jueves, 9 de diciembre de 2010

Agustín de Foxá: Pirotecnia, fascismo y magia


Agustín de Foxá
Nostalgia, intimidad y aristocracia
Fundación Banco Santander, Madrid, 2010
Introducción y selección de Jordi Amat



Alrededor de la obra de Agustín de Foxá corren algunas leyendas. La principal, que sus ideas políticas le han condenado al olvido y a la marginación. Pero Foxá, que conoció el éxito en vida y luego el habitual período de purgatorio, siempre ha contado con defensores y los más apasionados no han solido encontrarse entre sus compañeros de ideología. Cierto que nunca nadie le ha colocado a la altura de Valle-Inclán o de Lorca, pero es que él no era Valle-Inclán ni Lorca, sin que eso suponga restarle mérito alguno.
La fama le llegó cuando puso toda la pirotecnia fastuosa de su estilo al servicio de la causa franquista, con la que tras la victoria mantendría ciertas distancias. Fue todo un personaje: las anécdotas que se cuentan de él, ciertas o apócrifas, llenarían un volumen. No falta quien piense que, como Oscar Wilde, puso el talento en su obra y el genio en su vida.
Madrid de corte a checa, su título más famoso, no es una gran novela, aunque sí una buena novela, espléndida en la primera parte, lastrada por el maniqueísmo cuando se convierte en un arma más de los sublevados contra la República.
Sus poemas, siempre de espléndida retórica neomodernista, a veces dan la sensación de haber nacido viejos, pero nunca pierden su encanto, especialmente cuando se llenan de enfermiza nostalgia por un tiempo pasado que quizá no ha existido nunca.
A mediados de los años cuarenta –cuando el escritor está a punto de cumplir cuarenta años— de los varios Foxá que había en Foxá solo parece quedar vivo el articulista. “Si algo he hecho literariamente, creo que ha consistido en llevar la poesía al periodismo”, declaró alguna vez. Y no hay artículo suyo, por mucho que discrepemos de las ideas que manifiesta, que no nos admire, que no sea una pequeña obra maestra.
El conservador Foxá, el defensor de los valores tradicionales, fue un personaje que nada tenía de convencional. Su amigo Curzio Malaparte lo reflejó de magistral manera en Kaputt: ahí le vemos gozoso, hedonista, ingenioso y maledicente, tan a gusto en medio de la Rusia arrasada por los nazis como si estuviera en una fiesta mundana. “Desayunamos en el antiguo Centro Judío –nos dice en uno de sus artículos—. Y aún queda algo de la tristeza errante de Israel por estas salas desnudas”. No podía ignorar Foxá, que había escrito bellas páginas sobre los sefarditas, donde estaban en aquel momento los judíos que antes poblaban aquellas salas, pero eso no le impedía beber y reír con quienes los estaban exterminando.
En los últimos años de su vida –como escribe Marino Gómez Santos— “la tristeza romántica se había tornado en amargura, tomaba una actitud radical debido a la vida sentimental que no le fue propicia y se desahogaba escribiendo poesía satírica, anónima, como un libelista quevedesco”.
Algo –bastante— de escritor frustrado hay en Foxá. “¿Qué ha quedado de su curiosidad selectiva para lo abultado, abigarrado, terrible, inefable o grotesco en su obra literaria?”, se preguntaba Dionisio Ridruejo, que lo trató casi cotidianamente en los días de la guerra. Y se responde: “Yo diría que poco: algún trasunto casi venal, más efectista que revelador. Lo más de todo aquello quedó en el cuaderno secreto y en las conversaciones de sobremesa. Quedó en anotación bruta o en anécdota impresionante”.
Jordi Amat, con muy buen criterio, ha decidido en Nostalgia, intimidad y aristocracia seleccionar parte de la obra menos conocida de Foxá. Comienza con una artificiosa, seductora maravilla, Cui-Ping-Sing, teatro en verso que se lee como una antología de la poesía clásica china. Qué extraño debió resultar, en la España en guerra, escuchar sobre el escenario a personajes que se expresan de la siguiente manera: “Al ojo de las garzas / sube la niebla espesa del otoño. / Escucha / qué desgarrado el grito / de los faisanes / entre hojas amarillas y el vaho de los corzos. / La luz anaranjada / sobre las verdes tejas de las torres. / ¡Qué cansado el crepúsculo / del mes del viento y del dragón! / Cómo envejece el alma… / Estoy triste, Hoang-Ti, como el otoño”.
Tras ese regalo para nostálgicos, viene una sección que Jordi Amat titula “Papeles personales” y que constituirá una sorpresa para muchos lectores. Entremezcla en ella –con discutible criterio— cartas familiares y apuntes de diario. A veces da la impresión de que Jordi Amat –siguiendo quizá el ejemplo de Jordi Gracia, en esta misma colección, a propósito de Ridruejo— pretende crear un libro propio barajando los escritos de Foxá: en el capítulo “Muerte de Alfonso XIII en Roma (1941)” (el título, como todos, aunque no se indique, es de Amat) a continuación de varias cartas se añaden, sin clara separación, unas notas de diario. Más respetuoso, y de mayor interés para los lectores, habría sido publicar los diarios completos, que a ratos parecen meras anotaciones de agenda, pero que contienen miniaturas prodigiosas, algunos de los momentos más secretamente felices de la prosa de Foxá.
Las cartas a los padres y hermanos tienen poco que ver con las habituales cartas familiares; algunas de ellas parecen incluso el borrador de futuros artículos, pero a veces el borrador, en su inmediatez, le gana en eficacia al más repeinado artículo.
La breve sección de “Otras prosas”, que concluye el volumen, se justifica por la inclusión de “Viaje al frente del Ladoga”, que Foxá no quiso rescatar cuando reunió sus artículos en Un mundo sin melodía (1949). La razón parece clara: por esa fecha ya se había publicado en español el libro de Curzio Malaparte en el que Foxá aparecía diciendo cosas no demasiado agradables sobre la España franquista (la versión española había eliminado bastantes de esas inconveniencias). A Foxá no le convenía publicar unos artículos que recordaban que aquel libro, que se vendía como novela, era sobre todo un gran reportaje y que lo que de él contaban sus páginas tenía poco de ficción. “Me he ido a pasar la Pascua con Curzio Malaparte al frente de Leningrado”, comienzan unos artículos que sorprenden por su precisión esteticista: para Foxá la guerra, antes que nada, parecía ser un fascinante espectáculo.
El prólogo de Jordi Amat –bien documentado, con datos inéditos— añade valor a un volumen que reúne piezas dispersas de un escritor genial y amoral, que si a ratos nos indigna, siempre nos fascina.

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