jueves, 3 de noviembre de 2011

Antonio Martínez Sarrión: Gran poeta, malhumorado cascarrabias

Antonio Martínez Sarrión
Farol de Saturno
Tusquets. Barcelona, 2011.


La poesía, como cualquier otra realidad, se puede clasificar de muchas maneras. Una de ellas distingue entre los poemas en los que es posible decir tonterías y los que no. Los poemas de Antonio Martínez Sarrión pertenecen al primer grupo, el que yo prefiero; los de, por citar un ejemplo reciente, La falta de lectura, de José Ramón Otero Roko, al segundo. En el epílogo (hay también un prólogo de Virgilio Tortosa y aparece en una colección codirigida por Eduardo Moga), Constantino Bértolo afirma que “su actitud compositiva explora con perseverancia y sentido tanto la dislocación, la destrucción, la disociación y la discordancia como sus contrarios y no para construirse como cómodo espacio de contradicción sino para segarle la hierba semántica a esa contradicción en la que el humanismo estético tan cómodamente se refugia”. Los poemas que a mí me interesan son aquellos en los que no todo vale, en los que cabe la posibilidad de equivocarse, sin la cual no es posible acertar.
            No es necesario, sin embargo, que el autor aproveche tan rotundamente esa posibilidad como lo hace Martínez Sarrión, admirable poeta por otra parte, y suficientes ejemplos da de ello Farol de Saturno. Pero antes de subrayar las muestras de su buen hacer, voy a permitirme poner un ejemplo de lo contrario, de cómo al gran poeta que es le sustituye a veces el malhumorado cascarrabias que también es.
            En dos partes se divide su último libro. La precisa nota de la solapa –que parece redactada por el propio autor— distingue entre “un conjunto de preceptos búdicos, tal vez apócrifos, para manejarse en este mundo y en este tiempo”, y una serie de concretos y humildes “motivos para la contemplación”. En la primera parte predomina el tono satírico; en la segunda, el lírico. En ambas el lenguaje busca una cierta aspereza, una algo bronca precisión, que resulta muy reconfortante por contraste con los más habituales, algodonosos y melifluos modos líricos.
            “Hábitos de los discípulos de Buda” se titula la primera parte, y los títulos van enumerando esos hábitos. “Se sienten deprimidos por el chismorreo, la algazara y los de su edad”, por ejemplo. Esa depresión –así continúa el poema— amenaza con convertirse en psicosis cuando “desordenes tales” circulan “por esa vía letal / y nauseabunda, / por ese miserable Gran Hermano, / que es la televisión, omnipresente y borde”. Pero peores son los sicarios “de tamaño menor e idéntica maldad” que la escoltan: “el PC fijo o portátil, más perverso y bodoque / que el antiguo PC, que ya es decir”, y otro que es “el colmo y la cifra de lo espantoso y feo, / de lo inútil y tonto”. ¿Adivina el lector que espantosa criatura es esa? Pues “el teléfono móvil de los huevos, / que hoy se utiliza tanto para un roto: / intercambiar cuatro sandeces”, como para un descosido, “navegar por la red o dedicarse al zapping”. En cualquier caso, el resultado sería el mismo: “quedarse sin neuronas”. Si fuera así, mucho habría tenido que utilizar el móvil el autor de tan furibundo desahogo.
            Quizá la cortesía obligaría a mirar hacia otro lado cuando el poeta de cierta edad, metido a moralista, versifica un desahogo que desentonaría incluso, por ayuno de rigor intelectual, entre las cartas al director de cualquier periódico o en la más depauperada tertulia televisiva. Pero a veces conviene repetir obviedades, para evitar que prolifere la siempre contagiosa tontería: la televisión no es omnipresente, amigo Sarrión, hay que comprar un aparato para tenerla en casa y apretar un botoncito para ponerla en marcha (y por otra parte, por un módico precio, puedes escoger entre cientos de canales); de esa maravilla que es el PC “fijo o portátil” no diré nada, y para intercambiar cuatro sandeces por supuesto que no es necesario el teléfono móvil (puede hacerse de viva voz o incluso en verso).
            Si uno tiene la mala suerte de abrir Farol de Saturno por el poema que acabo de comentar, no es probable que se anime a seguir leyendo. Se perdería así un puñado de estampas memorables, como la ejemplar glosa de un haiku de Basho titulada “Carretera que serpentea sobre la colina”, o la “Pequeña alquería”, levitante, incorpórea, que remite a un cuadro de Joan Miró, o el “Cementerio muy pobre”, “atrio perfecto del Olvido”.
            De la infancia remota vienen muchos de los objetos humildes que dan título a varios de los poemas: “Regadera”, “Rastrillo abandonado en el campo”. También la crueldad de “Inválido” –que parece uno de los “apuntes carpetovetónicos” de Cela—  remite a la áspera España de posguerra.
            Huye Martínez Sarrión de lo convencionalmente poético, y por ello antes que al ruiseñor o a la rosa, prefiere cantar a la rata o al escarabajo, sin desaprovechar por eso cualquier ocasión de dejarnos ver sus opiniones sobre el mundo contemporáneo, a veces muy eficazmente expresadas: “En manchegos tablares de hortalizas, / como hoy a palestinos los sionistas, / y con la misma, miserable saña, / uno tiene matados / muchos de estos benditos coleópteros”.
            En este decir áspero, a ratos incluso pedregoso, destacan más los momentos de lirismo: el emocionado homenaje (sin nombrarlo) a Claudio Rodríguez (“con tasadas lecturas y un exceso de copas, / en dos traspiés risibles, como el ‘tonto’ del circo, / era uno con la gracia, la invención y el frescor”); la concisión epigramática de “Piedra cubierta de musgo”, con su final anticlimático, o de los versos finales del epitafio a unos vencidos: “Murieron los valientes peleando / y sus monturas, extraviadas, piafan / entre el humo y el hedor de las hogueras, / en tanto, indiferente y soberana, / va cayendo la noche”.
            Para acertar, para ser “uno con la gracia, la invención y el frescor” quizá resulte inevitable algún “traspiés risible”, algún risible desahogo, pero si uno se decide a publicarlo lo más higiénico, aunque parezca descortés, es recibirlo con el abucheo correspondiente.

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