jueves, 29 de enero de 2026

Las verdades de siempre

 

José Luis Trullo
Un monstruo incomprensible
Retablo de moralistas franceses (1600-1850)
                                       Renacimiento. Sevilla, 2025.                                   

Los llamados “moralistas franceses”, un conjunto heterogéneo de escritores, muy ligados a ese gran invento de la época de Luis XIV que fueron los salones literarios, constituyen una cantera inagotable. El nombre resulta engañoso. No son propiamente moralistas, sino autores de textos breves –entre el aforismo y la frase ingeniosa, el retrato de tipos característicos y la anécdota significativa-- que analizan críticamente la sociedad de su tiempo y también el alma humana; tienen que ver por ello tanto con la literatura como con la psicología y la sociología.

            José Luis Trullo, quizá el más significativo responsable, para bien y para mal, del actual auge del aforismo en España, ha optado en El monstruo incomprensible –el título está tomado de una cita de Pascal-- por aquellos textos “que transmiten de una manera bella y memorable una lección de filosofía perenne”, dejando de lado “los que mejor definen la personalidad de su autor”. Parece seguir el consejo de uno de los moralistas seleccionados, Vauvenargues: “El mejor libro, el más original, es el que induce a estimar como se merecen las verdades de siempre”.

            Pero una cosa son las intenciones y otra los resultados. Comenzamos a leer a La Rochefoucauld –que fue quien popularizó el género-- y tropezamos ya con el primer aforismo : “Aquello que consideramos habitualmente como virtudes no son más que un conjunto de actos e intereses diversos que aciertan a ordenar nuestra industria o nuestra fortuna”. Pero más sorprendente resulta el que le sigue: “En consecuencia, no siempre son el valor y la castidad lo que hace valientes a los hombres ni castas a las mujeres”.

Un aforismo que comienza con una expresión, “en consecuencia”, que presupone un texto anterior, es lo más contrario a un aforismo (como “texto sin contexto” ha sido definido alguna vez).

Buscamos otra edición de las Máximas, como la de José Antonio Millán Alba, y leemos lo siguiente: “Lo que tomamos por virtudes no es con frecuencia sino un conjunto de actos distintos e intereses diversos que la fortuna o nuestra industria saben ajustar, y no siempre por valor y castidad los hombres son valientes y las mujeres castas”.

Aparte de que dividir en dos un único aforismo sea tal vez una errata y no una decisión del compilador, o de que la traducción empeore versiones previas, la selección de esta máxima parece contraria a los principios del antólogo, a no ser que considere “una lección de filosofía perenne” que los hombres han de ser valientes y las mujeres castas.

            No es el único caso en que José Luis Trullo incurre en el error de considerar como verdades eternas los prejuicios tradicionales. Uno de los aforismos incluidos de La Bruyère dice así: “Las mujeres son seres extremos: o mejores o peores que los hombres”.

            Cuando seleccionamos textos de otras épocas (incluso de autores mucho más recientes, como Ortega y Gasset), lo primero que tenemos que dejar de lado, porque hoy resulta ofensivo o risible, son sus afirmaciones sobre la mujer.

            Discutible también, pero menos censurable, resulta la inclusión entre los moralistas franceses de un autor como Chateaubriand, quien, aunque conoció en su primera juventud el ancien régime, fue incuestionablemente romántico. Para darse cuenta de la diferencia, basta con observar la portada del libro en la que aparece la efigie de los diez autores seleccionados: todos llevan peluca, menos Chateaubriand, despeinado por las turbulencias de su tiempo, que nada tuvo que ver con el apacible siglo XVIII. Pero se agradece esta inclusión: “Los placeres de nuestra juventud, reproducidos por la memoria, parecen ruinas a la luz de las antorchas”.

            Acierto, sin embargo, es empezar con Madeleine de Souvré, poco conocida, pero que puede considerarse la maestra de La Rochefoucauld; a su vez, siguió el ejemplo de Gracián,  cuyo Oráculo manual y arte de prudencia dejaría huella en la mayor parte de estos autores. Otro acierto es la amplia representación que se concede a Joseph Joubert, que pasó oculto en su tiempo, pero que hoy nos parece el más cercano a nuestra sensibilidad contemporánea. De él escribió Cristóbal Serra: “En Joubert se advierte una continua vocación poética que, si no cuaja en poema, es por una suerte de íntimo pudor que la contiene”. Los otros moralistas carecerían de ese fulgor poético que los acerca a nuestra sensibilidad: “A su lado La Rochefoucauld se nos antoja relamido, Chamfort avinagrado y Vauvenargues tenue y empañado”.

            Pascal, a quien se deben algunas de los más célebres aforismos (“El hombre es una caña que piensa”), fue un autor de textos breves y fragmentarios a su pesar. Su intención era escribir un tratado apologético a la manera tradicional, pero como no llegó a concluirlo se publicaron sus borradores. Eso son sus célebres Pensamientos, apuntes incompletos y sin sentido en muchos casos, pero con intuiciones que todavía nos deslumbran. El fragmento del que procede el título de esta selección dice así: “Si se ensalza, yo le humillo. Si se humilla, yo le ensalzo. Y le contradigo siempre. Hasta que comprenda que es un monstruo incomprensible”. Un monstruo incomprensible es una buena definición del ser humano.

            A comprenderlo nos ayudan todavía los moralistas franceses, que vivieron en una sociedad muy distinta de la nuestra, y por eso parte de su obra tiene solo valor como documento de época, pero que supieron ver lo inmutable del corazón humano y formular esa “filosofía perenne”, las verdades de siempre, que José Luis Trullo ha tratado de recoger en este libro.



           

           

jueves, 22 de enero de 2026

Ornitorrinco

 

Javier Castro Flórez
Mundo libresco
Ediciones Newcastle. Murcia, 2025.

El curioso lector que todavía hojea la mesa de las novedades y selecciona los libros por su cuenta, sin hacer demasiado caso a la compulsiva promoción editorial, ¿cuánto tiempo tardaría en dejar de lado un libro como Mundo libresco de Javier Castro Flórez? Si no ha oído hablar del autor, admirado por una minoría que dista de ser inmensa, como la de Juan Ramón y cierta marca cervecera, le bastará con el medio minuto necesario para revisar el índice, la maquetación (que aún no ha aprendido a evitar las líneas “huérfanas” y “viudas”) y las presentaciones de la primera parte, que ni siquiera prescinden de las frases protocolarias o de los coloquialismos circunstanciales. “Os dejo ya con Pepe Melero”, concluye la primera de ellas (sin que, por supuesto, a continuación aparecerá el tal Pepe Melero).

Tendría aparentemente toda la razón del mundo para desdeñar este pequeño volumen, ajeno a los circuitos de distribución habituales, pero se perdería uno de los títulos más personales y fascinantes del panorama editorial, una inverosímil obra maestra, todo lo camuflada y desgreñada que se quiera, pero una obra maestra, algo así como un unicornio disfrazado de ornitorrinco.

            ¿En dónde radica el secreto de Javier Castro Flórez, nacido en Plasencia en 1966, residente en una pedanía de Murcia, para darle la vuelta a los escritos más ocasionales y prescindibles y convertirlos en excelente literatura? Podríamos hablar de una mezcla de lirismo y humor, de autobiografía y costumbrismo, aunque eso no le singulariza demasiado: de inmediato nos vendría a la mente el nombre de Umbral, a quien Javier Castro Flórez se parece poco.

            Mundo libresco habla de una obsesión por el libro y la lectura que algo tiene de morbosa: el autor no sale jamás de casa sin un libro, compra libros todos los días, lee incluso caminando. Se nos presenta como un superviviente de otra época al que le definen tanto los libros que lee como los que deja de leer: “Me gusta ver en las librerías libros terribles porque compruebo que estos lugares que tanto amo no son templos ni quirófanos aislados de la vida”. Pero no desprecia esos libros que no le interesan. Incluso se atreve a hacer un inteligente elogio del más denostado de los premios literarios: "He leído bastantes opiniones sobre el premio Planeta y por eso me animo a añadir la mía. Yo soy un entusiasta del Planeta –aunque nunca he comprado ni leído ninguno de los libros ganadores de este maravilloso certamen-- porque con el dinero que la editorial gana con ese tinglado ha podido editar otros libros con los que he sido muy feliz y que posiblemente solo pudieron publicarse gracias a los que compraron el Planeta para regalárselo a su suegro”.

            Pero no son estas muy sensatas afirmaciones las que convierten este libro en una rara avis , sino la capacidad del autor para convertirse en personaje, en un mindundi que está orgulloso de serlo y que con frecuencia se considera el hombre más afortunado del mundo.

            Unas cuantas presentaciones, ya lo hemos dicho, constituyen la primera parte de esta miscelánea. Pueden comenzar de la manera más convencional, pero lo que Castro Flórez dice de un libro solo puede ocurrirle a él. Es como un mago que, ante cualquier tema, siempre se saca un punto de vista inédito de la chistera.

            “De todo un poco” --el título, a lo Julio Camba, no puede resultar más adecuado— constituye la parte central y más extensa. En ese genial batiburrillo nos encontramos con un peculiar Sancho Panza que dialoga con el quijotesco autor: su gata Mishia, ya famosa. No lo hemos dicho antes, pero otro motivo que el lector común tendría para rechazar este libro es que está formado por piezas publicadas antes en las redes sociales, especialmente en el denostado Facebook y casi siempre acompañados de fotografías. Mishia se ha convertido así en un personaje popular.

            Hubo un tiempo en que el pim pam pum de los articulistas sin ideas y de ciertos intelectuales era la televisión, la llamada “caja tonta”. No sabían distinguir entre el continente y el contenido. Su lugar en la picota ha sido sustituido por las redes sociales, que no son más que un reflejo de la variopinta diversidad de sus usuarios y lo mismo pueden contener necesidades que maravillas. Como antes el periodismo, las redes sociales han propiciado el auge de cierta literatura fragmentaria. Sin ellas, no habrían existido autores como Castro Flórez. Solo por eso merecerían nuestro parabién.

            Mundo libresco se publica en la editorial del propio autor, especializada en autores o en obras que no encuentran su sitio en las editoriales convencionales. En ella ha publicado Antonio Moreno, por citar un ejemplo, títulos tan memorables como El viaje de las bibliotecas o En torno al sol , que bastarían para justificarla. Debo reconocer que no soy del todo imparcial: yo también he publicado en ella.

            Javier Castro Flórez, que cultiva con gracia cierto aire chaplinesco, que juega a quitarse importancia, con solo dos libros hechos de retazos, Mundo libresco y Lo que lee un editor, de 2020, tiene ya un sitio cierto en la memoria agradecida de una cada vez más amplia secta de lectores. Avisados ​​​​quedan quienes no le conocen. No les defraudarán.




           

           

           

           

jueves, 15 de enero de 2026

Cómo leer sin prejuicios

 

Rosario Castellanos
Poesía no eres tú
(Obra poética 1948-1971)
Fondo de Cultura Económica. México, 2025.
 

En 2025, se cumplieron cien años del nacimiento de la poeta mexicana Rosario Castellanos. Ningún poeta de la era solista. Escribió también novelas, relatos, teatro, ensayos y multitud de artículos, muchos de ellos de reivindicación feminista, recopilados en libro póstumamente. Fue además profesora y muy activa gestora y divulgadora cultural. Siguiendo la tradición de su país, en 1971 fue nombrada embajadora en Israel. Murió en Tel Aviv, en un absurdo accidente doméstico: electrocutada por un cable en mal estado al salir de la ducha. Tenía 49 años, los mismos que Rubén Darío cuando murió, aunque este, dada su precocidad, nos dé la impresión de haber vivido muchos más y haber dejado concluida su obra.

            No fue así en el caso de Rosario Castellanos, pero tuvo el tiempo suficiente para convertirse en una de las figuras centrales de la literatura de su país, pionera en la reivindicación indigenista y feminista.

En España, sin embargo, su centenario ha pasado inadvertido, al contrario de lo que ha ocurrido con su coetáneo Ángel González. Aunque hablemos la misma lengua (o variantes de la misma lengua), cada país hispano tiene su escalada literaria y no siempre, o casi nunca, los prestigios se mueven en un sistema de vasos comunicantes. Los casos de Neruda, Vallejo o Borges son la excepción, no la regla.

            En 1971 Reunión su obra poética, iniciada a finales de los años cuarenta, con el título de Poesía no eres tú. Con motivo del centenario se reimprime ese volumen y es un buen motivo para leer su poesía sin prejuicios, al margen de los otros méritos de la autora.

            La poesía, al menos la poesía contemporánea, no se lleva del todo bien con el formato libro. El poema, tal como lo entendemos hoy, no como se entiende en tiempos de Campoamor, solo como excepción ocupa más de una o dos páginas. Y es el poema, no el libro de poemas, la obra literaria completa. Tras la lectura de un poema, no se puede pasar de inmediato a la lectura del poema siguiente, como si se tratara del capítulo de una novela.

            ¿Cómo leer unas poesías completas? No parece un buen método empezar por la primera página y seguir leyendo ordenadamente hasta el final. Esa es la lectura del estudioso, que siempre es una segunda o tercera lectura, no la del lector que Borges llamaba hedónico, esto es, la del que lee por el placer de leer, no para encontrar información sobre un tema determinado o ampliar su cultura.

            Buena parte de la poesía de Rosario Castellanos, escrita hace más de medio siglo, da la impresión de no haber envejecido bien. Quien comience a leer por el largo poema inicial, “Apuntes para una declaración de fe”, es posible que no se anime a continuar. Así comienza: “El mundo gime estéril como un hongo. / Es la hoja caduca y sin viento en otoño, / la uva pisoteada en el lagar del tiempo / pródiga en humos agrios y letales”. Y así continúa divagando durante unos cientos de versos.

            Tarda el poeta en encontrar una voz que no nos suene a consabida palabrería poética. Comienza a encontrarla con El rescate del mundo, una mirada al mundo exterior –“Cosas”, “Diálogo con los oficios aldeanos” se titulan dos de sus secciones— y una renuncia a cierto verbalismo retórico al que tan proclive era en sus comienzos. Los poemas, por lo general de arte menor, se aproximan a veces a la canción, como en “Una palmera”: “Señora de los vientos, / garza de la llanura, / cuando te meces canta / tu cintura”. No es todavía su voz más personal, pero ya se deja leer.

Se incluyen en esta recopilación dos “poemas dramáticos”, Salomé y Judith , de resonancia lorquianas y valleinclanescas. Ambas historias bíblicas, utilizadas anteriormente por muy diversos escritores, adquieren un nuevo valor trasladadas al ámbito de la revolución mexicana. También un apartado de versiones, se supone que de poetas especialmente admirados por la autora: Emily Dickinson, Paul Claudel y St.-John Perse. Nada que objetar a la primera, pero sorprenden los dos últimos: se trata de dos poetas enfáticos y retóricos muy alejados de la sensibilidad contemporánea.   Pocos lectores serán capaces de leer completa la interminable “Oda segunda”, de Claudel. Rosario Castellanos parece, sin embargo, tomarla como ejemplo para alguno de sus poemas más impostados y prescindibles, como “Lamentación de Dido”, que contrasta con el tono coloquial de otros monólogos dramáticos, género o subgénero al que es muy proclive la autora.

            Una obra poética completa comienza a leerse hojeando acá y allá hasta dar, si hay suerte, con un poema que nos atrape. Si no la hay, podemos dejarlo de lado sin mala conciencia. No toda poesía, por muy célebre que sea el autor, resiste el paso del tiempo ni es para todos los lectores ni para todos los momentos. Otra cosa es su valor como documento en la historia literaria.

            Para el  lector curioso y sin prejuicios, la poesía de Rosario Castellanos ofrece muchos puntos de enganche. Uno de ellos puede ser el poema “In memoriam”, uno de los más intensos y emocionantes epitafios de la lengua española. Otro, “Acción de gracias”: “Antes de irme –igual en cortesía / al huésped que se marcha-- / quisiera agradecer a quien se debe / tantas cosas hermosas que he tenido”. Y sigue una enumeración que no condesciende con el tópico.

            En sus monólogos dramáticos, Rosario Castellano no deja de recurrir un tanto convencionalmente a los mitos clásicos (ya hemos citado “Lamentación de Dido”, podemos agregar “Testamento de Hécuba”), pero en los más memorables el personaje que habla se identifica con la autora, coincidiendo en esto con Gil de Biedma, aunque no parece que hubiera relación directa entre la obra de ambos. Uno de ellos se titula explícitamente “Autorretrato” y está escrito en ese tono coloquial, irónico y desmitificador que será característico de lo más personal de su poesía.

            Con la cuidada y algo manida retórica de sus primeros libros, contrasta el lenguaje directo y los temas tan poco convencionalmente poéticos de los últimos. “Kinsey Report” refleja, en sus propias palabras, la vida sexual de seis tipos distintos de mujeres; insatisfactoria, salvo una excepción: “Mi amiga y yo nos entendemos bien. / Y la que manda es tierna, como compensación, / así como también la que obedece / es coqueta y se toma sus revanchas. / Vamos a muchas fiestas, viajamos a menudo / y en el hotel pedimos / un solo cuarto y una sola cama”.

            Debieron de escandalizar en su momento –“esto no es poesía”, dirían los puristas-- poemas como “Telenovela”, sátira de un tiempo en que la televisión era “la Gran Caja Idiota” que ocupaba “el sitio que dejó vacante Homero, / el centro que ocupaba Scherezade / (o antes de la invención del lenguaje, el lugar / en que se congregaba la gente de la tribu / para escuchar al fuego)”. El cuadro costumbrista que sigue refleja una sociedad que ya no es la nuestra.

Quien escribe como se habla –aunque sea un poeta-- llega más lejos que quien escribe como se escribe. Siempre que tenga una visión inédita y desmitificadora del mundo, y ese era el caso de Rosario Castellanos.



martes, 6 de enero de 2026

Memorables maravillas

 

Miguel d'Ors
Tiempo de descuento
Pre-Textos. Valencia, 2025.

Una vez afirmó un político que la opinión pública no es lo mismo que la opinión publicada. La frase puede aplicarse también a la literatura y especialmente a la poesía. Cualquier lector medianamente atento, sabe que los nombres más jaleados por la información cultural, unas veces por razones extraliterarias y otras por razones tan escasamente literarias como obtener el Premio Nacional de Poesía –en el que pocos miembros del amplio jurado son especialistas en el tema--, no son los más prestigiosos, sino, en más de una ocasión, todo lo contrario.

            Quienes han seguido la marcha de la poesía española durante el último medio siglo, desde los años setenta hasta la actualidad, saben que uno de los poetas fundamentales, uno que no puede faltar en ningún recuento, pero a menudo falta, es Miguel d'Ors. No se trata de un autor desconocido, aunque en él no suelan fijarse los suplementos culturales, cuenta con una legión de fieles, pero poco ruidosos, seguidores para los que cada nuevo libro suyo es un acontecimiento.

            Tiempo de descuento anuncia desde el título su carácter epigonal –el autor cumple este año ochenta años-- e intenta en el breve prólogo una justificación. Abundan los poetas que siguen publicando versos cuando la poesía los ha abandonado. El ejemplo clásico es el de Jorge Guillén, el más reciente el de Pere Gimferrer y su Balada . Miguel d'Ors no se incluye en ese grupo. Buena parte de los poemas de Tiempo de descuento están a la altura de sus mejores poemas, pueden y deben incluirse en cualquier antología de su obra.

            Habla de lo mismo de siempre –de lo que le importa, de lo que importa--, pero lo hace, si no cada vez con “mayor precisión, intensidad y belleza”, para decirlo con las palabras que él mismo aventura en el prólogo, con la misma de sus mejores momentos.

            En dos tipos de poemas destaca Miguel d'Ors y los dos primeros poemas del libro pueden ejemplificarlos. “Memoria, mala amiga”, escrito en la silva libre impar que trajo a la poesía española Juan Ramón Jiménez, es un poema de frases largas que no excluyen la expresión coloquial, que a ratos puede parecer divagatorio, pero que se construye en torno a una idea, a un armazón conceptual, como tantos otros del libro. El segundo poema, “Parece mentira”, es un romancillo de aire tradicional, que rescata una estampa de la infancia y lo hace acumulando “pequeños detalles exactos” –marca de la casa-- que le dan ese aire de verdad vivida –aunque pueda ser fingida-- que tiene toda la poesía de Miguel d'Ors.

            La poesía, por mucho que pueda parecer inspiración y magia (o simple “desahogo del corazón” como decía Espronceda de su “Canto a Teresa”), no es nada si no es en primer lugar artesanía, trabajo bien hecho con selectos materiales. Y Miguel d'Ors es uno de los mejores artesanos de la poesía española de cualquier tiempo, pocos como él conocen los secretos de la métrica o de la adjetivación, de los distintos registros del lenguaje, de la tradición que nutre la originalidad verdadera.

            Sus poemas, nada herméticos ni gongorinos (ni mucho menos de abstracta vaguedad a la manera de la llamada poesía metafísica), emocionan o hacen sonreír al lector común sin necesidad de notas ni prospectos explicativos, pero a la vez resultan inagotables para el crítico, el poeta y el lector especializado. Ha seguido a Miguel d'Ors el consejo de Antonio Machado: “Da doble luz a tu verso, / para leído de frente / y al sesgo”. También el de Lope de Vega: “oscuro el borrador y el verso claro”.

            Cito algunas maravillas memorables. “Ahora me toca a mí” comienza con una fecha (“El 23 de agosto de 2024” dice el primer verso) y termina con esa misma fecha al pie (es costumbre de Miguel d'Ors fechar todos sus poemas), como para dejar claro que se trata de la descripción de un día, casi una nota de diario. No pasa nada extraordinario, es un día como tantos. Lo novedoso es la manera de contarlo: “Con fresco mañanero / subí al Monte da Tomba, / pasando ante la fila de castaños / como si fuera un presidente de gobierno / en visita oficial”. Apenas hay verso sin una sorpresa expresiva "hasta que el día, satisfecho, / bajó al fin la persiana. Buenas noches". Y entonces vienen los versos finales, metapoéticos a la manera dorsiana, tan diferente a la de la mayoría de los poetas de su generación: “El 23 de mayo / de 2024 cumplió su cometido. / Ahora me toca a mí cumplir el mío / convertirlo en palabras que lo salven / de las aguas del tiempo”.

            Emparentado con el anterior poema se encuentra “Las últimas castañas”. Primero, la descripción de los días finales del otoño y luego la reflexión a la vez metapoética y vital.

            Miguel d'Ors escribe en castellano, pero pocos poetas como él han reflejado con tanta verdad el mundo gallego, el rural y el urbano (vuelven a aparecer en este libro las lluviosas evocaciones de Santiago). En una historia de la literatura gallega, que no toda se ha escrito en gallego, no debería faltar, como tampoco Pardo Bazán o Valle-Inclán.

            Claro que, si también a veces dormitaba Homero, no nos ahorra Miguel d'Ors unas pocas cabezadas: “Scherzo”, “De soledades” (aunque algo lo salva el final) o “Y sigo con la lógica teológica”, no por el chiste (“que el desierto es jodudo no lo dido”), sino porque su humor algo cuartelero contrapone los patriarcas bíblicos con sus “tres o cuatro mujeres y ocho o diez concubinas” a “los pobres cristianos de este tiempo”, olvidando que en ese masculino, que es el género no marcado, se incluye también a las cristianas, quizás no muy contentas con su papel de concubinas.

            Pero estos son reparos menores y quizás discutibles. Sigo enumerando otros poemas ingeniosos o emocionadamente memorables. Un tema muy sensible y en el que es fácil incurrir en lo sensiblero se salva de la mejor manera en “EV”: “Al fin / su vida no era más que una sonrisa”. En “Me voy”, la despedida que cierra el libro, escuchamos la música del bolero en que podría convertirse (el final nos recuerda a un poema de Ángel González). “Ante su 77 cumpleaños” y “Afeitándome” recurren al humor para enfrentarse a lo inevitable. “Aria triste” recrea sin mimetismo al primer Juan Ramón.

            Católico “a machamartillo”, que diría Menéndez Pelayo, y de una opción política conservadora, que no esconde, ni tiene por qué, en sus versos, Miguel d'Ors es sin embargo un poeta para todos los públicos. Incluso cuando el poema acaba convirtiéndose en una oración, como ocurre en “Esto me serviría”, es difícil no sentirse identificado con ese momento de plenitud humana que, si no acabase nunca, no cambiaríamos por ningún cielo. Y conviene fijarse especialmente en las enumeraciones llamadas “caóticas” de tantos poemas –un ejemplo que vale por muchos: “Solitudine”-- que son marca de la casa ya las que Miguel d'Ors recurren una y otra vez sin cansarse ni cansarnos nunca.



           

           

jueves, 1 de enero de 2026

Partes de una historia

 

Álvaro Pombo
Cuentos autobiográficos
Anagrama. Barcelona, 2025.

Aunque se titula Cuentos autobiográficos, no todos los textos incluidos en el último libro de Álvaro Pombo pueden considerarse propiamente cuentos. Unos capítulos, como nos indica en la nota final, son fruto directo de su memoria y sus recuerdos; mientras que otros han sido construidos “con más o menos imaginación o ficción”.

            La diferencia no consiste en lo que más o menos haya de autobiográfico en cada uno de estos dos tipos de relatos, algo difícil de determinar sin recurrir a datos externos, sino en su diferente estructura. Los “recuerdos de niñez y mocedad”, como podríamos denominar a una parte del libro tomándole prestado el título a Unamuno, parecen estar escritos siguiendo el flujo divagatorio de la memoria, entremezclando lo trivial con lo significativo, empezando y terminando por cualquier punto. Decimos “escritos”, pero en realidad son textos dictados, como toda la obra última de Álvaro Pombo, y a ese hecho, y al copista habitual, Iñaki, se alude más de una vez. La transcripción del habla no siempre puede considerarse literatura en sentido estricto (y ahí están las colaboraciones periodísticas semanales de Pombo para demostrarlo), sino más o menos grata conversación. Pero dictando se puede hacer también literatura igual que escribiendo directamente, y ahí está el caso de Borges si alguien tiene alguna duda. Es lo que hace Pombo en los textos más estructurados del libro, los que más recuerdan a sus novelas, como “La factura de la felicidad”, “De la vida cotidiana” o “El pésame”.

            No quiere ello decir que los capítulos desflecados o invertebrados carezcan de interés. A veces pueden tener un interés mayor. En uno de ellos, “Gobernación”, se atreve a contar por primera vez, o por primera vez con la explicitud adecuada, un acontecimiento fundamental en su biografía, el que le hizo ser el escritor que es. Así comienza: “Fue imposible olvidarlo. En cambio, fue solo difícil tragarlo, como un trozo crudo de hígado de vacuno, aún tibia la pegajosidad de la sangre. Pensarlo, sin embargo, a lo largo de los años fue parte, como un tic, de una costumbre que se quedó y no se fue. Y casi imposible contarlo”.

Según afirma, unos versos de su libro Protocolos, de 1973, aluden a ese hecho, pero sometido a la transformación verbal que para él parece ser consustancial a la poesía: “Me detuvieron dos veces en Atenas / por esperar el Santo Advenimiento. / Me forzaron los guardias de la porra. / Y volví a no dormir donde no había dormido / cinco años atrás / entre el Rey de Bastos y el de Espadas”.

            Esos versos camuflan deliberadamente la verdad, la convierten en un juego absurdo (y de ahí quizá el menor interés de la poesía de Pombo respecto de su prosa). Lo que ocurrió fue que, a mediados de los sesenta, a las tres de la madrugada, en una redada contra homosexuales, lo detuvieron en la plaza de España y lo llevaron a la comisaría de la calle de la Luna, donde pasó una noche, y luego a la Dirección General de Seguridad, donde pasó dos noches y salió luego por intervención directa de Carlos Arias Navarro, que conocía a su familia.

Álvaro Pombo –que ahora muestra sus simpatías con el franquismo-- trata de limar todo lo posible las aristas al acontecimiento, convirtiéndolo casi en una pintoresca anécdota. Por entonces tenía veintisiete años y era profesor de Filosofía y Literatura en el colegio Tajamar, dirigido por el Opus Dei. Así termina este cuento que no es cuento, sino edulcorada memoria, de un hecho que partió en dos su biografía: “Me soltaron al tercer día. Sin cargos. Sin cargos, pero dando parte al colegio Tajamar. Dejé las clases, dejé el colegio o me dejaron a mí. Me fui a Londres y no volví hasta doce años después”.

Aunque él pretenda negarlo, y le guste hablar de las bondades de la dictadura, Álvaro Pombo fue un exiliado del franquismo, uno de los perseguidos, no por sus ideas políticas, sino por su orientación sexual.

            De su vida en Londres habla en dos de los capítulos, en los que entremezcla, como es habitual en estos textos que no son cuentos propiamente dichos, lo trivial con lo pertinente. Un ejemplo de lo primero: “Hay una anécdota que no quería contar, pero que a mi amigo Iñaki le hace mucha gracia”. Y por eso la cuenta, o no la cuenta, porque todo lo que nos dice es que en Londres conoció a Joaquín Sabina y que este le regaló un cuaderno que luego perdió.  El lector no entiende, al contrario que Iñaki, el copista, dónde está la gracia. Importante, en cambio, fue su descubrimiento de Iris Murdoch: “de pronto me di cuenta de que se podía utilizar la novela con una carga de reflexión filosófica o antropológica o teológica que siempre ha existido en mi vida”.

            Uno de los cuentos, “El respondón: una debilidad literaria”, consiste en un intercambio de cartas con un aprendiz de escritor y en ellas se afirma que “el cuento, a pesar de su aparente sencillez –una sencillez que dimana de la equívoca noción de brevedad--, es una pieza maravillosamente difícil de cobrar”. Y continúa: “Un cuento, para que sea bueno, tiene que ser una estructura cerrada, coherente consigo misma, brillante y perfecta”. Lo que hoy día pasa por cuento no son más que relatos “más o menos cortos, más o menos terminados”. De haberse aplicado a sí mismo esa exigencia quizá hubiera titulado Pombo de otra manera estos cuentos autobiográficos, más o menos terminados, más o menos satisfactorios, aunque casi nunca faltos de encanto.

“El señorito Álvaro”, así se denomina en el primero de los relatos –a sus padres los llama “los señores”-- forma parte de una clase social, la nobleza provinciana, la alta burguesía, que rara vez se ha contado desde dentro y por eso sus recuerdos de infancia y adolescencia tienen siempre un interés especial. Y en algunos casos, como en “El chinchorro” o “La isla de los ratones”, consigue evocarnos la magia de un mundo perdido, con la bahía de Santander como protagonista, de manera especialmente memorable.