jueves, 10 de febrero de 2011

El enigma Laforet

Anna Caballé, Israel Rolón
Carmen Laforet. Una mujer en fuga
RBA / Círculo de Lectores, Barcelona, 2010



Entre los muchos y desmesurados elogios que Carmen Laforet recibió tras la publicación de Nada, el de Azorín resultó involuntariamente profético. “Réspice a Carmen” se titula el curioso artículo, aparecido en Destino el 21 de julio de 1945. Adopta la forma de una irónica reprimenda (o “réspice” en el rebuscamiento léxico del autor): “Tiene usted veinticuatro años. ¿Y usted cree que a esa edad se puede hacer lo que usted ha hecho? ¿Qué es eso de publicar una bellísima novela a una edad en que se suelen publicar tanteos, probaturas, ensayos”.
Poco más de una década después, cuando lo reproduce en 1956 el volumen Escritores, las palabras finales estaban a punto de ser una definitiva verdad: “¡Ah, Carmen, Carmen Laforet! ¡Qué cosas hacen los jóvenes que no saben lo que hacen! Por lo menos, júrenos usted que no lo hará más; necesitamos esa declaración para nuestra tranquilidad. Y si acaso toma usted la pluma, lo que Dios no quiera, para escribir otra novela, que no sea como Nada, es decir, una novela nueva, sino una novela vulgar, pesada, prolija, sin observación minuciosa y fiel, sin entresijos psicológicos que nos hagan pensar y sentir. Solo de este modo atenuará usted su primera funesta falta”.
Haciendo caso a la reprimenda de Azorín, siete años tardó Carmen Laforet en publicar otra novela, y esa novela, La isla y los demonios, estaba muy cerca de ser “una novela vulgar”. En el mismo año de 1952 reunió, con el título de La muerta, los cuentos que había ido escribiendo hasta entonces. “No es novelista de un solo libro, como algunos temieron a raíz del silencio que siguió a Nada”, se nos dice en la solapa. Y unas líneas más arriba se elogia el “vigor y el interés novelesco” de esa novela con una curiosa y descalificatoria manera: “no se localizan en el estilo, desmañado y fácil; ni en el argumento, que parece confesión; ni en la técnica, inadvertida por poco pretenciosa”.
La única novela de Carmen Laforet que puede suscitar hoy un interés semejante al de Nada en el famélico blanco y negro de los años cuarenta es una novela en la que ella es también protagonista, pero no autora. Se titula Carmen Laforet. Una mujer en fuga y la han escrito Anna Caballé, la máxima especialista en los estudios biográficos, e Israel Rolón, que hace algunos años editó la correspondencia entre la escritora y Ramón J. Sender, quien se enamoró de ella con un amor nunca correspondido (los grandes afectos de Carmen Laforet fueron siempre mujeres). Es un libro minuciosamente desolado, que nos lleva, sin un respiro, de la cima que le cayó encima como una inesperada lotería a la sima por la que fue deslizándose durante toda su vida sin parecer que llegaba nunca al fondo.
A Carmen Laforet –una joven inquieta, sensible, sin demasiadas preocupaciones intelectuales— el azar le jugó una mala pasada, pareciendo todo lo contrario. Conoció en Madrid, a donde se había trasladado para estudiar Derecho, a un joven editor, Manuel Cerezales, y decidió llevarle el manuscrito de una novela en la que relataba, de manera muy transparente, su reciente experiencia barcelonesa como estudiante de Filosofía y Letras. El editor, que pronto se convertiría en su novio y luego en su marido, se dio en seguida cuenta de la espontaneidad y la fuerza de aquellas páginas, que disonaban de la retórica del momento, y sugirió retoques, quizá reescribió algunos pasajes, eliminó capítulos, mecanografió luego el texto y aconsejó a la autora que lo enviara a un premio recién creado, el Nadal. Lo ganó, derrotando a un autor famoso, César González Ruano (que se llevó muy a mal el fracaso: “Pero ¿cuándo se ha visto en un premio literario que se prefiera un desconocido a un escritor amigo de renombre?”) y el resto de la historia es desde hace tiempo historia de la literatura.
Carmen Laforet no tardó en odiar aquella novela que le había dado la fama, y que siendo la más suya, no era enteramente suya. También pronto se distanciaría de Manuel Cerezales, del que acabó separándose en 1970, que intelectualmente valía más que ella y que nunca se había fiado enteramente de ella. Quería seguir siendo su mentor, controlar sus escritos y sus apariciones públicas, evitar que las experiencias matrimoniales se convirtieran en materia literaria. Cuando Carmen Laforet consiguió librarse de su marido ya era tarde: lo llevaba dentro. Ella misma fue su más riguroso crítico: acabó rompiendo todo lo que escribía, y finalmente siendo incapaz de escribir una línea.
Seiscientas páginas dedican Anna Caballé e Israel Rolón a resolver el enigma de Carmen Laforet, esa mujer siempre en fuga de sí misma. Desdeñaba todo lo que tenía que ver con la literatura, no quería ser escritora y sin embargo vivió siempre de lo derechos de autor –era una exigente negociadora al respecto— y de los anticipos sobre libros que no escribiría nunca.
Proponen los biógrafos varias hipótesis para solucionar ese enigma. Ninguna acaba de convencernos del todo, salvo la más sencilla: que el inesperado éxito de una novela juvenil —que apareció en el momento justo y expresó, sin pretenderlo, el desánimo de toda una generación de españoles— colocó en la primera línea literaria a una escritora menor, de escaso aliento. Al principio, su marido la ayudó a no hacer demasiado el ridículo en entrevistas y artículos. Cuando quiso volar sola, no fue capaz. Se esforzaba por no ser autobiográfica, por no exhibir demasiado su intimidad, en la que no faltaron las pasiones inconfesables, y eso era lo único que sabía hacer. Sus artículos valían poco, sus conferencias defraudaban siempre. Y sin embargo, convertida en mito, recibía continúas invitaciones, mientras que de su marido –y de tantos otros que valían más que ella— nadie se acordaba. Fue muy sensible al desprecio que hacia ella sintieron Cela (que al principio temió que su éxito le hiciera sombra), Barral y tantos otros escritores. Y había algo más: una enfermedad mental que se fue acentuando con los años.
Quizá el misterio de Carmen Laforet –como el misterio de la realidad, según Alberto Caeiro— sea “no tener misterio ninguno”.

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