jueves, 10 de octubre de 2013

Luis de Tapia, humor y poesía cada día.



Poemas periodísticos

Luis de Tapia
Edición de Álvaro Ceballos Viro
Renacimiento. Sevilla, 2013.

La dilatada popularidad que proporciona el periodismo suele venir seguida de un duradero olvido. Luis de Tapia –nacido en Madrid en 1871, coetáneo de Azorín o Baroja– fue el poeta más popular de su tiempo, sus poemas eran esperados con impaciencia cada día por infinidad de lectores, no en vano aparecían en la primera plana de los periódicos más importantes.
            ¿El poeta? No todos estarían de acuerdo en concederle esa categoría. Muchos le rebajaban a coplero –él mismo se consideraba así– y “coplas del día” era el título más generalizado de sus composiciones. Luis de Tapia ponía un contrapunto satírico y burlesco a la actualidad (algo semejante quiso hacer Joaquín Sabina con sus colaboraciones semanales en el desaparecido diario Público).
Comenzó, a finales de siglo, en las revistas que combatían el tinglado de la restauración y siempre fue fiel al ideario republicano y regeneracionista. Uno de sus poemas más famosos, pero es fama hace tiempo desvanecida, lo leyó ante una multitud el 14 de abril y se publicó en el diario La Libertad a la mañana siguiente. Se titula “Se fue” y sorprendió por su final casi compasivo: “¡Se fue!... ¡Sobra toda saña! / ¡Ya es triste cruzar España / cuando es flor todo el país! / ¡Cuando en fecundos olores / florecen todas las flores / menos las flores de lis!”
             Suya es también la letra de una de los himnos más célebres de la guerra civil: “Las Compañías de Acero / cantando a la muerte van! / ¡Su temple es duro y es fiero: / tienen el aire guerrero / y valiente el ademán! / ¡Las Compañías de Acero / son de acero / y triunfarán!”
            Luis de Tapia tuvo la suerte –es un decir– de no ver lo equivocado de su profecía: murió el 11 de abril de 1937, en un sanatorio cercano a Valencia.
            Nada envejece tanto como el humor ligado a la actualidad. Muchos de los poemas de Luis de Tapia resultan hoy ininteligibles sin abundantes notas y han perdido casi por entero su gracia. Muchos, pero no todos.
            Álvaro Ceballos Viro, tras minuciosa investigación en las hemerotecas, rescata en Poemas periodísticos cerca de un centenar –97 exactamente– que abarcan desde sus primeras colaboraciones en la revista El Gato Negro, de 1899, hasta uno de sus últimos textos, de octubre de 1936, poco antes de la enfermedad final, en el que pide silencio porque “hoy el soldado / más útil es / que los poetas”.
            Las precisas notas del editor, muy bien documentadas, se colocan al final del volumen, algo muy recomendable habitualmente (y yo siempre he insistido en ello), pero no en este caso. En un “poema periodístico” la fecha no es algo secundario, sino que, por así decirlo, forma parte del texto, lo mismo que en cualquier recorte de un periódico. A pie de página debería aparecer, por lo tanto, siempre la fecha y, junto a ella, la noticia o noticias que se glosan en los versos. Otras indicaciones complementarias quedarían para el final.
            ¿Tienen algo más que valor histórico los poemas de Luis de Tapia? Su valor histórico es tan grande que solo él justificaría el libro. Leer este volumen es hacer un recorrido por la historia del primer tercio del siglo XX, por los momentos que han pasado a los manuales, y también por otros que han quedado olvidados en las hemerotecas, pero que nos dan como ningún otro el aire del tiempo.
Un poema glosa el decreto de 1920 que hacía obligatoria la lectura y comentario de un fragmento del Quijote en todas las escuelas españolas; Luis de Tapia prefiere recomendar “Otras lecturas”: “Yo, en vez del Quijote, daría a los chicos, / para que leyeran por obligación, / la lista completa de navieros ricos / que ante los tributos cierran el cajón”. A un miembro de la Acción Ciudadana –organización armada de jóvenes voluntarios, ligada al maurismo, creada para mantener el orden social por medio de la “acción contrarrevolucionaria– le hace cantar de esta manera: “Si estalla la huelga impía, / soy conductor de tranvía, / soy gratuito policía, / y si en la Inclusa algún día / hay paro de leche fría, / suplo a las amas de cría… / ¡Viva la ciudadanía!”
Los raros momentos en que Luis Tapia abandona su aire de coplero nos lo muestran como un poeta muy en la línea de Enrique Díez-Canedo y otros posmodernistas, como en el soneto “Alrededores de la corte”: “Afueras de esta corte poco grata, / tierras de polvo, estériles y secas…”
            El primer Tapia es regeneracionista (“¿Qué esperas, oh Fabio, / de un pueblo que tiene / más vicios que arenas, / más trampa que leyes, / sin sangre, ni nervios, / ni cuerpo, ni mente, / ni media peseta, / ni escuelas, ni jueces?”) y ese ideal no le abandonó nunca, aunque a veces parezca dejarse llevar por el simple jugueteo con las rimas. Como tantos otros republicanos, estéticamente fue más bien conservador. Se burló primero de las delicuescencias modernistas y más tarde de los descoyuntamientos sintácticos de la vanguardia. Era heredero de los poetas del Madrid Cómico y de los letristas del género chico, pero casi nunca quiso limitarse a hacer gracia. De parecerse a algún sainetero es con Arniches, otro madrileño, con quien tiene más puntos en común.
            De su primer humorismo campoamoriano puede dar fe una quintilla anticlerical publicada en El Motín en 1904 y que durante años muchos se supieron de memoria. Se titula “El cura y yo” y dice así: “Haga profesión de fe. / Pronto estoy, padre Isidoro. / ¿Quién hizo el mundo?  No sé. / ¿Tenemos alma?  Lo ignoro. / ¿Hay Dios?  Lo preguntaré”.  
            Ciertamente no nos encontramos ante un juanramoniano poeta puro ni Luis de Tapia pretendió jugar nunca en la misma liga que Antonio Machado o Miguel de Unamuno, pero sin esta poesía menor y circunstancial el panorama literario de una época mayor, la llamada Edad de Plata, queda empobrecido. Y al lector curioso, entre la ripiosa eutrapelia, le espera más de una emocionante sorpresa. 

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