martes, 12 de abril de 2022

MIL Y UNA HISTORIAS

 

Ricardo Álamo
Plagiarios & Cía
Prólogo de Andrés Trapiello
Renacimiento. Sevilla, 2022.
 

Ricardo Álamo ha escrito un minucioso centón sobre el plagio y otras tradicionales fechorías literarias que, aunque redactado en forma de diccionario, no es propiamente un libro de consulta; puede leerse seguido o comenzar a leerse por cualquier página. Las mil y una anécdotas que en él se recopilan nos harán sonreír más de una vez y no nos aburrirán nunca.

            Se trata de una obra recopilatoria, de buhonero de las letras. Ricardo Álamo incorpora todo lo que tiene que ver con su tema —el subtítulo precisa: “Plagiarios, escritores fantasma, apócrifos, impostores, falsarios”—  sin el menor atisbo de espíritu crítico, sin apenas investigación por cuenta propia. Y en algunas ocasiones llega a extremos bastante sorprendentes. Un ejemplo: “Otro caso de incursión en la construcción de entrevistas que nunca se realizaron es el que apunta Juan Bonilla en las notas con que cierra su edición del Diario de mi sentimiento de Alberto Hidalgo, donde, a propósito de Gog (1931), la obra maestra de Giovanni Papini, afirma que el autor italiano se inventó una serie de entrevistas con grandes personajes de la talla de Henry Ford, Sigmund Freud, Gandhi o Lenin, entre otros”. ¿Necesitaba Antonio Álamo recurrir a la “autoridad” de Juan Bonilla para afirmar que Gog (como El libro negro) es una obra de ficción en la que un millonario entrevista a personajes famosos para criticar los desvaríos de la época? ¿Y qué tiene eso que ver con la falsificación de entrevistas? Una ficción no es una mentira.

            El término “plagio” se usa de diversas maneras: puede referirse a un delito determinado como tal jurídicamente, puede ser un insulto habitual entre escritores de las más diversas época o simplemente aludir a un rechazo de la adánica originalidad que buscaban las vanguardias. Cuando Víctor Botas termina el poema “Asuntos bizantinos” con el verso “cometo un plagio más / y tan a gusto”, es obvio que no está cometiendo ningún plagio, aunque incorpore un fragmento de Safo. De Ricardo Álamo esperaríamos una utilización del término plagio más precisa de la que se hace en el ámbito periodístico. Pero no hay tal: él llega a hablar de “autoplagio” cuando un autor titula un libro como tituló antes un folleto (caso de Marginados de Luis Antonio de Villena) o se refiere a Fray Luis de León como plagiario de Horacio.

            La misma imprecisión encontramos cuando se refiere a los autores fantasma o colaboradores, en diversos grados, de quien firma el texto. No es lo mismo cuando se trata de las memorias de un personaje famoso que de una novela o un libro de poemas. Hay una colaboración legítima que se indica a veces en la portada (en letra pequeña) y con frecuencia en los agradecimientos, y otra ilegítima, que es la que Ricardo Álamo debería limitarse a desvelar (a ser posible, basándose en algo más que en rumores como los que circularon a propósito de La gloria de don Ramiro de Enrique Larreta). Un libro como el suyo habría ganado mucho si se hubiera escrito en colaboración, con un director que tuviera claro los conceptos de los que trata y unos colaboradores dispuestos a investigar seriamente las supercherías literarias.

            Nada tienen que ver, por otra parte, quienes falsifican documentos para obtener un beneficio (la famosa “donación constantiniana”) con quienes juegan a escribir un poema “a la manera de”. Y no es un plagio incluir en un libro propio, indicando el autor, la versión de un poema ajeno que se siente especialmente afín, como hacen Miguel d’Ors y tantos otros poetas.

            Tampoco es un plagio, salvo en sentido metafórico, la imitación, el epigonismo: no plagian a Cernuda los poetas cernudianos ni a Lorca los poetas lorquianos. Otra cosa es el interés literario que puedan tener, mayor por lo general los primeros que los segundos (Lorca, salvo el Lorca quizá de Poeta en Nueva York) dejó pocos discípulos que merecieran la pena.

            Utilizando material ajeno en mayor o menor medida puede hacerse obra propia. Incluso utilizando solo material ajeno: es el caso del “Centón nupcial” de Ausonio que con versos de Virgilio construye una obra propia que nada tiene de virgiliana. Pero ese material ajeno, si no es de dominio público, debe utilizarse con permiso del propietario de los derechos y haciéndole partícipe, en la proporción correspondiente, de los beneficios. Para publicar una continuación del Quijote, como hizo Andrés Trapiello, no hace falta pedir permiso a nadie, pero sí para una nueva aventura de James Bond. Y en ninguno de los dos casos puede hablarse de plagio. Como no lo hay cuando un poeta cita el comienzo de La divina comedia o cuando Eliot llama a Pound, en la dedicatoria de La tierra baldía (no en la de un ejemplar que le regaló, como afirma Álamo) “il miglior fabbro.”

            Las citas, los homenajes, los versos ajenos incorporados a los propios no son plagio. Lo que importa, desde el punto de vista estético, es que el resultado sea una obra distinta y que tenga valor por sí misma.

            Ricardo Álamo copia las afirmaciones ajenas sobre plagios y cuestiones afines sin ponerlas en cuestión. Lo hace con las afirmaciones de Umbral a propósito de Las máscaras del héroe, novela de Juan  Manuel de Prada que repite episodios conocidos —como toda novela histórica—, pero con deslumbrante originalidad, o con las de Jaume Riera y Sans cuando, a propósito de Erasmo, afirma que quienes falsifican una obra de otra época padecen “alguna clase de tara mental”. Y en una fuente tan pintoresca como “librosparaentenderelmundo” (debe ser una página Web) apoya la siguiente afirmación: “Borges tiene un cuento espléndido titulado ‘Pierre Menard, autor del Quijote’ en el que plantea que es el plagiario el que hace consciente al autor del libro de la genialidad de su obra”. Basta leer el relato para darse cuenta —sin necesidad de apoyarse en fuente alguna— que lo que Borges plantea es que un mismo texto, según esté escrito en su siglo o en otro, dice cosas distintas porque las palabras han cambiado de significados o han añadido nuevos matices al significado de entonces.

            Se vanagloria el autor del prólogo, Andrés Trapiello, de que su nombre no figura entre los innumerables “plagiarios” que se enumera en este diccionario con propina (se añaden aforismos sobre el plagio y resúmenes de relatos que lo tienen como tema), pero eso es solo por olvido del recopilador: también, como Shelley, Carlyle, Valery y Borges, él ha afirmado que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir son fragmentos de un poema infinito y por eso tituló El mismo libro uno de sus libros.

            El plagio existe —habría que decirle a Ricardo Álamo—, pero no es plagio todo lo que reluce.

5 comentarios:

  1. "Las citas, los homenajes, los versos ajenos incorporados a los propios no son plagio. Lo que importa, desde el punto de vista estético, es que el resultado sea una obra distinta y que tenga valor por sí misma."

    Esa idea es muy discutible. Para hacer un libro de citas de un autor actual o reciente se necesita su permiso o el de sus herederos. Sin su permiso, la ley limita las citas.

    Los versos ajenos de autores actuales o recientes incorporados sin aviso son plagio, como toda cita sin comillas. Y el autor plagiado o sus herederos pueden hacer retirar un libro que haga eso.

    Si lo que usted dice fuera verdad, yo podría mañana escoger 50 poemas o 200 aforismos de autores vivos que me gustan y publicarlos bajo mi nombre. Y cuando me denuncien bastará que diga que es un homenaje a ellos.

    "Lo que importa, desde el punto de vista estético, es que el resultado sea una obra distinta y que tenga valor por sí misma." ¿Y quién decreta eso? ¿Cómo se convence a un juez de que alguien roba versos o párrafos enteros por razones estéticas?

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  2. "Agustín Robles", la mayor parte de las obras literarias --de Manrique a Lorca o a Antonio Machado-- son de dominio público.
    Si se utiliza material ajeno para hacer obra propia, y ese material está sujeto a derechos de autor, se necesita el permiso del propietario de esos derechos (con excepciones si se trata de una obra didáctica, etc).
    Con material ajeno hay que hacer obra propia. Si yo escojo cincuenta poemas (o doscientos aforismos) que me parecen especialmente valiosos hago una antología. Los poemas son de cada autor, y así aparecen en el libro, pero la antología es obra propia. Por supuesto, para preparar una antología hay que solicitar el permiso a los antologados o a sus herederos (a los ochenta años de la muerte, las obras literarias pasan en España a dominio público; en otros países a los setenta). Y una antología puede ser mejor o peor, un disparate o una obra necesaria para conocer la poesía nueva o la poesía barroca.
    Da un poco de fatiga explicar estas obviedades.

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  3. "La literatura se alimenta de la literatura". En buena ley todo lo que escribimos ya está escrito. Si yo comienzo un cuento "En un lugar de mi barrio..." ¿estoy plagiando el Quijote? O cuando tú titulas "Elogio de la cordura", ¿estás plagiando a Erasmo? Puede que sí.

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    1. No, no y no. Jesús. Estoy homenajeando, haciendo un guiño al lector culto. Un texto se enriquece con las resonancias de textos anteriores.

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  4. Muy interesante las aclaraciones sobre el concepto de plagio.A Ortega lo han machacado mucho por el tema del "copia del historicismo alemán" y, sin embargo, ningún filósofo del siglo xx español le hace sombra. Su obra es única.

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