Luis Alberto de Cuenca
En las canciones es verano siempre
(Arte poética 1971-2005)
Edición de Pablo Núñez Díaz y
Rodrigo Olay Valdés
Reino de Cordelia. Madrid, 2026.
En una
reciente entrevista, Constantico Bértolo ha afirmado algo que sorprenderá a
muchos: “los escritores no escriben libros, sino textos; son los editores los
que hacen los libros”. No se refiere, por supuesto, al editor como empresario
que comercializa y financia el producto, sino a quien “limpia, fija y da
esplendor” a los originales para que lleguen de la mejor manera a los lectores.
Esta afirmación, también verdad
cuando se trata de obras unitarias de escritores actuales, como novelas o
libros de poemas, pero menos evidente, resulta incuestionable en el caso de los
clásicos o de las antologías y misceláneas.
Los editores de En las canciones
es verano siempre, recopilación de escritos, de muy variada índole, en los
que Luis Alberto de Cuenca habla de poesía y de su relación con los libros,
Pablo Núñez Díaz y Rodrigo Olay Valdés, han realizado un trabajo modélico, como
expertos investigadores que tienen además sensibilidad literaria, algo menos
frecuente de lo que cabría esperar en quienes se ocupan de literatura en los
departamentos universitarios.
El de editor, como el de corrector,
es un trabajo que tiende a ser invisible, tanto mejor cuanto menos se nota.
Pablo Núñez y Rodrigo Olay quitan los andamios una vez terminada la obra:
renuncian a darnos cuenta de los posibles cambios en el texto antes de la
versión final (eso que algunos llaman “edición crítica” y consideran la cima
del trabajo filológico) y llevan todas las precisas informaciones
bibliográficas al epílogo. Los versos y las prosas de Luis Alberto de Cuenca
quedan así limpios en la página, sin prescindibles pegotes eruditos. Al
prólogo, también ejemplar en su brevedad y precisión, solo habría que ponerle
mínimos reparos.
Aunque se distingue entre las dos etapas de la
obra poética de Luis Alberto de Cuenca, la farragosamente erudita de los
comienzos y la “línea clara” iniciada en los ochenta, se señala que “hace
tiempo que la crítica insiste en la unidad de fondo de ambos momentos”. No se
nos aclara qué crítica es esa, puesto que no hay tal unidad, aparte de tratarse
del mismo autor, sino nítido contraste: los primeros poemas, y las primeras
poéticas, son solo una curiosidad de época (también “De y por Manuel Machado”,
que se incluye y comenta en este volumen); es la segunda etapa la que convierte
a Luis Alberto de Cuenca en uno de los poetas más influyentes de la poesía
española contemporánea.
El otro reparo tiene que ver con el final
del prólogo: “Una lección se desprende, como colofón, del pensamiento poético
de Luis Alberto de Cuenca, su personal y, sin embargo, muy transferible De
consolatione Philosophiae (léase el poema así titulado incluido en Ala
de cisne): “En las canciones es verano siempre”. Pero el verso que se cita,
y que da título al libro, no pertenece a ese poema, como parece darse a
entender sino a otro titulado “Verano eterno”: “Mientras el cuerpo aguante, /
cantaremos canciones para olvidar el frío. / En las canciones es verano
siempre”.
Luis Alberto de Cuenca es el poeta
editado, reeditado, antologado, comentado con más profusión. Juan José Lanz y
Adrián J. Sáez encabezan la legión de jóvenes y veteranos investigadores que se
ocupan de su obra, asediada y escudriñada desde todos los ángulos, e incluso
cuenta con una editorial, Reino de Cordelia, especializada en publicarle todo
de todas las maneras. Se corre el riesgo de la saturación. Si menos es más, más
es menos, podría decirse completando el conocido dictum de Van der Rohe.
A
pesar de ello, no todo es consabido en este volumen para el lector habitual de
su obra. Sorprende, acá y allá, alguna confidencia autobiográfica. Si tardó en acercarse
a Borges –afirma--, se debe a que entonces era “progre” y seleccionaba sus
lecturas “entre los autores engagés, que es como decía Jean-Paul Sartre
que tenían que ser los escritores, y yo a Sartre le hacía caso en todo, lo que
acabó por convertir mi primera juventud en un infierno de abyecciones
totalitarias”. Su pensamiento de esos años parece caricaturizarlo en el
periodista “progre y propenso a la verborrea” que aparece en “Carta de un amigo
de Sevilla”.
Luis
Alberto de Cuenca no es un teórico de la literatura, sino un filólogo a la
antigua usanza, que se dedica sobre todo a la fijación de los textos. Tampoco
su crítica va más allá del fervoroso encomio. Uno de los capítulos más
interesantes del libro es el titulado “La forja de un lector”, donde da cuenta
de sus primeros entusiasmos, que ya alternaban los tebeos --a los que ha
seguido siendo fiel-- con las obras completas de Shakespeare en la edición de
Aguilar, que fue en sus comienzos su editorial preferida. También desde el
principio la pasión por la literatura se acompañó amor al libro como objeto:
“Nunca he sentido cariño, sino repulsión, hacia un libro zarandeado por
usuarios negligentes, aunque estos tengan nombres ilustres y salgan reseñados
en las enciclopedias”. Afortunadamente su afán coleccionista y conservacionista,
no le lleva al extremo de ciertos bibliófilos que no leen sus libros por no
estropearlos.
Alude
Luis Alberto de Cuenca a un “manual de buenas maneras” que estudió en ingreso
de bachillerato y que se titulaba El muchacho bien educado. Mucho de
“muchacho bien educado” ha conservado Luis Alberto de Cuenca en su prosa y en
su comportamiento personal. También en sus versos, pero menos. Por eso puede
terminar un poema de amor en el que revolotea el cuervo de Poe con este verso:
“Sé mi zorra, que yo seré tu cuervo”. Frase que, en el comentario, le parece
“desafortunada por todos los conceptos”. El tono “chulesco e irrespetuoso” que
reprocha al cuervo de “El pájaro negro” también asoma alguna vez en sus versos,
tan formales con frecuencia, y eso los salva, junto a la proclividad a
freudianas pesadillas y fantasías fetichistas, del academicismo y de la línea en
ocasiones demasiado clara.

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