lunes, 25 de julio de 2022

Enigma sin resolver

 

 

Alfabeto triestino
Samuel Brussell
Traducción de Gabriela Torregrosa
Fórcola. Madrid, 2022.
 

El exceso de literatura no suele ser bueno para la literatura. Pero pocas ciudades tan literarias como Trieste y, sin embargo, Samuel Brussell ha escrito sobre ella un libro que tiene la ligereza de un cuaderno de apuntes, casi como un borrador, y que se lee con una mezcla de fascinación y extrañeza. Apenas si encontramos en Alfabeto triestino muchas de las cosas que esperamos encontrar en un libro sobre Trieste. No se menciona ni una sola vez, por citar un ejemplo, a Claudio Magris, aunque se hable del café San Marco, que suele o solía frecuentar; tampoco aparece Winckelmann, que aquí fue asesinado, y no se alude a su pertenencia al imperio austro-húngaro ni a su condición de puerto franco que le trajo la prosperidad.

            Samuel Brussell —leemos su biografía en la solapa del breve volumen y parece un personaje inventado— se centra en la figura de la poeta Anita Pittoni y en quienes tuvieron relación con ella, poco conocidos fuera del ámbito italiano en su mayor parte, con la excepción de Umberto Saba, poeta y librero.

            De librerías de viejo, de catálogos, de bibliófilos, se habla mucho en este libro, que podía haber quedado en una rareza para letraheridos, pero que consigue ser bastante más que eso. El autor es un personaje más, y no el menos inverosímil. Nació en Haïfa, Israel, en 1956. Reside en Suiza, es de nacionalidad francesa. “A los quince años viajó por Europa y desempeñó diversos empleos, como recepcionista de noche, corredor de libros de segunda mano o asistente de coche cama. En la década de los ochenta, vivió en Londres, Bruselas, Nápoles, Montreal, Nueva York y Tel Aviv, antes de regresar a París”, leemos. Sus libros los dedica a relatar encuentros con escritores como Queneau, Brodsky o Naipaul y a la historia de las ciudades en las que ha vivido, Brujas, Venecia y Dublín, además de las ya citadas. Errante y políglota, no se indica su condición de judío, aunque se transparenta en su biografía, como de protagonista de una novela de Vila-Matas.

            Judíos son también muchos de los personajes de Alfabeto triestino, comenzando por Saba, el autor de Trieste e una donna, una de las obras fundamentales en la conversión de Trieste en ciudad literaria, vuelta sobre sí misma a la vez que abierta al mundo y puerto de refugio. Comienza el libro, a manera de diario o de novela de autoficción, con el autor sentado en una terraza de la galería Vittorio Emanuele de Milán, “un fresco domingo soleado”, y leyendo el periódico. Allí se entera del descubrimiento, en una librería anticuaria, de la correspondencia entre dos triestinos, Bobi Bazlen, fundador de Adelphi, y Anita Pittone. Al hilo de esa correspondencia va enhebrando Brussell sus páginas, llenas de citas, muchas de ellas de poemas, en dialecto o en italiano.

            Uno de ellos, “Sortilegio”, de Anita Pittone, emparenta con “La ciudad” de Cavafis: “¿Quieres partir? / ¿Quieres abandonar Trieste? / Tienes razón, / venga, vete / tú también volverás”. Volverás, aunque no vuelvas, porque la ciudad va contigo donde vayas y “en todo el universo destruiste / cuanto has destruido en esta angosta de la tierra”.

            ¿De dónde le viene su magia a Trieste? De su carácter de encrucijada entre tres mundos: el germánico, el italiano y el eslavo; de ser uno de los enclaves del Mediterráneo que unían Oriente y Occidente; de su pujante comunidad judía; de haberse convertido en lugar de refugio de transterrados ilustres, como Joyce. También Stendhal pasó por aquí y Brussell no deja de anotar las muy precisas referencias al lugar que nos dejó en su diario y en su correspondencia.

            Como “una espléndida reunión de fantasmas” define Juan Bonilla en el prólogo a este Alfabeto triestino, que se refiere sobre todo a un mundo desaparecido, o convertido en atractivo turístico (pocas ciudades con tantos itinerarios literarios y tantas estatuas de escritores como Trieste). El prologuista sí que deja asomar en sus líneas preliminares a la actualidad, y de no demasiado afortunada manera: “Escribo esto mientras Rusia invade Ucrania, una Ucrania que quiere ser la misma Europa que tan elocuentemente se desprecia en no pocos rincones de la misma Europa, donde desafiantes nacionalismos catetos hacen de identidades locales pequeñas divinidades que no le temen al ridículo”. Una manera de supurar por la herida que el independentismo catalán —tan europeísta, por otra parte— ha abierto en el nacionalismo español.

            De nacionalismos excluyentes sabe mucho Trieste, cuya gran plaza abierta al mar —una de las más hermosas del mundo— se llama ahora “Plaza de la Unidad de Italia”.

            Divagatorio, descosido, sin ninguna tesis que defender, el libro de Brussell aviva nuestra curiosidad, está lleno de preguntas sin respuesta, de localismos universales. “Nada es banal en esta ciudad —concluye—, porque cada rincón de cada calle plantea un interrogante. El paisaje posee la tranquilidad del enigma sin resolver”.

miércoles, 20 de julio de 2022

Historia y vida

 

Y tan lejos de casa
Jesús Munárriz
Pamiela, Pamplona, 2022.

Cada poeta lo es a su manera, y Jesús Munárriz —sin incurrir en el pessoano recurso de los heterónimos—  parece serlo de todas las maneras. Su costumbre de reunir los poemas escritos en torno a un tema a lo largo de muchos años acentúa esa impresión. En Y tan lejos de casa selecciona los de tema navarro —en Pamplona pasó su infancia y adolescencia— y de un asunto que se presta a la consabida nostalgia localista sabe hacer uno de los libros más variados, divertidos y emocionantes que se han publicado en los últimos años (hablo de poesía, donde toda borrosa pretenciosidad tiene su asiento).

            No pretende ser Munárriz sublime sin interrupción y no le importa bajar a veces el diapasón de sus versos hasta la broma o la anécdota intrascendente. Quiere reflejar la vida en sus múltiples tonos y de todo hay en estos “recuerdos de niñez y mocedad”, para decirlo con un título unamuniano.

            Aquí está la intrahistoria de un tiempo luminoso y sombrío, lleno de asombros y revelaciones, y también la historia de un tiempo —años cuarenta y cincuenta—  en que las sombras predominaban sobre las luces.

            La variedad formal —que nunca se convierte en exhibicionista virtuosismo métrico—  es uno de los aciertos del libro. Comienza con la presunta traducción de unos epigramas latinos, e incluye romances, haikus, sonetos, seguidillas, jotas y las combinaciones —tan abundante en la poesía española a partir del Diario de un poeta recién casado— de endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos sin rima. No faltan ni el monólogo dramático —“Monólogo del renegado”, “Un viejo requeté piensa en su suerte”— ni el poema-crónica a la manera de Ernesto Cardenal y Fernando Quiñones, caso de “Los hermanos tres puntos”, casi todo él cita de estudios sobre la masonería.

            La historia del “viejo reyno” de Navarra acompaña a la historia personal y los apuntes costumbristas —a los sanfermines se dedican varios poemas— con aquellos otros en los que suena el bordón de la elegía.

            Subrayo algunas piezas destacadas de un volumen que se puede leer seguido de la primera a la última página, cosa rara en un libro de versos, con ligereza en algunos tramos, con reflexiva lentitud en otros, sin fatigarnos nunca. Dos espléndidos retratos de otros tantos navarros universales: “Javier”, sobre san Francisco Javier, y “Doctor Huarte”, sobre el autor de Examen de ingenios. La guerra civil la encontramos en “Un mal julio” y en “Doce maneras de cerrar el puño”, que glosa una fotografía de otros tantos pamploneses con el puño cerrado que “han huido de Mola y se han pasado / a las fuerzas leales” (la foto, que se reproduce, lleva al dorso una inscripción que da título al libro: “Mañana, Nochebuena. Y tan lejos de casa”.

            Los haikus comienzan en “De la huerta” y, por lo general, están escritos para ser leídos en serie, apoyándose unos en otros, con sus topónimos y sus referencias concretas y a veces algo localistas, aunque no faltan los que se aproximan al decir más habitual: “¡Ese perfume! / Rododendros en flor, / tarde de infancia”.

            De los poemas proustianamente costumbristas, quizá el mejor —pero hay mucho donde escoger— sea “La plaza vieja”, con su minuciosa enumeración de los productos del mercado —“aquel mercado viejo de mi infancia”—, que tiene toda la plasticidad y el colorido de la pintura clásica holandesa.

            La lluvia se oye caer insistentemente —“Pamplona, lluvia, invierno” dice uno de los versos— en muchos de estos poemas: “Llueve en mi infancia, llueve / días y días. / Camino del colegio, / mañanas frías”. Y las brujas y fantasmas, hadas y elfos de la “fantástica fauna de la infancia”, se completan con otros solo visibles para la mirada adulta: “Negro seminarista y caqui cuartelero, / la diurna estantigua, las mesnadas de mozos. / ilustraban el verde hierba municipal / con gamas uniformes. Los paraguas, / paisanos y seglares completaban la estampa, / amurallado corazón entre cadenas / de los tres viejos burgos”.

            Sabe Jesús Munárriz tratar los más difíciles temas, los más proclives a la falacia patética, sin incurrir en el sentimentalismo, y buen ejemplo de ello lo encontramos en “Mamá” o en el poema dedicado al padre, casi todo él una tradicional retahíla que juega con el absurdo (en la que, por cierto, parece haber una errata: se repita “ciego” donde debería decir “sordo”). Y sabe darle un final memorable al relato de su primer viaje en solitario, en el que aprendió “a vivir cada día / como se lo merece cada día: / como el único cierto”.                

            Y tan lejos de casa, con sus cimas y llanuras, con sus ironías y su ponerse serio en el momento justo, con su cordialidad inagotable, es el libro de una vida, un libro que consigue convertir lo local, incluso lo muy local, en universal. “El mundo entero es un Bilbao más grande”, decía Unamuno. También en la Navarra de Jesús Munárriz cabe el mundo entero.

jueves, 14 de julio de 2022

Demoledor


El jefe de los espías
Juan Fernández-Miranda / Javier Chicote
Roca Editorial. Barcelona, 2021.

Se han publicado tantos libros sobre los secretos, más o menos inconfesables, de la Transición y sobre la corrupción asociada al felipismo (o a la que siguió después) que uno más parece que no importa. Pero El jefe de los espías es una obra especial. Debería haberse titulado, como indican los autores en el prólogo, Los papeles de Manglano, ya que está basado en el archivo del general Emilio Alonso Manglano, que fue jefe del  CESID entre 1981 y 1995 y hombre de confianza del entonces jefe del Estado. Manglano pasó a la historia como modernizador de los servicios secretos, pero cometió un error de principiante. No solo llevó un registro personal de las confidencias que recibía, de las entrevistas y delaciones, sino que no lo destruyó al ser forzado a dimitir y lo guardó en su casa hasta su muerte, en 2013. Lo publican ahora, contextualizando las anotaciones, dos periodistas, Juan Fernández-Miranda y Javier Chicote, ligados al periódico tradicionalmente monárquico, el ABC, y por eso mismo nada sospechosos de pretender hacer sangre con la sórdida trastienda de un período que se nos quiso pintar de color de rosa, como un milagro español que asombraba al mundo.

Las anotaciones que nos dejó Manglano son de dos tipos. Las del primero pueden resultar discutibles; las del segundo, no, y bastarían para ensombrecer la historia del principal implicado, a quien supuestamente protegía, Juan Carlos de Borbón.

Las anotaciones que recogen referencias indirectas no deben ser tomadas al pie de la letra, necesitan de una investigación adecuada. Doy algún ejemplo. José Joaquín Puig de la Bellacasa, secretario general de la casa del Rey, a las órdenes entonces de Sabido Fernández Campos, en un almuerzo con Manglano el año 1990, le informa de lo siguiente: “Sabino me dijo que iba a hablar contigo sobre una comisión de quinientos millones de pesetas a Manolo Prado y que el rey tiene cinco mil millones de pesetas en Suiza”. Manolo Prado, uno de los personajes recurrentes en este libro, le cuenta a Manglano un cotilleo preocupante: “La madre de Juan de Villalonga habló mal del rey en una cena. Contó que Sabino había dicho que no cejará en su empeño hasta que vea al rey en la cárcel”. Sabino, que “anda por ahí contando cosas”, es una de las grandes preocupaciones del jefe del Estado. Pero quien más debía preocuparle más es su confidente Manglano, que registraba para la posteridad sus confesiones inconfesables. En los tiempos del “chantaje al Estado” de Mario Conde y De la Rosa, tras el robo de papeles por parte de Perote, el rey llama a Manglano: “Anson me dijo que Sabino le dijo a Pablo Sebastián que sabía con certeza que el acta de los GAL estaba en la Zarzuela”. ¿Estaba o no en la Zarzuela? Unos días después el ministro Suárez Pertierra le informa a Manglano de que tal acta está en el balance de la Agrupación Operativa del 83 y parece que los que la custodian se niegan a destruirla. Del GAL creíamos saberlo todo, pero por si había alguna duda Manglano se encarga de dejar claro quienes fueron sus responsables últimos. Gracias a estas anotaciones del fidelísimo amigo de don Juan Carlos sabemos que este fue uno de los protectores de Rafael Vera, que acabó condenado por su participación en el asesinato y secuestro de Segundo Marey. En Noviembre de 1997, inmerso en varios procesos judiciales, llama a Manglano: “Emilio, los del Banco Santander me acaban de decir que el lunes me rescinden el contrato. Esto va a producir un quebranto muy fuerte en mi familia. Ya sabes que la ayuda del Santander la tenía gracias a una gestión que hizo el rey con Botín…”. A la mañana siguiente, Manglano llama al rey y el rey a Botín para que esa ayuda a uno de los principales implicados de los GAL continúe.

De dineros se habla mucho en este libro. En 1989, el entonces jefe del Estado le cuenta a Manglano que el rey saudí le dio 36 millones de dólares para la Transición y luego otras cantidades con las que poder ir haciéndose con una fortunita personal: “Le concedió un crédito de 50 millones de dólares. Se retienen unos treinta en el banco, el resto se invierten. Ganancia de 18 millones de dólares. Ahora le han renovado otros 30 en las mismas condiciones”. Y eso, repito, lo sabe Manglano no por informantes anónimos, sino porque se lo cuenta el propio Juan Carlos. La fortuna real también tiene otros orígenes. El exministro Antoni Asunción informa a Manglano, y este deja constancia de ello en sus papeles, de que “en el sumario de Roldán aparecen uno o dos talones para la Casa Real de fondos reservados”. Y añade: “Ahí hay que hacer una operación de aliño fino”. De algo —bastante— de ese “aliño” para burlar a la justicia se habla en El jefe de los espías. 

No sale muy bien parado —por la boca muere el pez— el rey Juan Carlos de los papeles de su gran amigo, pero son muchos otros los que no quedan en buen lugar. Condenado Manglano por las escuchas ilegales en la sede de HB, el rey intervine ante el Tribunal Supremo para que falle a su favor en el recurso que ha presentado: “Emilio, tengo muy buenas impresiones sobre el fallo del Tribunal Supremo. Os van absolver”. Otra condena, la que se refiere a las escuchas que reveló Perote, resulta confirmada por el Tribunal Supremo. Y es Margarita Robles, que entonces era juez tras dejar la política y antes de volver de nuevo a ella, quien le sugiere la solución: “Emilio, habla con el rey para que hable con Jiménez de Parga y resuelva lo de las escuchas”. Manuel Jiménez de Parga era presidente del Tribunal Constitucional. Y en este libro se reproduce la carta que Manglano dirigió al rey: “El favor que le pido a V. M. es que si le parece oportuno trate este asunto con el Presidente del T. Constitucional, Manuel Jiménez de Parga, con el fin de conseguir un resolución positiva del citado recurso”. 

En más de una ocasión habla el rey de “negociar” Melilla, que no es muy defendible, y centrarse en Ceuta. ¿Expondría también esta opinión en sus encuentros con su “hermano” o “primo” el rey de Marruecos?

De uno de los más morbosos asuntos, el que tiene que ver con Bárbara Rey (a la que a menudo se refieren como “la Parienta”), baste copiar las primeras palabras con las que Juan Carlos pide ayuda a Manglano: “Emilio, tengo que contarte algo. Estoy con Fernando Almansa, nos escucha. Verás, me llamó Barbara Rey y fui a almorzar con ella… Tuve algún gesto con ella. Le toqué el pecho. Esto pasó el 22 de junio. Pues el 1 de julio, el viernes, llamó una persona a la Zarzuela y dijo que tiene fotos. Pide cien mil dólares”.

Había más que unas fotos, tres vídeos al parecer en los que lo peor no era que hiciera algo más que tocarle el pecho, sino ciertas confidencias que implicaban a terceras personas. Para solucionar el chantaje, pagado con dineros públicos, intervinieron instancias gubernamentales (la “actriz” pedía dinero, mucho dinero, y un programa en la televisión pública). El protagonista de otro vídeo famoso, Pedro J. Ramírez, se comportó en un asunto semejante de manera bastante más digna que el jefe del Estado y el gobierno español: denunció la intrusión en su intimidad y el chantaje y logró que los delincuentes fueran condenados.


jueves, 7 de julio de 2022

Jardín de Oriente y Occidente

 

Galería de arte primitivo
Martín López-Vega
Mixtura. Barcelona, 2022.

Un poema traducido, si el resultado sigue siendo un poema, tiene siempre dos autores: el autor del original y el traductor. Las odas de Horacio o las églogas de Virgilio traducidas por fray Luis de León son de Fray Luis de León sin dejar de ser de Horacio y de Virgilio. ¿De quién son los poemas, tan inconfundiblemente suyos, que Martín López-Vega incluye en Galería de arte primitivo? Algunos solo suyos. En el prólogo reconoce dos, uno de los cuales, el que dedica a Nacho Vegas, que lo utilizó en una canción, es de los más sugerentes de la colectánea: “No te extrañes si cada mañana / despiertas con los pies cansados. / has estado toda la noche / caminando descalza por mis sueños”. El lector atento sospecha que hay alguno más. Cuesta creer que el erotismo juguetón de “El pez dorado”, por citar un ejemplo, corresponda efectivamente al antiguo Egipto.

            Los poemas que se incluyen en Galería de arte primitivo (un título más adecuado sería Galería de arte antiguo) se escribieron en más de una docena de lenguas, de ninguna de las cuales hay constancia de que sea conocida por Martín López-Vega. ¿Desmerece ello el volumen? En absoluto, pero obliga a considerarlo más como obra propia elaborada con múltiples fuentes que como traducción. Explica eso los sorprendentes parecidos entre poemas escritos en lugares distantes y con tantos siglos de diferencia.

            La primera sección del libro, “Cantos a la orilla del agua”, incluye textos anónimos de los pueblos llamados “primitivos” (un término que hoy se pone en cuestión), como los esquimales o los nativos americanos. Varios de ellos tratan de mitos fundacionales: “En los primeros tiempos, al inicio de todo, / cuando hombres y animales vivían juntos en la tierra, / una persona podía convertirse en animal si quería / y un animal podía convertirse en persona”.

            La poesía china ocupa dos secciones, una dedicada a varios autores y otra solo a Li Bai, con una selección de los textos publicados recientemente en Recostado sobre las nubes. En el epílogo a ese volumen, nos permite Martín López-Vega asomarnos a su taller de traductor indirecto. El más célebre poema de Li Bai (antes conocido como Li Po), “Bebiendo solo bajo la luna”, se nos ofrece traducido al italiano, al inglés, al francés y también en varias versiones al español. Todas ellas le sirven para elaborar la suya.

            A los poemas chinos, les sigue “Luna de papel”, subtitulado “Abanico de poesía japonesa”. En la selección de López-Vega no se distinguen demasiado los poemas japoneses de los chinos: abundan los lamentos por la ausencia de la tierra natal, las quejas de la enamorada, las despedidas; también la niebla, los caminos solitarios y las barcas que dejan una estela que no tardará en borrarse. Incluyen estas lunas de papel un puñado de haikus, alguno bien conocido, como el de Arakida Morikate: “¿Qué es eso? ¿Una flor / que vuelve volando al árbol? / ¡No! ¡Una mariposa!”

            La atmósfera sentimental y melancólica de estos poemas está bien conseguida, pero a veces el lector atento tropieza con alguna incoherencia y le gustaría saber si ya se encuentra en el remoto original o si se debe a algún despiste del autor de la versión. Un ejemplo puede ser el poema “Como lo viste por última vez”, que se atribuye a Somo No Omi Ikuha: “Todo el mundo dice / que mi cabello está ya demasiado largo. / Lo he dejado / como lo viste la última vez / desenredado por tus dedos”. En otra versión, que parece más lógica (los poemas tienen su lógica interna), puede leerse: “Todo el mundo me reprocha / que no peine mis cabellos. / Los he dejado / como los viste por última vez / desenredados por tus dedos”. El cabello, si no se corta, no permanece igual.

            La sección siguiente, “Una casa sin paredes”, reúne poemas de la India. A algunos lectores puede sorprenderles encontrarse, como en las secciones anteriores, con el horaciano “carpe diem”, pero es un tópico universal que no falta en la poesía de cualquier tiempo: “Entrégate a todo amor, hermosa joven, / pues día a día huye la juventud”.

            Termina el plural volumen con “Los dones de las musas”, dedicado a los poetas de las Grecia clásica, de Safo (los versos que se le atribuyen no figuran en las ediciones habituales de su poesía) a Calímaco. A veces encontramos algún coloquialismo sorpresivo (“Conozco dos hermanos que me adoran, / pero no sé por cuál decidirme. / Uno es muy tímido; el otro, un lanzado”) o un insólito eco borgiano: “Solo por un tortuoso camino / llegamos los hombres a la mansión de las sombras. / Cuando más rápido lo recorramos / antes llegaremos a nuestra meta, el olvido” (en “A un poeta menor”, Borges escribió: “La meta es el olvido. / Yo he llegado antes”). Pero ya se sabe que un autor crea a sus precursores.

            En la estela de Jorge de Sena, Octavio Paz, José Emilio Pacheco y tantos otros poetas, Martín López-Vega comienza a poner orden —hasta donde eso es posible— a sus innumerables versiones de poemas ajenos con esta Galería de arte primitivo, primer volumen de una serie que llevará el título, tan apropiado, de La biblioteca de Alejandría. Son libros a la vez muy personales y colectivos a los que nunca nos cansamos de volver.