jueves, 2 de abril de 2026

No hay creación sin crítica

 

Javier Salvago
La vejez del poeta
Renacimiento. Sevilla, 2026.

Un libro puede ser ilustrativo tanto por sus errores como por sus aciertos. Javier Salvago destacó entre los poetas de los ochenta por su recuperación de la métrica clásica unida a un tono conversacional en el que no faltaba el recurso al humor (La destrucción o el humor se tituló precisamente la obra que le dio a conocer) junto a los homenajes a otros autores.

En La vejez del poeta predominan las estrofas clásicas, especialmente las de arte menor, y ocupan un lugar muy destacado, como en sus primeras obras y en otros poetas de los ochenta (pensemos en Carlos Marzal), las referencias a Manuel Machado.

“Variaciones sobre un poema de Manuel Machado” se titulaba un poema incluido en su libro En la perfecta edad, de 1982. Escrito en los característicos pareados alejandrinos de los autorretratos de Machado comenzaba citando uno de ellos, “Prólogo. Epílogo” de El mal poema: “El médico me manda no escribir más. Renuncio, / pues, a ser un Verlaine, un Musset, un D’Annunzio”.

            “Cuarenta años más tarde” reescribe el poema propio que ya reescribía un poema ajeno: “El médico me manda –de nuevo, como antaño-- / no escribir más. O, al menos, que entierre el desengaño”.

            Otro poema lleva un título de Gil de Biedma, “Canción para ese día”, y un subtítulo explicativo: “Variaciones sobre unos hai-kais de Manuel Machado”. También se parafrasea a Bécquer y se cita, sin citarlo, a Francisco Brines: “a debida distancia/ cualquier vida / es de pena”. Pero todo da la impresión de hacerse mecánicamente, gratuitamente, sin aparente necesidad.

            La Inteligencia Artificial, a la hora de redactar poemas, no parece alejarse mucho de la Inteligencia Natural de ciertos poetas: encadena y entremezcla referencias de textos anteriores, se deja llevar por la rima. Comete errores (los versos no suelen llevar los acentos en el lugar adecuado), pero no ciertos errores, como los que encontramos en “Consejos para ti mismo”. Se trata de un romance en versos heptasílabos al que de pronto le falla una de las rimas: “Que no sea un adorno / vano la poesía, / sino respiración, / naturaleza viva. / Escucharte a ti mismo / mucho más que a las musas. / Conversar con el hombre / que dentro de ti habita”. La Inteligencia Artificial no escribiría “musas”, sino acaso “misas” y entonces el usuario corregiría por “prisas” y así quizá mejoraría el poema: “Escucharte a ti mismo, / mucho más que a las prisas”.

            El consejo más importante que se da a sí mismo Javier Salvago en ese poema es “no escribir tonterías”. Yo lo completaría: y, si se escriben, al menos no publicarlas o hacerlo solo en alguna red social sin recopilarlas en libro.

            La vejez del poeta echa la vista atrás “desde la última vuelta del camino”, para decirlo con el título que Baroja dio a sus memorias. La décima inicial comienza: “No digo yo que esté mal hecho / el mundo ni que la vida / no merezca ser vivida”, pero conduce “a la muerte, / a la nada y al olvido”. Esa visión negativa de la muerte se contradice en otros textos: “¿Vivir eternamente? / La vida se soporta / porque existe la muerte”.

            Uno de los pocos poemas que justifican el libro es el soneto “Al final del túnel”, que utiliza la técnica del engaño-desengaño formulada por Bousoño, y que acaba identificando “La luz. La trascendencia. La belleza” con “la nada”. Con un tono muy distinto, otro de los poemas que se salvan es “Zombi, mi gato negro”, en el que parece haber seguido el consejo que le da “el médico” (el psicólogo, más bien) en “Cuarenta años más tarde”: “Que haga como hacen tantos admirables colegas / que hasta lo más humilde y simple lo celebran”.

            En el poema que da título al conjunto, se lamenta de “acabar viejo y cansado” tras dejar “una obra / gratis, a costa de tu tiempo, / de tu dinero y tu energía”. El lector sonríe ante tanta ingenuidad: si la poesía no produce, por lo general, dinero no es porque los poetas generosamente la regalen, sino porque sus libros se venden poco y nadie paga por acudir a sus recitales.

            Un libro de poemas es algo más que una recopilación de poemas mejor o peor redactados, de ejercicios más o menos ingeniosos. El ingenio no lo ha perdido del todo Salvago ni la habilidad retórica, como demuestran sus sonetillos trisílabos, “La poesía” y “La vida” (tan manuelmachadianos, una vez más). Pero qué sentido tiene, salvo para practicar ortografía, un poemita como el titulado (con eco de Aleixandre) “Sombras del paraíso”: “Cuánto / dolor / hay / ahí. / Ay, / infancia”. Y tantos otros, meros desahogos o compendio de obviedades , como el “Rap de la guerra”.

            Escribir versos dejándose llevar por el metro, apuntar ocurrencias, aprovechar (sin pagar derechos, como se reprocha a la Inteligencia Artificial) textos ajenos es solo la fase previa, muy previa, de un libro de poemas. El trabajo, el verdadero trabajo literario, empieza después.

Un desganado Javier Salvago parece haber renunciado a hacer ese trabajo. Y no ha habido ningún editor (en el sentido inglés del término) que le haya ayudado en esa imprescindible labor que, cuando el poeta es joven, suele cumplir un amigo, poeta o no, pero excelente y atento lector (en su caso, fue Fernando Ortiz). Sin crítica y autocrítica no hay creación, salvo “por casualidad”, como en la fabulilla de Iriarte.