martes, 27 de abril de 2010

Operación Borges o el misterio continúa

Héctor Abad Faciolince,
Traiciones de la memoria,
Alfaguara. Madrid, 2010.

El 25 de agosto de 1987 fuerzas paramilitares asesinaron en Medellín al doctor, y activista de los derechos humanos, Héctor Abad Gómez. En uno de los bolsillos llevaba, copiado por su propia mano, un premonitorio soneto de Borges: “Ya somos el olvido que seremos. / El polvo elemental que nos ignora / y que fue el rojo Adán y que es ahora / todos los hombres y que no veremos”.
El primer verso de ese soneto le sirvió a su hijo, Héctor Abad Faciolince, para titular uno de los más hermosos y conmovedores libros que se hayan escrito nunca, El olvido que seremos. Pero poco después de publicarse esa obra, en Colombia en 2006, al año siguiente en España, comenzaron las dudas. ¿Ese soneto era de Borges? No aparecía incluido en ninguno de sus libros. Buscando en la red aparecía publicado por Harold Alvarado Tenorio, junto a otros poemas inéditos de Borges, y precedido de una historia que sonaba a cuento: Borges se los habría dictado, en 1983, a una joven argentina durante una visita a Nueva York; Harold Alvarado los habría copiado y los habría extraviado y olvidado; en 1992, casualmente, los vuelve a encontrar y al año siguiente los publica en la revista Número. Héctor Abad habla con el poeta y este le confiesa lo que todos sospechábamos: que la historia era falsa, y también algo más: que los sonetos los había escrito él. Pero, si eso es así, ¿cómo era posible que, siete años antes de su primera publicación, y algunos años antes de su escritura, estuviera uno de ellos en el bolsillo de un hombre asesinado?
A desvelar ese enigma se dedican la mayoría de las páginas de Traiciones de la memoria (el volumen se completa con dos relatos de menor extensión e interés), páginas que se leen como el mejor relato de suspense. No cabe duda de que Héctor Abad sabe contar y que su búsqueda bibliográfica no la habrían narrado mejor ni Alejandro Dumas ni Arthur Conan Doyle.
Pero cerramos el libro, reflexionamos sobre lo leído y comienzan a aparecer las inconsistencias. El autor, que vive en Alemania, ha contratado en Medellín a una estudiante de periodismo, Luza Ruiz, para que investigue en los archivos y bibliotecas de la ciudad, como en las buenas historias de detectivas. Se multiplican las hipótesis, los personajes, los raros hallazgos: el soneto aparece traducido al portugués en un libro de Charles Kiefer titulado Museu de coisas insignicantes aparecido en 1994. El autor dice que el poema se lo dio a conocer un poeta español, Luis J. Moreno, durante un encuentro que tuvo lugar en Iowa en 1987; con dificultad se localiza al escritor segoviano, que dice no recordar nada (a pesar de que lleva un minucioso diario de aquellos años, del que ha publicado varios tomos). Hay mil y una andanzas (Héctor Abad cuenta también con la colaboración de una amiga finlandesa, Bea Pina, que domina como nadie los laberintos de la red). Y finalmente resulta que la solución del enigma estaba en la propia casa: el padre del autor tenía un programa de radio y en él, poco antes de su muerte, había dado noticia de la publicación en la revista de Semana de dos sonetos de Borges, que formaba parte de un cuaderno publicado por unos estudiantes en Mendoza. ¿A Luza Ruiz no se le había ocurrido investigar en el archivo del muerto? Ahora esos programas están colgados en la red y cualquiera que teclee “Héctor Abad Gómez” puede escucharle leer “Ya somos el olvido que seremos”.
Esos cinco sonetos no los había escrito el mitómano y villeniano Harold Alvarado, quien sin embargo ya se había estrenado en el arte de la falsificación colocando un falso prólogo de Borges al frente de su primer libro, y no eran en absoluto desconocidos. Poco después de la muerte del poeta se publicaron en un folleto artesanal y varios suplementos literarios, entre ellos el muy leído “Culturas”, de Diario 16, los reprodujeron.
Héctor Abad viaja a Mendoza para averiguar cómo llegaron esos inéditos al grupo de estudiantes. Sus averiguaciones le llevan a afirmar que esos sonetos son inequívocamente de Borges, quien se los habría entregado personalmente o bien al poeta francés Jean-Dominique Rey o a Franca Beer (los relatos de ambos se contradicen, pero a Héctor Abad no parece preocuparle esa contradicción).
Héctor Abad, como investigador, da la impresión de que hace trampas, de que le preocupa más la eficacia de la historia que la verdad. Al lector no le importan esos juegos de manos, que le mantienen embelesado, que le llevan de una ciudad a otra, de un tipo curioso a otro, y le permiten escuchar a un librero de viejo judío una maldición que es una bendición (o al revés): “¡Ansina bivas siento veyntiún anyos i yo baya a tu entiero!”
Si no hace trampas, es un investigador descuidado. Dice que el tercero de los sonetos publicados por Harold Alvarado en la revista Número es “casi igual” al que su padre llevaba en el bolsillo, “aunque con algunos cambios que empeoran el resultado, bien sea por el sentido o, lo que es más grave, porque un verso deja de ser endecasílabo”. Pero el lector que compare la reproducción facsímil de la revista que aparece en Traiciones de la memoria (un libro abundantemente ilustrado) con la del poema encontrado en el bolsillo comprobará que son exactamente iguales. Los errores métricos aparecen, no en esa edición, sino en otra muy posterior, de 2005, publicada en la revista Arquitrave, que dirige el propio Harold Alvarado, y que es la que circula por la red.
Todo el libro está lleno de pistas que contradicen la rotunda afirmación final. María Kodama, a una pregunta que le hacen por encargo suyo, responden que son apócrifos. ¿Qué razón tendría para negar su autoría si fuera cierta? Cualquier inédito de Borges vale su peso en oro.
No se sabe quién mecanografió esos poemas, ni dónde han ido a parar las copias originales. En la versión que Héctor Abad da por buena estaban mecanografiados en un cajón y se los hace leer a Rey o a Marta Beer y les dicta algunas correcciones. ¿Resulta verosímil que el poeta enfermo, unos días después iría a Ginebra a morir, que acaba de publicar Los conjurados tenga ya abundantes poemas inéditos y que le entregue nada menos que seis de ellos a un poeta francés desconocido para que los publique, sin pagar derechos, en una ignota revista? Porque los poemas entregados fueron seis, aunque solo cinco se publicaran en el cuaderno de Mendoza; el otro no se incluyó porque “no era inédito, estaba en La cifra”. Pero ese soneto, “El testigo”, no estaba en La cifra, sino en La rosa profunda.
Y aún hay más. El despistado investigador reproduce en la página 155 uno de los sonetos escrito a mano y con variantes. Los versos finales en la versión conocida dicen: “el invisible tiempo que no cesa, / que no cesa y que apenas deja huellas. / Ese alto río roe las estrellas”. En la versión manuscrita, tachado, puede leerse: “el invisible tiempo que no cesa. / El que antes de los cuatro ríos fluye / que cercaron a Adán. Perdura y huye”. Dice Héctor Abad que el manuscrito es de Rey y que lo escribió al dictado de Borges, pero parece más verosímil que de Rey sean solo las palabras en francés, escritas con otra letra, que sugieren posibilidades de traducción.
Terminamos de leer esta maravillosa y mentirosa historia y la única certeza que tenemos es que esos presuntos sonetos de Borges no los ha escrito Borges, aunque quien los haya escrito, no solo es un buen lector suyo, sino además un excelente poeta.

3 comentarios:

  1. Estimado José Luis. Escribe usted:

    «el otro no se incluyó porque “no era inédito, estaba en La cifra”. Pero ese soneto, “El testigo”, no estaba en La cifra ni en ninguna parte. Héctor Abad lo reproduce por primera vez».

    Pues debo decir que si bien es cierto que ese soneto no está en La cifra sí está en otra parte y por eso no fue publicado, según Correas, por él y sus compañeros originalmente en Mendoza. Y es que ese soneto, El testigo, había sido publicado en el libro La rosa profunda (1975). En mi edición de las Obras completas de Borges, dicho poema aparece en la página 112 del volumen III. Estoy seguro de que, cualquiera sea la edición que busque de La rosa profunda, hallará usted el soneto, y descubrirá el fin que sí era édito y estaba «en alguna parte».
    Saludos.

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  2. Muchas gracias por la aclaracíón. Corrijo de inmediato mi comentario.

    JLGM

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  3. Estoy leyendo el archivo del blog (felicitaciones, y gracias por compartir las reseñas) y me gustaría dar mi opinión en este caso: el último verso del primer cuarteto que reproduces es torpe y delata su falsedad. En cuanto a los últimos, ¿"Ese alto río roe las estrellas"? ¡Qué horror! Ese verso avergonzaría al Borges más ultraísta. Borges es imitable, pero solo hay uno.

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