sábado, 14 de septiembre de 2019

Ingenio y confesiones



Variaciones y reincidencias (Poesía 1978-2018)
Javier Salvago
Sevilla. Renacimiento, 2019.

Pocos poetas tienen tan claros sus maestros y a la vez son tan personales como Javier Salvago, un poeta sevillano que en los años ochenta destacó por su sentido del humor paródico –La destrucción o el humor se titula el libro que le dio a conocer–, su lenguaje coloquial, su confesionalismo y su virtuosismo métrico.
            El maestro más evidente era el Manuel Machado de El mal poema, del que emula sus característicos autorretratos en pareados alejandrinos (“Variaciones sobre un tema de Manuel Machado” comienza así: “El médico me manda no escribir más. Al menos / me pide que no ponga sobre la llaga el dedo, / que deje de arañarme por dentro como un gato…) y la hazaña de un soneto trisílabo. “Miradas / curiosas. / Dichosas / veladas. / Espadas / pringosas. / Sabrosas / tostadas. / Relatos / pausados. / Vagancia. / Zapatos / mojados. / Infancia”.
            En los tiempos del culturalismo novísimo, Salvago anticipaba lo que después se llamaría –con cierta imprecisión– “poesía de la experiencia”. La suya lo era en sentido literal: pocos poetas se han dedicado con más dolorida verdad e insistencia en los detalles –muchos ya con la pátina de otro tiempo– a contar la suya.
            Tras publicar Ulises en 1996 y reunir su obra completa, Javier Salvago pareció dar su obra por concluida. Los dos más extensos poemas de ese último libro, “Mi pueblo” y el que lleva el mismo título del conjunto, llevaban hasta el extremo una manera de entender la poesía –autobiografía y costumbrismo– en la que el fracaso era “el único argumento de la obra”. Daba la impresión de que el poeta ya había dicho todo lo que tenía que decir, que no había lugar para más “variaciones y reincidencias” –así tituló su obra completa–, y que como Gil de Biedma abandonaba la poesía.
            Pero en el caso de Salvago. ese silencio no fue definitivo. Quince años después volvió a publicar un libro, Nada importa nada (2011)y siguió con otro de titulo igualmente significativo, Una mala vida la tiene cualquiera (2014), a los que añade en esta nueva edición aumentada de Variaciones y reincidencias el inédito La vejez del poeta.
            “Solo el humor me salva” afirma en uno de sus primeros poemas. Ahora ese humor ha desaparecido y se ha acentuado –si era posible– el pesimismo. Se atenúan en cambio los virtusismos métricos, aunque no falta algún ejemplo de la reiterativa sextina, tan de moda en los años ochenta. Una novedad es el gusto por la poesía popular. Sigue habiendo haikus, pero se escriben por soleares y abundan más las coplas y los apuntes sentenciosos.
            No escasean los aciertos en estas breverías, pero con cierta frecuencia se convierten en naderías. El propio autor es consciente de ello: “Tiene un peligro muy grande / ‘la máquina de trovar’ / y es que si se pone en marcha / no sabes cuándo parar”. Se echa de menos, en este Salvago epigonal, una mayor capacidad autocrítica. O un maestro como Fernando Ortiz, tan presente en sus comienzos (le dedica dos emotivos homenajes).
            Y también un mayor distanciamiento, aunque en él nunca fue excesivo, entre el autor que escribe y el personaje que aparece en los versos. En “Tu peor agente literario” relee sus propios poemas y descubre que “no están mal: hay oficio, / vocación, experiencia, / sentimiento, ironía, / algún acento nuevo / y una visión del mundo y de la vida / propia, según los pocos / críticos que te hicieron algún caso”.
            La ironía es precisamente lo que falta en estos nuevos poemas, tan reiterativos en su pesimismo, roto solo cuando aparece Zombi, su gato: “Que trae mala suerte, dicen del gato negro. / Para mí fue una dicha que llegaras, pequeño, / negro como la noche, cálido, suavecito, / a vivir con nosotros como el más consentido” .
            El Javier Salvago que retorna del silencio es y no es el que fue. A ratos caricatura de sí mismo y a ratos uno de esos poetas que difunden en las redes sociales su sentimentalismo primario y un catálogo de buenas intenciones: “Amar a las personas / como se quiere a un gato: / con su carácter y su independencia, / sin intentar domarlo, / sin intentar cambiarlo, / dejando que se acerque cuando quiera, / siendo feliz, / con su felicidad”.
           


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