martes, 7 de julio de 2020

Ejemplar e insuficiente



Poesía
Benito Jerónimo Feijoo
Estudio crítico, estudio y notas de
Rodrigo Olay Valdés
Instituto Feijoo de Estudios del siglo XVIII, Oviedo, 2020.

Editar es ciencia y arte, cuestión de inteligencia y, sobre todo, de paciencia. Rodrigo Olay –también poeta, uno de los más destacados de la nueva generación—ha preparado una primera edición de la poesía completa de Feijoo que puede considerarse como ejemplar, como el más acabado fruto de una larga tradición filológica.
            Se trata de una edición crítica y de una edición anotada, que no es lo mismo, aunque suelan confundirse. La primera trata de reconstruir los textos, deformados por la transmisión manuscrita o impresa, hasta aproximarse lo más posible al original salido del autor; la segunda, aclara aquellos puntos que resultan confusos para el lector actual.
            Las notas que aparecen en una edición crítica (el “aparato crítico”), dejan constancia de los diversos testimonios que permiten trazar el estema del texto, su “árbol genealógico”, y no se dirigen al lector común; ni siquiera necesitarían ser impresas, bastaría con que pudieran ser consultadas por el especialista. En la edición anotada, las notas deben ser solo las imprescindibles, no se debe anotar nada que resulte fácilmente accesible al lector, como el significado de una palabra que se encuentra en los diccionarios usuales o información enciclopédica al alcance de cualquiera en la Wikipedia.
            Rodrigo Olay –al contrario que tantos editores, incluso en prestigiosas colecciones de clásicos-- sabe muy bien lo que hace y lo hace minuciosamente bien. Su labor ha tenido mucho de detectivesca. Aunque Feijoo es un autor editado y reeditado, los poemas son la cenicienta de su obra- Bastantes de ellos han sido rescatados por Rodrigo Olay de manuscritos desconocidos hasta la fecha.
Los estudiosos no se han ocupado excesivamente del Feijoo poeta, y quizá más vale así: quienes lo han hecho no le han dedicado excesivos elogios y algunos ni siquiera le consideran poeta, sino solo un versificador ocasional. Rodrigo Olay trata de revertir esa situación. ¿Lo consigue? Solo en parte.
            Demuestra muy cumplidamente que Feijoo no fue un poeta ocasional o un poeta de juventud, como tantos; escribió poesía a lo largo de toda su vida. Es cierto que apenas se imprimieron en vida tres –aunque uno de ellos el más extenso, un poema-libro, repetidas veces--  de los 131 poemas que ha logrado reunir (incluyendo atribuidos y traducciones), pero eso no quiere decir que la poesía fuera para él una especie de divertimento privado.
Se tiende a confundir imprimir con publicar. Antes de la imprenta, los textos literarios también se publicaban --esto es, se hacían públicos--, como es bien sabido, pero se tiende a olvidar que la imprenta no acabó con esa forma de difusión: la poesía del siglo de oro se difundió manuscrita antes que impresa, por eso Góngora revolucionó el panorama literario antes de que apareciera ningún libro suyo.
            De Feijoo no se ha conservado ningún poema autógrafo; los manuscritos que se conservan no eran textos guardados en un cajón, como la famosa arca de los inéditos pessoana, que posteriormente rescata un editor: eran letras para cantar en ocasión solemne, versos satíricos que circulaban con regocijo, ejercicios de didactismo o virtuosismo; casi siempre poesía de circunstancia, que cumplió más que decorosamente el fin para el que fue creada.
            ¿Es hoy otra cosa que una curiosidad erudita? Esa es la pregunta que Rodrigo Olay no acaba de resolver; necesitaría para ello preparar otra edición dirigida al común de los lectores.
De toda la tradición literaria española, la poesía del siglo XVIII resulta quizá la que más alejada se encuentra del gusto del lector contemporáneo, tanto el epigonal barroco de la primera mitad como el neoclasicismo de la segunda.
            Pocas huellas ha dejado Feijoo en la poesía posterior. Rodrigo Olay, buen conocedor de la poesía contemporánea, solo ha encontrado una resonancia. Se trata de un poema de Guillermo Díaz-Plaja, cuyos dos versos iniciales (“Rueda dentada del tiempo, / ¡como muerdes mi silencio!”) remiten a uno de los pocos poemas de Feijoo publicados en vida, “Décimas a la conciencia en metáfora de reloj”. Como curiosidad señala que un estudioso, Álvaro Ruiz de la Peña, ve en ciertos versos suyos un “eco” de la poesía de Pedro Salinas y que, como Borges, le dedica su soneto, de empaque quevediano, a Carlos XII, rey de Suecia.
            ¿Qué se salva de la denostada poesía de Feijoo? ¿Qué se puede rescatar de este grueso tomo, preparado con paciencia benedictina, ejemplo y lección para los editores de clásicos?
            Señalo algún ejemplo de cada una las cinco secciones temáticas en que el editor (al no poder disponerlos cronológicamente, ya que la mayoría carecen de fecha) ha distribuido los textos. En la poesía religiosa, algún villancico de corte tradicional que no habrían desdeñado firmar Góngora o Alberti: “Avecilla que vuelas / y al cielo te vas, / vuela, vuela, / que el cielo se alegra / de verte volar”.
En la poesía fúnebre, destaca el epitafio al astrólogo Andrés Argolio: “De tu patria ingrata y necia, / cuando arrojado te viste, / a Venecia ennobleciste / y te ennobleció Venecia”.
De la poesía encomiástica, seleccionaríamos el ya citado soneto “A Carlos XII, rey de Suecia, retirado en Bender”; de la amorosa –que no es propiamente tal--, un romance, “Explicación rigurosamente filosófica de lo que es el ‘no sé qué’ de la hermosura”, que nos remite a uno de los más conocidos ensayos de Feijoo, y también el elogio de la música que encontramos en otro romance, el que comienza “Mándasme, divina Anarda”, que nada tiene que envidiar a la “Oda a Salinas” de Fray Luis.
Quizá donde más implicación haya del autor sea en la poesía satírico-burlesca, que nos muestra a un Feijoo que no llevaba precisamente con impasibilidad los ataques que recibía; algunos de estos poemas tienen una ferocidad quevedesca que los aleja del mero ejercicio retórico al que tan propenso parece.
Esta edición crítica, con su aparatoso complemento erudito, aunque puede servir de ejemplo de lo que deben ser los estudios universitarios, tan proclives en el campo de la literatura, y quizá también en otros campos “humanísticos”, a la vacua palabrería, es solo la primera parte de una verdadera edición que ponga al alcance de los lectores actuales los pocos poemas de Feijoo que han resistido el paso del tiempo, que siguen siendo poemas y no mera materia de erudición.

jueves, 2 de julio de 2020

Un personaje, una época



Cuando editar era una fiesta. Correspondencia privada
Jaime Salinas
Edición de Enric Bou
Tusquets. Barcelona, 2020

Se habla mucho últimamente de “gobierno Frankenstein”. Eliminada la intención peyorativa, podríamos decir que Cuando editar era una fiesta es un “libro Frankenstein”, una obra elaborada con textos de diversa autoría y de muy distinta intención y extensión. Jaime Salinas es menos el autor del volumen que el protagonista, aunque a él se deban la mayor parte de los textos que se incluyen. El autor, o al menos el coautor principales Enric Bou, que ha llevado a cabo una labor tan admirable como discutible.
            El subtítulo, “correspondencia privada”, llama a engaño. No se trata de la edición de un epistolario, sino, como se indica en el prólogo, “de un trabajo de patchwork, de construcción y ordenación” de los recuerdos de Jaime Salinas “a partir de las cartas que durante más de cuarenta años escribió a Bergsson, el compañero de una vida”, a las que se añaden “noticias de prensa, fragmentos de entrevistas, informaciones provenientes de ensayos, libros de memorias, tesis doctorales, catálogos editoriales, etc”.
            Jaime Salinas, hijo de Pedro Salinas (y el dato no es meramente anecdótico), participó en las principales actividades editoriales de su tiempo y casi siempre en cargos directivos. Sin él, ni Seix Barral, ni Alianza Editorial, ni Alfaguara, ni la nueva Aguilar habrían sido lo que fueron. Sobre esas actividades ofrece una muy completa información este libro de Enric Bou, así como del paso de la Salinas por la Dirección General del Libro y Bibliotecas durante el primer gobierno de Felipe González.
            Pero Jaime Salinas, que siempre tuvo una relación de amor-odio con la literatura (la misma que mantuvo con su padre), ocupa también un lugar destacado en el campo de la autobiografía, aunque solo publicada un libro, Travesías, en el que da cuenta de sus primeros treinta años. La continuación a ese volumen no es, aunque pretenda serlo, Cuando editar era una fiesta, el patchwork tan minuciosamente elaborado por Enric Bou, sino su correspondencia con el escritor islandés Gudbergur Bergsson, que fue su amante intermitente y siempre su confidente y paño de lágrimas.
            Esas cartas –escritas semanalmente a lo largo de años-- constituyen una especie de diario en el que Salinas fue dejando constancia de su vida personal y profesional, libre de las ataduras a las que le sometía el medio en que se movía –los años finales de la dictadura, los de la ilusionada e incipiente democracia-- y también su tradicional buena educación.
            Cierto que lo más interesante de Cuando editar era una fiesta está en la correspondencia con Bergsson, pero Enric Bou la ha cortado, barajado cronológicamente (en la sección segunda, correspondiente a los años 1965-1976. Incluye por ejemplo cartas de 1980 y 1981), entremezclado con textos ajenos, o entrevistas del propio Salinas, de muy diversa intención.
            “No he censurado nada –dice--, sino que me he limitado a mantener el foco en el aspecto público sin suprimir la atención a lo privado, íntimo, aunque este segundo aspecto está mucho menos presente”.
            Está menos presente, pero es lo que añade morbo a este “libro Frankenstein”. Ciertas inclusiones resultan inexplicables, como las dos cartas, de 1974,  que se incluyen del destinatario de la correspondencia: “Una vez te pedí aliviar mi dolor, la última vez en Madrid, pero, en absoluta coherencia con un ser como tú, te negaste a hacerlo: te sentías el más fuerte y contento. A continuación de eso me echaste del país. Me llevaste a la oficina de Iberia y arreglaste, de acuerdo conmigo, los billetes de salida. Ya sabía que todo entre nosotros había terminado para siempre y tú lo sabías, tal vez momentáneamente, también”.
            Nada tienen que ver esas cartas, ni tantas otras, con la actividad editorial de Salinas, supuesto objeto del volumen.
            La correspondencia con Bergsson, que pronto parece ser solo un pretexto para que Salinas hable consigo mismo, constituye la segunda aportación de Jaime Salinas a la literatura española. Deberían editarse independientemente, sin intrusismos ni tropezones, como se editaron las de Pedro Salinas con tantos interlocutores (en algún caso, recordemos la correspondencia con Guillén están entre lo más perdurable de su obra en prosa).
            “¡Ese hombre conseguirá joderme hasta desde su tumba!”, llegará a escribir Jaime Salinas, a propósito de su padre, en 1964. Siempre se sintió un hijo malquerido, postergado ante Juan Marichal, su cuñado y el hijo que el poeta habría querido tener.
            Un personaje complejo Jaime Salinas, del que esta amañada autobiografía no nos ahorra exabruptos. Hablando de su esfuerzos para modernizar las bibliotecas españolas y de las resistencias que encuentra, escribe: “Lo de las bibliotecas es un hueso duro; las arpías de las bibliotecarias son las primeras en poner obstáculos ya que temen perder su parcela de poder. No me va a tocar más remedio que enfrentarme con ellas, y como todas son unas solteronas amargadas, con los coños entaponados con cemento, lesbianas frustradas, marimandonas y atravesadas, versiones de la Mona, pero sin su inteligencia, son capaces de quemarle a uno en la hoguera. Pero, en fin, habrá que arriesgarse. No me importaría pasar a la historia descuartizado por esas brujas”.
            En algún caso, Bou le permite al aludido defenderse. Es lo que hace con Luis Suñén, calificado de vago y de traidor a la amistad, que, a petición del editor, nos da su versión de la historia.
            El entrecruzamiento entre lo público y lo privado muestra también otros aspectos. En 1981 se presenta en Oviedo, y por todo lo alto, una nueva colección de Alfaguara: llegan a la ciudad los autores y una cohorte de periodistas, con todos los gastos pagados (alcohol sin limites incluidos), pero no por la editorial. “¡La Caja de Ahorros de Asturias lo paga todo!”, exclama Salinas en una de las cartas a Bergsson. Más adelante añadirá que lo consiguió sin ninguna dificultad gracias a Juan Cueto, “el Castellet asturiano”.
            Hay frases, no sabemos hasta que punto en broma, especialmente chocantes. En 1991, tiene que entrevistarse con “una tal Silka Bergman” que está escribiendo una tesis sobre Günter Grass en España. “No sé si contarle –le dice a Bergsson-- que violó a casi todo el personal femenino de Alfaguara”. Esas cosas entonces hacían gracia.
            De vez en cuando, sorprende algún chisme ajeno –los problemas matrimoniales entre Benet y Andreu a propósito de Calasso--, que quizá Bou podría habernos evitado, aunque pocos lamenten que no lo haya hecho.
            Atendo observador, las cartas de Jaime Salinas están llenas de curiosos detalles de buen observador. Comentando una exposición sobre Borges en la Biblioteca Nacional, escribe: “Estaba la viuda, la viudísima María Kodama, totalmente transformada. Esa mujer, que yo había conocido como una silenciosa sombra de Borges, vestida con abstinencia monjil, se ha convertido en una elegante dama, sutilmente coqueta”.
            La “correspondencia privada” de Jaime Salinas, sus cartas a Gudbergur Bergsson, merecen una edición exenta, constituyen la segunda aportación de Jaime Salinas a la literatura autobiográfica y no parece que su interés vaya a ser menor que el de la magistral Travesías.
           

viernes, 26 de junio de 2020

Un lector desatento: El Borges de Vargas Llosa


Medio siglo con Borges
Mario Vargas Llosa
Alfaguara. Madrid, 2020.

En el prólogo a El informe de Brodie escribió Borges: “Por increíble que parezca, hay escrupulosos que ejercen la policía de las pequeñas distracciones”. No quisiera ser incluido entre ellos, y por eso no me detendré en las pequeñas distracciones de Mario Vargas Llosa en esta recopilación: fechar en 1963 la entrevista inicial con Borges y mencionar dos veces esa fecha en el artículo conmemorativo “Borges en París” (fue en 1964 cuando invitó a Borges el Congreso por la Libertad de la Cultura –hoy sabemos que financiado por la CIA—y pasó dos meses en Europa) o llamar Ezequiel Martínez Estrella a Ezequiel Martínez Estrada (error en este caso de la editorial, que dejó hacer de las suyas al corrector automático).
            Más significativo resulta el hecho de que cite de memoria y equivocadamente una frase de Borges en la entrevista de 1964 y mantenga esa interpretación errónea durante medio siglo: “Desvarío empobrecedor el de querer escribir novelas –dice Vargas Llosa que escribió Borges--, el de querer explayar en quinientas páginas algo que se pude formular en una sola frase”. Pero lo que Borges escribió –en el prólogo a El jardín de los senderos que se bifurcan, luego incluido en Ficciones-- fue: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos”. No parece que se refiera expresamente a las novelas, sino en general a los libros extensos, que él no pudo o no quiso escribir (los suyos son siempre recopilación de trabajos breves, por lo general anticipados en la prensa). Continúa: “Más razonable, más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios”. Si la frase se refiriera a las novelas –muchas de menos de quinientas páginas, por cierto--, diría que habría preferido la escritura de cuentos.
            Aunque Vargas Llosa, en la pieza de más empeño del volumen “Las ficciones de Borges”, indique que lo relee cada cierto tiempo, “como quien cumple un rito” y que incluso, para preparar esa conferencia de 1987, releyó “de corrido toda su obra”, su conocimiento de la obra de Borges parece presentar importantes lagunas. La primera tiene que ver con su poesía, que conoce poco y que valora menos.
            Medio siglo con Borges comienza con un retrato en verso del escritor (es el único poema que conocemos de Vargas Llosa y no nos hace lamentar desconocer otros), en cuyos primeros versos puede leerse: “De la equivocación ultraísta / de su juventud / pasó a poeta criollista, / porteño, cursi, patriotero / y sentimental”.
            ¿Borges poeta cursi y patriotero? También a veces dormita Homero y no es Vargas Llosa el único escritor notable que carece de sensibilidad para la poesía, pero quizá debería abstenerse de hacer juicios sobre lo que le resulta ajeno.
            Menos comprensible resulta que este gran admirador de los relatos de Borges limite su conocimiento a los libros que le dieron la fama, en los que prevalece “el quehacer intelectual de razonar fantasías”. Ignora por completo El informe de Brodie, donde Borges, según señala en el prólogo,  intenta “la redacción de cuentos directos”. Cuentos realistas y tan impactantes como “La intrusa”, que nada tiene que ver con sus elaboradas fantasías sobre una presunta biblioteca que contenga todos los libros o sobre la lotería en Babilonia.
            El Borges de Vargas Llosa –“intelectual y abstracto”, “de una concisión matemática”, tal como se le veía en la Francia de Barthes y Foucault-- es solo una caricatura del Borges verdadero o una simplificación de los varios Borges que el escritor fue siendo a lo largo de una trayectoria literaria de más de sesenta años en la que no hubo decadencia: sus últimos libros están entre los mejores suyos.
Borges no fue capaz de escribir novelas, llega a afirmar Vargas Llosa, no porque el género no le interesara, sino porque en las novelas “se mezclan el intelecto y las pasiones, el conocimiento y el instinto, la sensación y la intuición, materia desigual y poliédrica que las ideas por sí solas no bastan para expresar”. Pero eso ocurre no solo en las novelas, sino en cualquier obra literaria que merezca la pena.
No era Borges puro intelecto, no estuvo al margen de las pasiones humanas. En uno de sus famosos prólogos, que Vargas Llosa parece no haber leído escribió: “El ejercicio de las letras es misterioso; lo que opinamos es efímero y opto por la tesis platónica de la Musa y no por la de Poe, que razonó, o fingió razonar, que la escritura de un poema es una operación de la inteligencia”.
El Borges humano, demasiado humano, aparece en un libro monumental que Vargas Llosa descubrirá con asombro cualquiera de estos días: Borges de Adolfo Bioy Casares. Las opiniones de Borges no le restan un ápice a su grandeza de escritor (él procuró que no interfirieran en su obra literaria), pero su rechazo de unas dictaduras y su defensa de otras o su racismo impiden que lo consideremos, como persona, ejemplar. Con incredulidad leemos algunas de sus opiniones, como la formulada el 12 de enero de 1963: “Los negros de los Estados Unidos son un problema real y no ficticio. Hay algo evidente en los negros que nos rechaza. Por eso los argentinos vemos a los brasileros como macacos”. Su interlocutor, Juan José Hernández, trata de razonar: “No hay ningún parecido entre los negros y los monos. Los labios abultados son propios del hombre; los monos no tienen labios, la boca es como un tajo”. Pero Borges no se da por vencido: “Todas esas diferencias que usted señala son contraproducentes. Son muy sospechosas. Usted las señala porque piensa que hay algún parecido entre negros y monos. No se pondría a enumerar las diferencias que hay entre negros y monos, entre la Venus de Milo y un mono”. Se habla luego de que hubo y ya no hay negros en Argentina. “Qué lástima”, exclama Hernández. Y Borges, al recordar esa exclamación, comenta después a Bioy: “Este muchacho es completamente idiota”.
No cabe duda de que Vargas Llosa, como eficaz divulgador, sabe llamar la atención sobre un libro –léanse sus páginas sobre Textos cautivos o Atlas--, pero como crítico literario resulta algo prejuicioso y sorprendentemente desatento. Basten dos muestras.
Afirma que la prosa literaria creada por Borges es una anomalía en un idioma, el español, “palabrero, abundante, pirotécnico, de una formidable expresividad emocional, pero, por lo mismo, conceptualmente impreciso”. Y eso explica que “un Valle-Inclán, un Alfonso Reyes, un Alejo Carpentier o un Camilo José Cela –para citar a cuatro magníficos prosistas-- sean tan numerosos (como decía Gabriel Ferrater) a la hora de escribir”. Unas líneas más abajo, sin embargo, nos indica que el propio Borges confesó “que debe a Alfonso Reyes, a su prosa, el haber aprendido a ser ‘claro y directo’, en vez del prosista enrevesado y barroco que es en sus primeros libros”.
En “Borges entre señoras”, comentando las notas seleccionadas en Textos cautivos, escribe: “No es raro que un elogio vaya acompañado de un mandoble letal, como en esta frase en la que, luego de alabar dos novelas de Lion Feuchtwanger –El judío Süss y La duquesa fea--, añade: “Son novelas históricas, pero nada tienen que ver con el laborioso arcaísmo y con el opresivo bric-à-brac que hace intolerable ese género”. Curioso “mandoble” –y nada menos que “letal”-- decir que sus novelas carecen de los defectos habituales en el género en que se incluyen.


viernes, 19 de junio de 2020

Femenino singular



Gavieras
Aurora Luque
Visor. Madrid, 2020.

El riesgo de tomar como punto de partida a la literatura clásica, a los manidos mitos griegos, es hacer arqueología, apolillado neoclasicismo; el riesgo de escribir poesía decididamente feminista, es hacer feminismo y no poesía.
            A Aurora Luque no le importa correr esos riesgos. En Gavieras nos encontramos con la olvidada diosa Anfítrite y con Eurídice, con Esquilo y con Safo, con Orfeo y Medusa; y apenas hay poema cuyo protagonista no sea una mujer: la exiliada republicana Isabel Oyarzábal en “Monólogo de Isabel sobre los rescoldos de su libertad”; una viajera de la antigüedad en “Itinerario de Poimenia”; la napolitana Eleonora Fonsesa en el estremecedor “Reppublica Partenopea”, sin olvidar “Carta a una joven poeta” o la versión “tuneada” –así la califica el título-- de una canción de Joaquín Sabina, con todas las referencia masculinas convertidas en nombre de mujer.
            En la poesía de Aurora Luque, hay un ética y una estética, ambas presentes en cada poema, hay una lección de vida y un gustoso paladeo de las palabras, un gozarse con su precisión y su brillo.
            Las palabras y el deseo son las dos alas que mueven a la poeta en “La condición aérea”, uno de tantos inolvidables poemas del libro. En otro, “Senderuelas”, “las palabras caminan, / andan, vagabundean y desandan” y no hay magia igual ni tan seductora “como ese caminar de las palabras, / portadoras de luz, amigas fieles, / pasajeras y libres”.
            A las palabras y al deseo se añade el viaje, como tercer motor del libro: el viaje por mar o por aire (“Vivir: escoger rumbos en el aire”) o la simple errabundia ciudadana. El “Decálogo de la flâneuse” le da la vuelta al tópico baudelairiano y es la mujer la que pasea y observa la ciudad, no el convencional objeto de deseo del paseante. El decálogo en prosa tiene algo de catálogo de buenas intenciones, bordea el riesgo de la prédica antimóvil o anticonsumo, pero acierta casi siempre a evitarlo con la gracia expresiva: “Descubrir el placer de no comprar. Tres excepciones: zapatos de andariega con su nube interior. Un libro de flâneuse  para leer en bancos, terrazas, céspedes o pretiles. Santificarás el sol sobre las páginas bendecidas y abiertas. Y la moneda para el músico y la música que embellecen las calles. ¿Son los nuevos altares? ¿Oyes cómo esa música te facilita claves de vuelo figurado sobre las palmeras?”
            “Deambulares” se titula precisamente la primera parte –la más extensa—de Gavieras. “De la agenda del duelo”, la segunda. “Envejecer, morir / es el único argumento de la obra” decía Gil de Biedma y Aura Luque lo va descubriendo en este libro en el que el “carpe diem” horaciano (que ella convirtió en “carpe noctem”) sigue presente, pero cada vez más asediado por las sombras.
            Hay en “De la agenda del duelo” algún convencional poema de circunstancias –“Machadiana”, por ejemplo--, pero también algunos de los mejores momentos del libro, como el homenaje a la música, tan presente en toda la poesía de Aurora Luque, que encontramos en “Partículas del don de la ebriedad”: “La música andariega, / con sus alas plegadas en la espalda, / descalza junto a ti la vida toda, / harapienta, coronada de rosas, compañera”.
            Personal & político se titula el libro anterior de Aurora Luque. Lo personal y lo político se entreveran en toda su obra. En Gavieras, un poema, “Rumbo al Este” puede comenzar con una diatriba contra Donald Trump y continuar escuchando en Radio Clásica a Maja Vasiljevic hablar sobre el tanbur, “un instrumento clásico otomano que por la procedencia de sus maderas simboliza un amplio abrazo fraternal”. El actual problema de los refugiados lo enfoca desde una poco conocida obra de Esquilo, Las refugiadas: “De todas las desgracias / elegimos al menos la más noble, / la de huir libremente”.
            No niega Aurora Luque en este libro de madurez ni las sombras del mundo ni las que van creciendo y oscureciendo el horizonte vital de cualquier vida, pero todavía pueden más la invitación al viaje, el canto al goce de vivir, al paladeo del instante. Lo que la poesía le dijo a ella en el poema “Aproar” nos lo dice ella a nosotros: “Túmbate y mira al cielo. / Vuelve al ciclo del huerto, / vuelve al mar mitológico. / Da la espalda al vecino vertedero / de datos, ruido y prosa”. Al comienzo de “Lenguajes vegetales de mi país vaciado” –otro de los poemas inolvidables del libro-- formula una pregunta con respuesta incluida: “¿Nos vamos a negar a las flautas de junio?”
            Los poemas de Gavieras traducen “esa gracia del mundo / que es aullido y sonrisa”. Lo hacen en femenino, singular y plural, pero hablan a todos, nos interpelan directamente a cada lector.
           
           

viernes, 12 de junio de 2020

Burlas y veras


La lengua suelta
Fermín Gabor
Edición de Antonio José Ponte
Sevilla. Renacimiento, 2020.

Alabada un tiempo, ferozmente denostada desde hace tiempo, de lo que nadie duda es de que la revolución cubana convirtió a un pequeño país del Caribe en uno de los protagonistas del siglo XX. Hizo también algo más: lo convirtió en un muy frecuentado género literario.
            Entre 2001 y 2010, un apócrifo Fermín Gabor publicó en la revista digital La Habana elegante una serie de crónicas sobre presentaciones de libros, ferias literarias, mesas redondas, concesiones de premios literarios y otros asuntos que ocupan fugaz y mínimamente las páginas culturales de los periódicos.
¿Le interesaría a algún editor reunirlas en volumen –un volumen de más de setecientas páginas-- si no trataran de Cuba? ¿Le interesarían a alguien las minucias de la vida cultural chilena o peruana de hace una década? Seguro que no. Pero Cuba, ya dije, es un género literario con reglas propias, una utopía que pronto se convirtió en distopía y que nos sigue fascinando. 
            No tardó en saberse en Cuba quién estaba detrás de Fermín Gabor: Antonio José Ponte, poeta, narrador y sobre todo uno de los más inteligentes ensayistas de hoy. En La lengua suelta se suelta verdaderamente la lengua y escribe con un desparpajo que impide a estas páginas, en principio ocasionales, envejecer.
            Varios de los escritores de los que se habla en el libro son conocidos, y en algunos casos muy leídos, fuera de Cuba --Lezama Lima, Cintio Vitier, Leonardo Padura, Antón Arrufat--, pero a la mayoría de ellos ni siquiera los habíamos oído nombrar ni probablemente volvamos a oír hablar de ellos fuera de este libro. Importa poco. El talento satírico de Antonio José Ponte hace que funcionen como personajes de novela. Y eso es lo que es La lengua suelta: una novela colectiva, una comedia humana de los años en que Fidel Castro deja finalmente el poder y algo cambia para que todo siga igual.
            Antonio José Ponte –transmutado en Fermín Gabor--  no hace crítica literaria, aunque trate sobre todo de escritores. Lo mismo da que hable de un hilarante fantoche como Rufo Caballero que de un exitoso autor, premio Princesa de Asturias, como Leonardo Padura. Las novelas policiales de este último serían “mortalmente aburridas”: “Menos policiales que de horror, la sombra del censor y sus tijeras atraviesa sus páginas. Y en lugar del manual de autoayuda, Padura parece haber dado con la fórmula del manual de autocastigo”.
Lo que le reprocha al creador del detective Mario Conde es su habilidad para desarrollar una actividad literaria de interés desde dentro de Cuba. Su reproche a El hombre que amaba a los perros nada tiene que ver con la calidad literaria de la novela, sino con el hecho de que en las cerca de seiscientas páginas dedicadas al asesino de Trosky no llegue a preguntarse “qué hacía Mercader pasando su vejez en La Habana”.
            El anticastrismo razonadamente visceral de Antonio José Ponte podía haber convertido estas páginas en un aburrido panfleto. Las salva el afilado sentido del humos de su heterónimo, capaz de destrozar un libro con cuatro citas bien hechas o de convertir el acontecimiento más aburrido del mundo –una feria literaria, una mesa redonda—en un entretenido espectáculo de marionetas.
            Las crónicas de Fernando Gabor –escritas en Cuba hasta 2007 y luego viendo los toros desde la barrera del exilio--  se completan con un nutrido diccionario, más de doscientas páginas, que Ponte firma ya sin máscara. En algunos casos, se nos informa de lo que ha ocurrido con los personajes y personajillos que aparecen en las crónicas; en otros añaden datos autobiográficos y valen como textos independientes. Se nos narra así un encuentro con Manuel Díaz Martínez en una playa de Gran Canaria o las razones de su enfrentamiento con Antón Arrufat, a quien Gabor alude siempre despectivamente y valorando en poco su obra literaria. En una reunión de escritores, cuando alguien mencionó el caso de María Elena Cruz Varela, cuya casa fue asaltada y ella encarcelada, Arrufat sonrió y dijo: “Ay, pero si salió rosada y gordita de la cárcel…”. La reacción de Ponte fue abandonar de inmediato la casa y no tener más trato con un Arrufat cuya “catadura moral” quedaba al descubierto. Lo que en realidad parece no perdonarle es que, tras haber sido víctima en la época del caso Padilla, se haya reconciliado con los herederos de sus verdugos y aceptado premios y reconocimientos oficiales.
            La crítica de Antonio José Ponte es política y moral (y discutible a ratos en lo estrictamente literario); la escritura de Fernando Gabor, desenfadadamente imaginativa y burlona y eso es lo que salva a La lengua suelta  de ser una diatriba más contra un régimen que parece capaz de sobrevivir a todos sus enterradores.


viernes, 5 de junio de 2020

Apuntes de clase

Borges profesor
Curso de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires
Edición de Martín Arias y Martín Hadis.
Lumen. Barcelona, 2020.

La llamada “revolución libertadora”, que acabó con la dictadura de Perón en 1955 para instaurar otra “cívico-militar”, tuvo en Jorge Luis Borges uno de sus principales valedores. Entre los beneficios que ese apoyo le reportó están la dirección de la Biblioteca Nacional y una cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires. Borges, que carecía de títulos oficiales (no había terminado el bachillerato) explica así las circunstancias de su nombramiento: “Los demás candidatos habían enviado cuidadosas listas de sus traducciones, sus publicaciones académicas, sus conferencias y otros logros. Yo me limité a la siguiente oración: ‘Sin saberlo, me he venido preparando para este cargo a lo largo de toda mi vida’ Mi llana exposición fue exitosa. Fui contratado y pasé diez o doce años felices en la Universidad”.
            Gracias a la minuciosa reconstrucción filológica de Martín Arias y Martín Hadis tenemos la ocasión de asistir a las clases de Borges en el trimestre que abarca de octubre a diciembre de 1966.
Nos imaginamos el asombro de los alumnos oficiales (poco a poco fueron asistiendo también, como simples oyentes, muchos admiradores) ante aquel raro profesor. Algunos decidieron grabar las clases y luego transcribirlas. Se han perdido las cintas, que probablemente fueron regrabadas, pero se han conservado las transcripciones y otros apuntes. Que no eran muy duchos esos alumnos ni entendían muy bien la dicción de Borges nos lo indica, como señalan los editores, que la mayoría de los nombres propios resultaban irreconocibles y muchas citas aparecían grotescamente deformadas, Baste un ejemplo. “Walt Whitman, un cojo, hijo de Manhattan”, se leía. El texto original, en Hojas de hierba, no dice “un cojo”, sino “un cosmos”.
            Las veinticinco lecciones de este curso de literatura inglesa ocupan más de cuatrocientas páginas y constituyen, sin duda, la obra más extensa de Jorge Luis Borges. Muy probablemente, él no habría autorizado su edición, pero los admiradores del escritor estamos de enhorabuena. Como lo estuvieron sus alumnos de entonces, aunque el nombramiento tuviera mucho de cacicada para premiar favores políticos. Hablando de sus tiempos de profesor, declaró en una entrevista de 1979: “Siempre les aconsejé a mis estudiantes: si un libro les aburre, déjenlo; no lo lean porque es famoso, no lo lean porque es moderno, no lo lean porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo, aunque ese libro sea el Paraíso perdido o el Quijote”.
            Borges dictaba sus clases sin ningún tipo de apuntes, citaba siempre de memoria (ya para entonces era ciego). Admira su erudición, la cantidad de datos y de textos que maneja;  no sorprende que a veces se equivoque en una fecha o cite mal. Los editores señalan esos errores en nota, pero han tenido el acierto de no corregir las citas: nos permiten así el placer de ver cómo la memoria de Borges mejora a veces unos versos ajenos.
            Al Borges profesor le gustan las etimologías, sobre todo las que tienen que ver con el inglés antiguo; las anécdotas biográficas; convertir en un cuento, en ocasiones muy borgiano, el argumento de las obras literarias.
            De vez en cuando se permite alguna broma, ciertas digresiones. Se burla de Paul Valery, quien al parecer preparaba borradores falsos de sus poemas para poder venderlos cuando necesitaba dinero. Nos habla de Truman Capote y de A sangre fría para contraponer su procedimiento de escritura al de Shakespeare: “Coleridge pensó que Shakespeare no había observado a los hombres, que no había condescendido a esa baja tarea de espionaje, o de periodismo”.
            Shakespeare, por cierto, es mencionado acá y allá, pero no se le dedica ninguna lección: Borges salta de la Edad Media al siglo XVIII.
           El índice temático y cronológico de las clases, con su subtítulos explicativos --aunque un tanto escondido y sin paginar--, facilita el manejo del volumen: cada lector podrá encontrar con facilidad la lección que le interesara especialmente (no faltará quien piense que Borges se deja llevar en exceso de su pasión por la literatura anglosajona).
           El título del libro resulta inadecuado: Borges profesor no es un estudio de la labor profesoral de Borges (aunque se refiera a ella uno de los prólogos). Como autor debería figurar Jorge Luis Borges y como título Curso de literatura inglesa. No es el único caso de un curso transcrito a partir de las notas de los alumnos, recordemos a Ferdinand de Saussure y su célebre Curso de lingüística general.
            Hay unos pocos escritores de los que no desdeñamos ni el más mínimo escrito ocasional. Borges es uno de ellos. El Borges mayor está en otra parte, ciertamente. Pero en este Borges hablado y profesoral quedan suficientes muestras de su perspicacia lectora y de su inteligencia como para que no convenga perdérselo.


sábado, 30 de mayo de 2020

Poesía y verdad



Realidad
José Manuel Benítez Ariza
Siltolá. Sevilla, 2020.

Los poemas de Realidad parten de situaciones cotidianas, y de ahí quizá el título, unas de aparente trivialidad (“Terrazas”, “Lector en la playa”, “El baño”, los apuntes viajeros de “Waterford”) y otras cargadas de emoción al margen de su tratamiento poético: “Desmantelando una habitación infantil” o “A un desmemoriado”, sobre el padre con Alzheimer.
            ¿Cómo se consigue dotar de trascendencia a unos poemas que podían incurrir en la trivialidad o en el desbordamiento sentimental? El tono de Benítez Ariza es aparentemente frío, casi ensayístico: le gustan las frases largas, matizadas, los “sin embargo” y los “por tanto”; llega incluso a titular un poema como “Diagnóstico razonado de un problema de vértigo”. Solo muy de tarde en tarde se permite algún verso que sobresale del conjunto por su especial expresividad, incurrir en la greguería (esos vendedores callejeros de paraguas “con su carga de murciélagos dormidos”) o terminar el poema con una ocurrencia: “Y las higueras, ya se sabe, / incluso las recién nacidas, / son viejas por definición, / como las piedras y los montes”.
            La poesía de Benítez Ariza no nos deslumbra por su brillo, sino por su lucidez. Es poesía en la que el mirar y el pensar se unen inextricablemente. Los sentidos están al servicio de la inteligencia.
            Lo que llamamos realidad no es más que una parte de la realidad: “Alguien trazó a tus pies un círculo de tiza / y te dijo que nunca debías transgredirlo”.
            Ese círculo de tiza lo transgrede con frecuencia Benítez Ariza en estos poemas. “Ante un ramillete de perejil” nos habla “de una íntima conexión, más allá de la lógica, / de todo con el Todo”; en “Terraza” imprevistamente se interrumpe la conversación feliz del grupo de amigos “y es como si de pronto / todo el mundo aguzara los oídos / en anticipación de algo que se aproxima / y, sin embargo, no / termina de llegar”. En algún caso, el poema, como en “A la Madonna de Waterford” el poema adopta la forma de una peculiar oración a “un primitivo dios que atiende y calla”, el mar.
            “Diez acuarelas” se titula una de las secciones del libro. Benítez Ariza no solo es poeta, narrador, crítico literario, ensayista de múltiples intereses, traductor de algunas de las más destacadas obra de la literatura inglesa, sino que también tiene su violín de Ingres en la pintura. “Diez acuarelas” se titula una de las secciones del libro, en la que, más que pintar con palabras, que también, se reflexiona sobre lo pintado: “Doble caducidad del puntal en el fango: / la que es efecto de la corrosión, / ya sea por la mera exposición al aire y al salitre / o por la silenciosa labor de los xilófagos, / y la que corresponde a lo que vive subsidiariamente / en su puro reflejo. // Remueve la marea las aguas estancadas / en torno al espigón y el reflejo se borra. // El tiempo solo tarda un poco más”.
            No le importa a Benítez Ariza incurrir en lo prosaico, en lo anecdótico, en el decir ensayístico: busca la precisión, no la floritura verbal. Nacido en Cádiz en 1963, nada tiene que ver su poesía con lo que tópicamente se entiende por poesía andaluza: sus maestros están en la poesía inglesa y también en poetas como Luis Cernuda que tanto aprendieron de ella. Uno de los poemas, “Fugaces”, remite irónicamente al Cernuda de “Despedida” (“Adiós, adiós, compañeros imposibles”), pero pasando previamente por José Luis Piquero y su “Iván y Arancha en Praga”: “Adiós, adiós, Praga y los autopullmans; / adiós, besos; adiós, Puente de Carlos; / adiós, islas y ríos cervezas de Pilsen; / adiós a cualquier brindis / y a todos los amantes del mundo adiós, adiós”.
            “Diagnósticos razonados”, como se titula una de las partes de Realidad, los poemas de Benítez Ariza, buena demostración de que la poesía, al contrario de lo que practican tantos poemas, no está reñida con el razonamiento.
            Que también sabe Benítez Ariza prescindir de la anécdota cotidiana, del eliotiano correlato objetivo, lo demuestran algunos de sus poemas breves. “Los cuatro elementos” no habría desdeñado firmarlo un poeta griego del tiempo en que filosofía y poesía caminaban de la par.
            Si comparamos el poema final del libro, “La diferencia”, con uno de los más famosos de Juan Ramón Jiménez, “Y yo me iré”, de tema semejante, resultará evidente lo que de precisión y pulcritud aporta Benítez Ariza a la poesía española: “El canto de los pájaros / o el olor de la jacaranda en flor / en la honda madrugada / no tenderán a converger / en tu clara conciencia / de otra mañana jubilosa, // Faltará esa conciencia, / pero allí seguirán, / dando razón de ser a la mañana, / las flores y los pájaros. // Y nadie notará la diferencia”.
            Poesía y verdad, como en Goethe, poesía que ilumina y agranda los márgenes de lo que llamamos realidad.



           

jueves, 21 de mayo de 2020

Local, universal




Porque olvido. Diario 2005-2019
Álvaro Valverde
Editora Regional de Extremadura. Mérida, 2020.

El diario es el género más proteico y el que más claramente muestra la huella dactilar del escritor.
            Más joven que la milenaria poesía, aunque su edad se cuenta ya por siglos, ha sabido como ella adaptarse a las nuevas formas de comunicación.
            El tradicional diario o dietario, escrito en pequeños cuadernos o en grandes libros de contabilidad, se ha acomodado perfectamente al lenguaje de Facebook o de los blogs personales.
            El poeta Álvaro Valverde, autor también de un par de novelas entre costumbristas y líricas, lleva desde 2005 un blog en el que da cuenta de sus lecturas, de su vida familiar y, sobre todo, de su vida profesional –digámoslo así-- como escritor. Ahora esos cientos de notas dispersas adquieren un nuevo sentido al reunirse en volumen. Ha habido una selección: quedan fuera los acuses de recibo de las novedades literarias y ciertas polémicas políticas (el autor ocupó algún cargo cultural del que fue desposeído con no muy buenas maneras). Lo que queda basta para retratar de cuerpo entero al autor: un hombre educado, cordial, que nunca se olvida de dar las gracias.
            Álvaro Valverde es un escritor paradójico: nació y ha vivido siempre en una pequeña ciudad, Plasencia, presencia constante en su obra, pero no es un escritor local. Desde su apartado rincón –y cumpliendo gozosamente con su otra profesión, la de maestro-- ha sabido encontrar un sitio en el panorama nacional, ganar los más importantes premios, hacer oír su voz de lector atento en alguno de los más significativos suplementos culturales.
            ¿Cómo lo ha conseguido? Este nutrido volumen puede servir como un manual de buenas prácticas para la promoción literaria. Comenzó Valverde, allá por los años ochenta, encuadrado en las filas de quienes combatían a la llamada “poesía de la experiencia”. Bajo el magisterio de un desaparecido Felipe Núñez y del más conocido Aníbal Núñez, aplaudido por Antonio Gamoneda, quiso hacer una poesía conceptual que no condescendiera con los modos realistas y neotradicionales de quienes comenzaban entonces a triunfar: Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes, Andrés Trapiello.
            Pronto, sin embargo, cambiaría de bando o, mejor, comprendería que lo mejor es estar a bien con todos los bandos, y encontró su camino en una poesía a a vez reflexiva e intimista, muy ligada a ciertas referencias culturales, evitando siempre cualquier disonancia.
            Porque olvido abunda en detalladas crónicas de presentaciones y lecturas. Álvaro Valverde, tras el elogio de los presentadores, tiene buen cuidado de no olvidar el nombre de ninguno de los asistentes y de dedicarle a cada uno de ellos unas palabras amables. No faltará quien piense que esa parte del diario, cumplida su función, quizá  hubiera debido quedarse en el espacio virtual. Pero no deja de tener su encanto ni su interés sociológico y psicológico.
            Otra buena parte de las entradas pueden encuadrarse en el capítulo de las necrológicas: se despide de emocionada manera a escritores amigos (Santiago Castelo, Ángel Campos Pámpano) y también a familiares y conocidos sin trascendencia pública. Álvaro Valverde –local y universal-- acierta en no distinguir entre unos y otros, todos cercanos a su corazón.
            De vez en cuando aparecen las referencias a su vida como profesor –una excursión escolar, un regalo de fin de curso--, evitando en lo posible cualquier aspecto negativo, como es ejemplar marca de la casa.
            La vida familiar, si incurrir en incómodas intimidades, aunque con alguna concesión al sentimentalismo, siempre contenido, se muestra con frecuencia en estas notas que abarcan quince años, y en las que se percibe como el tiempo va dejando su huella.
            No podían faltar las crónica viajeras. Casi todos los viajes de Álvaro Valverde son debidos a motivos literarios (una presentación, una lectura) y por eso entremezclan el agradecimiento a los anfitriones con muy precisas observaciones paisajísticas.
            Después de Plasencia, la otra patria de Valverde se encuentra en Gijón, ciudad a la que vuelve con frecuencia por motivos familiares, y a la que dedica enamoradas páginas.
            Un diario puede comenzarse a leer por cualquier página, también por la primera. Si leemos Porque olvido desde el principio nos encontramos con una minuciosa novela en la que un escritor y una pequeña ciudad son protagonistas principales, pero en la que abundan los personajes secundarios. A ratos nos resulta la lectura un tanto fatigosa, como en tantas novelas, pero pronto nos dejamos ganar por su atmósfera: en el microcosmos placentino cabe el mundo y el protagonista está lejos de ser un personaje plano, como pudiera parecer al principio.
            Pero también hay otra forma de leer, la más frecuente en los diarios, abrir por cualquier parte, picotear acá y allá, y detenerse en las páginas que nos hablan de paseos solitarios, de amigos admirados, de recuerdos juveniles, de la vida que pasa.
            Álvaro Valverde es el más educado, correcto, profesional, de los poetas españoles contemporáneos. Ese elogio es también la mayor censura que podría hacérsele. Al poeta, al hombre de genio, le conviene despeinarse de vez en cuando, perder los papeles. Álvaro Valverde nunca los pierde, al menos en este diario: si censura a algunos políticos, a algunos poetas de éxito en los medios, procura hacerlo sin dar nombres. Solo Eduardo Galeano y los independentistas catalanes se libran de esa cortesía.
            Porque olvido tenía todas las bazas para ser un libro de interés regional y, sin embargo, misteriosamente, funciona fuera de las fronteras de Extremadura. La mejor manera de ser universal es afianzar bien los pies en la tierra que pisamos y desde ella contemplar el mundo.


viernes, 15 de mayo de 2020

Pobreza y picardía


La pobreza
Antonio Gamoneda
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2020.

Algo de novela picaresca tiene la vida de Antonio Gamoneda: partiendo de la extrema pobreza ha conseguido llegar a la cumbre de toda fortuna literaria, tras ir dejando atrás diversas servidumbres.
            Esa novela basada en hechos reales la ha contado en numerosas ocasiones. Su segundo libro de memorias le añade matices hasta ahora inéditos. Durante los años cincuenta participó en numerosos concursos literarios, a veces con su nombre, a veces con el de un amigo, que se presentaba a recogerlos y con el que compartía el cincuenta por ciento del importe: “Manipulaba los poemas con el fin de que el mismo texto, modificado puntualmente, sirviese para otras convocatorias, y si sabía o suponía que un poeta de renombre iba a ser parte del jurado, buscaba una entonación que, recordando la suya, motivase su preferencia”.
            Tampoco mostró luego excesivos escrúpulos en los galardones que él mismo organizaba. En 1971 conoció a un pintor, Faik Husein, que apenas sabía hablar español. Le ayudó a escribir un libro de poemas “directamente en el castellano que no sabía” y luego le animó a presentarlo al premio de la bienal de poesía “Fray Bernardino de Sahagún”, que el propio Gamoneda organizaba (y de cuyo jurado formaba parte como secretario). Naturalmente, Faik Husein obtuvo el galardón. No se nos indica si repartió el importe con su colaborador.
            En 1975, recibió Gamoneda una carta de la fundación Juan March, indicándole que había sido aceptada su solicitud y que se le concedía una beca para que, en el plazo de un año, escribiera un libro de poemas. Lo curioso es que no había presentado ninguna solicitud. Un amigo suyo, encargado de otorgar esas becas, lo había hecho por él: “Sabía que yo necesitaba un empujón para restablecerme en la escritura, y sabía también que haría cuanto pudiera en el trance de la picardía”.
            El libro que escribió con esa beca, algo fraudulentamente otorgada, fue Descripción de la mentira, tan decisivo en su trayectoria literaria.
            En 1977 le fue otorgado el premio “Antonio González Lama” para libros inéditos al poeta Alfonso López Gradolí. Pero la obra premiada, Las palabras, sin más cambio que el del título (antes, Las señales del tiempo), ya había sido publicada en 1971 y en una colección de cierta resonancia. ¿No lo sabía Gamoneda, a quien se le dedica el primer poema, no lo sabía el resto de los miembros del jurado? Más bien, no les importaba el fraude.
            Tampoco le importa a Gamoneda contar cómo obtuvo, por libre y en dos años, el bachillerato: varias asignaturas le fueron aprobadas “por casualidad, por amaño o por recomendación”.
            Y le trajo –y le sigue trayendo, aclara—sin cuidado que el procedimiento para convertir su contrato en la institución Fray Bernardino de Sahagún “en plaza de funcionario relevante” rozase o no la prevaricación. Aprovecha sus memorias para vengarse de quien tuvo la osadía de presentarse a un concurso teóricamente público, “pero orientado a adjudicarle la plaza” (como así fue, aunque luego los tribunales decidieran lo contrario): una señora “con un cociente intelectual sorprendentemente bajo y una destacada capacidad para llorar y mentir”.
            Los libros de memorias son literatura y algo más, textos documentales que pueden ser desmentidos que, al contrario que las novelas, pueden ser desmentidos por la realidad. Antonio Gamoneda lleva a cabo numerosos ajustes de cuentas en estas memorias, pero los datos que nos ofrece deben ser aceptados con mucha cautela. Nos cuenta, por ejemplo, que en 1983, estuvo en Avilés, “donde se inauguraba la casa de cultura”.(en realidad, como jurado del premio Ana de Valle el año en que se le concedió a Luis Miguel Rabanal, a instancias del propio Gamoneda, por un libro no preseleccionado), y que allí presenció una discusión entre Luis Rosales y Guillermo Díaz-Plaja a propósito del empeño del primero de concederle el Cervantes de ese año a Alberti y la negativa del segundo. Rosales, muy violento (“nunca le había visto tan violento”, escribe) le dijo presuntamente a Díaz-Plaja: “Vosotros no sabéis más que las artes del verdugo”. Pero da la casualidad de que Díaz-Plaja no estuvo en Avilés ese año y además no era jurado del Cervantes sino uno de los candidatos.
            La pobreza, continuación de Un armario lleno de sombra, pretendía retomar la historia donde aquel libro la dejó, cuando cumple catorce años y comienza a trabajar en un banco, y concluir cuando abandona el trabajo bancario para comenzar sus actividades como gestor cultural en la diputación leonesa. Pero pronto, entre incisos y divagaciones, argumentos y contraargumentos (el libro parece hecho a trompicones, rescatando apuntes y según las ocurrencias de cada día), abandona esa idea y entremezcla los recuerdos de cualquier época con notas de diario sobre su ajetreada vida de autor de éxito: doctorados honoris causa, conferencias y lecturas, largos viajes por todo el ancho mundo siempre invitado por alguna institución.
            Homenajea a los poetas amigos  –Ildefonso Rodríguez, Juan Carlos Mestre, Miguel Casado-- y enjuicia sumariamente a otros poetas que conoció. Pero ni los juicios críticos, que pretende fundamentar en la cita parcial de un poema, ni los no escasos excusos teóricos (sus conocidas diatribas contra el realismo y la insistencia en la poesía no es literatura, sino “palabra instantánea”) presentan excesivo interés.
            El libro se salva por las muchas páginas que dedica a figuras, de escasa o ninguna trascendencia pública, pero que fueron fundamentales en su vida, como Jorge Pedrero, protagonista de una de las secciones de El libro del frío, y por la evocación de los años que pasó en el banco, que algo tiene de amarga novela costumbrista.
            Aclara Gamoneda que, contra lo que suele decirse, la censura no prohibió el libro que luego se publicaría con el título de Blues castellano, simplemente aconsejó algunas supresiones. Fue él quien prefirió no publicarlo y, según la leyenda, renunció a escribir a poesía hasta que le animó a ello la concesión de la beca March. Pero no es enteramente cierto: colaboró en Las escamas del corazón, el libro de Faik Huseind, y en 1972 participó en una antología que él mismo había preparado, El tema del agua en la poesía española. Nunca, por otra parte, tuvo inconveniente para presentarse a premios acatando la censura. Ni sus actividades como compañero de viaje del partido comunista, que nos detalla con minucia, le procuraron demasiados problemas.
            No es la pobreza, como dice el título, sino la vejez la gran protagonista de este libro, que nos habla muy a menudo de enfermedades y de imposibilidades y de extrañas “visitas” alucinatorias, pero también de amistad y de amor, de un inquebrantable amor conyugal (muy hermosas las páginas que dedica a su mujer, a sus hijas, a su nieta Cecilia).
            Un libro mal hilvanado, quizá deliberadamente, donde las pequeñeces sin mayor interés alternan con páginas memorables, un libro que a los detractores del poeta les dará abundantes argumentos para seguir considerándolo sobrevalorado, como el propio Gamoneda dice que afirmaba de él Eugenio de Nora.
Pero a pesar de todos sus pentimentos y trampantojos, La pobreza constituye un ejemplar retrato de cuerpo entero del poeta. Con admirable sinceridad, nos cuenta el casi nunca fácil camino que tuvo que seguir hasta llegar, como Lázaro de Tormes, a “la cumbre de toda buena fortuna”.

           

jueves, 7 de mayo de 2020

El arte de rescatar


Imágenes iluminadas (Antología poética 1916-1941)
Ernesto López-Parra
Editorial Ulises. Sevilla, 2020.

La erudición literaria, los estudios académicos de la literatura gozan de un bien ganado desprestigio. Es frecuente, demasiado frecuente, que el estudioso carezca de criterio estético, que para él un borrador y un texto acabado tengan la misma importancia, que no distinga entre los poemas que un autor selecciona para reunir en libro y los que deja inéditos o en revistas por su menor calidad.
            No cabe duda de que Pablo Rojas, que ha dedicado un volumen a la figura de Ernesto López-Parra y editado a Guillermo de Torre, conoce bien la literatura de los años veinte, pero tampoco a mi entender caben muchas dudas de que Imágenes iluminadas no contribuirá como debiera al rescate del desconocido poeta.
            Escritores olvidados hay muchos, que merezcan salir de ese olvido bastantes menos. Ernesto López-Parra lo merece: ha escrito un puñado de poemas memorables. Pero Pablo Rojas nos los ofrece entremezclados con versos de adolescencia o de ocasión, con apolillada retórica modernista o con imitaciones del Romancero gitano.
            ¿Quién fue Ernesto López-Parra? Fue un coetáneo de la generación del 27 (nació en 1895) que participó en el ultraísmo, aunque sin tomársela demasiado en serio. En La novela de un literato cuenta Cansinos Assens que, en la velada ultraísta celebrada en la Parisiana en 1920,  leyó unos versos de corte rubeniano que fueron los que más gustaron y que serían ovacionados al grito de “¡Esto es otra cosa…, esos son versos…, fuera los ultraístas!”
            A Ernesto López-Parra, a pesar de que colaboró en todas las revistas del movimiento, acabaron expulsándole del mismo. Póstumamente, sin embargo, sus versos solo han aparecido en alguna antología del ultraísmo.
            Ernesto López-Parra era un republicano que se fue radicalizando durante los años treinta. En las memorias de Cansinos Assens, muestra su desengaño: “¡Esta es una República de monárquicos y cavernícolas! --grita en el café Ernesto López-Parra, el poeta toledano, tránsfuga del Ultra, hijo de un padre republicano y masón, al que los neos le hacen la vida imposible en su ciudad--. ¿Querrán ustedes creer que la otra noche, en Toledo, los guardias nos mandaron callar a mí y a unos amigos míos porque estábamos cantando La Marsellesa?”
Su apoyo a la revolución del 34 le llevó a la cárcel. Tras la guerra civil sería condenado a muerte. En 1941 murió, enfermo de tuberculosis, en el penal de Ocaña. Había publicado tres libros: Poemas del Bien y del Mal (1920), La imagen iluminada (1929) y Auroras rojas (1936).
            En su antología, Pablo Rojas entremezcla poemas de esos tres libros con otros aparecidos solo en revistas y los divide en cuatro partes. Les añade otras dos secciones de textos inéditos: “Friso español” y “Carcelera”.
Comienza la antología con un poema inédito que el padre del poeta, amigo de Galdós, le envío al novelista en 1916 para que le dijera si su hijo tenía o no talento. Se trata de un ejemplo de manida retórica modernista (“Diabólico  mundano Don Carnal piruetea… / Pierrot y Colombina lloran junto a Arlequín…), que no anima mucho a seguir leyendo y que quizá podría incluirse como curiosidad en un apéndice.
            No es el único caso de desafortunado rescate. En “Poesía iluminada”, la segunda parte de la antología, tras una selección muy desigual del libro Imágenes iluminadas, se incluyen dos sonetos de ocasión escritos para la reina de las fiestas de Talavera de la Reina en 1929 y publicados en un periódico local.
            Una de las secciones inéditas, “Friso español”, se dedica a cantar –muy tópicamente-- las regiones españolas y parece escrito en la cárcel para participar en algún concurso –quizá propiciado por la revista Redención-- o para congraciarse con las nuevas autoridades (puede compararse el poema dedicado a Asturias en esta serie con los que se le dedican en Auroras rojas, donde por cierto se habla del puerto gijonés “del Museo”, en lugar de “del Musel”).
            En la sección última, “Carcelera”, se encuentran algunos de los más conmovedores poemas del volumen, los que nos demuestran que López-Parra era algo más que un epígono del modernismo o un tránsfuga ultraísta: algunos sonetos (“¡No le llores mujer!”, “Odio a la plebe de carroña inmunda”, “Ese alerta”); algún romance “El reloj cuenta en la cárcel…”); la repulsa de “El nuevo Cristo”, el Cristo de los vencedores: “Este Dios, lleva oculto en las espinas / de la corona cruel de su martirio / los dos cuernos del Diablo, y en sus ojos, / de Luzbel el dramático estrabismo”. Destaca también “No puedo más”, donde el poeta sueña con el suicidio.
Pero estos poemas confesionales e inolvidables, Pablo Rojas ha tenido a bien entremezclarlos con otros, como “El alarife del rey” que no pasan de ejercicios de trasnochada retórica (quizá se conservaran en las mismas carpetas y fueran escritos también en la cárcel, pero el antólogo debería haber sabido discriminar).
            Aunque haya en ella un puñado de poemas verdaderos, están tan entremezclados con otros sin interés, que dudosamente este antología rescatará del olvido a Ernesto López-Parra, un poeta sin duda menor, pero también verdadero en sus varios tonos: el de la machadiana denuncia de la Castilla tradicional, “tedio, pereza y fanatismo”;  el posmodernista a lo Fernando Fortún o Andrés González-Blanco ( “Yo adoro a esos humildes poetas que soñaron, / tal vez, con los inciertos laureles de la gloria”); el que jugó con la nueva estética vanguardista (“Nocturno de la ciudad”, “Casa vacía”), incluso el de la ingeniosa “Novela en los ojos”, que algo tiene de renovada  dolora campoamoriana, para terminar con la media docena de poemas carcelarios que le dan un lugar de honor en cualquier selección sobre el tema.


viernes, 1 de mayo de 2020

Encanto antiguo




El desnudo impecable y otras narraciones
Pedro Salinas
Edición de Natalia Vara Ferrero
Renacimiento. Sevilla, 2020.

Un clásico es un escritor que no necesita ser leído para ser elogiado. Quienes se acercan a sus obras suelen hacerlo al margen del placer de la lectura, bien por obligación escolar (las clases de literatura son unos de los principales focos de propagación del odio a la literatura) o por obligación curricular y resulta bien sabido que, entre los requisitos para que un trabajo sea valorado académicamente (principalmente haber sido publicado en esta o aquella revista “indexada”) no se encuentra la perspicacia crítica ni el atinado juicio de valor.
            Pedro Salinas es un clásico que todavía cuenta con lectores verdaderos, pero casi solo por un libro: La voz a ti debida, aunque todavía puedan leerse con placer y provecho muchos de su estudios literarios. También sus cartas, especialmente las de amor a Katherine Witmore y las de amistad –“amistad a lo largo”, como en el poema de Gil del Biedma-- a Jorge Guillén.
            De los dos libros de relatos que publicó Salinas --uno al comienzo de su trayectoria literaria y otro al final de ella--, Víspera del gozo ha quedado como ejemplo de la prosa lírica y “deshumanizada” de los años veinte y se lee con algo trabajosa admiración por su virtuosismo estilístico, mientras que El desnudo impecable y otras narraciones apenas si se conoce. Tras su primera edición, en 1951, solo se ha reeditado dentro de la obra o de la narrativa completa (y ya se sabe que esos nutridos tomos son más para estudiosos que para verdaderos lectores).        
            Vuelve ahora en una hermosa edición y parece el momento adecuado para hacer algunas consideraciones sobre la segunda época del Pedro Salinas narrador.
            Lo primero que nos sorprende es el laborioso estilo, que gusta del término arcaizante o desusado, también del popular en otro tiempo, y en el que no faltan los rasgos de humor. Disuena hoy tanto como seguramente disonaba en 1951, cuando Salinas se consideraba un humanista de una época mejor desterrado en la bárbara Norteamérica. De esta rebuscada manera (sirve como ejemplo de su estilo) nos informa de que uno de sus personajes es aficionado a los cómics: “de todos los usos del sagrado don de la vista, aquel por donde mayores delicias le venían era el mixto ejercicio de mirar imágenes y descifrar leyendas, exigido por las tirillas o historietas de monigotes, que la prensa prodiga a sus lectores magnánimamente de mañana, de tarde y a mediodías”. Luego se burlará inmisericordemente de esa afición, para él el colmo de la degradación intelectual.
            En segundo lugar, para disfrutar de estos textos, donde no faltan los rasgos costumbristas, tenemos que pasar por alto la peculiar idea de la verosimilitud que tiene Pedro Salinas.
En “Los inocentes” un desconocido le deja al narrador una carta en la que anuncia su intención de suicidarse (no se la deja a su familia, para no crearles problemas de conciencia) y con el ruego de que no la dé a conocer (todo el resto del relato, en cuanto a verosimilitud, está a la altura de ese comienzo). ·En “El autor novel”, el protagonista tiene problemas de conciencia porque no ha hecho caso a un desconocido que le telefonea para pedirle ayuda en relación con una novela que piensa escribir y no entendemos a qué vienen esas perplejidades, como tantas otras de estos personajes, ni nos importan demasiado..
            En realidad, no se trata de relatos realistas, aunque lo parezcan y en ellos vierta Salinas mucha de su experiencia americana: el ambiente del Wellesley College, donde se alojó a su llegada; las impresiones de Nueva York, donde se produjo la ruptura definitiva con Catherine Whitmore; las visitas turísticas en México; la descripción de San Francisco envuelto en niebla. La editora, Natalia Vara Ferrero, nos va señalando en nota las coincidencias con pasajes del epistolario.
            Pero no parece que conjunten bien lo observado, y por lo general contado con gracia y alfilerazos irónicos, con lo fantaseado no siempre con acierto. En “El desayuno” al protagonista le sorprenden tres mujeres que desayunan juntas, sin apenas hablarse y que no vuelven a coincidir durante el resto del día. Averigua que todas son viudas y que el marido de cada una de ellas murió de súbito accidente (se nos refiere pormenorizadamente cada caso a modo de cuentos enmarcados). El narrador omnisciente nos informa de que el protagonista no pudo averiguar “algo que nadie sabía” (¿y cómo lo sabe el narrador’), “y es que cada una de las tres comensales del desayuno, que acudían día tras día a igual mesa, o altar, a repetir idéntico rito, ignoraba por completo cómo habían enviudado las otras”. Lo que no nos indica a los lectores es por qué se sentaban juntas en el desayuno y nosotros sospechamos que no hay ninguna razón que es solo un caprichoso pretexto para unir tres historias imaginadas de manera independiente.
            Salvo el relato que da título al libro, “El desnudo impecable”, todos los demás terminan defraudando al lector, aunque no falten en ellos pasajes memorables, divagaciones muy salinianas.
            “El desnudo impecable”, sin ser autobiográfico, tiene algo de ajuste de cuentas del autor con su pasado y también se entreve, en filigrana, la marcha a América en busca de la amada imposible. Todas las limitaciones de los otros textos –inverosimilitudes, estilo impostado, rebuscados problemas de conciencia-- dejan de serlo en este, el único que no resulta una mera curiosidad para estudiosos y fans del autor, si es que alguno hay al margen de su poesía amorosa.
            Esa espléndida novela corta merecía ser publicada independientemente o con el resto de los relatos al final, como un prescindible apéndice. Tal como está –situada en el centro del libro, según la ordenación del autor-- es posible que muchos lectores no lleguen a ella, insensibles al encanto antiguo de la prosa saliniana y defraudados por el frustrante final de “El desayuno” o de “La gloria y la niebla”.