viernes, 8 de marzo de 2019

José Corredor-Matheos y el misterio de la realidad



El paisaje se hace en el poema. Poemas 1951-2017
José Corredor-Matheos
Edición de Jordi Doce
Fundación Ortega Muñoz. Badajoz, 2018.


José Corredor-Matheos, que nació el mismo año que José Ángel Valente y Jaime Gil de Biedma, tardó en figurar entre los nombres mayores de su generación, la del cincuenta. Sus primeras entregas, nada estridentes y de una cierta grisura, parecían destinarle a formar parte del coro. Durante un tiempo, fue más apreciado como crítico de arte y como puente entre la cultura catalana y la española que como poeta.
            La situación comienza a cambiar en 1975 con la aparición de Carta a Li Po. Desde finales de los años sesenta, no solo la poesía social más explícitamente comprometida, sino también toda la estética realista y rehumanizadora de la posguerra, incluso la que recurría a toques de distanciadora ironía, había entrado en crisis. Los poetas más jóvenes –los antologados por Castellet en Nueve novisimos y otros que no entraron en esa llamativa antología– volvían la vista al ludismo de las vanguardias, al desdeñado hermetismo, al culturalismo.
            Unos poetas callaron –fue el caso de Gil de Biedma, del hoy olvidado Eladio Cabañero–, otros se dejaron contagiar por los nuevos modos, que en algún caso, como en el de Caballero Bonald, iban más de acuerdo con su personalidad que la estética anterior, conversacional y machadiana: Descrédito del héroe le representa mejor que Pliegos de cordel.
            El nuevo camino que Corredor-Matheos emprendió iba en sentido contrario al que marcaba la moda. Al barroquismo, al intelectualismo metapoético, al exhibicionismo culturalista, a la concepción del poema como acertijo para eruditos, opuso un cada vez más progresivo despojamiento.
            La mención de Li Po en el título nos indica el magisterio de la poesía oriental o, más bien, de la concepción del mundo que está detrás de esa poesía. Los dos primeros versos de nuevo libro –-“Escribir un poema / que nada signifique”– nos recuerdan a otros, muy famosos, de Guillermo de Aquitania: “Farai un vers de dreit nien…” (Haré un poema de la pura nada…).
            La continuación del poema nos indica que la intención de Corredor-Matheos nada tiene que ver con la poesía concreta, con el letrismo, con cierto tipo de experimentos que por entonces, a la manera de la pintura no figurativa, trataban de hacer una poesía de puros significantes: “Salir a la terraza, / respirar en la noche, / no esperar que alguien vuelva, / no desear ya nada. / Abrir solo las manos / y que, de entre los dedos, / alcen el vuelo mudas, / asombradas palabras”.
            La poesía que, a partir de entonces, quiere escribir Corredor-Matheos aspira a desaparecer, a no ser notada en su pura materialidad, a ser solo un cristal que transparenta el mundo, o mejor, un simple gesto del autor que ayude a desvelar esa realidad que tenemos delante de los ojos y que somos incapaces de ver.
            La ascesis de la palabra no es más que un reflejo del camino ascético que ha emprendido el poeta, muy en la línea de la filosofía zen.
            Paradójicamente, en esta poesía que aspira a borrarse, a volverse invisible en su materialidad, las referencias metapoéticas son constantes, hasta el punto de que el propio poema se convierte en el protagonista de buena parte de los versos de Corredor-Matheos. Lo ha señalado con acierto Jordi Doce en el título que le ha puesto a esta antología temática, dedicada “al mundo natural”, según nos indica en el preciso prólogo: El paisaje se hace en el poema.
            Corredor-Matheos concibe el poema no como un fin, sino como una herramienta o un conjuro que nos permite acceder a la verdadera realidad. No quiere escribir poemas “que sean solo poemas”: “¿Llegaré yo a escribir / alguna vez / el poema que me abra / ese paisaje / donde pueda perderme / entre los árboles / y aspirar los perdidos / aromas de la infancia? / ¿Cuándo podré crear / un mundo tan real / como irreal es este / en el que vivo?”
            La mayoría de los poemas de Corredor-Matheos carecen de título, son como fragmentos de un solo poema, variaciones de una única intuición. Sus paisajes a veces tienen nombre –la Mancha o Venecia, un parque de Berlín o un fiordo noruego–, pero nada más ajeno a este poeta que las costumbristas notas de viaje o la coloreada estampa turística. Él prefiere hablar de árboles, lagartijas, geranios, golondrinas, paseos solitarios, campos recién llovidos, plantas cuyo nombre ignora.
            En Jardín de arena se dejó tentar por la difícil facilidad del haiku, esa mínima estrofa-poema que pronto se banalizaría al convertirse en moda: “Campo de trigo. / La urraca se ha llevado / oro en el pico”.
            Pero ni el haiku (al que gusta de añadir rima asonante) ni el soneto, estrofa a la que Corredor-Matheos ha dedicado considerable atención (en sus primeros libros y luego cuando necesita escribir algún circunstancial poema de homenaje), le representan fielmente. Lo que ha aportado a la poesía española es un modo de hacer deshilachado, voluntariamente opaco, de vocabulario reducido y sintaxis casi infantil, que deje de lado el andamiaje retórico y la falacia patética y nos permita entrever el misterio de la realidad, que quizá consista precisamente (como decía Alberto Caeiro, el maestro de los heterónimos) en que no tiene ningún misterio y su secreto está a la vista. A la vista del que sabe mirar como la poesía de José Corredor-Matheos nos enseña.

No hay comentarios:

Publicar un comentario