Miguel Barrero
La cabeza de Goya
Xordica. Zaragoza, 2026.
Cuando
se exhumaron los restos de Goya, en el cementerio bordelés de La Charteuse,
allá por 1888, se descubrió que a su esqueleto le faltaba el cráneo. Tantos
años después sigue sin saberse quién lo hizo desaparecer y dónde se conserva,
si es que se conserva.
Con esa historia que podía dar lugar
a una narración efectista y truculenta, a la manera de las que escribió Pedro
Antonio de Alarcón y que, con el añadido de zombis y vampiros, tanto tirón
popular siguen teniendo hoy, Miguel Barrero, que no olvida sus orígenes
periodísticos, ha escrito un bien informado reportaje que se lee como una
novela de misterio.
El prólogo, una variante del recurso
al manuscrito encontrado (en este caso, un manuscrito olvidado), podía hacernos
pensar que Miguel Barrero va a incurrir en el género de la autoficción,
popularizado por Javier Cercas y tan mal entendido por Almodóvar en su Amarga
navidad, pero el autor tiene la delicadeza de ocupar pocas veces el primer
plano. El libro, según nos cuenta, surgió tras una estancia en Burdeos
acompañado de Sofía, pero nada más sabemos de esa estancia ni de quién es Sofía.
Y cuando nos narra su visita al lugar en que nació y vivió Montaigne lo hace en
una discreta tercera persona. aludiéndose a sí mismo como “el viajero”.
La referencia a Montaigne no solo
tiene que ver con el asunto de la calavera, también es una manera de indicarnos
el género al que se adscribe el texto, el libérrimo ensayo, que no excluye la
erudición, sino a menudo todo lo contrario (pensemos en las citas en latín del
propio Montaigne), pero que la pone al servicio de otra cosa muy distinta.
En La cabeza de Goya, la
desaparecida calavera del pintor da a veces la impresión de funcionar como un
McGuffin, un poco a la manera del halcón maltés en la novela de Dashiell Hammett
y en la película de John Huston. Es solo un pretexto para hablarnos de otros asuntos
y de otras vidas que no son la de Goya.
Pero a Goya se le retrata de
minuciosa manera en sus años de exiliado voluntario en Burdeos, acompañado de
otros españoles que, o bien habían servido al rey José o estaban relacionados
con el trienio liberal. Entre ellos, Moratín, cuya correspondencia con Juan
Antonio Melón nos ofrece precisos apuntes de cómo transcurrían los días, no
demasiado tranquilos, del anciano Goya en la ciudad francesa.
Pero hay otras muchas otras vidas
que se van entrecruzando, de manera real o figurada, con la del protagonista.
La primera es la de Joaquín Pereyra, el cónsul español en Burdeos, que,
paseando por La Charteuse, descubrió casualmente el olvidado lugar en que
estaba enterrado el pintor. Aparece en el capítulo inicial del libro, el de más
empaque literario.
También aparece en estas páginas un
pintor, Dionisio Fierros, nacido en Ballota, muy cerca de Cudillero, en 1827.
Miguel Barrero considera que su arte, muy apreciado en su tiempo, carece hoy de
interés, pero varios de sus cuadros, como “Un palco en el Teatro de la Ópera”,
que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Asturias, conservan intacta su
capacidad de fascinación. Otra obra de Dionisio Fierros le lleva a formar parte
de esa historia. Fue descubierta en 1928 y en su parte posterior aparece la
inscripción “Cráneo de Goya pintado por Fierros”.
Un nieto del pintor, Dionisio
Gamallo Fierros, que fue quien rescató buena parte de las páginas olvidadas de
Bécquer y sacó a la luz muchos de sus secretos biográficos, publicó en El
Español, el semanario fundado por Juan Aparicio, un artículo titulado
“¿Robó mi abuelo la calavera de Goya?”. Nos quedamos con ganas de saber más de
Gamallo Fierros, a quien Dámaso Alonso, retrató en el prólogo a uno de sus
libros: “Valiente Dionisio, con tu carterón tan preñado, que pesa tanto que se
te va quedando rezagado siempre, como un niño gordo que llevaras de la mano y
se te cansara de andar, dejándote atrás, casi perdido”.
Otro capítulo, que nos sabe a poco,
se dedica a la frenología y a Mariano Cubí y Soler, su máximo divulgador en
España. La desaparición del cráneo de Goya quizá tuvo que ver con esos estudios
que pretendían descubrir los rasgos del genio y de la locura en la forma de la
cabeza.
El que el segundo cuadro que Fierros
dedicó a una calavera –esta vez vista por atrás-- se encuentre depositado en el
museo de la Casa Natal de Jovellanos le sirve a Barrero para hablarnos de este
ilustrado y de los dos retratos suyos firmados por Goya, cada uno
representativo de un momento de su trayectoria vital. A Jovellanos, “según una
tradición nunca confirmada”, se le atribuye, en su lecho de muerte, la frase
con la que Miguel Barrero quiere trascender la historia de la calavera perdida:
“¡Nación sin cabeza!”
Hay algún lapsus disculpable y
fácilmente subsanable en tantos detalles precisos: el Gran Teatro de Burdeos,
que tanto le gustaba frecuentar a Moratín, no pudo inaugurarse en 1890 (fue en
1780), y a los exiliados españoles no los vigilaba la policía francesa por
antimonárquicos (pronto defenderían a la reina regente y a su hija, la futura
Isabel II), sino por liberales, por partidarios de una monarquía
constitucional.
Pero se trata de reparos menores,
muy menores, a un libro que podría ser una novela, pero que, afortunadamente,
no es una novela, ese género cuya importancia comercial, como parte de la
industria del entretenimiento, suele confundirse con su importancia cultural.
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