lunes, 10 de junio de 2019

Prontuario de perplejidades



El intruso honorífico.
Prontuario enciclopédico provisional de algunas cosas materiales
y conceptuales del mundo
Felipe Benítez Reyes
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2019.

Para organizar el caos, nada como el orden alfabético. No es Felipe Benítez Reyes el primero –ni será el último– que nos ofrece una colección de pequeños ensayos y ocurrencias varias bajo la forma de un diccionario. Él cita como antecedente la Nueva Enciclopedia de Alberto Savinio. También podía citar El arca de las palabras de Andrés Trapiello, los diccionarios temáticos –la literatura, el arte– de Francisco Umbral o Félix de Azúa (por no referirnos a un autor menos prestigioso, pero no más disparatado ni menos ocurrente, Noel Clarasó y su Diccionario humorístico).
            La forma es común, pero el contenido depende de la personalidad del autor. Casi todo Benítez Reyes está en estas páginas ingeniosas en las que al término “erudición” le sigue “escaparate”, “perro” a “periodista” y “unicornio” a “ultratumba”, en coyundas regidas por el azar del alfabeto.
            Entre los varios núcleos temáticos que vertebran esta miscelánea, destacan las figuras retóricas, los géneros literarios y los perfiles de escritores. A veces el humor parece transformarse en desidia. Un ejemplo, la definición de “anástrofe”: “Modalidad de hiperbaton que no vale la pena definir, al menos de momento”. En ocasiones, se acumulan definiciones ajenas, como ocurre en “poesía”, tras una “definición” propia: “Suma de renglones más cortos de lo normal en que cada palabra tiene que hacer un esfuerzo al menos dos veces superior al acostumbrado, y por la mitad de precio”. Ese procedimiento acumulativo resulta muy eficaz en el caso de Verlaine, donde las cuatro primeras definiciones refieren anécdotas truculentas y, en algún caso, especialmente brutales de su biografía y la última dice simplemente “delicado poeta”.
            En las definiciones de escritores hay eutrapelia y sátira, como en el caso de Vicente Aleixandre: “Poeta andaluz con mentalidad lírica de guía turístico de las selvas más o menos amazónicas –con animales salvajes y todo eso– que convirtió la calle Velintonia en una especie de Palmar de Troya”. También hay intentos de humor de dudosa eficacia. De “Ramón” se nos dice que era “un hijo de notario que tuvo que pasarse la vida jugando a la ruleta rusa del ingenio para que la gente se olvidase de que se apellidaba Gómez”. Pero no se apellidaba Gómez, sino Gómez de la Serna, que no es lo mismo.
            De vez en cuando, en las entradas de tema literario, nos encontramos con algún pastiche –romance, soneto, epigrama– que nos hace recordar uno de los más divertidos libros de Benítez Reyes: su antología apócrifa Vidas improbables.
            Las ciudades son otro de los temas recurrentes en este prontuario. Excelente resulta la entrada dedicada a Cádiz, que contrasta con el resto, un tanto desganado, y donde Venecia, que ha propiciado tanta literatura, se reduce a un anécdota inverosímil: una paloma que se ha herido en el pecho y que tiñe de rojo uno de los charcos que la lluvia forma junto al Palacio Ducal. Así contado, parece una parodia de la convencional literatura veneciana, pero Benítez Reyes glosa el incidente completamente en serio: “Unas gotas de sangre mezcladas con la lluvia. La insignificancia de un drama frente al esplendor mecánico de la lluvia”.
            Varias entradas –las menos ligadas a la ingeniosa ocurrencia– nos remiten a los recuerdos de infancia y nos traen a la memoria su espléndida novela corta La propiedad del paraíso. Es el caso de “Cines de verano” o de “Verano”, con sus toques de lirismo y costumbrismo.
            Heredero de Gómez de la Serna, como Umbral y tantos otros, Benítez Reyes trufa su miscelánea de greguerías: “Colgada de un tendedero, una colada de calcetines parece un cónclave de ahorcados invisibles”. Su herencia ramoniana se muestra también en la capacidad de ver de manera insólita los objetos cotidianos. Ejemplos, aparte del ya citado “calcetín”, pueden ser “cama”, “mercado” o “paraguas”.
            Los sueños y los viajes imaginarios nos ofrecen una buena muestra del mejor Benítez Reyes. No está siempre acertado cuando recurre a citas a menudo no bien seleccionadas e intercambiables. Un término como “obra maestra” daría para mucho, pero Benítez Reyes reduce la entrada a una cita de los hermanos Goncourt (no es el único caso, véase “risa”): “un libro nunca es una obra maestra, sino que se transforma en tal. El genio es el talento de un hombre muerto”. ¿Un hombre con talento después de muerto se convierte en genio? La cita no parece demasiado feliz ni viene demasiado a cuento.
            Pocos escritores, en su generación y en cualquier otra, tan dotados para la literatura, en sus más diversos registros, como Felipe Benítez Reyes, pocos con tanta brillantez estilística, con tanta capacidad para emocionarnos, sorprendernos, hacernos ver el mundo de otra manera.
            Pero es un escritor profesional y la profesionalidad no siempre le sienta bien a la literatura: estajanovista de las letras, plusmarquista de los premios literarios, su facilidad le juega a veces alguna mala pasada.
            El cajón de sastre que es este libro habría ganado en eficacia con una rigurosa poda, con la eliminación de no escaso material de relleno. Claro que ese es un reparo que tampoco importa mucho en un tipo de obras hechas para picotear y en las que saltarse páginas resulta casi una obligación.
            En El intruso honorífico no escasea el humor, ya lo hemos dicho, pero el mayor rasgo de humor se encuentra en que, según se indica en la cubierta, ha obtenido el premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos, que es como darle el premio Nobel de Física al autor de un manual de juegos de manos y física recreativa.
           

lunes, 3 de junio de 2019

Operación Barbarroja



A las orillas del Ladoga
Artículos, poemas y cartas desde Finlandia (1941-1942)
Agustín de Foxá
Edición y prólogo de Cristóbal Villalobos
Renacimiento. Sevilla, 2019.

La invasión alemana de la Unión Soviética, iniciada en junio de 1941, contó con dos testigos excepcionales, Curzio Malaparte, corresponsal del Corriere della sera, y Agustín de Foxá, que escribía, primero para Arriba, y luego, y durante toda su vida, para ABC.
            Malaparte comenzó informando desde el frente de Ucrania; más tarde, tras algunos desencuentros con las autoridades alemanas (que él agrandaría posteriormente), fue enviado a Finlandia, donde coincidió con Foxá, diplomático de carrera  destinado a Helsinki.
            Una de las grandes obras sobre los desastres de la guerra, Kaputt, que no ha perdido nada de su morbosa capacidad de seducción, tiene su origen en aquellas andanzas de Malaparte. Las crónicas periodísticas las reunió en El Volga nace en Europa, buena muestra de cómo el periodismo puede ser también literatura, espléndida literatura.
            Los artículos enviados por Foxá desde Finlandia solo parcialmente habían sido recogidos en libro. Se reúnen ahora por primera vez, junto a los poemas que escribió allí, las cartas que envió a su familia y algunos informes diplomáticos. El resultado es un libro nuevo, A las orillas del Ladoga, que de inmediato se convierte en uno de los más personales de Foxá, aunque no haya sido preparado por él, sino por Cristóbal Villalobos (en su prólogo, bien informado aunque demasiado dependiente de opiniones ajenas, se echan en falta las pertinentes referencias bibliográficas).
            Quizá hubiera sido interesante añadir el último cuaderno de los diarios de Agustín de Foxá, correspondiente a agosto-septiembre de 1941, que se refiere a episodios que también encontramos en los cuadernos y en las cartas. Esos diarios personales –incluidos en el tomo III de las Obras completas del escritor– necesitarían una edición exenta.
            Agustín de Foxá, conde de Foxá, fue un escritor que acabó devorado por su personaje. Monárquico, amigo de José Antonio, falangista de la primera hora, acabó convertido en un lujo y en un bufón del franquismo: a él se le permitían audacias verbales y sátiras que circulaban anónimas, pero de cuya autoría nadie dudaba, que habrían llevado a otros a la cárcel. Al diplomático alcoholizado y glotón, al representante del antiguo gran mundo, autor de brillantes artículos en el ABC, se le permitía todo.
            Al contrario que su amigo Kurzio Malaparte, quien decía admirar su ingenio pero lo ridiculizó ferozmente en Kaputt (léase el capítulo “Hombres desnudos”), Foxá ni pudo ni quiso desprenderse de su pasado fascista, aunque la ideología totalitaria era un traje que quizá le venía demasiado ancho. Su antisemitismo (que no le impidió mostrar simpatía por los sefardíes) era de origen religioso (el pueblo judío era un pueblo deicida), no racial. Se muestra racista, sin embargo, siempre que alude a los rasgos asiáticos de los soldados rusos.
            La prosa sincopada y llena de imágenes sorprendentes e intuiciones felices de Foxá se aviene bien con  el estilo telegráfico de los diarios; también con el registro familiar de las cartas. A veces incluso nos da la impresión de que el diario y el epistolario han envejecido menos que los más elaborados artículos, aunque en A las orillas del Ladoga haya algunos que son deslumbrantes obras maestras. Pocos escritores han sabido mostrarnos el paisaje helado de Carelia y Laponia con tanta verdad y con tanta belleza.
            Junto a la prosa de Foxá, su poesía –salvo contadas excepciones– desmerece un poco: los poemas que se reúnen en este libro parecen haber envejecido más que los artículos y las cartas, sin que eso quiera decir que resulten desdeñables. “Temblor primero” representa bien el prosaísmo sentimental que fue una de las direcciones del modernismo hispano  y “Guerra en el Norte” no carece de empaque épico.
            Los mismos hechos se cuentan de distinta manera en los artículos, las cartas, los informes diplomáticos y eso contribuye a la atracción de este libro, convertido así en una obra polifónica, sobre todo si añadimos las páginas de Malaparte que nos invita a releer.
            Los informes diplomáticos nos hablan, fundamentalmente, de la visita a los prisioneros españoles en el campo de concentración de Nastola. Se trata de quince adolescentes, muchos de ellos asturianos, que fueron evacuados a Rusia en 1937 para librarlos de los horrores de la guerra. En el artículo que les dedicó nos los renegando de la Unión Soviética, preguntando por Franco, gritando enfervorizados “Arriba España”. Malaparte, que le acompañó en esa visita (que Foxá no se animaba a realizar) lo cuenta de otra manera: Foxá al despedirse saludó brazo en alto, ellos respondieron con el puño cerrado; para sacarlos del campo de concentración, les exigió el reconocimiento de Franco y todos, salvo uno, se negaron a ello.
            ¿Perjudicó al reconocimiento literario de Foxá su conservadurismo ideológico? En un segundo momento (en un primer momento fue parte de su éxito), sí, pero hoy, reivindicado reiteradamente, ya no es posible sostener tal afirmación.
            Le perjudicó de otra manera. Su conservadurismo de otro tiempo le impidió evolucionar literariamente. Tenía dotes de escritor mayor, pero se quedó en escritor menor. Su virtuosismo estilístico encubría una esquemática y obsoleta visión del mundo.
            Antes de los cuarenta años –nació en 1903, murió en 1959, vengativamente destinado a Manila–, ya había dado lo mejor de sí mismo. Y una buena muestra de ello –y también alguna de sus insuficiencias– puede encontrarse en este libro.
           


sábado, 1 de junio de 2019

Javier Gomá, inteligencia y descosidos



Quiero cansarme contigo (comedia)
Javier Gomá Lanzón
Pre-Textos. Valencia, 2019.

Javier Gomá Lanzón, filósofo, autor de la afamada Tetralogía de la ejemplaridad, y de los espléndidos microensayos reunidos en Filosofía mundana –una puesta al día del mejor Eugenio d’Ors, el del inagotable Glosario–, se ha sentido tentado por la literatura de creación y, tras estrenar el monólogo Inconsolable, publica ahora la comedia Quiero cansarme contigo, precedida de un ilustrador prólogo sobre las relaciones entre filosofía y teatro.
            De la “filosofía ejemplarizante” de Javier Gomá no voy a hablar, no soy experto en la materia, aunque las comillas ya insinúan algo: me parece un perfecto ejemplo de reduccionismo.
            Reducirlo todo a la idea de ejemplaridad quizá resulte demasiado reducir y más si la suprema ejemplaridad se encuentra en la figura de quien él llama “el Galileo”, bordeando peligrosamente la frontera entre el pensamiento racional y las creencias o supersticiones religiosas.
            El teatro de Javier Gomá, como su filosofía, “se pone decididamente del lado de lo fuerte, fresco y sano, entendiendo por sano lo que dignifica la vida y ayuda a vivirla”. Pretende –según continúa diciéndonos en el prólogo, que no se limita a un catálogo de buenas intenciones– “dignificar los asuntos y dignificar la forma”. Es el suyo, insiste, “un teatro de la dignidad”.
            Así resume la contraportada –redactada muy probablemente por el propio autor– el argumento de la comedia: “Tristán, un abogado de prestigio, a punto de rematar su carrera con un éxito extraordinario, entra en una crisis conyugal por los efectos perversos derivados de la mera proximidad familiar de su cuñado, Félix, un individuo sin tacha, con quien se le compara más de lo que nuestro protagonista quisiera porque el cotejo incesante solo le depara una lluvia de reproches”.
            También en la solapa se nos explicita el transfondo filosófico de la comedia: “el problema del Bien, que genera a su alrededor más dolor del que solemos admitir”. Y aclara: “se nos previene contra las malas compañías, pero no contra las buenas que pueden ser mucho más perniciosas”.
            Quiero cansarme contigo apuesta por el humor, y los diálogos entre sus personajes están llenos de momentos felices, pero abundan también en incidentes involuntariamente cómicos que hace que no podamos tomarla del todo en serio.
            Ya sabemos que, por muy realista que quiera ser, una comedia realista no copia fielmente la vida, pero es que Javier Gomá se toma tantas licencias como en el más disparatado libreto de ópera.
            Veamos algunas: a uno de los personajes le detectan un tumor canceroso, le avisan que le van a operar, no informa a su familia y a su cuñado le dice que ingresa en una clínica para una operación de cirugía estética (eliminar algunos quilos y arreglarse el rostro, todo de una vez). Lo ingresan por la tarde y a la mañana siguiente ya está en casa, todo felizmente resulto (ni siquiera necesita postoperatorio). Por la noche celebra una fiesta de cumpleaños y a medianoche toma, sin tenerlo previsto (con billetes comprados a nombre de otra persona), un avión y se va de vacaciones a Palermo. Sigamos: la mujer del protagonista se retrasa una noche en llegar a casa y este, sin más dilaciones, hace las maletas porque piensa que le ha abandonado y, mientras busca otro domicilio (suponemos) pasa por una agencia y saca los billetes para irse esa misma media noche a Palermo. Otro ejemplo: su mujer le reprocha al protagonista ser un mal padre, tiene tan desatendidos a sus hijos que ni siquiera ha sido capaz alguna vez de “llevarlos al parque, bañarse con ellos en la piscina o jugar a las palas en la playa”. Y continúa: “¿La consecuencia de tanto escapismo? Que papá es muy simpático y mamá muy antipática”. ¿Muy simpático para sus hijos un padre que jamás juega con ellos?
            El problema de tantos descosidos –hay más, bastantes más– es que acabamos no creyéndonos nada de lo que se nos cuenta. Félix, el hombre ejemplar, solo es ejemplar porque ayuda en las tareas de la casa, cosa no demasiado meritoria, ya que está parado y su mujer trabaja. Alguna de esas tareas –reformar el cuarto de baño, en lugar de llamar a un profesional– no parece especialmente ejemplares: se trata de personajes adinerados.
            Javier Gomá no parece haberse dado cuenta que, en el trasfondo de su comedia, está un tema tan viejo como el mundo: los celos entre hermanos (en este caso, cuñados), la tragedia de Caín y Abel, la envidia  (en el Abel Sánchez de Unamuno se trata de una pareja de íntimos amigos), un tema que no es exactamente el del daño que causan las buenas compañías frente a las malas.
            Y hay otro asuntillo, muy evidente en su obra, que Gomá pasa por alto, pero que podría haberle dado mayor complejidad a su comedia (aunque quizá la alejaría de lo que él entiende por un “teatro sano que dignifica la vida”). En la escena tercera del tercer acto, por motivos que no vienen al caso, Félix, el cuñado ejemplar, se ha acostado al lado de Tristán, el protagonista. Los dos duermen. De pronto, Tristán se despierta, cree que ha vuelto con él su mujer: “Tristán acaricia amorosamente el cuerpo de Félix y este se despierta y empieza a hacerse cargo de la situación pero permanece inmóvil con los ojos muy abiertos”. Pasa un rato: “Tristán acaricia con más pasión a Félix y amaga un abrazo”. Félix se aparta y dice “con voz meliflua imitando la de Lola”, según se indica en la acotación: “Déjame”. Solo Javier Gomá no ve, en este dejarse hacer durante un largo rato, lo que todos vemos.
            ¿Es un disparate Quiero cansarme contigo? Es el primer acercamiento a la comedia de un pensador brillante y ocurrente, pero lastrado por sus prejuicios ideológicos y por su afán de sistematizar su pensamiento.
            La “carpintería” teatral se le resiste un tanto: sobran los apartes redundantemente ensayísticos y no hace falta que toda la peripecia se amontone en veinticuatro horas, como en la época neoclásica.
            Quiero cansarme contigo –un título entre Juaristi y Muñoz Seca– es una obra ambiciosa y fracasada, pero también sugerente, divertida y fértil, con un trasfondo más complejo de lo que el autor –tan ingenioso, tan seguro de sí mismo–  ha sabido ver.

viernes, 24 de mayo de 2019

Darío Jaramillo, humor y amor



Poesía selecta
Darío Jaramillo Agudelo
Lumen. Barcelona, 2019.

Hay dos maneras de acercarse a un poeta de larga trayectoria. Una es la del estudioso que analiza su trayectoria, determina etapas e influencias, trata de situarlo en la historia de la literatura; la otra, la del simple lector que gusta de la poesía y no le importan demasiado las clasificaciones ni los análisis escolares.
            Darío Jaramillo Agudelo –firma siempre con los dos apellidos, aunque el segundo resulte innecesario–, uno de los más renombrados poetas de Colombia, nacido en 1947, publica su primer libro, Historias, en 1974. Pero no conviene iniciar la lectura de esta Poesía selecta ni por los poemas de ese libro ni por los del siguiente, irónicamente titulado Tratado de retórica (1978). El Darío Jaramillo más personal, en lo bueno y en lo malo, comienza en 1986 con Poemas de amor.
            Prescinde en ese libro de juegos heteronímicos y de biografías imaginarias (volverá alguna vez) para escribir una poesía que parece solo un desahogo del corazón, tan simple en una primera lectura como la que hoy triunfa en las redes sociales: “Atolondrado y confuso, / demasiado lleno de ruidos, / sin centro ni reposo, / desconectado del otro lado de la piel, / aturdido por el interminable crujir de este corazón / –tierra cuarteada, ceniza gris en el pecho–, / así pasan estas noches de calor y duermevela, / estas noches en que no estoy contigo”.
            En la misma línea de variaciones sobre un tema de indudable atractivo popular se inscribe el libro Gatos, que bordea a cada paso el tópico, pero que lo elude con ingenio: “Los estados de la materia son cuatro: / líquido, sólido, gaseoso y gato. / El gato es un caso especial de la materia, / si bien caben las dudas: / ¿es materia esta voluptuosa contorsión?, / ¿no viene del cielo esta manera de dormir? / Y este silencio, ¿acaso no procede de un lugar sin tiempo? / Cuando el espíritu juega a ser materia, / entonces se convierte en gato”.
            Otro conjunto de variaciones sobre un tema, Liturgia de los bosques, se lo atribuye a Sebastián Uribe Riley, protagonista de su novela La voz interior, pero se trata de un capricho del autor que en nada afecta a estos poemas sobre árboles y plantas(hay también un “Bosque de olores” que evoca los de la casa de la infancia).
            Espléndidos resultan los Cuadernos de música, con sus piezas para piano y violonchelo: “Quiere cantar la cuerda. / No es solo la caricia de la nota en las maderas, / ni la resonancia entre la caja noble. / No es solo acústica: quien levitó lo sabe”.
            Pero la música no solo está en estos Cuadernos o en Cantar por cantar, otro conjunto temático. Resuena por todo el libro, como en el primer poema de El cuerpo y otra cosa (“Música de sábado por la tarde, canciones desajándose, sonidos de carbono catorce, piano fantasma resucitando en el silencio, / amnesia que cura una guitarra, espectros que regresan bailando, música que suena medio siglo más tarde”), en la primera de las “Cuatro elegía” (con el eco de las canciones de los Beatles) o en el conmovedor homenaje a Chavela Vargas.
            “Todo poema es de circunstancia”, decía Goethe y poemas de circunstancias y variaciones sobre un tema (el amor, la música, los gatos, los fantasmas), que a veces parecen simples ejercicios, son los más representativos poemas de Daría Jaramillo, aunque quizá no los más ambiciosos.
            Hacia el ingenio –no es un reproche– se deslizan los poemas de “Amores imposibles”, y no solo: “Todos los amores imposibles son eternos, / el tiempo no los toca / y no existen traiciones entre los amores imposibles”.
            Las mejores armas de Darío Jaramillo son el coloquialismo y el humor, que le sirven para evitar el énfasis y el engolamiento retórico. Buen ejemplo de ello lo constituye la serie “Conversaciones con Dios”, a la que se añaden algunos textos inéditos en esta recopilación.
            Como en “Historial de un libro” Luis Cernuda nos explicó la génesis de La realidad y el deseo, Darío Jaramillo ha reunido en Historia de una pasión (2006) tres lúcidos acercamientos a su manera de entender la poesía. Ahí habla también del atentado que cambiaría su vida: “Pasé casi una semana en cuidados intensivos, cuestión que en mi memoria quiere decir simplemente que me acosté en domingo y me desperté en jueves –¿o viernes?—y varios días después me amputaron el pie derecho debajo de la rodilla”. Le salvaron entonces “el humor y el amor”.
            El humor y el amor, y un continuo ejercicio de inteligencia, salvan a un poeta que no le teme al tema menor, a juguetear con el tópico, que en sus mejores mmentos procura seguir el consejo de don Quijote: “Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala”.

lunes, 13 de mayo de 2019

Días felices



Los felices días del verano
Fulco di Verdura.
Traducción de Txaro Santoro
Errata Naturae. Madrid, 2019.

Sicilia, además de una isla, es un género literario y las fascinantes memoria de infancia de Fulco di Verdura una de sus obras más representativas.
            Fulco Santostefano della Cerda, duque de Verdura, conoció desde muy joven la celebridad, pero no como escritor, sino como diseñador de joyas. En los años veinte, trabajó en París con Cocó Chanel, luego en Hollywood y, a partir de 1939, abrió una joyería en Nueva York, muy cerca de Tiffany, en la Quinta Avenida. No hay figura emblemática del siglo XX –de Katherine Hepburn a Diana de Gales– que no aparezca luciendo algunas de sus joyas coloristas, llamativas, inspiradas en motivos heráldicos o marinos, con ecos del barroco siciliano.
            Faltaba poco más de un año para su muerte –murió en 1978, cumplidos los ochenta años– cuando Fulco di Verdura publicó su primer libro y, al contrario que su primo Giusppe Tomasi di Lampedusa, no guardaba ningún otro inédito. Con su famoso primo, no tuvo apenas relación, salvo cuando ambos eran niños. Lo recuerda “grueso, taciturno, de ojos grandes y tristes”, enfermando con facilidad y temeroso con los animales. El Gatopardo, cuyos protagonistas, Tancredo y Angélica, están inspirados en los abuelos de Fulco, le parece una obra históricamente errónea. En 1963, Fulco di Verdura regresó a Italia para asesorar a Visconti en la recreación de un mundo que él conocía como nadie.
            Los felices días del verano (Txaro Santoro lo traduce del inglés, lengua en que primero lo escribió el autor, reescribiéndolo en italiano posteriormente) lleva el subtítulo de “Una infancia siciliana”. No fue una infancia cualquiera la de Fulco di Verdura. Comienza hablándonos de las tres casas en las que transcurrió, luego de los animales domésticos y solo bastantes páginas después de las personas.
            La primera de esas casas era Villa Niscemi, junto al gran parque de La Favorita, en Palermo. “Gracias a Dios –leemos en las primeras líneas del libro– la casa sigue allí. Es la misma vieja y querida villa de siempre, cubierta de buganvillas, repleta de terrazas y balcones que sobresalen, abrasada por el sol y cansada, pero orgullosa en medio de su jardín inglés semitropical”. Ese jardín comunicaba con el parque de la Favorita, creado para acoger a los reyes de Nápoles cuando tuvieron que huir de la revolución, y a él podía entrar el niño Fulco incluso si estaba cerrado al público.
            Otra casa era el Palazzo Verdura, en Via Montevirgine, una estrecha calle cercana a la catedral. “Más que un palacio era una kasba”, nos dice. Estaba formado por tres diferentes edificios comunicados entre sí, tenía tres patios grandes y varios pequeños, conocidos como “pozos de luna”, una terraza y un jardín; al otro lado del jardín había un edificio de color asalmonado que también formaba parte del conjunto.
            La tercera era la casa de verano, Villa Serradifalco, en Bagheria, al otro lado de la bahía de Palermo, construida en el siglo XVII, reconstruida en el XVIII, con una gran escalinata doble que conducía a la entrada.
            En Bagheria se pasaba el verano, pero a finales de agosto comenzaba el viaje familiar por el continente, con paradas en Roma, Florencia o Venecia, con estancias en Suiza y Austria, y con largos días en París.  Era la manera de vivir de los privilegiados de entonces”.
            Cuando Fulco di Verdura escribió su libro, el mundo que evocaba ya era tan remoto, para decirlo con palabras de Borges, “como el paso de Aníbal por los Alpes”: había quedado sepultado para siempre en las trincheras de la Gran Guerra. En su caso, la expulsión del paraíso –nos da cuenta de ella en el último capítulo– tuvo lugar con el ingreso en la escuela, ya cumplidos los diez años, y con la muerte de la abuela y la precaria situación económica en que la familia quedó a partir de entonces.
            La vida de entonces, en un caserón aristocrático, se parecía más a la vida medieval que a la de hoy. El patio principal “tenía una intensa vida propia, llena de movimientos y sonidos: cocheros y mozos de cuadra que gritaban y se hacían señas, caballos piafando y relinchando, un perro ladrando, el zureo de las palomas, el susurro furtivo de gallinas… De las cuadras contiguas llegaba el sonido de dos animales feroces a los que no se podía ver. Uno era una mula enana de color rojizo, y el otro un carnero enorme. Cada vez qua alguien pasaba cerca, la una daba coces furiosas a la puerta y el otro embestía al instante con igual violencia”.
            Tardan en aparecer los seres humanos en estos escenarios, que hoy nos resultan casi mitológicos, pero no desdicen de ellos con su pintoresquismo de otro tiempo. Se evocan las fiestas tradicionales, el terremoto de Messina de 1908; se recorren las viejas iglesias, se visita en el monte Pellegrino el santuario de Santa Rosalía.
            Fulco di Verdura vivió en París, en Nueva York, en Londres, trató a buena parte de los protagonistas del siglo XX, pero solo quiso dejar constancia escrita de sus años de infancia en el antiguo Palermo y en un mundo que estaba a punto de desaparecer.
            El resultado es un libro breve, hipnótico, que habla de una infancia a la vez insólita y cercana, con la magia, la crueldad y la inocencia de todas las infancias felices.

martes, 7 de mayo de 2019

Entre Pasolini y Panero



Dionisio Cañas. Invitación a su obra. Biografía
Amador Palacios
Diputación de Ciudad Real, 2018.
  
En 1969, en la playa de Benidorm, un profesor universitario estadounidense de origen cubano, conoce a un joven de veinte años, sin trabajo, sin apenas estudios, bordeando la delincuencia. Lo que podía haber quedado en un fugaz encuentro sexual se transforma en una historia de amor que cambia para siempre la historia de ambos.
            El profesor universitario era José Olivio Jiménez, catedrático en Nueva York, experto en el modernismo y en la poesía española de posguerra; el joven, Dionisio Cañas, que gracias a esa relación acabaría siendo lo que nunca había imaginado, poeta y profesor.
            José Olivio Jiménez hizo con aquel hijo de emigrantes españoles –sus padres vivían en Francia–, de eficaz y minucioso Pigmalión: se lo llevó a vivir con él a Nueva York y le mantuvo durante su paternal tutela incluso después de que la relación sentimental terminara.
            Amador Palacios, también poeta y estudioso de las vanguardias, además de traductor de poesía portuguesa, ha publicado una biografía de Dionisio Cañas –un personaje que podría protagonizar varias novelas– de gran interés sociológico, a pesar de sus insuficiencias metodológicas.
            En abierto contraste con el secretismo en que siempre se movieron los poetas españoles amigos de José Olivio Jiménez, encabezados por Vicente Aleixandre, Dionisio Cañas tuvo siempre una cierta tendencia al exhibicionismo: manchego como Almodóvar, parece salido de una de sus películas de los años ochenta. En Memorias de un mirón (Voyeurismo y sociedad), de 2002, nos habla abierta y detalladamente de sus parafilias, algunas tan curiosas como su obsesión por los vagabundos.
            Amador Palacios, que más que biógrafo y estudioso, parece ser con frecuencia un simple amanuense del biografiado, aunque escriba en tercera persona, llena las páginas de su libro de coloquiales confidencias, a veces involuntariamente cómicas o que nos hacen sentir un poco de vergüenza ajena. Cito dos pasajes de la cronología final, que suele ser aséptica y limitada a los datos fundamentales. En 1966, leemos: “Al terminar el liceo técnico, se pone a trabajar. Fue tornero, soldador y fresador. Pero para el trabajo manual es muy torpe. En estos años tiene su primera experiencia sexual con un viudo”. Sin comentarios.
            Y en el apartado correspondiente a 1991: “José Hierro visita por primera vez Nueva York, alojándose ‘oficialmente’ en el apartamento de José Olivio Jiménez y Dionisio (ya que pasaba otros muchos buenos ratos en casa de su amante neoyorquina) e iniciando la redacción de Poeta en Nueva York”. Bastarían ese lapsus lorquiano y esos chismosos “buenos ratos”, que no vienen a cuento, para poner en cuestión el trabajo de Amador Palacios. Por ese apartamento neoyorquino –215 West, 90 Street–, pasaría buena parte de la poesía española, de Ángel González o Claudio Rodríguez a Luis García Montero, con Dionisio Cañas como minucioso cronista de actividades no siempre confesables.  
            En apéndice, se publica una muestra de las cartas recibidas por el autor a propósito de sus obras. Hablando de un de los corresponsales, Amador Palacios nos informa de que “arrastró durante toda su vida la amargura ocasionada por su condición homosexual sin haber ‘salido del armario’, pues estaba casado y tenía cuatro hijos; sus relaciones homosexuales siempre eran furtivas. Gran amigo de Gregorio Prieto, el gran pintor valdepeñero le aconsejó irresponsablemente que se casara”.
            Todo un personaje, Dionisio Cañas, entre Lázaro de Tormes y Jean Genet, entre Pasolini y Panero (sus adicciones le llevaron a algún ingreso psiquiátrico); todo un benemérito desastre Amador Palacios, que a ratos se olvida de que está escribiendo la biografía de un escritor para convertirse en guionista de algún reality show televisivo.
            Es muy probable que las obras iniciales de Dionisio Cañas estuvieran algo más que tuteladas por su mentor: Vicente Aleixandre le hizo prometer a José Olivio Jiménez que los poemas de Dionisio Cañas –que a los veinte años apenas si se manejaba con el español escrito– eran verdaderamente del joven poeta.
            El pintoresquismo de Cañas no nos debe hacer olvidar que es autor de dos excelentes libros de crítica, Poesía y percepción (1984) y El poeta y la ciudad (1994), además de atinados estudios preliminares a ediciones de José Hierro, Claudio Rodríguez, Francisco Brines o Jaime Gil de Biedma. Como poeta, dio diversos bandazos hasta la incursión final en un experimentalismo de poco interés, pero no resultan en absoluto desdeñables títulos como El fin de las razas felices (1987), reescritura del Apocalipsis, ni El gran criminal (1997), ambientada en los bajos fondos neoyorquinos.   
            Finalmente, abandonada la docencia en Nueva York, retirado a Tomelloso, pudo más el personaje, reducido a una curiosidad autonómica, que el estudioso o el creador, aunque Amador Palacios nos da cuenta de sus intervenciones poéticas en lugares tan dispares como Toulouse, Cuenca, en Rabat, Tomelloso, el Cairo, Murcia, Lesbos. En todos esos lugares, ha llevado a cabo su intervención más exitosa, El Gran Poema de Nadie, consistente en que personas anónimas, bajo su dirección, van recortando palabras de papeles y envases recogidos de la basura y, pegándolas a azar, en una gran tira de papel.
            No entramos a valorar el interés de tales actuaciones, ni de los videopoemas o las elucubraciones más o menos místicas a las que se dedica ahora Dionisio Cañas, aquel muchacho de veinte años que hace medio siglo tuvo en una playa de Benidorm un encuentro que cambiaría para siempre su vida. Amador Palacios nos la ha contado en un libro que muestra algunos de los entresijos menos confesables de la vida literaria española y dice mucho de su admiración acrítica por el biografiado, pero bastante poco de su rigor intelectual.

sábado, 4 de mayo de 2019

La falacia de los premios



Resurrecciones y rescates
Ida Vitale
Fondo de Cultura Económica, Universidad de Alcalá. Madrid, 2019.

Hay premios que gozan de una inmerecida mala prensa, como el Planeta, mientras que otros se benefician de un acrítico prestigio, como el Nobel.
            El premio Planeta no engaña a nadie: se trata de una exitosa operación comercial que busca colocar una novela –casi siempre digna, casi nunca memorable– entre los libros más vendidos del año.
            ¿Engañan otros premios más prestigiosos? En buena medida, sí. Y buen ejemplo de ello es el volumen Resurrecciones y rescates que la Universidad de Alcalá acaba de incorporar a su Biblioteca Premios Cervantes. Vaya por delante que buena parte de los artículos que reúne, escritos a lo largo de más de cincuenta años por la poeta Ida Vitale, no merecían ni la resurrección ni el rescate.
            Un ejemplo: “Luis Cernuda: poeta próximo”, escrito en 1963 a raíz de su muerte, meramente circunstancial y con errores de cierta importancia. A propósito del surrealismo,  nos dice que en poetas como “Alberti, por ejemplo, o Diego, será de tal virulencia que determinará el libro inmediato, que no desmiente la fuente”, confundiendo a Gerardo Diego con Aleixandre. ¿Y quién que conozca algo la biografía de Cernuda puede escribir que en su exilio inglés “encuentra el clima espiritual que le es más afín”?
            Otro ejemplo: la prescindible divagación, que no estudio, sobre José Ángel Valente, que no muestra un especial conocimiento ni sobre su poesía ni sobre su obra crítica ni sobre su persona.
            Mayor interés tienen sus artículos sobre José Bergamín, a quien conoció en Montevideo y a quien considera uno de sus maestros, aunque sea un interés más biográfico que crítico. Cita, sin embargo, y por dos veces, de manera incompleta una de sus más famosas frases, haciéndole perder así toda su gracia. Bergamín no se limitó a decir “con los comunistas hasta la muerte”, como afirma Ida Vitale, sino que añadió “pero ni un paso más”, con lo que a la vez afirmaba sus convicciones ideológicas y sus creencias religiosas.
            No resulta muy comprensible que una selección “obviamente muy parcial” y que deja en reserva “una gran parte” de la obra dispersa de la autora, como ella misma dice en la nota inicial, incluya más de una vez repetitivos artículos sobre un mismo tema (el escritor Felisberto Hernández, por ejemplo).
            No sabemos quién ha hecho la selección ni quien ha dispuesto, un tanto arbitrariamente, el original en tres partes. El anónimo editor (quizá el autor del índice onomástico, Javier Rodríguez Ganuza) nos indica en una nota que “los textos no reproducen fielmente la publicación original”, lo que nos produce algún sobresalto. Pero luego aclara que las infidelidades se deben, en su gran mayoría, a que “la autora decidió hacer ligeras modificaciones que, en cualquier caso, no cambian el significado de los mismos” (ni eliminan errores, añadiría yo).
            Los reparos que se le pueden poner a Resurrecciones y rescates no se deben a que se trate de una recopilación de textos publicados previamente. Buena parte de los títulos más atractivos de Octavio Paz, maestro y protector de Ida Vitale, son de ese tipo. Me limitaré a citar uno, Sombras de obras, que tiene relación con la miscelánea que estamos comentando. Una de las partes más atractivas de ese volumen se titula “La vuelta de los días”, como la sección de la revista Vuelta, dedicada a breves glosas –un poco a la manera orsiana– sobre temas de la actualidad cultural y reúne las publicadas por Octavio Paz. En esa sección alternaban varios autores, a veces en el mismo número, también Ida Vitale. Con el atinado título de “La ley de Heisenberg” (“basta que observemos la realidad para que esta se modifique”) reúne las notas publicadas en Vuelta y luego en su sucesora, Letras libres. Están entre lo más atractivo del conjunto.
            La reunión de textos dispersos requiere añadir al inicial trabajo autorial otro que hace que las piezas dispersas cobren un nuevo sentido. Es lo que ha faltado aquí: ni la autora ha sido capaz de releerse a sí misma rescatando solo lo que merecía ser rescatado (y disponiéndolo adecuadamente) ni el anónimo editor ha considerado necesario hacer ese imprescindible trabajo.
            Pero a nadie le importará eso, porque sospecho que nadie más –y no se lo censuro– va a leer este libro capítulo tras capítulo. Para poder elogiarlo –como obligan la edad de la autora y el prestigio oficial del Cervantes–, mejor limitarse a hojearlo, aunque ese rutinario elogio suponga una pequeña estafa al lector común que no está en el secreto.
            Un autor menor (en algún caso muy menor, recordemos a Dulce María Loynaz) no deja de serlo por recibir el premio Cervantes, un galardón de mucho aparato institucional, pero que con cierta frecuencia sirve para avalar textos muy prescindibles o manifiestamente mejorables.
           

sábado, 27 de abril de 2019

Et in Arcadia ego



Suavemente ribera
Antonio Manilla
Visor. Madrid, 2019.

Como toda poesía verdadera, la de Antonio Manilla gira en torno a unas pocas obsesiones, a la vez muy personales y muy enraizadas en la tradición universal.
            “El motivo inmutable / es la muerte” comienza Suavemente ribera, un título agramatical –adverbio adyacente de sustantivo y no de verbo o de otro adverbio– que no se corresponde con la dicción nada rupturista del conjunto: los poemas del libro oscilan entre la precisa minuciosidad impresionista y la lapidaria dicción de la Antología palatina (toda una sección está integrada por epitafios).
            En el más célebre cuadro de Nicolas Poussin, varios pastores rodean una tumba con la inscripción “Et in arcadia ego”, inscripción que ha sido interpretada de dos contrapuestas maneras: “yo también estuve en la Arcadia” (yo también fui feliz, dicho por el difunto) o “también en la Arcadia estoy yo”, puesto en boca de la muerte.
            Ambas interpretaciones pueden aplicarse a Suavemente ribera. El libro recrea una Arcadia feliz, el mundo rural de la montaña leonesa, donde transcurrió la infancia del poeta. Y lo hace con poemas memorables en los que se oye el canto de los pájaros y el murmullo del agua y asistimos al paso de las estaciones.
            Pero de ese paraíso hace tiempo que fue expulsado y sabe que, como a cualquier paraíso, es imposible volver, aunque no deje de intentarlo, según queda constancia en muchos de los poemas del libro.
            Donde habitó la dicha, ahora solo hay “ortigas y maleza”, como leemos en “Abandono”, un poema que representa bien el tono elegíaco del libro y su fraseo que algunos pudieran considerar de otra época (entre Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez): “Un pueblo abandonado. En medio de su nada, / igual que flores secas, las ruinas de una iglesia. / En una de sus calles, algún can solitario / que viene y va buscando, entre fantasmas, dueño. / Tan solo sombras donde en el pasado había / fuentes, campanas, niños. Ortigas y maleza / medrando en el silencio y un jilguero que rompe, / con su canto de amor, la densidad del sueño”.
            Ese pueblo abandonado, símbolo de tantos, recibe nombre en alguno de los poemas: “En Bustefrades, viento, soledad / y viento hasta el umbral de las montañas”.
            El poema más extenso del libro, “Casa en solar ajeno”, lleva como subtítulo el cultismo “Demotanasia”, que alude a las decisiones políticas –o a los efectos colaterales de esas decisiones– que llevan a la despoblación de un territorio. Suavemente ribera es una elegía por el paraíso perdido y también una protesta –nada panfletaria– contra la despoblación de territorios que un día estuvieron llenos de vida (algo tiene de manifiesto en favor de la España vacía).
            Las obsesiones personales de Antonio Manilla se expresan por medio de mitos. En estos versos nos encontramos, como no podía ser de otra manera, a Ulises. También la caja de Pandora, Ananké y, sobre todo, innumerables variaciones del horaciano “carpe diem”, presente no solo en los epitafios de “Tierra extraña”: “Lo que tengas que hacer, procura hacerlo ya. / Mientras el sufrimiento se mantiene alejado / del umbral de tu cuerpo. / Ama o combate, bebe o triunfa ahora. / Sé parte de la noche / mientras arte tu estrella entre los astros”.
            El principal riesgo a evitar, cuando se recrean los tópicos de la tradición, es incurrir en un lenguaje igualmente tópico. Antonio Manilla no parece gustar de la innovación expresiva ni, al contrario de lo que sugiere el título, suele recurrir a las alteraciones de la gramática, como ya hemos indicado. Apenas si merece subrayarse la utilización de un neologismo ramoniano (“Sobre la luz del río, en moribundia, / bailan su danza quieta los insectos”) y una acertada paronomasia “in absentia” (“Yo soy de donde voy”) que contrasta con la aliteración que pretende emular, creo que sin conseguirlo, la musicalidad rubeniana: “Salude a los aludes de laudes”.
            En el poema “Preces”, se aclara el sentido del título (un deseo de ser “suavemente ribera / mientras el tiempo pasa”) y también el de esta colección de estampas rurales coloreadas por el lenguaje de la melancolía.
            Suavemente ribera es una invitación a vivir el presente,  al disfrute de “lo eterno en lo fugaz”, del aquí y el ahora mientras nos dirigimos “a un país sin límites: / la patria sin fronteras de la muerte”, como leemos en el poema final.
             


viernes, 19 de abril de 2019

Historia de una sombrilla



La sombrilla japonesa y otros textos
Isaac del Vando Villar
Edición de José María Barrera López y Rogelio Reyes Cano
Ulises. Sevilla, 2019.

Borges, uno de los más activos participantes en el movimiento, habló más tarde de “la equivocación ultraísta”. Y durante muchos años, el ultraísmo fue considerado como un intermedio prescindible –efímeras ocurrencias, prefabricados escándalos– entre los epígonos del modernismo y la verdadera renovación realizada por los poetas del 27. Pero a partir de los años sesenta ese “ismo”, iniciado por Cansinos Assens y que tuvo en la revista sevillana Grecia uno de sus principales reductos, cuenta con cada vez mayor atención crítica.
            Le llega ahora el turno de salir de la sombra a Isaac del Vando Villar, director de esa pionera revista –en ella publicó su primer poema, hace ahora cien años, Jorge Luis Borges– y luego de Tableros, otra de las publicaciones básicas del movimiento.
            Isaac del Vando Villar (1890-1963) fue uno de los pocos escritores españoles que mantuvo correspondencia con Fernando Pessoa. Por indicación de Adriano del Valle, le envió su libro La sombrilla japonesa solicitándole un comentario crítico y Pessoa le respondió con unas líneas vagamente paradójicas, muy en su estilo, autorizándole a traducirlas y publicarlas donde lo creyera conveniente.
            La sombrilla japonesa se publicó en 1924, cuando el ultraísmo era ya historia y había sido caricaturizado por su más caracterizado promotor en la novela El movimiento V.P. Un año antes había aparecido Hélices, de Guillermo de Torre, quien pronto abandonaría la poesía para convertirse en el gran historiador y crítico de las vanguardias (y no solo).
            Ahora ese libro mítico, citado en todas las historias de la literatura, pero conocido por muy pocos, se reedita con un erudito prólogo de José María Barrera López y Rogelio Reyes Cano. Casi todos sus poemas habían sido publicados anteriormente en Grecia. A esta reedición se añaden otros textos de Isaac del Vando Villar publicados en la misma revista.
            Leído hoy, La sombrilla japonesa apenas si tiene otro valor que el encanto epocal. Las huellas del tardío modernismo están muy claras y el orientalismo del poema que le da título y de algún otro poema tiene más que ver con Rubén y sus epígonos que con la renovación vanguardista.
            Al contrario que Guillermo de Torre, que llena sus versos de aviones, automóviles y toda la parafernalia de la modernidad, Isaac del Vando Villar parece preferir los elementos costumbristas a los futuristas. Incluye incluso, entre sus rosarios de metáforas que buscan la sorpresa, algunos versos que anticipan el neopopularismo que pronto se pondría de moda: “Quisiera ser como el aire / para besarla en la frente / sin que lo supiera nadie”.
            El primer ultraísta, sin darse ese nombre, fue Ramón Gómez de la Serna. En los poemas de La sombrilla japonesa, abundan las greguerías. Un ejemplo lo encontramos en “Luna llena”, dedicado precisamente a Gómez de la Serna: “Sudario blanco de los enamorados de la muerte”, “Sombrilla de seda de equilibrista japonesa”, “Alcancía de plata para los avaros”.
            Isaac del Vando Villar sobrevivió cuarenta años a la publicación de su libro, pero no volvió a publicar ningún otro. Ya es su tiempo surgieron sospechas sobre su verdadero papel en Grecia e incluso sobre la autoría de su obra. José María de Cossío, en carta a Gerardo Diego, se sorprendía de que “un espíritu tan tosco” diera el tono a las “delicadezas y pudores que en cada página de Grecia asoman”. Y Borges, en una de sus maliciosas bromas, afirmaba que Adriano del Valle estaba muy ocupado cada vez que Isaac del Vando Villar escribía un poema.
            Y es que, si a un poeta como António Botto se le ha llegado a considerar como un semiheterónimo de Fernando Pessoa (su obra de algún interés acaba con la muerte de Pessoa), tanta o más razón habría para considerar a Isaac del Vando Villar como un semiheterónimo de Adriano del Valle.
            Adriano del Valle escribe las más brillantes páginas de La sombrilla japonesa, las del prólogo (que aparecieron también en la revista portuguesa Contemporánea) y es muy probable que algunos de los menos torpones versos del libro sean suyos o hayan sido corregidos por él.
            Los versos ultraístas de Adriano del Valle (1895-1957) se recopilaron tardíamente, en 1934, y en una edición para bibliófilos, con el título de Primavera portátil. El título con el que se dio a conocer, Arpa fiel, de 1941, ya tenía muy otra intención, era una vuelta al tradicionalismo y al barroco. Su decidido apoyo al franquismo y los cargos oficiales que desempeñó alejaron a Adriano del Valle de la atención de la crítica y lo condenaron al olvido. Pero a pesar de su retoricismo es un poeta nada desdeñable, algo más que una anécdota para los historiadores de la literatura, al contrario que Isaac del Vando Villar.

martes, 9 de abril de 2019

Felicidad y otros cuentos




La ventana sobre el jardín
Felicidad Blanc
Espuela de Plata. Sevilla, 2019.

En 1976, el estreno de la película El desencanto convirtió en personajes populares a los hijos –dos de ellos ya reconocidos poetas– y a la viuda de Leopoldo Panero. Todavía tardaría en llegar a la televisión la moda de los reality show. No estábamos acostumbrados a que las miserias familiares se airearan en público. Tampoco a que las mujeres de los “grandes hombres” tomaran la palabra para protestar de su marginación. Es lo que hizo Felicidad Blanc, quien además prolongó el escándalo del documental cinematográfico con una entrevista que llevaba el siguiente titular: “Leopoldo era un hombre cruel”. Los amigos del poeta se llevaron las manos a la cabeza y en Astorga poco faltó para que la declararan oficialmente persona non grata.
            Eulalia Galvarriato, casada con Dámaso Alonso, puede servir de ejemplo del papel que se esperaba de las mujeres y contra el que se revela Felicidad Blanc. En una entrevista de 1988, declaró a Concha Alborg: “Yo he dedicado mucha parte de mi tiempo a mi marido. No es que me haya sacrificado, en absoluto, pero tanto su madre como yo estábamos atentas a él completamente. Yo he corregido todas las pruebas de los libros de mi marido, yo he pasado todo a máquina”. A pesar de ello –y de considerar que “la mejor realización de la mujer es casarse y cuidad de sus hijos”–, Eulalia Galvarriato es autora de una no desdeñable obra literaria, iniciada con la novela Cinco sombras, finalista del premio Nadal en 1947.
            Un año después de El desencanto, y aprovechando el éxito de la película, publicó Felicidad Blanc Espejo de sombras, una autobiografía escrita con la colaboración de Natividad Massanés. El proceso de elaboración de ese libro no está claro; parece que alterna la escritura directa de la autora con la reconstrucción periodística a partir de declaraciones suyas.
            La publicación de La ventana sobre el jardín, que reúne todos los cuentos de Felicidad Blanc, nos permite por fin valorarla como escritora, al margen de las mitificaciones y mixtificaciones que rodearon al personaje. Lo primero que sorprende es la brevedad de su obra: apenas cien páginas, bastante menos de la mitad del volumen (el resto lo ocupa un estudio sobre su vida y obra a cargo de Sergio Fernández Martínez).
            La brevísima labor literaria de Felicidad Blanc abarca dos etapas. La primera de 1949 a 1955, la integran seis relatos publicados en las más importantes revistas de la época, especialmente Cuadernos hispanoamericanos. Gracias a esos relatos –desolados, desasosegantes, entre Katherine Mansfield y la primera Carmen Martín Gaite–, Felicidad Blanc fue incluida por Francisco García Pavón en su Antología de cuentistas españoles contemporáneos (1939-1958). Después vino el silencio y una segunda etapa, a partir de 1978, poco significativa y en buena parte reiterativa: varias prosas están dedicadas a fantasear sobre sus supuestos amores con Luis Cernuda.
            Tres vidas hubo en la vida de Felicidad Blanc, muy bien analizadas por Sergio Fenández Martínez. La primera es la de su infancia y juventud, una vida burguesa y feliz, que culmina con la llegada de la República. Fundadora de un equipo de hockey femenino representa a la nueva mujer que había adquirido el derecho al voto y se sentía capaz de rivalizar con el hombre en cualquier campo.
            Todo cambió con la victoria de Franco y el matrimonio, en 1941, con quien pronto se convertiría en uno de los poetas oficiales del Régimen, el converso republicano Leopoldo Panero. El nuevo ideal de mujer lo marca Pilar Primo de Rivera, quien en 1942 declaró: “Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios a las inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar mejor o peor lo que los hombres nos dan hecho”.
            La tercera vida, la de la liberación y la afirmación de su personalidad, no tiene lugar con la muerte de Panero, en 1962, sino con la de Franco en 1975, cuando por fin decide dejar de ser una amable sombra oculta tras el marido y los hijos.
            A pesar del aparente éxito, de la visibilidad mediática, no tuvo demasiada suerte Felicidad Blanc en esta última etapa de su vida.  El retrato que de ella nos hace Sergio Fernández Martínez –ejemplarmente documentado– despierta todas nuestras simpatías, pero no parece cierta la tesis central de que fue una escritora frustrada por un matrimonio desafortunado y una época que cortaba alas a la carrera literaria de las mujeres. Leopoldo Panero –según se nos cuenta en Espejo de sombras– aplaude sus primeros cuentos y organiza una reunión para que los amigos escritores los escuchen. Al final, Luis Rosales exclama: “Esto hay que publicarlo. Están muy bien, de verdad te lo digo. Están muy bien”. Y en la revista que él dirigía se publicó de inmediato “El domingo”. Eran tiempos, años cuarenta y cincuenta, en que las narradoras femeninas estaban de moda: Carmen Laforet, Ana María Matute, Carmen Marín Gaite.
            Si Felicidad Blanc abandonó su carrera literaria, si no fue capaz de recuperarla después, se debe a razones que no tienen nada que ver con la opresión femenina. Hubo quien llegó a pensar que siempre necesitó de ayuda externa (como en su autobiografía) y que esos primeros relatos, lo mejor de su obra, contaron con la colaboración de Leopoldo Panero). Sergio Fernández Martínez lo desmiente de no muy convincente manera. Alude –página 242– a las “cuartillas con letra de mujer” que habría redactado Felicidad Blanc, según Ana María Moix. Pero Moix se refiere a “Galería de fantasmas”, de 1978, no a los textos anteriores, y además en la nota final sobre los criterios de edición se nos dice sorprendentemente que “Galería de fantasmas” es la “transcripción de un relato oral” en la que Moix introduce, “seguramente por descuido”, una frase que le pertenece a ella y no a la narradora.
            ¿Media docena de cuentos bastan para otorgarle un lugar a Felicidad Blanc en la historia de la literatura española? Quizá su lugar, más que como escritora, sea como personaje en busca de autor.

viernes, 5 de abril de 2019

Una mujer, una época



Emilia Pardo Bazán
Isabel Burdiel
Taurus. Madrid, 2019.

Primero fue Galdós, luego Clarín, hoy es Emilia Pardo Bazán la figura del siglo XIX que más interés despierta entre estudiosos y lectores. Las razones son exactamente las mismas que en su tiempo provocaron tanta animosidad contra ella: su feminismo militante, su deseo de no respetar los rígidos límites que se habían puesto al desarrollo intelectual –o simplemente humano– de las mujeres.
            Tras la ágil y bien informada biografía de Eva Acosta, parecía que ya lo sabíamos todo, o todo lo fundamental, sobre la trayectoria vital de la escritora gallega. Isabel Burdiel nos demuestra que no es así, y aunque lo que añada puedan ser detalles menores, nos lo cuenta todo desde una perspectiva nueva y más iluminadora.
            Ejemplar resulta su tratamiento de las cartas de amor que Emilia Pardo Bazán le dirigió a Galdós y de la novela Insolación, inspirada en esa relación y en la que mantuvo simultáneamente con Lázaro Galdiano. Las fronteras entre los público y lo privado no son naturales, sino culturales y dice mucho sobre un personaje y una época dónde se trazan esos límites.
            De las relaciones sentimentales de Emilia Pardo Bazán –que se casó muy joven y se separó pronto discretamente y de mutuo acuerdo– lo que importa al biógrafo, lo que nos importa a nosotros, es su novedoso planteamiento: de igual a igual, entre compañeros del mismo rango intelectual, algo revolucionario en aquel momento y que fue motivo de continuas burlas que disimulaban el temor ante aquella mujer que valía tanto o más que los escritores con los que se relacionó. Por eso lo que importa de Insolación –que se leyó como escandalosa novela en clave, pero que ya estaba esbozada antes del encuentro con Lázaro Galdiano– no son los concretos datos anecdóticos que pueda aportar –ninguno: es una obra de ficción–, sino lo que nos ilustra sobre la manera que Emilia Pardo Bazán tenía de entender las relaciones afectivas y sexuales de las mujeres.
            Isabel Burdiel es una historiadora reconocida, experta en el género biográfico (fue Premio Nacional de Historia con su biografía de Isabel II), y ello se nota en el rigor académico, en el exhaustivo manejo de fuentes, en los minuciosos análisis del tiempo que le tocó vivir a Emilia Pardo Bazán. A veces parece incluso dejar al personaje de lado o tomarlo como pretexto para un lúcido análisis de las tensiones políticas e intelectuales de la Restauración y las primeras décadas del reinado de Alfonso XIII –las dos épocas en las que Emilia Pardo Bazán jugó a ser protagonista–, y los lectores se lo agradecemos. La precisa erudición no le hace perder la perspectiva general, al contrario que a tantos especialistas, más atentos al detalle que al interés general de aquello que investigan.
            Esa precisa erudición a veces nos da la impresión de que no es tan precisa cuando se refiere a la historia de la literatura. Y no me refiero a detalles concretos (Clarín no dirigió la revista La vida literaria, como se indica en la página 481), sino a afirmaciones como la siguiente: “los nuevos dramas en verso de Francisco Villaespesa o de Eduardo Marquina, e incluso el teatro de Valle-Inclán, tenían una acogida que podríamos denominar de poco comercial” (p. 522). Poco comercial fue ciertamente el teatro de Valle-Inclán, que apenas se representó durante su vida, pero obras como El alcázar de las perlas, de Villaespesa, o En Flandes se ha puesto el sol, de Marquina, están entre los grandes éxitos de la época. Ejemplifican ese teatro en verso sonoro y facilón que Pérez de Ayala parodió en Troteras y danzaderas y Muñoz Seca en La venganza de don Mendo. Detalles menores, que no le quitan ningún mérito al libro, como tampoco la redacción poco afortunada de algún párrafo, como el que en la página 389 parece en principio dar a entender que Juan Valera fue amante de Isabel II.
            Asombra lo que los grandes escritores de la época –con la excepción de Galdós– llegaron a decir de Emilia Pardo Bazán. La palma se la llevó Clarín, que de ser su valedor (prologó La cuestión palpitante) pasó a ser su más pertinaz e insistente tábano. Y no solo criticaba su literatura, sus presuntas incorrecciones gramaticales (algo en lo que se especializó el crítico puntilloso de los paliques), sino decisiones como la de matricular a su hija en un Instituto de bachillerato. “Por amor al progreso”, escribe Clarín, “no vacila en enviar a una hija propia a una cátedra llena de muchachos que suelen ser el diablo”. Hay temas –añadía– que no pueden explicarse conjuntamente a muchachos y muchachas sin ofender la inocencia (“en que creo y adoro”) de las segundas.
            Comienza esta biografía con un episodio que parece sacado de uno de los cuentos de Emilia Pardo Bazán, con la historia de un crimen como los que a ella le interesaba analizar. “El misterio de un crimen es su psicología, los abismos del corazón que descubre, la luz que arroja sobre el alma humana, sobre el estado social de una nación. sobre una clase, sobre algo que rebase los límites de la caja de caudales, el baúsl destripado, la cartera sustraída”, según indicó en “Como en las cavernas”, una de sus más impactantes colaboraciones en La Ilustración Artística. Pero a ese crimen, que le tocaba tan de cerca, nunca se refirió. La abuela paterna fue asesinada por su segundo marido, que luego se suicidó, en una trama en la que intervienen una hija ilegítima, disputas por la herencia y la contratación de un sicario para asesinar al secretario que favorecía los intereses del padre de la escritora. Toda una compleja novela negra, más que un simple caso de violencia de género.
            El epílogo trágico ya era conocido: el hijo de Emilia Pardo Bazán y su nieto adolescente fueron asesinados por milicianos en los inicios de la guerra civil. Lo que no sabíamos es que, al parecer, quien estaba al mando de los asesinos era otro nieto de la escritora, no reconocido por el padre tradicionalista y tarambana. La vida puede ser más trágica y melodramática que cualquier folletín.
            No mitifica Isabel Burdiel a Emilia Pardo Bazán, no nos oculta ninguna de sus sombras (se fue convirtiendo en un interesado figurón, evolucionó hacia un nacionalismo de corte autoritario y prefascista). No necesita hacerlo para que quede claro que fue no solo una gran escritora, con no ser eso poco, sino una eficaz e incansable educadora y agitadora social, una mujer sin la cual ni los españoles ni las españolas de hoy seríamos lo que somos.
           
           

sábado, 23 de marzo de 2019

Una especie de música




He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes
Basilio Sánchez
Visor. Madrid, 2019.

Las palabras denotan y connotan, como es bien sabido. No es lo mismo cabalgar en un corcel que en un caballo, aunque a efectos prácticos sea lo mismo.
            Los poetas se pueden clasificar de muchas maneras y una de ellas es la de los que prefieren el corcel al caballo, que muchas veces se confunden con los que optan por “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa” frente al machadiano “lo que pasa en la calle”.
            Basilio Sánchez en He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes se nos muestra como un poeta que gusta de la sugerencia, que procura eludir en sus versos las referencias precisas, el anecdotario cultural o biográfico, que incluso se despreocupa de la estructura del poema.
            El título del libro y los títulos de cada una de las partes –“Hay un olor de agua y de resinas”, “Mi mesa de madera es del tamaño de un nido”, “El mar ha edificado una iglesia a la salida del sol”– son versos que podrían haber sido escogidos al azar. He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes no habla de herencias ni de nogales ni de tumbas ni de reyes. ¿De qué habla? De lo mismo que habla una sinfonía.
            Pero las palabras, al contrario que las notas, unen sonido y sentido. La poesía de Basilio Sánchez parece una continua lucha del sonido contra el sentido, o mejor, de la sugerencia imaginativa frente a las referencias concretas.
            Los poemas –o fragmentos del poema que es el libro– están formados por piezas sueltas que admiten diferentes combinaciones. “En la ventana arde / la lámpara de cobre / de la que se desprenden las palabras”, comienza uno de los poemas. Y continúa con “Lo conocido excava  / una puerta en el muro / de lo desconocido”, para concluir: “El corazón no sabe / que algo dentro de él, calladamente, / se prepara en secreto”. Cualquiera de esos pequeños segmentos vale por sí mismo o podría formar parte de cualquier otro de los poemas.
            En raras ocasiones, hay referencias culturales concretas. Las encontramos –un poco a la manera de la poesía culturalista de los años setenta– en las dos primeras partes del poema de la página 13: “En un vuelo rasante / un pájaro acaricia con su vientre / el penacho amarillo de una espiga / en el valle del Eufrates, en la primera orilla de los hombres. // En medio de la acera, una hoja verde / que brilla con la lluvia / de esta misma mañana / parece una tesela del mosaico / de San Vital de Rávena, / un fulgor desprendido / de la venera clara de Teodora”.  El poema se cierra con dos versos a modo de conclusión: “La realidad es un relámpago que persiste. / El sol es una piedra en la arcada del horizonte”. El segundo de esos versos produce una cierta impresión de gratuidad, y no es el único en un libro no ajeno del todo a la escritura automática de los surrealistas, aunque en este caso las palabras que se entremezclan azarosamente suelen seleccionarse entre las convencionalmente poéticas.
            Los finales sorprendentes por su arbitrariedad son tan frecuentes en el libro que sin duda obedecen a una poética que busca desconcertar al lector. Véase, por ejemplo, el poema de la página 18, que nos habla de una gruta, un río subterráneo y del “rumor apagado / con el que los planetas / que acabaron desgajándose del universo / continúan descendiendo hacia el abismo”, y que concluye con estas dos afirmaciones: “Nos han dejado solos / como a una flor plantada en la llanura del mundo. / No hay ningún escritor / que no se sienta abandonado por las estrellas”.
            De los poemas de Basilio Sánchez se salvan algunas hermosas imágenes – como esos “grandes árboles / que iluminan de verde las mañanas del mundo”–, pero es difícil encontrar uno que se sostenga en su integridad, que no sea una amalgama de imágenes inconexas o que no termine con rotundas y vacuas afirmaciones de corte sapiencial: “El poeta no ha elegido el futuro. / El poeta ha elegido descalzarse en el umbral del desierto”. La gratuidad resulta acompañada a veces por la obviedad: “Cada uno posee su propia historia. / Cada uno preserva para sí su propio enigma”.
            Abundan los aforismos –llamémoslos así– en el cierre de los poemas (“El que entiende de pájaros entiende de narcisos”, “El silencio es la elegancia absoluta”) y con uno de ellos concluye el libro: “Las palabras son mi forma de ser”.
            La poesía es plural y cada lector debe buscar la que más se adecúa a sus particulares preferencias. La de Basilio Sánchez es más para ser escuchada que para ser leída y para ser escuchada como se escucha una música, dejándose llevar por las resonancias, ajenos al sentido, aunque He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes no carezca enteramente de él. En sus mejores momentos, puede considerarse como un canto, con resonancias míticas, a la vida natural, al sosiego y al silencio: “Me tienta la alegría que no entiende de nada”.