miércoles, 24 de julio de 2024

Vidas en claro

 

Christopher Maurer
Bello relámpago que dura:
Moreno Villa y Jacinta
Residencia de Estudiantes. Madrid, 2024.

Alguna vez afirmó Blas de Otero que lo que más le interesaba eran los caminos que llevan de la vida a los libros, de los libros a la vida. En Jacinta la pelirroja contó José Moreno Villa, con irreverente desenfado, con más humor que melancolía, la historia de un “loco amor” con una joven norteamericana a la que conoció en la Residencia de Estudiantes y con la que estuvo a punto de casarse en el Nueva York de 1927. En su autobiografía, Vida en claro, de 1944, dejaría constancia del nombre real de la protagonista, Florence, y de los detalles precisos de esa relación que no caben en un poema.

            Hasta ahora de Florence sabíamos poco más que lo que nos quiso contar, con elegante reticencia, Moreno Villa. Christopher Maurer la rescata de las sombras, de su mero papel de musa renovadora y a ratos cruel, para detallarnos los principales momentos de su biografía. La principal informante fue Mary Louchheim, sobrina de Florence, la única persona de la familia con la que tuvo relación hasta el final. “En 2012  --escribe Maurer--  visité por primera vez a Mary, una pelirroja vivaz, culta, curiosa, que ha dedicado estos últimos años a comprender la historia de su familia y su compleja relación con el judaísmo, así como a ayudar, con dinero dejado por Florence y con sus propios recursos, a artistas israelíes y palestinos. Su tía no le habló nunca de Moreno Villa ni de su conexión con España; vivía en el presente, no en el pasado”.

            La relación entre la estudiante norteamericana y el escritor y pintor, sin embargo, no concluyó con la ruptura de 1927, debida menos a la oposición familiar –que no le importó a Florence para sus otros matrimonios--  que al caprichoso carácter de la mujer y a ciertos comportamientos difíciles de comprender para un español de la época. En diciembre de 1927, le escribe Moreno Villa a Federico de Onís, catedrático en Columbia y confidente durante la aventura neoyorquina: “He hecho lo que cabía en mis fuerzas: rompí el 2 de julio con ella. Me volvió a escribir al mes y medio. Yo le supliqué que no me escribiese más y a los tres meses me vuelve a escribir porque según ella se ve obligada por la necesidad. Cuando rompí, le giré dinero y le dije que mensualmente le remitiría cuatrocientas pesetas; se quedó con el primer envío, pero me rechazó el segundo y dio órdenes al Banco Internacional en Madrid de que no admitiesen dinero mío a su dirección. Pues bien, ahora la última carta es para pedir dinero”.

            Florence posaría, en artístico y desnudo revoltijo, con su primer marido (se casó con él pocos meses después de romper con Moreno Villa) y dos amigas, para el fotógrafo Max Ewing. El libro reproduce esas fotos, de elegante erotismo.

            No faltarán lectores que se pregunten si resulta legítimo rescatar ciertas intimidades de la vida de un escritor o de quienes se relacionaron con él. Lo importante serían los textos –los poemas de Jacinta la pelirroja, las prosas de Pruebas de Nueva York—y no las peripecias biográficas que están tras ellos. Pero al ser humano nada le interesa más que las vidas ajenas, de ahí el éxito de los programas de cotilleo. Cotilleo con pretensiones es buena parte de la investigación literaria. En 1930, escribió Moreno Villa el poema “Desposorio atlántico”, en el que evoca su viaje  para el frustrado matrimonio: “¡Qué gritos, qué gritos enjutos / como granos de sal, de arena, de luz! / Magnetizada su lengua y encabritado el pez. / Los globos, las bombillas, los glúteos, / las esferas todas trabajan por el pez zarpador. / Es tu cama un estuche del ritmo. / Las bocas han mordido en la vida. / Únicamente los ojos / se pierden en la bruma lechosa del sonambulismo”. Humberto Huergo Cardoso, en el prólogo a Temas de arte, selección de artículos de Moreno Villa, lo comenta así: “El poema recrea en todos sus pormenores –jadeos, fellatio, encabritamiento del pene, senos, algas-- la embriaguez erótica que vivían los amantes”. No sé yo qué lectores necesitarían esas precisiones (“lo del encabritamiento del pene” parece todo un hallazgo).

            Florence Louchheim estudió arte y al coleccionismo de arte y a la difusión del arte contemporáneo, aunque siempre de manera amateur, dedicó su vida. No necesitó trabajar. Su padre, que no se fiaba de ella, decidió que la herencia que le correspondía la administrase su hermano.

            En México, diez años después de la ruptura, volvió a coincidir con Moreno Villa. Y en 1951 sigue en correspondencia con él: “Sabes que eras siempre un poco malicioso, y tus juicios sobre la gente eran a menudo muy subjetivos, lo que probablemente explique todas las cosas malas que dijiste sobre mí en tu autobiografía. ¿Cuándo me enviarás un ejemplar?”. Y a continuación: “Sobre qué aspecto tengo, creo que más o menos el mismo. Las mismas medidas, el mismo color.”. Todavía trata de seducirle.

            No la olvidó Moreno Villa. En un poema en prosa escrito poco antes de su muerte, y que permaneció inédito, tras evocar una vez más el encuentro primero con sus encontronazos, le manda un abrazo “después de un cuarto de siglo”. Termina ese poema con una reflexión que puede servir de epitafio: “Me equivoqué infinitas veces. No se equivoca quien no arriesga. Tres, cuatro veces arriesgué en la vida. No más, que no nací para aventurero”. En otro lugar dijo que los errores “son los que nos procuran ratos de vida verdadera”, por eso lamenta “que no sean más”. Sin conocer a Florence, es posible que Moreno Villa no hubiera pasado de discreto poeta, pintor y archivero. Ella fue la primera que le arrancó de su gris y confortable rutina, luego ese aventamiento lo completaría la guerra.

            Añade el libro en apéndice un “Diálogo con José Moreno Villa” publicado en septiembre de 1937. En él encontramos una sorprendente alusión a José Robles, el profesor y traductor desaparecido ese año a mano de los servicios secretos soviéticos. Ignacio Martínez de Pisón le dedicó una investigación ejemplar, Enterrar a los muertos. Esto es lo que dice Moreno Villa: “Robles se volvió loco al estallar la guerra. Aseguraba que nadie más que su hijo hacía los planes para la defensa de Madrid y para continuar la guerra. Cuando yo salí, estaba en la cárcel. Ahora dicen que murió; si de muerte natural, no sé”. Enigmática frase esta última, que nos lleva de una vida a otras vidas, de los libros a la vida, como la mejor literatura.

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