sábado, 23 de febrero de 2019

El poema abre una ventana



Intenta olvidarme (Antología poética)
Mário Quintana
Selección, versión y prólogo de Enrique García-Máiquez

 Hay poetas para todos los públicos y poetas para una minoría de exigentes conocedores. El brasileño Mário Quintana (1906-1994) pertenece muy claramente al primer grupo, aunque en nuestro país sea conocido solo por unos pocos.
            Enrique García-Máiquez, que ya se ocupó de él en una breve antología de reducida difusión, traduce ahora una amplia muestra que permitirá al lector español hacer suyo un poeta que aúna, en un lenguaje transparente, la sabiduría del anciano y el asombro del niño.
            Mário Quintana fue un poeta tardío. Sus primeros libros –publicados a una edad no precisamente temprana: bien pasados los treinta años– resultan de tanteo y de aprendizaje. Tanto en Sonetos como en Canciones se ejercita en los versos de arte mayor y de arte menor, dejando de lado las audacias del modernismo brasileño, equivalente a nuestra vanguardia y dando la impresión de tradicionalismo y retorno. Aunque, acá y allá, y sobre todo en los poco solemnes sonetos, aparecen los rasgos de su estilo, conviene al lector que desconoce a Mário Quintana saltarse esa parte de su obra –las canciones nos suenan envejecidamente albertianas– y comenzar con el único poema que se selecciona de Zapato florecido y que se titula, no casualmente, “Envejecer”: “Antes, todos los caminos iban. / Ahora, todos los caminos vuelven. / La casa es cómoda, los libros pocos. / Y yo mismo preparo el té para los fantasmas”.
            Enrique García-Máiquez gusta de recrear ligeramente, y casi siempre con acierto, los poemas que traduce. Algunas veces se le va la mano al tratar de mantener la rima, siempre lo más prescindible al pasar de un idioma a otro. La traducción literal de los dos primeros versos del soneto X sería: “Yo escribo versos como los saltimbanquis / descoyuntan los huesos doloridos”. García-Máiquez versiona: “No escribo versos, yo me los arranco / retorciendo mis huesos doloridos”. Y, más adelante, “van a comenzar las convulsiones y carreras / sobre las viejas alfombras (‘os velhos tapetes’) extendidas” se convierte en “me contorsiono, corro cojitranco,  / en los verdes plintos extendidos”.
            Afortunadamente, estos excesos aparecen sobre todo en los libros de los que aconsejamos prescindir y el portugués de Mário Quintana –la edición es bilingüe– necesita poca ayuda para ser entendido por un lector español.
            ¿Dónde está el encanto de esta poesía hecha de palabras cotidianas y que parece ajena a cualquier artificio? Ya lo hemos indicado: en no perder con el ultraje de los años la ingenuidad del niño.
            A ratos, Mário Quintana nos hace sonreír con humoradas que recuerdan al más célebre de nuestros poetas olvidados, Ramón de Campoamor: “Como un borrico atado a noria de labriego, / la mente humana siempre las mismas vueltas da. / Ninguna tontería se nos ocurrirá / que antes no haya dicho un sabio griego”.
            Otras veces, como en el poema “Matinal”, se aproxima a la greguería: “El tigre de la luz atisba por detrás de las persianas. / El viento lo olisquea todo. / En los muelles, las grúas –domesticados dinosaurios– / alzan la carga del día”.
            El amor, la poesía, el paso del tiempo son los temas (bien poco originales, afortunadamente) de un poeta que se presta más a la lectura sin intermediarios que a la exégesis. También Dios está muy presente –Mário Quintana es poeta religioso, de una religiosidad a la vez tan popular como poco convencional– y, por supuesto, la muerte temida, presentida, esperada con curiosidad: “La muerte es la cosa más antigua del mundo / y siempre llega puntual en la hora incierta. / ¿Qué importa, al final? / Es ya la única sorpresa que nos queda”.
            Cada lector encontrará un poema escrito para él en este libro, lleno de ventanas por las que entra un aire fresco que no abunda en la poesía. “Quien escribe un poema, abre una ventana. / Respira tú, que estás en una celda / sofocante / todo ese aire que entra…”, comienza precisamente “Emergencia”. Y en otro de sus poemas leemos: “Los poemas son pájaros que llegan / –no se sabe de dónde– y que se posan / en el libro que lees”.
            Los poemas, en el libro, están de paso, reposando en el viaje incesante que los lleva de un lector a otro lector, copiados a mano, fotocopiados, saltando en la Red de chat en chat, de muro en muro. Los poemas, los verdaderos poemas, no gustan de quedarse quietos en la página ni de ser analizados en aburridas clases de literatura, prefieren ser cantados, recitados, retuiteados una y otra vez.
            Mário Quintana, con su pátina de otro tiempo, con su encanto vintage, es un poeta lleno de asombro y consolación para el lector de hoy, un poeta que nos enseña a mirar y a descubrir el misterio de las cosas que vemos todos los días y que no parecen tener ningún misterio.


             

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