martes, 26 de febrero de 2019

Biblioteca personal



Mis libros de siempre jamás
Fulgencio Argüelles
Saltadera. Oviedo, 2018.

Un libro sobre libros puede ser el más apasionante de los libros. Ahí están, para demostrarlo, Biblioteca personal o Los prólogos a La Biblioteca de Babel, de Jorge Luis Borges, obras aparentemente menores –fueron fruto de un encargo editorial–, pero llenas de encanto y condensada sabiduría.
            Al mismo género, o subgénero, pertenece Mis libros de siempre jamás, del novelista Fulgencio Argüelles. Como tantas otras misceláneas, el volumen tiene un origen periodístico. Los capítulos fueron apareciendo, semana tras semana, en un suplemento cultural, contradiciendo la norma de atenerse a la actualidad: “En un mundo atormentado por las prisas, enloquecido por el vértigo de las imágenes y entregado incondicionalmente a las novedades, pensé que estaría bien detenerse en algunos de los libros grandes que merecen ser considerados generación tras generación”.
            Como todo buen lector, Fulgencio Argüelles es un lector caprichoso. No trata de hacer un canon de la narrativa occidental –el libro se ocupa fundamentalmente de narrativa–, sino solo glosar y recomendar las obras que han supuesto un hito especial en su formación.
            No dejan de sorprender, sin embargo, algunas clamorosas ausencias en una selección no precisamente breve. Entre ciento veintiocho obras, ¿no hay sitio para ninguna novela española del siglo XIX? ¿Ni Clarín ni Galdós ni Emilia Pardo Bazán tuvieron nada que decir al aspirante a narrador que era Fulgencio Argüelles? ¿Ningún título de Dickens le dejó huella? ¿Cómo explicar la ausencia de Stendhal y la presencia de Alfonse Daudet con una obra tan menor como Safo?
            El siglo XX español se reduce a las Sonatas de Valle-Inclán, El árbol de la ciencia de Baroja,  Volverás a Región de Juan Benet y dos títulos de Luis Mateo Díez, La fuente de la edad y Fantasmas del invierno. La selección nos deja un poco perplejos, pero al capricho no hay que pedirle razones.
            Fulgencio Argüelles es un escritor, no un estudioso de la literatura (su formación académica está relacionada con la Psicología), y a ello se debe buena parte del atractivo del volumen, y también algunas de sus insuficiencias. En el capitulillo dedicado a las Sonatas, se nos dice que “el autor compone una despiadada parodia de la sociedad de su época”. Afirmación cierta, pero no referida a las memorias apócrifas del marqués de Bradomín, sino a los esperpentos, que no se seleccionan.
            Mis libros de siempre jamás lleva el subtítulo de “narrativa”, indicativo quizá de que se trata de una primera selección dedicada a ese género literario. Pero no es del todo cierto: aunque Fulgencio Argüelles, novelista, selecciona fundamentalmente novelas, también nos encontramos teatro y poesía, quedando fuera solo el ensayo.
            El teatro aparece representado por dos obras de Aristófanes y La Orestiada de Esquilo; la poesía por Homero, Ovidio y Juvenal, sorprendente trilogía.
            El lector llega a la conclusión de que esta miscelánea no es enteramente lo que dice ser, un recuento de los libros que marcaron la iniciación lectora de Fulgencio Argüelles, ni tampoco un exigente canon de lecturas fundamentales. Parece en buena parte producto del azar.
            ¿Le resta eso valor? En cierto modo, sí. Los libros que recogen artículos publicados previamente en la prensa suelen tener mala prensa. Y no siempre inmerecida. Las publicaciones periódicas son un contenedor: desde sus inicios han publicado tanto información periodística como literatura, literatura breve (poemas, relatos, ensayos) y también obras extensas capítulo a capítulo (novelas de Baroja, algunos de los títulos capitales de Ortega o Azorín). Pero no todo lo que aparece en los periódicos merece pasar al libro, es preciso hacer una selección y una estructuración, el editor se convierte en coautor para que el resultado no sea una mera acumulación.
            Como novedad, cada capítulo comienza y termina con las primeras y las últimas frases de la obra comentada. Hay comienzos con razón famosos, como el de Ana Karenina (“Todas las familias felices se parecen, cada familia desdichada lo es a su manera”), pero la mayoría resultan poco significativos, como casi todos los finales. Parece un añadido innecesario.
            Mis libros de siempre jamás habría ganado con una exigente selección, dejando fuera obras menores e incluso obras mayores de las que se tiene poco personal que decir. Pero tal como está no carece de encanto, un poco a la manera de esas librerías de viejo donde todo está revuelto y donde, muy a menudo, no encontramos lo que buscamos, aunque sí otras obras que no buscábamos, que no sabíamos siquiera que existían y que suponen toda una revelación. Es el caso de algunos títulos de la literatura centroeuropea –muchos de ellos referidos al Holocausto– o de sorprendentes títulos –como la novela indigenista Matalaché, de Enrique López Albújar– de los que nunca habíamos oído hablar.
           
             

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