martes, 4 de febrero de 2014

Gaziel, periodismo y literatura


De París a Monastir
Gaziel
Prólogo de Jordi Amat.
Libros del Asteroide. Barcelona, 2014

El periodismo y la literatura mantienen unas relaciones tan íntimas que a menudo llegan a ser incestuosas. Las obras literarias, antes de aparecer en libro, se anticipan muy a menudo en diarios y revistas, mientras que, por otra parte, abundan los libros tan coyunturales y efímeros como la mayor parte de los artículos periodísticos.
            Pero el mejor periodismo es siempre literatura, gran literatura, aunque a menudo críticos y estudiosos tiendan a ignorarlo. Como Manuel Chaves Nogales, tan felizmente recuperado, Agustí Calvet, que hizo famoso antes de la guerra civil el pseudónimo de Gaziel, es uno de los grandes nombres de la literatura catalana y española.
            Un conflicto bélico, el que comenzó ahora hace un siglo, le convirtió en periodista y otro terminó en 1936 con su trabajo como periodista, aunque no afortunadamente con su labor de escritor. Tras regresar del exilio, en 1940, publicó varios libros memorialísticos y de viajes; tras su muerte, en 1967, aparecieron sus fundamentales Meditaciones en el desierto.
            En agosto de 1914 tenía Calvet veintiséis años y se encontraba en París preparando un doctorado en filosofía. El inicio de la Gran Guerra, que nadie se imaginaba iba a ser tan duradera y feroz, le animó a comenzar un diario, más atento a los cambios que se producían en el ambiente urbano que a sus estados de ánimo. A poco de regresar a Barcelona, otro gran periodista, otro gran escritor, Miquel dels Sants Oliver, codirector de La Vanguardia, conoció esas anotaciones y le animó a publicarlas por entregas en el periódico. Al año siguiente aparecieron en volumen con el título de Un estudiante en París.
            El éxito de las entregas periodísticas y del libro animó al aprendiz de filósofo a seguir su labor como cronista. De París a Monastir, aparecido en 1917 y nunca antes reeditado, recoge las crónicas publicadas en La Vanguardia entre noviembre de 1915 y marzo de 1916. Ese hecho, y el título tan poco significativo, podría hacernos pensar que nos encontramos ante una obra menor, una mera curiosidad, uno de tantos libros como se publicaron durante el conflicto para satisfacer el interés del público ante aquella desmesurada catástrofe.
            Pero no hay tal. De París a Monastir es una obra maestra de la literatura de viajes y de la literatura a secas, como muy bien señala el excelente prólogo de Jordi Amat. La introducción del autor, por el contrario, resulta un tanto desafortunada. Pretende situar al lector en el contexto histórico en que se sitúa su viaje: “Si yo te introdujera sin preparación alguna, curioso lector, en el caos de confusión, de luchas políticas, de pasiones desbordadas y de sacrificios sangrientos en que estuvo sometida la región balcánica al finalizar el año 1915, quizá te aturdirías y te sería molesto recorrer a solas el torbellino de impresiones que ofrezco al vaciar, ante tus ojos, mi repleto carnet de viaje”.
            El lector se aburre ante el pormenorizado análisis de la situación de Grecia y en los Balcanes en 1915; animan poco esas páginas iniciales –lúcidas y bien ponderadas, pero sobre un asunto que nos queda lejos–  a seguir leyendo. Todo lo contrario que ocurre si comenzamos por el verdadero principio, por el primer capítulo. De París a Monastir no necesita notas, aclaraciones sobre la actualidad de entonces. Como en una buena novela, como en cualquier obra literaria, todo lo que necesitamos saber nos lo cuenta el autor en su diario de viaje, un diario en el que hay lugar para el lirismo, para el humor costumbrista, para el análisis político (válido entonces y ahora), para la aventura, para la minuciosa constatación de los desastres de la guerra, aquella y cualquier otra guerra. Para lo que no hay sitio en estas páginas es para la toma de partido, como hicieron la mayoría de los escritores españoles del momento, a favor de uno o de otro de los bandos contendientes; Gaziel solo está del lado de las víctimas.
            Sorprende, por eso, desde nuestra perspectiva actual, la escasa simpatía que muestra por los judíos sefardíes, que entonces formaban la mayor parte de la población de Salónica y que serían, pocas décadas después, exterminados por los nazis durante la ocupación alemana de Grecia.
            La situación de Grecia en aquellos años, que tan tediosa nos resultaba en la introducción, es reflejada en el libro con una verdad y una vivacidad verdaderamente admirables. El enfrentamiento entre Venizelos y el rey Constantino adquiere caracteres de tragedia antigua; ambas partes esgrimen sus razones (convincente resulta la entrevista con Venizelos, pero no lo son menos las palabras del representante del monarca).
            ¿Y qué decir de la descripción de Salónica, la ciudad griega en la que acampan las tropas francesas e inglesas? Un capítulo se ocupa del campamento francés, otro del británico; son dos magistrales ejemplos de atención a los pequeños detalles significativos, que le permiten generalizar  –al estilo de lo que luego haría Salvador de Madariaga– sobre las diferencias entre los dos pueblos.
            “En tierras de lobos” se titula uno de los capítulos que narran el viaje, a través de las montañas cubiertas de nieve, hasta la ciudad de Monastir, último territorio de Serbia aún no ocupado. El gran narrador que fue Gaziel, que luego quedaría un tanto suplantado por el analista político, por el ensayista, queda patente en estas páginas, lo mismo que en las que refieren el paso por las ciudades italianas –Génova, Milán, Nápoles–, los días de navegación en el destartalado vapor Adriátikos o la estancia en el monasterio ortodoxo de Megaspileon.
            De todas las escenas vividas –señala Gaziel en el capítulo final– no quedará nada dentro de pocos años años; serán borradas por otras escenas no menos dramáticas. Cuando se trata de la actualidad –añade–, somos curiosos como niños; cuando la actualidad se hace historia, cuando pasan los años, solo nos interesa la línea general de los acontecimientos.
            A menos que se acierte a convertir la simple crónica, el relato de un mes de viaje a los conflictivos Balcanes de 1915, en literatura. Es lo que hace Gaziel en esta secreta obra maestra.
            El periodismo nos cuenta lo que ha pasado; la literatura, lo que pasó y sigue pasando cada vez que volvemos a recorrer las páginas de un libro. 

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