martes, 27 de febrero de 2024

El misterio de lo cotidiano


Lola Mascarell
Préstame tu voz
Tusquets. Barcelona, 2024.

La poesía contemporánea adopta muchas formas, a menudo incompatibles. Quienes gustan de una de ellas suelen desdeñar, o aborrecer, las otras. Lola Mascarell opta por una poesía de la cotidianidad, escrita en un lenguaje aparentemente directo y sin enigmas por resolver. La cita inicial, de la exitosa Irene Vallejo, e incluso la viñeta de la cubierta (la silueta de una madre que juega con su hijo), ya nos indican que no busca al lector especializado que desdeña “el sentimentalismo primario”, tan denostado por poetas como Guillermo Carnero.

            “Normalidad”, “Lo pequeño”, “Un día cualquiera” son los títulos, bien significativos, de algunos de los poemas. Pero, como todos sabemos, no hay mayor misterio que el de la normalidad, el de un día cualquiera en que aparentemente no pasa nada, salvo el tiempo.

            La línea clara en la que se incluye Lola Mascarell tiene como referente principal, no a Luis Alberto de Cuenca, el poeta al que suele aplicársele esa etiqueta, más urbano y juguetonamente culturalista, sino a Eloy Sánchez Rosillo, pero no tanto al elegíaco de su primera época, como al de la etapa final, hímnico y celebrativo de lo cotidiano.

            Todas las maneras de entender la poesía tienen sus riesgos, en las que a veces incurren también los nombres mayores, no solo los epígonos. Al vacuo hermetismo de unos, se contrapone la banalidad de otros. Nos dejan fríos ciertos jugueteos de la vanguardia o confusas elucubraciones más o menos metapoéticas, pero también el consabido sonsonete de la tradición; y, por otra parte, la emoción que nos contagian los poetas que escriben con el corazón en la mano no siempre es de buena ley.

             Difícil resulta leer sin conmoverse un poema como “Marcha”, pero la contagiosa emoción proviene más bien de la historia que se nos cuenta: “En los últimos días / mi abuela siempre estaba / queriéndose escapar / y había que cerrar todas las puertas”. Quizá no nos habría conmovido menos si la escuchamos en una conversación. Y digo quizá, porque, basta releerlo, para darse cuenta de la maestría de la autora.

            Pero los mejores poemas de Lola Mascarell son los que no bordean, o incurren, en la falacia patética. “Creación del mundo”, por ejemplo: “Vio que el mundo era bueno y fue poniendo / cada cosa en su sitio: / las huertas ordenadas con sus líneas / de sembrados en fila, / las montañas al fondo, su recorte / con tijera en la mano de algún niño”. Destaca igualmente “Ojalá”, que acierta a trascender la frase hecha con la que comienza: “Sea lo que Dios quiera”.

            En algunos casos, el poema hace explícita su conclusión sapiencial en forma casi aforística. “Recorro con los dedos / el brote de geranio / que plantamos ayer en la maceta” comienza el poema “Amor”. Termina con unos versos que pueden leerse de manera independiente: “Amar es escuchar / que en el otro resuena y se amplifica / lo mejor de uno mismo”.

Algo similar ocurre en “El jardín”: “Escribir poesía / es cuidar un jardín / donde solo germina lo que muere”. Pero a veces, como ocurre en “Atención”, lo que podría ser la síntesis final es el punto de partida. “No se puede explicar la poesía”, leemos en el primer verso.

            La cita inicial, tomada de El infinito en un junco, aclara el título del libro, que es también el del último poema: “En las inscripciones funerarias tempranas, los muertos rogaban al paseante ‘préstame tu voz’ para revivir y anunciar quién yacía en el sepulcro”. El poema final comienza de la cotidiana manera, tan cercana a la prosa, que es habitual en Lola Mascarell: “El murmullo del bar / donde apuro otro quinto de cerveza / me sume en un extraño aturdimiento”. Pero en ese murmullo se entremezclan los vivos y los muertos: “Son las voces de hombres y mujeres / que ya no están aquí, pero que hablan / a través de los vivos con sus juegos, / sus formas de reír o de marcharse”. Una anécdota trivial, tomarse una cerveza en el bar del pueblo, se convierte en algo muy distinto: “Estamos en el bar / esos muertos y yo / y un tubo de neón anula el tiempo”.

            Los “juegos con el tiempo” son propios de esta poesía, como de la de Sánchez Rosillo o Francisco Brines, otro de sus referentes. “Tiempos superpuestos” (de “superposición temporal” habló Carlos Bousoño en su Teoría de la expresión poética) se titula uno de los poemas más significativos del libro: “La luz que cruza ahora la ventana / y llega hasta tu pie / y atraviesa la cuna / y avanza por el suelo del salón / no procede del cielo / que custodia la escena desde atrás: / esa luz que ahora toca / el milagro minúsculo del dedo / meñique de tu pie / procede de mi infancia / y avanza sin retorno / hacia ese lugar / donde yo ya no estoy, / pero te espero”. Aquí, al contrario que en el primero de los Cuatro cuartetos de Eliot, son el tiempo pasado y el tiempo futuro los que se contienen en el momento actual.

            Poesía sin aparente artificio, pero con secreta maestría, la de Lola Mascarell, que no quiere ser renovadora ni reivindicativa, que se conforma con ser verdadera.

miércoles, 21 de febrero de 2024

El rector detective


Luis García Jambrina
El primer caso de Unamuno
Alfaguara. Barcelona, 2024.

Luis García Jambrina, después de convertir a Fernando de Rojas, el autor de La Celestina, en protagonista de una serie de enigmas policiales en la Salamanca del Renacimiento, inicia un nuevo ciclo con Miguel de Unamuno convertido en émulo de Sherlock Holmes.

            Profesor de la Universidad de Salamanca, autor de numerosas publicaciones académicas, director de la revista Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno, García Jambrina es un buen conocedor del escritor que convierte en protagonista de un relato de ficción y de la ciudad que sirve de escenario.

Aunque en la primera línea del capítulo inicial, nos encontramos con un implícito homenaje a La Regenta (“La levítica ciudad dormía el sueño de los justos”), no hay ningún exceso de pedantesca erudición en el texto. A Unamuno le sentimos revivir en estas páginas que tienen el acierto de comenzar con una polémica real, la que en 1905 le enfrentó con Ramiro de Maeztu cuando los habitantes de un pueblo salmantino expresaron su deseo de emigrar colectivamente a Argentina. El descontento de los campesinos con la expropiación y venta de los bienes comunales, la crisis de la España rural, que viene de lejos está muy bien recogido en estas páginas. Y el crimen que resolverá Unamuno, inspirado en otro que tuvo lugar en un pueblo cercano, Matilla de los Caños, resulta adecuadamente intrigante.

            Un acierto el personaje de la anarquista catalana, vagamente inspirada en la protagonista del libro de Unamuno que lleva su mismo nombre, Teresa, quizá el menos valorado de los suyos, rimas de amor, al modo becqueriano, publicadas en 1924 como un modo de contrarrestar el vanguardismo de la nueva literatura. Más interesante que los poemas resultan la introducción, las notas finales y el epílogo, donde Unamuno divaga a su manera sobre esto y lo otro y termina arremetiendo –el libro se concluyó en septiembre de 1923-- contra la recién instaurada dictadura militar. El presunto autor de los poemas de Teresa, Rafael, es un exfuturo de Unamuno, alguien que habría podido ser él si la vida no le hubiera llevado por otro camino. La Teresa de los años veinte sería, en una no demasiado forzada hipótesis de García Jambrina, la transfiguración de la Teresa que Unamuno conoció en 1905 y por la que a punto estuvo de romper su militante monogamia. Es un personaje de ficción, como nos aclara la nota final, pero eso no impide que resulte atractivamente verdadero.

            El primer caso de Unamuno habría sido mejor novela si García Jambrina hubiera resistido la tentación de acercarse demasiado en algunos pasajes a la literatura popular o a las series televisivas. Un poco forzada resulta la comparación con Sherlock Holmes, del que el propio Unamuno se declara secreto admirador. Al tratar de descubrir a los autores de un crimen para salvar a unos campesinos acusados injustamente, sin importarle los problemas que eso le acarrea, Unamuno se comporta más como don Quijote que como el detective inglés. La acción transcurre además en 1905, el año del centenario, el de la publicación de Vida de don Quijote y Sancho, y es un buen momento para iniciar las aventuras de Unamuno como caballero andante, algo que de alguna manera siempre fue.

            Pero ese es un reparo menor comparado con la liberación de Unamuno y Teresa, secuestrados por un empresario que pretende asesinarlos fingiendo un crimen pasional: “De repente, se oyó cómo la puerta de metal que daba a la calle se abría con gran estrépito y dejaba libre el paso a varios agentes de policía, que en seguida tomaron posiciones en el interior de la nave sin que Daniel Llorente ni sus hombres tuvieran tiempo de reaccionar”. Es esa una escena que seguramente habrá visto García Jambrina en muchos telefilmes de sobremesa, pero que resulta completamente inverosímil en la Salamanca de 1905, sobre todo si tenemos en cuenta las circunstancias en que se produjo el secuestro y la denuncia (las dos cosas, por cierto, en la misma mañana del día de la liberación: eso es eficacia policial).

            La detención del asesino también nos hace sonreír y es como un descosido, incluso estilístico, en esta por lo demás bien urdida historia. Unamuno le persigue “a grandes zancadas”, le disparan y “no le quedó más remedido que arrojarse al suelo mientras el otro emprendía la huida”. Luego se pone en pie y corre con más energía: “Una vez que lo tuvo a su alcance, le lanzó el bastón a los pies para que tropezara y rodara por el fango. A continuación, se enzarzaron en un forcejeo cuerpo a cuerpo y, tras varios intercambios de golpes, Unamuno logró inmovilizarlo en el suelo. Con cuidado, se quitó el cinturón y le ató las manos por detrás de la espalda”. Y mientras llega la Guardia Civil convence con buenas palabras al asesino para que le cuente todo (aunque luego quien termine de contarlo, rompiendo la lógica narrativa, sea un narrador en tercera persona): “Yo no soy agente ni juez; de modo que su declaración no servirá para inculparlo ni tendrá ningún valor jurídico si no hay pruebas materiales de ello. Tan solo quiero saber lo que pasó; creo que me lo merezco –argumentó don Miguel jadeando”.

            Lo que nos merecemos los lectores, después de un comienzo tan prometedor y de un protagonista tan fascinante, es que García Jambrina no termine su historia como una apresurada novela de quiosco, incluso en la simplona redacción. En las siguientes entregas de la serie debería tener claro a qué tipo de público se dirige y esforzarse por no defraudar a ese lector ilustrado de principio a fin.



miércoles, 14 de febrero de 2024

Verso y reverso


Eduardo Jordá
Doce lunas
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2024.

Eduardo Jordá, narrador, ensayista, traductor, además de poeta, ha reunido lo más significativo de su obra poética en Doce lunas, un libro de versos que no se parece a ningún otro libro, que se lee en buena parte como un libro de viajes. Cada poema va acompañado de un relato sobre las circunstancias en que se escribió. Y esas páginas en prosa muy a menudo no desmerecen junto a los poemas e incluso en ocasiones los opacan.

            Cuando cuenta –en prosa o verso--, en las viñetas viajeras o en las evocaciones biográficas o autobiográficas, Eduardo Jordá es un maestro. Más discutible resulta en los poemas más “poéticos” o en las reflexiones sobre la poesía. “Un poema ocurre, de golpe, sin previo aviso”, al contrario que un relato que implicaría “un lento proceso de aproximación”. Pero lo que se indica para el relato vale para la poesía, o al menos, para su poesía: “De repente, uno empieza a oír conversaciones que no sabe de dónde llegan, o percibe una extraña luz en un lugar que no sabría situar en ningún sitio concreto, o recuerda el momento en que su abuelo levantó el bastón, señaló una cerca de piedra y dijo: Hasta aquí llegaron los rojos”.

            Nunca aburrido –al contrario de lo que suelen ser la mayor parte de los correctos y convencionales libros de versos--, a menudo emocionante, casi siempre memorable, Eduardo Jordá gusta de afirmaciones contundentes que resultan muy discutibles. Y no nos referimos solo al ejemplo de “poesía cívica” –dice detestarla-- que incluye el libro, “Doctor Fedriani”. Independientemente de cuáles sean las ideas políticas de cada cual, el poema resulta poco creíble. Así comienza: “Fue en el peor momento, / en lo peor de todo, / cuando tu vida se iba a la mierda / y cuando tu país se iba a la mierda: / en octubre del año diecisiete, / recuérdalo tú y recuérdalo a otros”. Y continúa: “Fue cuando se reían de tu patria, / cuando todos mentían sobre tu patria, / cuando arrastraban a tu patria por el suelo”. Un poco exagerado nos parece eso –solo se trataba de si se permitía o no hacer una consulta a los ciudadanos de una determinada autonomía--, pero en un fanático patriota podemos aceptarlo como verosímil. Lo que suena a falso, a radicalmente falso, es que recupere la esperanza porque en un barrio de Sevilla vea expuesta una bandera española junto a una dominicana. En la prosa que acompaña al poema, leemos: “Algún día me gustaría encontrarme a aquella persona de origen dominicano que colgó las dos banderas en su ventana y simplemente darle las gracias”. Si las hubiera colgado en un barrio de Barcelona, se entendería que tuviera algún mérito; el mérito en Sevilla sería colgar la estelada.

            Considera Jordá el poema “Pero sucede”, que inicia el libro y es una especie de poética, como el mejor que ha escrito. El prodigio, lo inexplicable, ocurre algunas veces. Tras enumerar algunos casos, termina así: “Y una familia entera, en la cámara / de gas, se abraza y da gracias a Dios”. ¿En la cámara de gas? ¿Y quién pudo informar de ese abrazo y de ese acto de gratitud? No hubo testigos en ese acto final de la barbarie.

            Con cierta frecuencia, el texto en prosa vuelve prescindible el poema. Es el caso de “Tres fresnos”, con su evocación de una estancia en un lugar perdido de Irlanda. Las páginas viajeras –además de Irlanda, Chile, Portugal, Filipinas-- son abundantes en el libro y confirman que el autor es un maestro en el género.

            Abundan también los monólogos dramáticos –hablan Ofelia, el poeta Edward Thomas, los músicos Charlie Parker y Brian Wilson-- y en estos casos el poema suele ser tan interesante como la prosa que viene a continuación y que nos cuenta la misma historia en tercera persona. No ocurre así en un poema como “Halcón en el poste”. La prosa tiene toda la magia de las estampas viajeras de Eduardo Jordá, pero el poema, puesto en boca del halcón, no se sostiene junto a ella. Esto es lo que piensa el halcón, muy cernudianamente, mientras no se mueve del poste: “Es domingo. Ya tocan las campanas. / El diente de león, las mariposas, / el murmullo del agua en el arroyo: / todo es bello, lo sé, pero lo bello / ya no me dice nada. / Y ahora también las nubes me susurran: / ‘Síguenos ya’. Y las hojas se retuercen / en una especie de éxtasis / que es principio y final, como el amor / que no se sacia nunca, / y que no es suficiente”.

            “Tonto y yo” es otro sugerente relato, en prosa y verso, sobre un gato vagabundo. Pero en el poema, en los versos finales, tras disfrutar de los últimos rayos de sol, el gato mira al narrador y le pregunta: “¿Por qué no me dijiste / que esta felicidad / iba a durar tan poco?”.  Que el gato pregunte, o parezca preguntar, entra dentro de la lógica del poema, pero no la pregunta tan humana y tan poco acorde con lo que de él se nos ha contado.

            No beneficia a la poesía de Eduardo Jordá la compañía que les ha dado en Doce lunas. Ni tampoco el que, acá y allá, nos vaya dando sus ideas sobre el trabajo poético, con las que no siempre es fácil estar de acuerdo. En la prosa que acompaña a “Nubes” confunde el verso libre con los versículos y dice que los primeros versículos que leyó fueron los de Borges en Fervor de Buenos Aires, donde no se utilizan.

Pero es un poeta, un poeta de verdad, tanto más poeta cuando menos se deja llevar por el énfasis melodramático de poemas como “Consejo”. Y quien lo dude que lea “Corazón”, “Cementerio indio”, “Doce lunas”, por citar solo unos pocos ejemplos de los que incluye este libro, no por discutible, o más que discutible, a ratos, menos admirable.

            Eduardo Jordá es poeta en prosa –sin necesidad de escribir poemas en prosa, o lo que habitualmente se entiende por tales-- tanto como en verso.  Y no solo en sus relatos, también en su artículos. Léase la recopilación Fuera, en la oscuridad –el título es el de un poema de su admirado Edward Thomas-- y se verá como de casi cada uno de esos artículos se puede extraer, sin demasiado esfuerzo, el poema que está parafraseado en él.



martes, 6 de febrero de 2024

De la piara de Epicuro

 

Fernando Savater
Carne gobernada
Ariel. Barcelona, 2024.

Los admiradores de Fernando Savater encontrarán en Carne gobernada buenas razones para seguir admirándole, y quienes le detestan otras no menos buenas para justificar su poco aprecio o su claro menosprecio.

            Lo que de pequeño quería ser Savater, lo que siempre ha querido ser, afirma en estas páginas, es escritor, no filósofo ni profesor ni, desde luego, “intelectual”. Y escritor, gran escritor, lo ha sido siempre, o casi siempre: podíamos no estar de acuerdo con lo que decía, pero nunca dejaba de decirlo con gracia, con la cita precisa, con la anécdota pertinente e ilustrativa. Quizá no fue nunca un pensador original, pero siempre fue un seductor.

            Pocas veces se han escrito páginas tan desoladoras sobre la vejez, y a la vez tan llenas de amor a la vida, como las que encontramos en Carne gobernada. ¿Fue Horacio quien se definió como “un cerdo de la piara de Epicuro”? También a Fernando Savater, eliminando todas las connotaciones negativas del primer sustantivo, podría calificársele así. Siempre ha sido un vividor, en el mejor sentido de la palabra, y lo sigue siendo en el manriqueño arrabal de senectud. Tras perder al gran amor de su vida, encuentra pronto consuelo en otra relación que, si no puede comparársele –nada puede compararse al amor que tuvo por quien nombra con el hipocorístico de Pelo Cohete--, le ofrece cuando pueda desear en materia erótica.

            De los placeres del cuerpo, a los que es tan aficionado, Savater nos habla en este libro con desarmante sinceridad. Le gusta comer, le gusta beber, incluso más de la cuenta (y está orgulloso de ello), le gusta follar. No tiene inconveniente en entrar en detalles que podrían considerarse prescindibles, pero también sabe ironizar sobre sí mismo, y el lector se lo agradece. Sigue siendo uno de los escritores –no de los filósofos-- fundamentales de su generación, aunque Carne gobernada sea un libro escrito un poco, o un mucho, a la diabla, a la buena de Dios, como quien ya no tiene ningún respeto que guardar a los convencionalismos, si es que alguna vez lo ha tenido.

            Pero el libro no es solo eso, ojalá lo fuera, una espléndida pieza autobiográfica sobre la edad más inhóspita del ser humano, en la cual Savater acierta a encontrar algún que otro oasis. Es también un alegato contra el momento político actual, contra el gobierno de Pedro Sánchez, y contra el periódico en el que colaboró desde su fundación y que se ha vuelto, en su opinión, gubernamental e irreconocible, manipulado por los socialistas catalanes, “un elemento cancerígeno allí donde se implanta” (no nos aclara si por socialistas o por catalanes).

            Fernando Savater tiene todo el derecho del mundo a abominar de la izquierda, de la que pareció formar parte durante muchos años, y a entonar un  apasionado canto a la derecha y a sus líderes naturales, Isabel Díaz Ayuso y Santiago Abascal. Pero debe hacerlo razonadamente, no con insultos, juegos de palabras –los nacionalismos son necionalismos-- o sofismas que no resisten el más mínimo análisis.

            Quienes escuchan ciertas tertulias o leen cierta prensa estarán al cabo de la calle de los calificativos que Savater dedica a Pedro Sánchez, la presidenta del Congreso o los dirigentes y votantes de Podemos (“cuatro millones de bobos”). Y no digamos nada de los nacionalistas y separatistas, la bestia negra que le hacer perder cualquier atisbo de racionalidad.

            A veces, más que reírnos con él, nos reímos de él. Le invitan a un encuentro sobre teatro y política en Módena. La intérprete que le adjudica la organización no es capaz de traducir sus palabras y ha de hacerlo, como puede, él mismo. Trata de disculparse al final: “Es que usted habla un español muy raro”. Y aquí viene la divertida anécdota: “Después me explicó que ella había aprendido nuestro idioma en Barcelona, con un novio cariñoso y fugaz que había tenido allí. Entonces comprendí el malentendido lingüístico. Lo que aquel envidiado mozo le había enseñado en circunstancias seguramente gratas no era la lengua de Antonio Machado sino la de Josep Pla. Como consejo vital y en tono paterno, le recomendé que nunca se fiase de un novio y mucho menos si era catalán”. Gracioso, sin duda (es lo más amable que Savater dice de los catalanes), pero poco verosímil. ¿Una intérprete de español que trabaja en un congreso y que no distingue el español del catalán? Sin comentarios.

            Pocos comentarios requiere también una de las razones que da para que los españoles pierdan el miedo a Vox, que fue, en su opinión, la causa de que la izquierda tuviera los votos que tuvo en las últimas elecciones. Habría insistido la izquierda en que Vox pretendía acabar con el Estado autonómico e ilegalizar los partidos nacionalistas (en realidad quien lo ha afirmado reiteradamente es su amigo –así le califica-- Abascal), pero Savater lo rebate subrayando que “en los lugares en que Vox ha entrado a formar parte de los gobiernos regionales ni las autonomías ni los gobiernos regionales han sufrido el menor menoscabo”. Hombre, Savater, que el no pensar también tiene un límite. ¿Cómo iba a suprimir las autonomías o ilegalizar al PNV, por muchas ganas que tuviera de ello, el consejero de Cultura o el vicepresidente de la Junta de Castilla y León?

            Con idéntico rigor, habla Savater del feminismo y de la nefasta ley del “solo sí es sí”. Él, en cuestiones de sexo, nos informa al comienzo de uno de los capítulos, ha sido siempre como un taxi: solo va donde le llaman. Pues qué bien. Pero no dejará de entender que si alguien se sube a su taxi y luego, por la razón que sea, quiera bajar antes de llegar al destino final el taxista comete un delito si sigue la marcha. Un delito frecuente e impune hasta hace poco, y que para algunos debería haber seguido impune: ¡que no se hubiera subido al taxi!, ¡que no hubiera invitado a su piso al conocido en la discoteca!, ¡que no hubiera aceptado una cita en Tinder!

            No entro en más detalles del Savater tan felizmente converso a la derecha porque sería ensañarse. Pero no me resisto a citar lo que de ningún modo “esta dispuesto a admitir ni por un momento”: que la Pasionaria fuera mejor persona que su madre (la de Savater, claro). La Pasionaria, ojo, no Pilar Primo de Rivera o Cayetana Álvarez de Toledo, que quizá podrían plantearle algunas dudas. Sospecho que ni siquiera el español más fervorosamente patriótico consideraría mejor persona que su madre a ninguna figura de la historia, aunque fuera Isabel la Católica o Agustina de Aragón.

            Es fácil admirar a Savater cuando nos habla de su pasión por la vida, de su vocación por ser feliz a pesar de los estragos de la edad, e igualmente fácil, o más fácil aún, rebatirle cuando nos habla del periódico que fue su casa o de sus obsesiones políticas. Escribe como un genio, ya un poquito aturullado; razona como un niño que aún no ha llegado al uso de razón. Y quien piense que exagero que se tome la molestia de leer Carne gobernada.

 

 

           

jueves, 1 de febrero de 2024

Así se escribe la historia literaria

 

Álvaro Salvador
Los trabajos del outsider
(Notas acerca de la llamada Otra Sentimentalidad)
Centro Cultural de la Generación del 27. Málaga, 2023.

La historia que se cuenta en los manuales es siempre una simplificación, cuando no una falsificación, de la realidad. Ocurre con la historia en general y con la historia literaria en particular.

Los años ochenta, en la literatura española, han pasado a ser los de la “poesía de la experiencia”, realista y comprometida, escrita con el lenguaje del hombre de la calle, opuesta al hermetismo y al experimentalismo de la década anterior. Y un nombre se ha convertido en el más representativo de esa tendencia, Luis García Montero (“nuestro Garcilaso” le llamó Jon Juaristi en uno de sus poemas generacionales).

            Para Álvaro Salvador, la llamada “poesía de la experiencia” no es más que un malentendido de las teorías de Robert Langbaum, popularizadas en España por Jaime Gil de Biedma, y una versión light de “la otra sentimentalidad”, la propuesta teórica y práctica de un grupo surgido en Granada a principios de los ochenta. A explicar cuál era la poética de “la otra sentimentalidad” y a reivindicar su papel central en ella dedica la mayor parte de Los trabajos del outsider, recopilación de trabajos dispersos escritos a lo largo de las últimas décadas.

            El maestro, el mentor teórico, fue Juan Carlos Rodríguez, profesor de la Universidad de Granada que trataba de aplicar las teorías de Althuser y de Lacan a los estudios literarios, pero fue Álvaro Salvador quien reunió en torno suyo a los jóvenes aprendices de poeta. En 1980, le hablaron de un chico que acababa de ganar el premio García Lorca con Y ahora ya eres dueño del puente de Brooklyn: “El libro apareció en la primavera de ese mismo curso, aunque yo ya lo había leído en copia mecanografiada que tuvo la cortesía de prestarme el interesado. Luis no era solamente un buen poeta, sino que era un chico encantador y servicial, dispuesto a adelantarse a los deseos de todo el mundo”. También sería el primero en corregir y promocionar los poemas de Antonio Jiménez Millán, Javier Egea o Ángeles Mora, los otros integrantes del grupo.

            Pero muy pronto, a partir de 1983 con El jardín extranjero, premio Adonáis, Luis García Montero, aquel chico “encantador y servicial”, se convertiría en la cabeza del grupo, opacando al resto y ampliándolo más allá de los límites provinciales con la incorporación de poetas como Benjamín Prado o Felipe Benítez Reyes.

Las no siempre precisas teorías de la “otra sensibilidad” (que algunos se empeñaban en llamar “nueva sensibilidad”) partían de conceptos expuestos por Antonio Machado y hacían hincapié en la historicidad de los sentimientos. Serían sustituidas por una poética que hablaba de poesía escrita por personas normales para personas normales, de musas con vaqueros y del hombre de la calle. Se reivindicó la generación del 50, que había sido arrumbada por los novísimos, y Ángel González y, sobre todo, Jaime Gil de Biedma se convirtieron en los más cercanos maestros. Antes Rafael Alberti, que había regresado a España con la democracia, sería el principal referente, el enlace con el esplendor cultural republicano tras la oscuridad franquista.

            Álvaro Salvador dedica varios capítulos a explicarnos lo que debe entenderse por “poesía de la experiencia”, una etiqueta que se popularizó sin que la mayoría de los que la empleaban hubieran leído el libro de Langbaum del que procedía. Pero ese libro, que trataba de caracterizar a la poesía del romanticismo (“la poesía moderna”) frente a la de la ilustración, tenía en realidad poco que ver con los debates de la poesía española contemporánea, salvo en la reinterpretación –muy personal, no sabemos hasta qué punto Langbaum se reconocería en ella-- que hizo Gil de Biedma y que parece más bien una explicación a posteriori de sus poemas (como hizo Poe con alguno de los suyos) que el punto de partida de los mismos.

            Los detractores, abundantes en los ochenta y los noventa, contribuyeron a popularizar esa etiqueta, que al final triunfó, como a principios de siglo la de modernismo. El libro Habitaciones separadas, de Luis García Montero, publicado en 1994, acabaría convertido en un nuevo clásico escolar.

            Las teorías envejecen mal, a veces peor que los poemas que tratan de explicar. Hoy nos preocupa poco saber lo que en verdad fue, o sus promotores querían que fuera, “la otra sentimentalidad” o “la poesía de la experiencia”. Nos interesan los poetas y los poemas que han sobrevivido de aquel tiempo.

A la manera de Cernuda, Álvaro Salvador titula “Historial de un libro” las páginas dedicadas a contarnos la intrahistoria de Ahora, todavía, de 2001, que considera una de sus obras más significativas. Las consideraciones literarias se entremezclan con apuntes confesionales: “De otra parte, mi vida personal se había precipitado en esos primeros años de la década por los despeñaderos de una ruptura sentimental, de una separación física de mis hijos, una decepción política, un accidente gravísimo y un desprecio profesional”.

            Emocionantes resultan las páginas dedicadas a Javier Egea, cuya vida bohemia y su suicidio final contribuirían a mitificar una figura pronto utilizada como ariete contra los poetas del grupo que se habían dejado seducir por el poder traicionando sus orígenes revolucionarios. Un equívoco más de los que abundan en la historia literaria.

            La historia literaria carece de piedad, es una historia cruel --muchos son los llamados y pocos los escogidos-- que deja en la cuneta a unos para encumbrar a otros, quizá con menos méritos. Álvaro Salvador reivindica en este libro su principal papel en los cambios poéticos que tuvieron lugar a comienzos de los ochenta, un tiempo en que la poesía aspiraba a ser una forma de lucha contra la “ideología burguesa”.