sábado, 11 de noviembre de 2017

Espronceda periodista


Poesía y política
José de Espronceda
Saltadera. Oviedo, 2017.

La poesía y la política fueron de la mano en Espronceda desde la adolescencia. A la vez que escribe sus primeros versos, funda una sociedad secreta, los “Numantinos”, para vengar la muerte de Riego. En el monasterio de Guadalajara, a donde fue desterrado, redacta las octavas reales de su poema épico El Pelayo, todavía dentro de la estética neoclásica que había aprendido de su maestro Alberto Lista. El exilio en Inglaterra y Francia le pone en contacto con las nuevas ideas románticas. En 1830 participa en un intento de derribar por la fuerza a Fernando VII; en 1842, el año de su muerte, es diputado conservador, en la órbita de González Bravo, otro antiguo radical que, tras convertirse en el más firme sostenedor de Isabel II, acabaría pasándose al carlismo.
            La obra periodística de Espronceda abarca artículos literarios, muchos de ellos bien conocidos, y otros de índole política que solo se han reeditado en sus obras completas. A unos y a otros los reúne por primera vez en una edición exenta el volumen Poesía y política, al cuidado de Martín López-Vega.
            El interés del libro para el lector común no queda reducido por algunos descuidos de la edición. No se indica la procedencia de los textos, tampoco su fecha ni el lugar en que se publicaron inicialmente (algo imprescindible cuando se trata de textos periodísticos ligados a las circunstancias del momento), y en más de un caso se les cambia el título sin indicarlo (el neutro “Crónica de teatros” se convierte en el más expresivo “Beleño, adormidera y opio”). Tampoco se indica por qué se prescinde de “Poesía y prosa” o de “Política y filosofía”, publicados anónimamente en El Español en 1836 y recogidos en la más reciente edición de sus obras completas (la publicada por Cátedra, en 2006, al cuidado de Diego Martínez Torrón).
            Entre las colaboraciones literarias de Espronceda, destacan tres. Una tiene que ver con el concepto actual de la autoficción. “De Gibraltar a Lisboa” recrea, con trazos esperpénticos, su huida a Portugal durante el reinado de Fernando VII. Aunque se subtitula “Viaje histórico”, resulta quizá excesivo incluir en las biografías de Espronceda, como un hecho documentado, su anécdota final: “En fin, llegamos a Lisboa, que yo creí que no llegábamos nunca. Hicimos cuarentena, que fue también divertida; visitonos la sanidad y nos pidieron no sé qué dinero. Yo saqué un duro, único que tenía, y me devolvieron dos pesetas, que arrojé al río Tajo, porque no quería entrar en tan gran capital con tan poco dinero”.
            “Un recuerdo” y “La pata de palo” son otros dos espléndidos relatos que podrían incluirse en cualquier antología de la literatura fantástica española.
            Los artículos de crítica teatral tienen menor interés, aunque no faltan en ellos pasajes de incisiva gracia. La sátira “El pastor Clasiquino”, contra la poesía neoclásica, sigue siendo un perfecto ejemplo de sátira literaria. De la impopularidad de la poesía, de lo desacreditada que se encuentra, de lo fuera de lugar que se halla en el prosaico tiempo que le ha tocado vivir nos habla en “Poesía y prosa”, un artículo de 1836 (el presente siempre pierde en comparación con un idealizado pasado, da igual que se trate del Romanticismo que de esta época de teléfonos móviles).
            La vocación política de Espronceda no fue menos intensa que su vocación poética. Muchos de sus artículos políticos –“Influencia del gobierno sobre la poesía”, “El gobierno y la Bolsa”– se leen con tanto gusto y provecho como cuando fueron escritos, aunque no sobrarían algunas notas que los sitúen en su contexto. Un folleto de 1836, El gobierno Mendizábal, contribuyó decisivamente a la caída del artífice de la desamortización. Espronceda, lo mismo que Larra, se desengañó pronto de las ilusiones que había puesto en los gobiernos liberales de la regencia de María Cristina.
            No sabemos si Larra, de no pegarse un tiro en 1837, habría seguido el mismo camino que Espronceda. En diciembre de 1841 obtuvo el acta de diputado por Almería. Tomó posesión en enero del año siguiente y durante los pocos meses que le quedaban de vida (moriría inesperadamente en mayo), intervino repetidas veces en los debates parlamentarios. Esos discursos suyos (que se han incorporado a sus obras completas) están llenos de moderación y buen sentido; no parecen proceder del autor de “La canción del pirata”. De haber vivido más años, Espronceda habría ocupado sin duda importantes cargos políticos en el reinado de Isabel II, como su amigo y mentor González Bravo, y quizá le recordáramos de manera bien distinta; él mismo se habría ocupado de difuminar sus rebeldías juveniles. La inesperada muerte le llegó en el momento justo y pudo evitar que su biografía de gallardo héroe romántico se desvirtuara.  

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