martes, 6 de agosto de 2019

Cuestión de género



La novela de la Costa Azul
Giuseppe Scaraffia
Editorial Periférica. Cáceres, 2019.

¿Son una convención los géneros literarios? ¿Podemos calificar de novela a cualquier obra en prosa de cierta extensión si eso nos sirve para promocionar su venta?
            La estrategia es antigua y todavía siguen utilizándola editores y autores. Recordemos, por citar unos pocos ejemplos, Un andar solitario entre la gente, de Antonio Muñoz Molina, La novela del buscador de libros, de Juan Bonilla, o La novela de la Costa Azul, de Giuseppe Scaraffia, que ahora comentamos. Lo que no está tan claro es que esa engañosa estrategia funcione.
            Los géneros literarios suponen una expectativa de lectura. Un libro de cuentos o un libro de poemas podemos comenzar a leerlo por cualquiera de los cuentos o poemas que lo integran, ya que cada uno de ellos tiene un principio y un final, es una obra literaria autónoma, aunque adquieran un nuevo sentido en conjunto. Una novela debemos comenzar a leerla por el primer capítulo y no la podemos dar por leída hasta llegar al último, aunque haya obras más o menos vanguardistas –como Rayuela– que propongan distintos itinerarios de lectura.
            La novela de la Costa Azul no es una novela y quien comience a leerla como tal la abandonará a las pocas páginas. Claro que el término novela puede emplearse en sentido figurado, como en la cita de Galdós (“por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela”) que Andrés Trapiello coloca al frente de cada uno de los tomos de su diario o en la frase “mi vida es una novela”.
            Pero incluso en este caso La novela de la Costa Azul no sería una novela, sino fragmentos de varias novelas entrecruzadas, las de los muchos escritores a los que se refiere.
            Los escritores y la Costa Azul habría sido un título más adecuado, y más sugerente para los muchos y buenos lectores. Los que tienen a la novela por su pasatiempo literario favorito se sentirán, muy probablemente, estafados.
            Cada capítulo viene encabezado por el nombre de una de las localidades de la Riviera francesa, desde Mentón hasta Marsella, y se subdivide en pequeñas viñetas biográficas, ordenadas cronológicamente, de los escritores que han residido en ellos temporadas más o menos largas. El primer capítulo comienza en 1760 con Casanova y termina en 1957 con Jean Cocteau, pero son las últimas décadas del XIX y las iniciales del XX –los años de esplendor de la Costa Azul– las que acaparan la mayoría de las páginas.
            Hay autores que se reiteran en los diversos capítulos, ya que frecuentaron distintas localidades en diversos momentos de su vida: el ya citado Cocteau y Gide, Colette, Simenon, Maupassant, Fitzgerald, Chéjov… El libro habría necesitado un segundo índice que permitiera leer conjuntamente todas las referencias a cada cuno de los escritores, y en el orden “geográfico” en que aquí aparecen o orden cronológico.
            Las viñetas, los subcapítulos, son de muy desigual extensión e interés. La novela de la Costa Azul es más una obra de consulta, una guía literaria (ya se han publicado varias sobre la zona), que un libro para leer de principio a fin (quien intente hacerlo así se rendirá a las pocas páginas).
            Se trata de una publicación para aficionados al turismo literario y para quienes gustan de la chismografía erudita. ¿Sabían ustedes que Stefan Zweig, el representante de la mejor Europa, la que trató de arrasar el nazismo, era un exhibicionista que disfrutaba sorprendiendo a paseantes solitarias? Eso nos cuenta Scaraffia, e infinidad de intimidades sexuales de todo el mundo, y debemos de creerle bajo su palabra porque el libro carece de cualquier referencia bibliográfica.
            Vidas libres las de la mayoría de los escritores que aparecen por estás páginas, vidas que buscaron refugio junto al Mediterráneo para protegerse de los ojos de los bien pensantes y, en bastantes casos, también para tratar de mejorar su salud.
            Muchas de ellas hoy nos siguen escandalizando, aunque de otra manera. Entonces no parecía distinguirse entre homosexualidad y abuso de menores, entre libertad sexual y acoso.
            “Georges se divertía lo indecible contando sus experiencias sexuales”, nos dice Scaraffia de Georges Simenon. “Casi todos los días, sin dejar de dictar a su secretaria, comenzaba a masturbarla hasta el orgasmo, para luego recomenzar con el trabajo”.             
            ¿Solicitaba antes su consentimiento? Hoy Simenon se divertiría menos contado sus experiencias sexuales, que le habrían costado más de un proceso. Hoy no se atrevería a decir en voz alta que “la mujer debe ser un reflejo de su marido y sacrificar su personalidad a la de él”, aunque lo pensara, como todavía hay quien lo piensa.
            ¿Vivimos una época más puritana, con toda la connotación peyorativa que esa palabra tiene? ¿Debemos añorar las libertades bohemias de los locos años veinte? No falta quien lo piensa así, pero si algo nos enseña este libro –y cualquier libro de historia que no deje de lado la intimidad– es que nuestra sensibilidad moral ha cambiado, podríamos decir que ha dado un vuelco: el acoso y el abuso, el aprovechamiento de la miseria de los demás, han dejado de tener la más mínima gracia.
            Por estas páginas cruzan abundantes triunfadores –en la Costa Azul tuvieron su refugio Blasco Ibáñez y Somerset Maugham– y no escasos desdichados, como Klaus Mann, el hijo de Thomas Mann, que se suicidó en una pensión de Niza. Su ilustre progenitor ni siquiera interrumpió la estancia en Estocolmo para ir al entierro. En el diario escribió las palabras más crueles que un padre haya dedicado a la muerte de un hijo: “Un gesto ofensivo, feo, cruel, irrespetuoso e irresponsable por parte de Klaus”.
            Trágicas, curiosas, divertidas, inanes o simplemente pintorescas, este volumen está lleno de anécdotas. Con la vida de los literatos también se puede hacer literatura.
            Pero este libro no es “la novela de la Costa Azul” ni la de ninguno de ellos. Es solo un conjunto de fichas sobre escritores y lugares que habría agradecido, si no otra disposición, sí más completos índices para favorecer una más provechosa lectura o consulta.

2 comentarios:

  1. ¡Vaya estafa! Por cierto, hay una errata en el apellido de Stefan Zweig.

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  2. Estafa en el título, al empezar te sorprendes pero luego me enganché y lo he pasado muy bien leyendo este libro.

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