sábado, 16 de enero de 2016

La novela de una novela o los ocios de un embajador


La pasión de Mademoiselle S.
Anónimo
Edición y comentarios de Jean-Yves Berthault
Traducción de Isabel González-Gallarza
Seix Barral. Barcelona, 2016.

¿Cuántas veces se ha utilizado la técnica del manuscrito encontrado? El autor se disfraza de editor, y a menudo también de traductor, para hacernos creer que lo que cuenta no es invención suya sino verídica crónica. El trampantojo realista siempre ha sido uno de los efectos más buscados en la literatura de ficción.
            Jean-Ives Berthault, que fue cónsul de Francia en Tánger y luego embajador en el sultanato de Brunei, cuenta al comienzo de La pasión de Mademoiselle S. cómo, ayudando a una amiga a vaciar el sótano de una vieja casa, se encontró, debajo de tarros de conserva vacíos y amarillentos periódicos, con una cartera de cuero llena de cartas manuscritas.
            Eran cartas de amor, escritas por una mujer en los años veinte con un lenguaje erótico sorprendentemente directo y escandaloso para la época. Un tercio de ellas constituyen este volumen publicado por Gallimard en Francia y de inmediato traducido a las más diversas lenguas. Aspira a ser un nuevo best seller en la línea de Cincuenta sombras de Grey.
            Para facilitar ese objetivo a la agente literaria que está detrás del proyecto, Susanna Lea, una de las más importantes de Francia, se le ocurrió convertir un manido recurso literario en una superchería (algo también frecuente en la literatura, con ejemplos como los poemas de Ossian o las cartas de la monja portuguesa sor Mariana Alcoforado). Más interesantes que las fantasías eróticas de un embajador que se aburre en su destino serían las cartas reales de una mujer que se atreve a poner en práctica sus deseos sexuales y hablar de ellos sin veladuras en una época de incipiente liberación femenina. Como en cualquier buena mixtificaciòn, se nos ofrece toda clase de pruebas. El libro se ilustra con reproducciones de las cartas manuscritas y en la edición francesa aparece incluso un documento firmado por Frédéric Castaing, que se dedica al comercio de autógrafos, atestiguando la autenticidad de las cartas.
            Al lector medianamente atento, al contrario que al periodista cultural, le resulta difícil caer en la trampa. El copyright no engaña: figura a nombre de Jean-Ives Berthault. Si las cartas no fueran escritas por él, aunque se las hubiera comprado a una amiga (como indica en el prólogo), no sería el propietario de los derechos: cualquiera podría por lo tanto publicarlas sin pedirle permiso ni a él ni a su agente y la operación comercial se vendría abajo.
            ¿Y qué ocurriría si aparecieran los herederos de la autora de las cartas prohibiendo su publicación o exigiendo los correspondientes derechos de autor? En alguna entrevista, Berthault ha tratado de solverntar esas dudas embrollando más el asunto. Ha llegado a afirmar que otro paquete de cartas, encontrado también en la casa de su amiga, le ha permitido saber la identidad de la mujer: “Estaban datadas de tres años después, de otro amante; parece que estaba especializada en hombres casados –ironiza–. Allí había cartas de los dos, porque a veces el hombre devolvía las cartas a la mujer para evitar el chantaje, y algunos sobres con los nombres completos”. Un estudio genealógico le habría permitido averiguar que la mujer –a la que él llama Simone– no habría tenido ni hijos ni herederos que pudieran reclamar los derechos. Esas otras cartas nos presentarían a una mujer “casta, religiosa y espiritual, a imagen y semejanza del nuevo amante”. ¿Y entonces cómo es que guardó cuidadosamente las cartas procaces que escribió al amante anterior después de que este al parecer se las devolviera? ¿Y cómo es que no aparece ninguna de las que ese primer amante le escribió a ella? Y si sabe el nombre de la autora, ¿por qué se publica el libro como anónimo?
            Es una técnica habitual en la novela realista insistir en la verdad de lo que se cuenta y el lector finge creer al anónimo autor del Lazarillo, a Galdós o a Balzac, al Henry Jamen de Otra vuelta de tuerca o al Umberto Eco de El nombre de la rosa. Pero cuando esas apelaciones pasan del texto al paratexto, de la obra literaria a las informaciones sobre ella conviene que los informadores culturales –demasiado acostumbrados a ser meros transmisores de la publicidad de los grandes grupos editoriales– no contribuyan al engaño.
            ¿Importa eso para determinar el valor y el interés de un libro, La pasión de Mademoiselle S., que se nos presenta como anónimo? Importa, y mucho. La realidad no tiene por qué ser verosímil. Las cartas de alguien que nos cuenta lo mucho que disfruta cuando su amante la ata a la cama y la azota con violencia o cuando da nombre de mujer a su amante y lo trata como tal (e incluso le busca un hombre para que disfrute al ser penetrado lo mismo que ella disfruta), de ser reales, son dignas de estudio, tienen un gran valor psicológico y sociológico. Nos ayudarían a entender los enigmas de la sexualidad humana, constituirían un documento excepcional. Si son solo las procaces fantasías de un sexagenario embajador que se aburre, ¿a quién le pueden interesar? El engaño sobre la verdadera autoría resulta así fundamental para tratar de convertir el volumen en un rentable best seller.
            Como novela, vale poco: solo es un catálogo de monótonas audacias sexuales. Lo que tiene de novela está fuera de las cartas: en el prólogo y en las declaraciones de autor y editores para confundir al lector. Sobre su utilidad en prácticas autoeróticas, no me atrevo a opinar. Pero no hace falta tener mucha imaginación –solo conexión a Internet– para encontrar ayudas más eficaces.






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