sábado, 11 de abril de 2015

Manuel Neila, signos de admiración


El escritor y sus máscaras
Manuel Neila
Pigmalión. Madrid, 2015.

La crítica literaria se ejerce de muchas maneras. La que se publica en la prensa diaria, la que da cuenta de las novedades que acaban de llegar a las librerías, cumple una doble función: informativa y valorativa. Pero ambas, muy a menudo, no son otra cosa que la prolongación de la publicidad editorial.
            No es el caso de Manuel Neila, poeta, diarista, traductor, cultivador y estudioso del aforismo. Los libros de los que él se ocupa no aspiran nunca a la categoría de best seller, sino más bien todo lo contrario. Sus preferencias van hacia los raros y olvidados, pero sin desdeñar por eso a los clásicos que están en la mente de todos, a sus maestros, por lo general autores que se movieron en los terrenos fronterizos en los que no resulta fácil distinguir literatura y pensamiento, poesía y filosofía.
            En Los escritores y sus máscaras, colección de reseñas y ensayos escritos a lo largo de una década, nos encontramos con Leopardi y Nietzsche, con Juan Ramón y Antonio Machado, pero los capítulos más memorables del volumen, y los que más agradece el lector, son los que se ocupan de nombres menos canónicos.
            No podían faltar los aforistas, como el desconocido Antoine de Rivarol y el cada vez más apreciado Joseph Joubert. También se ocupa de los aforismos de Rabindranath Tagore, un escritor que hoy nos fatiga un tanto con su pedagógica sensiblería, y de los del casi secreto Nicolás Gómez Dávila, que se declaraba “enemigo de la modernidad” y aspiraba a ser “el perfecto reaccionario”, sin que eso le restara un ápice de lucidez ni de deslumbrante inteligencia.
            Dos son los momentos a mi entender más destacados de esta miscelánea. Uno de ellos lo constituyen las páginas dedicadas a Cristóbal Serra, el raro escritor mallorquín del que Manuel Neila es uno de los primeros especialistas. Se trata de un escritor sin género, muy parsimonioso en sus primeros años, y de abundante producción en la senectud. Serra comienza inventándose un heterónimo, escribe después un viaje imaginario a la manera de Swift, Viaje a Cotiledonia, y una Guía para el lector del Apocalipsis. Cultiva a su manera, heredera del surrealismo y de la filosofía de Oriente el aforismo y en uno de sus más sugerentes libros, Efigies, retrata y antologa a los más destacados cultivadores del género. Cristóbal Serra es uno de esos escritores al margen sin los cuales cualquier literatura está incompleta.
            El otro momento culminante del libro lo encontramos en el estudio sobre Guillermo Carnero, titulado,  muy atinadamente, “El hedonismo de la inteligencia”. No es un poeta fácil Guillermo Carnero. Tras deslumbrar, a los veinte años, con el culturalismo de Dibujo de la muerte, se internó luego por abstrusos caminos metapoéticos en los que al común de los lectores le resultaba muy difícil seguirle. Después de un dilatado periodo de silencio volvió con un libro, Verano inglés, en el que aunaba cultura y vida, hedonismo e inteligencia. Manuel Neila consigue hacernos ver “el dibujo en la alfombra”, la coherencia secreta de esos aparentes zigzagueos.
            En un libro titulado El escritor y sus máscaras, llama la atención la inclusión de un nombre que, si abundantemente citado como crítico y lingüista, rara vez resulta mencionado entre los creadores: Emilio Alarcos Llorach, quien aparece, además de en su calidad de estudioso, como creador empeñado “en mostrar la paradoja de la vida humana, que radica en el anhelo de eternidad del hombre, a sabiendas de que solo le está permitido conseguir la permanencia en el momento finito, temporal, del lenguaje; antinomia que se ha convertido en la piedra de toque de la mejor poesía de los tiempos modernos”.
            Termina esta miscelánea –en la que no quiero dejar de subrayar la evocación de Hélène Berr, una de tantas vidas “antes de tiempo y casi en flor cortadas” por el Holocausto– con un capítulo dedicado al filósofo italiano Franco Volpi con motivo de su libro El nihilismo. Las líneas finales valen tanto para el libro de Volpi como para El escritor y las máscaras o para la obra entera de Manuel Neila: “Es una invitación al placer de pensar libremente, sin las ataduras ideológicas habituales, antes de que otros lo hagan por nosotros”.

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