jueves, 14 de abril de 2011

Alberto Manguel: Una vida, una biblioteca, un amor


Alberto Manguel / Claude Bouquet
Conversaciones con un amigo
Traducción de Pedro B. Rey
La Compañía / Páginas de Espuma, Madrid, 2011


Pocas infancias tan inverosímiles como la de Alberto Manguel. Nació en Buenos Aires, en 1948. Un capricho de Perón convirtió a su padre, que nada tenía que ver con la diplomacia, en el primer embajador en el recién creado Estado de Israel. Allí pasó sus siete primeros años. Aprendió a hablar en alemán y en inglés, las lenguas de su niñera, Ellin Slonitz, judía alemana. Lo curioso es que sus padres solo hablaban español y algo de francés. Las únicas palabras que el niño Manguel podía intercambiar con sus padres, a los que veía muy de cuando en cuando, aunque vivían en la misma casa eran: “Buenos días, señor. Buenos días, señora”. A los tres o cuatro años comenzó a formar su biblioteca: “Cuando yo quería, Ellin me llevaba a la librería y yo podía comprar los libros que eligiera. Nunca me dijo: Ese libro es para adultos”. Con Ellin viajó a Venecia, a París, a Jordania, a Alemania. No iba a la escuela. Ellin era su tutora y casi la única persona con la que trataba.
Con el título poco significativo de Conversaciones con un amigo, Alberto Manguel le cuenta su novelera vida al editor Claude Bouquet y divaga sobre esto y aquello, sobre el compromiso político, el nacionalismo, la decadencia de las librerías. Nos interesan sus opiniones, atinadas unas veces y desatinadas otras, como las de todo el mundo, pero lo que nos apasiona es el recuento de una trayectoria errabunda que comienza en Buenos Aires, sigue por Israel, pasa por París y por Londres, por Tahití y Canadá, y acaba asentándose en una biblioteca construida en lo que fue casa de un cura en la Francia profunda.
A los siete años, tras la caída de Perón, la familia de Manguel regresa a Argentina. Allí, tras pasar por diversos centros, tuvo la suerte de ingresar en el Colegio Nacional de Buenos Aires, el más prestigioso del país. Si uno es de donde ha estudiado el bachillerato, no cabe duda de que Manguel –que vive en Francia y tiene pasaporte canadiense— es argentino. “Si tuviera que escoger un momento determinante en mi vida, sería ese periodo de seis años en la escuela secundaria”. El Colegio Nacional de Buenos Aires está en la Manzana de la Luces, a dos pasos de la Casa Rosada, en el centro mismo del poder político, donde todos los acontecimientos importantes tenían lugar. Aquel colegio tenía un régimen especial: “Era una enseñanza dada por profesores universitarios, cada uno con sus caprichos, sus mañas, sus manías… Por ejemplo: debíamos estudiar la historia universal desde Mesopotamia hasta el Renacimiento. Ahora bien, solo se estudiaba Grecia y, de Grecia, Atenas, porque era lo que le interesaba al profesor. Lo mismo pasaba en literatura”. De los profesores de literatura recuerda especialmente a uno, Isaias Lerner, que luego sería profesor –todavía lo es— en la Universidad de la Ciudad de Nueva York.
El azar hizo que la formación de Manguel –que no necesitó de estudios universitarios para ser el erudito excepcional que es y que quizá no hubiera sido capaz de ser con ellos— se completara con otro sorprendente maestro, Jorge Luis Borges. Estudiante todavía de bachillerato, a los quince o dieciséis años, necesitaba dinero para comprar libros, así que llamó a las tres o cuatro librerías inglesas y alemanas de Buenos Aires en busca de trabajo. Le aceptaron en la librería Pigmalión. A ella iban a comprar libros ingleses y alemanes todos los grandes escritores argentinos, entre ellos Borges, que ya estaba ciego y que le sugirió que le visitara de vez en cuando para leerle algunas páginas. Borges siempre contó con agradecidos y entusiastas secretarios gratuitos. Era la época en que había vuelto a escribir cuentos (los de El informe de Brodie). Leyeron a Kipling, Henry James, Stevenson. “Interrumpía mis sesiones de lectura para hablarme de las primeras lecturas que había hecho de esos autores, para contarme anécdotas, historias literaria… A veces quería que buscara una palabra en una de esas enciclopedias que a él le gustaban tanto. No creía en un conocimiento profundo, académico, derivado de estudios minuciosos. No creía en un conocimiento por mera acumulación de información. Lo que le interesaba era, a partir de ciertos hechos, reconstruir él mismo las cosas. A partir de una pequeña información, desarrollaba toda una teoría del mundo y de la literatura”.
Luego vino una vida errante, trabajos de traductor y de editor, colaboraciones en periódicos y revistas literarias, hasta el primer éxito editorial, la Guía de lugares imaginarios, un libro que solo se le podía haber ocurrido a un lector de Borges: un minucioso recuento, con planos, mapas y todos los detalles exactos posibles, de lugares que solo existen en la literatura. Tras ella llegó Una historia de la lectura, el libro para el que Manguel se había estado preparando, sin saberlo, durante toda su vida. Y La biblioteca de noche, que antes de ser libro, fue una biblioteca real, la biblioteca que Manguel había ido formando desde que compró su primer libro, a los tres años, en la Landsberger’s Bookshop de Tel Aviv, y que por fin pudo reunir en lo que había sido el granero de un antiguo presbiterio en Mondion, cerca de Poitiers. Una biblioteca que antes había soñado muchas veces y que recrea la del Colegio Nacional de Buenos Aires. “La noche que terminé de ordenar los libros –le cuenta a su amigo Bouquet—, dormí en la biblioteca, en el suelo. Sentí que era necesario apropiarme del lugar”.
Pero no solo se habla de libros en este libro que no quiere ser un libro sino una serie de libres y amicales conversaciones, aunque de ciertas cosas, como de la sexualidad, solo se habla “sin entrar en detalles”: “Me guardé para mí todo lo que pensaba y muy pronto mi conducta sexual se volvió secreta y al final peligrosa porque estaba demasiado escondida y todo lo que está escondido corre el riesgo de volver en contra de uno mismo”. Tras un matrimonio, que acabó pronto, el encuentro más decisivo de su vida se narra de esta aséptica manera: “A comienzos de los años noventa, conocí a Craig Stephenson. Él era profesor en un liceo y había preparado una antología de literatura internacional para las escuelas. Quería que yo le escribiera el prefacio. Así nos conocimos. Poco después, Craig quiso seguir estudios de psicoanálisis en Zurich. Decidimos entonces instalarnos en Europa durante el tiempo que le demandaran sus estudios”. Esta historia de amor a los libros esconde, como en filigrana, otra historia de amor: “Construir la biblioteca llevó casi un año. Craig se fue diez días y yo me quedé con las últimas cajas de libros. No podía desembalar cada caja e ir pasando los libros a los estantes porque no estaban en orden. Hubo que desembalar entonces todas las cajas, treinta mil libros, al mismo tiempo que se establecía una clasificación. Terminé apilando columnas de libros como esas columnas que se ven en el desierto. No me iba a acostar, me quedaba hasta las dos de la mañana, me levantaba a las seis, me olvidaba de comer; aquí estuve, durante tres meses, en un mundo aparte. Terminé de ordenar la biblioteca el día en que volvió Craig. Iba a poner música y estaba a punto de escuchar a Wagner. Preparé la primera parte de Tannhäuser y puse en marcha la música en el momento en que entraba Graig. Quedó deslumbrado. Ver la biblioteca ya causaba una impresión fuerte, pero verla con todos los libros en su lugar y con una música fastuosa era absolutamente maravilloso”.

3 comentarios:

  1. Buscaré este libro de Manguel. He leído con gran placer sus obras dedicadas a la lectura y a las bibliotecas, que desde luego me han dejado con ganas de saber más sobre él.

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  2. Muy precioso el artículo, imprescindible para entrar en este excepcional escritor del cual estoy leyendo Todos los hombres son mentirosos.

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  3. Sólo quien ama los libros como yo, y como tantos, puede sentir ese placer innombrable y posesivo de dormir con el mayor tesoro que alguien puede acaparar: una biblioteca personal amada.

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