martes, 7 de mayo de 2019

Entre Pasolini y Panero



Dionisio Cañas. Invitación a su obra. Biografía
Amador Palacios
Diputación de Ciudad Real, 2018.
  
En 1969, en la playa de Benidorm, un profesor universitario estadounidense de origen cubano, conoce a un joven de veinte años, sin trabajo, sin apenas estudios, bordeando la delincuencia. Lo que podía haber quedado en un fugaz encuentro sexual se transforma en una historia de amor que cambia para siempre la historia de ambos.
            El profesor universitario era José Olivio Jiménez, catedrático en Nueva York, experto en el modernismo y en la poesía española de posguerra; el joven, Dionisio Cañas, que gracias a esa relación acabaría siendo lo que nunca había imaginado, poeta y profesor.
            José Olivio Jiménez hizo con aquel hijo de emigrantes españoles –sus padres vivían en Francia–, de eficaz y minucioso Pigmalión: se lo llevó a vivir con él a Nueva York y le mantuvo durante su paternal tutela incluso después de que la relación sentimental terminara.
            Amador Palacios, también poeta y estudioso de las vanguardias, además de traductor de poesía portuguesa, ha publicado una biografía de Dionisio Cañas –un personaje que podría protagonizar varias novelas– de gran interés sociológico, a pesar de sus insuficiencias metodológicas.
            En abierto contraste con el secretismo en que siempre se movieron los poetas españoles amigos de José Olivio Jiménez, encabezados por Vicente Aleixandre, Dionisio Cañas tuvo siempre una cierta tendencia al exhibicionismo: manchego como Almodóvar, parece salido de una de sus películas de los años ochenta. En Memorias de un mirón (Voyeurismo y sociedad), de 2002, nos habla abierta y detalladamente de sus parafilias, algunas tan curiosas como su obsesión por los vagabundos.
            Amador Palacios, que más que biógrafo y estudioso, parece ser con frecuencia un simple amanuense del biografiado, aunque escriba en tercera persona, llena las páginas de su libro de coloquiales confidencias, a veces involuntariamente cómicas o que nos hacen sentir un poco de vergüenza ajena. Cito dos pasajes de la cronología final, que suele ser aséptica y limitada a los datos fundamentales. En 1966, leemos: “Al terminar el liceo técnico, se pone a trabajar. Fue tornero, soldador y fresador. Pero para el trabajo manual es muy torpe. En estos años tiene su primera experiencia sexual con un viudo”. Sin comentarios.
            Y en el apartado correspondiente a 1991: “José Hierro visita por primera vez Nueva York, alojándose ‘oficialmente’ en el apartamento de José Olivio Jiménez y Dionisio (ya que pasaba otros muchos buenos ratos en casa de su amante neoyorquina) e iniciando la redacción de Poeta en Nueva York”. Bastarían ese lapsus lorquiano y esos chismosos “buenos ratos”, que no vienen a cuento, para poner en cuestión el trabajo de Amador Palacios. Por ese apartamento neoyorquino –215 West, 90 Street–, pasaría buena parte de la poesía española, de Ángel González o Claudio Rodríguez a Luis García Montero, con Dionisio Cañas como minucioso cronista de actividades no siempre confesables.  
            En apéndice, se publica una muestra de las cartas recibidas por el autor a propósito de sus obras. Hablando de un de los corresponsales, Amador Palacios nos informa de que “arrastró durante toda su vida la amargura ocasionada por su condición homosexual sin haber ‘salido del armario’, pues estaba casado y tenía cuatro hijos; sus relaciones homosexuales siempre eran furtivas. Gran amigo de Gregorio Prieto, el gran pintor valdepeñero le aconsejó irresponsablemente que se casara”.
            Todo un personaje, Dionisio Cañas, entre Lázaro de Tormes y Jean Genet, entre Pasolini y Panero (sus adicciones le llevaron a algún ingreso psiquiátrico); todo un benemérito desastre Amador Palacios, que a ratos se olvida de que está escribiendo la biografía de un escritor para convertirse en guionista de algún reality show televisivo.
            Es muy probable que las obras iniciales de Dionisio Cañas estuvieran algo más que tuteladas por su mentor: Vicente Aleixandre le hizo prometer a José Olivio Jiménez que los poemas de Dionisio Cañas –que a los veinte años apenas si se manejaba con el español escrito– eran verdaderamente del joven poeta.
            El pintoresquismo de Cañas no nos debe hacer olvidar que es autor de dos excelentes libros de crítica, Poesía y percepción (1984) y El poeta y la ciudad (1994), además de atinados estudios preliminares a ediciones de José Hierro, Claudio Rodríguez, Francisco Brines o Jaime Gil de Biedma. Como poeta, dio diversos bandazos hasta la incursión final en un experimentalismo de poco interés, pero no resultan en absoluto desdeñables títulos como El fin de las razas felices (1987), reescritura del Apocalipsis, ni El gran criminal (1997), ambientada en los bajos fondos neoyorquinos.   
            Finalmente, abandonada la docencia en Nueva York, retirado a Tomelloso, pudo más el personaje, reducido a una curiosidad autonómica, que el estudioso o el creador, aunque Amador Palacios nos da cuenta de sus intervenciones poéticas en lugares tan dispares como Toulouse, Cuenca, en Rabat, Tomelloso, el Cairo, Murcia, Lesbos. En todos esos lugares, ha llevado a cabo su intervención más exitosa, El Gran Poema de Nadie, consistente en que personas anónimas, bajo su dirección, van recortando palabras de papeles y envases recogidos de la basura y, pegándolas a azar, en una gran tira de papel.
            No entramos a valorar el interés de tales actuaciones, ni de los videopoemas o las elucubraciones más o menos místicas a las que se dedica ahora Dionisio Cañas, aquel muchacho de veinte años que hace medio siglo tuvo en una playa de Benidorm un encuentro que cambiaría para siempre su vida. Amador Palacios nos la ha contado en un libro que muestra algunos de los entresijos menos confesables de la vida literaria española y dice mucho de su admiración acrítica por el biografiado, pero bastante poco de su rigor intelectual.

6 comentarios:

  1. Diario de una acosada12 de mayo de 2019, 10:54

    No puede evitar mirarme el culo cada vez que escapo de la cocina, y tengo que hacerlo como en una escena de musical. Gran padre comunista, siempre atento al trasero de sus hijas.

    © María Taibo

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  2. La primera experiencia sexual de un autor es importante en su biografía. Lo de reunir palabras de la basura y juntarlas en un papel es dadaísmo. Puede salir bien o no; según estén los astros y la noche.

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  3. Implacable rigor con la obra ajena, difícil de entender viniendo de alguien que no ha tenido empacho en publicar obras tan descuidadas como aquel Fernando Pessoa Sociedad Limitada, reciclaje de trabajos anteriores, lleno de erratas, que habla, en el año 2001, del Libro del Desasosiego como de un inédito que en breve será publicado.Como Dedijo aquel: de una miseria moral casi insuperable.

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  4. 1.- ¿Reciclar trabajos anteriores agotados supone "miseria moral"? Primera noticia.
    2.- ¿Un libro supuestamente lleno de erratas supone "miseria moral" o "descuido editorial"?
    3.- En el ensayo-antología "Fernando Pessoa" ya se traducían fragmentos de "El libro del desasosiego", publicado en dos tomos en 1982.

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  5. El ensayo-antología "Fernando Pessoa" fue publicado por Júcar en 1983.

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