viernes, 18 de enero de 2019

Severo Ochoa, Marino Gómez-Santos y la ceremonia del adiós



Severo Ochoa no era de este mundo
Marino Gómez-Santos
Renacimiento. Sevilla, 2018.
           
Marino Gómez Santos (Oviedo, 1930) se hizo famoso a finales de los cincuenta y primeros de los sesenta con una serie de entrevistas, publicadas en el diario Pueblo, que ensanchaban los límites de lo que era habitualmente una entrevista periodística.
            Se publicaban por entregas, a lo largo de una semana, a página completa, una de aquellas páginas inmensas de entonces, y podían publicarse luego independientemente en un folleto (ocurrió con la de Marañón) o unas cuantas reunidas en un volumen de regular extensión.
            Esas entrevistas –la más reciente recopilación se titula Vidas contadas– siguen estando entre los más valioso de su producción y constituyen, como las que José María Carretero, El Caballero Audaz, publicó en La Esfera y reunió luego en los diversos volúmenes de Lo que sé por mí, una especie de inagotable Comedia humana, un fascinante retablo de vidas españolas del siglo XX.
            Severo Ochoa no era de este mundo puede emparentarse con otro libro de Marino Gómez Santos publicado hace más de sesenta años, Baroja y su máscara. Los títulos de ambos libros podían ser Severo Ochoa y yo, Baroja y yo. Nos cuentan la relación personal del autor con esos grandes hombres, conocidos ya en la ancianidad.         
            Gómez Santos –periodista y escritor– tuvo siempre una irresistible proclividad a acercarse a las figuras ilustres, a entrevistarlas, a fotografiarse con ellas, a ponerse a su servicio como secretario para todo si era menester. A casa del anciano Baroja (convertido por aquellas fechas casi en un género literario: no había incipiente escritor que no le visitara y entrevistara), comenzó a ir todos los días para mecanografiar lo que el novelista le dictaba. Algunas de sus obras últimas, como Aquí París, no habrían sido posibles sin la colaboración decisiva del servicial Marino.
            En 1956, el año en que murió Baroja, se publica Baroja y su máscara, un volumen algo destartalado, pero que todavía se lee con gusto. Incluye sugerentes fotografías de Besabé y, además de las conversaciones con el escritor, artículos y entrevistas firmados, entre otros, por Josefina Carabias, César González-Ruano (una de las primeras devociones del periodista biógrafo) o Miguel Pérez Ferrero.
            Severo Ochoa no tiene, como personaje, el encanto de Baroja y eso hace que el nuevo libro que Marino Gómez-Santos le dedica (pasan ya de la media docena) presente un menor interés. El volumen está basado en el diario que el autor llevó entre 1967 y 1993, el tiempo que duró su amistad con el científico. Comenzó en el hotel Palace, con los preliminares de una entrevista para su sección de Pueblo y se iría afianzando durante todo lo que le quedaba de vida al premio Nobel, hasta el punto de que Gómez-Santos sería su albacea testamentario y el secretario de su Fundación.
            Premio Nobel es la palabra más repetida a lo largo de estas páginas, apenas hay una en la que no aparezca. Severo Ochoa, discípulo de Negrín (de quien no guarda muy buen recuerdo: le negó su voto en unas oposiciones, algo que un universitario español nunca olvida), marchó de España a comienzos de la guerra civil. Marino Gómez-Santos se cuida mucho de indicarnos que eso no le convierte en un exiliado político. Marchó para poder seguir desarrollando su trabajo científico. Acabaría recalando en la Universidad de Nueva York y en ella investigaba cuando se le concedió, junto a uno de sus colaboradores el premio Nobel en 1959. Desde esa fecha hasta 1977 fue el único premio Nobel español (y en una especialidad que solo había obtenido anteriormente Cajal) y eso le convirtió en una celebridad mediática –incluso fue objetivo de la prensa rosa por sus presuntos amores con Sara Montiel– y en objeto de todo tipo de reconocimientos. Aprovechó su influencia para ayudar a crear el Centro de Biología Molecular, del que se desilusionó pronto.
            El interés de Severo Ochoa no era de este mundo es más psicológico y sociológico que propiamente literario. Se echa en falta una adecuada labor de edición que evitara, por ejemplo, que cada vez que aparece el premio Nobel norteamericano Gajdusek se nos contaran las mismas anécdotas y con las mismas palabras (páginas168-170 y 189-191). 
            Interés psicológico: en la mayor parte del volumen (la sección titulada “Diario sin fechas”), fallecida la esposa del escritor (en la que este delegaba todo lo que tenía que ver con su vida práctica), los protagonistas son dos: Severo Ochoa y su inseparable y deslumbrado acompañante (“Viajar con un Premio Nobel del carisma de Severo Ochoa incluye consideraciones reservadas a los jefes de Estado”). Algo del género inaugurado por Léon Gozlan y su Balzac en zapatillas tiene este libro: nos revela muchas de las debilidades del gran hombre.
            Interés sociológico: la España de los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia, con sus intrigas y sus cabildeos políticos en el medio intelectual, queda muy bien reflejada en estas páginas. La memoria cruel tituló Gómez-Santos sus memorias; también podía haberlo titulado La memoria vengativa, porque vengativa es la suya: no hay antigua ofensa, real o imaginaria, que quede impune.
            Tras la muerte de Ochoa, Gómez-Santos fue poco a poco relegado por el patronato de la Fundación que el Nobel había creado, a pesar de que era secretario de la misma. En la tercera parte, “La posteridad burlada”, ejerce su derecho al pataleo con tal motivo.
            El “Diario sin fechas” –un error, un diario de este tipo debería de tener fechas– es una minuciosa crónica de la decadencia física e intelectual que ocasiona la vejez. No resulta una lectura demasiado grata, aunque amenizada por los continuos alfilerazos –o cuchilladas– del narrador a quienes se interpusieron en los intereses del Nobel, o en sus propios intereses, que acabaron confundiéndose un poco.
            Todo un personaje Marino Gómez-Santos, que parecía destinado a brillar con luz propia en sus ambiciosos inicios (iba para sucesor de Gónzález-Ruano), y que de alguna manera ha sabido no dejarse borrar por el resplandor de las celebridades que desde siempre tanto le atrayeron.
           

viernes, 11 de enero de 2019

De la vida que pasa



Transparencias. Antología poética
Circe Maia
Edición de Diego Techeira
Visor. Madrid, 2018.

Qué sorpresa, para la mayoría de los lectores españoles, encontrarse de pronto con Trasparencias, la antología poética de Circe Maia. Nacida el año 1932, en Montevideo, no es precisamente una desconocida: en su país, goza de todos los reconocimientos y ha sido traducida a numerosas lenguas. Es también traductora de diversas lenguas, especialmente del griego y del inglés, y uno de sus libros, La casa de polvo sumeria, entremezcla, de manera ejemplar, versiones de diversos autores y reflexiones sobre la tradición poética.
            Podríamos lamentarnos de la falta de comunicación entre la literatura que se escribe en español a uno y otro lado del Atlántico (cosa cierta), pero mejor quizá ver las cosas de otra manera: es tanta la riqueza de la poesía en español durante las últimas décadas que incluso el lector habitual del género puede encontrarse de pronto con un poeta peruano o mexicano o boliviano del que no tenía noticia y que de pronto se le vuelve imprescindible.
            Circe Maia –es su auténtico nombre: Circe Maia Rodríguez, no un pseudónimo– comienza su primer libro, En el tiempo (1958), con unos versos de Antonio Machado, de los que toma el título, y glosa en el prólogo sus ideas sobre la poesía; en el más reciente, Dualidades (2014), vuelve a citarle, al inicio (“Da doble luz a tu verso, / para leído de frente / y al sesgo”) y en el interior de uno de los poemas: “Tú no verás caer la última gota / que en la clepsidra tiembla”.
            Esta fidelidad machadiana no convierte a Circe Maia en un epígono del poeta de Campos de Castilla, como tantos que proliferaron en la poesía española de posguerra. Ha seguido su ejemplo, su mejor ejemplo, el de Soledades, el de los poemas menos anecdóticos, pero lo ha llevado a un grado mayor de invisibilidad retórica.
            No es Circe Maia de esos poetas que gustan de levantar la voz, de ponerse solemnes; no hay en ninguno de sus libros los “trozos de bravura” que tanto detestaba Cernuda y que tantos aplausos despiertan entre ciertos lectores y estudiosos.
            Su lenguaje es el de la conversación; sus temas, los de la cotidianidad. En los poemas de Circe Maia parece no pasar nada, salvo el tiempo, para decirlo con palabras de Ángel González.
            Pasa el tiempo, y eso no es pasar poco, y se escuchan cada vez más insistentes los pasos de la muerte. No estuvo exenta de tragedia la vida de Circe Maia ni vivió ajena a las turbulencias de su país: durante la dictadura militar se llevaron preso a su marido y a ella, a la que también buscaban, la dejaron libre porque tenía una hija de solo cuatro días. Expulsada de su trabajo como profesora de filosofía, se ganó la vida durante años dando clases particulares. Pero todo queda serenado, trascendido, en unos poemas que parecen hechos de nada y que de pronto nos cortan el aliento.
            Su poesía nos invita a participar en el misterio de una vida, que es solo la suya, y que a la vez es la de todos. “Invitación” se titula precisamente el poema en que se dirige a cada uno de nosotros, sus lectores: “Me gustaría / que me oyeras la voz y yo pudiera / oír la tuya. / Sí, sí. Hablo contigo, / mirada silenciosa / que recorre estas líneas. / Y repruebas tal vez este imposible / deseo de salirse del papel y la tinta. / ¿Qué nos diríamos? / No sé, pero siempre mejor / que el conversar a solas / dando vuelta a las frases, a sonidos / (el poner y el sacar paréntesis y al rato / colocarlos de nuevo). / Si tu voz irrumpiera / y quebrara esta misma / línea… ¡Adelante! / Ya te esperaba. Pasa. / Vamos al fondo. Hay algunos frutales. / Ya verás. Entra”.
            Y entramos pronto en esta poesía de engañosa facilidad, que gusta de encubrir el andamiaje intelectual –las bien asimiladas lecturas– desde las que está escrita. Hay poemas que glosan a pintores –Vermeer, Klee, Van Gogh–, a escritores –Kafka omnipresente, Kavafis en el poema “Prisionero”– o a filósofos, como el Berkeley que negaba la realidad de la realidad, pero en ninguno de ellos asoma la pedantería o el culturalismo que necesita la aclaración del estudioso. Están escritos con el mismo tono de voz con que otros que hablan de “los quehaceres cotidianos”, de un niño que juega a las adivinanzas, de las hierbas que crecen entre las ranuras y que es preciso arrancar.
            Palabra en el tiempo la de Circe Maia que acierta a dar –como quería Machado– doble luz a su verso, para que lo leamos de frente –la anécdota, la casi siempre mínima anécdota– y al sesgo, con el temblor emocional de quien entreve la luz y la sombra de la que estamos hechos.
           

lunes, 7 de enero de 2019

Literatura digital y otras falacias



Del café al tuit
Literatura digital, una nueva vanguardia
Ana Cuquerella
Calambur. Madrid, 2018.


La tesis que expone y defiende Ana Cuquerella en su libro Del café al tuit es que “estamos asistiendo a los momentos fundacionales de una nueva literatura”, que se están sentando las bases de lo que la literatura será en el futuro.
            A su entender, ya hay obras valiosas que van en esa dirección: al final del volumen se enumera una decena de títulos a los que considera “jarchas digitales”, los primeros balbuceos de “la nueva manera de dar forma a la literariedad de los textos propiciada por las nuevas tecnologías”.
            Una tesis sugerente la suya, pero que muy pronto comienza a mostrar sus debilidades. Ana Cuquerella, a pesar del empaque académico de su investigación, no parece tener una idea muy clara ni de lo que es la literatura ni del funcionamiento de las tecnologías digitales.
            Para ella, el traslado de un libro impreso al medio electrónico implica necesariamente “transformaciones en el texto en sí”. ¿En un e-book el texto del Quijote, de los poemas de Antonio Machado o del último Premio planeta es diferente de la edición en papel? Resulta evidente que no.
            Ana Cuquerella confunde la edición digital de un texto con su adaptación: “Cuando el administrador del blog Canto de espumas, por ejemplo, toma un fragmento del poema de Machado, lo selecciona y recorta y lo inserta en su fotopoema acompañado de sus propias fotografías, está generando algo nuevo”. Pero lo mismo ocurre cuando esos versos de Machado son acompañados de fotografías en un volumen impreso.
            La literatura –entendamos lo que entendamos por literatura– no está ligada al medio por el que se transmite. Un poema de Catulo  (“Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris. / Nescio, sed fieri sentio et excrucior”), impreso o manuscrito, en papel o en pergamino, sigue siendo el mismo poema de Catulo. Y lo continúa siendo en una edición digital o copiado en un tuit o en un muro de Facebook. Es el mismo poema cuando se lee en voz alta en una clase o por la radio o en un video de YouTube.
            Estas obviedades las ignoran muchos presuntos especialistas, no ya en las nuevas tecnologías, sino también en literatura. Conviene por tanto detenerse un poco en ellas. Ni todo lo que se publica en libro es literatura ni el libro es siempre el mejor modo de acceder a la literatura. Los textos breves –poemas, cuentos– han preferido siempre otros medios de difusión. Primero, la oralidad (que sigue siendo importante en los poemas), luego las publicaciones periódicas, revistas y diarios; hoy en día, Internet. Los poemas se encuentran más a gusto en las redes sociales que en los libros de poemas (a menudo solo una recopilación de textos que primero se han difundido de otra manera). No se trata de algo nuevo. ¿Qué son los libros de cuentos de Clarín o de Emilia Pardo Bazán sino recopilación y selección de relatos que previamente fueron apareciendo en diversas publicaciones, como La Ilustración Ibérica, Los Lunes de El Imparcial o Blanco y Negro??
            El volumen de Ana Cuquerella tiene todas las limitaciones de un trabajo académico, valido solo para el burocrático currículum profesional, no para el lector común: abundantes paráfrasis, no siempre inteligibles, de lo que ha dicho este o aquel estudioso y pocas, poquísimas ideas propias, y casi siempre equivocadas o de una ingenuidad sorprendente. Baste un ejemplo: la literatura digital global se diferenciaría de la literatura analógica global porque “sus integrantes: autores, lectores, seguidores, programadores, diseñadores, etc., se consideran parte de un grupo. Comentan en blogs especializados, organizan y acuden a congresos, seminarios y actividades que giran en torno a estas obras, participan en foros, comparten tuits, etc.”
            ¿Y eso no lo hacen también los autores de cualquier tipo de literatura y los médicos, los numismáticos y todos los que tengan una actividad o una afición en común?
            Ana Cuquerella confunde la literatura digital con los video-juegos,  con las adaptaciones de poemas o relatos, con los ejercicios escolares, con el arte digital, que puede utilizar o no palabras. Para ella un blog es un nuevo género literario, aunque sea un blog de cocina, por su inmediatez y porque admite los comentarios. Para ella, el paso de las bitácoras a Twiter ya supondría una gran innovación literaria: “Cuando todavía estábamos explorando las formas textuales y de comunicación de los blogs, surge un nuevo formato el ‘microblog’, que abre el camino a publicaciones de microrrelatos, haikus, creaciones colectivas, etc., en las que la velocidad, síntesis e interacción superan a las de los primeros”.
            Antes de escribir un libro sobre la literatura digital, Ana Cuquerella debería comenzar por distinguir entre un blog y una red social. Funcionan de diferente manera, pero en ambos se puede igualmente publicar literatura. Un ejemplo reciente, el libro La vida instantánea, de Sergio C. Fanjul, es una excelente recopilación de artículos costumbristas que aparecieron en Facebook, pero que igual podían haber ido apareciendo en un diario.
            “La literatura digital se dirige a un público sin restricciones”. escribe Ana Cuquerella. Y continúa: “Además de ser gratuita y poseer una serie de propiedades intrínsecas que la hacen diferente a la analógica, es universal en su concepción”.
            Error, error, error. La literatura digital, como cualquier literatura, selecciona su público: juvenil, infantil, de aficionados a la ciencia-ficción, etc. La literatura digital puede ser gratuita o no (solo lo es siempre si practicamos el pirateo), lo mismo que la analógica; existen las ediciones no venales. ¿La literatura digital es universal en su concepción al contrario que la literatura analógica? No merece la pena replicar a eso.
            Las confusiones conceptuales de Ana Cuquerella quedan ya patentes en el título que le ha dado a su investigación: Del café al tuit. La versión digital del café literario, del lugar habitual de tertulias, no sería propiamente el tuit, sino el chat, los grupos de WhatsApp o los blog que se llenan de comentarios en torno a un tema polémico.
            Conclusión: en cuestión de nuevas tecnologías, todos somos aprendices, hasta Mark Zuckerberg. A los especialistas, apocalípticos o no, hay que tomarlos con cautela. Salvo que sean especialistas en informática, pero a ellos solo se recurre cuando se nos estropea el ordenador o no funciona la Wifi, no cuando queremos comprender cómo influyen las nuevas tecnologías en la difusión y en la creación de literatura.