sábado, 24 de septiembre de 2016

Antonio Cabrera, pensar con los sentidos


El desapercibido
Antonio Cabrera
Pepitas de calabaza. Logroño, 2016.

Decían sus discípulos –los otros heterónimos pessoanos– que Alberto Caeiro era “el único poeta de la naturaleza”. Antonio Cabrera, no es el único, pero sí uno de los pocos que en la actual poesía española sabe mirar y ver en su verdad el mundo natural, los árboles, las aves, los insectos.
            El desapercibido –todavía hay gramáticos que censuran esa palabra y consideran solo correcta “inadvertido”, ya que no tiene que ver con “percibir”, sino con “apercibir”– es un conjunto de prosas breves que complementan su libro de poemas Corteza de abedul, aparecido este mismo año.
            Las reflexiones más abstractas de Antonio Cabrera pueden resultarnos a veces demasiado vagas o discutibles. Un ejemplo: “La poesía no conoce la realidad, entre otras cosas porque la realidad no necesita ser conocida por la poesía; ese es el trabajo encomendado a la ciencia”. Pero es bien sabido que la ciencia no se ocupa de lo particular, sino de lo general y que en un mundo donde solo existiera la ciencia, y no el arte ni la literatura, sería un mundo con amplias zonas ciegas, del que ignoraríamos casi todo lo que más nos importa.
            Un texto como “Libélula” sirve para ejemplificar lo mejor de este libro. Comienza de manera costumbrista. Una gran libélula –un anax imperator– entra en una tienda de ropa y asusta a dependientas y clientas: “El pobre bicho, más desconcertado que ellas, chocaba contra el cristal del escaparate. Me introduje allí y me fue fácil atraparlo con las manos. Su tamaño ocupaba entera una de mis palmas. En el abdomen recto y muy largo se combinaban el verde esmeralda, el azul cielo y unos toques de negro y blanco, todo ello según una geometría de bandas alternas, y a continuación pequeños paneles cuadrangulares en el tórax. Verdosos, los enormes ojos facetados”. El monstruo que asusta a las mujeres, el “pobre bicho” asustado es, para quien lo sabe mirar, un fascinante objeto estético: “Lo mejor eran sus cuatro alas, rígidas, como de papel transparente y quebradizo sobre el que se hubiera asperjado purpurina plateada. Unas alas casi cursis si no fueran producto de la evolución, esto es, de la realidad más pura, que en su estética nunca se equivoca”. Al final de esas pocas líneas, que nos ayudan, como la mejor literatura, a ver el mundo de otra manera, el autor sale a la calle y deja que la hermosa prisionera vuele libre “dentro del mediodía de mayo”.
            Antonio Cabrera es autor de Tierra en el cielo, un conjunto de haikus ornitológicas que en su precisión y en su variedad apenas si tienen parangón en nuestra literatura, o en cualquier otra literatura. Al petirrojo (erithacus rubecula), lo describe así: “El rojo otoño. / Cascabel de noviembre / sobre un almendro”. Y al azor (accipiter gentilis): “Súbitamente / aparece lo oculto. / Belleza o rabia”.
            En relación con esos haikus están algunas de las más sugerentes prosas de El desapercibido. Por ejemplo, “Ya canta el mirlo”, esa criatura “inteligente y a la vez proclive a la torpeza”, cuya belleza esquiva ha dado lugar a tanta literatura: “En el orto brumoso de la campiña inglesa lo escuchó Ted Hughes. Y en el atardecer gris plata de Cracovia ha despertado la compasión de Zagajewski”.
            “Lo que puedo decir de las oropéndolas” se titula otro de los brevísimos capítulos. Lo que puede decir de ellas no es nada que haya aprendido en los libros, sino el resultado de observarlas durante años. Su nombre –tan sonoro– las ha llevado a muchos poemas modernistas (aunque a veces los poetas supieran tanto de ellas como Villaespesa de los nenúfares si hemos de hacer caso a Unamuno). Fuera del poema, nos dirá Antonio Cabrera, no son nada melifluos ni blandengues: “Pocos pájaros hay tan pendencieros, tan malhumorados y retadores”. La oropéndola es fácil de oír, pero difícil de ver: no toleran la cercanía humana, no soportan nuestra mirada. Pero la paciencia tiene su recompensa y una vez el autor pudo admirar de cerca a un macho adulto: “Se había posado de súbito sobre una rama de adelfa en flor. Ante mí, aquella combinación inimaginable de colores: verde mate, fucsia intenso, amarillo fortísimo y negro azabache. Fue un exceso, pero un exceso hermoso porque era real. La oropéndola huyó enseguida llevándose la mitad de los colores. Quedó oscilando la rama de adelfa, con su verde y fucsia indiferentes, vívidos”.
            Con Antonio Cabrera aprendemos a mirar los insectos, las aves, y también los cambiantes colores de la naturaleza. En “Vides de bobal” nos habla del color rebajado, “para no llegar a sanguíneo”, de una vides en cuya modestia campesina “casa más la herrumbre que el carmín”; “Pequeño encomio del granate” es uno de los más precisos elogios de un color que hayamos leído.
            Del tacto, del silencio de la noche, del olor del cuero se habla también en este libro, lleno de pasajes memorables (no faltan tampoco unas ingeniosas “greguerías de agosto”), que nos enseña a ver aquello a lo que habitualmente no prestamos atención, a reflexionar sobre todo lo que damos por supuesto y a apagar de vez en cuando el pensamiento para que la realidad externa brille en todo su esplendor.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Ángeles Caso, arte y vidas de mujer


Ángeles Caso
Ellas mismas. Autorretratos de pintoras
Libros de la Letra Azul. Oviedo, 2016.

Abundan los libros de arte que están hechos para mirar, no para leer. Ellas mismas, de Ángeles Caso, es además de un hermoso objeto, fruto de un micromecenazgo que vino a corregir la desidia editorial, una obra de tesis, una minuciosa colección de vidas y un didáctico compendio de la historia del arte.
            La tesis de Ángeles Caso resulta clara y es expuesta con reiterada contundencia. Si hay tan pocos cuadros pintados por mujeres en los grandes museos, si escasean sus nombres en los manuales, no es solo por su dificultad para acceder a los oficios artísticos, sino porque, en muchos casos, hubo una conjura androcéntrica para condenarlas a la oscuridad.
            No importa que unas pocas, como es el caso de Artemisia Gentileschi, tuvieran éxito en vida: “Nada de todo eso impidió, una vez más, que su nombre fuera olvidado y su obra se perdiese, confundida a menudo con la de su padre, a pesar de no parecerse nada como pintores”.
            Abundan los finales de capítulo en la misma línea: “Pero ni la fama ni el talento que conoció en vida –leemos al final de su semblanza de Anna Dorothea Therbusch–, lograron impedir que, tras su muerte, pasase a engrosar el sombrío e injusto limbo de las pintoras inexistentes”.
            La pintora veneciana Rosalba Carriera constituye casi la única excepción: “Dejó tras de sí una obra ingente, en la que recogió la imagen de buena parte de los europeos más conocidos en la primera mitad del siglo XVIII. Dejó también sus afortunadas innovaciones en asuntos de técnica y soportes. Y una fama que ni siquiera la historiografía más radicalmente androcéntrica ha podido negar, de tan grande que fue”.
            A veces, lo que este libro tiene de panfleto reivindicativo rechina un poco: no solo hay pintoras olvidadas, también hay cientos de pintores que pasaron de la fama al olvido o que nunca alcanzaron la fama que merecen y se cubren de polvo en los almacenes de los museos o sus cuadros son atribuidos a otros nombres más reconocidos.
            Pero ese posible exceso, explicable por otra parte, no importa demasiado. Ángeles Caso, antes que una justiciera feminista (lo que no es nada negativo, sino todo lo contrario), es una buena conocedora de la historia del arte y una excepcional escritora. Sus textos valen por sí mismos, no son mero soporte informativo de esta deslumbrante galería de rostros de mujer.
            De algunas pintoras se sabe poco y las líneas de Ángeles Caso se dedican a glosar su autorretrato (lo hace sin incurrir en vaguedades pseudopoéticas, muy atenta a los detalles y a los símbolos iconográficos), pero de otras la vida es tan interesante como la obra. Es el caso de Lois Mailou Jones –que a la marginación como mujer añadió la de ser afroamericana– o de Charlotte Salomon, que vio convertido el cuento de hadas de su vida en un cuento de terror con la aparición del nazismo.
            Hasta llegar al siglo XX, da la impresión de que Ángeles Caso no tiene que dejar fuera a ningún nombre de interés, pero en los capítulos finales su selección se vuelve más caprichosa. No sabemos muy bien por qué aparece Pilar Montaner y, sin embargo, por seguir con pintoras españolas, Maruja Mallo o Remedios Varo son únicamente mencionadas (aunque hay que tener en cuenta que el libro trata de los autorretratos de las pintoras, no de su obra en general).
            Los capítulos finales se ocupan de las fotógrafas y aquí sí que el gusto personal de la autora tiene amplio campo para manifestarse. Los nombres conocidos, aunque quizá no demasiado (hablamos de fotografía y de mujeres) alternan con otros más insólitos. Las pocas líneas dedicadas a Eveleen Myers son casi un cuento de fantasmas y la historia de Lee Miller, que cierra el libro, tiene todos los ingredientes de un melodrama (incluso con abusos sexuales en la infancia) que fuera también una novela de aventuras. Pero el autorretrato más impactante de estas páginas finales (sin desdeñar la superposición mujer y gato de Wanda Wulz) es el de Frances Benjamin Johnston, la primera gran profesional de la fotografía, con su contundente afirmación de que una mujer, para ser hermosa, no necesita parecerse a las convencionales y reduccionistas imágenes de la feminidad.
            Algo de panfleto reivindicativo, ya lo hemos dicho, tiene este acercamiento a loa autorretratos femeninos y también puede servir como ejemplo de un modo de hacer colaborativo muy acorde con los nuevos modos de entender la política cultural, pero antes que eso (o además de eso) es literatura, excelente literatura con mucha erudición detrás, que nos acerca un puñado de obras de arte que, en su mayor parte, desconocíamos por completo. Muchas de ellas se incluirán a partir de ahora entre las piezas maestras de nuestra colección particular.

sábado, 10 de septiembre de 2016

José Corredor-Matheos, corredor de fondo


Corredor de fondo
José Corredor-Matheos
Tusquets. Barcelona, 2016.

Nacido en 1929, el mismo año que Valente o Gil de Biedma, la poesía de José Corredor-Matheos ha tardado en ser apreciada. Como en el caso de Cirlot, su nombre aparecía más ligado a la crítica de arte que a la poesía.
            La situación empezó a cambiar tras la publicación, en 1975, de Carta a Li Po, donde inicia un despojamiento formal y conceptual que continuará en los siguientes libros: “Escribir un poema / que nada signifique. / Salir a la terraza, / respirar en la noche, / no esperar que alguien vuelva, / no desear ya nada. / Abrir solo las manos, / y que de entre los dedos / alcen el vuelo mudas, / asombradas palabras”.
            La persona que en los versos se nos aparecía con la máscara de un filósofo zen, se nos muestra ahora entera y verdadera en sus memorias, muy adecuadamente tituladas, jugando con su apellido, Corredor de fondo.
            Larga ha sido la vida, y bien aprovechada, de José Corredor-Matheos, desde su nacimiento en Alcázar de San Juan, población manchega a la que siempre quiso seguir vinculado, aunque desde los siete años residiera en Cataluña, una vida caracteriza por la laboriosidad y la bonhomía, muy ajena a los desplantes elititas de otros poetas de la escuela de Barcelona.
            La agenda de José Corredor-Matheos ha estado siempre llena de nombres (cerca de mil aparecen en el índice onomástico) y quizá por eso sus memorias resultan a veces un tanto tediosas (“Amigos, conocidos y saludados” titula uno de los capítulos). Ni todos resultan relevantes para el lector  ni gusta el autor de las revelaciones escandalosas.
            Alguna hay, como la referencia a las artimañas de Tapies para hundir a los pintores que pudieran hacerle sombra o el disparatado comportamiento de la viuda de Ortega Muñoz, tan perjudicial para ella misma como para la obra de su marido. También se alude a las muchas cartas de amor que Aleixandre le envió al pintor Gregorio Prieto. “Cartas pudorosas, como de novios de antes”, escribe.
            Los nombres propios se van sucediendo rápidamente y solo de vez en cuando el autor se detiene en alguno. Se agradecen así, muy especialmente, los capítulos dedicados a Miró y a Dalí, entre los pintores, y a Rafael Alberti, entre los poetas.
            El volumen tiene quizá más valor histórico y sociológico que estrictamente literario. Los años del franquismo quedan bien retratados en toda su grisura; también los años de la democracia, los del boom económico y los de la crisis posterior. El cronista está quizá más atento al mundo del arte (con sus intereses creados y sus pequeñas miserias) que al de la literatura. José Corredor-Matheos forma parte de la que algunos llamaron “generación de los niños de la guerra”; su evocación de esos años, desde su perspectiva infantil más felices que trágicos, coincide con la de Barral o Gil de Biedma. Pero no tuvo trato con ellos ni con los otros nombres destacados de la escuela de Barcelona. Esos poetas debieron mirar por encima del hombro a quien estudió por libre la licenciatura de Derecho y necesitó ganarse la vida desde los dieciséis años.
            Importante fue la labor de Corredor-Matheos como puente entre la literatura catalana y la española en los tiempos más duros. A él se debe una influyente Antología esencial de la literatura catalana contemporánea y diversos estudios sobre sus nombres más destacados. No todos los no catalanes que vivían y escribían en Cataluña se portaron como él. Al dramaturgo Rodríguez Méndez le llamaron del Teatre Lliure para proponerle el estreno de una obra suya. “Escribo en castellano”, dijo. Le respondieron que ya lo sabían y que no importaba. Su réplica, en tono desabrido, fue que él “no quería estrenar en un teatro catalán”. Corredor-Matheos, por el contrario, siempre mantuvo buenas relaciones con los nacionalistas, le gusta hacer de hombre-puente entre gentes y culturas, pero se cuida de señalarlos más de una vez que no comparte la actual deriva independentista.
            Desde el punto de vista literario, los capítulos más interesantes son los primeros, con su evocación del mundo mítico de la infancia, y las notas costumbristas de sus inicios laborales, todavía en la adolescencia. Como su coetáneo, el ya citado Cirlot (con quien coincide en tantas cosas a pesar de ser personalidades opuestas), trabajó durante años en la industria editorial, en concreto preparando los suplementos de la mítica enciclopedia Espasa.
            ¿Ayuda a entender mejor la poesía de Corredor-Matheos la lectura de sus memorias? No –quizá incluso la enturbie un tanto–, pero sí la vida cultural de la segunda mitad del siglo XX.   

domingo, 28 de agosto de 2016

Menard y Millás, sinrazones para no leer, sinrazones para leer


20 buenísimas razones para no leer nunca más
Pierre Menard
Traducción de Palmira Feixas
Ilustraciones de Ana Flecha Marco
Los libros del lince. Barcelona, 2016

El título de este desenfadado panfleto de Pierre Menard (el nombre no parece ser un pseudónimo borgiano) anuncia veinte buenas razones para no leer. Se ofrecen algunas más, pero ninguna, no ya buena (y las hay, sobre todo para no leer a determinados autores), sino medianamente razonable.
            “Los lectores mienten” se titula uno de los capítulos. Tras resumir la historia del traje del emperador que tan admirablemente nos contaron don Juan Manuel, Cervantes y Andersen, continúa: “Los escritores, los libreros y los editores, todos ellos hábiles sastres, alaban la belleza de lo que venden. Pero ¿cómo podría ser desinteresada su opinión, teniendo en cuenta que se ganan la vida precisamente vendiéndonos sus mercancías? Da igual. Los ingenuos no quieren que los tomen por tontos. Se precipitan a la librería o la biblioteca y luego se ponen a leer, convencidos de que los paralepípedos de papel son fragmentos de inteligencia y de belleza. Ya es hora de abrirles los ojos”.
            ¿Pero en qué mundo vive Pierre Menard? ¿En qué país los lectores se precipitan a la librería nada más escuchar al autor elogiar su obra? Las razones de Pierre Menard (al parecer un joven francés de poco más de veinte años que trabaja en una consultoría de negocios) insultan a menudo la inteligencia de sus lectores, sin que el tono humorístico le sirva de excusa. “Leer mata” titula uno de los capítulos y lo ejemplifica con que García Lorca fue fusilado. Y si no logran que sus libros los maten (para Pierre Menard, en esto muy borgiano, lector y escritor son lo mismo), se suicidan: “Primo Levi se tiró por el hueco de la escalera”. ¿Por leer, por escribir?
            No ayuda demasiado al interés del libro la traducción de Palmira Feixas, que trata de adaptarlo añadiéndole referencias a autores españoles, casi siempre muy traídas por los pelos (la alusión al Pascual Duarte) o falsamente atribuidas, como la anécdota sobre Dante y Lope de Vega.
            Pero este presunto ataque a la lectura, esta dilatada broma sin demasiada gracia, tiene una utilidad, confirma el dicho de que no hay libro malo que no contenga algo bueno. Pone de relieve que la mayoría de las habituales defensas de la lectura no incurren menos en el sofisma y la desinformación.
            Un ejemplo reciente lo constituye la serie “Lectura y vida” publicada en el diario El País por Juan José Millás. Resume docenas y docenas de charlas dadas a los alumnos de institutos y universidades. No pretende ser humorística, como el panfleto de Pierre Menard, aunque no prescinda de rasgos de humor (ni de los cuentecillos surrealistas que ha popularizado en sus columnas), y eso acentúa lo que en ella hay de desprecio a la realidad y a la inteligencia de los lectores.
            Un ejemplo: “Les digo a los chicos y a las chicas que, de todas formas, en fin, si no leen para comprender el mundo, ni para modificar la realidad, ni para no ser manipulados, etc., lean al menos por dinero”. Y continúa afirmando que hay demasiados arquitectos, ingenieros, condenados al paro o al subempleo, pero que en cambio aumenta la demanda de las personas que sepan leer y escribir. ¿Nunca ha levantado el brazo alguno de esos alumnos y le ha preguntado si conoce algún arquitecto o ingeniero que no sepa leer y escribir? Continúa el bueno de Millás metiéndose en jardines (pero involuntariamente, al contrario que Menard) al afirmar que hoy en día es mucho más difícil ser astronauta que telefonista, porque a unas oposiciones a telefonista de la Comunidad de Madrid para seis o siete plazas se presentaron “del orden de las sesenta o setenta mil personas”. También sería entonces mucho más difícil que ser catedrático de Universidad: para cada plaza se presentan solo tres o cuatro candidatos. Ignora Millás que determinados requisitos (en el caso de astronauta o de catedrático) han eliminado ya a miles de posibles aspirantes. Sin miedo al ridículo, llega a afirmar muy en serio que “desde el punto de vista estadístico cualquier español que sepa leer y escribir tiene más posibilidades de ganar el premio Planeta que de obtener una plaza de telefonista”. Antes de llevarle a dar otra charla en un instituto (o de encargarle un artículo de opinión), habría en matricular a Millás en un curso de estadística.
            La lectura en general, que no necesita defensa, suele ser confundida con la lectura de libros y, más en concreto, con la lectura de libros literarios, sobre todo novelas. Que leer es imprescindible lo demuestra la desaparición del analfabetismo; que leer libros lo es igualmente, lo demuestra el que nadie puede desempeñar un trabajo medianamente cualificado si no ha leído los manuales de su especialidad, si no sigue al tanto de lo que se publica sobre la materia.
            La mayor parte de las librerías están llenas de libros que no son de literatura (o son de mala literatura) y gracias a ellos sobreviven.
            ¿Ayudan a entender la realidad la mayoría de los best-seller? Sirven para pasar el rato, y no es poco mérito, pero no resulta intelectualmente más valioso leer una novela policíaca que ver una serie de televisión.
            Leer y escribir son actividades imprescindibles en el mundo contemporáneo (por eso se enseñan en la escuela). Leer libros fuera de nuestros intereses profesionales, no es ni bueno ni malo. Es como ver la televisión o ir al cine. Depende de lo que se vea, depende de lo que se lea.

            

sábado, 27 de agosto de 2016

Rafael Reig, historia y novela de la literatura


Señales de humo
Rafael Reig
Tusquets. Barcelona, 2016.

¿Qué tienen en común Petrarca y la OTAN, Berceo y las películas de Hollywood, el amor cortés y la explotación capitalista? No sabemos si la respuesta que se nos da a esos interrogantes en Señales de humo debemos atribuírsela a su autor, Rafael Reig, o solo al protagonista de su novela, un catedrático de literatura ingresado en un sanatorio mental.
            Señales de humo es y no es una novela. Cierto que, dentro de los géneros literarios, sus fronteras resultan especialmente difusas. “La novela es un saco donde cabe todo”, se ha dicho. Y lo que Rafael Reig ha metido en ese saco lo indica en el subtítulo: “Manual de literatura para caníbales”. Buena parte de las páginas de Señales de humo pueden considerarse como el primer tomo, que abarca desde la aparición de las jarchas hasta la muerte de Carlos II, de un manual de literatura alternativo. 
            El elemento propiamente novelesco está formado por los delirios de un profesor de literatura que, desde que intentó suicidarse por primera vez a los dieciocho años, viaja en el tiempo y se reencarna en un contemporáneo de los juglares o de Cervantes.
            La mezcla resulta legítima; el resultado, sin embargo, chirría un tanto. El narrador-personaje comienza remedando el lenguaje de la época al contarnos su primer traslado en el tiempo,: “En el nombre de la santa Trenidat, Padre, Fijo, e Spíritu Santo, tres personas e un solo Dios verdadero, sin la cual cosa nin puede ser bien fecha, ni bien dicha, començada, mediada ni finida; eso iba diciendo en mi interior, y supe de inmediato que estaba en el año 1453, en el reinado del muy prepotente don Juan el segundo, y era el 28 de mayo”.
            Pero este personaje que se habla a sí mismo en un lenguaje más o menos del siglo XV, cuando se dirige al compañero con el que labra la tierra lo hace como un mal estudiante que recita una lección: “¿Sabes que mañana se acaba la Edad Media? Mañana martes terminará todo. Después de muerto, el emperador Constantino Paleólogo será decapitado y los turcos se quedarán su cabeza embalsamada: nosotros solo podremos enterrar un cuerpo sin rostro, ni siquiera habrá una frente sobre la que hacer la señal de la Cruz. La imprenta de tipos móviles ya está funcionando en Mainz. Cristóbal Colón descubrirá unas Yndias equivocadas. Luego vendrá el Renacimiento, Marcos, y un día, gracias a la guillotina, todos seremos iguales e con los mismos derechos”.
            ¿Humorística mezcla de registros? Esa es sin duda la intención del autor, pero no parece funcionar demasiado bien. Durante muchas páginas se olvida de su personaje y adopta el tono didáctico y moralizante de quien no comulga con los tópicos heredados y ha leído la Historia social de la literatura española de Blanco Aguinaga, Iris M. Zavala y Rodríguez Puértolas. Un ejemplo: “La invención de esa interioridad libre y privada fue de gran importancia para el desarrollo del capitalismo, que no utiliza esclavos por fuerza (como lo era Antón Sánchez), sino que necesita sujetos libres para que puedan obligarse por su propia voluntad, mediante un contrato”.
            ¿Resulta verosímil que un profesor de literatura, internado en un psiquiátrico y que está convencido de que ha viajado varias veces en el tiempo escriba de esa manera? Tan escasamente verosímil como que indique a pie de página la procedencia de cada cita y que, al final de su explicación del Lazarillo figure la siguiente nota: “Esta lectura del Lazarillo arranca de las clases de don Francisco Rico, que supo ver (y contarnos) la novela como la explicación del ‘caso’ en el eje de la diacronía y otras muchas cosas que nadie debería dejar de leer, tanto en el clásico La novela picaresca y el punto de vista, como en sus Problemas del Lararillo”.
            Quien nos habla en bastantes páginas de este libro –tan torpemente resuelto en la cuestión esencial del punto de vista– no es el personaje, sino directamente el autor. Él es quien nos ofrece un análisis textual (con diagrama de flechas y todo) de un poema de Catulo (en la página 188) y quien encuentra en Petrarca, aunque resulte así tan disparatado como su personaje, el antecedente de los intelectuales que apoyan el ingreso en la OTAN o lo que decida “el poder”: “El perfil para la nueva oferta de empleo lo diseñó Francesco Petrarca, que creó también un cuerpo organizado de intelectuales a los que llamó ‘humanistas’. Lo que hizo fue transformar a la antigua clerecía en los nuevos y traicioneros clercs, los antepasados de quienes hoy firman insufribles artículos de opinión (en apoyo de la OTAN o de la ley Antiterrorista, si se les requiere a ello), reciben premios Cervantes y forman parte de las academias”.
            La interpretación marxista de la literatura alcanza en Rafael Reig, que fue profesor de Literatura en una universidad norteamericana, una extrema tosquedad. La verdadera literatura, la que representa al pueblo, es la de los juglares; a partir de Berceo se convierte en lenguaje del poder. Tras Berceo, es Garcilaso su bestia negra, el mayor propagador de la peste bubónica del petrarquismo en nuestra literatura.
            Entretenido a ratos (pero no en las páginas novelescas que nos cuentan las andanzas del viajero en el tiempo tras la gitana Martina), brillante en pasajes como los dedicados a Villon o Lope de Vega, discutible casi siempre cuando el autor se pone serio, Señales de humo podría utilizarse en los escuelas de escritura creativa –Rafael Reig es profesor en una de las más famosas, Hotel Kafka– para ejemplificar cómo no se escribe una novela. Y menos, por supuesto, un manual de literatura, a menos que se quiera hacer la competencia a La literatura explicada a los asnos, de José Ángel Mañas.

            

sábado, 20 de agosto de 2016

Cela en el purgatorio


Cela, piel adentro
Camilo José Cela Conde
Ediciones Destino. Madrid, 2016.

Es bien sabido que los escritores muy aclamados en vida pasan, tras su muerte, a una especie de purgatorio del que unos pocos salen convertidos en clásicos mientras que la mayoría se hunden en el infierno del olvido o en el limbo sin lectores de los trabajos académicos.
            Camilo José Cela, por méritos propios, entró en el purgatorio mucho antes de su desaparición física, aunque siguiera siendo presencia continua en la prensa seria y menos seria (pero no, ciertamente, por su actividad literaria).
            El año 1989, en la estela del Nobel, su hijo Camilo José Cela Conde le dedicó un libro, Cela, mi padre, que ahora reescribe desde otra perspectiva y con un añadido documental importante: las cartas que el escritor, cuando todavía no se había convertido en un figurón, le dirigía a su primero novia y luego esposa, Charo Conde.
            El libro, que algo tiene de novela picaresca, se lee con gusto en la primera mitad, en la que el protagonismo del escritor alterna con los recuerdos de infancia de su hijo. Cela Conde, además de profesor de antropología y sociología, es un escritor sabio y bien humorado. A ratos nos recuerda al Gerald Durrell de Mi familia y otros animales; la ironía con que ambos tratan al “gran hombre” de la familia (en el caso de Gerald su hermano Lawrence Durrel) resulta muy similar.
            No sale demasiado bien parado el personaje de Cela del retrato que se quiere fiel, y lo más imparcial posible, de su hijo. Cela Conde no carga las tintas, no lo necesita. Han cambiado los tiempos y la mayoría de las anécdotas que se nos cuentan, presuntamente graciosas, nos hacen sentir vergüenza ajena. Casi todas ellas tienen que ver con pedorretas y otros desahogos verbales que todavía hacen reír hoy en las películas dirigidas a un público que no ha superado la edad mental de los nueve o diez años. Alguna solo encajaría en la paródica biografía de algún dictador norcoreano: “Estaba internado en el hospital de la Cruz Roja de Palma de Mallorca cuando se negó a que le bajaran a la sala de operaciones si no salían a aplaudirle todos los de planta. Enfermeras, personal subalterno, monjas, enfermos, familiares, y médicos tuvieron que alinearse a lo largo del corredor y vitorear al paso de CJC, que iba metido en la camilla y saludaba con la mano a un lado y otro”.
            En una película de Berlanga, con guion de Azcona, quedaría gracioso. Lo que ya no quedaría gracioso en ninguna parte son sus ocurrencias al ir a visitar a la nuera embarazada. “Si nace un niño, le doy un millón de dólares”, dijo. “¿Y si es una niña?”, se atrevió a preguntarle la mujer. “Entonces que se conforme con que la admitamos en la familia”.
            ¿Y cómo fue Cela antes de convertirse en el personaje al que se le perdonaba y se le reía todo? Hubo ciertamente una etapa de lucha por la vida, de la que Cela Conde nos da significativos detalles, etapa por cierto en la que Cela escribió sus obras más significativas, por las que se les seguirá recordando. Si después de los cuarenta años no hubiera vuelto a escribir más, su lugar en la historia de la literatura sería el mismo que el que ahora ocupa.
            El éxito económico y la decadencia literaria parecieron venir de la mano. Da la impresión de que cuando aceptó escribir una novela por encargo de un dictador venezolano  –inicio de su fortuna– vendió su alma al diablo y no volvió a recuperarla nunca.
            Pero de que era un gran escritor no cabe ninguna duda y de que, al menos en sus obras mayores, no condescendía con la facilidad tampoco. Escribía a mano, trabajosamente, tachando y corrigiendo una y otra vez, confiando siempre en el buen criterio de su mujer, Charo Conde, algo más que eficaz mecanógrafa.
            Camilo José Cela era consciente de que, tras La colmena, todas sus obras eran obras menores, a veces muy menores y de que los críticos estaban esperando una novela a la altura de aquel título emblemático. San Camilo, 1936 sería ese título largamente esperado. Charo Conde leyó las primeras páginas y en seguida llamó a su hijo: “Quiero darte algo de tu padre para que lo leas”. Cela Conde lo leyó: “Pero esto es muy malo”. “Ya lo sé, pero no pienso decírselo. Se lo has de decir tú”. El matonismo de Cela parece que no era solo cosa del personaje. El hijo cuenta lo que ocurrió: “Me armé de valor, subí al templo de trabajo de mi padre y le dije lo que pensaba. Nunca lo hubiera hecho. A lo largo de mi vida ha habido muy pocas veces en las que mi padre y yo hayamos tenido una pelea de verdad; aquella fue una de ellas y, a ciencia cierta, la de más alcance”. A pesar del enfado, el libro fue reescrito y rehecho infinitas veces y, aunque recibido con diversidad de opiniones, quizá sea su última obra significativa.
            Camilo José Cela fue un escritor que supo aprovecharse de las contradicciones del franquismo. En 1951, cuando presuntamente estaba boicoteado por el régimen, daba una conferencia en Tetuán a la que acudían el Alto Comisario de la zona y todas las autoridades civiles y militares. Ese mismo año aparecerá en Argentina La colmena, prohibida en España, pero meses antes se anuncia su publicación y se anticipa, con ilustración de Enrique Herreros, en una revista oficial: “Cuadernos Hispanoamericanos se complace en ofreces a sus lectores de España y América las primicias de la última novela del autor de La familia de Pascual Duarte”. Curiosa manera de prohibir un libro.
            De las andanzas últimas del escritor, premio Planeta e inverosímil (pero probablemente verdadera) acusación de plagio, Cela Conde prefiere callar piadosamente. Cela, piel adentro describe a un escritor y también a un país miserabilista, homófobo y misógino que, afortunadamente, ya nos resulta ajeno.

domingo, 14 de agosto de 2016

Dostoievski y los abismos del corazón


Diario de un escritor
Fiódor M. Dostoievski
Traducción, selección y prólogo de
Víctor Gallegos Ballestero
Alba. Barcelona, 2016.

Hay obras de título engañoso. El Diario de un escritor, de Fiódor Dostoievski, no es un diario, sino una revista mensual que se publicó, con intermitencias, entre 1873 y 1881, y que redactaba él solo. No se trata de un caso único, ni mucho menos. Dentro de la literatura española, y por las mismas fechas, podemos citar el Nuevo teatro crítico, de Emilia Pardo Bazán, o los Folletos literarios, de Clarín.
            No es tampoco una obra literaria en sentido estricto, sino el contenedor de muchas obras literarias, como suelen ser las publicaciones periodísticas, aunque en este caso de un solo autor.
            En el Diario de un escritor se publicaron por primera vez algunos de los relatos más celebrados de Dostoievski: “Bobok”, “La mansa”, “El sueño de un hombre ridículo”, “El murik Marei”. Pero lo que caracteriza a la publicación son sus componentes autobiográficos y propiamente periodísticos (a veces se disculpa cuando publica “un simple relato”). También lo que tiene de taller literario. El prólogo a “La mansa” (en otras traducciones “La sumisa”) resulta, en este aspecto, muy significativo. Lo subtitula “relato fantástico”, a pesar de que lo considera “realista en grado sumo”. Dostoievski siempre fue un defensor del realismo. Su consejo a una joven escritora, que le solicitó alguna orientación, fue el siguiente: “No invente nunca ni la fábula ni las intrigas. Tome lo que la vida misma le ofrece. ¡La vida es infinitamente más rica que nuestras invenciones!”
            Lo que “La mansa” tendría de fantástico sería la forma misma del relato, su carácter de “monólogo interior”, técnica que Dostoievski es uno de los primeros en utilizar. Por eso nos explica que no se trata propiamente “de un relato ni de unas anotaciones”, sino de los incoherentes pensamientos de un hombre que trata de ordenar sus ideas ante el cadáver de su mujer, que acaba de suicidarse. “Si un taquígrafo hubiera podido oírlo y anotarlo habría resultado una narración más caótica e informe que la que yo ofrezco, pero el fondo psicológico habría sido el mismo”. La existencia de ese imposible taquígrafo que lo anota todo (el escritor se habría limitado a pulir sus notas) es el elemento que Dostoievski denomina “fantástico”. Cuando Miguel Delibes, en Cinco horas con Mario, utiliza la misma técnica ya no necesita justificarla.
            El Diario de un escritor, aunque se ha publicado completo (e incluso hay una traducción española firmada por Cansinos Assens), es una obra que solo se mantiene vigente en selecciones. La que ha preparado Víctor Gallego Ballestero no deja de lado los relatos a los que nos hemos referido (y que también se han publicado al margen del Diario), pero se centra en los pasajes autobiográficos y en lo que podríamos llamar crónica judicial. Nada refleja mejor el estado de una sociedad que sus hechos criminales. “El misterio de un crimen –escribió Emilia Pardo Bazán– es su psicología, los abismos del corazón que descubre, la luz que arroja sobre el alma humana, sobre el estado social de una nación, sobre una clase, sobre algo que rebase los límites de la caja de caudales, la cómoda o el armario forzados, el baúl destripado, la cartera sustraída”.
            A Dostoievski le interesan sobre todo los crímenes que tienen lugar en el seno de la familia, lo que hoy denominaríamos violencia doméstica. Los casos de maltrato infantil le afectan especialmente, como a nosotros los lectores. El desarrollo uno de esos procesos, el de la joven Kornilova, acusada de arrojar a su hijastra por la ventana, lo podemos seguir a lo largo de varios capítulos y constituye –como indica el prologuista– uno de los hilos narrativos que unifican estas páginas aparentemente tan caóticas.
            Abundan también las polémicas literarias, políticas, directamente personales. Dosteivski, desde el punto de vista ideológico, parece tener las cosas claras: es un nacionalista y un regeneracionista, quiere la grandeza de Rusia sin interferencias extranjeras, pero siempre encuentra una réplica a cualquier rotunda observación, es un escritor en continua discusión consigo mismo; su dogmatismo está lleno de grietas por las que se vislumbran los enigmáticos claroscuros de la realidad.
            No faltan los apuntes costumbristas, los aguafuertes de la vida de Rusia trazados con mano maestra. Tampoco, aunque Víctor Gallego Ballestero, ha tratado de reducirlos al mínimo, las divagaciones sin interés, las alusiones a olvidados personajes que no se salvan con una nota a pie de página.
            Dostoievski era un escritor profesional que cobraba a tanto la página, por lo que a veces daba la impresión de extenderse sin necesidad y de que no tenía tiempo (al contrario que su rival Turgueniev) para entretenerse en primores de estilo; además se contradecía con frecuencia. A sus detractores no les resultaba difícil encontrar argumentos para combatirle. Pero sin esos defectos le habría resultado imposible llegar a ser el escritor que aún nos asombra.
            El nervioso lector actual se impacientará a veces con este volumen misceláneo, como con cualquiera de sus afamadas novelas, pero si sabe resistir la tentación de abandonar recibirá su recompensa: nadie como Dostoievski supo ver los abismos de la condición humana.  

viernes, 5 de agosto de 2016

Borges en zapatillas


Roberto Alifano
El humor de Borges
Renacimiento. Sevilla, 2016.


La prensa del corazón, los programas televisivos de cotilleos, tienen ilustres antecedentes. En 1856, Léon Gozlan, un escritor francés hoy olvidado, publicó Balzac en pantoufles, una biografía anecdótica –había sido su secretario– del novelista francés que ya se había convertido en un personaje mítico. El género creó escuela y pronto amigos desleales, examantes, mayordomos indiscretos, se dedicaron a airear las intimidades de figuras ilustres, curiosidades biográficas que a veces acabaron interesando más que sus obras. De ahí quizá surgió la frase de que no hay gran hombre para su ayuda de cámara.
            Jorge Luis Borges, quien en los últimos años aunó al aprecio crítico una fama que lo acercaba a las figuras del deporte o del espectáculo, ha sido objeto de infinidad de libros más centrados en su vida y en sus opiniones que en su obra literaria. Aunque no todos tuvieran la intención de dejarlo en mal lugar, como el de Estela Canto, incluso los escritos desde la amistad y la admiración –es el caso del diario de cenas con Bioy Casares– nos dejan un cierto mal sabor de boca.
            Los ensayos deslumbrantes, los relatos de prodigiosa sutileza, los poemas que nos sabíamos de memoria habían sido escritos por un hombre al que le gustaban los maliciosos chismes sobre sus colegas, que no disimulaba su homofobia (Freud tendría mucho que decir al respecto) ni su desprecio hacia los negros o la democracia.
            Roberto Alifano, colaborador de Borges durante la última década de su vida, escribe desde la admiración y el respeto, pero el resultado no resulta a menudo menos demoledor que si estas anécdotas hubieran sido recogidas por el peor enemigo del maestro. Y sin embargo los admiradores de Borges, los que consideramos que no hay página suya que no encierre una felicidad, no podemos dejar de leer El humor de Borges, por mucho que a veces nos irrite. Seguro que esta paradoja tiene una explicación, aunque yo no acierte a encontrarla.
            No ayuda el libro a la correcta lectura del volumen. Cierto que a menudo aparece un Borges humorista, pero también comentarios presuntamente graciosos que hace tiempo que han dejado de serlo, o que solo lo fueron en su contexto (la comicidad, que no coincide exactamente con el humor, es el género que más envejece). A fin de cuentas, las ocurrencias más divertidas no son de Borges, sino de un Oscar Wide quizá apócrifo: “Lo único malo del matrimonio son los cuarenta o cincuenta años que siguen a la luna de miel”. Habría defraudado menos al lector un título como Borges a diario o La cotidianidad de Borges.
            Varias anécdotas nos demuestran la popularidad del escritor entre quienes ni le habrían leído ni le leerían nunca. Bien sabido es que el peronismo, que llevó a la cárcel a su madre y a su hermana y que a él lo relegó de bibliotecario a inspector de aves de corral, era una de sus bestias negras; jamás desaprovechó ocasión para denigrarlo. En vísperas de las elecciones de 1983, caminaba del brazo de Alifano cuando se encontraron con una manifestación peronista. Algunos le señalaron murmurando su nombre. Aterrado, pidió que le sacaran de allí. Pero de pronto toda la multitud cambió el lema que coreaba por este otro: “Borges y Perón, un solo corazón”. Otra vez, unos hinchas de fútbol que regresaban de un partido le reconocieron y le gritaron: “¡Borges, sos más grande que Maradona!”
            Las filias y las fobias de Borges, bien conocidas la mayoría de ellas, se reiteran en estas páginas, a menudo con matices inéditos. Queda claro el motivo personal de algunos de sus desdenes literarios. A Lorca lo había conocido durante su visita triunfal a Buenos Aires. Al oscuro escritor que era entonces Borges (solo un año más joven) no le cayó bien y por eso más adelante tratara de descalificarle llamándole “andaluz profesional”. Hablaron solo una vez y Borges tuvo la impresión de que le estaba tomando el pelo: “Me dijo que toda su preocupación, más que en la poesía, más que en el teatro, estaba puesta en ese momento en el personaje que él consideraba más importante de este siglo”. A la pregunta de un intrigado Borges sobre quién era ese personaje, respondió: “Un personaje en el que se puede leer toda la tragedia de Estados Unidos. A ver arriesgue un nombre…” Y Borges, el tímido Borges, se atrevió a balbucear: “No sé, Melville, Whitman, Mark Twain, Poe…”. La respuesta de Lorca, que terminó con una carcajada general, no le hizo ninguna gracia: “No, no. Mucho más importante que esos: Mickey Mause”. No parece que ese sea precisamente el comportamiento de un “andaluz profesional”. Otro motivo había para el desdén: “Era un amanerado insoportable”.
            Afortunadamente, las banales opiniones y los prejuicios de Borges rara vez pasaron a su obra literaria. Le sirvieron solo para construir el ocurrente y paradójico personaje de tanto éxito periodístico. Y que nos sigue divirtiendo e irritando en estas páginas, no siempre memorables y redactadas un tanto a la diabla, de Roberto Alifano.

            

sábado, 30 de julio de 2016

César Simón, desolación, asombro, poesía


Poesía completa
César Simón
Edición de Vicente Gallego.
Pre-Textos. Valencia, 2016.

No todos los libros han de leerse de la misma manera. ¿Cómo deben leerse unas poesías completas? De modo diferente según el autor nos sea familiar o nos resulte desconocido.
            El valenciano César Simón (1932-1997) será, sin duda, un desconocido para buena parte de los lectores, sobre todo para los más jóvenes, pero cuenta desde hace tiempo con un núcleo fiel de seguidores. Su generación cronológica, la del cincuenta, ha aportado un puñado de nombres al canon de la poesía española contemporánea –Claudio Rodríguez, Gil de Biedma, Valente–, pero él se quedó desde el principio un tanto al margen, por razones externas –lo tardío de sus comienzos literarios– y, más importante, por otras intrínsecas.
            César Simón cultiva una suerte de realismo metafísico extraño a la tradición  poética española, aunque haya tenido abundantes seguidores en la llamada “escuela valenciana”. Sus poemas mejores, al menos los que yo prefiero, parecen hechos de nada, meras anotaciones paisajísticas (casi siempre de lugares desolados, pedregosos, ajenos a la presencia humana), apuntes de diario, pero encierran, como los fragmentos de los presocráticos, toda una inédita visión del mundo, son el resultado de una extraordinaria inteligencia de los sentidos, tienen mucho de revelación. “Místico de la nada” se le podría calificar a César Símón con tanta o más razón que a Miguel de Molinos.
            Dos maneras, decía, hay de leer una obra completa. Ninguna de ellas comienza en la primera página y termina en la última. Quien no conoce a César Simón debe hojear, espigar, detenerse en los poemas más breves, en los de los libros Extravío, Templo sin dioses o el ya póstumo, por pocos días, Jardín: “La sombra de una caña, / sobre la arena fina, / dibuja su destino. / Y se estremece con el viento”.
            César Simón gustó también de los poemas alegóricos, un poco en la estela de las parábolas kafkianas, que hablan de caravanas o santuarios, y de las largas divagaciones, más o menos discursivas, sobre el ser y la nada, el tiempo y la eternidad. Esos poemas, especialmente “La respiración monstruosa”, escrito en forma teatral, interesarán menos al lector común, aunque sean los que más juego dan a los estudiosos.
            A quien ya conoce al autor, y no son pocos los que le siguen desde que en 1984, con el título de Precisión de una sombra, recopiló por primera vez su obra, lo que en principio le interesa de esta Poesía completa son las novedades. Y las hay, nada menos que todo un libro, El pretexto y el fervor, un libro de temática amorosa que el autor no se decidió a publicar.
            Se publica ahora de manera un tanto discutible, como discutibles resultan otras decisiones del editor, Vicente Gallego, buen amigo del autor y quizá más poeta que filólogo. Conocía el texto y había poemas que le gustaban más y otros menos, por demasiado anecdóticos. Por eso lo reduce a la mitad. No parece que un editor pueda tomarse esas atribuciones. Decide también no incluir una de las obras más sugerentes de César Simón, el diario Siciliana (“lleno de lirismo, pero escrito en prosa”, dice), aunque publicado inicialmente en una colección de poesía. ¿Desde cuándo el verso es imprescindible para que exista poesía? No hace falta invocar a Baudelaire, basta leer esta Poesía completa para darse cuenta de que incluye poemas en prosa, uno de ellos (“Agosto, 28”) parece incluso formar parte de Siciliana, un libro que el propio autor definió como “un texto lírico en forma de diario”.
            Cierto que César Simón, además de poeta, fue un excelente prosista, gustoso de entremezclar al poeta con el narrador y el ensayista. Su primera novela (por llamarla de alguna manera), Entre un aburrimiento y un amor clandestino, de 1979, está necesitada de una reedición. Puede que no sea una obra redonda, pero contiene capítulos ejemplares en su precisión y en su agudeza intelectual. No sabemos si ese “amor clandestino” al que alude el título responde a un episodio biográfico o no, pero una historia semejante es evocada en Siciliana y en La vida secreta. Muy probablemente está también detrás de El pretexto y el fervor, el libro mutilado por Vicente Gallego para eliminar los poemas “más anecdóticos”, como si buena parte del arte de César Simón no consistiera en convertir la anécdota en categoría.
            Toda su poesía, toda su obra, se basa en la intuición de que la razón última del mundo se encuentra más allá de la razón humana, “como si se tratara siempre de otra cosa distinta a cuando podamos concebir y nada tenga que ver con nuestras emociones”. El amor, el amor-pasión, se convierte así en algo más que en una marcante experiencia biográfica, en una revelación de la espantosa y espléndida inutilidad del vivir: “Es como si en la noche del mundo estallara una bomba y se produjera una gran intensidad blanca. Y luego, nada”. Pero antes de esa nada final, definitiva, un puñado de versos. Estos versos, hechos de asombro y desolación.

sábado, 23 de julio de 2016

Patricia Gonzalo de Jesús, contención y verdad


Raíces aéreas
Patricia Gonzalo de Jesús
La Bella Varsovia. Córdoba, 2016.

Decía Juan Ramón Jiménez, en una de sus ingeniosas maldades características, que la poesía última de Cernuda parecía traducida del inglés. Y luego añadía: “Lo malo es que Cernuda no sabe inglés”.
            Patricia Gonzalo de Jesús no solo sabe inglés, sino checo, eslovaco y ruso, lenguas de las que es traductora profesional, y en su poesía hay una precisión y una sobriedad ajena a la más verbalista tradición española. Publica su primer libro, Raíces aéreas, cuando se acerca ya a los cuarenta años, y no hay en él ni la borrosa espontaneidad de los tanteos iniciales ni el amateurismo del poeta tardío. Con solo este puñado de poemas –que algo nos recuerdan a poetas norteamericanas de obra breve como Adrianne Moore o Elizabeth Bishop– se hace un sitio entre los nombres imprescindibles de su generación.
            Patricia Gonzalo de Jesús, como otras poetas de ahora mismo, escribe desde un punto de vista inequívocamente femenino, ese punto de vista que las poetas de otro tiempo trataban de disimular en sus obras de más empeño porque parecía incompatible con la gran poesía. Pero no es panfletariamente reivindicativa, no lo necesita: dice su verdad, mira el mundo con sus propios ojos, le basta con saber sentir y sabe decir.
            Buena parte de los poemas de Raíces aéreas se escriben sobre la falsilla de otros textos, a veces tan poco convencionalmente poéticos como un prospecto médico (“Reacciones adversas” o un tratado de botánica (“Raíces aéreas”).
            El comienzo de “Reacciones adversas” puede servir de ejemplo: “El silencio, durante generaciones, / ha sido empleado en mi familia / como analgésico / y antiinflamatorio local / para el alivio sintomático / de la tristeza, / la enfermedad, / la muerte y / todo tipo de contusiones / existenciales / que cursan con dolor leve / o moderado”.
            Los subtextos que están en la base de Raíces aéreas a veces han sido más frecuentados por los poetas. Es el caso de la oración (“Plegaria del poeta sin epifanía”, con su estribillo: “san Juan, ruega por nosotros”, “santa Teresa, ruega por nosotros”…), “Génesis”, que recrea los relatos de los nativos americanos sobre la creación del mundo o “De muliere super bestia”, con sus denuestos apocalípticos.
            “Álbum familiar” se titula uno de los poemas. La memoria de la infancia (con lugar destacado –“Vida útil”, “Calendario zaragozano”– para la figura del abuelo) constituyen otro de los ingredientes del libro. Pero no hay en esas evocaciones concesión ninguna a las mitificaciones de la nostalgia.
            La “Tierra firme” que da título al primer poema del libro es la del desconcierto y el desvalimiento: “Porque dudo. / Porque no sé. / Porque me dijeron que no sabía. / Porque de profesión, mis labores”.
            Esas labores tradicionalmente femeninas, las labores domésticas (“de profesión, sus labores” se leía en el carnet de identidad de la mayoría de las mujeres), sirven de falsilla para la imaginería de muchos de los poemas. “Orear el dolor / antes de doblarlo / con esmero / y colocarlo en el montón de la colada / aún por planchar”, se lee en “Economía doméstica”, y en “Espacio practicado”: “De algún modo esta mesa es el alambique en que se condensan / todos mis miedos: / quedar relegada a una cocina, / las plagas, / no saber, / no entender, / no estar a la altura de quienes me han precedido”.
            Para Patricia Gonzalo de Jesús, como para buena parte de la poesía contemporánea, escribir es reescribir, sin que eso suponga en su caso incurrir en el pastiche ni en el mimetismo. “Museo interior” continúa uno de los más conocidos poemas de Wallace Stevens (“Trece maneras de mirar aun mirlo”): “Hay una decimocuarta manera / de mirar / a un mirlo”, comienza.
            “Orígenes de las sombras y direcciones de los puntos de fuga” incluye una serie de citas (algunas valen como poemas exentos) a las que compara con los remiendos en un pantalón o con las anotaciones en un manual de supervivencia: “Nunca lamentes / tu desnudez / si la alternativa es la mortaja / de la normalidad”, dice una cita anónima; Saul Bellow firma otra: “Inesperadas intrusiones de belleza. / Eso es la vida”.
            En el poema “Juliana de Norwich”, la mística que es considerada como la primera escritora de lengua inglesa, se alude a Virginia Wolf y se reproduce una conocida afirmación suya (irónica en el contexto del libro) que ya había incluido Eliot en el último de sus Cuatro cuartetos: “All shall be well, and all shall be well, and all manner of thing shall be well”.
            “Jacob” es la poco convencional elegía (con mucho tiene de autoelegía) a un perro bastardo, “raro, roto y multialérgico”, que nada tenía que hacer “en este mundo de perros / de exposición”.
            A Juan Ramón Jiménez le sonaba la poesía de Cernuda, del Cernuda que se había alejado de su magisterio, a poesía traducida. La poesía de Patricia Gonzalo de Jesús nos suena a poesía esencialmente traducible, a una poesía cuyo efecto depende menos de las sonoridades y efectos de una lengua concreta que de su arquitectura interior.

            

lunes, 11 de julio de 2016

Victoria Ocampo, la obra de su vida


Darse. Autobiografía y testimonios
Victoria Ocampo
Selección y prólogo de Carlos Pardo
Fundación Banco Santander. Madrid, 2016.

“Excepcional”, “irrepetible” son adjetivos sin duda gastados por el uso excesivo, pero que recobran todo su valor cuando se aplican a un personaje como la argentina Victoria Ocampo (1890-1979), testigo, y en más de un caso protagonista, de buena parte de las revoluciones culturales y sociales del siglo XX.
            Nacida en Buenos Aires, heredera de una de las grandes fortunas de su país, se educó en Francia (el francés fue durante mucho tiempo su única lengua literaria); conoció –en ocasiones íntimamente– a los más grandes hombres de su tiempo; les apoyó económicamente, fundó la revista Sur, el equivalente austral de la española Revista de Occidente; defendió los derechos de la mujer en una época en que todavía muchos de los más destacados intelectuales –como Ortega y Gasset– eran tercamente misóginos.
            El interés del personaje ha oscurecido su obra, no precisamente escasa, pero considerada tópicamente como ancilar y menor. Darse, la selección preparada por Carlos Pardo, descubrirá a muchos lectores que es autora de una de las autobiografías más fascinantes de una tradición cultural que no abunda en ellas.
            Victoria Ocampo escribió su autobiografía a comienzos de los cincuenta (cumplidos ya los sesenta años), cuando su mundo, el mundo de entreguerras, había desaparecido y comenzaba a sentirse una superviviente. Se sabía famosa, discutida, objeto de maliciosas habladurías, y quiso dejar las cosas claras, hasta donde fuera posible. Para evitar problemas dispuso que esas páginas, valientes y sin falsos pudores, se publicaran después de su muerte. Aparecieron, en seis tomos, entre 1979 y 1984. Bastante de lo que en ellas se nos cuenta ya lo había referido Victoria Ocampo en sus Testimonios, que fue el título general de sus recopilaciones de ensayos. No importa demasiado: no nos cansamos de leer su relación con Tagore, con Virginia Wolf, con Drieu La Rochelle. Pero la pieza maestra de esta autobiografía es el tomo tercero, La rama de Salzburgo, uno de los mejores análisis de la pasión amorosa que se hayan escrito nunca.
            Carlos Pardo tiene el acierto de dedicar la mayor parte de este nutrido volumen a la autobiografía. Lo completa con una breve muestra de las diez entregas de los Testimonios (aparecidas entre 1935 y 1977), recopilación de sus piezas ocasionales: prólogos, conferencias, homenajes. En el tomo inicial habla del “drama sin solución” en que se debate: “escribir en francés y publicar en traducción española”. Porque la lengua literaria de Victoria Ocampo fue en sus comienzos, y durante buena parte de su vida, el francés. En la Argentina en que se formó, el español no era considerado lengua de cultura; se empleaba apenas para hablar con el servicio. Explica ello que Victoria Ocampo no fuera una estilista, que escritores como Borges la miraran un poco por encima del hombro, aunque no dejaran de aprovecharse económicamente de ella.
            No era una estilista, no se recreaba en los primores de la forma, pero su escritura tiene fuerza y verdad; resulta igualmente impactante en español, en francés o en inglés (no importa en cuál de esas lenguas ha sido escrita porque ha sido pensada en todas ellas, porque enlaza con la mejor tradición europea).
            Entre los testimonios que selecciona Carlos Pardo, destaca la crónica de su visita al juicio de Núremberg. Esas páginas, y las que dedica a un gran apagón neoyorquino (incluidas en el tomo séptimo de los Testimonios) no deberían faltar en ninguna antología del mejor periodismo.
            El prólogo de Carlos Pardo a esta sugerente selección de la obra de Victoria Ocampo no parece estar a la altura del conjunto y nos lleva a dudar de la formación y el rigor filológico de este conocido poeta, gestor cultural y crítico literario de uno de los principales suplementos literarios. “Este libro ha supuesto una labor de arqueología”, escribe. “No hay ediciones vivas de la mayoría de las fuentes que hemos utilizado. Algunos libros tienen cincuenta, sesenta, setenta años…”
            Nos frotamos los ojos incrédulos. ¿Un libro publicado hace setenta años es ya arqueología? ¿Qué diría entonces Carlos Pardo de los publicados en el siglo XIX? Habría que preguntarle además qué entiende por “ediciones vivas”. ¿Las que están a la venta en las librerías? Cualquier estudioso de la literatura, sabe que las “fuentes” que ha de utilizar se encuentran no en los escaparates de las librerías, sino en las bibliotecas… o en las librerías de viejo: basta teclear sus títulos en Iberlibro para dar con los libros de Victoria Ocampo que califica de “preciosos e inencontrables” (y por un precio que oscila entre los tres y los quince euros).
            Por otra parte, el comentario a la selección de la autobiografía realizada en 1991 por Francisco Ayala hace suponer que no conoce ese libro. Señala que se centra en la infancia “tema de indudable prestigio literario”, mientras que deja fuera por “prejuicio” todo lo que no puede entrar en “la gran literatura: la crónica del cuerpo, del adulterio, toda la dimensión pública (mundana) de una intelectual de primer orden”. Pero Ayala selecciona menos páginas de la infancia que Carlos Pardo y se centra sobre todo en la historia de adulterio que se nos cuenta en La rama de Salsburgo y en la relación con Ortega.
            Un volumen para el asombro, la sorpresa y la fascinación (Victoria Ocampo sigue seduciendo), del que el lector puede saltarse el prólogo. Más útiles resultan las páginas de la Wikipedia, de la que Pardo copia, por cierto, la bibliografía, errores incluidos: “La laguna de los nenúfares” no es un libro, sino una de sus colaboraciones en la Revista de Occidente .

sábado, 9 de julio de 2016

Julio Martínez Mesanza y la última cruzada


Gloria
Julio Martínez Mesanza
Rialp. Madrid, 2016.

Hay poetas que parecen escribir para todos y otros solo para unos pocos elegidos. En este último caso podría incluirse Julio Martínez Mesanza desde la aparición de su obra inicial, Europa (la primera edición es de 1983; la definitiva, muy aumentada, de 1990).
            Su poesía fue calificada por los críticos de épica porque hablaba de espadas y de héroes y de enfrentamientos entre la cristiandad y el Islam, pero es fundamentalmente lírica: no cuenta historias de otro tiempo, las evoca desde la nostalgia y la derrota.
            Cabría una lectura política de la obra de Martínez Mesanza –como de la de Cirlot–, pero sería una lectura equivocada, aunque no sabemos si esa es la opinión del autor. Martínez Mesanza parece predicar una nueva cruzada y por eso llena sus versos de referencias medievales y de idealizadas batallas antiguas que enfrentaban civilización y barbarie, la luz del cristianismo contra las tinieblas del Islam. Pero en realidad está hablando de otra cosa y por eso nos habla a todos, aunque parezca escribir solo para los ideológicamente afines.
            Su mundo siempre ha estado muy próximo al de otro poeta nostálgico del viejo orden, Luis Alberto de Cuenca. Pero Martínez Mesanza carece de su versatilidad, de su gusto por la cultura popular, de su sentido del humor. Uno de los poemas de “Les ombrelles” alude a esa relación: “Si yo supiera, como Luis Alberto, / hacer poemas con los nombres propios…”
            Otra diferencia: Luis Alberto de Cuenca es autor prolífico, su poesía abarca todos los tonos; Julio Martínez Mesanza, poeta monocorde, ha necesitado once años para completar su último libro, Gloria, de poco más de treinta poemas, la mayoría muy breves y algunos acaso prescindibles.
            Son años en los que la ocupación laboral del autor, directivo en el Instituto Cervantes, le ha llevado a residir en Túnez, Tel Aviv, en Estocolmo. Otro poeta habría aprovechado para dejarnos abundantes muestras de lírica viajera. Pero los paisajes de Martínez Mesanza son sobre todo interiores y nunca condescienden con el pintoresquismo y la postal. Veamos un ejemplo, que lleva el nombre de un puerto del norte de Túnez, “Ghar El Melh”: “Los barcos empujados a la playa. / Los cargueros enormes encallados. / Las olas paralelas a la costa. / Las olas más extrañas de tu vida. / El viento enajenado del sureste / que podría arrastrar consigo el alma. / Y la luz para ver tanto desorden, / la luz sin culpa del primer segundo”.
            Una nostalgia del mundo sin culpa, anterior al hombre y al pecado original, recorre toda la poesía de Martínez Mesanza, un poeta cuyo imaginario religioso puede y debe, como en San Juan de la Cruz, interpretarse en clave simbólica, al margen de las intenciones (que en poesía cuentan poco) del autor.
            Otro poema, “Mar Saba”, lleva también el título de un determinado lugar (un monasterio ortodoxo en Cisjordania), pero pocas referencias a él hay en el poema: “Dame palabras fáciles y claras / para explicar la sencillez del alma / antes de ser rozada por las cosas, / cuando el alma no amaba equivocarse. / Pues al desierto voy, dame lo extraño, / que es ver por vez primera lo sencillo. / la tiniebla y la luz se separaron; / la noche vino y vino la mañana”.
            El mundo que añora Martínez Mesanza es el del origen del mundo, anterior al pecado original, aunque su imaginario nos lleve con frecuencia al de las guerras entre el cristianismo y el Islam que forjaron la vieja Europa que ahora parece desmoronarse. Uno de los poemas más hermosos del libro (pero de más discutible ideología) se titula “Jan Sobieski”, rey de los polacos (“por su mérito rey, no por su sangre”): “Aunque a la muchedumbre no le importe / que Europa valga poco y crea en nada, / o se hiele eclipsada por la luna, / yo quiero recordar a quien importa”.
            Como en todos sus libros, también en Gloria aparece “el dulce nombre de María”, pero sus letanías marianas tienen más que ver con los mitos ancestrales: “niña de las montañas deslumbrantes; / niña de las montañas transparentes; / niña de los azules imposibles; / niña de los azules que más valen; / niña de los comienzos diminutos; / niña de la humildad recompensada; / lluvia fuerte que arrastra la miseria; / lluvia limpia que lava nuestras almas”.
            Varios poemas de este libro, escritos todos ellos en endecasílabos rara vez asonantados, como es habitual en el autor, remiten a las baladas medievales; son quizá los más sugerentes y memorables. Otro reescribe un fragmento de Safo.
            Gloria es un libro que habla de batallas, pero no de victorias (a no ser remotas y olvidadas), sino de derrotas, de “símbolos cansados”, como leemos en el título de uno de los poemas.
            Hay poetas que ensayan distintos tonos y añaden un libro tras otro a su bibliografía; otros escriben un solo libro al que van añadiendo unos pocos poemas cada muchos años. Julio Martínez Mesanza es de estos últimos. No faltan en Gloria –quizá para alcanzar las páginas precisas– los borrosos borradores. A veces, como en el poema “Gino”, se nos escamotea la anécdota que está en su origen: “Quien una vida salva, salva el mundo. / Y muchas van a ser las rescatadas. / Gino lo mantendrá siempre en secreto, / porque el bien se hace, pero no se dice”.  Gracias a la nota final, que nos dice que se trata de Gino Bartali, y a la Wikipedia, podemos entender el poema, pero la historia del ciclista italiano contada por la enciclopedia colectiva resulta más emocionante que esos vagos versos.
            Pero son suficientes media docena de poemas para justificar, no ya a un libro, sino a un autor. Julio Martínez Mesanza, poeta de la noche oscura del alma, del crepúsculo de un mundo y de los largos desiertos interiores, los ha escrito. Eso basta.

            

sábado, 2 de julio de 2016

Santiago Ramón y Cajal y las mujeres


Charlas de café
Santiago Ramón y Cajal
Edición de Francisco Fuster
Fondo de Cultura Econónica. Madrid, 2016.

Aparte de su obra científica, Santiago Ramón y Cajal es autor de varias obras literarias de desigual valor. Las más interesantes de las mismas son Mi infancia y juventud, que no fueron las que esperaríamos en quien estaba destinado a ser uno de los grandes investigadores de todos los tiempos, y estas Charlas de café, que ahora reedita Francisco Fuster, con el añadido de un breve prólogo y unas escuetas notas informativas (no señala un clamoroso error del autor –atribuirle a Manuel Machado una afirmación de su hermano Antonio– y deja escapar errores de escaneo: un “hondero”, p. 243, se convierte en “heredero”).
            Charlas de café es una miscelánea de “pensamientos, anécdotas y confidencias” –según se lee en el subtítulo– que fue modificándose desde la primera edición, de 1920, hasta la última, de 1932, que es la que Fuster reproduce. ¿Respeta así la voluntad del autor? Aparentemente sí, en realidad no, como trataré de demostrar.
            Santiago Ramón y Cajal era un hombre sabio, muy atento a las críticas, muy dispuesto a cambiar de opinión. De haber vivido algunos años más, uno de los capítulos de su libro, el titulado “Sobre el amor y las mujeres”, le habría irritado, y en algunos casos ofendido, tanto como irrita y ofende a los lectores de hoy.
            Un “absurdo anacronismo” considera Francisco Fuster “querer juzgar ideas expresadas hace casi un siglo, valiéndose para ello de una ideología o mentalidad igualitaria que, evidentemente, no existía en un momento –años veinte– en el que ‘feminismo’ era una palabra que apenas empezaba a sonar en nuestro país”.
            Dejando aparte lo erróneo de esta última afirmación (ya Emilia Pardo Bazán fue una activa feminista), no se trata de juzgar a nadie de acuerdo con una determinada ideología contemporánea, sino de la necesidad de reeditar un conjunto de observaciones sobre el amor y las mujeres que resumen todos los peores tópicos de la época. Este capítulo constipe, a mi parecer, un peso muerto que está a punto de hacer naufragar el libro; después de leerlo, es difícil tomarse en serio lo que viene a continuación.
            Y sin embargo Charlas de café podría incluirse entre los grandes libros de aforismos españoles. El capítulo más original resume lo aprendido por Cajal en sus más de cuarenta años de asistencia a las españolísimas tertulias, “Acerca de la conversasión, la polémica, las opiniones, la oratoria”. Las tertulias de café, sin las que no se entienden ni la política ni la literatura del XIX y buena parte del XX, son ya historia, pero las observaciones de Cajal –en las que las afirmaciones generales alternan con pinceladas costumbristas– continúan vigentes; se leen con provecho y a menudo con una sonrisa.
            Sobre otros muchos temas, sobre los grandes temas tratados por Marco Aurelio o Montaigne, tratan los apuntes de este libro, sobre la amistad, la vejez, la ingratitud, la política, la educación. No le importa demasiado, como no importa a ningún escritor verdaderamente original, coincidir con algún antecesor. Piensa Cajal, con razón, que los pensamientos verdaderamente significativos siempre se le han ocurrido a más de uno. Él se cuida de indicarnos en nota su coincidencia con algún clásico, o con algún contemporáneo, cuando es consciente de ello.
            También nosotros encontramos inesperados ecos suyos, seguramente casuales, en escritores posteriores.  “La meta es el olvido. / Yo he llegado antes” le hace decir Borges a un poema menor.  Pone así ingeniosamente en verso una idea que ha había expresado Ramón y Cajal: “La gloria no es otra cosa que un olvido aplazado”. También Quevedo había dicho algo semejante. Las ideas significativas, las ideas esenciales, son de todos y no son de nadie, o solo son del que acierta a expresarlas mejor.
            Sorprendente precursor de Borges, también lo es Cajal de algún pasaje de Ángel Gónzalez, como aquella “máxima mínima” –la expresión viene de Jardiel Poncela– que habla de la “dudosa superioridad” de la virtud que paga sobre el vicio que cobra.
            Resultar un manido tópico, un lugar común entre los escritores españoles, criticar la obsesión de lo políticamente correcto, que lleva incluso a censurar obras de otro tiempo. Pero las obras de otro tiempo tienen un doble valor. Por un lado, todas son un documento histórico y como tal deben ser respetadas y estudiadas en su integridad; pero por otro, solo algunas de ellas conservan interés para el lector contemporáneo, no únicamente para el estudioso y, si se trata de misceláneas, pueden conservar vigencia nada más que en alguna de sus partes: esas son las que deben reeditarse.
            Eliminar las páginas dedicadas al amor y las mujeres de Charlas de café, no es censurar el libro, ni mutilarlo, sino hacer posible que lo veamos –sin penosas interferencias epocales– como lo que verdaderamente es: un breviario de sabiduría que debería estar en todas las manos.
           

            

jueves, 23 de junio de 2016

Una jarra de vino entre las flores. Poemas de la dinastía Tang


Trescientos poetas de la dinastía Tang
Sun Zhu
Versión bilingüe de Guojian Chen
Cátedra. Madrid, 2016.

Quizá en ningún otro país fue la poesía tan importante como en China. En los exámenes para ocupar los más altos cargos del funcionariado escribir poemas constituía una de las pruebas principales.
            Guojian Chen lleva más de treinta años ofreciéndonos en español lo mejor de la poesía de su país (aunque él nació en Vietnam). Desde su inicial, Copa en mano, pregunto a la luna (que homenajea el poema más famoso de Li Po), de 1981, hasta libros de títulos tan llamativos como Antología de poetas prostitutas chinas (2010) o tan sugerentes como Poemas chinos para disfrutar (2012).
            Nadie más preparado que Guojian Chen, nacido en 1938, que conoció los rigores de la Revolución Cultural, que tradujo al chino muchas de las obras maestras de la literatura española y reside en España desde 1991, para servir de puente entre las dos culturas.
            De la dinastía Tang, que marca el período de máximo esplendor de la cultura china, ya nos había ofrecido una amplia muestra. Ahora traduce íntegra la más popular y apreciada de las antologías del período, Trescientos poemas de la dinastía Tang, que fue preparada en el siglo XVIII por Sun Zhu (firmaba con el pseudónimo de “Literato Solitario del Estanque Fragante”). Pretendía sustituir a una recopilación anterior, Antología de mil maestros, como libro de texto en los colegios y que a la vez fuera útil e interesante para los mayores. El título se basa en un dicho tradicional: “Aprendiendo bien trescientos poemas de Tang / sabrá escribir poesía el que no sepa”.
            Guojian Chen convierte el prólogo a esta antología en una pequeña enciclopedia sobre la historia de China y sobre la importancia que la poesía tuvo en su cultura. Solo de los tres siglos de la dinastía Tang –y se escribe poesía en China desde hace más de tres mil años– nos ha llegado la obra de cerca de cuatro mil poetas. Son cifras mareantes, ciertamente, pero Guojian Chen sabe detenerse especialmente en la obra de los tres poetas principales de la época: Li Bai, Du Fu y Wang Wei, con el añadido de un cuarto, quizá menos conocido entre nosotros, Bai Juyi, pero no menos significativo.
            Traducir poesía no es tarea fácil, traducir poesía china resulta casi imposible. Los varios nombres con que el conocido el autor más famoso –Li Po, Li Bo, Li Bai, Li Tai-po, Li Tai Pe– nos puede servir de ejemplo sobre esa dificultad: a veces al lector español le cuesta reconocer al mismo poeta entre los distintos nombres o al mismo poema entre diversas versiones.
            Y es que la poesía china que se lee fuera de China o no es poesía (no lo es la versión literal de un poema) o es obra escrita en colaboración. Por eso las traducciones más famosas de esta poesía, las de Marcela de Juan, deberían estudiarse dentro de la historia de la poesía española de posguerra (las primeras se publicaron en los años cuarenta en la revista Cántico). En ninguna antología de la poesía española debería faltar alguna de sus recreaciones de Li Po: “Al viento favorable, el navegante de los mares / leva el ancla y emprende un largo viaje. / Pronto se pierde hasta su estela / cual pájaro en el cielo”.
            Paradójico resulta que las mejores versiones de poesía china, al menos en español, sean obra de poetas que, como Octavio Paz o Víctor Botas, no sabían chino: “Una jarra de vino entre las flores. / Bebo solo, sin nadie. Pero invito, / levantando la copa, a la alta luna. / que se enciende en la noche y, si contamos / mi sombra, somos tres”.
            El valor histórico de esta antología resulta innegable, también el interés que despierta en la China de hoy (hay más de setecientas ediciones disponibles), pero su valor para el simple lector de poesía, no para el estudioso, resulta desigual. Los poemas más extensos y narrativos, los que con razón faltan en otras selecciones de poesía china, resultan apolillada arqueología. Así, el “Canto de la infinita tristeza” comienza de la manera más ramplona: “El monarca de los Han, / muy amante de las faldas, / ordenó que le buscaran / una belleza sin igual. / Más años y años pasaron., / sin que su ardiente deseo / se hiciera realidad”. Un poeta contemporáneo lo reduciría a los versos finales: “El cielo, y también la tierra, / por más que sus cielos duren, / han de terminar un día. / Mas esta inmensa tristeza / será, como el tiempo, eterna”.
            Los poetas chinos de la dinastía Tang nos hablan de separaciones y reencuentros, de la amistad y el desamor, del rechazo a las intrigas cortesanas y de la alabanza a la vida retirada, del sucederse de las estaciones; también del mal gobierno, de la inutilidad de las guerras, del sinsentido de la vida. Vivieron en una sociedad muy distinta de la nuestra (tanto como de la sociedad china actual), pero son nuestros contemporáneos. Necesitan, para que los sintamos así, que un poeta español les ayude a encontrar en nuestra lengua las palabras que conserven su música y su magia. Guojian Chen, como minucioso profesor y amante de la poesía, hace un colosal esfuerzo, aunque a veces no logra evitar que los versos rechinen. Eso no le quita mérito a su titánico empeño de poner la inagotable poesía china al alcance del lector español