viernes, 2 de febrero de 2018

Roger Wolfe, mirlo y vómito


Algo más épico sin duda
Roger Wolfe
Renacimiento. Sevilla, 2017.

El valor histórico de un escritor y su interés estrictamente literario no siempre coinciden.  Roger Wolfe se inició como poeta con un libro cernudiano, simbolista, de tono menor, muy acorde con la poesía española de mediados de los ochenta, y que por eso mismo difícilmente destacaba del coro. En 1992, con Días perdidos en los transportes públicos, dio un puñetazo en la mesa, hizo temblar la fina cristalería, rompió incluso algún plato y consiguió así que todos los ojos se volvieran hacia él. Si en Diecisiete poemas hablaba –para citar el último de los textos de esa entrega inicial que se reproduce en esta antología– de “la suave inconsciencia del olvido”, “el ciego velo de la noche” o “el turbio fondo del cieno”, ahora el nuevo libro comienza de la siguiente manera: “Suena el teléfono. Manolo. Me comunica / que le han dejado un ojo como un plato”.
            Por el hueco que abrió Roger Wolfe de una patada (o de un cabezado) para airear el algo enrarecido ambiente de la poesía española, se fueron colando otros poetas, muy menores y efímeros la mayoría, pero también alguno de tanto éxito como Karmelo G. Iribarren, que limó brusquedades y añadió sentimentalismo y cotidianidad de perpetuo perdedor a la nueva fórmula.
            Algo más épico sin duda, una amplia selección realizada por el propio autor, nos permite ver lo que queda de esa poesía que escandalizó tanto en su momento (no siempre sin razón), y que tan novedosa parecía, como si no hubieran existido Carver y Bukowski y ciertos cantantes, como Lou Reed, que Wolfe cita a menudo con admiración.
            Sobra mucho –la selección no parece buscar la calidad, sino dar cuenta de todos los tonos–, pero también queda bastante. El poeta que se anunciaba en los delicados Diecisiete poemas –el título homenajea a Dylan Thomas– lo encontramos, ya maduro y esencial, en Afuera canta un mirlo o en El amor y media vuelta, pero también, disperso y como escondido, en textos de los libros anteriores. Poemas breves, secos, directos al corazón, que hablan del sinsentido del vivir o de esos instantes en que parece atisbarse la eternidad. Enumero algunos: “La poesía”,  “Epitafio”, “Cuarenta y un años”, “Deseo de ser perro”, “Las correspondencias”, “Parpadeo”.
            La antología va precedido de un extenso prólogo, lleno de pormenores autobiográficos –el autor se detiene especialmente en describirnos los lugares en que ha vivido–, de no escasos autoelogios y de algún que otro intento de justificación: “La crueldad literaria que a menudo se me atribuye no es otra cosa que un mecanismo de defensa –de ‘redención’ y ‘devolución de golpes’– a través de la escritura”. Pero para que resulte eficaz estéticamente –añade– ha de trascender “el mero exabrupto vomitivo o el energuménico berrinche aparentemente gratuito”. En su caso, más de una vez se queda en vómito y berrinche. Baste un ejemplo, el poema “El humo del infierno”, motivado por la ley de “medidas sanitarias frente al tabaquismo”, según se indica en el subtítulo. Resulta comprensible que a Roger Wolfe, fumador (raro es el poema en el que no enciende un cigarrillo), le moleste la ley que prohíbe fumar en lugares públicos para proteger la salud de los no fumadores, incluso que se desahogue en un poema (otros “intelectuales” –recordemos a Francisco Rico– lo hicieron en docenas de disparatados artículos), pero que, pasado el tiempo, decida incluir esos versos en una selección de lo mejor de su obra dice poco de su capacidad autocrítica: “España agonizaba ya, pero acabó / de morder el polvo un reciente uno de enero; / el de 2006. Una ministro, con cuyo nombre / no dejaré que esta página se manche, / flaca y seca como un pedazo de mojama, / es responsable del más grave atentado / que quinientos años de historia han conocido”. ¿El que podamos tomar algo y charlar en una cafetería sin respirar un aire lleno de humo es “el más grave atentado / que quinientos años de historia han conocido”? Un poema no tiene que ser, por supuesto, “políticamente correcto” (se entienda lo que se entienda por esa manida expresión), pero sí debe evitar decir tonterías demasiado evidentes.
            A Roger Wolfe le gustan los chistes (“Glosa a Celaya”: “La poesía / es un arma / cargada de futuro. / Y el futuro / es del Banco / de Santander”), las brutalidades escritas en el lenguaje de todos los días (“Mala hostia”) o en jerga onomatopéyica: “un mommmento / no saques el badajo todavía / y tú cachhocapullo!!! / sepárale las barras / al fiambre / y escúpele en la raja / que voy a amartillar la nikon / y abro fuego”.
            Su género favorito es el poema en prosa, según nos indica en el prólogo, “que permite fundir y confundir la reflexión, el aforismo, la nota al vuelo, el esbozo, el microrrelato, el fragmento de diario, la ensoñación, la semblanza, el retazo conversacional, la reseña, el jirón epistolar y, si me apuras hasta la lista de la compra” para convertirlo todo “en breve y densísimo multihíbrido poético que refleja mejor que ningún otro vehículo impreso el esplendor y la miseria de la condición humana”. ¿Pero qué tiene que ver una miscelánea semejante –por muy atractiva que resulte para ciertos lectores, entre los que me incluyo– con un libro de poemas en prosa? ¿Qué tienen que ver un conjunto de notas al vuelo, de reseñas, de fragmentos de cartas con los Pequeños poemas en prosa de Baudelaire o el Ocnos de Cernuda, que cita como ejemplos? Bastantes de los “poemas en forma de prosa” –así lo subtitula– que incluye en Vela en este entierro, como el titulado “Carmen Maura”, son naderías que solo se sostienen en la continuidad de un diario o de un cuaderno de notas, no aislados como “poemas en prosa”.
            Lector, si te interesa el caso Roger Wolfe, este es tu libro; el personaje, con sus luces y sus sombras, está presente en cada una de sus páginas; si te interesa solo el poeta Roger Wolfe, quizá deberías esperar a la publicación de otra antología, algo más exigente.

13 comentarios:

  1. "..para que resulte eficaz estéticamente –añade– ha de trascender “el mero exabrupto vomitivo o el energuménico berrinche aparentemente gratuito”. En su caso, más de una vez se queda en vómito y berrinche."

    Totalmente de acuerdo y me congratulo de coincidir una vez más con JLGM. Compré un libro de Wolfe en esa misma colección de Renacimiento, a la que soy adicto, (creo que "Días sin pan") y me quedé estupefacto. Alguien debería hacer una antología de las pintadas de la sacrosanta Transición (algunas, de mi autoría) No hay color. Seria comparar a Rimbaud (las pintadas) con el peor músico punt. A pesar del fino olfato de tu amigo A.L. hay cosas del mundo editorial que uno no entiende

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  2. Quise decir "punk", Estos correctores...

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    1. Roger Wolfe vende. Y los negocios son los negocios.

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  3. Poemas de hoy: Willy3 de febrero de 2018, 12:55

    Quiso ser tiburón,
    masticar a su víctima
    y escupirla.
    Eligió en libertad,
    sabiendo que luego
    Greenpeace lo protegería.

    © María Taibo

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    1. Cuán soez tu buzón,
      mas que cara la rítmica
      de tu mirra.
      Elogio de pubertad,
      sabiondo lago
      y mímica relojería.

      © Pérez Ginferrer

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  4. No sé si ahora Wolfe vende tanto como parece. Una antología suya (“El invento”) que ideamos Aurora Luque y un servidor hace años no creo que haya sido un éxito de ventas. Lo cierto es que Wolfe escribe de todo y sobre todo de una manera interesante y curiosa. No es un ave común. Y ha publicado un primer libro de memorias que vale la pena y esperamos que continúe. Saludos.

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    1. Vende quizá menos que vendió, pero es un escritor de raza, con fuerza y personalidad, que no deja indiferente a nadie.

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    2. Pues a mí, Wolfe me parece peor que Pérez Gin Ferrer. Y (casi) peor que María Taibo

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    3. En cierta parte de su obra, completamente de acuerdo. Pero no en toda.

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  5. y, ya qué lo menciona, ¿qué le parece Karmelo iribarren?

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  6. Jaja, no parece usted "de esos"

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