jueves, 28 de octubre de 2010

Berta Piñán: Historias de familia


Berta Piñán
La mancadura (El daño)
Trea, Gijón, 2010
Edición bilingüe


En la poesía norteamericana y canadiense, y en especial en la poesía escrita por mujeres (Margaret Randall, Adrienne Rich, Anne Sexton), aprendió Berta Piñán, según nos dice en la nota final a su último libro, “que la biografía más común puede convertirse en materia poética”.
La biografía más común: sus poemas nos hablan de abuelos que estuvieron en la guerra, de padres emigrantes, de viejos rencores y reconciliaciones, de recuerdos de infancia, de amores y desamores. Y lo hace con una palabra clara, en el lenguaje de la conversación, pero sin desdeñar, de vez en cuando, la imagen deslumbrante, el toque memorable.
No tiene inconveniente en homenajear expresamente a sus maestros: “A la manera de Zsymborska” se titula un poema; “Variaciones en un poema de Eugénio de Andrade”, otro. De Wislawa Szymborska aprendió a expresar la metafísica de lo cotidiano, a decir las cosas más trascendentales en voz baja y con el mismo tono educado que si hablara del tiempo; de Eugénio de Andrade, el despojamiento, el arte de la elipsis, el convertir el poema en un puñado de imágenes verdaderas.
Cada manera de entender la poesía tiene sus riesgos, y los de Berta Piñán son evidentes: la falacia patética, la banalidad sentimental (incluso cierta incursión en el costumbrismo). Acierta a evitarlos casi siempre, aunque a veces los bordea peligrosamente. No es un acierto comenzar el libro con “Idiomes”, un poema sobre la emigración que no acaba de convencer en su simplista oposición entre padres que hablan en asturiano e hijos que hablan en alemán. El final de “Saqueo” carece de fuerza, especialmente en la versión castellana: “Arrampleste con too: / inclusive aquello que nunca / fuéramos tener” (Te lo has llevado todo: / incluso lo que nunca / hubiésemos tenido).
Pero son excepciones en un libro en el que abundan los poemas a los que volveremos una y otra vez, que se nos quedan para siempre en la memoria. El primero de ellos, “Nel balcón”, un poema que parece hecho de nada: en el balcón de enfrente una mujer, ya no joven, mordisquea una manzana, saborea el instante, aplaza el momento de adentrarse para siempre en la oscuridad. No menos memorable resulta “Aire de familia”, una versión personal de “Contra Gil de Biedma”, un homenaje también a tantos poemas de Francisco Brines en los que el poeta adulto se enfrenta al niño o al joven que fue.
De entre los muchos poemas de amor que hay en el libro, yo destacaría “Llámame”: “Llámame, anque seya tarde / y faiga fríu, / anque los brotos del xardín yá podrecieren / y el ríu medrara na to ausencia, / como miedren les hores / na cama d’un enfermu” (Llámame, aunque ya sea tarde / y haga frío, / aunque los brotes del jardín se hayan secado / y el río haya crecido en tu ausencia / como crecen las horas / en la cama de un enfermo). Y también “1956. Cantar d’aniversariu”, aparentemente solo un recuento de los sucesos de un año, aquel en que nació la persona amada.
El riesgo de la falacia patética está a un paso, ya lo dije, el confundir la emoción de lo que se nos cuenta con la emoción del poema. Por eso destaca especialmente “Pequeña Esha”, que al principio parece solo una postal turística: “En Katmandú, a estes hores, / les solombres tomen, a modo, / les cayes y les places, / los puestos del mercáu, / y hai como una galbana azul de páxaros / en ciulu” (En Katmandú, a estas horas, / las sombras inundan poco a poco, / las calles y las plazas, / los puestos del mercado, / y hay como una pereza azul de pájaros / rondando por el cielo”. Ningún desbordamiento sentimental (todo lo contrario: una aparente frialdad) en unos versos que hablan de una madre que aguarda la entrega de su hija adoptiva (cada una en un extremo del mundo).
En “Genealogía” se refiere la autora, que tantos versos ha dedicado a contar historias de familia, a su genealogía literaria, a las escritoras que la han ayudado a ser lo que es. Casi todas son poetas de ahora, mujeres del siglo XX. Hay una excepción al comienzo: “La rosa que cortó George Sand, / el so arume furtivu / nesta tarde tovía de seronda” (La rosa que cortó George Sand / su perfume furtivo / en esta tarde última de otoño). De George Sand, más que su literatura, se admira su ejemplo personal: no se resignó al papel que en su tiempo se asignaba a las mujeres.
La mancadura (El daño) no es un libro que resulte explícitamente reivindicativo. Pero es un libro que no podría haberse escrito hace unas décadas (aun suponiéndole a la autora idénticas experiencias). Detrás de estos versos de tanta naturalidad, tan aparentemente directos, se encuentra el esfuerzo de docenas de poetas, estudiosas y activistas por eliminar la costra de siglos de prejuicios sobre el hombre y contra la mujer. Hicieron falta muchas reivindicaciones para que, en poesía al menos, ya no sea necesario reivindicar nada.
La poesía de Berta Piñán, como ocurre siempre con la gran poesía, nos habla a todos y habla de todos, hombres y mujeres, pero lo hace con un matiz, con una emoción inédita o poco frecuente en la tradición literaria. Y eso le añade un valor y un sabor distintos.

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