sábado, 10 de junio de 2017

Alejandro Duque Amusco, poemas memorables


Jardín seco
Alejandro Duque Amusco
Sevilla. Renacimiento, 2017.

Han pasado más de cuarenta años desde que Alejandro Duque Amusco publicó su primer libro, Esencias de los días, y a pesar de su continua dedicación poética, y de haber obtenido algún llamativo galardón, como el Loewe, sigue siendo más conocido y apreciado como editor y estudioso de Vicente Aleixandre, de quien es el máximo especialista.
            Lo poético a menudo es enemigo de la poesía y a Alejandro Duque Amusco, siempre educado, melancólico y preciosista, parece gustarle demasiado lo convencionalmente poético. Incapaz de escribir un mal poema, parecía que también le estaba negada esa intensidad que caracteriza a los versos que son más un puñetazo que una caricia y que se nos quedan para siempre en la memoria.
            Pero su último libro, Jardín seco, contiene tres de esos poemas. Comenzamos a leerlo con el agrado y el no excesivo entusiasmo de costumbre. La memoria de la infancia y diversas estampas paisajísticas –el valle del Jerte, los campos de Lituania– ocupan la primera parte. El demorado versículo (“Nadie. Te has quedado sin el palio frondoso de los árboles que estremecían el aire con sus claros anillos”) contrasta con los haikus de “Hojas del verano”: “Siempre es la nube / que nos tapa el sol / la que pasa más lenta”.
            Los mejores poemas de la segunda parte –“En el viaje”, “El cofre”– utilizan un procedimiento, más grato a Bousoño o Brines que a Aleixandre, que consiste en utilizar elementos de la cotidianidad y darles trascendencia metafísica. “Heinrich Schliemann” es un ejemplo del monólogo dramático que Cernuda introdujo en la poesía española y que con tanta insistencia cultivó la generación novísima, a la que cronológicamente Duque Amusco pertenece.
            La tercera parte reúne los poemas de amor (aunque uno de los mejores, “Extraño pájaro”, se dedica a la amistad). Los hay de poco frecuente intensidad, pero también otros de lenguaje en exceso consabido. “La noche no cumplida del amor se desangra. / Cómo desvanecen los tornasoles del recuerdo” comienza “Violoncelos”, donde no falta una voz, “una voz de seda y fiebre”, que murmura al oído “¿Cuánto has amado?”
            Los tres poemas que hacen cambiar nuestra opinión sobre Alejandro Duque Amusco, que lo colocan entre los poetas imprescindibles de este tiempo y de cualquier tiempo, están en la sección final.
            Hay otros notables, como la sextina –esa artificiosa composición estrófica que puso de moda Jaime Gil de Biedma– dedicada a un dolmen. La primera estrofa dice así: “Eran como nosotros esos hombres, / iguales en temor ante la tumba / y ante el silencio en que se oculta dios. / Cada noche miraban las estrellas / y erigían sus ídolos de piedra / para encontrar una respuesta al tiempo”. Y la última (las palabras finales, que se reiteran a lo largo del poema, reunidas en tres versos): “Otros hombres vendrán hasta esta tumba / a interrogar a dios y a las estrellas. / La piedra es la respuesta que da el tiempo”.
            Notables ejercicios retóricos son también los sonetos “Autorretrato para después” (aunque la disposición en dísticos no facilita la lectura) y “Siempre”, en verso alejandrino, que cierra el libro glosando una de las rubaiyat de Omar Jayyam.
            Los tres poemas especialmente memorables son otras tantas elegías. Al padre se dedica la primera de ellas, “Regreso”. No es un tema fácil, demasiado proclive al sentimentalismo e incluso al ajuste de cuentas. Duque Amusco consigue unos versos nada manriqueños, pero que no desmerecerían en ninguna antología junto a las coplas –o el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías– y que quizá no habría desdeñado firmar Manrique.
            “Aurora” es la elegía a una vida no vivida, a una niña muerta antes de nacer. La falacia patética está a un paso, como en el poema anterior, como en el que cierra esta estremecedora trilogía, “Resurrección”: “Desde que has muerto te has hecho más mía cada día / en el fino telar de la memoria”. Tres poemas arriesgados, tres temas en los que es fácil, casi inevitable, incurrir en el sentimentalismo.
            Teníamos la opinión de que Alejandro Duque Amusco era un poeta correcto, elegante y quizá un tanto prescindible, un buen discípulo de no siempre los mejores maestros. Jardín seco, que a ratos parece confirmar esa opinión, nos la hace cambiar por completo.
            Un poema le bastó a Jorge Manrique para hacerse un sitio de honor en la poesía española; Alejandro Duque Amusco ha escrito al menos tres memorables. No es parca cosecha.

7 comentarios:

  1. ¿Para cuándo una "Antología de la poesía homosexual española" hecha por usted?

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  2. ¿Por qué, en el título de la reseña -excelente-, "Alejandro Amusco", en lugar de "A. DUQUE Amusco", como se le llama siempre en el texto y como él firma sus libros?

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  3. Un lapsus mío, es que así firmaba sus primeros libros. Luego adoptó su nombre completo.

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  4. Hilan e hilan las parcas,
    te recuerdan tu destino:
    "déjanos que te tejamos
    para el viaje un abrigo..."

    (María Taibo)

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    1. Qui licentia Parcarum ab inferis redierunt.

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  5. Querido Martín:

    Muchas gracias por publicar mis primerizos poemas en tus blogs. Ahora me da un poco de vergüenza, porque siento que me he aprovechado de tu generosidad. A partir de ahora, solo haré comentarios relacionados con las entradas.

    Un abrazo,

    María Taibo

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    1. Pensándolo mejor... Si estuvieras harto de mis intervenciones ya las habrías vetado (ya lo hiciste con un microcuento). Pues te mando este “aire dickinsoniano”:

      UNO Y TRINO

      La Iglesia sabia conoce
      la natura social del hombre,
      por eso a Dios nos lo explica
      Trino para nuestro goce;
      y ángeles y santos
      de compañía.

      (M.T.)

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