lunes, 6 de enero de 2014

Rosa Navarro Durán y la Fábula de Alfeo y Aretusa



Gerardo Diego y la Fábula de Alfeo y Aretusa de Pedro Soto de Rojas
Rosa Navarro Durán
Fundación Gerardo Diego. Santander, 2013

Rosa Navarro Durán parece haberse especializado en desvelar misterios de la historia literaria. Le puso nombre al autor del Lazarillo, trata de arrebatarle a la literatura medieval catalana una de sus obras más emblemáticas (el Curial e Güelfa, que no sería sino un pastiche decimonónico) y acaba de aclarar los enigmas que rodeaban a un manuscrito encontrado y perdido, perdido y encontrado en la biblioteca santanderina de Menéndez Pelayo.
            La historia es curiosa y daría para una novela de esas que quizá algún día Rosa Navarro Durán se decida a escribir. En 1919, un joven poeta y aspirante a catedrático, Gerardo Diego Cendoya, encuentra un manuscrito del siglo XVII, al que faltan algunos versos y el nombre del autor, de estilo gongorino y sorprendente calidad literaria. Copia a mano sus casi mil versos, no siempre de fácil lectura, y le dedica un erudito comentario. No publica el poema ni tampoco su estudio, pero los presenta al tribunal de oposiciones y figuran entre los méritos por los que se le concede la cátedra de Lengua y Literatura castellanas en el instituto de Gijón (se explican así las reticencias con que acompaña sus elogios de Góngora, “un gran poeta equivocado”: no quería asustar al tribunal).
            No volvió acordarse más el poeta de esos trabajos juveniles, y solo en 1999 se percató de ellos Elena Diego, encarga de su legado. Tras avatares varios, a finales del 2011 llegan a las manos de Rosa Navarro Durán, quien tras leer la copia del poema al que Gerardo Diego puso el título de “Fábula de Alfeo y Aretusa” se da cuenta de que no es un poema más, sino la obra de un gran poeta. Y no tarda en ponerle nombre al anónimo: se trataría nada menos que de Pedro Soto de Rojas, un poeta que fascinó a los poetas del 27, y especialmente a García Lorca, casi tanto como Góngora.
            Todo el trabajo detectivesco de la investigadora acredita a una lectora de agudeza y competencia literaria poco comunes. Tras establecer las numerosas concordancias entre el poema y las obras de Góngora posteriores a 1613, que lo confirman como de un talentoso y aplicado discípulo, lo relaciona con las obras de Pedro Soto de Rojas y encuentra abundantes puntos en común. El más significativo es el que se refiere a Arismaspo, que en el poema alude a un río (lo mismo que en las menciones que de él hace Soto de Rojas), pero que en realidad es el nombre de un pueblo mítico de la antigüedad (la confusión, en la que incurrieron algunos humanistas, proviene de la lectura errónea de un pasaje de Lucano).
            Leyendo la erudita taracea de Rosa Navarro Durán a menudo nos olvidamos del fin que persigue –demostrar la autoría de un determinado poema– y nos dejamos llevar por el asombro al descubrir tantas mínimas maravillas en cada una de sus citas. No es raro que Góngora y sus discípulos fascinaran en los años veinte, cuando tanto se valoraba el ingenio; muchos de sus versos, aislados del contexto, funcionan como espléndidas greguerías. Pero también hay casos en que Soto de Rojas tiene la contundencia de Quevedo: “No es la vida a la muerte diferente, / pues nacen con el hombre mano a mano, / de un parto, pie con pie, frente con frente”.
            Pero, si no nos dejamos deslumbrar por el prodigioso y sutil desmenuzamiento de los poemas, no tardamos en percatarnos de que el método que Rosa Navarro Durán utiliza para demostrar la autoría de los textos no acaba de parecer enteramente convincente. ¿Qué resultados daría una comparación igual de minuciosa con la obra de otros discípulos de Góngora? ¿No encontraríamos también múltiples coincidencias?
            Y si resulta tan evidente la relación del poema con la obra de Soto de Rojas, ¿por qué no se percató Gerardo Diego? Es posible que en 1919, cuando lo menciona “entre la pléyade de imitadores de Góngora”, no conociera bien su obra, pero pronto se convertiría –junto con Lorca–  en uno de sus más fervorosos admiradores. Rosa Navarro Durán cita, muy atinadamente, un pasaje de la reseña de Presagios publicada en la Revista de Occidente en 1924. En ella, nos cuenta sus encuentros en la Biblioteca Nacional con Pedro Salinas y cómo le mostró “unos deliciosos versos de Pedro Soto de Rojas, espléndido poeta oscurecido del siglo XVII”. No es posible que hubiera olvidado su copia del anónimo poema, que poco antes había presentado como mérito en unas oposiciones y que amorosamente guardó toda su vida. A la poesía de Soto de Rojas se refirió una y otra vez en numerosos artículos (la última mención es de 1979) y nunca la asoció con la del anónimo poema.
            Por otra parte, Rosa Navarro Durán afirma rotundamente: “La Fábula de Aretusa es un texto autógrafo de Pedro Soto de Rojas”. Un texto inacabado, con anotaciones al margen que nos permiten adentrarnos en el taller del poeta.
            En ningún lugar se nos indica, sin embargo, si existen o no otros autógrafos de Soto de Rojas. Si existieran, un análisis grafológico disiparía todas las dudas sobre la autoría. Pedro Soto de Rojas (1584-1658) fue primero canónigo en la iglesia de San Salvador, en el Albaicín, y luego abogado de la Inquisición, ¿no se conserva de él ningún documento autógrafo? Rosa Navarro Durán no nos dice nada al respecto, pero en un juicio de autoría esa sería la prueba fundamental; las demás, un buen abogado las desecharía como circunstanciales (aunque su abundancia casi nos despeje cualquier duda).
            Pero el manuscrito perdido y encontrado es algo más que un pretexto para este espléndido ejercicio de detectivesca erudición. Es, antes que nada, una fábula mitológica que no desmerece en ninguna antología de los poemas extensos del siglo de oro. Cierto que no es tan fácil entrar en estos versos como en un soneto de Quevedo o en una letrilla de Lope. Tenemos previamente que acomodar nuestra manera de leer, no desanimarnos porque no entendamos todas las referencias mitológicas, dejarnos llevar por la magia, por la sorpresa, por el deslumbramiento que supone casi cada verso. Y qué maravillosa sensualidad –ni Góngora la iguala– la del pasaje en que se describe cómo la ninfa Aretusa se desnuda poco a poco, creyéndose sola, para bañarse en la aguas del río Alfeo, que es precisamente el dios enamorado de ella. Como lo está el poeta, que parece paladear cada sílaba; como lo estamos nosotros, los lectores de este inédito “paraíso cerrado para muchos”, de estos nuevos “jardines abiertos para pocos”, para decirlo con el título de la obra mayor de Pedro Soto de Rojas.

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