que siguen llenos de puntos oscuros, pero para él todo está claro, meridianamente claro: el principal culpable es Segundo Serrano Poncela, a sus 24 años recién nombrado Director General de Seguridad cuando comenzaron los traslados que acabaron en masacre, y luego convertido en uno de los más destacados narradores y ensayistas literarios del exilio republicano. Incluso nos lo llega a presentar presenciando algunos de los desmanes de la policía republicana como un malvado de película: “Imaginamos a Serrano Poncela durante el asalto, tenso, con sus rasgos afilados y la expresión sombría por la preocupación, un aspecto que acentuaban la cazadora de cuero negro, el pelo oscuro, su delgadez y unas cejas negras y pobladas. Un aire que recuerda al del actor rumano Béla Lugosi”.
            Pero esto es literatura, solo literatura. Los hechos: el 6 de noviembre, cuando parece que los sublevados están a punto de ocupar la capital, el gobierno de la República abandona Madrid con destino a Valencia, dejando la ciudad a cargo de una Junta de Defensa encabezada por el general Miaja. De la Consejería de Orden Público se ocupa un jovencísimo Santiago Carrillo, quien nombra a Serrano Poncela director de Seguridad, encargado de las prisiones. Los miles de prisioneros que llenan las cárceles, a pocos pasos de donde se combate, pueden ser liberados en cualquier momento y engrosar las filas de los rebeldes; se decide su traslado a un lugar más seguro. Muchos de esos traslados, en lugar de acabar en Chinchilla o en Alcalá de Henares, acabaron en un descampado y en una ejecución masiva. Varias de las autorizaciones para salir de la cárcel llevan la firma de Serrano Poncela. ¿Organizó él esas masacres? A nadie, salvo a Fernando Castillo, se le ha ocurrido afirmar algo semejante. ¿Estaba al tanto del destino final de aquellos presos? Probablemente, al principio no, pero acabaría enterándose, como su jefe directo, Santiago Carrillo. ¿Pudieron hacer algo para impedirlo? Serrano Poncela, que pronto dimitió o fue cesado y que no tardaría en distanciarse de los comunistas, seguro que no, a pesar de que Fernando Castillo le convierte en el malo de la película; Santiago Carrillo, muy probablemente sí. Lo que parece claro es que ninguno de ellos –sobre los que recayó la más complicada tarea en el peor momento– estuvo en el diseño de esa siniestra operación (muy en la lógica soviética: Alexander Orlov, que luego se pasó a Occidente, tendría bastante que decir).
            No disminuyen estas discrepancias –inevitables cuando se trata de la guerra civil– el interés de La extraña retaguardia, otra vuelta de tuerca sobre un tiempo sombrío que parece tardar más que ningún otro en convertirse definitivamente en historia, en dejar de gravitar sobre el presente.



viernes, 4 de mayo de 2018

Raíces y alas



Aforismos e ideas líricas
Juan Ramón Jiménez
Edición de José Luis Morante
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2018.

“Es muy frecuente –casi la regla– que el poeta eche a perder su obra al corregirla”, escribió Antonio Machado en el prólogo a sus Páginas escogidas. En contra de lo que suele pensarse, Juan Ramón Jiménez no fue una excepción a esa regla, especialmente en sus últimos años.
            Llegó incluso a tomar la decisión de publicar todos sus versos como si fueran prosa (Antonio Sánchez Romeralo, en el volumen Leyenda, llevó a cabo ese disparate), argumentando que el poema se dirige a los oídos, no a los ojos, y que por eso resultaba artificiosa la disposición gráfica habitual. Ignoraba –como los malos recitadores– la importancia de la pausa versal para la música del texto, para que el verso sea verso. Afortunadamente, los editores modernos no tuvieron en cuenta esa última decisión del autor.
            La obra en prosa de Juan Ramón Jiménez es tan variada y extensa como su obra en verso, pero menos conocida –salvo el caso de Platero y yo– porque aunque la publicó abundantemente en revistas y diarios, apenas la reunió en volumen. Al título que le hizo popular, Platero y yo,solo se le añaden las caricaturas líricas de Españoles de tres mundos.
            Mucha de la obra en prosa de Juan Ramón Jiménez está formada por aforismos, un género que comenzó a cultivar muy joven y al que siguió fiel durante toda su vida. ¿Cuántos llegó a escribir? Alguna vez se refirió a veinte mil; uno de sus editores, Juan Varo Zafra, habla de doce mil; los que se conocen, y no parece que queden muchos por descubrir, no pasan de cinco mil. No todos tienen la misma calidad, los hay que no pasan de notas inanes, apuntes circunstanciales, simples desahogos.
            Se impone por eso, tras la reconstrucción que Antonio Sánchez Romeralo hizo de Ideología, el volumen en que Juan Ramón Jiménez pensaba reunir sus aforismos, publicar una selección que separe el grano de la paja, lo que interesa solo a los estudiosos de lo que sigue siendo válido para cualquier lector.
            Contamos ya con dos excelentes antologías: Aforismos, preparada por Andrés Trapiello, y Río arriba, a cargo de Juan Varo Zafra. Ambos deciden no tener en cuenta las divisiones y subdivisiones que, siguiendo las indicaciones del poeta, aparecen en Ideología. Andrés Trapiello tiene la honestidad de confesar en su prólogo la razón: “Pese a la utilidad del trabajo de Sánchez Romeralo y su esfuerzo por respetar el propósito del poeta, no siempre he comprendido la babélica arquitectura filológica o crítica en que están compartimentados”.
            José Luis Morante tampoco la ha comprendido, pero no se atreve a prescindir de ella y el resultado es un volumen, Aforismos e ideas líricas, no precisamente ejemplar: el editor emborrona y añade confusión.
            Excelente poeta, infatigable estudioso y divulgador de la poesía actual, José Luis Morante no parece especialista en la obra de Juan Ramón Jiménez. Solo así se explica su indicación de que “en vida” escribió únicamente tres libros en prosa: Platero y yo, Españoles de tres mundos y Espacio. ¿Quiere eso decir que sus otros libros en prosa los escribió después de muerto? Y Espacio no es un libro en prosa, sino un largo poema, que primero se publicó en verso (revista Poesía española, 28, abril de 1954, pp. 1-11) y que luego el poeta decidió poner en prosa, pero que naturalmente siempre incluyó entre su poesía –vease la Tercera antología poética–, no entre su prosa.
            El lenguaje rebuscado de la “Nota a la edición” parece reflejo de la confusión conceptual del editor: “Juan Ramón Jiménez, en sus aforismos publicados e inéditos, empleó asertos concretos que daban autonomía y singularidad a cada escrito, aunque esta norma no se cumple siempre y hay aforismos que no llevan título”. En román paladino: unos aforismos llevan título y otros no.
            Lo incompleto del índice se justifica de esta manera: “Recordando que ‘Arte es quitar lo que sobra’ en el índice de este libro solo figuran los seis libros integrados y la relación paginada de los apartados seleccionados”.
            José Luis Morante no ha leído bien el prólogo de la edición que toma como referencia. Cada uno de los libros que componen Ideología consta de dos partes: una con lo publicado por el poeta y otra con el material inédito, y cada una de esas partes a su vez se subdivide en diversas secciones. Morante las señala en el índice en el primer caso, pero no cuando se trata del material inédito.
            No hay así manera de que el lector se aclare del galimatías que constituye su edición, en la que se entremezclan diversas numeraciones que no sabemos muy bien a qué corresponden. Contribuye al caos el que se emplee el mismo tipo y tamaño de letra para indicar los títulos de los diferentes “libros”, de las diversas secciones, de las subsecciones e incluso de los aforismos.
            No se aclara el lector y no se aclara tampoco el editor. Por eso señala en el índice “Muy lento” como título de la parte quinta del libro tercero, pero es solo un aforismo de la parte anterior que lleva el número 5 (la sección 5 se titula “El color del mundo” y de ella no se selecciona ningún texto).
            A cualquiera que haya hojeado este volumen, le parece una burla lo que indica la “Nota a la edición”: “Se han suprimido los números cardinales que a mi entender fragmentaban el diálogo lector. Creo que el conjunto aforístico es un todo unitario ya que participa de un trasvase incesante de asuntos y vivencias”.
            Pero esos números cardinales, escritos en caracteres diminutos en el margen izquierdo de la página, no son del autor de los aforismos, sino del editor, Sánchez Romeralo: no hace falta justificar que no se empleen.
            Y si el conjunto aforístico “es un todo unitario”, ¿a qué ese llenar de números que no se sabe muy bien a qué vienen cada página? Abrimos una al azar, la 80, y nos encontramos con los siguientes cifras separando los textos (y en este orden): 15, 4, 5, 8, 16, 4.
            El índice –que debe ser como el mapa que guía al lector– no nos aclara nada: esos aforismos –de ahí el caos de la numeración– forman parte de diversas secciones o subsecciones que no figuran en él.
            En resumen: el estudioso de la obra juanramoniana, que vaya a la edición de Sánchez Romeralo; el curioso lector, el interesado en los aforismos, que busque Río arriba o la antología preparada por Andrés Trapiello, a la espera de una edición revisada, muy cuidadosamente revisada, de Aforismos e ideas líricas. Editar es ciencia y arte, requiere ideas claras, gusto e inteligencia. Raíces y alas.