jueves, 24 de junio de 2010

Miguel Herráez: Contar la vida

Miguel Herráez,
Sobre ellos,
Institució Alfons el Magnànim, Valencia, 2010.



“No me cuente usted su vida” se convirtió en una frase proverbial cuando, tras la guerra civil, cada superviviente llevaba consigo una novela heroica o victimista que endilgarle a cualquier interlocutor propicio. En los últimos años, contar la propia vida se ha convertido en la ocupación principal de buena parte de los escritores: nunca se habían publicado tantas autobiografías, tantos diarios, tanta literatura del yo.
Más de un lector, tras curiosear en la mesa de novedades, tendrá la tentación de rescatar la vieja frase: “No me cuente usted su vida”. Pero el problema no está en lo que se cuente, sino en el arte con que se cuenta. Se puede aburrir con las batallas napoleónicas y fascinar con el relato de un paseo por una vieja ciudad castellana.
La literatura autobiográfica a menudo es solo a medias literatura y gracias a ello envejece menos que la literatura, sobre todo si no es gran literatura. Le pasa lo mismo que a la fotografía que, cuantas menos pretensiones artísticas tiene, más atractivo gana con el paso del tiempo.
Miguel Herráez titula Sobre ellos un libro en el que él resulta protagonista. La estructura externa –que se quiere innovadora y distinta, según leemos en la contraportada— es lo más prescindible, de una ingenuidad casi infantil. El volumen consta de 27 capítulos encabezados por cada una de las letras. Muchos escritores han recurrido al orden alfabético, a elaborar un peculiar diccionario, para ordenar sus elucubraciones. Bernardo Atxaga, durante un tiempo, reiteró hasta la saciedad el procedimiento para hablar de cualquier tema. Pero Miguel Herráez se limita a copiar la definición del diccionario (“Primera letra del alfabeto español y primera de sus vocales”, “Segunda letra del alfabeto español…”) para luego ponerse a hablar de cualquier cosa.
¿De cualquier cosa? Nos traza el autorretrato de un profesor universitario, especialista en Julio Cortázar, que es invitado por las más prestigiosas universidades, que vive en Valencia y marcha siempre que puede a París. Las minuciosas anotaciones de un diario sin fechas (pero que la fecha final nos lo sitúa poco después de que el autor cumpla cincuenta años), se entremezclan con las evocaciones memorialísticas, referidas especialmente a la época juvenil, la de su iniciación literaria. A veces el tono se hace ensayístico, como cuando se nos reseñan dos novedades recientes sobre Julio Cortázar o se vuelve una y otra vez sobre la literatura del “boom” (para utilizar la terminología de la época) y se subraya la novedad que supuso la irrupción de Vargas Llosa o García Márquez en el cansino panorama de la novela realista española.
Los modelos de Miguel Herráez en este libro misceláneo, que se ilustra con fotografías, están claros: el Sebald de Los anillos de Saturno, el Javier Marías de Negra espalda del tiempo. La insistencia en el azar y en las inverosímiles casualidades remite a Paul Auster.
Las historias vistas, o entrevistas, las historias leídas y hábilmente resumidas nos interesan más que los encuentros del profesor Miguel Herráez con sus alumnos (subraya su desinterés, como es habitual) o el énfasis que pone en hablarnos de sus varias intervenciones académicas o en glosar su currículum. Por detrás del aparente desorden del volumen (caprichosamente enmascarado por el orden alfabético), hay una cuidadosa estructura musical, de tema con variaciones, de acordes y resonancias. Un relato ajeno, “Transition”, de Blackwood, le sirve para formular la intuición central del libro, que podría formularse con un título cernudiano: “vivir sin estar viviendo”. El resumen que nos ofrece Miguel Herráez tiene valor por sí mismo y podría pasar a cualquier antología del relato breve.
John Mudbury regresa del trabajo por el centro de Londres, carga con regalos (es casi Navidad) para su esposa e hijos, camina feliz, abstraído en sus pensamientos, avanza por Piccadilly Circus entre la gente para tomar el autobús que le lleve a casa, pone un pie en la calzada y logra evitar por muy poco que un taxi le atropelle. Pronto se recupera del susto. La vida le sonríe (es casi Navidad). Decide regresar caminando, atraviesa por Glasshouse y enlaza hacia Regent Street, luego por Clifford y New Bond, de repente ya ha arribado al norte de Hyde Park, y no tarda en encontrarse frente a la verja de su vivienda. Alguien le saluda, alguien que le resulta familiar, pero que no acaba de reconocer. La casa parece estar llena de gente. ¿Se trata de una fiesta? John Mudbury ve a través de la ventana a su esposa y a sus hijos apesadumbrados. No comprende, trae regalos, es casi Navidad, ¿qué pasa? En ese momento consigue recordar quién le ha saludado, quien le ha dicho por favor, señor Mudbury, pase por aquí, extendiendo su mano hacia la puerta de la casa. Es James Epiphany, muerto hace años. Entonces John Mudbury comprende la verdad. Le ha atropellado el taxi. Él es solo un fantasma.
Quizá el título de este libro desigual y desolado, lleno de detalles exactos y de inteligentes lecturas, al que quizá le falte una pizca de autoría, alude a los fantasmas que nos rodean y que esperan pacientes a que nos convirtamos en uno de ellos. O quizá ya nos hemos convertido y aún no nos damos cuenta.

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