sábado, 18 de julio de 2015

Sicilia, patria del mito


Sicilia mía
Cesare Brandi
Traducción de Carmen Artal
Elba. Barcelona, 2015.

En uno de los capítulos de Sicilia mía, nos hace visitar Cesare Brandi el Biviere de Lentini, el gran lago cercano a Siracusa, en el que cuentan que Hércules llevo a cabo uno de sus doce trabajos. Del lago no queda nada: Mussolini, considerándolo un foco de malaria, mandó desecarlo, sin consideración ninguna para su riqueza piscícola ni para la prodigiosa sinfonía de aves acuáticas que en él tenían su hábitat. El lago ya no existe, nos dice Brandi, pero pasear por el campo de cultivos florecientes en que se ha convertido, "es tan relajante que compensa una semana de fatigas". La nostalgia del lago que supo de griegos y cartagineses no se compensa del todo con el disfrute del nuevo locus amoenus: "No hay ruido, la ciudad está lejos: los frutos que maduran son silenciosos. Una fragancia ligera --hay alguna flor de azahar abierta con retraso--, un hálito de hierba fresca, y la recién mojada que todavía huele a agrio. Esto es el Biviere ahora, y así de floreciente nos hace añorar aquella extensión de agua y de cañas, sobre la que planeaban flamencos y cercetas como en una reserva incontaminada".
Pero hoy lo que añoramos es aquel tranquilo valle de naranjos: el lago ha vuelto a ser reconstruido, más profundo, menos extenso, sin la silvestre belleza de antes, sin el riesgo de que se convierta en un foco de malaria.
Artificio y naturaleza, historia y mito, se entremezclan en Sicilia como en ningún otro lugar del mundo. Cesare Brandi, historiador del arte, maestro de restauradores, habla de Sicilia con la pasión del enamorado --"cuánto te he amado, desde que llegué aquí por primera vez en 1939"-- y con la precisión del poeta. En Palermo, ciudad "espléndida y horrenda", fue contagiado "por el mal sutil de este país, donde no en vano se desciende al Infierno para luego ascender con la primavera". Porque es en Sicilia "donde encuentras a Perséfone como vestida de flores de almendro y de violetas, poco vestida, lo justo para que sus ojos de carbón se enciendan de chispas y sus ojos de serpiente como los de Medusa te hagan sentir un áspero perfume de mujer y de sal".
En Sicilia mía se cita a Sciascia al hablar del castillo de Naro ("Infinitos escritos de prisioneros, grabados en las piedras, harán las delicias de Sciascia si, dado su radicalismo sospechoso, la autoridad judicial le autoriza a verlas"), pero poco tiene que ver la Sicilia de Brandi con la suya, siendo ambas igualmente verdaderas. Los desaguisados de los hombres se limitan en ese libro a algunas construcciones realizadas después de la guerra que rompen la armonía del entorno; la mafia y los análisis sociopolíticos quedan deliberadamente fuera.
¿Es Sicilia mía entonces solo una colección de hermosas postales? Es eso, una prodigiosa colección de estampas coloreadas a mano, y mucho más. Fue Cesare Brandi quien por primera vez denominó a Noto "jardín de piedra", calificativo que desde entonces acompaña para siempre a esa "dieciochesca Atlántida" que se alza "entre los olivos tupidos y los almendros como de una espuma verde" y cuya aparición solo puede compararse con la de Venecia "en su perpetuo ir a la deriva de un mar apenas más pesado que el aire".
Magia de Noto, la ciudad reconstruida tras el terremoto de 1693 como una única obra de arte; magia de las islas que acompañan a la gran isla: las Egades, "hermosas rocas, como grandes dorsos pulidos y con la epidermis áspera, pero no rugosa, de las ballenas"; Mozia, "una isla pequeñísima, en el centro ideal, si no en el centro geométrico, del Gran Estanque de Marsala"; Pantelleria, con su bahía de los Cinco Dientes, "donde el promontorio es de metal fundido y parece antimonio veteado de cinabrio, evaporándose en las crestas más aéreas".
Sicilia mía no está escrito de una vez: son viñetas trazadas del natural o coloreadas por la distancia entre los años cuarenta y los primeros ochenta. Por eso no debe leerse de un tirón, sino a pequeños sorbos, saboreando el deslumbramiento que al autor, y a nosotros, provocan los esperados y los inesperados rincones sicilianos.
El Efebo de Selinunte y la estatua de Mozia protagonizan dos de los capítulos del libro, buena muestra de lo cerca que están arqueología y poesía. El primero, robado y recuperado tras una novelera peripecia, "muestra a Grecia en su momento más fascinante"; la segunda, "extraordinaria y misteriosa", fue descubierta "tendida bajo el suelo como enterrada viva o como la Bella Durmiente del bosque en una isla púnico-fenicia donde no se ha encontrado más estatuas". Inolvidable también el capítulo dedicado a Caravaggio y a la restauración de su "Entierro de Santa Lucía", la santa de Siracusa cuyo cuerpo incorrupto se conserva en Venecia.
La Sicilia de tinta y papel de Cesare Brandi no es menos hermosa ni menos fascinante que la que baña el Mediterráneo, y ese es quizá el mayor elogio que se le puede hacer a un libro de viajes.

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