lunes, 3 de septiembre de 2018

Lorenzo Oliván, poesía y pensamiento



Para una teoría de las distancias
Lorenzo Oliván
Tusquets. Barcelona, 2018.

Lorenzo Oliván no tiene vocación de poeta menor. Muy dotado para la imagen brillante y la ocurrencia ingeniosa, también para el virtuosismo métrico y la expresión emocional, ha querido, como Juan Ramón Jiménez, dejar de lado su poesía primera para ir decididamente adentrándose por caminos más desnudos y conceptuales, próximos a lo que suele llamarse –con cierta imprecisión– “poesía metafísica”.
            El título de su nuevo libro, Para una teoría de las distancias, resulta bien representativo de una manera de entender la poesía que no le teme a la teoría ni a marcar distancias con la directa efusión sentimental que algunos confunden con la expresión poética.
            “Teoría”, como “especulación”, etimológicamente tienen relación con “ver”, “mirar”,  y de los ojos, la mirada y la luz ha hecho Lorenzo Oliván el núcleo generador de su poesía.
            El primer poema, “La ventana”, reescribe –reinterpreta más bien– la orteguiana “Meditación del marco”, incluida en uno de los tomos de El espectador. No es el único caso. “Lo irrepetible” vuelve sobre un tema que obsesionó a Borges –le dedicó dos poemas, ambos con el título de “Límites”, el primero en El hacedor y el segundo en El otro, el mismo– y el resultado resulta muy representativo de la manera de hacer de Lorenzo Oliván.
            Borges, tanto en el poema menos extenso como en el más dilatado, no desdeña las referencias concretas. “Si para todo hay término y hay tasa / y última vez y nunca más y olvido, / ¿quién nos dirá de quién en esta casa / sin saberlo nos hemos despedido?”, leemos en uno de los más memorables serventesios del poema de El otro, el mismo; el de El hacedor es una enumeración: hay unos versos que no volveremos a recordar, una calle que no volveremos a pisar, un espejo en el que nos hemos mirado por última vez, un puerta que no volveremos a abrir.
            Lorenzo Olivan prefiere la escueta enunciación: “Siempre hay algo en tu vida que es lo último, / pero que se da en ti sin anunciar / que no volverá nunca”. Las realidades cotidianas de Borges, que se cargan de emoción al darse por última vez, se resumen en Lorenzo Oliván en un “Adiós, belleza. Adiós” y, peor aún, en un “intenso haces lo intenso” (el sentido poético pediría más bien algo así como “intenso haces lo trivial”) que le quita fuerza al poema.
            El afán por adelgazar la anécdota, o hacerla desaparecer, junto a una a veces forzada interpretación trascendental, es uno de los rasgos más característicos de Lorenzo Oliván. A él le debe sus más personales textos y también algunas de sus limitaciones.
            “Silencio, creación y pensamiento” son palabras que repite en el poema “El mundo empieza” aplicándoselas a la luz (“cuando miro la luz / intuyo en ella una actitud pensante / que, recogida en su silencio, / crea”) y que de alguna manera podrían definir su intención poética.
            Pero si no nos limitamos a la lectura distraída y parafraseadora que los reseñistas suelen dedicar a los libros de poesía, no tardamos en descubrir que Lorenzo Oliván está más dotado para la intuición poética que para el razonamiento abstracto al que le lleva su manera de entender el poema.
            No es raro encontrarse con algún descosido conceptual. En el poema en prosa “Caminar en la noche” nos cuenta cómo oye en la noche los pasos de unos pies descalzos: “Alguien, al parecer, perseguía un destino, y ese destino concluía en ti. Con el oído atento como nunca, esperaste temblando, cercado por el miedo. Por fortuna los pasos avanzaban sin desplazarse en una línea recta, sino en una obsesiva, delirante espiral”. Pero una espiral tiene un centro, esos pasos le alcanzarían al fin, aunque tardarán más que si avanzaran en línea recta. Al final del poema nos dice que los pasos avanzaban “describiendo círculos”. ¿En qué quedamos?”. Al describir un círculo, sí se está siempre a la misma distancia del centro, pero no al trazar –de fuera hacia dentro– una espiral.
            Otro ejemplo: “Una rueda no rueda sin su eje”, leemos en el primer verso de un poema y de él deduce afirmaciones más menos peregrinas: “Así que la pasión de lo perfecto / que en el fondo no existe / pues tiende al infinito / apunta a un centro en el que está su origen”. Pero ¿es cierto que una rueda no rueda sin su eje? ¿Dónde está el eje del aro con el que juega el niño? ¿Necesita un eje la rueda que echamos a rodar por una ladera?
            No nos creemos muchas de las afirmaciones categóricas que inician o concluyen  los poemas: en “Albada” se afirma que la luz del día llega “sin hacerse notar” (llegará sin hacer ruido, pero la claridad se hace notar bastante); en “El extraño de la casa”, que “no hay nada más ajeno / que el dolor” (también podría decir que no hay nada más propio que el dolor); en “El tiempo de la noche y el día”, que la noche “es un recuerdo vivo / de las noches que fueron”, mientras que la luz del día “está plena de presente” (ambas afirmaciones valen igualmente para ciertas noches y para ciertos días).
            Paradójicamente, no impiden estos desconchados, que saltan a la vista de cualquier lector atento (no abundan entre los lectores de poesía actual), considerar a Lorenzo Oliván –quizá a pesar de sí mismo– como uno de los más notables poetas contemporáneos. Hay poemas espléndidos en este su último libro, como en los anteriores. Suelen ser aquellos que no se pierden en abstracciones ni desdeñan la anécdota, poemas que incluso podríamos denominar circunstanciales, como los dedicados a Leonard Cohen, a una peonza o la hopperiana figura de una mujer que viaja sola en un tren.
            Hay también admirables poemas eróticos –un poco en la línea de Carlos Marzal– y otros, como “Despiece”, que aciertan a expresar de original manera un tema tópico, “el ultraje de los años”.
            Memorable resulta igualmente la enumeración de “El primer hombre” (“El primer hombre que escuchó el silencio. / El primer hombre que se asomó al mar. / El primer hombre que quedó perplejo / mirando el flujo de su propia sangre / manar en una herida”), aunque quizá fracasa en el cierre, con su referencia a las varias identidades del autor en el poema. Mejor y más verdadero hubiera sido algo así como “ese hombre soy yo, eres tú, somos todos, / es cualquier niño que descubre el mundo”.
            A ratos da la impresión –puede ser una falsa impresión– de que Lorenzo Oliván es un poeta contra sí mismo, que sus textos más esforzadamente singulares, más rebuscadamente conceptuales, son los que menos aciertan.
            Pero a quien ha escrito poemas como “Origen” o “Tanta realidad” –ambos incluidos en este libro– se le pueden perdonar ciertas programáticas obcecaciones.

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